El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: VETUSTA MORLA

EVA REITERADA DE LA DERROTA Y LA ALEGRÍA

JUECES 4,8

Iré al combate solo si tú vienes;
solo si me acompañas al combate.
Por el mayo paciente que no acaba,
iré al combate solo si tú vienes.
Pues no hay Jerusalén si tú no vienes;
sin ti, sin la mitad de luz del alma,
sin la mitad aún viva de mi alma,
sin la mitad que salvas de mi alma.
Has sido recaída reiterada
y también mi insistencia en la pureza;
si esa fidelidad se tiene en cuenta,
si es pureza insistir en la caída.
Eva la reiterada, mi derrota.
Porque en Jerusalén nada más puro,
nada que tú no seas, nada mío,
porque en Jerusalén nada me vale
de todos los errores que no fuiste.
Eva la reiterada, mi alegría,
nada podía protegerme, nada.
Avasallaste la mitad del alma
y la mitad del alma ardió en la culpa
mientras la otra mitad se iluminaba
reflejando las llamas de ese incendio.
Esa luz era pura y era tuya,
venía de esas llamas y era pura;
aunque viniera de ellas era pura,
porque al menos allí faltó mi orgullo.
Eva de la derrota y la alegría,
tú serás quien me lleve a la victoria,
si en estas condiciones hay combate,
si hay para la victoria condiciones.

Poema incluido en Gloria, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2016; pgs. 20-21. Gracias, José Luis, amigo mío. Qué sencillo te resulta hallar belleza y compartirla.

SÓLO NECESITO DESPEGAR

Dios poda a veces nuestras ramas como un jardinero impaciente.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 280.

“De vuelta en Yucca Avenue, metí el Oldsmobile en el garaje y husmeé en el buzón. Nada, como siempre. Subí el largo tramo de escalones de secuoya y abrí la puerta. Todo estaba igual. El cuarto estaba igual de mal ventilado, soso y desangelado que siempre. Abrí un par de ventanas y me preparé una copa en la cocina. Me senté en el sofá y miré a la pared. Fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, siempre regresaba a esto. Una pared vacía en un cuarto anodino en una casa anodina.

Dejé la copa encima de una mesa sin probarla. El alcohol no era la solución. Nada era la solución, más que un corazón profundo y endurecido que no pida nada a nadie.

Empezó a sonar el teléfono. Lo cogí y dije con voz hueca:

-Marlowe al habla.

-¿Es el señor Philip Marlowe?

-Sí.

-Le están intentando localizar desde París, señor Marlowe. Volveré a llamarlo dentro de un rato.

Colgué el teléfono lentamente y creo que la mano me tembló un poco. Por conducir muy deprisa, o por dormir poco.”

Playback, de Raymond Chandler; Alianza, 2002; pgs. 183-184.

LA EXTREMA BELLEZA DE UNOS PADRES JÓVENES

Fue al encarar uno de esos eternos túneles subterráneos de algún transbordo del metro de Madrid.

Ellos ya iban a mitad de recorrido en la solitaria galería. A ella le caía la preciosa melena rubia en una lluvia de caracolas hasta las caderas. Cansada de llevar a su hija, se la pasó al fornido ejemplar de hombre que caminaba a su lado.

Al pasar junto a ellos, se me escapó una bendición instantánea, como siempre que me asalta la extrema belleza de encontrarme con unos padres jóvenes.

Pedí la gracia para que sigan siendo durante muchos años el paisaje habitual de ese nuevo evento de la creación que trataba de enfocarme, con sus bellos ojos azules, desde la torre de marfil que formaban los anchos hombros de su padre.

Otra familia sagrada, camino de Egipto o Diego de León, buscando juntos, rodeados de mil demonios, la siguiente estación.

San Miguel Arcángel, defiéndelos en la batalla.

DIME CÓMO ARDER

Rey sol, pon tu voz
Cayó la red que nos cubrió
Rey sol, me entrego a ti
Quebré el timón, no sé seguir

Rey sol, perdí mi tren
Por ser quien soy y ver el mundo del revés
Caí por crecer, callé por hablar
Confundo el agua con la sal

Aprendimos a mirar
Con la duda entre los dedos y a tientas
Descubrimos que al final
Las palabras que no existen nos pueden salvar

Probé a saltar sin red ni hogar
No sé volver, no sé hacia dónde ni con quién
Siembro minas en mi cuerpo y pólvora en la sien
Rey sol, dime cómo arder

Aprendimos a mirar
Con la duda entre los dedos y a tientas
Descubrimos que al final
Las palabras que no existen nos pueden salvar
Sin hablar

Rey de corona rota
Préstame un hilo de luz, voy a explotar
Sólo quiero ir más allá
Sólo quiero que esta herida se prenda
Ser el humo que al final
Escapó de lo que existe por ver qué hay detrás
Más allá

LA VETUSTA MORLA

La burbuja en que crecí nos vendió comodidad
y un nudo entre las manos.

Vetusta Morla, una de las pocas cosas por las que este desdichado país aún no merece el cataclismo de una nueva Atlántida. Las maravillosas letras de Galván y Latorre tienen esa fabulosa y extraordinaria capacidad de investigar el mundo sin caer en simplismos ni panfletadas. El primer impacto simbólico nos lo produce el nombre del grupo: la vieja tortuga del formidable libro de Ende se esconde en su caparazón de sabiduría para olvidar el presente; la vida ha dejado de interesarle y piensa que ese desinterés triste y desesperado es la máxima cota del conocimiento. Es el cínico de sonrisa torcida con el que tantas veces nos hemos cruzado, en el que tantas veces hemos corrido el peligro de convertirnos. Pero es ella, la Morla, la que tiene parte de las respuestas. Por lo tanto, hay que enfrentarse con ella y tratar de obtener su saber sin que nos inocule el veneno del nihilismo. Para muchos de nosotros, la Vetusta Morla es el símbolo de la vieja civilización occidental derrotada, exhausta; repleta de conocimientos, sin duda. Pero aterrada, como Buda, ante los horrores del mundo -que, en muchas ocasiones, ella misma ha provocado-, sólo concibe como bien la eliminación de la realidad. Es el suicida cobarde que no se atreve a ser coherente con su propia desilusión e infecta el mundo con su mirada negra.

Con eso se tiene que enfrentar Atreyu, el detective salvaje que busca una verdad salvadora. Y aunque también soy capaz de ver las divergencias que me separan de algunas letras del grupo, me resulta más relevante la simpatía que me inspira compartir con ellos el papel de Atreyu. Y así, sus bellas canciones son entonadas con pasión por la Taberna Errante en marcha, a la búsqueda de los límites de Fantasía.

 

“-Mira -gorgoteó la Morla-: somos viejas, pequeño, demasiado viejas y hemos vivido bastante. Hemos vivido demasiado. Para quien sabe tanto como nosotras nada es importante ya. Todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno…, el mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer, y lo que nace debe morir. Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es verdad. Nada es importante.

Atreyu no supo qué responder. La mirada gigantesca, oscura y vacía de la Vetusta Morla paralizaba su mente. Al cabo de un rato la oyó hablar de nuevo:

-Eres muy joven, pequeño. Nosotras somos viejas. Si fueras tan viejo como nosotras sabrías que no hay nada más que tristeza. Mira: ¿por qué no hemos de morir tú, yo, la Emperatriz Infantil, todos, todos? Todo es sólo una apariencia, un juego en la Nada. Todo da exactamente lo mismo. Déjanos en paz, pequeño, y vete.

Atreyu recurrió a toda su fuerza de voluntad para contrarrestar el entumecimiento que le producía la mirada de la Vetusta Morla.

-Si tanto sabes -dijo-, también sabrás en qué consiste la enfermedad de la Emperatriz Infantil y si hay para ella remedio.

-Lo sabemos, ¿verdad, vieja? Lo sabemos -resolló la Morla-, pero da lo mismo que ella se salve o no. Por lo tanto, ¿por qué tendríamos que decírtelo?

-Si realmente te da lo mismo -la apremió Atreyu-, también podrías decírmelo.

-Podríamos también, vieja, ¿verdad? -gruñó la Morla-. Pero no tenemos ganas.

-Entonces -exclamó Atreyu- no es verdad que todo te dé lo mismo. ¡Ni siquiera tú crees lo que dices!

Durante mucho tiempo reinó el silencio, y luego Atreyu oyó unos gorgoteos y regüeldos profundos. Debían de ser una especie de risa, si es que la Vetusta Morla podía reír todavía. En cualquier caso, dijo:

-Eres astuto, pequeño. ¡Vaya! Eres listo. Hacía tiempo que no nos divertíamos tanto, ¿verdad, vieja? ¡Vaya! También podríamos decírtelo. No hay ninguna diferencia. ¿Se lo decimos, vieja?”

La historia interminable, de Michael Ende; Alfaguara, 1998; pgs. 60-61.

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