El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

MIENTRAS TODOS CHILLAN

Mientras todos chillan, yo dudo sobre la calidad de mi futura interpretación. Teniendo en cuenta los antecedentes, no soy para nada optimista.

Creo que todo sería más sencillo si vosotros dos estuvieseis a mi lado. Tú -siendo quien eres-, apuntando las frases clave desde tu agujero en el suelo, invisible para todos; tú -seas quien seas-, enseñándome el sutil arte del cuidado de los otros, permitiendo que more junto a tus rutinas.

Mientras todos chillan, yo recuerdo el agotamiento de las noches sin sueño, la ira de la paciencia colmada, el dolor rindiéndome ante mis responsabilidades.

Mientras todos chillan, rememoro la debilidad del cuerpo agotado y exhausto, que ya ni recuerda cómo dar sentido a sus derrotas e impotencias.

Oh, sí, mientras todos chillan sus virtudes y sus libertades, yo sólo imploro la gracia suficiente para no fracasar una vez más -¿podría haber fracaso más terrible?- cuando tenga que cuidar el declive y despedida de la que me regaló la vida.

E imploro también tu compañía, mujer -seas quien seas-, para que yo pueda ser mucho mejor de lo que cabría esperar de mi voluntad sola.

TIEMPOS DE SALVAJE HERMENÉUTICA

En cada nueva publicación veo un pañuelo caer. Y analizo la trayectoria, la dirección del viento, el color del tejido.

Ah, todos los poderes que la Facultad me otorgó, los empleo en el donoso escrutinio de tus frases y silencios. Tus comentarios son manuales de Filosofía a los que aplico un formidable aparato crítico. Y mis notas al pie crecen sin medida, arrinconando tus exiguas palabras en lo alto de la página.

Y si lo compartido es una canción, hago el comentario de texto de la melodía, y fuerzo la armonía con mis más pujantes deseos. Estrangulo versos blancos para que rimen en consonante y encuentro tonalidades clásicas en dodecafonismos evidentes.

Le impongo mi sentido al despreocupado caos de tus decires y precipito semánticas amables en hechos donde yo ni siquiera existo.

Descubro sorprendentes destinos donde moran apenas humildes casualidades. Y si el delirio me arrastra a ponerme al descubierto, tus risas inocentes me devuelven la cordura de un razonar baldío y yermo.

Mas, ¿quién opta por la triste razón, en tiempos de salvaje hermenéutica?

EN EL PARQUE

Laia tiene un lindo pelo rubio, casi blanco, y se mueve con la torpeza propia de una nena de dos años.

Se quería montar en el balancín con Ofe, pero hoy mi hija no tiene el día muy sociable.

Un hombre se acerca al parque.

-Mira quién viene ahí, Laia -dice su madre-. Es papá.

Ya en el tono se advierte algo. Y la forma en que el hombre abraza a su hija, demorándose en el tiempo perdido, confirma la narrativa de fondo.

Ese tipo de abrazos me suenan.

Nosotros seguimos a lo nuestro, tratando de que Ofe haga equilibrios sobre la barra del balancín sin romperse la crisma. Pero estamos demasiado cerca.

…creo que, a partir de ahora, podré venir todos los fines de semana…

Las frases son dichas con extremo cuidado. Hay pausas profundas entre ellas. Por ambas partes. Como si caminasen a ciegas entre minas nucleares. Nadie quiere volver a sentir ese tipo de explosiones. Y menos aún en un parque público. E infantil.

Ella le explica algunas cosas, como la forma en que suele darse cuenta de que la nena tiene ganas de hacer caca.

Ofe y yo nos alejamos, lentamente, camino ya de casa.

La mamá de Laia nos adelanta. Camina sola. Se da la vuelta y nos dice adiós.

-Adiós -dice Ofe, moviendo la manita.

Nos sonríe. Continúa andando.

Sola.

EN MI MOCHILA

Cuando te veo en la tele, no sé qué amo exactamente. Puede que la mera belleza de tus formas; quizá la íntima fragilidad de algunas de las cosas que me dices a oscuras, cuando no es necesario portar máscara.

Mas, ¿qué sabré yo, si aún no me llegó el olor de tu melena, bailando al viento de diciembre?

Y entonces concluyo que mi alma vieja, rebosante aún de fuego sagrado, ansía amar. Y querría una compañera junto a la que luchar y repoblar el mundo: de vidas, de actores, de narración.

Porque donde todos ven decadencias, yo sólo soy capaz de contemplar la apoteosis de un poder triturante y creador, hacia el que me quiero abalanzar riendo síes y cantando a pleno pulmón la belleza crucial del fracaso.

Lo que quiero conservar lo llevo en mi mochila, pues sólo mi espalda me sé con derecho a cargar. No creo en el progreso ni en la corrupción: creo en la mano que me ofreces en el mismo día de hoy.

Y contemplo las revoluciones del caos con sonrisa confiada,
pues una de las cosas que porto en mi mochila
es una espinosa corona ensangrentada.

(Mi agradecimiento al Hermano Buscador Wike por esta canción y por tantos años de amor)

PAGANO QUE CREE…

Cada acto rutinario, realizado con el cuidado de una oración.

Como si ejecutar con perfección las obligaciones cotidianas fuese capaz de torcer el brazo de Dios
obligándole a darme lo que deseo.

Mi fe sabe que esa lógica es estúpida.

Pero
para ciertos anhelos
el alma humana sólo encuentra sentido
en paganas supersticiones.

CARTA A UN AMOR DESCONOCIDO

Sé que no confías, que no soy más que un montón de palabras escritas en el aire.

Sé que el paso de los años ha curvado mi espalda, pero aún no he rendido el corazón a los fríos del mundo. Porque llevo en el alma un jardín secreto, resguardado por dos ángeles terribles, que a ningún demonio permiten entrar.

Nada le harán a tus mariposas, si vienen a buscar alimento entre mis hortensias.

Es el único lugar de mi alma que conservo puro; mas no por mi cuidado -qué va-, sino por la misericordia de Dios.

Es tuyo, si te atreves.

Verás que mi cuerpo está tatuado de cicatrices. Algunas, como la de Frodo en Amon Sûl, vuelven a doler hasta la locura en fechas concretas del año. Te ruego que me prestes especial atención en tales días; y que soportes estoicamente mis sollozos agotados.

Sólo puedo prometerte este amor viejo, de sonrisa quebrada, pero sabio de dolor.

Que se sienta a escribir en hojas de roble y las suelta, nervioso cual adolescente, al juego del viento de los acantilados. Rogando que los dioses cesen sus bromas y las conduzcan hasta ti, rostro aún imagen quieta de la nada.

Te espero paseando entre caballos salvajes, atento junto a ellos al baile final del sol en el horizonte.

“Puertas del Paraíso”, de Wilhelm Bernatzik (1906)

(Agradecemos a la maravillosa cuenta de Twitter vanitas que nos haya dado a conocer este hermoso cuadro)

EL CUERPO COBARDE

Tratemos de examinar ese sentimiento.

Existía la posibilidad de un café con una compañera de trabajo. Posibilidad seria. Quizá aún.

Pero entonces mi imaginación empezó a girar con velocidad creciente, construyendo de forma delirante, en forma de escenas dramatizadas, posibles consecuencias de aquel encuentro inicial.

Eran imágenes que reflejaban el progresivo construirse de una relación entre hombre y mujer: la primera cita, el primer beso… todas las primeras cosas.

Y entonces empecé a notar cómo se disparaba la ansiedad. Traté de detener mi imaginación desatada, pero me veía impotente para controlarla. Lo cual incrementaba aún más la angustia.

Me vi rogándole a Dios que aquel café no se materializase nunca.

Y entonces comprendí la profundidad de mis heridas. Mi alma estaba agotada, mucho más de lo que jamás hubiese pensado.

Mi cuerpo era el de un cobarde.

No estoy acostumbrado. Pero parecía evidente que debía alejarme un poco del abismo. La brisa del cantil podría derribarme.

Y, sin embargo, días después, me descubrí queriendo pasear junto a otra conversación. ¿Qué había en ésta, que ya no asustaba, que le devolvió el arrojo a mis entrañas?

No tengo la más mínima idea. Siempre ha sido difícil poner orden en el patio de mi casa. Quizá tengan más que ver los demonios que los ángeles.

Aunque hay cierta pureza ingenua que atrae de forma trágica, como la mariposa nocturna que muere electrocutada en las bellas luces engañosas de la noche.

Hablo con Dios y le pido que no me maree demasiado. Aunque sé que no me va a hacer ni puto caso.

Así que me preparo y dispongo, otra vez, para amar. Para sufrir.

En mi áspero y hermoso acantilado.

ODA VENÉREA

Ayúdame, diosa, a cantar el sacrificio que me exigiste la primera vez que fui tuyo.

Era yo el entrenador, líder, de todos mis amigos, en el equipo del Club, del Barrio.

Los entrenaba como a espartanos, siendo yo el primero en el esfuerzo, y nuestros gritos de ánimo y combate se hacían famosos en las noches de invierno.

Aquel equipo extraordinario ganaba todos los partidos; y, entre todos, era el mejor del equipo aquel delantero, aquel amigo con el que tantas veces yo había reído y celebrado.

Se había emparejado él en aquellos días con la primera niña que me entró por los ojos al llegar a Madrid, sí, niño gallego recién llegado. Con ella, el pobre, se había emparejado.

Pero ella y el gallego tenían un destino marcado, que les acercaba y alejaba en el curso de los años juveniles, para entregarse, final y mutuamente, las flores nunca deshojadas.

Y la diosa había pedido a su esposo, el cojitranco herrero, que modelase a aquella muchacha con las líneas del deseo y las formas del placer.

¡Di, diosa, qué exigiste al joven mortal para gozar de aquella doncella!

Qué son para ti esos niños que corren tras una pelota
qué son para ti sus juegos de guerra impostada.
Qué es para ti tanta niñería, cuando puedes tenerla a ella
anhelante en tu cama.

Renuncia al cetro
a su respeto
a su amistad
para beber de este cuenco.

Acepté y bebí, oh sí, hasta que las heces descendieron amargas por mi garganta.

Al día siguiente, en el entrenamiento, no me hablaba ninguno de mis amigos, no me era ya leal ninguno de mis soldados.

Abandoné su liderazgo. Y, sin mí, ganaron.
Abandoné su amistad por la soledad de tu frenesí.

¡Canta, diosa, lo que por ti yo he entregado!

¡Y que mil veces más lo hubiese hecho
por ofrendar mi alma a tu derecho!

Y
¿cómo llamarme nihilista
si tú
diosa
nunca me has sido indiferente?

Tu eterno creyente
no hay hombre al que no sea capaz de traicionar
por un beso tuyo en mi frente.

ECLIPSE PARCIAL

La conocí en un ALSA, Galicia-Madrid. Siempre he tenido muy mala suerte con mis compañeros de viaje. Aquel día no.

Estudiaba Biología y tenía una hermana gemela. Y un primo suyo en Madrid en el mismo barrio de un primo mío.

Ocho horas de viaje. Ocho horas de conversación entretenida. Me contó que tenía novio. A mí no me importaba. Intercambiamos teléfonos y la cosa quedó ahí.

Nos reencontramos en una de esas épocas en que yo dejo sueltos mis demonios, para que les dé el aire. Ella seguía con novio. A mí me importaba aún menos.

Paseamos por Bravo Murillo y tomamos café en un bar, donde me encontré con mi mejor profesor del instituto. El de Historia. Me acerqué a su mesa, le saludé, le dije quién era yo y, delante de su acompañante, le di las gracias por haber sido tan buen profesor.

Le alegré la noche al hombre.

Sigue siendo una de las mejores cosas que he hecho en mi vida.

El caso es que volvimos a la calle, ella y yo, a pasear. Y llegamos hasta su portal, que parecía punto final. Pero no.

Ella seguía con novio, pero se le había olvidado un poco. Lo justo para decirme que las cosas no iban bien entre ellos.

Como todos sabéis, ese tipo de confesiones suele ser preámbulo de adulterio e invitación a la complicidad.

