El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

NON VENIT UT MINISTRARETUR EI, SED UT MINISTRARET

Aliénor llevó su caballo hasta el lugar donde esperaba su marido. El señor de la Casa de Rilo la recibió con una mirada suave.

Toda la comitiva se puso en marcha, siguiendo a su señor. Fueron descendiendo lentamente por el camino que llevaba desde la gran casa hasta Seaña, el pueblo de pescadores al que se dirigían.

El día había amanecido gris, aunque no hacía frío.

-¿Cómo se encuentra mi señora, en esta mañana? -preguntó Xoán.

-Como el cielo, supongo -contestó su mujer.

Xoán se quedó callado. Se acercaban al pueblo, desde donde se elevaban una mezcla densa de cantos y lamentaciones. Los señores ya podían ver la playa, en la que parecían congregarse casi todos los habitantes.

-La tristeza de mi señora es mi tristeza -dijo Xoán, mirando a su mujer.

Aliénor permaneció en silencio, fija su atención en los grupos que se movían en la playa.

Los señores desmontaron de sus caballos y comenzaron a andar por la arena, seguidos de cerca por el resto de su séquito. Todo el pueblo de Seaña se arremolinaba alrededor de tres ataúdes que habían sido colocados en medio de la playa. Cada uno de ellos era vigilado por cuatro monjes, que rezaban arrodillados situados en los cuatro puntos cardinales. Otro monje portaba un pendón de la Virgen María, de cara al océano. Los ataúdes estaban abiertos y vacíos.

Todo el pueblo hincó la rodilla en tierra al acercarse los señores. Xoán agradeció el gesto y con un movimiento de sus manos pidió que se pusiesen en pie. Uno de sus caballeros se adelantó, portando el estandarte de la Casa de Rilo: una imagen de San Gilberto de Campalmenara tomando entre sus manos el escudo de los señores de Rilo, con el limonero acantilado sobre el océano.

Uno de los habitantes del pueblo le hizo una indicación a su señor, señalándole la presencia de cinco mujeres.

Xoán se acercó a ellas. Al llegar a su altura, clavó en tierra la rodilla derecha y bajó la cabeza.

-¿Qué puede hacer Xoán, señor de la Casa de Rilo, por los siervos a los que prometió servicio? -preguntó, elevando el tono de su voz.

Una de las mujeres ante las que se había arrodillado comenzó a llorar. Las otras intentaron calmarla, sin conseguirlo. Xoán elevó la mirada y la volvió a bajar.

-Nada puede hacer Xoán contra la muerte, pues es un pobre pecador, como todos nosotros -contestaron las mujeres al unísono, salvo la que aún lloraba, abrazada por una de sus compañeras más viejas.

-Razón tenéis -respondió Xoán-. Señor de vivos soy y a los vivos serviré y a los muertos honraré.

Xoán se puso en pie y fue conducido hasta una silla que se encontraba situada ante el féretro que ocupaba la posición central. A su lado había otra silla, en la que se sentó Aliénor.

Un nuevo monje apareció, revestido el hábito con alba y casulla. Comenzó el rito funerario, ayudado por otros dos monjes.

Xoán observó a su pueblo. Triste y negro, en aquella ocasión. La mujer que había roto a llorar parecía inconsolable. Su rostro aún era joven. Recién casada, quizá.

Y ahora el cuerpo de su marido yacía en el fondo del mar, comido por los peces.

El señor de la Casa de Rilo bajó la mirada hasta la arena. El latín del monje sacerdote parecía llenar la playa. Parecía rebotar en las paredes de los acantilados y en las nubes del cielo, proyectándose como eco en el océano.

Xoán volvió a levantar la mirada. El sacerdote bendecía los ataúdes. Un monje se acercó a Xoán con una antorcha encendida. Los señores se levantaron y el pueblo amplió ligeramente el diámetro del círculo que formaba alrededor de los tres féretros.

Uno por uno, Xoán fue encendiendo las maderas amontonadas bajo las cajas abiertas. Al terminar, volvió a sentarse junto a su mujer. Las llamas de las tres hogueras pronto se elevaron varios metros sobre la arena de la playa. El crepitar del fuego se armonizaba con el romper rítmico del oleaje. Los monjes, unidos en oración, cantaban la despedida de los ahogados y pedían su recepción en el cielo.

Cuando la fuerza de las llamas empezó a disminuir, Xoán se levantó de su silla. Los habitantes del pueblo iban abandonando la playa, de regreso al pueblo. Aliénor se acercó a las cinco mujeres y habló con ellas.

Xoán observó cómo su esposa abrazaba a la joven llorosa, a la que parecía hablar dulcemente, mientras le secaba las lágrimas con su pañuelo.

Xoán pidió a uno de los miembros de su acompañamiento que se acercase.

-¿Hijos en edad de ser formados? -preguntó el señor.

-Dos de los tres matrimonios. Un chiquillo de siete años y otro de cinco. Pero el matrimonio más joven aún no tenía hijos.

Xoán se quedó callado.

-Propónselo a los padres -dijo, finalmente-. Hablaré con mi mujer, a ver si podemos poner a la joven viuda a su servicio.

-Así lo haré, señor.

Xoán permaneció de pie, esperando a su esposa. Cuando ésta se acercó, tras haberse despedido de las mujeres, la ayudó a montar en su caballo. Iniciaron el camino de regreso, dejando la playa, donde aún ardían los restos de las tres hogueras.

El gris del cielo parecía cada vez más oscuro.

-Había pensado que quizá podrías tomar a tu servicio a la joven viuda -dijo Xoán.

Aliénor miró a su marido con gesto de sorpresa.

-Xoán, sabes perfectamente que no tengo ninguna necesidad que esa pobre mujer pueda cubrir -respondió-. Tenemos más servidores de los que la economía de nuestra Casa puede soportar.

El rostro de Xoán se tensó.

-Deberías reservar algo de la bondad que prodigas a tus siervos para los que comparten tu propia sangre -añadió Aliénor, en un tono de enfado difícilmente contenido.

-Tu hijo ya está en edad de tener nietos y aún no ha aprendido a comportarse como el señor que quizá algún día sea -dijo Xoán, sin mirar a su esposa.

-Tu forma de ser señor no es la única que existe, esposo.

-Sí, ya sé, también existe la de tu padre… -respondió Xoán.

Aliénor miró furiosa a su marido.

-Al menos él no está llevando a los suyos a la miseria -respondió-. Acabarás rogando por su dinero, como ya hago yo.

Xoán detuvo el caballo y fulminó a su mujer con la mirada.

-¿Qué es lo que ya haces, Aliénor? -preguntó Xoán.

Toda la comitiva se detuvo y reinó el silencio en el camino que subía por los acantilados.

La boca de Aliénor temblaba.

-¿Crees que los tuyos pueden tener una vida digna, sólo con el dinero de tu Casa? -dijo la mujer, tratando de no sollozar.

El caballo de Xoán se encabritó. El señor se aferró a las riendas, sin dejar de mirar a su esposa.

Finalmente, picó espuelas, y se fue al galope, dejando sola a su mujer al frente de la comitiva, justo cuando empezaba a llover.

‘Lavatorio’, de Giotto (principios del siglo XIV)

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ALEJANDRÍA

El sol del atardecer doraba el inmenso salón de mármol, poblado de estatuas de antiguos dioses que habían recuperado sus ancestrales honores. Una de las paredes se abría completamente al mundo exterior, a modo de terraza, donde la hiedra se enroscaba alrededor de altas columnas blancas.

Una puerta se abrió y a través de ella entraron cuatro figuras en la amplia estancia. Un joven alto y delgado, de ojos rasgados y amarillos, con una larga melena negra y lacia, guiaba a los otros tres: dos hombres y una embarazada.

Cruzaron el salón hasta el lugar en que se situaba una tarima de ébano, sobre la que se elevaba un barroco trono del mismo material. Justo enfrente se habían dispuesto tres sillas, de aspecto bastante más humilde.

El joven señaló los asientos educadamente, a modo de invitación.

-El Amo Faruk vendrá enseguida -dijo, antes de volver a cruzar la estancia y desaparecer por la misma puerta por la que habían entrado.

