El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: ZHANG YIMOU

CAMARADA LECTOR

Aprovecho mi último día libre en una buena temporada para vagabundear por Madrid durante la sobremesa. Cerrada por vacaciones la cafetería a la que pretendía llegar, alargo el vagabundeo hasta dejarme caer por Martín de los Heros. Le echo un vistazo a los carteles de novedades cinematográficas, me ayudo del google telefónico para tomar una decisión y opto por ver la última película de Zhang Yimou.

Salgo del cine con la sempiterna sensación de que pertenezco a una generación de carácter extremadamente débil.

Pero, a continuación, pienso que quizá haya elementos en el mundo occidental contemporáneo que tengan más potencia para derrotar a las personas que los métodos espectacularmente fríos de cualquier totalitarismo; que la libertad ególatra de los individuos que componen las democracias de mercado pletórico, que su ideal de éxito vital meramente económico, acaban destruyendo más familias que la represión salvaje de una dictadura.

Cuando la condena de mi bisabuelo fue finalmente cumplida, lo que él hizo fue volver a casa, como el protagonista de la película. Pois un día apareceu polo camiño… me dijo mi bisabuela, muy anciana ya, cuando le pregunté por la escena con la que terminó aquella larga ausencia durante -y muchos años después de- la Guerra Civil.

Había hogares a los que volver, por muy destruido y derrotado que uno estuviera.

Pero en esta extraña sociedad libre que nos hemos dado, los hogares se diluyen por presiones aparentemente mínimas. Si uno se empeña en ser ciego a los auténticos enemigos reinantes, no hay familia que aguante en pie.

Y continúa así el formidable espectáculo de supernovas familiares, arrojando al vacío social millones de nuevas partículas elementales.

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LA CULTURA DE ESTADO O EL ESTADO DE LA CULTURA

“Koróviev, pasando ante la reja, dijo:
-¡Bah! ¡Si es la casa de los escritores! Sabes qué te digo, que he oído muchas cosas buenas y favorables sobre esta casa. Fíjate en ella, amigo mío. Es agradable pensar que bajo este tejado se ocultan y están madurando infinidad de talentos.
-Como las piñas en los invernaderos -dijo Popota, subiéndose sobre la base de hormigón de la reja, para ver mejor la casa color crema con columnas.
-Eso es -asintió Koróviev, compartiendo la idea de su amigo inseparable-. Y qué emoción tan dulce envuelve el corazón cuando piensas que en esta casa madura el futuro autor de Don Quijote o del Fausto, o ¿quién sabe?, de Almas muertas. ¿Eh?
-Da miedo pensarlo.
-Pues sí -seguía Koróviev-, se pueden esperar cosas sorprendentes de los invernaderos de esta casa, que ha reunido bajo su techo a varios ascetas, decididos a consagrar su vida al servicio de Melpómenes, Polihimnia y Talía. ¿Te imaginas el jaleo que se va a organizar cuando uno de ellos ofrezca al público de lectores El revisor o, en último caso, Eugenio Oneguin?
-Pues podía pasar -asintió de nuevo Popota.
-Sí -continuaba Koróviev, levantando un dedo con aire preocupado-. ¡Pero!… ¡Pero, digo yo y repito el ‘pero’!… ¡Si a estas delicadas plantas de invernadero no les ataca algún microbio, no les pica las raíces, si no se pudren! ¡Porque esto ocurre con las piñas! ¡Y tanto que ocurre!

[…] -Los carnets, por favor -dijo ella mirando sorprendida los impertinentes de Koróviev y el hornillo de Popota y su codo roto.
-Mil perdones, pero, ¿qué carnets? -preguntó Koróviev, extrañado.
-¿Son ustedes escritores? -preguntó a su vez la ciudadana.
-Naturalmente -contestó Koróviev con dignidad.
-¡Sus carnets! -repitió la ciudadana.
-Mi encanto… -empezó dulcemente Koróviev.
-No soy ningún encanto -le interrumpió la ciudadana.
-¡Ah! ¡Qué pena! -dijo Koróviev con desilusión y continuó-: Bien, si usted no desea ser encanto, lo que hubiera sido muy agradable, puede no serlo. Dígame, ¿es que para convencerse de que Dostoievski es un escritor, es necesario pedirle su carnet? Coja cinco páginas cualesquiera de alguna de sus novelas y se convencerá sin necesidad de carnet de que es escritor. ¡Y me sospecho que nunca tuvo carnet! ¿Qué crees? -Koróviev se dirigió a Popota.
-Apuesto a que no lo tenía -contestó Popota, dejando el hornillo en la mesa junto al libro y secándose con la mano el sudor de su frente, manchada de hollín.
-Usted no es Dostoievski -dijo la ciudadana, desconcertada, dirigiéndose a Koróviev.
-¿Quién sabe?, ¿quién sabe? -contestó él.
-Dostoievski ha muerto -dijo la ciudadana, pero no muy convencida.
-¡Protesto! -exclamó Popota con calor-. ¡Dostoievski es inmortal!
-Sus carnets, ciudadanos -dijo la ciudadana.
-¡Esto tiene gracia! -no cedía Koróviev-. El escritor no se conoce por su carnet, sino por lo que escribe. ¿Cómo puede saber usted qué ideas artísticas bullen en mi cabeza? ¿O en ésta? -y señaló la cabeza de Popota, que hasta se quitó la gorra para que la ciudadana pudiera verla mejor.
-Dejen pasar, ciudadanos -dijo la mujer nerviosa ya.
Koróviev y Popota se apartaron para dejar paso a un escritor vestido de gris, con camisa blanca, veraniega, sin corbata; con el cuello de la camisa abierto sobre el cuello de la chaqueta. Llevaba un periódico bajo el brazo. El escritor saludó amablemente a la ciudadana; al pasar escribió en el libro, previamente abierto, un garabato y se dirigió a la terraza.”

El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov; Alianza, 2009; pgs. 459-460, 460-462.

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