El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

ROSALÍA Y LA TRADICIÓN

Sí, en el Sosiego Acantilado también estamos flipados con Rosalía.

Si tuviéramos que poner música e imágenes a nuestro concepto de tradición, simplemente pondríamos el vídeo de Malamente (desde nuestro modesto punto de vista, una de las mejores películas de la historia del cine español).

En esa mezcla de flamenco, copla, trap y cuatrocientas mil influencias más (en sus entrevistas puedes oírle nombrar a Camarón y a Johnny Cash casi en la misma frase), puestas al servicio de uno de los eternos temas de la condición humana, Rosalía y todo el equipo creativo que la rodea han sacado la violencia de género de su contemporánea limitación ideológica y la han colocado a la altura de las mejores y más profundas reflexiones sobre el mal querer de un hombre hacia una mujer. En la mejor tradición de la copla española, del profundo sentir intrahistórico del pueblo español (poso popular de su milenaria fe cristiana), Rosalía ha creado algo nuevo; aún siendo consciente, como ella misma dice en sus entrevistas, de que ya está todo inventado.

Y sí, vemos verdad en lo que hace. En medio del eterno e irreal rollo del procés, esta catalana, que con su familia habla en catalán, nos muestra en un precioso castellano, la Cataluña real de polígonos charnegos que han alimentado de mano de obra la potente economía catalana desde hace casi un siglo.

En medio del desquiciado cáncer animalista, Rosalía se trae a los alumnos de una escuela de tauromaquia de Jaén para participar en su vídeo, y regalarnos esas miradas que, más que de niños, parecen propias de ancianos sabios a punto de dejar el mundo.

Y si alguien se siente molesto por esa mezcla de símbolos que supone presentar a un nazareno en monopatín, desde aquí le recordamos que el último gran héroe y mártir católico que ha dado este país fue un tal Ignacio Echeverría, que se enfrentó a terroristas musulmanes con el monopatín que adoraba usar.

En fin, que nos gusta mucho Rosalía y nos alegra sobremanera que le vaya bien.

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STAN LEE

Ha muerto Stan Lee.

Aún existía el Manuel Rivera, y aquel chaval de nueve o diez años del Inferniño ferrolano bajaba por Monasterio de Monfero para gastarse su paga semanal en chistes (así llamábamos a los cómics).

Mis chistes siempre eran de Forum, lo cual quiere decir que los cómics que yo compraba siempre eran de la Marvel. Por alguna extraña razón, Superman nunca me interesó; así que, dentro del maniqueísmo propio de los fervores infantiles, el universo DC siempre me pareció algo despreciable, de lo que había que huir constantemente. Sólo muchos años más tarde, de la mano del genial Frank Miller, pude disfrutar de Batman.

En aquellos cómics de Los Vengadores, La Patrulla-X, los 4 Fantásticos, Spiderman o Daredevil yo empecé a entender y a amar la condición humana. Empecé a comprender las debilidades que nos atacan a todos, grandes o pequeños. Se empezó a formar mi conciencia moral (hace sólo un par de días le repetía a la madre de mi hija esa típica frase del Capitán América, -o del profesor Xavier o de tantos otros personajes de la Marvel- tan presente en los dilemas morales de los superhéroes: un gran poder conlleva una gran responsabilidad).

He visto a Hank Pym pegarle a su mujer La Avispa. He visto al multimillonario Tony Stark casi destruido por sus problemas con el alcohol. He visto a Peter Parker atrapado por la culpa a causa de la muerte de Gwen Stacy. Me he criado con los formidables guiones de Chris Claremont para la Patrulla. Con el mundo de drogas y violencia del Daredevil de Frank Miller.

Y todo ello se lo debo a Stan Lee. El primero al que se le ocurrió llevar la auténtica dramaticidad de la vida humana contemporánea (y eterna) a los cómics de superhéroes. Que construyó, sin proponérselo, un universo mítico en una época donde casi todos los mitos parecían muertos o, al menos, moribundos.

Visto lo visto, sabiendo lo que hoy sé, es difícil imaginar una mejor forma de adentrarse en la vida y en la literatura.

Descanse en paz, Stan Lee. Muchas gracias por todo.

TRESCIENTOS SESENTA GRADOS

“Ha habido una entonación fundamental que he recibido de los grandes escritores épicos, sobre todo de Tolstói, mucho de Tolstói, y también de Melville, Guimaraes Rosa, Faulkner, Sábato, Nievo, para los que la existencia, aun con sus laceraciones, tiene un sentido, una unidad.