Una vez solos, la mujer decidió acercarse hasta la terraza. El hombre silencioso la siguió, así como la tercera figura, un sacerdote revestido con sus ropas más ricas y elaboradas. El sol hacía brillar el Mediterráneo y los mil abalorios y cruces del sacerdote. El barullo de la inmensa ciudad parecía quedar muy abajo; se podía disfrutar del canto de los pájaros, que se perseguían entre los arbustos que decoraban la galería. En el puerto era visible el trasiego de los barcos mercantes y las fragatas veleras.

Se oyó el ruido de una puerta que se abría. Los tres personajes se giraron al mismo tiempo y vieron aparecer a un hombre alto, de piel negra, pero con el pelo rubio y largo cayendo lacio hasta el pecho, desnudo y bien cincelado a base de gimnasia. Caminó hacia ellos con el cuerpo completamente recto, de forma elegante y tranquila. Lucía sólo unos pantalones bombachos de seda morada. Toda la piel a la vista parecía perfectamente depilada. Sus ojos eran verdes. Antes de llegar a ellos, se acercó a una estatua que presidía la terraza: acarició el negro falo erecto del dios y siguió su camino hasta los visitantes.

-Que Min os sea propicios, amigos -dijo, haciendo una reverencia ante la barriga de la embarazada-. ¿En qué os puedo ayudar?

-Amo Faruk, os presento a Frances de Rilo y a Ramiro de Mar. Necesitan pasaje para que ella regrese a su hogar, en la Casa de Rilo.

El recién llegado observó con detenimiento a su invitada. De pequeña estatura, el pelo moreno estaba recogido en un delicado laberinto de trenzas. Los grandes ojos oscuros parecían alegres y vivarachos, a pesar del evidente cansancio que reflejaban. Faruk se dirigió a su trono y los visitantes tomaron asiento.

-Así que sois la hija primogénita de Xoán, señor de la Casa de Rilo. Nada menos -dijo Faruk, con una expresión sonriente que quería transmitir verdadera admiración.

-Sí, Amo Faruk -contestó Frances-. Deseo volver a mi hogar. Sé que mi padre os recompensará generosamente si ayudáis a que tal cosa ocurra.

Faruk hizo un gesto con las manos, haciendo entender que aquello no sería en absoluto necesario.

-Será un placer ayudar a los amigos del arzobispo Cirilo. Un gesto de buena voluntad, para honrar nuestra antinatural y obligada alianza.

El sacerdote rió la gracia de forma estridente.

-No tan antinatural, no tan antinatural… -dijo, jocoso.

-No hay nada que parezca unir más que la oposición al movimiento neo-arriano -comentó Frances.

El Amo Faruk sonrió y asintió con un leve movimiento de cabeza.

-En los últimos años, el acercamiento estaba siendo esperanzador; no era impensable la posibilidad de que Alejandría acabase incorporándose a la Liga -comentó el hombre sentado en el trono, fijando la mirada en las estatuas de su derecha-. Pero los últimos acontecimientos hacen que esa posibilidad sea cada vez más remota. Los neo-arrianos no dejan de incrementar su poder en las elecciones de las ciudades; y Alejandría no se puede permitir el contagio de esa plaga. Nuestro pueblo es plural y diverso. Para bien y para mal. Es un equilibrio difícil de mantener, como el arzobispo bien sabe. Los neo-arrianos no harían sino aumentar exponencialmente las posibilidades de que se desate el caos en nuestras calles. Y el caos no es bueno para los negocios -Faruk forzó una sonrisa-. Nuestra minoría neo-arriana ya ha hecho bastante mal.

-Sí, el arzobispo ya nos ha contado el atentado que cometieron en las obras del nuevo Serapeo -dijo Frances.

Faruk suspiró y dejó que su mirada se perdiera en la claridad de la terraza.

-Murieron veintitrés esclavos que había cedido generosamente para la reconstrucción del edificio; artesanos formidables, muchos de ellos. Y una cantidad semejante ha quedado incapacitada para cualquier tipo de trabajo artístico -los ojos de Faruk se enrojecieron-. Terrible.

El silencio reinó por un momento entre el mármol. Pero Faruk se recompuso y fijó su atención en el compañero de la mujer.

-Y bien, Ramiro de… ¿Mar? -preguntó Faruk-. La Casa de Mar, ¿no se encuentra al otro lado del Atlántico?

Ramiro hizo un leve gesto de asentimiento y permaneció callado. El arzobispo Cirilo se removió intranquilo en su asiento y trató de explicar la situación.

-Don Ramiro ha hecho voto de silencio, Amo Faruk… -dijo el sacerdote, nervioso.

-Oh -Faruk parecía divertido e interesado-. Es una curiosa decisión, dejar de hablar cuando uno va a ser padre. A mí me vendría muy bien, la verdad; teniendo en cuenta lo insoportables que pueden llegar a ser mis cincuenta y cuatro hijos.

Faruk soltó una risita y el arzobispo le siguió a continuación con una estruendosa carcajada. Frances sonrió y miró a Ramiro, que no cambió la expresión de su rostro.

-Don Ramiro, disculpe mi tonta e inocente broma -se corrigió enseguida Faruk-. Respeto profundamente el intenso sentido del honor de los cristianos de las Casas. Les deseo sinceramente un feliz alumbramiento y una alegre paternidad. Pocas cosas hay en la vida tan agradables a los dioses.

Ramiro aceptó la disculpa con un ligero movimiento de cabeza, pero permaneció con la mirada baja. El rostro de Frances también se oscureció.

-Vaya, creo que he sido un maleducado -comentó Faruk, serio de repente-. Espero que las atenciones de mi casa sirvan para corregir la estupidez de mis palabras.

Palmeó un par de veces y varios esclavos hicieron aparición en la estancia.

-Acepten mi hospitalidad, se lo ruego -insistió Faruk-. No tardaremos en tener todo listo para que puedan embarcarse en dirección a su hogar.

Frances y el arzobispo se esforzaron en sonreír, pero Ramiro no levantaba la mirada. De repente, los ojos de Faruk se abrieron como platos.

-Llama ahora mismo a Hafuya -ordenó a uno de sus esclavos.

La mirada de todos los presentes se dirigía ahora al suelo, justo debajo de la silla de Frances, donde había aparecido un charco de agua.

IN PROELIO

La furgoneta se encontraba junto a los despojos oxidados de un par de escaleras mecánicas. La vista del cielo azul apenas era estorbada por los restos exiguos del techo del antiguo edificio, que se elevaba varias plantas sobre el suelo del bosque.

Abraham estaba subido encima del vehículo, comprobando el estado de las placas solares. José dormitaba en un claro entre los escombros. Iván hacía prácticas de combate.

Lope apareció en la entrada del edificio, cargando un ciervo muerto.

-La cena -anunció.

Iván se detuvo para contemplar a Lope, profundamente admirado. José abrió un ojo, que volvió a cerrar casi enseguida.

Abraham bajó del techo de la furgoneta y se acercó al animal, desenvainando el largo cuchillo que portaba en el muslo derecho.

-¿Qué hacías? -le preguntó Lope a Iván, tras dejar el ciervo en el suelo-. ¿Valcarce?

Iván asintió, gratamente sorprendido de haber llamado la atención de Lope.

-A mí me formó Zurribia -añadió el gigante.

Iván no daba crédito a lo que oía.

-La verdad es que lo había pensado, cuando vi tu hacha -dijo Iván, señalando el arma que colgaba del cinturón de Lope.

Lope sonrió.

-Después, si quieres, te puedo enseñar unas variaciones que Zurribia me enseñó -le dijo al chaval- y que yo mismo he pulido con los años.

Iván, feliz, fue incapaz de contestar.

José refunfuñó mientras se ponía de pie.

-Yo casi consigo que me maten, por la inercia de completar una combinación de Zurribia que me habían enseñado…

Lope sonrió.

-Pues yo creo que Zurribia fue el mejor discípulo de Valcarce… -replicó Iván, malhumorado.

-Claro, claro… -se burló José-. Te fue muy útil en la gran batalla de… la guardería de Rilo.

Iván iba a decir algo, pero Abraham le dijo que fuera a buscar madera.

-Acompáñale, José -añadió.

-¿Zurribia no tenía una combinación para poder recoger madera solo…? -refunfuñó, antes de seguir de mala gana a Iván.

El bosque parecía extenderse hasta el infinito. José observó alrededor y se dirigió a un lugar donde parecía haber una mayor cantidad de trozos de madera.

Iván se giró y miró las ruinas en las que se habían refugiado.

-¿Qué era esto? -preguntó-. ¿Una catedral?

José dejó de recoger, miró a Iván, miró al edificio, y volvió a mirar a Iván con cara de incredulidad.

-¿Cómo coño iba a ser eso una catedral?

-No sé… Mi bisabuelo me contó que las iglesias católicas que se habían construido unos años antes de la Caída eran muy feas -explicó Iván-. Y como esto es tan grande y feo, pensé que igual sería una catedral.

José no pudo evitar sonreír.

-No, no era una catedral. Creo que era un supermercado -explicó.

-¿Un súper qué…?

-Supermercado. Un lugar donde se podían comprar muchos tipos distintos de cosas.

-¿Como una feria? -preguntó Iván.

-Sí… Pero que dura todos los días.

Iván frunció el ceño.

-Y… ¿cuándo descansaban los mercaderes?

-Los mercaderes no trabajaban. Eran sus empleados los que lo hacían.

-¿Los vendedores no eran los dueños de sus negocios?

-Casi nunca.

Iván se quedó pensativo.

-No me extraña que Dios les castigara -comentó.

-Ya, pero podía haber discriminado un poco mejor a la hora del castigo… -respondió José, mientras se agachaba para recoger un buen trozo de madera.

Iván se quedó mirándole.

-¿Ya no crees en Dios…? -preguntó, con timidez.

José se irguió y miró a Iván. En ese momento escucharon un ladrido entre los árboles; preludio de una tormenta de gritos que parecían venir de todas partes.

-Deja eso, corre adentro -dijo José a Iván, tirando la madera que había recogido y llevando una mano a su cartuchera.

Iván salió corriendo hacia las ruinas, seguido de cerca por José, mientras los gritos y ladridos se multiplicaban.

Cuando llegaron hasta la furgoneta, encontraron a Abraham y a Lope preparándose tranquilamente para el combate.

-Escombreros, creo -le dijo José a Abraham, que comprobaba la cámara de su rifle.

Los gritos y ladridos se aproximaban.

Abraham apoyó la culata del rifle en una cadera y comenzó a persignarse. Lope e Iván le siguieron.

Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio -rezaron los tres al unísono- contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium…

José empezó a subir por una de las vetustas escaleras mecánicas. Una docena de figuras berreantes hicieron aparición en la entrada del edificio. Varias de ellas aguantaban el tirón frenético de unos enormes perros de presa.

-…Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo…

Desde su posición elevada, José empezó a disparar a los perros, que acababan de ser soltados. Las balas también empezaron a silbar desde el otro lado, al tiempo que una buena parte de la banda se abalanzaba sobre ellos, blandiendo hachas y machetes.

-…divina virtute in infernum detrude.

Abraham, susurrando amen, apuntó a la cabeza de uno de los atacantes que les estaba disparando.

Lope e Iván salieron corriendo hacia los lados, cada uno en una dirección.

Con cuatro disparos, Abraham había terminado con los cuatro tiradores de la banda.

Los perros sangraban tirados por el suelo, alguno de ellos, aún vivo, aullando de dolor.

Lope hizo una finta para evitar el machetazo de su primer adversario; aprovechando la inercia del movimiento de recuperación, incrustó el hacha en la nuca de su oponente.

Iván extrajo su cuchillo del oído sanguinolento en el que lo había clavado. Con una patada baja barrió al siguiente rival que se le acercaba y hundió el cuchillo en el estómago de un tercero. Sacó el cuchillo con un movimiento lateral, provocando la caída de las entrañas de su adversario, que vio con horror sus tripas entre las piedras. Con el talón pisotéo brutalmente la cabeza del que estaba en el suelo, antes de descabellar con otro golpe de cuchillo al destripado.

José y Abraham se habían unido al combate cuerpo a cuerpo. José acuchillaba repetidas veces a uno de los atacantes. Con un par de machetazos, Abraham decapitó a los dos últimos.

Ya sólo se oía el sonido neumático de las aceleradas respiraciones de los cuatro supervivientes.

Abraham volvió a persignarse. Así lo hicieron también Lope e Iván, dejando marcas de sangre en sus frentes sudorosas.

Deo gratias -dijeron los tres a la vez.

José limpiaba su cuchillo, mientras se acercaba a registrar los cadáveres de los atacantes armados con pistolas.

LA FELLOWSHIP DEL LIBRO

La destartalada furgoneta blanca hacía equilibrios sobre los restos de la carretera que se asomaba al océano Atlántico. Abraham, al volante, no hacía excesivos esfuerzos por evitar los baches.

Iván, sentado a su derecha, llevaba un buen rato con la mirada perdida en el horizonte marino.

José dormitaba en el asiento de atrás; al parecer, sin sentirse demasiado molesto por el traqueteo del vehículo.

Hasta que un bache excesivamente profundo logró despertarle.

-Había creído entender que teníamos que llegar vivos a algún lugar, para recoger algo y llevarlo a otro sitio… -masculló José.

-Así es -confirmó Abraham.

-Cualquiera lo diría, viendo tu manera de conducir…

José se restregó los ojos y miró alrededor, a través de las ventanillas. Su cara se torció en un gesto de extrañeza.

-Juraría que esto me suena…

-Claro -dijo Abraham-. Nos acercamos a la Casa de Simou.

José se quedó clavado en su asiento, mirando la nuca de Abraham como si pudiese golpearla con la vista.

-¿Por qué no me dijiste que teníamos que venir aquí?

-Porque me dijiste que no querías saber nada hasta que el grupo estuviese completo. Y eso es lo que vamos a hacer, completar el grupo.

-¿En la Casa de Simou?

-No te preocupes, no llegaremos a entrar. Ahí está el cuarto superhéroe -dijo Abraham, en un tono tan excesivamente serio que hizo sonreír a Iván.

La furgoneta se detuvo fuera de la carretera, al borde de un profundo acantilado. José miró por la ventanilla. Se quedó inmóvil durante unos segundos.

Un hombre parecía esperarles, parado al lado de la carretera. Un macuto yacía a sus pies. De una estatura colosal, el pelo rapado al cero y una musculatura diseñada para el combate. En su cinturón portaba una pistola y una pequeña hacha. El rostro, anguloso y tenuemente pardusco, permanecía  sereno, alrededor de unos ojos casi grises.

-Cómo puedes ser tan hijodelagranputa, Abraham… -dijo José, mientras salía de la furgoneta.

Iván miró a Abraham sin comprender, pero éste sólo prestaba atención al cinturón de seguridad que se estaba desabrochando.

Al ver a José, una mueca fugaz pareció romper por un momento el rostro contenido del coloso.

José miró al suelo y volvió a mirar a Abraham, que no parecía prestarle demasiada atención al nuevo personaje. Finalmente se acercó a él.

-Lope -dijo, adelantando la mano derecha.

-José -respondió el gigante, apretando su mano.

Tras el saludo, José se quedó con los brazos en jarras, mirando alternativamente al suelo, al mar y a Lope.

Abraham se acercó sin saludar.

-Hace buen día. Creo que podemos comer aquí, descansar un rato y así aprovecho para contaros lo que vamos a hacer.

Abraham se puso manos a la obra y el resto le siguió.

José y Lope permanecieron callados durante la comida. Iván observaba de reojo el silencio tenso de ambos. Terminada su ración, Abraham se dispuso a hablar.

-Tenemos que ir a Atenas, a recoger la copia de un libro, para llevarlo a la Casa de Latakia, en Siria -dijo, lacónico.

Iván abrió los ojos desmesuradamente y parecía a punto de saltar de alegría. José también parecía sorprendido, pero mucho menos entusiasmado que el joven. Lope no parecía sorprendido en absoluto.

-¿Por qué Atenas? -preguntó José.

-Allí vive el maestro iluminador Thomas -respondió Abraham-. Él ha realizado la copia.

-¿Thomas, el teólogo? -volvió a preguntar José, nuevamente sorprendido.

Abraham afirmó con la cabeza.

-¿Por eso está tan representada la Casa de Simou en esta pandilla? -preguntó nuevamente José.

Iván se sorprendió con el comentario y miró a Abraham, esperando impaciente su respuesta. Lope siguió comiendo en silencio.

-¿Lo dices porque es un experto en San Nicolás? -preguntó a su vez Abraham-. No pensaba que eso te importase lo más mínimo.

Abraham y José se miraron.

