El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: WAUGH

LOS TRES MAGOS Y EL BUEY Y EL ASNO

“-¡Ay, es tan difícil ser católico!

-¿Cambia algo que lo seas o no?

-Claro, lo cambia todo.

-Pues no puedo decir que lo hubiese notado. ¿Luchas contra las tentaciones? No pareces mucho más virtuoso que yo.

-Soy mucho, mucho peor que tú -dijo Sebastian, indignado.

-Pues entonces…

-¿Quién fue el que rezaba diciendo: Oh Dios, haz que sea bueno, pero todavía no?

-No lo sé. No me extrañaría que hubieras sido tú.

-Pues sí que lo digo, y todos los días. Pero no es eso. -Y volvió a su lectura del News of the world.

-Otro jefe de boyscouts que ha tenido un desliz -comentó.

-Supongo que intentan hacerte creer un montón de tonterías.

-¿Tonterías? Ojalá lo fueran. A veces me parecen cosas terriblemente sensatas.

-Pero, mi querido Sebastian, no es posible que te tomes todo eso en serio.

-¿No lo es?

-Me refiero a eso de la Navidad, de la estrella, de los tres magos y el buey y el asno.

-¡Oh, sí! En eso sí creo. Es una idea encantadora.

-Pero no puedes creer algo sólo porque sea encantador.

-Pues yo lo hago. Es mi manera de creer.

-¿Y crees en las oraciones? ¿Crees que puedes arrodillarte delante de una estatua, decir unas cuantas palabras, ni siquiera en voz alta, simplemente en tu cabeza, y cambiar así el tiempo? ¿O que algunos santos tienen más influencia que otros, y debes recurrir al indicado si quieres que te ayude con un problema determinado?

-Oh, sí. ¿No te acuerdas del trimestre pasado cuando me llevé a Aloysius y no sabía dónde lo había dejado? Recé como un loco a san Antonio de Padua aquella mañana y enseguida, después de comer, apareció el señor Nichols en Canterbury Gate con Aloysius en brazos, diciéndome que lo había dejado en su taxi.

-Bien, si puedes creer todo eso y no quieres ser bueno, ¿qué dificultades te plantea tu religión?

-Si no las ves, no las ves; eso es todo.

-Dímelo.

-Oh, no seas tan pesado, Charles. Quiero leer esto sobre una mujer de Hull que ha empleado cierto instrumento…

-Tú has iniciado el tema. Empezaba a interesarme.

-No hablaré de ello nunca más… A la hora de condenarla a seis meses se tomaron en consideración treinta y ocho casos anteriores…”

Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh; Tusquets, 2010; pgs.107-108.

UN HURAÑO AFÁN

“Cuando una persona odia con tanta fuerza, en realidad odia algo de ella misma. Alex odia todas sus ilusiones de muchacho: la inocencia, Dios, la esperanza.”

Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh; Tusquets, 2010; pg. 126.

“Cuando se sienten fuertes afanes de realizar un valor y, simultáneamente, la impotencia de cumplir voluntariamente estos deseos, por ejemplo, de lograr un bien, surge una tendencia de la conciencia a resolver el inquietante conflicto entre el querer y el no poder, rebajando, negando el valor positivo del bien correspondiente y aun, en ocasiones, considerando como positivamente valioso un contrario cualquiera de dicho bien. Es la historia de la zorra y las uvas verdes. Cuando hemos luchado en vano por el amor y la consideración de una persona, descubrimos fácilmente nuevas cualidades negativas en ella, o nos conformamos nos consolamos, diciéndonos que con la cosa a que tiende nuestro deseo no se consigue tanto, que la cosa no posee esos valores, o no los posee en la medida que creíamos. Se trata, en primer término, tan sólo de la afirmación, verbalmente formulada, de que alguna cosa, un determinado bien, o una persona, o un estado, en suma, la cosa concreta deseada, no posee el valor positivo que tanto incitó nuestro deseo; por ejemplo, que la persona cuya amistad habíamos ansiado tener, no es tan honrada, o valiente, o lista; que las uvas no saben tan bien, que están, quizá, verdes. Este tipo de casos no es todavía una falsificación de los valores, sino otra opinión distinta sobre las cualidades de la cosa, de la persona, etc., mediante las cuales ésta nos presentaba, al principio, determinados valores. Reconocemos, como antes, los valores de la honradez. La zorra no dice que lo dulce es malo, sino que las uvas están verdes.

[L]a persona resentida siente como una mágica atracción hacia fenómenos como la alegría de la vida, el lustre, el poder, la dicha, la riqueza, la fuerza; no puede pasar de largo junto a ellos, ha de contemplarlos (quiera o no). Pero al mismo tiempo le atormenta en secreto el deseo de poseerlos, deseo que ella sabe es vano; y esto determina a su vez una deliberada voluntad de apartar la mirada de ellos, un huraño afán de prescindir de ellos, de desviar la atención de eso que atormenta el alma, afán bien comprensible por la teleología de la conciencia. El progreso de este movimiento interior conduce, en primer término, a una característica falsificación de la verdadera imagen del mundo. El mundo de la persona resentida recibe una estructura muy determinada en su relieve de los valores vitales, cualesquiera que sean los objetos que aquella persona tome en cuenta. A medida que esta desviación vence sobre la atracción de valores positivos, la persona se hunde (con omisión de los valores intermedios y de tránsito) en los males opuestos a aquéllos, males que ocupan un espacio cada vez mayor en la esfera de su atención valorativa. Hay en esa persona algo que quisiera injuriar, rebajar y empequeñecer, y que hace presa, valga la palabra, sobre toda cosa en que puede desfogarse. De este modo, calumnia involuntariamente la existencia y el mundo, para justificar la última constitución de su vida valorativa.

Pero este medio que la conciencia emplea involuntariamente para estimular el deprimido sentimiento de la vida y los impulsos vitales paralizados (la falsificación de la imagen del mundo), tiene sólo una eficacia limitada. Aquellas manifestaciones de una vida positiva, la dicha, el poder, la belleza, el talento, la bondad, etc., se ofrecen una y otra vez a la persona resentida. Por mucho que en su interior agite el puño contra ellas, por mucho que quiera aniquilarlas, para escapar al tormento del conflicto entre el apetito y la impotencia -esos valores existen y se imponen-. El deliberado desvío de los ojos no es siempre posible y, además, es ineficaz a la larga. Cuando, pues, una manifestación de esa especie se impone irresistiblemente, basta la mirada hacia ella para desatar un impulso de odio contra su portador, X, sin que éste haya perjudicado en lo más mínimo ni ofendido a la persona resentida. Los enanos y jorabados, por ejemplo, que se sienten humillados por la mera presencia de los demás hombres, revelan por eso tan fácilmente este odio peculiar, esta ferocidad de hiena pronta al asalto. El odio y enemistad de esta especie, justamente porque primordialmente carece de fundamento en la obra o conducta del enemigo, es el más hondo e irreconciliable que existe.”

El resentimiento en la moral, de Max Scheler; Caparrós, 1998; pgs. 50-51, 52-53.

TODAVÍA NO ME HE ROCIADO DE GASOLINA

“El 20 de febrero [de 1966], el Sunday Telegraph informaba que Waugh se hallaba en vías de recuperación después de un angustioso año de melancolía nerviosa debida a la pena provocada en él por los cambios de la liturgia católico-romana que habían despojado a la misa de su latinidad tradicional. Lo cierto es que Waugh distaba mucho de estar recuperándose. He envejecido mucho estos dos últimos años, le escribía a Lady Diana Mosley en una carta de fecha 9 de marzo. No estoy enfermo, pero sí muy débil. No tengo ganas de ir a ningún sitio ni de hacer nada, y sé que soy un aburrimiento. El Concilio Vaticano [II] ha podido conmigo. Tres semanas después volvía a escribirle con la Semana Santa y el triduo de Pascua en la cabeza: La Pascua significaba mucho para mí. Antes del Papa Juan [XXIII] y de su Concilio: ellos han acabado con la belleza de la liturgia. Todavía no me he rociado de gasolina y me he prendido fuego, pero ahora tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría.

Incapaz de enfrentarse a la nueva liturgia, Waugh pidió a su viejo amigo de Downside, Dom Hubert van Zeller, que celebrara para él una misa privada en latín el domingo de Pascua. Pero el abad se opuso a ello arguyendo que, en ese momento, Dom Hubert debía estar presente con el resto de la comunidad. Entonces, Waugh le pidió lo mismo al padre Philip Caraman, su amigo y confidente durante sus últimos y difíciles años, que le visitaba con frecuencia y a quien Waugh describía como una visita paciente y amable. Caraman era jesuita y no necesitaba permiso de su superior, y aceptó enseguida.

El 10 de abril, Domingo de Pascua, a las diez de la mañana, el padre Caraman celebró misa en latín en la capilla católica de Wiveliscombe -a unas cinco millas de la casa de Waugh-, a la que tan solo asistieron la familia de este y unos cuantos amigos. Al salir de la iglesia, muchos de los presentes se fijaron en lo contento que estaba Waugh. El padre Caraman puso de relieve su serenidad y su alegría, como si la depresión se hubiese evaporado o como si acabara de salir de una noche oscura del alma: Se mostraba bondadoso y en paz consigo mismo, con esa tranquila serenidad que los sacerdotes solemos encontrar en quienes se están muriendo. Aproximadamente una hora más tarde, Waugh fallecía víctima de un ataque al corazón.

Creo que llevaba mucho tiempo rezando por su muerte, y esta no ha podido ser ni más hermosa ni más feliz, escribió su esposa a Lady Diana Cooper, así que solo puedo dar gracias a Dios por Su misericordia… Pero nuestras vidas nunca volverán a ser las mismas sin él.

Su hija Margaret también escribió a Lady Diana Cooper con palabras de gozo más que de pesar:

No estés muy triste por papá. Creo que ha sido como un milagro. Ya sabes cuántos deseos tenía de morir; y hacerlo el domingo de Pascua, cuando toda la liturgia habla de la muerte y de la resurrección, y después de oír la misa en latín y de recibir la Sagrada Comunión, es exactamente lo que él quería. Estoy segura de que en misa pidió por su muerte. Estoy muy contenta por él.

Escritores conversos, de Joseph Pearce; Palabra, 2006; pgs. 430-431.

TESIS DE CHISCÓN

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Desde mi diminuta fortaleza veo pasar trajes que trafican en bolsa,
mientras paseo en faetón junto a Jane por la campiña inglesa.

Docenas de horas que me pagan por simplemente estar
y que yo empleo en decidir qué diablos ser.

Me profetizo arrodillado viendo avanzar la fila de comunión. No hay propósito de enmienda.

No seré Crouchback, escribiré otro personaje.
En renglones torcidos, como siempre he hecho.

Tú eres la medida, lo sé;
pero rehúso estar a la altura.

Sólo puedo prometer
que intentaré no alejarme demasiado.

Que siempre ha de quedar a la vista
la cruz de alguna iglesia.

COSAS

Suelo preguntarme qué hacer con mi escritura.

A veces tengo la tentación del libro, pero me reconozco demasiado perezoso. O que no he encontrado la historia que me motive bastante para perseguir su transcripción durante el tiempo suficiente -que viene siendo lo mismo, pero dicho con otras palabras-.

Me turba además una preocupación que transporto desde mis jóvenes años de ocupaciones políticas: que la escritura no sea mero panfleto, sino persecución de verdades. En la escritura, como dijo el maestro Novoneyra -en uno de los poemas más bellos que se han escrito en lengua gallega- es necesario dejarse en libertá, sin forzal’os sonos a morrer nin levalos a posta pra gardarme. Un consejo que él mismo no siguió en demasiadas ocasiones, degradando su talento poético en contribuciones grotescas con las que pretendía defender sus convicciones políticas.

Si la escritura es verdad no puede ser un mero despliegue de certidumbres propias para adoctrinar a las masas y liberarlas de sus errores. Si la escritura es honesta ha de mostrar su condición de apuesta entre tinieblas, como lo son todas en este valle de lágrimas.

Mas tampoco puedo negar que soy católico: que entre las sombras me alumbra una esperanza, me soporta una fe, me obliga un amor. Y si esto no apareciese en mi escritura, tampoco podría ésta ser verdad.

Así las cosas, ¿cómo escribir sin acabar componiendo un burdo catecismo para correligionarios?

Soy el primero en comprender a todos aquellos alejados de mi fe, cada uno por sus propias y personales razones. Soy el primero en comprender, porque yo mismo he vivido muchos años fuera de la Iglesia una existencia completamente opuesta y enfrentada a cualquier criterio católico.

Y tampoco quiero engañar a nadie, no quiero esconder que uno de los objetivos de mi vida es llevar al huerto a cuántos más contemporáneos mejor. Aunque ha de quedar claro que a donde los quiero llevar es al Huerto de los Olivos, no a ningún cristianismo adulterado de sonrisas bobaliconas y alegrías forzadas.

Tengo mis referentes sobre lo que es escribir católicamente. No me valen Cervantes y Tolkien, que escribían así sin ser conscientes de que lo hacían. Mi propia biografía, sin embargo, me impide hacerlo sin una continua presencia consciente de mi propia condición de católico retornado -prácticamente converso en sentido estricto-. Por ello, el ejemplo más acabado de lo que yo creo ser buena literatura católica es Espada de honor de Evelyn Waugh; mucho más que Retorno a Brideshead, que en cierto sentido me resulta tramposa, quizá por escoger como protagonista a un personaje que, a pesar de su supuesta oposición al catolicismo de sus amigos, es evidente que está en proceso de conversión. Guy Crouchback, sin embargo, me parece uno de los personajes más honestos y formidables de la historia de la literatura; y para ello resulta crucial que sea católico y que sepamos de su catolicidad desde el principio -en una de las primeras escenas lo encontramos confesándose con un cura italiano, tras conocer el rancio abolengo católico de su familia-. Pero, al mismo tiempo, la idea que el lector se puede hacer de su catolicismo se parece más a la oscura noche del alma de un San Juan de la Cruz que a las bobas apologías producidas por el actual catolicismo de masas. De hecho, toda la novela se puede entender como una subida al monte Carmelo de la auténtica fe por parte del protagonista, curado de adolescentes fervores caballerescos y utopías pseudo-políticas.

Un católico verá en Crouchback a un héroe de la fe. Cualquier otro lector simplemente verá a un personaje complicado, atado a ciertos prejuicios sin sentido; pero entenderá también que es un hombre que ha escogido un camino estrecho por el que andar en la vida, más allá de lo que ese camino le parezca. Entenderá que hay una apuesta, aunque no sea la suya. Y, ¿quién sabe?, quizá acabe sintiendo curiosidad por las razones para apostar de esa manera. Quizá perciba una ligera chispa de la belleza inefable que ese camino tiene para nosotros, los católicos. Pero sin ocultar nunca, ¡jamás!, que es un camino estrecho.

Soy católico; ni puedo, ni lo quiero esconder. Soy reaccionario, en el sentido colachiano del término (que no es lo mismo que ser conservador o romántico), y considero que este escolio de don Nicolás es una verdad como un templo: Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar [1406].

Así me gustaría escribir a mí, como invitando.

Pero no encuentro mejor forma de hacerlo que estos pequeños relatos aparecidos aquí de vez en cuando, acompañados normalmente de una imagen. En esto sigo una tradición típicamente gallega. No deja de ser el esquema propio de las Cousas de mi querido Daniel Castelao; figura casi-santificada del nacionalismo gallego, de la que me niego a prescindir, precisamente por el importante componente reaccionario que tenía ese primer brote de nacionalismo en mi pequeño país -y que, como era fácilmente predecible, no tardó en pudrirse con el transcurrir de las décadas-.

Pero sólo un católico inconsciente (al estilo de Cervantes y Tolkien) podría escribir una cousa como ésta, que os ofrezco aquí traducida desde su original gallego:

Camino olvidado que ya no va a ninguna parte. Un camino calzado de piedra, plagado de zarzas enmarañadas y de ortigas ásperas, que se pierde en la boca negra de un sendero.

Yo siempre preguntaba a mi abuela: ¿Dónde va a dar la vereda vieja?

Y mi abuela me respondía con cierto misterio: No va a ninguna parte, mi niño.

Aquella vereda vieja tiraba de mí, y cuando me hice hombre me arriesgué a pasarla. Y más allá del escalofriante sendero me encontré con una aldea sin gente.

Casales de buena piedra, lagares que recuerdan épocas de bonanza, vigas podridas, montones de teja; todo va amortajado con hiedras, zarzas y laureles, y por encima de aquella exuberante vegetación las hojas amarillas y rojas de una viña sin fruto.

Bajo un nogal seco me senté a descifrar sentimientos que aún hoy están allí en espera.

Cuando volví a casa escuché de mi abuela la historia de la aldea olvidada.

-Ocurrió que los del lugar, armados ladrones, robaron el monasterio de Armenteira.

Esperando el momento del reparto de la riqueza el capitán la enterró en sitio secreto; pero al siguiente día el capitán apareció muerto en su lecho y nunca más se supo del tesoro.

Desde entonces todo fueron desgracias. Morían las vacas, se perdían los frutos, morían contrahechos los niños, se secaban las fuentes. Para ahuyentar el mal fario se levantaron gran cantidad de cruceiros.

De nada valió nada. Al final se supo todo y aún hoy el lugar está aislado de las gentes de bien.

Castelao. Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992; pgs. 59-60.

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RENDICIÓN INCONDICIONAL

“-…Hubo un tiempo en que yo pensaba que todo lo que necesitaba para ser feliz era irme. Así lo creía nuestro pueblo. Debían huir del mal. Algunos esperaban encontrar un hogar en Palestina. La mayoría se contenta con quedarse en Italia… con tan solo cruzar el mar, como si fuera el Mar Rojo… ¿Hay algún sitio libre del mal? Es demasiado simple decir que solo los nazis querían la guerra. También los comunistas la querían. Era el único modo de que llegaran al poder. Gran parte de mi gente la deseaba igualmente, para vengarse de los alemanes y apresurar la creación de un estado judío. Me parece que había por todas partes como un deseo de guerra, un deseo de morir. Incluso los hombres buenos pensaban que su honor privado se satisfaría por medio de la guerra, que podrían afirmar su virilidad matando y haciéndose matar. Aceptarían las asperezas en compensación por haber sido egoístas y perezosos. El peligro justificaba el privilegio. Conocí a algunos italianos, quizá no muchos, que se sentían así. ¿No los había en Inglaterra?

-Que Dios me perdone -dijo Guy-. Yo fui uno de ésos.

Guy había llegado al final de la cruzada a la que se había consagrado junto a la tumba de Sir Roger. Su vida como alabardero había terminado.”

Rendición incondicional, de Evelyn Waugh; Cátedra, 2011; pgs. 407-408.

'El viento del oeste', de Winslow Homer (1891)

‘El viento del oeste’, de Winslow Homer (1891)

Mr. STILES

Al salir del metro de Alonso Martínez no te encuentras en una única plaza de Madrid, sino en dos: hacia el norte, la homónima que da nombre a la estación; pero si das un paso hacia el sur (es difusa la frontera entre ambas), te encontrarás en la plaza de Santa Bárbara. En medio de ésta hay una librería de viejo; no tengo muy claro si la librería se llama también Santa Bárbara por la plaza o es la plaza la que se llama así por la librería. Cuando se hizo la reforma de la plaza hace unos años, la librería se incluyó en el lote a reformar: el nuevo aspecto de esta librería de viejo es de una transparente modernidad, gracias a sus amplias paredes de cristal.

Fue en este lugar donde decidí perder un poco de tiempo esta mañana y echar un ojo a la mercancía. Entre docenas de cosas sin interés, descubrí una edición de 1976 de los diarios de Evelyn Waugh, en el original inglés, editados por Michael Davie; me hizo gracia el sentido de la oportunidad de este encuentro, pues el blog de maese Wanderer se había referido al autor en sus últimas entradas (lo que me había llevado a coger un poco antes en la biblioteca de Iglesia La prueba de fuego de Gilbert Pinfold, en la edición de Homo Legens).

Pago los cinco euros que me pide la librera por el ejemplar y me lo llevo al cercano Bulevar, mi refugio habitual desde hace un par de semanas. Empiezo a investigar mi adquisición, porque los libros usados suelen esconder secretos interesantes. En primer lugar, busco un trozo de papel que ya me había llamado la atención en la librería: se trata de un lindo cheque bancario sin firmar, usado a modo de marcapáginas.

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Y en la contraportada, este apunte mínimo:

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Se me ocurre meter en google tres palabras: martin stiles oxford

El primer resultado de la búsqueda enlaza con una página donde puedo leer: Martin Stiles has worked with and for historic properties and their families for his entire career. He is currently researching aristocratic families’ portrait collections and their display.

Desde luego, parece la descripción de un personaje de Waugh. Y me pregunto: ¿cómo ha llegado este libro a mis manos? ¿Fue vendido en un apuro económico? ¿Fue robado durante un viaje a España?

Dejo volar la imaginación, mientras le doy vueltas a la posibilidad de ponerme en contacto con Mr. Stiles.

CATHOLICAM ECCLESIAM

“Guy metió en su mochila una lata de carne de vaca y algunas barras de chocolate y se fue hacia la iglesia.

El anciano sacerdote había vuelto a la casa parroquial, y estaba solo mientras barría el desnudo suelo de piedra con una escoba. Conocía a Guy de vista, aunque nunca habían hecho ademán de conversar. Los hombres de uniforme no eran un buen augurio para la parroquia.

Guy saludó al entrar y dejó su ofrenda sobre la mesa. El sacerdote miró el obsequio con sorpresa y le dio las gracias en serbocroata. Guy dijo:

Facilius loqui latine. Hoc est pro missa. Uxor mea mortua est.

El sacerdote asintió.

Nomen?

Guy escribió el nombre de Virginia en mayúsculas en su cuaderno y arrancó la página. El sacerdote se puso sus lentes y leyó aquellas letras.

Non es partisan?

Miles anglicus sum.

Catholicus?

Catholicus.

Et uxor tua?

Catholica.

No sonaba muy creíble. El sacerdote miró de nuevo la comida, el nombre escrito en aquella hoja, el uniforme de campaña de Guy, que a sus ojos era exclusivo de los partisanos. Luego dijo, mientras mostraba siete dedos:

Cras. Hora septem.

Gratias.

Gratias tibi. Dominus tecum.

Rendición incondicional, de Evelyn Waugh; Cátedra, 2011; pgs. 364-365.

Glastonbury

BRIDEY

He de reconocer que es uno de mis secundarios favoritos.

“Brideshead actuaba de forma tan solemne e impersonal como siempre.

-Es una lástima que Sebastian no conozca mejor a monseñor Bell. Descubriría que la convivencia con él puede ser muy agradable. Yo viví con él durante mi último año. Mi madre está convencida de que Sebastian es un borracho acérrimo. ¿Lo es?

-Corre el riesgo de llegar a serlo.

-Creo que Dios prefiere los borrachos a mucha gente respetable.

-¡Por el amor de Dios! -protesté, porque aquella mañana tenía muchas ganas de llorar-. ¿Por qué mezclar a Dios en todo?

-Lo siento. Me olvidé. Pero ¿sabes que tu pregunta es realmente muy divertida?

-¿Ah, sí?

-Para mí, sí. Aunque para ti no lo sea.

-No, para mí, no lo es. Me parece que sin vuestra religión Sebastian tendría la posibilidad de ser un hombre feliz y sano.

-Es discutible -replicó Brideshead-. ¿Crees que volverá a necesitar esta pata de elefante?”

Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh; Tusquets, 2010; pg. 175.

Corolario colachiano:

El protestantismo inició esa interiorización del cristianismo en simple idiosincrasia que permite preguntarle por su religión al individuo, después de preguntarle cuál es su color preferido y antes de preguntarle cuál es su actriz más admirada.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 960.

Retrato de Evelyn Waugh realizado por Henry Lamb (1930)

Retrato de Evelyn Waugh realizado por Henry Lamb (1930)

NUEVO HIMNO EBRIO DE LA TABERNA ERRANTE, EN HONOR DEL CARDENAL KASPER

“-Entonces me marché. La dejé rezando en la capilla. Era suya. Era su lugar. Nunca volví para interrumpir sus oraciones. Dijeron que luchábamos por la libertad. Yo gané mi propia victoria. ¿Fue eso un crimen?

-Yo creo que lo fue, papá.”

Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh; Tusquets, 2010; pg. 391.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester