El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

RESPUBLICA CHRISTIANA

“Era una visión de la Cristiandad como un solo reino, guiado, dirigido y gobernado, bajo Dios, por un solo gobernante espiritual en unión de un solo gobernante temporal, una diarquía de papa y emperador. Cada uno de estos vicarios de Dios tenía sus propias tareas que realizar, pero juntos componían el gobierno y daban orientanción a la respublica Christiana, reino cristiano, o al imperium Christianum, imperio cristiano, como más tarde sería denominado. Reyes y príncipes, en sus propios reinos, eran subordinados, casi agentes, de los papas y los emperadores.

Llama la atención, obviamente, cómo esta concepción es diametralmente opuesta a la principal corriente medieval que se sustanciaba en la progresiva construcción de los estados-nación independientes y que surgió de modo inequívoco en el siglo XVI. Pero eso no le resta importancia a esta dimensión de la política medieval que podríamos denominar pensamiento político visionario. Era la concepción de la Cristiandad como una sola comunidad. Y esta concepción fue capaz de dar sustento a algunas circunstancias medievales, por ejemplo la recuperación del Derecho Romano provocada por algunos visionarios que encontraron en él el derecho común para la respublica Christiana.”

Lecciones de historia del pensamiento político. Volumen I. Desde Grecia hasta la Edad Media, de Michael Oakeshott; Unión Editorial, 2020; pgs. 299-300.

Estandarte del Sacro Romano Imperio

NO VAYA A SER QUE NOS AMEMOS

Tanto nos queremos, que nos negamos la mirada: no vaya a ser que nos amemos.
Y así viviremos, malgastando los últimos años de nuestros cuerpos, en un mero evitar nuevas cicatrices.

Qué terribles heridas sufrimos, para convertirnos en estos espíritus aterrados que ahora somos.

Y cuando quizá recobremos la compostura, la aspereza de nuestras pieles avejentadas nos recordará la insoportable cantidad de tiempo perdido.

Nos reencontraremos por los pasillos de la residencia y lloraremos de furiosa melancolía, recordando los días en que nos atravesaba la vida.

COMO SI HUBIESES SIDO TÚ

Amamos como podemos.

En no pocas ocasiones amamos mal, por las cicatrices que nos entorpecen.

Mi Dios me vuelve loco, en estos meses revisionistas, en los que toda mi vida parece revolverse en escrutinio.

Y no puedo negar que hiciste lo posible para amarme, con tu cuerpo tatuado de dolores. Y yo no fui capaz de agradecer el inmenso esfuerzo de tus llagas.

No sé qué me ocurre, no lo entiendo. Es como si estuviese llorando en varias semanas los desastres de toda una vida, de los que me tuve que alejar rápido -en su momento- para que no me terminaran.

Te tengo cerca y has vuelto a dolerme, completamente por sorpresa. No entiendo a Dios y Sus proezas.

Soy pobre criatura que amarte quiso, roto por tener que hacerlo en rebeldía.

Que eras mi destino su misma sangre lo certifica: ese pequeño cuerpo que es mejunje de nuestras almas, amor real como niña que ríe y corre.

No entiendo lo que ocurre, sólo rezo. Para poder soportar el tránsito de este valle.

Te declaro mi cruz y mi promesa. Y acepto como dones las revoluciones delirantes de mi alma.

Que Dios haga conmigo lo que Le plazca. Estoy cansado de huir al escuchar el sonido de Sus pasos.

Y rendido ya, amar, sin presunción ni orgullo, como si hubieses sido tú a quien leí la primera Carta de San Pablo a los Corintios…

LA VIDA DESCUBIERTA

“…la grandeza del arte verdadero, del que monsieur de Norpois hubiera llamado un juego de dilettante, estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor y más impermeabilidad el conocimiento convencional con que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y delucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura; esa vida que, en cierto sentido, habita a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven, porque no intentan esclarecerla. Y por eso su pasado está lleno de innumerables clichés que permanecen inútiles porque la inteligencia no los ha ‘desarrollado’. Nuestra vida es también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como el color para el pintor, una cuestión no de técnica, sino de visión. Es la revelación, que sería imposible por medios directos y conscientes, de la diferencia cualitativa que hay en la manera como se nos presenta el mundo, diferencia que, si no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno. Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un sólo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales giran en el infinito y, muchos siglos después de haberse apagado la lumbre de que procedía llamárase Rembrandt o Vermeer, nos envía aún su rayo especial.”

El tiempo recobrado, de Marcel Proust (7º y último volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1998; pgs. 244-245.

Detalle del autorretrato de Rembrandt a la edad de 63 años (1669)

ENGENDRO DE LA FILOSOFÍA-POP

Me está gustando Jupiter’s Legacy. Trata algunos de los temas que más me han dado que pensar en los últimos tiempos, como la paternidad o la relación de la figura del héroe con la segunda Persona de la Trinidad.

Y me está haciendo gracia el sentido de la oportunidad de su emisión.

Hace unos meses, estuve buscando un texto que yo había escrito en 2007, en el que exponía mis teorías políticas de entonces a través de mis infantiles lecturas de cómics de superhéroes. No conseguí encontrar el texto.

Pero he aquí que, unas semanas más tarde, sin saber nada de mi búsqueda, mi amigo Nacho citó unas palabras de ese texto en un grupo de Guásap que tenemos, sin decir cuál era su origen. Al revelar el misterio, la casualidad me dejó atónito.

Le pedí que me enviara el texto.

Y hoy, tras ver los primeros capítulos de Jupiter’s Legacy, no me ha quedado más remedio que volver a pensar en él.

Decía así:

“Yo debía de tener unos nueve o diez años cuando descubrí los cómics de la Marvel. Para los que no estéis puestos en el asunto, os diré cuáles son algunos de los personajes que forman parte de su universo: Spiderman, la Masa, los 4 Fantásticos, Lobezno, el Capitán América, Daredevil… Otro universo muy famoso es el de DC, donde pululan Superman, Batman, la Linterna Verde… En general, o eres de Marvel, o eres de DC; hay gentes raras que dicen gustar de ambos mundos, pero no vamos a comentar ahora criterio tan ridículo.

            El caso es que, entre los propios aficionados de la Marvel, también existen divisiones profundas. Una de ellas es la que separa a los fans de la Patrulla-X de los fans de los Vengadores. Para no engañar al público, he de confesar que he conocido a innumerables admiradores de aquélla; pero apenas a un par de éstos (y yo soy una de las mitades de la pareja).

            Puedo decir que mis convicciones morales y éticas se fueron desarrollando, entre otras cosas, mediante la lectura de las aventuras y desventuras de estos personajes tan graciosamente disfrazados.

            Posteriormente, las lecturas se fueron complicando. Con 18 años me convertí en alumno de la Facultad de Filosofía y el leer se transformó en histeria y la complicación alcanzó un detallismo rococó. Además, empecé a participar en diversas actividades políticas, y comencé a cotejar lo leído con mis propias experiencias de joven militante.

            A punto de cumplir los treinta años, me encuentro en uno de esos momentos pomposamente serios de la vida de uno, en que nos creemos con la suficiente claridad y el suficiente número de vueltas en el cuentakilómetros como para resumir lo acontecido y sacar diversas conclusiones.

            Una de las graciosas situaciones en las que me encuentro al tratar de exponer mi “visión del mundo” ahora mismo, es que, cada vez que pienso en mis convicciones políticas actuales, me viene a la cabeza la imagen del Capitán América.

            Ni la “República”, ni las “Leyes” de Platón; ni Aristóteles; ni la “Ciudad de Dios” de San Agustín; ningún libro de “El Capital”; ningún panfleto de Lenin; ningún busto de Maquiavelo; nada de Kant, nada de Fichte, nada de Hegel; ni Kelsen, ni Schmitt, ni Jünger; ningún parrafo de Saint-Just, ningún discurso de Gracián…

            El Capitán América.

            Debo asumir mi condición de engendro de la filosofía-pop.

            El nombre real del Capitán América es Steve Rogers. Joven reclutado por el ejército de los Estados Unidos durante la 2ª Guerra Mundial, fue sometido a diversos experimentos bioquímicos para la mejora de su condición física. Posteriormente fue enviado a Europa, donde combatió como soldado de élite contra los nazis. Tras un accidente se le dio por desaparecido y no se supo más de él.

            En los años 60 se produjo la gran eclosión de la Marvel, gracias al éxito de Spiderman y la Masa. Animados por ello, los directivos deciden crear una nueva publicación, Los Vengadores, donde unirían sus fuerzas la Masa, Thor, el Hombre de Hierro, el Hombre Hormiga y la Avispa. En la 4ª entrega de sus aventuras, si no recuerdo mal, se produjo la reaparición del Capitán América; fue entonces cuando descubrimos que, tras el accidente, había permanecido congelado dentro de un bloque de hielo, vagando por los mares árticos, en estado de animación suspendida. Como ya os he dicho, su condición física había sido artificialmente mejorada y no tardó en recuperarse de su par de décadas ejerciendo de cubito de hielo.

            Enseguida se convirtió en el alma de los Vengadores. Como en el fútbol, en los comics también hay alineaciones clásicas, que recuerdan grandes equipos de otrora. Los Vengadores, por su larga trayectoria, han visto pasar por sus filas a muchísimos personajes de la Marvel; pero si hay que decir tres hiperclásicos, yo creo que nadie dudaría: Thor, el Hombre de Hierro y el Capitán América.

            Antes os he dejado entrever que a casi todo el mundo le gusta la Patrulla-X y a casi nadie los Vengadores. No siempre ha sido así. Los Vengadores dominaron los años 60 y 70. La Patrulla-X original (Cíclope, Fénix, Hombre de Hielo, Bestia y Ángel) apenas tuvo éxito; fue la refundición la que cambió el panorama, con la entrada de Lobezno, Tormenta, Rondador Nocturno, Coloso… En los 80, gracias a los guiones maravillosos de Chris Claremont, la Patrulla arrasaba: mutantes injustamente perseguidos por un gobierno racista, a pesar de lo cual se mantenían en el lado bueno, enfrentándose al terrorismo neonazi de Magneto. Y un personaje por encima de los demás: Lobezno.

            Por su parte, los Vengadores representaban a los superhéroes “colaboracionistas”, siempre de buen rollo con el gobierno estadounidense y con un patriota como líder, el -para muchos pseudo-fascista- Capitán América.

            Para empezar a entender el funcionamiento de mi imaginación, debo explicaros que Lobezno posee un par de garras retráctiles que le salen de los puños cuando él lo desea; con este tipo de armamento natural, podéis pensar que Lobezno no se debe de andar con demasiados miramientos con sus enemigos. Acertáis. A la gente le vuelve loca Lobezno porque, si hay que matar, se mata. ¿Cuántas veces hemos leído, los amantes de la Marvel, la típica trifulca teórico-práctica entre Charles Xavier y Lobezno, sobre lo que habría que hacer con Magneto si hubiese oportunidad?

            El Capitán América es famoso por su escudo. Su arma es un escudo. Y su frase más repetida –hasta el aburrimiento-: “los buenos vencen, pero no matan”.

            Cuando digo que me viene a la mente el Capitán América al pensar en política, debo ser más concreto; lo que me viene a la mente es un suceso puntual.

            Durante los 90, la Marvel trató de reflotar de diversas maneras las exiguas ventas de los Vengadores; como era un clásico, no podían cerrar la colección; así que decidieron cambiar la filosofía, al tiempo que modificaban buena parte de la alineación titular; la vieja guardia se fue de vacaciones y entraron muchos secundarios con poco pasado, para que pudieran encarnar mejor los nuevos tiempos. Y así, de la mano del Caballero Negro, los Vengadores se “lobeznizaron”.

            Hasta el punto de que, en uno de los capítulos, Sersi, una de las nuevas incorporaciones, mató a uno de sus enemigos.

            El caso es que las ventas mejoraban. Los Vengadores ahora eran unos chungos y a la gente le molaba el cambio.

            Pero las noticias del asesinato de Sersi llegaron a oídos del Capitán América, que volvió enfadado, amargado y dispuesto a que todo volviese a ser como antes. Debo reconocer que fueron episodios apasionantes, repletos de tensión; y que tuvieron su punto culminante en el enfrentamiento directo entre el Capitán y el Caballero; y en su forma de pelear se resume todo: el Caballero trataba de matar al Capitán con su espada y el Capitán se defendía con su escudo, tratando de derrotar al Caballero provocándole el menor daño posible.

            Desconozco cómo les va a los Vengadores actualmente. La Patrulla tiene sus pelis (3, por ahora) y los Vengadores esperan por la primera.

            Pero yo tengo clavadas en el alma muchas de las reflexiones del Capitán América: “lo único que nos diferencia realmente de nuestros enemigos, lo único que nos permite afirmar que nosotros somos los buenos y ellos los malos, es que a ellos no les importa matarnos, mientras que nosotros nos preocupamos porque su derrota no signifique su muerte”.

            Tonterías como ésta decía el Capitán América; para aquel niño de 10 años, eran evidencias dignas de cualquier Credo. Más tarde, las muchas lecturas me hicieron perderlo de vista. Llegué a pensar que Lobezno y el Caballero Negro tenían razón.

            Pero ahora, en uno de estos ridículos momentos de la vida en que pensamos que hay que hacer cierto recuento de lo sucedido, a punto de cumplir los treinta, cada vez que me planteo mis ideas sobre lo ético y lo político, pienso en el Capitán América, deteniendo los espadazos del Caballero Negro, mientras intenta derrotarlo sin hacerle demasiado daño.

            Seguramente me encuentro en una fase psicológica, al ir cumpliendo años, de intento romántico de regreso a la infancia, alguna variedad friqui del complejo de Peter Pan (muchos me lo dicen). Quizá tengan razón.

            Pero eso es lo que me viene a la mente, ¿qué queréis que le haga?”

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ALMAS BELLAS

Buena parte de la derecha intelectual contemporánea, que se pretende antimoderna y reaccionaria, divaga constantemente sobre la problematicidad de la democracia o la separación de poderes.

Pero le suele faltar valor para afirmar su concreta oposición al sufragio universal o al parlamentarismo. Probablemente, porque las alternativas son las que son y hace tiempo que se volvió escaso el margen para la invención de formas políticas nuevas.

Y si falta valor para verbalizar qué alternativa hay al sufragio universal, es fácil comprender la impotencia resentida de estas almas bellas, que se sueñan mesiánicos salvadores y katejones de lo impío, alejados de -y elevados sobre- la morralla democrática con la que tienen que compartir el derecho al voto.

CONSTRUIR Y COMBATIR LA NADA

“De ningún modo puede pensarse la Edad Media como un dominio en el que los siglos dormían sordamente y donde nada sucedía. No puede hablarse sólo de invasiones, hambrunas y epidemias. Hubo continuos aconteceres, lentos pero decisivos avances en el rendimiento agrícola, su rotación trienal en las zonas atlánticas, la expansión de los molinos de agua y de viento, cada vez menos mutilaciones y más suturas, alianzas de reinos, cruces de civilizaciones, enardecidas interpretaciones teológicas y metafísicas, cambios de costumbres, sucesión de mentalidades. No fue l’età barbara de Giambattista Vico ni el feliz refugio que soñó Novalis, ni tampoco, seguramente, la edad de lo maravilloso, como la llamó Chateaubriand.

Fue entonces cuando la espiritualidad esparció, al igual que semillas para un nuevo pan, una infinidad de claustros en cuyo silencio se diluyó el mundo antiguo, que no la Antigüedad. A la par de la concepción sobre la verdad, a la que se llega a través de la episteme, Occidente procede de este silencio claustral, de esta disolución y de una certidumbre: la existencia de un mundo prometido que nuestros ojos no alcanzan a ver. Esta certidumbre pervivirá como fe y tomará el nombre de Verdad. El amor a dicha invisibilidad ha definido una cultura cuyo signo capital es la espera, la espera de un acontecimiento. Europa, desde sus inicios, ha concebido la existencia como un aguardar.

Detrás de cada incisión de buril que contornea la talla de una virgen sedente, detrás de cada policromía, detrás de cada andamio desde el que encajar la piedra de una iglesia, en la fundición de campanas, en la escritura carolingia, estaba Platón, estaba el neoplatonismo, los padres de la Iglesia, su nuevo canto y su desierto. Hay algo en la bóveda celeste que no se acierta a ver, pero está; hay algo en el silentium que no oímos, pero creemos que nos habla. Es Plotino el que ayuda a subir más alto aquel campanario, es Proclo el que, ya de noche, mantiene la luz de la vela en una lucarna. Alguien está leyendo en ella.

En ese silencio laboraban los amanuenses, y en sus copias de antiguos manuscritos -muchos debidos a las traducciones de Boecio- Grecia y Roma permanecían intactas. La tinta y el pergamino salvaguardaban el pasado, ofrecían rigor, coraje para afrontar un devenir sobre cuyo telón de fondo, como sucede en el mito de la caverna, la muerte se agrandaba y movía en todas direcciones. Una de las contribuciones medievales decisivas para la forja occidental fue, precisamente, la creación de la muerte y su rostro anunciador del castigo. Otra, no inferior, la concepción del Tiempo, presentado como el peor de los usureros. El más vil de los avaros. La amenaza de su guadaña, su filo en elipse, cuyos extremos indicaban el principio y el fin, influyó en que, a partir de entonces, todo se redujera a construir y a combatir la nada.”

Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés; Acantilado, 2020; pgs. 513-514.

Esta hermosísima canción la he conocido gracias a Ángel y su blog.

TODA EN AQUEL PRIMER SILENCIO

“La lectura y el silencio. Antaño no se correspondían. Se leía en voz alta. Una página era una voz. La escritura tenía algo de plaza pública. Agustín se asombra de que Ambrosio lea ‘sin pronunciar palabra ni mover la lengua’ (Confesiones, VI, 3, 3). No quiere molestarlo, se sienta a su lado. El lector ni repara en su presencia; lee y lee sin levantar la vista. Durante muchos siglos Occidente fue la historia de alguien absorto ante un libro. Europa podía leerse, estaba toda en aquel primer silencio.”

Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés; Acantilado, 2020; pg. 455.

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¿MUERTO PARA SIEMPRE?

“Sufrió otro golpe que le derribó, rodó del canapé al suelo, acudieron todos los visitantes y los guardianes. Estaba muerto. ¿Muerto para siempre? ¿Quién puede decirlo? Desde luego los experimentos espiritistas no aportan la prueba de que el alma subsista, como tampoco la aportan los dogmas religiosos. Lo que puede decirse es que en nuestra vida ocurre todo como si entráramos en ella con la carga de obligaciones contraídas en una vida anterior; en nuestras condiciones de vida en esta tierra no hay ninguna razón para que nos creamos obligados a hacer el bien, a ser delicados, incluso a ser corteses, ni para que el artista ateo se crea obligado a volver a empezar veinte veces un pasaje para suscitar una admiración que importará poco a su cuerpo comido por los gusanos, como el detalle de pared amarilla que con tanta ciencia y tanto refinamiento pintó un artista desconocido para siempre, identificado apenas bajo el nombre de Vermeer. Todas estas obligaciones que no tienen su sanción en la vida presente parecen pertenecer a otro mundo, a un mundo fundado en la bondad, en el escrúpulo, en el sacrificio, a un mundo por completo diferente de éste y del que salimos para nacer en esta tierra, antes quizá de retornar a vivir bajo el imperio de esas leyes desconocidas a las que hemos obedecido porque llevábamos su enseñanza en nosotros, sin saber quién las había dictado -esas leyes a las que nos acerca todo trabajo profundo de la inteligencia y que sólo son invisibles (¡y ni siquiera!) para los tontos-. De suerte que la idea de que Bergotte no había muerto para siempre no es inverosímil.”

La prisionera, de Marcel Proust (5º volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 2001; pgs. 206-207.

“Vista de Delft”, de Johannes Vermeer (alrededor de 1660-1661)

LA IMAGINACIÓN DE LA MUCHEDUMBRE

“Así como en Inglaterra se confundían los que escribían sobre el gobierno y los que gobernaban -los unos introduciendo ideas nuevas para ser puestas en práctica y los otros ajustando y circunscribiendo las teorías a los hechos-, en Francia, el mundo político quedó como dividido en dos provincias separadas y sin trato entre sí. En la primera se administraba, y en la segunda se establecían los principios abstractos sobre los cuales debía fundarse toda administración. En la primera, se adoptaban medidas particulares indicadas por la rutina; en ésta se proclamaban leyes generales, sin pensar en los medios de aplicarlas. Unos tenían la dirección de los negocios; otros, la de las inteligencias.

Por encima de la sociedad real cuya organización era aún tradicional, confusa e irregular, donde las leyes eran diversas y contradictorias, los rangos estaban separados y las condiciones eran fijas y desiguales las cargas, se iba edificando poco a poco una sociedad imaginaria en la que todo parecía sencillo y coordinado, uniforme, equitativo y razonable.

La imaginación de la muchedumbre fue desertando gradualmente de la primera y pasándose a la segunda. Se desinteresó de lo que era, para no pensar sino en lo que podría ser, y se vivió, en fin, espiritualmente en aquella ciudad ideal construida por los escritores.”

El Antiguo Régimen y la Revolución, de Alexis de Tocqueville; Alianza, 2004; pg. 179.

“La muerte de la princesa de Lamballe”, de Maxime Faivre (1908)

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