-No me importa una mierda -dijo José, mientras sacaba una pequeña botella de su mochila-. Pero como Abraham González siempre tiene que estar intentando salvar tu puta alma, pensé que quizá su jesuítico cerebro había pensado conmover mi corazoncito con más añoranzas de otrora.

Abraham se levantó sin contestar y empezó a recoger. Lope dejó de masticar durante unos segundos.

-¿De qué libro es la copia? -volvió a preguntar José.

-El Evangelio de San Juan -respondió Abraham, sin dejar de recoger.

Los ojos de Iván fueron capaces de abrirse un poco más, al tiempo que se santiguaba. Lope se quedó por un momento mirando a José, mientras éste le daba un largo trago a su botella.

-Toda esa zona está a punto de estallar -comentó Lope.

-Por eso os necesito -respondió Abraham-. Iremos en furgoneta hasta los Alpes Dináricos y, a partir de ahí, entraremos a pie en el territorio de la Liga.

La cara de Lope también fue de sorpresa, en esta ocasión.

-Los neo-arrianos ganaron las elecciones en Arkalejandría hace un par de meses y están utilizando la ciudad como banco de pruebas de su política religiosa -explicó Abraham-. No quiero usar sus carreteras. Nos mantendremos en los bosques.

-¿Por qué no ir en barco hasta Atenas? -preguntó José.

-No pasaríamos los controles marítimos. El Egeo está repleto de barcos de guerra. Intentaremos aprovechar las montañas para acercarnos todo lo que podamos. Recogeremos el libro y regresaremos a las montañas. Y saldremos del territorio de la Liga.

-¿Cómo estás pensando llegar a Siria, entonces? -preguntó José, nuevamente, cada vez más perplejo-. ¿Rodeando por el Mar Negro?

Abraham asintió con la cabeza. Lope permaneció en un silencio meditabundo.

-Vamos a pasar más tiempo rodeados de caribes que de seres humanos… -comentó José.

-Probablemente. Por eso te pago lo que te pago. No porque me importe un carajo tu alma pecadora -dijo Abraham, sin cambiar el tono de su voz.

José dejó florecer una sonrisa amarga en su boca.

Iván era incapaz de controlar su excitación, con la mirada perdida en entretenidas imaginaciones. José se fijó en él.

-¿Y a ti qué te pasa? -le preguntó.

-Es que… -el muchacho parecía incapaz de hablar, de la emoción-. Es como cuando se forma la Comunidad del Anillo, durante el Concilio de Elrond. Ahora también nosotros somos una Comunidad, a punto de iniciar una fenomenal aventura… Somos la Comunidad… del Libro. ¡La Fellowship del Evangelio de San Juan! -exclamó.

-Este niño está gilipollas… -dijo José, antes de darle otro trago a su botella.

Iván se quedó mohíno por el comentario. Lope, al levantarse, magreó cariñoso con una de sus manazas el pelo del chaval.

Abraham ya estaba metiendo su mochila en la parte de atrás de la furgoneta.

LA TABERNA SATÁNICA

Chesterton: al verte, cualquiera diría que hay hambre en Inglaterra.

Bernard Shaw: al verte a ti, cualquiera diría que la has provocado tú.

“Clemente [de Alejandría] habría rechazado la idea; las personas que disfrutaban de una buena comida eran, escribió, nada menos que bestias parecidas al hombre, imagen de la bestia golosa. Satán merodeaba entre las golosinas. Después estaba el vino, que en opinión de Clemente era más pernicioso que la comida. Este líquido cálido, escribió, calentaría aún más los cuerpos sobrecalentados de los jóvenes añadiendo fuego sobre fuego, por lo que se inflaman los instintos salvajes, los deseos ardientes y el ardor temperamental […]. De ahí que […] desborde los límites del pudor. Clemente tronaba furioso contra esos desgraciados cuya vida no era sino fiesta, embriaguez, baños, vino puro […], inercia y bebida y, de manera algo intrigante, orinales.

En los escritos de un predicador cristiano tras otro, quedaba claro que casi todo lo relacionado con la comida era sospechoso. Si se salía a cenar, uno podía verse afectado por la perniciosa envidia ante la casa de otro hombre, y volver a la casa propia más descontento que antes de partir. [San] Juan Crisóstomo recomendaba evitarlo y acudir en su lugar a funerales. ¿Es mejor -tronó ante su congregación- ir donde hay llanto, lamentación, y gemidos, y angustia, y tanta tristeza, o donde se encuentran la danza, los címbalos, la risa, el lujo, la comida y la bebida? No es necesario conocer demasiado la obra de Crisóstomo para saber que la respuesta esperada a su pregunta retórica era un entusiasta ¡Sí, claro que sí!. En una casa feliz se podían envidiar el atrio bien dispuesto del vecino o su encantador comedor; en una casa de luto, dijo Crisóstomo, es más probable que se exclame: ¡No somos nada, y nuestra maldad es inexpresable!.”

La edad de la penumbra, de Catherine Nixey; Taurus, 2018; pgs. 189-190. Clemente de Alejandría fue venerado como santo hasta el siglo XVII por la iglesia católica (su fiesta era el 4 de diciembre); San Juan Crisóstomo fue declarado Doctor de la Iglesia en 1568 por el Papa Pío V.

EL PRIMER HOMBRE

Se podía sentir la furia del mar golpear contra la roca dentro de la pequeña ermita. Xoán, señor de la Casa de Rilo, observaba arrodillado cómo su padre oficiaba misa, ayudado por uno de sus bisnietos. A pesar de su edad, el anciano se movía con soltura y precisión.

Xoán se irguió y se dirigió hacia su padre para recibir la comunión. Volvió a arrodillarse ante él, sobre el suelo de piedra. Juntó las manos delante del pecho e inclinó un momento la cabeza mientras su padre se acercaba. Sus largos cabellos, aún en su mayor parte de un brillante color rubio, parecieron enredarse entre sus manos orantes. Volvió a levantar el rostro cuando ya la hostia se aproximaba a su boca. La abrió, dejó que su padre depositase la oblea sobre su lengua y sus labios se clausuraron, tensa la mandíbula. Regresó a su banco y permaneció arrodillado, mientras sentía cómo el círculo de pan se iba deshaciendo poco a poco, mezclado con su saliva. Levantó la mirada y la fijó en el crucifijo que presidía la ermita, mientras la hostia atravesaba su garganta.

El viento soplaba con fuerza cuando salieron de la ermita. Allí les esperaba el jefe de la guardia personal de Xoán, junto a cuatro caballos. Se acercó a su señor y le dio una pistola, que éste enfundó en una sobaquera, y un largo cuchillo, que envainó en su cinturón. Una ola rompió en la pared de roca de la peñíscola y algunas gotas saladas salpicaron sus caras. Xoán ayudó a montar a su padre y los cuatro cabalgaron lentamente por el estrecho corredor de tierra que unía la pequeña península con tierra firme.

Xoán observaba a su padre hablar con su bisnieto, seguramente haciéndole alguna recomendación de carácter litúrgico. Aunque estaba cerca, no podía escuchar la conversación, debido al bramido del océano.

Una luz roja se escapó del manto gris en el horizonte. El sol se ponía, el día terminaba. Los ropajes de color azul marino de los cuatro caballeros se agitaban como banderas al viento.

Llegados a la gran casa, Xoán volvió a acercarse a su padre para ayudarle a desmontar.

-Me gustaría subir al camposanto -dijo el anciano-. ¿Me acompañas, hijo?

-Claro, padre.

Xoán hizo una indicación a los otros dos jinetes para que se quedaran allí, mientras ellos continuaban por el camino que subía hacia el limonero.

Detuvieron los caballos junto a las tumbas. Xoán ayudó a desmontar a su padre, que se acercó a una de las cruces de piedra. El anciano juntó las manos y comenzó a rezar.

Su hijo contemplaba la oscuridad creciente que se extendía por el mar.

-¿Preocupado? -preguntó su padre.

Xoán sonrió.

-¿Y cuándo no? -preguntó a su vez.

Su padre también sonrió.

-Sin duda, has heredado el carácter de tu madre. A ella le solía sacar de quicio mi flema impropia de un hijo de Adán -el anciano estuvo a punto de dejar escapar una risa-. Qué mujer formidable…

Xoán volvió a sonreír y dirigió una mirada hacia la tumba ante la que había estado rezando su padre.

-¿Has recibido alguna noticia de Iván? -preguntó nuevamente el anciano.

-Aún no. Supongo que ya se habrá reunido con Abraham.

-Seguro que sí -dijo el viejo, mientras se acercaba a su caballo.

Volvieron a recorrer el camino en dirección inversa. Empezaba a llover cuando llegaron a las puertas de la gran casa. Al entrar, fueron recibidos por el calor de la chimenea y por el barullo de un animado y concurrido banquete, que apenas dejaba un hueco en la gran sala. Se acercaron dos sirvientes para recoger las capas húmedas de sus señores. Varias mesas, repletas de comensales, disfrutaban de un continuo trajín de comida y bebida. Madres y padres se dirigían con frecuencia a las mesas donde se agrupaban una gran cantidad de niños, para poner orden entre sus respectivos vástagos.

Al dirigirse hacia la mesa principal, Xoán se fijó en que uno de sus nietos le ponía la zacandilla a un joven sirviente que transportaba en una bandeja un cordero asado. Incapaz de reaccionar a tiempo, sólo fue capaz de ver caer estrepitosamente al camarero. Algunos niños rieron al ver la caída, sobre todo el que la había provocado. Todos en la gran sala se giraron para ver lo que había sucedido. Xoán se acercó rápidamente al joven para ayudarle a levantarse.

-Gracias, señor… lo siento… mucho, señor… he tropezado y… -se excusaba, muerto de vergüenza, el sirviente.

-No te preocupes, Brais. ¿Estás bien?

El sirviente asintió, sin atreverse a mirar a los ojos a su señor. Ya en pie, Xoán fijó su mirada en su nieto.

-¡Joan! -gritó, sin dejar de mirar al niño, que había dejado de reírse y ahora permanecía asustado en su asiento-. ¡¡¡Joan!!! -gritó con más fuerza aún.

Un hombre rubio, de pelo corto y ojos de un azul casi vítreo, se levantó de la mesa principal, y se acercó lentamente, aparentando despreocupación, con una copa de vino en la mano.

-¿Me llamabas, padre? -preguntó, con aire burlón.

Xoán dejó por un momento de mirar a su nieto y miró con desgana a su hijo.

-Jon le ha puesto la zancadilla a Brais y le ha hecho caer -dijo, con voz fuerte pero serena-. Castígale.

-¿Ahora? -preguntó Joan, molesto.

-Ahora. Castígale.

Joan miró a su hijo, que parecía a punto de llorar.

-Por Dios, padre, estás asustando al niño. Sólo ha sido una burda travesura. Brais está bien, ¿verdad, Brais?

Brais, con la mirada fija en el suelo, asintió nervioso.

-Castígale tú o lo haré yo -insistió Xoán.

Su hijo torció el gesto en una mueca de enfado.

-Padre, estás arruinando la fiesta por un…

Joan no pudo terminar la frase. El revés de su padre lo envió directamente al suelo.

-¿Le haces esto, en público, a tu heredero? -dijo Joan, mientras se limpiaba la sangre de la boca.

Su padre dio un paso hacia él y Joan se apresuró a protegerse de un nuevo golpe.

-¿Acaso está muerta tu hermana? -preguntó su padre, en un susurro rabioso.

Una mujer corrió hacia donde estaba el anciano señor.

-Querido suegro, ¿vas a permitir que tu hijo trate así a tu nieto? -preguntó, agarrándose a uno de sus brazos.

-Claro que sí, nuera -respondió el anciano, mirándole directamente a los ojos-. De hecho, Joan es afortunado; si mi mujer aún estuviese viva, seguramente nos veríamos obligados a encerrarle durante tres días en las cochiqueras, para contentar su sentido de la justicia.

La mujer soltó el brazo del anciano y corrió a ayudar a su hijo, que rechazó enfadado su ayuda y salió inmediatamente de la gran sala, arrastrando al pequeño Jon tras él.

Mientras tanto, Xoán se acercó nuevamente al sirviente, extrajo un pañuelo de un bolsillo y limpió algunas manchas en la cara y en las ropas de Brais.

-No, señor, por Dios… -intentaba negarse el joven.

-Vuelve a tu casa, Brais. Mañana será otro día -dijo Xoán, finalmente, forzando una sonrisa-. Y te ruego perdones la mala educación de mi familia.

El joven fue incapaz de responder. Abandonó el lugar, en medio del más absoluto silencio. Xoán vio cómo se acercaba su mujer. Ambos se miraron un momento, como esfinges de piedra. Después ella se marchó por la misma puerta por la que se había ido Joan. El señor suspiró con amargura al verla marchar.

-Padre, ven a la mesa -dijo dulcemente una mujer de ensortijado pelo castaño y ojos azules, que acababa de acercarse-. Come algo.

-Quizá más tarde -dijo Xoán, marchándose también él de la amplia estancia, por otra puerta.

La mujer se quedó de pie, mirando con rostro apenado la salida de su padre. Giró el rostro, al oír que su abuelo la llamaba.

-¡Jeanne! -dijo el viejo, mientras se sentaba al lado del fuego de la chimenea.

-¿Sí, abuelo? -preguntó, con voz cariñosa.

-¿Me podrías traer un trozo pequeño de cordero y una gran jarra de cerveza? -pidió, con una sonrisa pícara.

-Por supuesto, abuelo. Ahora mismo te lo traigo.

-Uno necesita buena comida y bebida… ¡para contar una historia! -gritó en dirección a las mesas de los niños.

Un clamor se elevó en el sector infantil que se acercó corriendo hasta donde estaba el anciano, rodeándolo, sentándose por el suelo o acercando sillas y bancos. También se acercaron algunos mayores, bebiendo, comiendo o empezando a encender sus pipas.

-Érase una vez un hombre, agotado de soportar el Mundo -comenzó el abuelo-. Decidió marcharse a las montañas, anhelando soledad y paz. Eran unas montañas muy bellas, al borde del océano, que parecían hacer equilibrios de piedra sobre las aguas. Y en ellas moraban caballos salvajes.

Muchos de los niños sonrieron al oír las primeras frases. Reconocían la historia tantas veces escuchada, pero permanecieron atentos a la narración, casi repitiendo en voz baja las palabras de su abuelo.

-Explicaba una antigua profecía que aquellos caballos también habían huido del Mundo, hastiados de la traición de los hombres, que los habían sustituido por asquerosos y ruidosos trastos humeantes. Incapaces de asistir por más tiempo a la degradación de los hombres, los caballos se refugiaron en las montañas. Y su líder, un formidable garañón, habló a su manada una única vez, la única vez en que un caballo se ha rebajado a hablar la lengua de los hombres; dijo así: Nunca más soportaremos el peso de la indignidad, hasta que el hombre vuelva a ser caballero.

Los más pequeños escucharon fascinados y divertidos cómo su tatarabuelo imitaba una voz más grave.

-Los descendientes de aquel caballo vieron al extraño y solitario hombre llegar a sus montañas -continuó el anciano-. Durante unas semanas, vigilaron atentamente sus movimientos, para conocer con qué intenciones había llegado a sus dominios, dispuestos a matarlo en cuanto vieran el más mínimo indicio de humo pestilente o ruido de máquina. Pero no hubo tal. El hombre empezó a construir una casa de madera, a plantar un huerto, a pescar. El único humo del que era culpable era el de las hogueras en las que cocinaba y con las que se calentaba. El de las pipas que fumaba tras cada comida. Los caballos se acercaban de noche y le veían leer viejos libros junto al fuego.

El anciano se quedó callado unos segundos, con la mirada fija en las llamas.

-Un día apareció por las montañas una mujer. Apenas llevaba nada con ella, salvo una maceta, que contenía una pequeña planta. Los caballos vieron cómo el hombre recibía a la mujer. Al encontrarse, se abrazaron durante mucho rato, como si se conocieran desde hace mucho tiempo. Como si se conocieran desde niños. Subieron juntos hasta uno de los acantilados más altos y allí plantaron lo que ella había traído consigo en la maceta: un limonero -el anciano disfrutó con la cara de sorpresa que pusieron los más pequeños de sus oyentes-. La mujer se quedó a vivir con el hombre. Le ayudó en la casa, en el huerto, en la pesca. Salieron juntos a cazar. Un tiempo más tarde, ella se quedó embarazada. Una, dos, tres veces. Nacieron uno, dos, tres niños. Mientras tanto, más hombres y mujeres empezaron a llegar a las montañas, también huyendo del Mundo. Construían sus casas cerca de la que había construido el primer hombre. Los caballos seguían vigilando, pero los nuevos habitantes se comportaban como aquél, sin pestilencias ni ruidos; así que decidieron protegerlos de los lobos y otras alimañas peligrosas. Y así vivieron, felizmente, durante unos años. Hasta que llegó la Caída.

