El sosiego acantilado

non mea voluntas

AL NACIMIENTO DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

Pender de un leño, traspasado el pecho,
y de espinas clavadas ambas sienes,
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho;

pero más fue nacer en tanto estrecho,
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portalillo tener techo.

No fue ésta más hazaña, oh gran Dios mío,
del tiempo por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad con pecho fuerte

(que más fue sudar sangre que haber frío),
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre, que de hombre a muerte.

Luis de Góngora y Argote

"Virgen y Niño", de Miguel Ángel Buonarroti (alrededor de 1525)

“Virgen y Niño”, de Miguel Ángel Buonarroti (alrededor de 1525)

EL CONDUCTOR DE LA TRISTE FIGURA

sobra tanto
tanto falta
es tan fácil la vida
qué difícil, la vida
es tan fácil, morir
qué difícil, la muerte
es tan fácil rezar
cuando se ama
tan difícil rezar
cuando se escapa
no sé si puede haber caballeros
en un mundo de coches
no sé si puede haber caballos
en un mundo del Hombre
siempre en lugares
donde el edificio
no deja ver el bosque
sobra tanto
tanto falta
sobra deseo
tú me faltas
yo falto
y Tú sangras

LA BELLEZA INCORRUPTIBLE DE LAS CICATRICES

Las heridas como matices cruciales del ser
como descripciones fugaces en una larga novela
como versos.

Los muros mellados de Notre-Dame de la Garde.

Las llagas eternamente abiertas del Cuerpo Glorioso.

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EL ÚLTIMO APUNTE

Nunca podemos contar con el que no se mira a sí mismo con mirada de entomólogo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 502.

“Por la mañana en el jardín, un alegre día de poco antes de primavera. El acónito florece alrededor del cenador y bajo el haya roja; el jazmín de invierno está marchito. El croco apenas saca sus primeras puntas. En el estanque dos cisnes, fochas y muchos patos, los verderones pican en el árbol de la vida.

Anoche fue la fiesta de la matanza en El león; por la noche sueños intranquilos, entre otros en compañía de Florence Gould. Frente a mí un noble elegantemente vestido; no pertenecía al sueño, sino que era palpable en la habitación. A lo mejor la intensa lectura de Dostoievski me vuelve susceptible ante tales apariciones.”

Último apunte de los diarios de Ernst Jünger, escrito en Wilflingen el 17 de marzo de 1996; el autor moriría casi dos años después, el 17 de febrero de 1998, cerca ya de cumplir los 103 años de vida; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pgs. 195-196.

La niebla ocultando el castillo templario de Ponferrada, a la vera del río Sil

La niebla ocultando el castillo templario de Ponferrada, a la vera del río Sil

EL CATÓLICO MONSTRUOSO

 

Yo
rey de las quimeras
amo
la paz de las chimeneas
la furia de las espadas
todo el dolor que nos ha traído hasta aquí
la mujer con la que peco
y el Dios que me prohíbe comulgar.

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ÍNTIMO Y METAFÍSICO ANHELO DE PATRIARCADO

He wanted to lose the madness over the mountains, he said, and begin again…

De vuelta en la pensión, me pongo Legends of the Fall en el portátil por enésima vez, para ir esperando el sueño.

El coronel Ludlow siempre me ha parecido un ejemplo casi perfecto de reaccionario. Pero el auténtico protagonista de la película no es él, ni ninguno de sus tres hijos. Es la historia de una casa, de una de esas casas de nacer de vivir de morir.

En mis 39 años de vida, he pasado ya por siete soluciones habitacionales, más o menos el mismo número que ha gastado mi madre. Mis raíces se agitan inquietas según sopla el viento. Como mi limonero, la tierra más estable que he conocido es la de una pequeña maceta, siempre dispuesta a seguir dando tumbos por el mundo.

Pero he conocido ese tipo de casas orgánicas que van creciendo y transformándose según las necesidades de la familia que las habita. He ahí mi íntimo anhelo de patriarcado. Echar raíces en una tierra a la que mi sangre mire con amor así pasen los siglos, como castillo templario contemplando cada invierno las nieves de los montes Aquilanos.

Como no le queda más remedio que acabar entendiendo al coronel Ludlow, la esencia del patriarca no es la de imponer caminos a sus vástagos, sino construir un hogar al que poder regresar cada vez que la vida les demuestre por qué es un valle de lágrimas.

La película es, por lo tanto, una sucesión de tristes despedidas y alegres regresos, a modo de variaciones sobre el eterno tema de la parábola del Hijo Pródigo. Esa casa paterna de la que tantas veces renegamos y a la que siempre acabamos deseando regresar.

Esa casa en la que la pequeña luz de una vela marca la presencia de un Padre y un Hijo elevados a la categoría de Dios.

