Y SEGUÍA ÉL DANDO VUELTAS

“Umbral era una de esas persona cuya conversación versaba siempre sobre él o sobre aquello que a él le interesaba. En cierto modo era como uno de esos autobuses de línea, en los que la gente se sube o se baja, sin que modifique su recorrido. A Umbral se subía uno y se bajaba cuando quería, y seguía él dando vueltas. Acababa de publicarse su Leyenda del César Visionario, y hablaba de esa novela. Se cuentan en ella los primeros meses de la guerra civil, con un Sánchez Mazas que se dedica, al frente de una jarca de falangistas, a pasear a rojos y desafectos. Aprovechando que en una parada se bajaron los dos o tres que estaban escuchándole, y que nos quedamos sólos él y yo, le dije que quizá conviniera en la segunda edición cambiar el nombre de Sánchez Mazas por otro cualquiera, quizá Sánchez Trazas, un retoque sencillo, sin mover el argumento, porque en esos meses Sánchez Mazas no solo no estaba paseando a rojos, sino que los rojos lo estaban paseando a él. Umbral era un gran funambulista, todo el día en el alambre, incluso un buen acróbata. Se quedó en silencio unos segundos, rumiando mi sugerencia, y a continuación ejecutó un alejop impecable: ‘Ah, no, no me convence. Si hago lo que dices el efecto Sánchez Mazas se jode’. Yo le dije que llevaba razón y que eso sí, el efecto ese se jodía.”

Madrid, de Andrés Trapiello; Destino, 2020; pgs. 87-88.

UMBRAL