El silencio en la gran sala se hizo denso. Muchas miradas de adultos cayeron hasta el suelo.

-Los hombres y mujeres de las montañas contemplaban con terror y compasión lo que ocurría en el Mundo. A pesar de todo por lo que habían pasado, o quizá precisamente por ello, querían ayudar a los que trataban de salvarse. El primer hombre decidió regresar al Mundo para tratar de rescatar a todos los que pudiera. Varios se unieron a él, dispuestos a acompañarle. Cuando estaba a punto de abandonar las montañas, una manada de caballos se cruzó en su camino. Un bello y brutal macho, descendiente de aquel garañón primigenio, se erguía magnífico ante él, sus crines rubias bailando con el viento marino. Confuso y asustado, el primer hombre permaneció quieto, expectante. Entonces el caballo dobló una rodilla y se inclinó ante el primer hombre. Éste acarició las bellas crines y montó sobre el robusto lomo del animal. El resto de la manada se inclinó a su vez y los compañeros del primer hombre también montaron sobre ellos.

El anciano calló un momento y fijó su mirada en los más pequeños.

-Así los hombres volvieron a ser Caballeros y pudieron acudir más rápido en ayuda del Mundo. Así fue como los caballos ayudaron a rescatar a tantos. A Dios gracias.

El anciano sonrió y todos los niños sonrieron con él.

-¿Cómo se llamaba ese primer hombre, Tata? -preguntó un niño de unos cinco años.

-Se llamaba como tú, Juan -respondió el anciano, acariciando la castaña cabellera del chaval-. Juan Rilo.

 

ALABAD A UN CORCOVADO

“Asemejándome en esto a los hugonotes, que rechazaban nuestra confesión privada y al oído, yo me confieso pública, pura y religiosamente. San Agustín, Orígenes e Hipócrates divulgaban el error de sus opiniones, y yo divulgo además el de mis costumbres. Estoy ávido de hacerme conocer, y, sobre todo, hacerlo con verdad. Mas, si he de ser justo, agregaré que no estoy en rigor ávido de nada, salvo de no ser tomado como otro que el que soy por aquellos que lleguen a conocer mi nombre. Quien todo lo hace por el honor y la gloria, ¿ qué piensa ganar presentándose enmascarado al mundo y engañando al pueblo sobre el conocimiento de su verdadero ser? Alabad a un corcovado su buena figura y veréis como lo toma a ofensa. Si, siendo cobardes, se os alaba por valientes, ¿acaso se os alaba a vosotros? Bueno fuera que se satisficiese de los saludos que le hacen el que, siendo el menor de una compañía, recibiera honor por creérsele señor de todos. Pasando por la calle Arquelao, rey de Macedonia, tiráronle agua encima desde una ventana, y los del séquito le instaban a castigar al culpable. Cierto -repuso el rey-, pero es el caso que ese hombre no me ha lanzado el agua a mí, sino a la persona con quien me confundía. Hablaron a Sócrates de que se le calumniaba y contestó: No me afecta eso, porque no hay en mí nada de lo que dicen. No daría yo muchas gracias a quien me encomiase por buen piloto, por muy modesto o por muy casto, ni me ofendería si me llamasen traidor, ladrón o beodo. Quienes se desconocen pueden pagarse de apreciaciones falsas, pero yo me he estudiado hasta las entrañas y sé bien lo que me pertenece. Prefiero ser bien conocido a bien hablado, y admito que se me tenga por sabio en aquella condición de sabiduría que yo llamo necedad.”

Ensayos, de Michel de Montaigne; Libro III, capítulo V; Orbis, 1984; pg. 55.

‘El abrazo’, de Egon Schiele (1917)

AQUÍ TAMBIÉN HAY DIOSES

El alboroto de la lonja se componía de gaviotas, motores, sirenas y varias docenas de subastas que se desarrollaban a voz en grito. Una agradable brisa marinera removía la sopa de olores que producía el mercado a primera hora de la mañana.

Todas las razas e idiomas del mundo parecían congregarse en aquel lugar. Una pequeña figura, vestida con una sencilla camiseta marrón y amplios pantalones del mismo color, paseaba con gesto entretenido entre la barahúnda del puerto. De vez en cuando, se detenía para examinar el género de algún puesto, con una curiosidad que parecía más científica que gastronómica.

-¿Va a querer algo, viejo? -le preguntó en inglés clásico un pescadero gordo, calvo y negro, que se empezaba a impacientar ante el largo escrutinio de sus peces.

-Oh, no… Lo siento, me había obnubilado observando las branquias de ese lepidorhombus… -contestó en griego ortodoxo el anciano.

-Pues, si no va a comprar nada, deje sitio a los que sí quieren hacerlo -respondió a su vez el pescadero, en griego ateniense.

El viejo se acarició la rala barba de su mentón y siguió su camino despidiéndose con un ligero movimiento de cabeza. Se fijó entonces en la fragata de la Liga que entraba en esos momentos en el Pireo: un enorme buque acorazado de color gris perla del que salían, como espinas en la espalda de un dragón, varios palos en los que los marineros se afanaban en arriar y recoger velas. El anciano se quedó parado, contemplando la actividad en el barco de guerra.

-¡Señor Thomas! -gritó un joven desde la terraza de una taberna cercana.

El viejo se giró y saludó con una mano, acercándose a buen paso hasta la mesa que ocupaba el joven. En su rostro anguloso y lampiño se mezclaban sangres de todos los continentes; unos alegres ojos verdes, ligeramente rasgados, invitaron al anciano a sentarse; cosa que hizo con presteza.

Una camarera se acercó a ellos. El joven ya tenía una copa de vino blanco. El anciano pidió otra, además de una ración de calamares fritos.

-¿Qué tal estás, joven Peras? -preguntó, jovial.

-No hay queja, Maestro. ¿Qué tal se encuentra usted?

-Felizmente atareado, como siempre. A Dios gracias. ¿Y Adonis?

Peras hizo un gesto y desvió la mirada.

-Bueno, ya sabe; preocupado por el estado de las cosas, como suele. Preocupado sobre todo por la posibilidad de que el partido de Sonshu Agamenón gane las próximas elecciones.

-Claro.

-Le he traído lo suyo; y una carta que recibió Adonis hace un par de días -Peras acercó un par de sobres por encima de la mesa al anciano-. Parece que es importante.

Thomas cogió los dos sobres. Uno blanco, otro gris. Se quedó observando éste por un momento, hasta que guardó ambos en un pequeño bolso que colgaba de su cinturón.

La camarera llegó con la copa de vino y los calamares. Peras pinchó uno inmediatamente y empezó a comerlo, mientras Thomas se quedaba mirando la cabeza de uno de los animales, buscando la boca entre los tentáculos con ayuda de su tenedor. Peras se quedó mirando al anciano.

-Se le va a enfriar, Maestro -comentó divertido.

Thomas sonrió. Levantó un dedo, indicando a Peras que esperase un momento. Peras ya sabía lo que eso significaba: le iba a leer algo. El anciano extrajo un libro bellamente encuadernado de su bolsita. Lo abrió y empezó a buscar. Volvió a levantar el mismo dedo, sin dejar de mirar el libro, haciendo ver que ya había encontrado lo que buscaba y se disponía a leerlo:

-…por ello es necesario no rechazar puerilmente el estudio de los seres más humildes, pues en todas las obras de la naturaleza existe algo maravilloso. Y lo mismo que se cuenta que Heráclito dijo a los extranjeros que querían hacerle una visita, pero que, cuando al entrar lo vieron calentarse frente al horno, se quedaron parados (los invitaba, en efecto, a entrar con confianza, pues también allí estaban los dioses), igual hay que acercarse sin disgusto a la observación sobre cada animal, en la idea de que en todos existe algo de natural y de hermoso… ¿No es realmente magnífico Aristóteles?

Peras tomó el libro y lo hojeó con profunda admiración. Estaba escrito en griego clásico. Las miniaturas que lo adornaban eran de una extraordinaria belleza.

-¿Es una copia realizada por usted, Maestro?

-Nunca entenderé por qué San Nicolás le tenía tanta inquina… -Thomas no parecía haber escuchado al joven.

