El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: TOLSTOI

UNA DECISIÓN DIMINUTA

Cuanto más trabajaba, más frecuentes eran en él los momentos de olvido total en los cuales no eran los brazos los que llevaban la guadaña, sino que era ésta la que arrastraba tras sí en una especie de inconsciencia todo el cuerpo pletórico de vida. Y, como por arte de magia, sin pensar en él, el trabajo más recio y perfecto se realizaba como por sí solo. Aquellos momentos eran los más felices.

Ana Karenina, de Tolstoi; Austral, 2000; pg. 338.

Mientras paleo mierda de vaca dentro del saco que sujetan Antonio y Francisco pienso en la providencial sucesión de hechos que me han llevado a esta situación.

Muchas veces traté de buscar modos y maneras de aprender lo que no sé sobre agricultura y ganadería, para acercarme a la práctica de toda esa teoría que leía en los libros de Chesterton. En todos los casos, lo único que encontraba eran pasos cerrados y bofetadas de realismo.

Hacía tiempo que había renunciado a ciertos sueños y apenas me planteaba servir de mera ayuda circunstancial para los lejanos esfuerzos leoneses del Joven Álvaro. Pero una decisión diminuta, apenas pensada para ocupar unas horas de una tarde de agosto, acabó con mi persona sentada en casa de un viejo amigo de juventud, escuchando sus fascinantes historias de matanzas porcinas y huertos urbanos. De repente, me había sido regalado un maestro.

Y ahora, ya duchado tras cruzar Madrid en metro apestando a estiércol, no puedo evitar sonreír ante la inescrutabilidad de los caminos.

Mañana hay Taberna y tendré cosas que contar.

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EL CERRO DE LOS LOCOS Y DE LAS BALAS

Una intempestiva brisa mañanera convierte en caricia el sol de mayo.

Abro los ojos y me dejo inundar de azul, que se cuela entre las ramas desde el hermoso cielo castellano.

Paso a posición de sentado en el banco de abdominales y fijo la mirada en el hombre que está regando. No es del ayuntamiento. Es uno de los locos por los que este cerro se llama como se llama. Riega y planta porque le da la gana. Para hacer más bello el cacho de mundo en el que le tocó vivir.

Me acerco a charlar. El hombre deja de remover el suelo con la azada y atiende educadamente a mis preguntas.

-Unos treinta años… Todo esto lo hemos plantado nosotros… También esos árboles de ahí, sí… Y ese romero, para hacer una barrera natural y evitar que se pierdan las pelotas con las que jugamos ahí…

Sonrío. Uno de mis sueños de vida es ver jugar a mis nietos y bisnietos bajo las ramas de los árboles que yo mismo he plantado. Va a ser difícil de cumplir ya. No tengo hijos y sólo he plantado un árbol. Mi limonero. El próximo 18 de junio cumple 9 años. Pero vive en una maceta. No da mucha sombra.

-¿Es usted de Madrid?

-Sí.

-Es decir, que su pasión por la jardinería no es porque venga de algún pueblo y lo eche de menos…

-No; es simple amor a la naturaleza.

Yo hago abdominales, que es otra forma de jugar, a la sombra de los árboles que estos hombres han plantado. En cierta forma, es como hablar con los abuelos de los que nunca disfruté. Me gusta la sensación.

-Lo del cerro de los locos era porque, cuando había sólo dos gimnasios en Madrid, muchos nos veníamos aquí para hacer ejercicio; y nos duchábamos en la fuente de ahí abajo. En invierno también. Y la gente nos veía empapados en la fuente, en pleno invierno, y nos decía que estábamos locos. De ahí viene.

-¿Y lo del cerro de las balas?

-Porque ahí abajo había un campo de tiro. Y como no había control, volaban las balas por aquí que no veas. Murió un torero que venía a la Dehesa a practicar, por una bala perdida de ésas…

La noticia me sorprende.

-Pensé que el nombre venía de cuando la Guerra Civil…

-Sí, mucha gente piensa eso.

-Porque por aquí pasaba la línea del frente, ¿no?

-Sí, se reforzó toda esta zona, porque pensaban que entrarían por donde la carretera de La Coruña…

-Pero al final entraron por ahí, ¿no? -señalo hacia Ciudad Universitaria.

-Sí… Y en la zona del Clínico estaban a tiros todos los días.

Nos quedamos callados, mirando hacia Moncloa. Hace unos días, durante una conversación sobre literatura española, alguien dijo que estaba harto de leer novelas sobre la Guerra Civil. Completamente de acuerdo. Pero añadí: y, sin embargo, la gran novela sobre la Guerra Civil está por escribir…

Eso pienso, sí. El ejemplo a seguir quizá sería Vida y destino de Grossman. El Tolstoi de Guerra y Paz. Y la profundidad psicológica de Dostoyevski o Roth. Mejor, de ambos. Novela coral, con gran cantidad de personajes. Los protagonistas, deberían encarnar las principales ideologías en lucha; pero el autor debería hacer el esfuerzo de tratar de hacer de todos ellos buenas personas, con buenas intenciones. Irán aprendiendo y desarrollando sus personalidades en las vicisitudes de la guerra, por supuesto, y conocerán el horror, la desilusión y el sacrificio; pero aquél debería de ser el punto de partida para hacer una gran novela sobre nuestra Guerra Civil.

Alguien me contó una anécdota, creo que real. No recuerdo bien los detalles, así como no recuerdo quién me la contó. Puede que la reconstruya mal, pero trataré de transmitir la misma sensación que me transmitió a mí cuando la escuché. Un extranjero visita una zona rural de España, poco después de la Guerra Civil. Se encuentra con un campesino. El extranjero se acerca a charlar, como yo me acerqué a charlar con el loco de la Dehesa. Le dice al campesino que es una tierra muy bella y que es una pena que haya corrido tanta sangre entre hermanos. En el fondo, dice el extranjero, una guerra así no vale la pena.

Entonces el campesino levanta la mirada y la clava en los ojos del extranjero.

-Aquí se luchó por el destino del mundo.

Sin decir más, el campesino se va. El extranjero se queda callado, no sabemos qué piensa exactamente. Como nosotros, no puede saber si el campesino ganó o perdió la guerra.

Su frase es como una oración por el honor de los muertos. De todos los muertos. Así debería ser la gran novela sobre la Guerra Civil española.

-¿Cómo se llama usted?

-Ángel.

Nos damos la mano.

-Yo, Xacinto.

-¿Jacinto?

-Sí, Jacinto.

Nos despedimos.

-Bueno, nos seguiremos viendo por aquí -me dice-. Porque tú vienes mucho por aquí, ¿no?

-Todo lo que puedo.

Cerro de los locos

TESIS

Era también febrero. Fue también viernes. Viernes 13, exactamente. De 2004.

Había ido con mi madre al médico a primera hora para que se hiciera unas pruebas, en compañía de mi madrina. Me sobró tiempo para llegar a la Facultad de Filosofía. Iba a asistir a una defensa de tesis doctoral.

En mi diario apunté un mes después, el 15 de marzo, que acababa de terminar de leer el Tolstoi o Dostoyevski. Fue esa tesis la que me dio a conocer a Steiner.

Siempre he sentido una inclinación natural hacia los detectives salvajes. Hacia los perseguidores de verdades. He tratado de acercarme a este tipo de personalidades. Pero suelen ser relaciones volátiles, siempre a punto de saltar por los aires. Las apuestas son altas en todo momento. A veces los caminos divergen; las verdades encontradas por unos y otros, resultan ser contradictorias. Los egos chocan y estallan.

He vivido, como Koestler, en una frenética cacería de absolutos. Las amistades eran medios para hallar y pulir verdades; herramientas que podían facilitar el descubrimiento del papel perfecto a interpretar.

No digo que sea una buena actitud; digo que era la mía. Probablemente lo sigue siendo, aunque algo sosegada por la experiencia.

La defensa fue prodigiosa. El doctorando ya era uno de los mejores rétores que he conocido. Dignísimo discípulo de su maestro. El desarrollo de la sesión había mutado a mis ojos: no era un tribunal poniendo en aprietos a un estudiante, sino un profesor de Filosofía dando una clase magistral a cinco señores de una cierta edad.

Pero el recuerdo más vivo de aquel día es otro. Una de las escenas más bellas que he contemplado en lo que llevo de peregrino en este mundo. Como dice mi diario: A imaxe do seu pai, nervoso -aquel remexer as maos, esas maos de arranxar oliveiras… Esas manos gigantescas, de trabajador. De emigrante a la gran capital, desde una provincia pre-moderna. De campesino de asfalto. Manos que se acariciaban recíprocamente, como queriendo marear los nervios, como buscando entretener la mirada que apenas se atrevía a fijarse en lo que ocurría. Pero cuando esa mirada se clavaba en su hijo y en los miembros del tribunal, se encendía un orgullo seco, profundo como la raíz de un olivo, sin emotividades superfluas.

El exceso de emoción ya lo ponía yo, que siempre he sido un llorica, al contemplar esa imagen de amor de un padre a su hijo.

Ese día, España valía la pena. España era, en ese momento, un país formidable. Un país en el que los hijos de los obreros, por su propio talento y esfuerzo, llegaban a ser doctores en Filosofía. Fue un día maravilloso.

Mañana, mi amigo hace su segunda defensa de tesis. También en febrero. También en viernes. Esta vez, en la Facultad de Sociología. Allí estaremos, Dios mediante.

Que Deus che teña no seu colo, Fernando.

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CAYO ES MORTAL

“El ejemplo de silogismo que había estudiado en la Lógica de Kizevértet: Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal, le pareció toda su vida correcto con relación a Cayo, pero no con relación a sí mismo. Se trataba de Cayo como hombre en general, y eso resultaba totalmente justo; pero él no era Cayo ni hombre en general, sino que siempre fue un ser distinto por completo del resto: él había sido Vania con mamá y papá, con Mitia y Volodia, con los juguetes y el cochero, con las niñeras, y luego con Kátenka, con todos los entusiasmos, alegrías y dolores de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Es que para Cayo existió aquel olor de la pelota de cuero que tanto agradaba a Vania? ¿Es que Cayo había besado así la mano de su madre y es que para él había crujido así la seda de los pliegues del vestido de su madre? ¿Es que había armado un motín en la Escuela de Jurisprudencia a causa de ciertos pasteles? ¿Es que Cayo había estado enamorado como él? ¿Es que Cayo pudo presidir una reunión como él lo hacía?

Cayo era mortal; en efecto, le correspondía morir; pero, en lo que a mí se refiere, a Vania, a Iván Ilich, con todos mis sentimientos e ideas, es algo distinto. No puede ser que deba morir. Esto sería demasiado horroroso. Tal era su estado de ánimo. Si tuviese que morir como Cayo, lo sabría, me lo diría una voz interior; pero no ha ocurrido nada de eso; todos mis amigos, lo mismo que yo, comprendíamos que lo de Cayo era algo completamente distinto. ¡Y ahora salimos con éstas! -se decía-. No puede ser, no puede ser, pero es. ¿Cómo es posible? ¿Cómo hay que entenderlo?”

La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Salvat, 1969; pgs. 55-56.

"The Dentures", de Odd Nerdrum (1983)

“The Dentures”, de Odd Nerdrum (1983)

GENIALIDAD

“T. E. Lawrence colocó Moby Dick en un ranking junto a Los endemoniados Guerra y paz. Sin duda, uno puede añadir a éstos Billy BuddMardiBenito Cereno y otros. Esos libros angustiados en los que el hombre está abrumado, pero en los que se exalta la vida en cada página, son fuentes inagotables de fuerza y piedad. Encontramos en ellos insurrección y tolerancia, amor eterno e invencible, pasión por la belleza, un lenguaje del orden más elevado: en resumen, genialidad.”

Albert Camus

Cita obtenida en la biografía de Melville de Andrew Delbanco; Seix Barral, 2007; pg. XXII.

'Pescador remendando redes', de Abbott Handerson Thayer (1883)

‘Pescador remendando redes’, de Abbott Handerson Thayer (1883)

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Blog de Literatura. Grandes encuentros

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apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester