LA CUESTIÓN FUNDAMENTAL DE LA TEOLOGÍA POLÍTICA CRISTIANA

“Los inicios sagrados del cristianismo se limitan a Jesús, su secta y sus enseñanzas (la tradición del Antiguo Testamento sirve como profecía pendiente de cumplimiento o como prólogo que debe trascenderse). No hay normas sobre cómo gobernar un Estado, un ejército, o un sistema de justicia, ni ninguna indicación clara de cómo debería ser la vida fuera de la secta. La clave, claro, está en que no debería haber Estado, ni ejército, ni sistema de justicia, ni vida fuera de la secta. O más bien la clave está en que no debería haber otro Estado que el reino del milenio de Jesús, otro ejército que las huestes celestiales de Armagedón, otra justicia que el Juicio Final (la salvación o la condena), ni otra vida que la vida eterna. Todas las sociedades cristianas son improvisaciones (concesiones, invenciones, perversiones) en mucho mayor grado que sus correlatos judaicos o musulmanes -por no hablar del confuciano-. Los intentos más serios por volver a las fuentes del cristianismo han conducido a una negación radical de las formas no sectarias (no totalitarias) de la existencia humana.  Como su centro sagrado, el cristianismo es incompatible con la política, pero, a diferencia del hinduismo o el budismo, prevé -y, en cierto sentido, recuerda- una redención que es colectiva, violenta y mundana. La imitación de Cristo supone una existencia sectaria o monástica (en el mundo, pero no de este mundo); la fe en la profecía de Cristo supone la expectativa de la llegada inminente del reino de Dios.

Esta condición congénita tiene tres consecuencias principales. La primera es la tensión inherente -única entre las civilizaciones del tiempo-eje- entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre ( la Iglesia separable del Estado y el Estado separable de la Iglesia). La segunda es la variedad y la flexibilidad de las instituciones políticas que pueden arrogarse la legitimidad divina. La tercera es la falta de legitimidad esencial de todas estas instituciones. El hecho de que Jesús no propusiera una sociedad justa antes del Juicio Final significaba que, entretanto, cualquier sociedad podía servir. O ninguna. Todos los Estados que se confiesan cristianos tienen que preparar una defensa no muy convincente de sus credenciales cristianas; todos tienen que enfrentarse a recusaciones milenaristas no muy convincentes.”

La casa eterna, de Yuri Slezkine; Acantilado, 2021; pgs. 144-146.

Talla perteneciente al Coro de los Hermanos de la Cartuja de Miraflores, en Burgos (España)