He ahí mi anhelo metafísico de patriarcado.

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EL BEBÉ Y LA ÓPERA

“Y en seguida la frase ésa le brindó voluptuosidades especiales que nunca se le ocurrieron antes de haberla oído, que sólo ella podía inspirarle, y sintió hacia ella un amor nuevo.

Con su lento ritmo le encaminaba, ora por un lado ora por otro, hacia una felicidad noble, ininteligible y concreta. Y de repente, al llegar a cierto punto, cuando él se disponía a seguirla, hubo un momento de pausa y bruscamente cambió de rumbo y, con un movimiento nuevo, más rápido, menudo, melancólico, incesante y suave, le arrastró con ella hacia desconocidas perspectivas. Luego, desapareció. Anheló con toda el alma volverla a ver por tercera vez. Y salió efectivamente, pero ya no le habló con mayor claridad, y la voluptuosidad fue esta vez menos intensa. Pero cuando volvió a casa sintió que la necesitaba, como un hombre que al ver pasar a una mujer entrevista un momento en la calle, siente que se le entra en la vida la imagen de una nueva belleza que da a su sensibilidad un valor aún más grande, sin saber siquiera ni cómo se llama la desconocida ni si la volverá a ver nunca.

Aquel amor por una frase musical pareció por un instante que prendía en la vida de Swann una posibilidad de rejuvenecimiento. Hacía tanto tiempo que renunció a aplicar su vida a un ideal, limitándola al logro de las satisfacciones de cada día, que llegó a creer, sin confesárselo nunca formalmente, que así habría de seguir hasta el fin de su existencia; es más: como no sentía en el ánimo elevados ideales, dejó de creer en su realidad, aunque sin poder negarla del todo. Y tomó la costumbre de refugiarse en pensamientos sin importancia, con lo cual podía dejar a un lado el fondo de las cosas. E igual que no se planteaba la cuestión de que acaso lo mejor sería no ir a sociedad, pero, en cambio, sabía exactamente que no se debe faltar a un convite aceptado y que, si después no se hace la visita de cortesía, hay que dejar tarjetas, lo mismo en la conversación se esforzaba por no expresar nunca con fe una opinión íntima respecto a las cosas, sino en proporcionar muchos detalles materiales que en cierto modo tuvieran un valor intrínseco y que le servían para no dar el pecho. Ponía una extremada precisión en los datos de una receta de cocina, en la exactitud de la fecha del nacimiento o muerte de un pintor o en los títulos de sus obras. Y algunas veces llegaba, a pesar de todo, hasta formular un juicio sobre una obra, o sobre un modo de tomar la vida, pero con tono irónico, como si no estuviera muy convencido de lo que decía. Pues bien; como esos valetudinarios que, de pronto, por haber cambiado de clima, por un régimen nuevo, o a veces por una evolución orgánica espontánea y misteriosa, parecen tan mejorados de su dolencia, que empiezan a entrever la posibilidad inesperada de empezar a sus años una vida enteramente distinta, Swann descubrió en el recuerdo de la frase aquélla, en otras sonatas que pidió que le tocaran para ver si daba con ella, la presencia de una de esas realidades invisibles en las que ya no creía, pero que, como si la música tuviera una especie de influencia electiva sobre su sequedad moral, le atraían de nuevo con deseo y casi con fuerzas de consagrar a ella su vida.”

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust; Alianza, 1996; pgs. 317-319.

EL ESCRITOR DE PENSILVANIA

La primera vez que le vi, se sacaba unos trocitos de papel y un boli de uno de los bolsillos del chubasquero de camuflaje. Se juntaba con Denman (con el que compartía nacionalidad estadounidense) y con Larsson, el sueco con varias causas pendientes en su país por pelearse con la policía.

Mientras ponía orden en sus mini apuntes, hizo un comentario sobre el libro que estaba escribiendo. Evidentemente, me sentí interesado.

-¿Estás escribiendo un libro?

-Sí -dijo sonriente-. Un diario sobre mi experiencia en la Legión Extranjera.

Era de algún lugar de Pensilvania; Pittsburgh, creo. No sé si esa misma noche o al día siguiente, se convirtió en gracioso protagonista durante el castigo a los rusos.

Los rouge rusos (lo cual incluye a todos los eslavos que entendían el idioma), habían organizado una mafia en las duchas para permitir a sus hermanos eslavos más tiempo debajo del agua, limitando el de todos los demás. Un caporal chef que pasaba por allí se enteró del asunto y nos hicieron formar en el patio a las 9 de la fría noche, cuando ya nos habían mandado a las habitaciones. Formamos como pudimos, la mayoría con menos ropa de la apropiada. Mientras explicaba el motivo de la convocatoria, el caporal chef obligaba a hacer fondos a todos los rouge, culpables e inocentes. Los castigos en la Legión suelen ser comunes. Si la caga uno, la cagan todos.

Yo observaba profundamente emocionado todo aquello. Era la encarnación del segundo principio del código de honor del legionario: Chaque légionnaire est ton frère d’arme, quelle que soit sa nationalité, sa race, sa religion. Tu lui manifestes toujours la solidarité étroite qui doit unir les membres d’une même famille.

Mientras el caporal chef mandaba a correr a los agotados rouge, yo pensaba que éste era mi sitio y que no podría ser más feliz en ningún otro lugar del mundo.

El caporal chef dirigió su atención a los blue que estábamos formados contemplando el espectáculo. Entonces se fijó en el escritor de Pensilvania: en chancletas, el jabón en una mano, mientras con la otra sujetaba la toalla que le tapaba la cintura. El aviso de formación le había pillado en la ducha.

El caporal chef, divertido, le dio permiso para volver a la habitación.

-Merci, caporal chef! -voceó el escritor de Pensilvania, mientras los demás reíamos.

Poco más contacto tuve con él. Enseguida nos enviaron a lavar platos a Marsella. Allí, Denman me dijo que pensaba que lo habían mandado para casa. Al parecer, el afán de aventura y ver mundo no eran suficiente motivación para la Comisión. No puedo estar más en desacuerdo.

Quizá algún día encuentre un libro sobre la Legión Extranjera, escrito por alguien de Pensilvania. Y sonreiré recordando aquella fría noche en Aubagne.

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BUON UOMO

Estaba llevando bastante bien mi declaración de no aptitud.

La decepción era amortiguada por la posibilidad que ya contemplaba cercana de reencontrarme con los míos. Así que dedicaba el tiempo de espera a tratar de animar a los que no lo estaban llevando tan bien; en la medida de lo posible, porque había gente que, al no haber pasado el corte, se quedaba literalmente atrapada en un país extraño, sin apenas dinero, a mucha distancia de sus lugares de origen. Ver aquello convertía mi propia situación en algo nimio, lo que me ayudaba a mantener la calma.

Hasta que entramos en el autobús que nos iba a llevar de Aubagne a la estación de Saint Charles de Marsella. Decidí sentarme junto al joven camarada italiano. Él tenía cara de estar muy decepcionado, a pesar de que sólo había recibido un no apto temporal; en 6 meses podrá volver a intentar ser legionario. Una medida típica para fortalecer la vocación militar de algunos jóvenes que la Comisión aún ve demasiado verdes. El italiano sólo tiene 21 años; como Baptiste, el medio melé sudafricano de Ciudad del Cabo, al que expliqué un día, mientras lavábamos platos, por qué los marineros gallegos llamaban Capetón a su ciudad. También él podrá volver dentro de medio año. Trato de animar a ambos diciéndoles que no tardando mucho formarán parte de la Legión Extranjera.

Pero el italiano sigue tristón, mirando a través de la ventana los edificios de la base de Aubagne. Aprendió algo de español en el instituto y habla conmigo en una mezcla diglósica de idiomas:

-Mi dispiace… Tanto buon uomo que va para casa…

Lo dice señalando con un gesto a los que llenamos el autobús y vuelve a fijar la mirada a través de la ventana, quizá para esconder su emoción.

Estaba llevando bastante bien mi declaración de no aptitud, hasta que el joven italiano dijo aquello. Tuve que hacer de tripas corazón para no echarme a llorar como un niño, en medio de aquel autobús repleto de rechazados aspirantes a legionarios, venidos desde las cuatro esquinas del planeta.

En tan poco tiempo, ya se nos había metido el bicho dentro.

Chaque légionnaire est ton frère d’arme…

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ALLONS VOIR UN COUCHER DE SOLEIL…

Andaba yo ensimismado en la lectura de una revista de la Legión Extranjera, cuando Thibaut, el joven de 21 años de Toulouse, me sacó repentinamente de mi recogimiento:

-Espagne! -voceó a mi izquierda.

-What?… -contesté yo, sobresaltado.

-The sunset -respondió Denman a mi derecha.

El neoyorquino de padres brasileños tenía la mirada fija en el horizonte. Iba a ser nuestra última noche en Malmousque. Ambos conocían ya mi amor por las puestas de sol. Las hermosas puestas de sol de Marsella, de las que gozábamos cada día durante la cena.

Nos quedamos los tres hipnotizados por la belleza del círculo rojo que se ocultaba sosegadamente tras el Frioul.

Ese rojo que ellos portan ahora en la manga y para el que yo no he sido encontrado apto.

Por todos ellos, para los que siguen soñando con un Noël à Castel, o los que, como yo, han tenido que partir civil, fueron dirigidas mis oraciones la mañana de ayer en la basílica de Notre Dame de la Garde.

Que Deus lles teña no seu colo, camarades.

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