Así que me dijo si quería subir a su casa.

Y yo, que tenía a los demonios de paseo, me dejé hacer. Me dijo que en aquella habitación dormía ya su gemela, que no hiciese mucho ruido; yo, que llevaba los demonios sueltos, miré hacia aquel cuarto con la imaginación encendida.

El caso es que me dijo que me sentase a su lado, en el sofá. Seguía teniendo novio, pero ya no le importaba a nadie.

Y por alguna extraña razón, mis demonios se despistaron, y decidí que aquel sexo no me apetecía.

Quizá porque veía una extraña necesidad en ella de demostrarse a sí misma lo zorra que podía llegar a ser.

Para su disgusto, me largué.

Cinco minutos después, ya en la calle, mis demonios volvieron a la carrera para preguntarme si estaba gilipollas. Así que la llamé.

Pero a ella se le había pasado la debilidad momentánea; y supongo que un mínimo orgullo de mujer rechazada cuando ya estaba dispuesta a pecar, me cerró para siempre las puertas de aquel portal.

El siguiente encuentro, un año más tarde, fue en el aeropuerto de La Coruña.

Había eclipse de sol. Ella hizo un comentario sobre el hecho de que antes nos encontrábamos en estaciones de autobuses y ahora en aeropuertos. Parecía que la vida nos iba bien.

No le hice mucho caso. Me senté en una mesa a escribir y a mirar el eclipse.

No era total.

Astros desacompasados, como nuestras caídas aquella noche.

A FELICIDADE É UNHA BOLBORETA

Mi tía Marisa hacía las tareas de la casa, allí en la Seaña (allí, en la Ría), y yo le hacía compañía, mientras conversábamos, y ella dijo aquello -¿por qué hay cosas que se incrustan así en la memoria y se nos agarran para el resto de nuestra vida?-:

-La felicidad no existe. Existen momentos felices…

Me puse la canción y pensé que le pegaba al vagón de metro, a la calma en la que todos esos viajeros subterráneos coexistían. La música se ajustó al curso de la vida, como sábana bajera a colchón.

Y la sensación de armonía se me agarró al cuerpo, salió al mismo tiempo del vagón, subió conmigo las escaleras mecánicas. Aquella música en mí. Emergí de la estación y el día seguía construido sobre esa bella luz de invierno madrileño, bajo ese azul intenso del que sólo esta ciudad parece gozar.

Me acercaba sin prisa al colegio de la nena, encarnándome pleno en el paseo. Como si aquel andar fuese lo que el orden del universo exigía en aquel preciso instante, como si cualquier otra acción por mi parte pudiese desatar cataclismos capaces de destruir galaxias enteras.

Pero nada semejante podía ocurrir, porque ni siquiera se me planteaba tal opción. Porque aquella sensación que se había apoderado de mí me había hecho ciego a cualquier otra cosa que no fuese caminar lentamente hacia el colegio de mi hija, dejándome mimar por el sol, observando la -otros días invisible- belleza de los edificios y de las calles.

Y aquella sensación se iba agarrando al centro de mi pecho, apretándolo. Y de esa presión mis ojos no conseguían escapar sin humedecerse.

Y comprendí que estaba viviendo uno de esos momentos felices.

En los actos más humildes y rutinarios, estimulado por esa canción que había acompañado de repente de forma tan perfecta el transcurrir de mi día, yo estaba siendo feliz.

Sin comprender por qué recibía ese regalo, por qué todo estaba bien en esta cotidianidad tan simple e incompleta, mi alma seguía paseando ligera, en círculos, como si sólo necesitase andar, sin que importase ya realmente llegar a ningún lugar.

Y cuando ya la sensación comenzaba a desvanecerse y abandonarme, la encontré a ella, perfectamente acurrucada en su morir.

Con un ojo ya ciego mirando cara a cara mi ser.

Le hice una foto y la tuiteé. Y continué caminando hacia el colegio de mi hija.

EoKIt5iVQAEtHwC

(Gracias a Hispana por darme a conocer la canción que ha provocado todo esto)

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo