El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: TOLKIEN

BONUM EST NOS HIC ESSE

…y he ahí la importancia de que los niños lean El Señor de los Anillos para su formación como católicos…

Cuando terminó la homilía tuve que contener las ganas de aplaudir, igual que durante la misma tuve que contener alguna que otra carcajada. Las múltiples sonrisas las dejé revolotear ocultas en mi máscara negra.

Resultó que la misa de esa hora la oficiaba Gabriel. Así que allí estábamos, como en los viejos tiempos: Alejandro sentado justo detrás de mí, Cesareo un poco más adelante, y Gabriel elevando la sangre de Cristo a los cielos de la iglesia.

Y hoy, mira por dónde, tocaba leer sobre el monte Tabor. Y me sentí bien en aquella tienda que habíamos vuelto a levantar, tantos años después. Tantas caídas después. Tanta lejanía después.

Pero las palabras que más me impactaron del sermón de mi amigo no me hicieron reír, sino que me resultaron de una potencia deslumbrante:

estar en el cielo no es estar bien: es estar en gracia. Cuando uno está en gracia, está en el cielo, incluso en este mundo. Se sienta uno bien o se sienta uno mal, esto es secundario. El cielo es estar en gracia.

Y así es. Camina tranquilo e impasible el creyente agraciado, lluevan flores o balas a su alrededor.

CARTA A UN AMOR DESCONOCIDO

Sé que no confías, que no soy más que un montón de palabras escritas en el aire.

Sé que el paso de los años ha curvado mi espalda, pero aún no he rendido el corazón a los fríos del mundo. Porque llevo en el alma un jardín secreto, resguardado por dos ángeles terribles, que a ningún demonio permiten entrar.

Nada le harán a tus mariposas, si vienen a buscar alimento entre mis hortensias.

Es el único lugar de mi alma que conservo puro; mas no por mi cuidado -qué va-, sino por la misericordia de Dios.

Es tuyo, si te atreves.

Verás que mi cuerpo está tatuado de cicatrices. Algunas, como la de Frodo en Amon Sûl, vuelven a doler hasta la locura en fechas concretas del año. Te ruego que me prestes especial atención en tales días; y que soportes estoicamente mis sollozos agotados.

Sólo puedo prometerte este amor viejo, de sonrisa quebrada, pero sabio de dolor.

Que se sienta a escribir en hojas de roble y las suelta, nervioso cual adolescente, al juego del viento de los acantilados. Rogando que los dioses cesen sus bromas y las conduzcan hasta ti, rostro aún imagen quieta de la nada.

Te espero paseando entre caballos salvajes, atento junto a ellos al baile final del sol en el horizonte.

“Puertas del Paraíso”, de Wilhelm Bernatzik (1906)

(Agradecemos a la maravillosa cuenta de Twitter vanitas que nos haya dado a conocer este hermoso cuadro)

UN BOTE DE PASTILLAS AZULES

Creo que aún no tengo veinte años y estoy en el baño, mirando fijamente un bote de pastillas azules que me devuelve la mirada.

Es un bote de diazepam, si mal no recuerdo, prescrito por el psiquiatra de la Seguridad Social a cuya consulta había acudido.

Llevaba unos días sintiendo un extraño nerviosismo, ubicado en la boca del estómago, que no tenía relación alguna con ninguna causa concreta. Estaba nervioso, todo el tiempo, sin saber por qué. Cosa que nunca me había ocurrido.

El doctor de cabecera me mandó al especialista en psiquiatría. En algún momento de la consulta, el psiquiatra me preguntó qué estudiaba. Filosofía, en la Complutense, respondí. Aquello le encantó, pues le daba pie para hablarme de los Diálogos de Platón, que le gustaban mucho; creo que su favorito era El Banquete.

Sin solución de continuidad, el psiquiatra empezó a escribir en un recetario. Me dio el papel, con la dosis prescrita de diazepam. Y ahí acabó todo. Ningún análisis del posible origen de aquel nerviosismo raro. Soma y nada más.

Aquello no me cuadraba. No sé si ya había ido a clase con Fuentes y había empezado a desarrollar mi desconfianza hacia la Psicología y la Psiquiatría. No sé si había leído ya la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado, que me hizo entender lo voluble, arbitraria y, en no pocas ocasiones, irracional que puede llegar a ser la artificial línea de separación entre drogas legales e ilegales.

No sé cuál fue la razón, exactamente. Pero decidí no tomar esas pastillas azules y quedarme con mis nervios raros.

Un compañero de la Facultad me dijo que él también sentía algo parecido y se había acabado acostumbrando a vivir con ello. Pensé que quizá yo también podía hacer lo mismo.

Finalmente, le di el bote de pastillas azules a un amigo, que me lo pidió tras saber que yo no iba a hacer uso de él; amigo al que le encantaba experimentar con todo tipo de drogas.

Y al que tuve que visitar varias veces, durante los años siguientes, en diversos pabellones psiquiátricos. Un amigo cuya amistad fui incapaz de mantener, porque se había transformado en Gollum, y yo ya no daba más de mí.

Experiencia que tampoco ayudó a mejorar mi opinión sobre el entramado farmacéutico-psiquiátrico actual.

Hoy ha vuelto el bote de pastillas azules por mor del vídeo que os comparto más abajo, en el que hemos podido ver otra vez al bueno de Jordan Peterson, aún en proceso de recuperación de su adicción a las benzodiacepinas.

Parece que empieza a ver la luz al final del túnel. De lo cual me alegro sobremanera.

Y también me ha hecho sentirme agradecido. Porque, a estas alturas de la vida, parece que uno siempre está pensando en el tiempo perdido y en los errores cometidos.

Pero recordar el bote de pastillas azules me ha hecho pensar otra vez en aquella decisión. Que apenas puedo llamar así, pues fue más bien una intuición; la cual me hizo sospechar de ese camino tan fácil para superar aquella molestia que no acababa de entender.

Un regalo de Dios, sin duda alguna, aquella intuición.

LAS DISCIPLINAS

¿Es el dualismo platónico una reacción resentida e impía (desde el punto de vista heleno) contra el sometimiento del cuerpo humano a los dioses?

¿Y es el pensamiento aristotélico una reacción a esa reacción, que prima el conocimiento de lo divino por encima de su dominio?

Por otro lado, ¿hay mejor forma de dominar que conocer? Conocer hasta dónde se puede dominar. Como dice la bella oración de Niebuhr:

God, give me grace to accept with serenity
the things that cannot be changed,
Courage to change the things
which should be changed,
and the Wisdom to distinguish
the one from the other.

¿No es ésa acaso mi sensación, en presencia de esos dos pilares de Occidente: Aristóteles, el investigador de lo que es, y Platón, el investigador de lo que debería ser?

Hay que llevarlos a ambos dentro. Y eso es lo que trató de hacer la filosofía cristiana.

Aunque es cierto que los primeros mil años de historia cristiana son eminentemente platónicos. Aristóteles sólo es conocido por los tratados lógicos traducidos por Boecio o por las interesadas síntesis neoplatónicas. Aristóteles hará su irrupción en la Cristiandad medieval como principal arma de combate de la teología musulmana. Santo Tomás de Aquino tratará de bautizarlo (en feliz expresión de San Gilberto) e introducirlo en el arsenal teológico católico.

Pero siempre existió el miedo a que en realidad fuera un caballo de Troya. Un virus que acabaría infectando la civilización católica en su totalidad. ¿Es eso lo que percibe Gómez Dávila? ¿De ahí su rechazo a Aristóteles, y su ferviente platonismo? Platón lidera los mil años de ascenso de la civilización cristiana y Aristóteles los mil siguientes de disolución. Una disolución que ha dejado joyas formidables para la historia de la humanidad, todo sea dicho.

¿Es el aristotelismo demasiado condescendiente con El Mundo (con sus dioses/demonios)? ¿Es el platonismo una filosofía mejor preparada para combatir y derribar enemigos, para disciplinar la disoluta somaticidad humana?

Pero, insistimos: quizá la sabiduría realmente sea llegar a conocer cuándo hay que condescender y cuándo hay que eliminar. Y lo más normal es que ni siquiera los más sabios tengan claro cuándo hay que hacer qué cosa.

Como ya le explicó Gandalf a Frodo.

EL ANTI-GANDALF

“Shaw, que visitó Rusia en 1931, nunca se desdijo de una carta abierta al director del Manchester Guardian donde declaraba ‘no haber visto a nadie desnutrido, sino más bien niños notablemente rollizos’. Algo después, en el prefacio a su drama Sobre las rocas (1934) explica: ‘¿Pones de tu parte en la nave social? ¿Causas más problemas de lo que vales? ¿Te ganaste el privilegio de vivir en una comunidad civilizada? Por eso los rusos se vieron forzados a montar una inquisición llamada inicialmente Cheka, para liquidar a quien fuese incapaz de contestarlas satisfactoriamente’. Tampoco se desdijo de esto último, e incluso de una mención profética a ‘cámaras letales’ entre las ‘medidas civilizadoras’.

[Nota a pie de página] En una conferencia pronunciada ante la Sociedad para la Educación Eugenésica, Shaw explica: ‘Deberíamos comprometernos a matar muchas personas que ahora se mantienen vivas, y mantener con vida a muchas de las que actualmente matamos […] Parte de la política eugenésica nos llevará a desembarcar en un empleo masivo de la cámara letal. Gran parte de la gente debería ser desalojada de la existencia, sencillamente porque atenderlos despilfarra el tiempo de otros’; cf. Daily Express, 4/3/1910.”

Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad II, de Antonio Escohotado; Espasa, 2018; pg. 615.

CREO EN EL ESTADO TODOPODEROSO

Escucho ahora el podcast de la tertulia de esta mañana en el programa de Alsina, que me da a conocer la encuesta de SocioMétrica para El Español, sobre el temita del pin parental; según la cual podemos deducir que, cuánto más insistan los partidos gobernantes en imponer sus criterios educativos a los padres españoles, antes tendrán que hacer las maletas y abandonar sus puestos de poder.

El caso es que descubro que muchos tertulianos están en contra del pin parental. Y en no pocos casos, me sorprende la oposición, porque a muchos de estos tertulianos los tenía por gente bastante más liberal que yo. Intuyo que se ha extendido por la profesión periodística un curioso y paradójico miedo: el miedo a estar de acuerdo con VOX. Lo cual le llevaría a uno a admitir que no son meros fachorros cavernarios y que, de vez en cuando, dicen cosas con bastante sentido. No siendo ésta una opción, no queda más remedio que oponerse a cualquiera de sus planteamientos, sobre todo a los más razonables; y entonces, al pobre Rubén Amón no le queda otra que verse a sí mismo haciendo graciosísimas piruetas argumentales para defender el derecho del estado a intervenir imperativamente sobre la educación impartida a los jóvenes, para evitar que los padres les impongan valores terribles y oscuros.

No por común (hoy se la he podido escuchar a varios compañeros en el trabajo) deja de ser una soplapollez de opinión. Pues a todo el mundo se le ocurre que puedan existir padres terribles (al parecer, los padres decentes han desaparecido). Pero nadie explica por qué divino ungimiento el estado siempre actúa adecuada y correctamente, en toda ocasión. Nadie nos argumenta por qué el estado no puede ser, también, terrible. Y nadie lo hace, simplemente, porque es imposible. Salvo que uno sea creyente.

Creyente en la virtud eterna de toda acción emprendida desde y por el estado.

Pero no. De la misma manera que los padres pueden ser terribles, el estado también puede ser terrible; entre otras muchas cosas, a la hora de poner en práctica los poderes educativos que le cedemos los ciudadanos. Y un estado terrible (esto lo sabe cualquiera, incluido Rubén Amón, aunque se haga el bobo para que nadie le eche en cara que ha estado de acuerdo en algo con VOX) es bastante más peligroso que unos cuantos padres terribles.

Si a uno le da miedo que los vaivenes de las urnas coloquen en los centros de poder del estado a personas indeseables, tiene dos opciones: o eliminar los vaivenes de las urnas (es decir, eliminar la democracia); o limitar los poderes que se pueden ejercer desde el estado, para que no dé tanto miedo que los indeseables los alcancen.

O podemos hacer lo que hacemos ahora: vivir la democracia como una bipolar concatenación de eras paradisíacas y temporadas en el infierno, angustiados ante la posibilidad de que en un futuro nuestros enemigos políticos nos hagan lo que nosotros les estamos haciendo ahora, y viceversa.

La verdad, no parece tan complicado vivir la vida sin tratar de organizarles las almas a los demás a nuestro gusto. Pero sí debe de serlo, sí.

Yo, como el estadounidense judío ortodoxo Ben Shapiro, prefiero tirar el Anillo a las profundidades del Monte del Destino.

CLIFF HOUSE

“Casa del Acantilado,
Cerca del Polo Norte
21 de diciembre, 1933

Queridos:

¡Ya está aquí la Navidad otra vez! En algunos momentos casi llegué a pensar (en noviembre) que este año no habría Navidad. Llegaría el 25 de diciembre, claro está, pero sin nada de vuestro viejo tata-tata-etc tatarabuelo del Polo Norte.

Trasgos. El peor ataque en siglos. Han sido terriblemente salvajes y feroces desde que les quitamos todos los juguetes robados el año pasado y echamos humo verde a su cueva. Recordaréis que los Gnomos Rojos prometieron que echarían a todos. Para el día del Año Nuevo, no iba a quedar ni un solo trasgo ni en agujeros ni en cuevas. Pero yo dije que volverían a aparecer – en un siglo o así.

¡No han esperado tanto! Habrán ido a buscar a sus desagradables amigos de las montañas por todo el mundo, viajando sin parar durante todo el verano mientras nosotros estábamos muy dormidos. Esta vez apenas hubo aviso previo.”

Cartas de Papá Noel, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2019; pg. 101.

EL CAMINO DEL HÉROE

Es de noche. El coche está parado, en medio de un aparcamiento casi vacío. Muy cerca de donde vivo ahora con Bea y mi hija.

-Es que yo deseo ser un héroe -le confieso a mi amigo, sentado a mi izquierda.

Él lo sabe. Y por eso me advierte del peligro de convertirme en carne de cañón de otros. De los dirigentes del partido político en el que militaba por aquel entonces, por ejemplo.

Creo que fue poco después de que me detuvieran en una manifestación. Quizá aún tuviera el ojo morado, tras recibir un porrazo por gritar, ya detenido, ¡Viva la lucha de la clase obrera!.

Me vienen a la cabeza estos recuerdos, mientras pienso en el artículo escrito por Leyre Iglesias. Que nos confirma, una vez más, que la violencia en Occidente no es causa directa de la exclusión social y la pobreza. Que puede surgir perfectamente en el seno de familias acomodadas. Que para comprender ciertos fenómenos es necesario atender a ciertos aspectos más profundos del alma humana.

En las escenas de combate nocturno que Cataluña nos está ofreciendo estos días yo contemplo una religiosidad desatada y desquiciada: cientos de jóvenes tratando de realizar sacrificios a sus dioses personales. Arriesgando la propia vida, la integridad de sus cuerpos, para cumplir con el sagrado éxtasis de ofrendarse a sí mismos a aquello que consideran más importante que sus propias existencias individuales. Éxtasis real como la adrenalina que se desata en tu cuerpo cuando esquivas el golpe de un policía, cuando soportas sin gemir sus intentos de producirte dolor. El éxtasis de desobedecer sus órdenes a pesar de las amenazas físicas ciertas.

Es el camino del héroe, arquetipo sobre el que tanto escribieron Jünger y Mishima. Que hace tan fácil entender que los hijos de padres perfectamente integrados en el sistema sean tan fácilmente atraídos por las promesas de épica y combate.

El acto estético definitivo: la entrega gratuita de la propia existencia a aquello que es principio y fin de nuestro mundo.

He ahí la estructura formal básica: vale lo mismo para el mártir cristiano y para el nacionalista catalán (o español o gallego o argentino o…).

Las diferencias, por lo tanto, estriban en los dioses adorados. Estamos, como siempre, ante una teomaquia. Un combate entre divinidades (las ideologías son meras creencias incapaces de aceptar su núcleo religioso).

Como los miembros de cualquier tribu prehistórica, que limitan el concepto de ser humano a los componentes de la propia tribu, los nacionalistas articulan la narrativa de sus existencias alrededor de los conceptos que estructuran su mundo; y su mundo, en este caso, se llama Cataluña. Más allá, sólo mora el caos.

Desde el punto de vista de un cristiano, en el que el mundo a tener en cuenta es el cosmos en su totalidad, la adoración de dios tan pequeño y limitado no puede ser considerada otra cosa que pura, simple e infantil idolatría.

Como ya comenté en una entrada anterior, llevo un tiempo reflexionando sobre el cambio que supone en la existencia humana el hecho de ser padre. El arquetipo del héroe parece tener una profunda conexión con la soltería y el celibato: entregado hasta la muerte a las exigencias de sus dioses, el héroe no puede estar limitado por otro tipo de responsabilidades o ataduras terrenas. Su vida ha de poder ser ofrendada en cualquier momento.

¿Por eso son solteros los nueve miembros de la Fellowship de Tolkien?

¿Por eso la princesa sólo se puede alcanzar tras matar al dragón?

La vida del héroe y la vida del padre parecen estar separadas por un abismo ontológico, aunque aparentemente se puedan presentar entremezcladas en la existencia de todo ser humano. Pero si el padre se ve obligado a marchar como soldado para defender a su patria, automáticamente ha de abandonar el hogar: son, pues, exigencias contradictorias, que sólo pueden ser resueltas en un plano metafísico, sacramental; en definitiva, misterioso.

Contradicciones capaces de agrietar incluso la unidad de Dios dentro de la teología católica, alejándola del monoteísmo reduccionista de judíos y musulmanes, haciendo necesaria la conceptualización de una diferencia entre dos planos: el del Padre y el del Hijo. El dador de vida y el que la entrega. Sellando ese abismo con un tercer elemento, misterioso, que mantiene la unidad divina a pesar de todo: el Espíritu Santo.

Siempre me ha dado mucho que pensar el final de El Señor de los Anillos. ¿Por qué se marcha Frodo, exactamente? ¿Por qué, como le dice Sam, no se queda a disfrutar de lo que su sacrificio ha logrado salvar?

Frodo parece sentir su existencia tras la derrota de Sauron como una anomalía. Se da una incomodidad metafísica en él, como si percibiese injusto e impío que él pudiese disfrutar de aquello que su entrega ha salvado: el héroe máximo no puede sobrevivir al sacrificio que ha reinstaurado el orden del universo. El auténtico héroe sabe que esas son las verdaderas reglas del juego humano.

Es como si Frodo se preguntase: ¿por qué pasa de mí este cáliz?

Es tras la derrota del dragón que la princesa puede ser desposada por el héroe. Que entonces deja de ser héroe, para ser rey. Patriarca.

Es tras la caída de Mordor que Aragorn se convierte en padre.

Como Sam.

Pero no es ése el camino del héroe máximo.

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Paseamos por el barrio. Yo voy delante, empujando el carro de la nena. Detrás de mí, Bea lleva de la mano a nuestra hija.

Pasamos al lado del aparcamiento, donde cada domingo hay mercado.

Mientras la nena se queda alucinada al descubrir un caracol, yo fijo la mirada en el centro de la explanada casi vacía, y recuerdo a aquel joven que yo era, confesándole a su amigo que deseaba ser un héroe.

LA NARANJA

¿Qué es la amistad?

Es éste uno de los conceptos que, según va transcurriendo la vida, más perplejidades me produce. Lo cual va acompañado por un creciente vacío alrededor, que no me provoca pena, exactamente, sino más bien extrañeza; precisamente por el hecho de no vivir esa ausencia de amistades con especial melancolía.

El año pasado, se hizo viral un tweet que a mí me parece uno de los chistes más serios de los que jamás haya tenido noticia; decía así: nadie habla del milagro de Jesús de llegar a la treintena teniendo doce amigos.

Parte de la gracia, creo, estriba en la verdad profunda que subyace a la broma: las amistades son fenómenos extraordinarios en la vida de una persona. Y son pocas las que aguantan el paso de los años. El problema no creo que sea sólo que los tiempos actuales hacen muy difíciles los encuentros en las grandes metrópolis contemporáneas, por citar uno de los tópicos del conservadurismo romántico.

Realmente creo que la amistad es un hecho raro. Difícil.

Que obligue a una especial atención por parte de uno, explica ya, en primer lugar, lo complicado que resulta mantener varias relaciones de este tipo, a la vez, durante un amplio período de tiempo. Pues uno no puede estar en varios sitios a la vez. A no ser que uno mantenga el mismo grupo de amigos durante buena parte de su vida, sin moverse demasiado lejos del lugar en el que se ha criado (eso que los vascos llaman la cuadrilla; o lo que se ve en la película Días de fútbol).

He de decir que hasta yo mantengo este tipo de relaciones con antiguos amigos de la infancia, de las que aún disfruto de vez en cuando y con los que sigo en contacto de forma más o menos regular, ayudado por las denostadas nuevas tecnologías (si no, ¿de qué?).

Pero creo que este tipo de relación, por muy bella y agradable que llegue a ser, no llena el sentido de lo que yo creo entender por amistad: esa especie de unión de almas que te hace desear compartir horas eternas de conversación con el otro, que te hace sentir una confianza plena en el otro. Que te hace creer que nunca serías capaz de traicionarle.

Mi compañera, hablando de esto, me dijo que tengo un concepto adolescente de la amistad. Y creo que hay algo de razón en ello. Cuando yo pienso en un grupo de amigos, creo que, sin darme cuenta, casi siempre estoy pensando en la Fellowship del Señor de los Anillos. Y un fellow no es exactamente un amigo; es, más bien, un camarada. Alguien con el que compartes algo más grande que ambos: compartes una misión. Compartes un sentido último que te obliga a correr riesgos, a salir a la aventura en su compañía.

Cuando Bea me dijo que mi concepto de amistad era adolescente, empecé a reflexionar; y dándole vueltas al asunto, me di cuenta de que los cuatro miembros de la Fellowship de Las Casas son solteros sin hijos. Y después me di cuenta de que los nueve personajes de la Fellowship de Tolkien son solteros sin hijos.

Y esto me dio aún más que pensar.

Una amistad auténtica es realmente absorbente; pero no tanto por ella misma, creo, sino por el contexto que necesita para que surja. Sí, me vuelvo a referir a esa misión u objetivo común que ha de dar sentido a las acciones de los amigos y que les hacen ser algo más que sus meras individualidades sumadas.

Cuando volví de lavar platos durante una semana en la residencia militar de Marsella, encontré a mis camaradas en Aubagne con la moral bastante baja. Los rostros mostraban cansancio, se había perdido el entusiasmo de los primeros días. Casi todos habíamos cogido un buen resfriado, que, en algunos casos, como el de un colombiano, le habían hecho llegar a tiritar de fiebre en su litera; pero ninguno había pedido ver a un médico o ni siquiera una pastilla, porque no queríamos mostrar la más mínima debilidad ante nuestros examinadores. Así que aguantamos nuestros malestares como pudimos.

Mientras charlábamos esperando a que nos comunicaran si continuábamos como aspirantes a Legionarios o nos enviaban para casa, un compañero extrajo de un bolsillo lo que había sacado de la cocina.

Una naranja.

Yo tengo cierto trauma infantil con la fruta y no he comido apenas en lo que llevo de vida. De hecho, nunca había comido un gajo de naranja. Hasta ese día.

Mi compañero empezó a pelar la naranja. Nos ofreció. La mayoría quisimos (nadie quería despreciar ese regalo de vitamina C). Éramos muchos. Iba a tocar a gajo por cabeza.

Y a gajo por cabeza fue la cosa. Un gajo para el rumano que hablaba un español perfecto porque había trabajado varios años en nuestro país. Otro gajo para el brasileño que se había criado en España. Varios más para los muchos colombianos que allí había.

Un gajo para mí. El único que he comido nunca.

Cada vez que intento darle vueltas al concepto de amistad, la imagen de aquella naranja compartida en silencio invade mi cabeza. El contexto nos había unido. El objetivo de ser Legionarios nos conglomeraba.

Cada vez que intento pensar el concepto de amistad, recuerdo las miradas que varios de ellos, elegidos para continuar el adiestramiento, nos dirigían a los que nos quedábamos de pie en el patio, rechazados por la Comisión. Eran miradas de auténtica tristeza.

Eran miradas bellas, que recuerdo con profundo cariño.

De la mayoría de ellos, no he sabido nada más. Por Facebook descubrí que el brasileño había conseguido ser paracaidista. Me alegré mucho.

Sin embargo, soy consciente de que otro tipo de relación sería difícil, lejos de la disciplina marcial de Aubagne. Lejos de la camaradería legionaria.

Pero no puedo evitar, cada vez que pienso en qué diablos es la amistad, recordar esa naranja compartida con mis camaradas.

En aquella lejana vida, de soltero sin hijos.

Y es que las aventuras son absorbentes. No se puede tener más de una a la vez.

DIVERTIMENTO POR MOR DEL TORNEO PRESENTE (Y ESE AMOR DE JUVENTUD DE TOLKIEN)

El viento del mar agitaba los cabellos de ambos sobre el acantilado.

-Cariño… ¿me sigues amando? -preguntó ella, con una incertidumbre que el aire tornó susurro.

-Por supuesto -respondió él, que parecía perdido en un recuerdo amable.

Ella bajó la mirada hasta las olas rompientes, antes de volver a preguntar.

-¿Me sigues encontrando atractiva?

El hombre miró a la mujer y esperó a que sus ojos se encontraran sobre el abismo.

-Eres bella como un pase de Beauden Barrett.

Aunque la mujer intentó enfadarse, una sonrisa crujió en su comisura derecha.

En Compostela

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