Pero otros, también amados -Ibsen y Kafka en primer lugar-, me han revelado lo contrario, la insuficiencia o la irrealidad de la vida, la dificultad y la innaturalidad o la imposibilidad de vivir, la odisea del individuo que no vuelve a casa sino que se pierde y se disgrega, experimentando la insensatez del mundo y la intolerabilidad de la existencia. Ulises se convertía en el de Pascoli, que ya no encontraba su odisea. Y así, a Pierre Bezuchov, grande, fuerte y bueno, se contraponían el hombre del subsuelo de Dostoievski o el héroe de Kafka transformado en insecto inmundo, los personajes de la negación absoluta, el escribiente Bartleby de Melville, que sólo puede decir que no, o el Wakefield de Hawthorne, que experimenta el vacío y la indiferencia de todo; y otras voces, todavía más desesperadas y rechazadas, que hablan del dolor, del desgarro y la apatía, de un sufrimiento tan profundo y monstruoso que se muestra sin remedio ni liberación, no redimido por una síntesis o visión superior. Quizá por esto me ocupé después de esos grandes escritores que vivieron intensamente el malestar de la existencia y del hacerse, casi con culpable y autolesiva expiación, cómplices torvos y aberrantes como Céline o Hamsun.

En la literatura existen muchas habitaciones y no se necesita elegir ideológicamente entre voces contrastantes; se puede -se debe- creer a la vez en la fe de Tolstói y en la inercia de Oblómov; los grandísimos escritores son aquellos cuya perspectiva abarca trescientos sesenta grados.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pgs. 11-12.

SIEMPRE MUERTOS

“Así pues, aprendí a leer con Salgari y, además, las hazañas de Kammamuri y del tigre Dharma quedaron ligadas a la voz que me las contaba, arrastrado por la historia e indiferente al autor, más aún, ajeno en aquel tiempo a qué era un autor o a que una historia lo necesitara, convencido de que las historias se narraban solas y de que los hombres, escritores o no, no tenían más trabajo que repetirlas y transmitirlas. Desde entonces, en cierta manera, siempre he pensado que la literatura, en su esencia, es un relato oral y anónimo; que sería mejor si los autores no existieran o si, al menos, no se identificaran, si estuvieran siempre muertos, como le dijo una vez una niña de Grado a Biagio Marin, u obligados al incógnito y a la clandestinidad.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pg. 9.

MAÑANA

Ramiro de Mar afiló su cuchillo.

Limpió su pistola. Limpió su otra pistola. Las cargó.

Desmontó su escopeta. La volvió a montar. La cargó.

Miró el crucifijo de su madre que presidía la pequeña mesilla de noche.

Miró hacia otro lado. Lo volvió a mirar.

Se arrodilló ante el crucifijo. Rezó.

Ramiro de Mar se acostó, pero no durmió en toda la noche.

DOS DÍAS

Ciento cuarenta y cinco. Ciento cuarenta y seis. Ciento cuarenta y siete. Ciento cuarenta y ocho. Ciento cuarenta y nueve.

Ciento cincuenta.

Se puso en pie y miró sus abdominales en el espejo.

Siguió mirándolos unos segundos más.

Se agachó, cogió el palo que estaba en el suelo, y se golpeó con toda la fuerza de que fue capaz en los abdominales.

Siguió golpeándose. Empezó a sudar. Siguió golpeándose.

Agotado, dejó caer el palo al suelo y se dobló como un ángulo recto.

Mínimamente recuperado, volvió a erguirse y se miró en el espejo.

Seguía teniendo cara de adolescente.

3 DÍAS

UNIÓN

O

MUERTE

Michel Hundt vio la pintada al salir de su primera clase del día, en letras rojas sobre la pared blanca, justo enfrente de su aula.

Algunos alumnos hablaban en corros en el pasillo, mirando alternativamente a la pintada y al profesor.

Michel Hundt bajó la cabeza y caminó hacia su derecha. Al salir del edificio, vio que el campus lucía una enorme cantidad de pancartas. Un grupo de estudiantes se afanaban en colgar otra más entre dos árboles. Otro grupo de estudiantes, en una mesa, recogía alimentos y dinero para los inmigrantes fugitivos de la Casa de Penn Ar Bed.

Michel Hundt creía percibir, a cada momento, miradas de soslayo y cuchicheos herméticos.

Michel Hundt notó cómo le empezaban a sudar las manos cuando pensó en la siguiente clase que tenía que dar, sobre los procesos revolucionarios anteriores al Gran Colapso.

Cuando ya se acercaba a la Facultad de Literatura, en busca de Ramos-Hollande, Michel Hundt decidió que se encontraba mal y se fue a su casa.

CUATRO DÍAS

Mientras sodomizaba a su esclavo de trece años, el filósofo Georg reflexionaba sobre la guerra y la historia.

Resultaba curioso cómo el desarrollo de los acontecimientos tras el Gran Colapso había dispuesto la sincronía de unas comunidades humanas que casi siempre se habían presentado de una forma diacrónica en la historia de la humanidad. No sólo diacrónica, sino prácticamente evolutiva.

El filósofo Georg apenas parecía oír los gemidos de su esclavo -quién sabe si de placer o dolor, quién sabe si ambas cosas a la vez-, mientras le daba vueltas al hecho de que, a pesar de considerar la idea de progreso una mera alucinación de los historiadores, no podía negar la testaruda realidad de que la Unión representaba una figura organizativa con una extraordinaria tendencia a imponerse a cualquier otra forma de sociedad humana que tratase de competir con ella.

Por lo tanto, el filósofo Georg, a punto de eyacular, y mientras aguantaba las ganas de hacerlo, pensó que el resultado de la próxima guerra sólo podía ser uno. Y supuso que, un hombre con sus aptitudes, no tendría demasiado problema en encontrar trabajo en la Unión.

Lo único que echaría de menos serían las facilidades que proporcionaba la esclavitud para ciertos temas. Pero nada que no se pudiese conseguir dentro de la Unión con la adecuada cantidad de dinero.

Y, animado por las posibilidades que se abrían ante él, el filósofo Georg extrajo su pene del ano de su esclavo de trece años y eyaculó sobre su espalda.

5 DÍAS

El señor de Penn Ar Bed se dejaba salpicar por las olas que rompían en el acantilado. Contemplaba con gesto neutro la furia del océano, desatado bajo un cielo de cemento. El viento jugaba a hacerle perder el equilibrio, pero el señor lo evitaba apoyando la pierna derecha en la roca que se encontraba ante él. Su caballo, a unos pocos metros, comía la hierba minúscula que crecía entre las piedras.

Así encontró Joan a su abuelo, justo cuando empezaba a llover. Su montura agitó molesta la cabeza, al sentir las primeras gotas de agua.

Auguste se cubrió con la capucha de su largo abrigo, de un oscuro color verde, y se alejó del borde del acantilado, hacia su caballo.

Joan esperó a que montara, mientras se cubría con su capucha de color azul marino. Cuando su abuelo llegó a su altura, Joan picó espuelas y tiró de las riendas para trotar junto a él.

-Sigue con la misma idea, abuelo -dijo Joan.

Auguste miró a su nieto durante un instante mínimo y torció el gesto.

-El futuro próximo viene repleto de oportunidades de morir -dijo el señor, con tono molesto-; no sé por qué tiene tanta prisa en hacerlo. Más que valor, veo impiedad en su determinación.

Joan se quedó callado, con la mirada baja.

-Te permito ese rostro triste sólo en mi compañía, Joan -continuó su abuelo-. Que los vasallos no vean nunca tal cosa. Ha llegado el momento de exigir mucho de ellos; así que debemos exigirnos mucho más aún a nosotros mismos.

-Por supuesto, abuelo -dijo Joan, levantando el rostro-. Lo siento.

El señor de la Casa de Penn Ar Bed puso al galope su caballo y Joan hizo lo mismo. Un rayo iluminó el cielo sobre los acantilados.

SEIS DÍAS

-¿Estás completamente seguro? -preguntó la Primera Magistrada con gesto ligeramente sorprendido.

El hombre del sombrero asintió con la cabeza.

-No sabía que el Principal de Masalia Nova estaba tan preocupado por la Casa de Penn Ar Bed -dijo la mujer sentada a la derecha de la Primera Magistrada-. ¿Qué tipo de alianza pueden tener? ¿Comercial? ¿Militar?

-Al Principal de Masalia Nova no le importa lo más mínimo lo que le pueda ocurrir a la Casa de Penn Ar Bed -dijo la Primera Magistrada-. Somos nosotros los que le preocupamos.

-Guerra en dos frentes es tensar demasiado la cuerda -comentó el hombre sentado a la izquierda de la Primera Magistrada-. Quizá debamos postergar la invasión de Penn Ar Bed.

Todas las miradas convergieron en la Primera Magistrada.

-No -sentenció-. Invadiremos Penn Ar Bed en cuanto Auguste cumpla su amenaza. Y no le quedará más remedio que hacerlo, porque no pienso entregarle a ninguno de los participantes en la matanza de San Miguel; entre otras cosas, porque no tenemos ni idea de quién la llevó a cabo. Y porque no tenemos el más mínimo interés en llegar a saberlo.

-Pero que nos ataquen todos esos aliados en nuestra frontera sur… -insistió el hombre.

-Nos asegurará los votos de los representantes de todas las repúblicas amenazadas, cada vez que propongamos algo en el MetaParlamento -completó la Primera Magistrada, poniéndose de pie-. El Principal nos va a regalar el poder que necesitamos para asegurar la supervivencia de la Unión.

Una sonrisa fugaz se dibujó en el rostro de la Primera Magistrada.

-Y su expansión -añadió la otra mujer, con la mirada perdida.

El hombre del sombrero se despidió con una leve inclinación de cabeza y salió en silencio de la habitación.

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