El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: VERMEER

LA VIDA DESCUBIERTA

“…la grandeza del arte verdadero, del que monsieur de Norpois hubiera llamado un juego de dilettante, estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor y más impermeabilidad el conocimiento convencional con que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y delucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura; esa vida que, en cierto sentido, habita a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven, porque no intentan esclarecerla. Y por eso su pasado está lleno de innumerables clichés que permanecen inútiles porque la inteligencia no los ha ‘desarrollado’. Nuestra vida es también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como el color para el pintor, una cuestión no de técnica, sino de visión. Es la revelación, que sería imposible por medios directos y conscientes, de la diferencia cualitativa que hay en la manera como se nos presenta el mundo, diferencia que, si no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno. Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un sólo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales giran en el infinito y, muchos siglos después de haberse apagado la lumbre de que procedía llamárase Rembrandt o Vermeer, nos envía aún su rayo especial.”

El tiempo recobrado, de Marcel Proust (7º y último volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1998; pgs. 244-245.

Detalle del autorretrato de Rembrandt a la edad de 63 años (1669)

¿MUERTO PARA SIEMPRE?

“Sufrió otro golpe que le derribó, rodó del canapé al suelo, acudieron todos los visitantes y los guardianes. Estaba muerto. ¿Muerto para siempre? ¿Quién puede decirlo? Desde luego los experimentos espiritistas no aportan la prueba de que el alma subsista, como tampoco la aportan los dogmas religiosos. Lo que puede decirse es que en nuestra vida ocurre todo como si entráramos en ella con la carga de obligaciones contraídas en una vida anterior; en nuestras condiciones de vida en esta tierra no hay ninguna razón para que nos creamos obligados a hacer el bien, a ser delicados, incluso a ser corteses, ni para que el artista ateo se crea obligado a volver a empezar veinte veces un pasaje para suscitar una admiración que importará poco a su cuerpo comido por los gusanos, como el detalle de pared amarilla que con tanta ciencia y tanto refinamiento pintó un artista desconocido para siempre, identificado apenas bajo el nombre de Vermeer. Todas estas obligaciones que no tienen su sanción en la vida presente parecen pertenecer a otro mundo, a un mundo fundado en la bondad, en el escrúpulo, en el sacrificio, a un mundo por completo diferente de éste y del que salimos para nacer en esta tierra, antes quizá de retornar a vivir bajo el imperio de esas leyes desconocidas a las que hemos obedecido porque llevábamos su enseñanza en nosotros, sin saber quién las había dictado -esas leyes a las que nos acerca todo trabajo profundo de la inteligencia y que sólo son invisibles (¡y ni siquiera!) para los tontos-. De suerte que la idea de que Bergotte no había muerto para siempre no es inverosímil.”

La prisionera, de Marcel Proust (5º volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 2001; pgs. 206-207.

“Vista de Delft”, de Johannes Vermeer (alrededor de 1660-1661)

EL MUNDO EN UNA PINCELADA

Fue el atisbo de una ilusión, pero bastó para hacer rebosar el pozo. Por unos días. En los que escribir bello estaba siempre a la mano.

No llegaba a ser un sentimiento, quizá apenas una premonición anhelante. Pero fue suficiente un destello mínimo para cimentar un futuro de sucesos.

Como me explicó la pintora que me amó, el ojo construye el mundo con recursos escasos.

Fíjate en el cuello de su blusa; donde parece haber un sinfín de matices y detalles, hay apenas una pincelada blanca.

Yo acerqué la imagen que había visto mil veces y por primera vez contemplé lo simple invisible que siempre había estado ahí.

Pues así también trabajan el deseo y la esperanza. Y de un pálpito irregular brota un amor eterno.

MUJER CON AGUAMANIL

“Johannes Vermeer pintó cuadros absolutamente maravillosos; pero hay pocos hitos en la historia de la pintura como ese lienzo llamado Mujer con aguamanil: ¿qué alegre secreto esconde esa mirada perdida durante el quehacer cotidiano? Esa extraña luz que transforma el tiempo en una sustancia lechosa, casi táctil; que blanquea todas las paredes, en una explicación orgullosamente sencilla del eterno retorno. ¿En qué lugar de la memoria quedó atrapada la consciencia de esa holandesa? Abriendo la ventana; pero ese acto abrió alguna otra cosa, cobijada en la metáfora de la hoja de vidrio. Alguien podría decir que la mujer mira hacia la calle, desde la ventana recién abierta. Creo que no: la mirada de la mujer saltó en el tiempo y apareció en otro lugar, de lindo recuerdo. Mientras la mano de la ventana la ha sacado del acontecer cotidiano, la mano de la jarra la sujeta a la realidad a la que tendrá que regresar. De todos modos, no hay resentimiento en esa mano anudada al presente; no es un viaje áspero, abrupto, que deshace la percepción del continuo de la existencia: es una pérdida sosegada de la actualidad, que soporta sin inquietudes la multiplicidad temporal del humano vivir. ¡Qué bello cuadro! Voy a ir en las listas electorales de algún pueblo perdido en las montañas de Lugo…”

Escrito en mi diario el 16 de abril de 2003 (traducido del gallego original).

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PROUSTIANA

Le leo a Laura lo que escribí ayer en el diario, mientras me despistaba del derecho administrativo, en la biblioteca de Políticas de Somosaguas:

Vuelvo a sentir ese relajante placer que me produce oír los sonidos de una actividad humana realizada cerca de mi lugar de estudio. Como cuando los bibliotecarios van colocando los libros en sus estanterías o las encargadas de la limpieza van haciendo su labor alrededor de uno. Notar su presencia apenas intuida en las manos que toman un libro, en el paño húmedo que arrastra el polvo de las mesas, en los pasos tranquilos que acompañan el desarrollo de sus funciones; estas acciones diminutas, digo, me erizan el cuero cabelludo, cerca de la nuca; y es como si volviese a estar en mi cama ferrolana, disfrutando de las caricias en la cabeza que yo le pedía a mi madre, y que lograban dormirme en breves segundos. Y así, sosegado hasta bordear peligrosamente el sueño, prosigo mi estudio.

Lo comparto con la curiosidad del que no sabe si experimenta algo común o, mas bien, una reacción del alma disparada por un oscuro eco de la memoria propia; pues la cadena causal del fenómeno esconde eslabones que repelen la luz. Y otra imagen me asalta, en el esfuerzo consciente de reverberación: la de un niño que dibuja sin parar escenas de batallas, arrodillado ante la mesa de la sala de estar ferrolana, repleta de folios y plastidecores, mientras su abuela va y viene en la tarea diaria de la casa.

Esa misma sala de estar en la que -observo- se planteó años antes otro tipo de batalla, cuando se decidió su existencia.

Y aunque sigo sin descifrar las claves concretas de esa placentera caricia fantasma, me permito interpretarlo como un sutil regalo que celebra el hecho milagroso de la vida misma.

3 de abril de 2014

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