El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: VELÁZQUEZ

VENCERME A MÍ

La curva del conocimiento del hombre por sí mismo asciende hasta el XVII, declina paulatinamente después, en este siglo finalmente se desploma.

Para hablar correctamente de los hombres hay que esperar el historismo del XIX; para hablar correctamente del hombre basta el XVII.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1213.

“HERMOSURA: ¿Todo ha de ser para ti
austeridad y rigor?
¿No ha de haber placer un día?
Dios, di ¿para qué crió
flores, si no ha de gozar
el olfato el blando olor
de sus fragantes aromas?
¿Para qué aves engendró,
que, en cláusulas lisonjeras,
cítaras de pluma son,
si el oído no ha de oírlas?
¿Para qué galas, si no
las ha de romper el tacto
con generosa ambición?
¿Para qué las dulces frutas,
si no sirve su sazón
de dar al gusto manjares
de un sabor y otro sabor?
¿Para qué hizo Dios, en fin,
montes, valles, cielo, sol,
si no han de verlo los ojos?
Ya parece, y con razón,
ingratitud no gozar
las maravillas de Dios.

DISCRECIÓN: Gozarlas para admirarlas
es justa y lícita acción
y darle gracias por ellas,
gozar las bellezas, no
para usar dellas tan mal
que te persuadas que son
para verlas las criaturas,
sin memoria del Criador.

[…] Pues que ya vencer aguarda
mi valor grandes vitorias,
hoy ha de ser la más alta:
vencerme a mí.”

Citas tomadas de El gran teatro del mundo, 687-718, Cátedra, 2005; y La vida es sueño, 3255-3258, Cátedra, 2008; de Pedro Calderón de la Barca.

'Bufón con libros', de Diego Velázquez (hacia 1644)

‘Bufón con libros’, de Diego Velázquez (hacia 1644)

HARROGATE

“Menuda colección, dijo el doctor.
Hay cuarenta y dos.
Sí. Ninguno con rabia. Sentíamos curiosidad. No hemos visto que presenten marcas de ninguna clase.
Harrogate sonrió complacido.
Yo me figuraba que quizá creerían que los habían matado a tiros. Puesto que había tantos, quiero decir.
Sí. Hemos examinado uno.
Ajá.
Estricnina.
La cara de Harrogate hizo un gracioso tic.
¿Qué?, dijo.
¿Cómo lo hizo?
¿Yo, el qué?
¿Cómo lo hizo? Envenenar a cuarenta y dos murciélagos. Únicamente se alimentan en vuelo.
Y a mí qué me cuenta. Estaban muertos. Oiga, les traje uno antes y nadie me dio instrucciones de nada. No se me dijo que hubiera un límite sobre la cantidad.
Señor Harrogate, el ayuntamiento ofrece una recompensa por todo murciélago muerto encontrado en las calles de la ciudad. La situación podría devenir crítica debido a la rabia. Ese es el propósito de la recompensa. No hemos autorizado la matanza de murciélagos al por mayor.
¿Me darán el dinero o no?
No.
Mierda.
Lo siento.
Ya.
Quisiera saber cómo hizo para envenenarlos.
Harrogate se sorbió un diente negro.
¿Qué me dará?, dijo.
El doctor se incorporó en su silla y le estudió detenidamente una vez más.
Bien, dijo, viéndolas venir, ¿cuánto quiere?
Dos dólares.
Es demasiado. Le doy un dólar.
Que sea un dólar y veinticinco centavos.
De acuerdo.
Incluyendo la cena y el helado.
Bien.
Lo hice con una especie de tirachinas.
¿Un tirachinas?
Se lo juro.
El doctor miró al techo.
Ah, ya entiendo, dijo. Entonces, ¿envenenó trocitos de carne y los fue disparando al aire?
Sí. Esos cabrones no dejaban de caer.
Muy ingenioso. Realmente ingenioso.
Soy muy apañado, ¿sabe?
Lástima que sus esfuerzos no hayan servido de nada.
Puede que para usted un dólar con veinticinco no sea nada, pero para mí sí.”

Suttree, de Cormac McCarthy; DeBolsillo, 2007; pgs. 266-267.

Retrato del bufón Juan Calabazas (atribuido a Diego Velázquez)

Retrato del bufón Juan Calabazas (atribuido a Diego Velázquez)

I WOULD PREFER NOT TO

Al entrar en la casa de ella, lo primero que vio fue una reproducción del Cristo Crucificado de Velázquez. Se quedó pegado a la puerta recién cerrada, mirando la imagen con expresión de sorpresa tensa. Ella se dio la vuelta, mientras se iba despojando de bolso y abrigo, y se lo encontró allí, pasmado, con los ojos clavados en el cuadro.

-Es de mi abuela -explicó.

-¿Tu abuela vive aquí? -preguntó él, despertando del trance.

-La casa es suya, sí -contestó-. Pero pasa casi todo el tiempo en el pueblo. Así que no será ningún problema… -añadió, con sonrisa traviesa.

Se acercó, pero él hizo un apurado regate, disfrazándolo de movimiento para quitarse la cazadora.

-¿Te encuentras bien…? -preguntó ella.

-Sí, claro -dijo, mientras se quedaba de pie en medio del salón, las manos refugiadas en los bolsillos-. Perfectamente.

Ella se sentó en el sofá, dando a entender que otro tanto se esperaba de él. Con cierto retardo nervioso, también él ocupó su lugar en un extremo del mueble, el peso del cuerpo apenas reposando en el filo del cojín.

Se quedaron mirándose un buen rato. Ella sonrió. Él tragó saliva y de un respingo se sentó a su lado. En otro movimiento súbito, puso una mano en uno de sus pechos. Ella le miró con cierta ternura entretenida. Acercó su rostro para besarle y él, torpe, se fue dejando hacer. Ella se desnudó entonces de cintura para arriba. Él se quedó mirando sus pechos desnudos, con una mirada parecida a la que había puesto al descubrir el Cristo de Velázquez. Ella volvió a sonreír.

-Parece como si fueran las primeras que vieras en tu vida.

Él la miró con el rostro desubicado, trasluciendo el esfuerzo por ofrecer una respuesta adecuada.

-Oh, no, no… qué va… -dijo por fin-. He visto muchas… últimamente. En internet. En los últimos meses he visto toda la pornografía que he podido.

Acompañó este comentario con repetitivos asentimientos de cabeza, los cuales se fueron contagiando a su compañera, que ahora también le miraba con el rostro ligeramente atónito.

-Ajá -consiguió pronunciar ella-. ¿Te gusta mucho la pornografía?

Su cabeza se movió para negar, pero fue corregida por un repentino esfuerzo consciente.

-Una barbaridad -dijo-. Y la semana pasada pagué por los servicios de una meretriz.

Una sonrisa efímera crujió en los labios de ella.

-Vamos, que te fuiste de putas.

Él se quedó pensativo unos momentos.

-Sí, pero sólo con una…

Los dos se miraron durante unos segundos. Él se agarraba los brazos y ella se había olvidado de que estaba medio desnuda.

-¿Te gustó? -preguntó, con forzada curiosidad.

Un sonido lastimero escapó de su garganta, mientras buscaba la respuesta adecuada en algún lugar del techo.

-¿No serás gay? -volvió a inquirir ella, elevando un poco el tono, la cara ligeramente crispada.

-Oh, no, no, no, no… para nada, qué va -afirmó rotundamente.

Ella le miró un momento con suspicacia, antes de acercarse nuevamente a él.

-Bueno, pues enséñame entonces qué has aprendido viendo todos esos vídeos guarrindongos… -concluyó ella, tratando de forzar una voz pícara.

Pero él escapó entonces al extremo del sofá.

-Preferiría no hacerlo -dijo en un suspiro.

-¿Preferirías no hacerlo conmigo? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.

Él asintió con la cabeza.

-Entonces, ¿para qué coño has venido?

-Para hacerlo contigo.

Volvieron a mirarse durante unos segundos. Ella cogió aire.

-Bueno… entonces, ahora qué ocurre, ¿se te han pasado las ganas? -preguntó, tratando de sonar paciente.

-No. No -se quedó callado, mirándose las uñas un instante-. Me había obligado a intentar hacerlo hoy contigo, pero… -otra mirada a las uñas-. Pero creo que, quizá, deberíamos conocernos antes… más. Mejor. No sé, pasear. Hablar, comentar los planes que tenemos para la vida. Ya sabes, ver si pensamos igual en las cosas importantes. Sobre cómo educar a nuestros hijos. Y después ya, casarnos. Y entonces, sí, hacerlo. Me apetece mucho, la verdad -terminó, con una sonrisa.

Ella le miró. Sus ojos tardaron un poco más de lo normal en parpadear. Cuando por fin lo hicieron, una carcajada se proyectó en el silencio denso del salón como si hubiese saltado la alarma de la casa: ocupando cada vértice, rebotando en cada sólido, disolviendo toda la materia alrededor de aquel sonido desesperado. Metáfora encarnada de una supernova en la que tiembla el cosmos.

Él vio asustado cómo ella se caía del sofá, retorciéndose en la alfombra, sin poder dejar de emitir aquella risa agónica.

Cuando consiguió calmarse, se quedó sentada en el suelo durante unos minutos, la espalda apoyada en la parte baja del sofá. Él no se atrevía a moverse, ni a decir nada; simplemente esperaba. Finalmente, ella se levantó, se volvió a vestir y, mientras se dirigía al interior de la casa, le dijo que se fuera.

Él recogió sus cosas y fue hacia la puerta. Antes de irse, miró de nuevo el cuadro. Hizo un gesto de fastidio y se marchó.

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