-¿A San Nicolás no le gustaba Aristóteles? -inquirió Peras, olvidando su pregunta anterior.

-Pues no. De hecho, Iumbe Crisóstomo llegó a dedicar un libro a la cuestión, poco antes de la Caída; pero es una de sus muchas obras que no se han conservado… Así que no podemos saber cuál era su teoría al respecto -Thomas se quedó por un momento con la mirada perdida en las olas-. En cualquier caso, a pesar de mi profunda admiración por el santo, no puedo evitar sentirme profundamente feliz cuando leo al Filósofo. Espero que no sea pecado… -comentó con una suave sonrisa.

-Quizá, en esta cuestión, estuviese equivocado -dijo Peras, intentando dar pie a que el anciano siguiese hablando del tema-. ¿En qué escolios se puede percibir ese malestar con Aristóteles?

-Explícitamente, recuerdo ahora mismo dos: uno en que considera que el aristotelismo ha sido uno de los traspiés de la Iglesia y otro en el que dice que el vicio de la escolástica medieval está en no haber sido sierva de la teología, sino de Aristóteles -respondió el anciano, antes de comerse un calamar.

-¿Y es así?

-Claro, esa es la cuestión, mi duda… -dijo Thomas, con una sonrisa, mientras se acercaba la copa a los labios-. Hay otros escolios en los que habla de la escolástica; por ejemplo: la Escolástica pecó al pretender convertir al cristiano en un sabelotodo. El cristiano es un escéptico que confía en Cristo… Y en otro lugar: el que menos comprende es el que se obstina en comprender más de lo que se puede comprender. San Nicolás desconfía de los mamotretos escolásticos: tan grande es la distancia entre Dios y la inteligencia humana que sólo una teología infantil no es pueriltomistas y marxistas pueden intercambiar personal...

-¿Marxistas?

-Oh, una herejía que tuvo su importancia unos tres siglos antes de la Caída… -explicó Thomas, antes de continuar con las citas- …los vicios de la teología católica resultan de su propensión a tratar problemas teológicos con mentalidad de canonista... Evidentemente, Santo Tomás tampoco queda libre de sospecha; en un escolio, San Nicolás se pregunta si se le puede considerar un orleanista de la teología -el anciano dejó escapar una risita-. Es otro modo de decir que ya está cediendo demasiado terreno al enemigo. Teniendo en cuenta lo que Santo Tomás opinaba de su propia obra al final de sus días, casi podríamos pensar que él mismo le daría la razón a San Nicolás… -el anciano sonrió-. Por otro lado, las loas a Platón abundan en los Escolios: las tres filosofías más importantes de la historia (Platón-Descartes-Kant) son apologéticas larvadas de la religión… En fin. El caso es que San Nicolás desconfiaba profundamente del cristianismo con tendencia a la enciclopedia. Y de esa tendencia, parece culpar principalmente a Aristóteles.

Peras se quedó pensativo, mientras el anciano volvía a tragar un calamar con evidente placer.

-Es curioso, ¿sabes, Peras? Porque muchos pensadores cristianos han considerado que la filosofía antropológica de Aristóteles se acomodaba mejor al misterio de la Encarnación que la siempre peligrosa tendencia al dualismo de Platón. Aunque también es cierto que grandes pensadores musulmanes han pensado que el tratado sobre la psyché explicaba perfectamente la relación entre su dios abstracto y las criaturas… -Thomas se quedó callado, con la mirada fija en la nada, mientras le daba otro trago a la copa de vino-. El caso es que sería un interesante tema de estudio, ¿verdad?

Peras pareció volver de un lugar muy lejano.

-Ciertamente, Maestro…

-¿Serías tan amable de acompañarme a casa? -preguntó Thomas, sonriente.

-Por supuesto, Maestro. Voy un momento al servicio y nos ponemos en marcha.

Cuando el joven se levantó, Thomas recordó el sobre gris que llevaba en el bolso. Volvió a sacarlo y lo contempló sin abrirlo.

Sus manos ancianas parecían doblarse bajo el peso de aquellos trozos de papel.

‘Palas Atenea’, de Gustav Klimt (1898)

SANTIAGO EL MENOR

La limusina negra avanzaba por el camino, levantando una polvareda blanca, mientras atravesaba un mar verde de campos bien trabajados, salpicado de vez en cuando por el amarillo de una plantación de girasoles o el rojo intenso de un cultivo de amapolas. Los campesinos dejaban por un momento sus labores para ver pasar aquel curioso vehículo. Así como las dos pequeñas tanquetas que le seguían inmediatamente.

Caseríos en buen estado poblaban el paisaje, aquí y allá. La limusina se introdujo por la senda que conducía hacia uno de ellos, especialmente grande. Se elevaba hasta una altura de tres pisos, con dos alas laterales, de dos únicas plantas, que parecían abrazar a los recién llegados. Establos, silos, alpendres, y otras construcciones útiles de menor tamaño se distribuían alrededor del edificio principal. Varias docenas de personas iban, venían y se afanaban en diversas tareas agrícolas. Todas dirigieron sus miradas hacia los vehículos recién llegados, que se detuvieron justo delante de la entrada principal. Se abrió la puerta del conductor de la limusina y descendió un hombre vestido de modo marcial, recordando vagamente a un centurión romano escaso de recursos. Se caló un casco de piloto de combate, con penacho de plumas rojas, y se acercó hasta la puerta trasera del vehículo, abriéndola para que saliera su ocupante. Más hombres uniformados salieron de las dos tanquetas y se fueron situando alrededor de la figura que en ese momento emergía del interior de la limusina. Vestido con una ligera túnica negra, que le cubría los brazos hasta las manos y ocultaba sus pies; la cabeza, de pelo moreno y corto, estaba cubierta por un extraño sombrero compuesto de un variado y multicolor juego de plumas. Al moverse, los campesinos tuvieron la impresión de estar viendo a un arco iris guiando a un oscuro nubarrón de tormenta.

El hombre dirigió su mirada al edificio principal, fijándose en el escudo labrado sobre la entrada: un pegaso blanco rampante, delante de un árbol frondoso. Observó el resto de la finca, deteniéndose sin prisa en los detalles, como si recordara. Al ver que una figura había aparecido en la entrada principal, se dirigió sin más hacia ella.

-Querido Fernando, cuánto gusto volver a verte -dijo el hombre de la túnica, apoyando una mano en el hombro del portero.

-Es un honor volver a tenerle entre nosotros, Cónsul -respondió Fernando, con seca educación-. El Señor le está esperando.

Entraron ambos en la casa, seguidos por el chófer. La iluminación era escasa en el amplio recibidor. El Cónsul y su guardia se descubrieron. Cruzaron rápidamente, bajo la atenta mirada de una docena de estatuas, hasta otra puerta que Fernando abrió, haciendo un gesto que invitaba al Cónsul a pasar. La puerta se volvió a cerrar, quedando el centurión apostado junto a ella.

La iluminación era aún menor en la habitación en la que habían entrado. Fernando se dirigió a una pared y encendió algunos interruptores. El visitante pudo entonces contemplar la estancia, más amplia de lo que cabía esperar; las paredes estaban repletas de cuadros, como si el objetivo hubiese sido no dejar a la vista ni un solo trozo de tabique. Al fondo, un hombre se sentaba tras una sencilla mesa de madera, mientras miraba fijamente una de las pinturas que colgaban en la pared a su derecha.

El Cónsul se acercó a la mesa, donde dejó reposar el sombrero, se sentó en la silla que le acercó Fernando y dirigió la mirada hacia donde la dirigía el hombre.

-¿Qué le pides a San Nicolás de Bogotá, tío?

El hombre giró lentamente su rostro hacia el recién llegado, como si acabase de ser consciente de su presencia. Aparentaba unos cincuenta años, más por el gris de la tupida melena recogida en una floja goma que por el aspecto de su cuerpo, aún rebosante de fuerza y vigor. Cruzaba las manos a la altura de la boca, casi oculta bajo la barba también gris.

-¿Qué otra cosa pedirle a nuestro patrón, sino sabiduría? -contestó, mirando al Cónsul con gesto serio. Éste sonrió, al escuchar la respuesta.

-Por lo que he visto al venir, este año también tendremos una buena cosecha -dijo el Cónsul.

-Así es. La Casa de Simou cumplirá su parte del trato con la Gran Comuna, una vez más.

Los dos hombres se miraron, hasta que el Cónsul bajó la mirada hasta uno de los pliegues de su túnica, que acarició con un par de dedos.

-¿En qué otra cosa podemos ayudar a la Gran Comuna, sobrino? -preguntó, mientras se ponía de pie junto a la silla.

-El Comunal admira profundamente vuestra capacidad productiva, tío Santiago -comenzó-. Hace poco, como seguramente sabrás, la Gran Comuna ha ampliado sus territorios; lo que ha puesto a nuestra disposición una gran cantidad de terreno para cultivar. Así que el Comunal ha pensado en contrataros como gestores de estas nuevas tierras.

Santiago se acercó al cuadro de San Nicolás y volvió a mirarlo.

-Julián, sabes perfectamente que carecemos del número de manos suficientes para llevar a cabo esa tarea.

-Ciertamente. Así se lo hice ver al Comunal. Pero ellos quieren proponerte otra cosa.

Santiago miró a su sobrino, que bajó la mirada al suelo.

-Los nuevos territorios no sólo han proporcionado nuevas tierras que cultivar; también trabajadores para esos campos.

Julián miró de reojo a su tío, que había enarcado una ceja.

-Esclavos, querrás decir.

Julián cambió el semblante.

-Sería un trabajo muy bien pagado, tío. Os vendría bien.

Santiago miró a su sobrino un momento y después bajó la mirada.

-Es importante saber renunciar en la vida, sobrino. Siempre hay que hacerlo. El asunto es a qué. Y creo que por ahora podemos renunciar a ese dinero.

-Simou pierde población, tío. Como el resto de las Casas. El Mundo vuelve a ser como era antes de la Caída y la gente no quiere pasarse la vida destripando terrones, cuando existen lugares como la Gran Comuna. Pronto no seréis capaces de cultivar vuestros propios campos. ¿Qué haréis entonces?

-Menguar, supongo -dijo Santiago, con gesto indolente.

Julián espiró con vehemencia.

-Y si… ¿Y si alguien quisiera hacerse con vuestras tierras?

Los dos hombres se miraron fijamente.

-¿Quién? -preguntó Santiago- ¿La Gran Comuna?

-No somos el único estado pujante en los alrededores. Quizá sí el más pacífico…

Santiago miró a su sobrino sin parpadear, antes de volver a sentarse.

-Viviremos como vivimos, mientras podamos hacerlo, Julián -dijo, fijándose por primera vez en el sombrero que estaba sobre la mesa.

-¿Sabes que algunos Señores están prohibiendo a sus vasallos abandonar sus tierras?

-Sí, he oído que algunas Casas están tomando esa decisión. Un error, desde mi punto de vista.

-Estoy de acuerdo. Aceleran su final.

-Así es. Pero eso no ocurrirá aquí.

-Ya. Si una familia se va, ¿sigue siendo propietaria de la tierra? -preguntó Julián.

-Sabes que no, Julián. La tierra es de quien la trabaja, mientras la trabaja.

-¿No crees que quizá sea conveniente cambiar tu ley?

-Es nuestra ley. Desde hace tres siglos.

-Pero podrías cambiarla.

-Podría intentarlo. Pero mis vasallos me lo echarían en cara, con razón.

-No lo tengo tan claro. Quizá algunos vasallos prefieran tener la propiedad de sus campos a que la tengas tú. Eso les animaría a quedarse.

-Los campos no son míos, Julián. Simplemente, los distribuyo cuando es necesario.

-¿No es esta tu casa?

-Es la casa de mi Casa.

-Y por eso hablamos contigo, ¿no, tío? Porque no tienes el poder sobre todas estas tierras, ¿verdad? ¿Por qué no negociamos directamente con cada uno de los campesinos? -preguntó Julián con ironía.

-No es nuestra ley.

-No es tu ley, tío. Por eso la gente se va.

Ambos quedaron en silencio. Los dedos de Julián tamborileaban en la mesa.

-¿Por eso te fuiste tú? -preguntó Santiago.

-Por eso. Porque quería ver otras cosas. No hubo una única razón -la mirada de su tío volvió sobre el sombrero-. Y resultó que me gustó lo que vi. Y he prosperado, me ha ido bien. Soy dueño de mi vida.

-¿Como los nuevos esclavos que habéis capturado? -preguntó Santiago, elevando ligeramente el tono- ¿Como los trabajadores que se amontonan en vuestras fábricas? ¿Son ellos dueños de sus vidas?

-Pueden aspirar a serlo, algún día. ¿A qué se puede aspirar aquí? -preguntó, nervioso, Julián.

-A vivir en paz, con uno mismo y con Dios.

Julián sonrió y negó con la cabeza.

-No conozco a nadie que esté menos en paz consigo mismo que tú, tío -en el mismo momento en que dijo estas palabras, Julián bajó la mirada, como si se avergonzara de haberlas pronunciado.

Su tío, tras unos instantes de silencio, ocupados en mirar con rostro tenso a su sobrino, volvió a acercarse lentamente hasta el cuadro de San Nicolás, afirmando con la cabeza sin darse cuenta de que lo hacía.

-De eso sólo yo tengo la culpa -dijo Santiago, con la mirada fija en los ojos del santo-. Ni la Casa, ni sus leyes.

Volvió a acercarse a su sobrino, ya recuperado el sosiego.

-La Casa de Simou rechaza la proposición de la Gran Comuna, Cónsul.

Dicho esto, se acercó a una puerta lateral, donde esperaba Fernando para abrírsela.

El Cónsul Julián permaneció sentado unos momentos, con la mirada perdida en los dibujos de la madera cortada, que parecían huir de la arquitectura de colores de su sombrero.

Fotografía de San Nicolás de Bogotá; principal modelo del famoso retrato del santo realizado por Won Su Chang

ESTE MUNDO ES LO BASTANTE GRANDE

“Mi tío Toby era un hombre de gran paciencia para los insultos;–no por falta de valor–(ya les dije a ustedes en el capítulo quinto de este segundo tomo ‘que era un hombre de gran valor’;–y añadiré aquí que cuando se suscitaban situaciones que lo requerían,–no he conocido a ningún otro hombre bajo cuyo brazo hubiera preferido buscar amparo; y la causa de su paciencia tampoco era la insensibilidad o el embotamiento de sus facultades mentales:–pues él sintió aquel insulto de mi padre tan vivamente como el que más),–sino porque su naturaleza era plácida, pacífica,–no había en ella ningún elemento discordante,–todo estaba combinado en su interior para hacer de él un hombre bondadoso; mi tío Toby apenas si tenía corazón para tomar represalias sobre una mosca.

— –Vete,– le dijo un día durante la cena a una, gigantesca, que se había pasado toda la velada zumbándole alrededor de la nariz y atormentándole despiadadamente–y a la que, tras infinitos intentos, había logrado atrapar finalmente mientras revoloteaba en torno a él;–no te haré daño, le dijo mi tío Toby mientras se levantaba de la silla y atravesaba la habitación con la mosca en la mano;—no te tocaré un solo pelo;–vete, le dijo; y mientras lo hacía levantó el bastidor de la ventana y abrió la mano para dejarla escapar;–vete, pobre diablo, lárgate, ¿por qué habría de hacerte daño?–Sin duda este mundo es lo bastante grande para que quepamos los dos en él.

Yo sólo tenía diez años cuando sucedió esto; pero si lo que pasó fue que a esa edad piadosa el acto mismo estaba más en consonancia con mis nervios, que al instante hicieron vibrar mi esqueleto con una sensación placentera;–o hasta qué punto fueron el ademán y la expresión de mi tío los que me conmovieron;–o en qué grado, o por qué magia oculta,–un tono de voz y una armonía de movimientos imbuidos de misericordia pudieron abrirse paso hasta mi corazón, todo eso es algo que yo no sé;–lo que sí sé es que la lección de buena voluntad universal dada y grabada en mi ánimo aquel día por mi tío Toby nunca, desde entonces, se ha borrado de mi mente. Y aunque no es mi intención menospreciar lo que el estudio en la universidad de las Literae humaniores ha hecho por mí en este aspecto, ni tampoco minimizar las ayudas que obtuve gracias a la costosa educación que se me dio tanto en casa como fuera de ella con posterioridad,–a veces pienso, sin embargo, que la mitad de mi filantropía se la debo única y exclusivamente a aquella impresión accidental.”

La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne; Alfaguara, 2017; pgs. 97-98.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester