El sosiego acantilado

Categoría: VERMEER

MUJER CON AGUAMANIL

“Johannes Vermeer pintó cuadros absolutamente maravillosos; pero hay pocos hitos en la historia de la pintura como ese lienzo llamado Mujer con aguamanil: ¿qué alegre secreto esconde esa mirada perdida durante el quehacer cotidiano? Esa extraña luz que transforma el tiempo en una sustancia lechosa, casi táctil; que blanquea todas las paredes, en una explicación orgullosamente sencilla del eterno retorno. ¿En qué lugar de la memoria quedó atrapada la consciencia de esa holandesa? Abriendo la ventana; pero ese acto abrió alguna otra cosa, cobijada en la metáfora de la hoja de vidrio. Alguien podría decir que la mujer mira hacia la calle, desde la ventana recién abierta. Creo que no: la mirada de la mujer saltó en el tiempo y apareció en otro lugar, de lindo recuerdo. Mientras la mano de la ventana la ha sacado del acontecer cotidiano, la mano de la jarra la sujeta a la realidad a la que tendrá que regresar. De todos modos, no hay resentimiento en esa mano anudada al presente; no es un viaje áspero, abrupto, que deshace la percepción del continuo de la existencia: es una pérdida sosegada de la actualidad, que soporta sin inquietudes la multiplicidad temporal del humano vivir. ¡Qué bello cuadro! Voy a ir en las listas electorales de algún pueblo perdido en las montañas de Lugo…”

Escrito en mi diario el 16 de abril de 2003 (traducido del gallego original).

12804558_10207093489790523_1730424308_n

Advertisements

PROUSTIANA

Le leo a Laura lo que escribí ayer en el diario, mientras me despistaba del derecho administrativo, en la biblioteca de Políticas de Somosaguas:

Vuelvo a sentir ese relajante placer que me produce oír los sonidos de una actividad humana realizada cerca de mi lugar de estudio. Como cuando los bibliotecarios van colocando los libros en sus estanterías o las encargadas de la limpieza van haciendo su labor alrededor de uno. Notar su presencia apenas intuida en las manos que toman un libro, en el paño húmedo que arrastra el polvo de las mesas, en los pasos tranquilos que acompañan el desarrollo de sus funciones; estas acciones diminutas, digo, me erizan el cuero cabelludo, cerca de la nuca; y es como si volviese a estar en mi cama ferrolana, disfrutando de las caricias en la cabeza que yo le pedía a mi madre, y que lograban dormirme en breves segundos. Y así, sosegado hasta bordear peligrosamente el sueño, prosigo mi estudio.

Lo comparto con la curiosidad del que no sabe si experimenta algo común o, mas bien, una reacción del alma disparada por un oscuro eco de la memoria propia; pues la cadena causal del fenómeno esconde eslabones que repelen la luz. Y otra imagen me asalta, en el esfuerzo consciente de reverberación: la de un niño que dibuja sin parar escenas de batallas, arrodillado ante la mesa de la sala de estar ferrolana, repleta de folios y plastidecores, mientras su abuela va y viene en la tarea diaria de la casa.

Esa misma sala de estar en la que -observo- se planteó años antes otro tipo de batalla, cuando se decidió su existencia.

Y aunque sigo sin descifrar las claves concretas de esa placentera caricia fantasma, me permito interpretarlo como un sutil regalo que celebra el hecho milagroso de la vida misma.

3 de abril de 2014

Vermeer

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester