El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: TOLKIEN

LA FELLOWSHIP DEL LIBRO

La destartalada furgoneta blanca hacía equilibrios sobre los restos de la carretera que se asomaba al océano Atlántico. Abraham, al volante, no hacía excesivos esfuerzos por evitar los baches.

Iván, sentado a su derecha, llevaba un buen rato con la mirada perdida en el horizonte marino.

José dormitaba en el asiento de atrás; al parecer, sin sentirse demasiado molesto por el traqueteo del vehículo.

Hasta que un bache excesivamente profundo logró despertarle.

-Había creído entender que teníamos que llegar vivos a algún lugar, para recoger algo y llevarlo a otro sitio… -masculló José.

-Así es -confirmó Abraham.

-Cualquiera lo diría, viendo tu manera de conducir…

José se restregó los ojos y miró alrededor, a través de las ventanillas. Su cara se torció en un gesto de extrañeza.

-Juraría que esto me suena…

-Claro -dijo Abraham-. Nos acercamos a la Casa de Simou.

José se quedó clavado en su asiento, mirando la nuca de Abraham como si pudiese golpearla con la vista.

-¿Por qué no me dijiste que teníamos que venir aquí?

-Porque me dijiste que no querías saber nada hasta que el grupo estuviese completo. Y eso es lo que vamos a hacer, completar el grupo.

-¿En la Casa de Simou?

-No te preocupes, no llegaremos a entrar. Ahí está el cuarto superhéroe -dijo Abraham, en un tono tan excesivamente serio que hizo sonreír a Iván.

La furgoneta se detuvo fuera de la carretera, al borde de un profundo acantilado. José miró por la ventanilla. Se quedó inmóvil durante unos segundos.

Un hombre parecía esperarles, parado al lado de la carretera. Un macuto yacía a sus pies. De una estatura colosal, el pelo rapado al cero y una musculatura diseñada para el combate. En su cinturón portaba una pistola y una pequeña hacha. El rostro, anguloso y tenuemente pardusco, permanecía  sereno, alrededor de unos ojos casi grises.

-Cómo puedes ser tan hijodelagranputa, Abraham… -dijo José, mientras salía de la furgoneta.

Iván miró a Abraham sin comprender, pero éste sólo prestaba atención al cinturón de seguridad que se estaba desabrochando.

Al ver a José, una mueca fugaz pareció romper por un momento el rostro contenido del coloso.

José miró al suelo y volvió a mirar a Abraham, que no parecía prestarle demasiada atención al nuevo personaje. Finalmente se acercó a él.

-Lope -dijo, adelantando la mano derecha.

-José -respondió el gigante, apretando su mano.

Tras el saludo, José se quedó con los brazos en jarras, mirando alternativamente al suelo, al mar y a Lope.

Abraham se acercó sin saludar.

-Hace buen día. Creo que podemos comer aquí, descansar un rato y así aprovecho para contaros lo que vamos a hacer.

Abraham se puso manos a la obra y el resto le siguió.

José y Lope permanecieron callados durante la comida. Iván observaba de reojo el silencio tenso de ambos. Terminada su ración, Abraham se dispuso a hablar.

-Tenemos que ir a Atenas, a recoger la copia de un libro, para llevarlo a la Casa de Latakia, en Siria -dijo, lacónico.

Iván abrió los ojos desmesuradamente y parecía a punto de saltar de alegría. José también parecía sorprendido, pero mucho menos entusiasmado que el joven. Lope no parecía sorprendido en absoluto.

-¿Por qué Atenas? -preguntó José.

-Allí vive el maestro iluminador Thomas -respondió Abraham-. Él ha realizado la copia.

-¿Thomas, el teólogo? -volvió a preguntar José, nuevamente sorprendido.

Abraham afirmó con la cabeza.

-¿Por eso está tan representada la Casa de Simou en esta pandilla? -preguntó nuevamente José.

Iván se sorprendió con el comentario y miró a Abraham, esperando impaciente su respuesta. Lope siguió comiendo en silencio.

-¿Lo dices porque es un experto en San Nicolás? -preguntó a su vez Abraham-. No pensaba que eso te importase lo más mínimo.

Abraham y José se miraron.

-No me importa una mierda -dijo José, mientras sacaba una pequeña botella de su mochila-. Pero como Abraham González siempre tiene que estar intentando salvar tu puta alma, pensé que quizá su jesuítico cerebro había pensado conmover mi corazoncito con más añoranzas de otrora.

Abraham se levantó sin contestar y empezó a recoger. Lope dejó de masticar durante unos segundos.

-¿De qué libro es la copia? -volvió a preguntar José.

-El Evangelio de San Juan -respondió Abraham, sin dejar de recoger.

Los ojos de Iván fueron capaces de abrirse un poco más, al tiempo que se santiguaba. Lope se quedó por un momento mirando a José, mientras éste le daba un largo trago a su botella.

-Toda esa zona está a punto de estallar -comentó Lope.

-Por eso os necesito -respondió Abraham-. Iremos en furgoneta hasta los Alpes Dináricos y, a partir de ahí, entraremos a pie en el territorio de la Liga.

La cara de Lope también fue de sorpresa, en esta ocasión.

-Los neo-arrianos ganaron las elecciones en Arkalejandría hace un par de meses y están utilizando la ciudad como banco de pruebas de su política religiosa -explicó Abraham-. No quiero usar sus carreteras. Nos mantendremos en los bosques.

-¿Por qué no ir en barco hasta Atenas? -preguntó José.

-No pasaríamos los controles marítimos. El Egeo está repleto de barcos de guerra. Intentaremos aprovechar las montañas para acercarnos todo lo que podamos. Recogeremos el libro y regresaremos a las montañas. Y saldremos del territorio de la Liga.

-¿Cómo estás pensando llegar a Siria, entonces? -preguntó José, nuevamente, cada vez más perplejo-. ¿Rodeando por el Mar Negro?

Abraham asintió con la cabeza. Lope permaneció en un silencio meditabundo.

-Vamos a pasar más tiempo rodeados de caribes que de seres humanos… -comentó José.

-Probablemente. Por eso te pago lo que te pago. No porque me importe un carajo tu alma pecadora -dijo Abraham, sin cambiar el tono de su voz.

José dejó florecer una sonrisa amarga en su boca.

Iván era incapaz de controlar su excitación, con la mirada perdida en entretenidas imaginaciones. José se fijó en él.

-¿Y a ti qué te pasa? -le preguntó.

-Es que… -el muchacho parecía incapaz de hablar, de la emoción-. Es como cuando se forma la Comunidad del Anillo, durante el Concilio de Elrond. Ahora también nosotros somos una Comunidad, a punto de iniciar una fenomenal aventura… Somos la Comunidad… del Libro. ¡La Fellowship del Evangelio de San Juan! -exclamó.

-Este niño está gilipollas… -dijo José, antes de darle otro trago a su botella.

Iván se quedó mohíno por el comentario. Lope, al levantarse, magreó cariñoso con una de sus manazas el pelo del chaval.

Abraham ya estaba metiendo su mochila en la parte de atrás de la furgoneta.

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PROFUNDAMENTE OSCURO, CASI ATERRADOR

‘Don’t kill us,’ he wept. ‘Don’t hurt us with nassty cruel steel! Let us live, yes, live just a little longer. Lost lost! We’re lost. And when Precious goes we’ll die, yes, die into the dust.’ He clawed up the ashes of the path with his long fleshless fingers. ‘Dusst!’ he hissed.

The Lord of the Rings, de J.R.R. Tolkien; HarperCollins, 2007; pg. 944.

Las películas han incorporado una falsa luz al recuerdo de mi primera lectura de El Señor de los Anillos.

Mi recuerdo era profundamente oscuro, casi aterrador. Nunca pude olvidar, desde aquella primera lectura a los 11 años de edad, la escena de las cabezas siendo catapultadas dentro de Minas Tirith.

Y nunca pude olvidar a Gollum. Porque mi mente infantil había establecido una conexión directa entre este personaje y otros que había visto por las calles de Ferrol: Gollum me permitió empezar a entender qué era un yonqui. Y por qué actuaban como lo hacían. Comprendí que eran seres dignos de compasión. Y, al mismo tiempo, extremadamente peligrosos.

Que en un pasado habían sido como yo. Niños repletos de sueños e ilusiones. Y que ahora les resultaba casi imposible recuperar la voluntad que habían entregado al poder de la heroína.

Tolkien, sin tener la más mínima idea del desastre que iba a provocar el consumo masivo de drogas, me regaló una explicación de esas almas perdidas, mucho más acertada y útil que cualquier análisis de sociólogos o psicólogos supuestamente expertos en el tema.

Tolkien creó eso que es objetivo y fin de la literatura: personajes verdaderos, sea cual sea la época y el lugar del lector.

Nunca podré enfadarme lo suficiente con aquellos que menosprecian la obra de Tolkien. Enfadarme o compadecer.

Me he puesto a pensar en esto, porque yo también querría transmitir esa comprensión del mundo a través de mi escritura. Que mis personajes no quedasen anclados a una época, que pudieran vivir en todas.

Y que, aunque el recuerdo que dejen sea oscuro, casi aterrador, sirva para insistir en arrastrarnos hasta el Monte del Destino y arrojar allí nuestros anillos. Siempre conscientes de que nuestras propias fuerzas no bastarán.

De que quizá necesitemos un Gollum cerca con el que pelearnos, para que nos derrote en lo peor, y así triunfar.

TYREESE

El noveno capítulo de la quinta temporada de The Walking Dead es una de esas obras maestras en las que el ser humano da lo mejor de sí, rozando la médula de toda la verdad que nos es posible alcanzar en este mundo.

La lucha de Tyreese para que el vivir no sea un mero y bestial sobrevivir es resuelta por los guionistas en toda su crudeza, sin plantear finales felices de los que nadie puede estar seguro. Y exponiendo desnudamente la esperanza en su furioso combate contra el regular y cotidiano transcurrir de la vileza insospechada del mundo.

Tyreese se niega a rendirse, no sólo como ser vivo, sino como persona. Se niega a no perdonar. Aunque el mundo, en no pocas ocasiones, es inmisericorde con el que perdona. Perdonar es una debilidad.

El perdón, para mí, siempre ha sido la parte más difícil del Credo. Creer en la resurrección de la carne, que tanto molestaba al San Manuel Bueno de Unamuno, a mí apenas me cuesta trabajo. Perdonar. He ahí el quid de la cuestión. La piedra de toque. Porque perdonar es arriesgarse al sacrificio, propio y de la gente que uno ama. Es una victoria mundana que desdeñamos, ¿por qué? Sólo puede haber razones ultramundanas para esta respuesta.

Aunque se niega a ser un mero animal, Tyreese no quiere dejar de ser un montaraz. Y un montaraz ha de permanecer en guardia, en vigilia constante. Atento a las fronteras, donde moran los dragones. Mirando al abismo cara a cara. Como su padre, no deja de escuchar las noticias, para saber cómo es el mundo en el que le toca luchar. Quiere conocer la verdad del mundo, por dura y oscura que ésta sea. Sólo así podrá estar preparado para proteger a los suyos, con la elevada y peligrosa apuesta con la que pretende hacerlo: ser persona, no un vulgar animal.

La Comarca vivía feliz en tiempos oscuros, desdeñando a los extraños montaraces que eran los principales artífices de que los males del mundo no la alcanzasen. Cuando todo el mal de la Tierra Media se abatió sobre ella, fue incapaz de resistir. Sólo el regreso de aquellos hobbits que se habían enfrentado con el estado real del mundo pudo permitir una derrota del mal infiltrado.

No debe existir esa división entre pueblo feliz e ignorante, por un lado, y montaraces duros y sombríos, por el otro. Todo hombre, toda mujer, ha de ser un montaraz. Para que el mundo siga siendo un lugar mínimamente habitable, no un infierno de jaurías humanas, nadie debe apartar la mirada.

Pero, ¿acaso puede hacer el ser humano tal cosa, si sus ojos no son capaces de ver algo más allá de lo que el mundo es? No lo creo.

A pesar de todo, no lo creo.

Y, sin embargo, a veces no hay nada más difícil de creer que aquello que escribió San Pablo en su segunda carta a los corintios, leído por el sacerdote en el entierro de Tyreese:

Pues el peso momentáneo y ligero de nuestras penalidades produce, sobre toda medida, un peso eterno de gloria para los que no miramos las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las visibles son temporales, las invisibles eternas. Sabemos que si esta tienda en que habitamos en la tierra se destruye, tenemos otra casa, que es obra de Dios; una morada eterna en los cielos, no construida por mano de hombres.

MUERTE DIGNA

“De pronto, a una orden del rey, Crinblanca se lanzó hacia adelante. Detrás de él el estandarte flameaba al viento: un caballo blanco en un campo verde: pero Théoden ya se alejaba. En pos del rey galopaban los Jinetes de la escolta, pero ninguno lograba darle alcance. Con ellos galopaba Éomer, y la crin blanca de la cimera del yelmo le flotaba al viento, y la vanguardia del primer éored rugía como un oleaje embravecido al estrellarse contra las rocas de la orilla, pero nadie era tan rápido como el rey Théoden. Galopaba con un furor demente, como si la fervorosa sangre guerrera de sus antepasados le corriera por las venas en un fuego nuevo; y transportado por Crinblanca parecía un dios de la antigüedad, el propio Orome el Grande, se hubiera dicho, en la batalla de Valar, cuando el mundo era joven. El escudo de oro resplandecía y centelleaba como una imagen del sol, y la hierba reverdecía alrededor de las patas del caballo. Pues llegaba la mañana, la mañana y un viento del mar; y ya se disipaban las tinieblas; y los hombres de Mordor gemían, y conocían el pánico, y huían y morían, y los cascos de la ira pasaban sobre ellos. Y de pronto los ejércitos de Rohan rompieron a cantar, y cantaban mientras mataban, pues el júbilo de la batalla estaba en todos ellos, y los sonidos de ese canto que era hermoso y terrible llegaron aun a la Ciudad.

[…]

¡No derraméis excesivas lágrimas! Noble fue en vida el caído
y tuvo una muerte digna. Cuando el túmulo se levante
llorarán las mujeres. ¡Ahora la guerra nos reclama!

El Señor de los Anillos. El Retorno del Rey, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; pgs. 137, 145.

PARA DAR PERMANENCIA (UNA HISTORIA DE AMOR)

“El párroco se enfureció. El muchacho en quien había invertido tanto afecto y dinero lo había engañado y, además, descuidaba sus estudios muy poco tiempo antes del examen para obtener la beca que le permitiría entrar en Oxford. Llamó a Tolkien al oratorio y le exigió que pusiera fin a su romance con Edith. De mala gana, Tolkien accedió a terminar con la relación y el párroco hizo preparativos para trasladar a su pupilo a un nuevo alojamiento, lejos de la muchacha.

[…] Cuando tocaron las 12 de la noche del 3 de enero de 1913, Tolkien celebró su mayoría de edad sentándose en la cama y escribiendo a Edith por primera vez en 3 años. Era una nueva declaración de amor que culminaba con la pregunta que ocupaba el primer lugar en su pensamiento: ¿Cuánto tiempo pasará antes de que podamos unirnos otra vez, ante Dios y el mundo? 

La respuesta de Edith fue devastadora. Se había prometido al hermano de una antigua compañera de escuela.

Una vez superada la sorpresa inicial, Tolkien advirtió insinuaciones en la carta de ella que le daban esperanzas de volver a ganarla. Sólo se había comprometido con su novio porque había sido amable con ella. Sentía que estaba desperdiciando su vida, y había dejado de confiar en que Tolkien todavía quisiera verla después de que hubieran transcurrido los 3 años. Empecé a dudar de ti, Ronald –había escrito-, y pensé que no te preocuparías más por mí. 

El 8 de enero Tolkien viajó en tren hasta Cheltenham. Edith se encontró con él en el andén y caminaron por el campo de los alrededores. Al final del día había decidido romper su compromiso para poder casarse con Tolkien. Él empezó el nuevo trimestre en Oxford con una explosiva felicidad.

Obedientemente, escribió al padre Francis para informarle de que iba a casarse con Edith. Aguardó la respuesta del sacerdote con ansiedad, en parte porque todavía confiaba contar con su apoyo económico y en parte porque deseaba verdaderamente su bendición. El padre Francis respondió con ánimo resignado, si bien muy poco entusiasta, anunciándole su aceptación de lo inevitable.

[…] Hasta muchos años después, Tolkien no pudo poner todo lo ocurrido en una especie de contexto:

tenía que elegir entre desobedecer y hacer sufrir (o engañar) a un tutor que había sido un padre para mí, más que la mayoría de los verdaderos padres… o abandonar el asunto amoroso hasta que tuviera 21 años. No lamento mi decisión, aunque fue muy duro para mi enamorada. Pero ello no fue por culpa mía. Era perfectamente libre y ningún voto la unía a mí, y no me habría quejado… si se hubiera casado con otro. Durante casi 3 años no vi ni escribí a mi amada. Fue extraordinariamente difícil, doloroso y amargo, sobre todo al principio. Los efectos no fueron del todo buenos: recaí en la locura y el ocio y desperdicié gran parte del primer año pasado en la universidad. Pero creo que nada habría justificado el matrimonio sobre la base de un amor juvenil; y probablemente ninguna otra cosa habría fortalecido la voluntad lo bastante para dar permanencia a un amor semejante (por genuino que fuera ese amor verdadero).

[…] El funeral tuvo lugar en Oxford cuatro días después de su muerte, en la sencilla y moderna iglesia de Headingon, a la que había acudido con mucha frecuencia. Las oraciones y las lecturas fueron escogidas especialmente por su hijo John, que también ofició la ceremonia con la ayuda del padre Robert Murray, antiguo amigo de Tolkien, y el sacerdote de su parroquia, monseñor Doran. Fue enterrado junto a su esposa en el cementerio católico de Wolvercote, a unas pocas millas de Oxford. La inscripción de la lápida de granito dice: Edith Mary Tolkien, Lúthien, 1889-1971, John Ronald Reuel Tolkien, Beren, 1892-1973.

[…] Las últimas palabras se las cedo al propio Tolkien, que las escribió en una carta a uno de sus hijos:

Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, pongo delante de ti lo que hay en la tierra digno de ser amado: el Bendito Sacramento… En él hallarás el romance, la gloria, la fidelidad y el verdadero camino a todo lo que ames en la tierra, y más todavía: la Muerte; mediante la divina paradoja, esa que pone fin a la vida y exige el abandono de todo y, sin embargo, mediante el gusto (o el pregusto) de aquello por lo que sólo puede mantenerse lo que se busca en las reacciones terrenas (amor, fidelidad, alegría) o captar la naturaleza de la realidad, de la eterna resistencia que desea el corazón de todos los hombres.

Tolkien. Hombre y mito, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pgs. 40-41, 46-47, 43, 217-218, 218.

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SAM

“Después de la boda disfrutaron de una semana de luna de miel en Somerset pero, tal como esperaban, al cabo de unas semanas la noticia de que el batallón de Tolkien estaba destinado a la matanza del Somme empañó su felicidad.

[…] Tolkien fue rescatado del horror bestial por una fiebre de origen desconocido, como lo llamaron los oficiales médicos. Para las tropas era simplemente fiebre de las trincheras. Lo licenciaron y regresó a casa, agradecido por haber escapado de la pesadilla. Muchos de sus amigos no tuvieron tanta suerte y se unieron a las filas de los cuerpos que cubrían la tierra de nadie.

Entre las persistentes imágenes negativas que lo acosarían durante años, Tolkien guardó al menos una imagen positiva que inspiró uno de los personajes más entrañables de El Señor de los Anillos: Mi ‘Sam Gamyi’ –escribió muchos años después-, es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron muy superiores a mí mismo.”

                        Tolkien: hombre y mito, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pgs. 51, 52.

Alexandra & Sean Astin and Sarah & Maisy McLeod as Elanor, Sam, Rosie, & 'Baby Gamgee', Final scene, ROTK. (Sam and Rosie's second child was a male named Frodo)

UNA HISTORIA RARA Y TRISTE

“Es una historia bastante rara y triste -dijo luego de una pausa-. Cuando el mundo era joven, y los bosques vastos y salvajes, los Ents y las Ents-mujeres (y había entonces Ents-doncellas: ¡ah, la belleza de Fimbrethil, Miembros de Junco, de los pies ligeros, en nuestra juventud!) caminaban juntos y habitaban juntos. Pero los corazones de unos y otros no crecieron del mismo modo: los Ents se consagraban a lo que encontraban en el mundo, y las Ents-mujeres a otras cosas, pues los Ents amaban los grandes árboles, y los bosques salvajes, y las faldas de las altas colinas, y bebían de los manantiales de las montañas, y comían sólo las frutas que los árboles dejaban caer delante de ellos; y aprendieron de los Elfos y hablaron con los árboles. Pero las Ents-mujeres se interesaban en los árboles más pequeños, y en las praderas asoleadas más allá del pie de los bosques; y ellas veían el endrino en el arbusto, y la manzana silvestre y la cereza que florecían en primavera, y las hierbas verdes en las tierras anegadas del verano, y las hierbas granadas en los campos de otoño. No deseaban hablar con esas cosas, pero sí que entendieran lo que se les decía, y que obedecieran. Las Ents-mujeres les ordenaban que crecieran de acuerdo con los deseos que ellas tenían, y que las hojas y los frutos fueran del agrado de ellas, pues las Ents-mujeres deseaban orden, y abundancia, y paz (o sea que las cosas se quedaran donde ellas las habían puesto). De modo que las Ents-mujeres cultivaron jardines para vivir. Pero los Ents siguieron errando por el mundo, y sólo de vez en cuando íbamos a los jardines. Luego, cuando la Oscuridad entró en el Norte, las Ents-mujeres cruzaron el Río Grande, e hicieron otros jardines, y trabajaron los campos nuevos, y las vimos menos aún. Luego de la derrota de la Oscuridad las tierras de las Ents-mujeres florecieron en abundancia, y los campos se colmaron de grano. Muchos hombres aprendieron las artes de las Ents-mujeres, y les rindieron grandes honores; pero nosotros sólo éramos una leyenda para ellos, un secreto guardado en el corazón del bosque. Sin embargo aquí estamos todavía, mientras que todos los jardines de las Ents-mujeres han sido devastados: los Hombres los llaman ahora las Tierras Pardas.

Recuerdo que hace mucho tiempo, en los días de la guerra entre Sauron y los Hombres del Mar, tuve una vez el deseo de ver de nuevo a Fimbrethil. Muy hermosa era ella todavía a mis ojos, cuando la viera por última vez, aunque poco se parecía a la Ent-doncella de antes. Pues el trabajo había encorvado y tostado a las Ents-mujeres, y el sol les había cambiado el color de los cabellos, que ahora parecían espigas maduras, y las mejillas eran como manzanas rojas. Sin embargo, tenían aún los ojos de nuestra gente. Cruzamos el Anduin y fuimos a aquellas tierras, pero encontramos un desierto. Todo había sido quemado y arrancado de raíz, pues la guerra había visitado esos lugares. Pero las Ents-mujeres no estaban allí. Mucho tiempo las llamamos, y mucho tiempo las buscamos; y a todos les preguntábamos a dónde habían ido las Ents-mujeres. Algunos decían que nunca las habían visto; y algunos decían que las habían visto yendo hacia el oeste, y algunos decían al este, y otros el sur. Pero fuimos a todas partes y no pudimos encontrarlas. Nuestra pena era muy honda. No obstante, el bosque salvaje nos reclamaba, y volvimos. Durante muchos años mantuvimos la costumbre de salir del bosque de cuando en cuando y buscar a las Ents-mujeres, caminando de aquí para allá y llamándolas por aquellos hermosos nombres que ellas tenían. Pero el tiempo fue pasando y salíamos y nos alejábamos cada vez menos. Y ahora las Ents-mujeres son sólo un recuerdo para nosotros, y nuestras barbas son largas y grises. Los Elfos inventaron muchas canciones sobre la Busca de los Ents, y algunas de esas canciones pasaron a las lenguas de los Hombres. Pero nosotros no compusimos ninguna canción, y nos contentamos con canturrear los hermosos nombres cuando nos acordamos de las Ents-mujeres. Creemos que volveremos a encontrarnos en un tiempo próximo, quizá en una tierra donde podamos vivir juntos y ser felices. Pero se ha dicho que esto se cumplirá cuando hayamos perdido todo lo que tenemos ahora. Y es posible que ese tiempo se esté acercando al fin. Pues si el Sauron de antaño destruyó los jardines, el Enemigo de hoy parece capaz de marchitar todos los bosques.”

El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien; volumen II; Minotauro, 2001; pgs. 92-94.

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WHEN THE LEVEE BREAKS…

“Los viajeros continuaron al trote, y cuando el sol empezó a descender hacia las Lomas Blancas, lejano sobre la línea del horizonte, llegaron a Delagua y al gran lago de la villa; y allí recibieron el primer golpe verdaderamente doloroso. Eran las tierras de Frodo y de Sam, y ahora sabían que no había en el mundo un lugar más querido para ellos. Muchas de las casas que habían conocido ya no existían. Algunas parecían haber sido incendiadas. La encantadora hilera de negras cuevas hobbits en la margen norte del lago parecía abandonada, y los jardines que antaño descendían hasta el borde del agua habían sido invadidos por las malezas. Peor aún, había toda una hilera de lóbregas casas nuevas a la orilla del lago, a la altura en que el camino a Hobbiton corría junto al agua. Allí antes había habido un sendero con árboles. Ahora todos los árboles habían desaparecido. Y cuando miraron consternados el camino que subía a Bolsón Cerrado, vieron a la distancia una alta chimenea de ladrillos. Vomitaba un humo negro en el aire del atardecer. Sam estaba fuera de sí.

[…] Debía de ser cerca de medianoche cuando los Ents rompieron los diques…”

El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; El Retorno del Rey, pgs. 365-366 y Las Dos Torres, pg. 225.

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LA NATURALEZA

Expulsó al hombre, y puso delante del jardín de Edén los querubines y la llama de la espada llameante para guardar el camino del árbol de la vida.

Génesis 3, 24

“Monstruosos y abominables eran aquellos ojos, bestiales y a la vez resueltos y animados por una horrible delectación, clavados en la presa, ya acorralada.”

El Señor de los Anillos. Las dos torres, de J. R. R. Tolkien; Minotauro, 2001; pg. 432.

“La televisión le interesaba menos. Sin embargo seguía, con el corazón en un puño, la emisión semanal de La vida de los animales. Las gacelas y los gamos, esos gráciles mamíferos, se pasaban la vida aterrorizados. Los leones y las panteras vivían en un apático embrutecimiento sacudido por breves explosiones de crueldad. Mataban, despedazaban, devoraban a los animales más débiles, viejos o enfermos; después volvían a sumirse en un sueño estúpido, animado solamente por los ataques de los parásitos que los devoraban por dentro. Algunos parásitos también eran atacados por parásitos más pequeños; estos últimos eran, a su vez, caldo de cultivo para los virus. Los reptiles se deslizaban entre los árboles, clavando sus venenosos colmillos en pájaros y mamíferos; hasta que de pronto los troceaba el pico de una rapaz. La voz pomposa y estúpida de Claude Darget comentaba estas atroces imágenes con un tono injustificable de admiración. Michel temblaba indignado, y sentía que se formaba en su interior otra convicción inquebrantable: en conjunto, la naturaleza salvaje era una porquería repugnante; en conjunto, la naturaleza salvaje justificaba una destrucción total, un holocausto universal; y la misión del hombre sobre la Tierra era, probablemente, ser el artífice de ese holocausto.”

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pgs. 37-38.

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COSAS

Suelo preguntarme qué hacer con mi escritura.

A veces tengo la tentación del libro, pero me reconozco demasiado perezoso. O que no he encontrado la historia que me motive bastante para perseguir su transcripción durante el tiempo suficiente -que viene siendo lo mismo, pero dicho con otras palabras-.

Me turba además una preocupación que transporto desde mis jóvenes años de ocupaciones políticas: que la escritura no sea mero panfleto, sino persecución de verdades. En la escritura, como dijo el maestro Novoneyra -en uno de los poemas más bellos que se han escrito en lengua gallega- es necesario dejarse en libertá, sin forzal’os sonos a morrer nin levalos a posta pra gardarme. Un consejo que él mismo no siguió en demasiadas ocasiones, degradando su talento poético en contribuciones grotescas con las que pretendía defender sus convicciones políticas.

Si la escritura es verdad no puede ser un mero despliegue de certidumbres propias para adoctrinar a las masas y liberarlas de sus errores. Si la escritura es honesta ha de mostrar su condición de apuesta entre tinieblas, como lo son todas en este valle de lágrimas.

Mas tampoco puedo negar que soy católico: que entre las sombras me alumbra una esperanza, me soporta una fe, me obliga un amor. Y si esto no apareciese en mi escritura, tampoco podría ésta ser verdad.

Así las cosas, ¿cómo escribir sin acabar componiendo un burdo catecismo para correligionarios?

Soy el primero en comprender a todos aquellos alejados de mi fe, cada uno por sus propias y personales razones. Soy el primero en comprender, porque yo mismo he vivido muchos años fuera de la Iglesia una existencia completamente opuesta y enfrentada a cualquier criterio católico.

Y tampoco quiero engañar a nadie, no quiero esconder que uno de los objetivos de mi vida es llevar al huerto a cuántos más contemporáneos mejor. Aunque ha de quedar claro que a donde los quiero llevar es al Huerto de los Olivos, no a ningún cristianismo adulterado de sonrisas bobaliconas y alegrías forzadas.

Tengo mis referentes sobre lo que es escribir católicamente. No me valen Cervantes y Tolkien, que escribían así sin ser conscientes de que lo hacían. Mi propia biografía, sin embargo, me impide hacerlo sin una continua presencia consciente de mi propia condición de católico retornado -prácticamente converso en sentido estricto-. Por ello, el ejemplo más acabado de lo que yo creo ser buena literatura católica es Espada de honor de Evelyn Waugh; mucho más que Retorno a Brideshead, que en cierto sentido me resulta tramposa, quizá por escoger como protagonista a un personaje que, a pesar de su supuesta oposición al catolicismo de sus amigos, es evidente que está en proceso de conversión. Guy Crouchback, sin embargo, me parece uno de los personajes más honestos y formidables de la historia de la literatura; y para ello resulta crucial que sea católico y que sepamos de su catolicidad desde el principio -en una de las primeras escenas lo encontramos confesándose con un cura italiano, tras conocer el rancio abolengo católico de su familia-. Pero, al mismo tiempo, la idea que el lector se puede hacer de su catolicismo se parece más a la oscura noche del alma de un San Juan de la Cruz que a las bobas apologías producidas por el actual catolicismo de masas. De hecho, toda la novela se puede entender como una subida al monte Carmelo de la auténtica fe por parte del protagonista, curado de adolescentes fervores caballerescos y utopías pseudo-políticas.

Un católico verá en Crouchback a un héroe de la fe. Cualquier otro lector simplemente verá a un personaje complicado, atado a ciertos prejuicios sin sentido; pero entenderá también que es un hombre que ha escogido un camino estrecho por el que andar en la vida, más allá de lo que ese camino le parezca. Entenderá que hay una apuesta, aunque no sea la suya. Y, ¿quién sabe?, quizá acabe sintiendo curiosidad por las razones para apostar de esa manera. Quizá perciba una ligera chispa de la belleza inefable que ese camino tiene para nosotros, los católicos. Pero sin ocultar nunca, ¡jamás!, que es un camino estrecho.

Soy católico; ni puedo, ni lo quiero esconder. Soy reaccionario, en el sentido colachiano del término (que no es lo mismo que ser conservador o romántico), y considero que este escolio de don Nicolás es una verdad como un templo: Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar [1406].

Así me gustaría escribir a mí, como invitando.

Pero no encuentro mejor forma de hacerlo que estos pequeños relatos aparecidos aquí de vez en cuando, acompañados normalmente de una imagen. En esto sigo una tradición típicamente gallega. No deja de ser el esquema propio de las Cousas de mi querido Daniel Castelao; figura casi-santificada del nacionalismo gallego, de la que me niego a prescindir, precisamente por el importante componente reaccionario que tenía ese primer brote de nacionalismo en mi pequeño país -y que, como era fácilmente predecible, no tardó en pudrirse con el transcurrir de las décadas-.

Pero sólo un católico inconsciente (al estilo de Cervantes y Tolkien) podría escribir una cousa como ésta, que os ofrezco aquí traducida desde su original gallego:

Camino olvidado que ya no va a ninguna parte. Un camino calzado de piedra, plagado de zarzas enmarañadas y de ortigas ásperas, que se pierde en la boca negra de un sendero.

Yo siempre preguntaba a mi abuela: ¿Dónde va a dar la vereda vieja?

Y mi abuela me respondía con cierto misterio: No va a ninguna parte, mi niño.

Aquella vereda vieja tiraba de mí, y cuando me hice hombre me arriesgué a pasarla. Y más allá del escalofriante sendero me encontré con una aldea sin gente.

Casales de buena piedra, lagares que recuerdan épocas de bonanza, vigas podridas, montones de teja; todo va amortajado con hiedras, zarzas y laureles, y por encima de aquella exuberante vegetación las hojas amarillas y rojas de una viña sin fruto.

Bajo un nogal seco me senté a descifrar sentimientos que aún hoy están allí en espera.

Cuando volví a casa escuché de mi abuela la historia de la aldea olvidada.

-Ocurrió que los del lugar, armados ladrones, robaron el monasterio de Armenteira.

Esperando el momento del reparto de la riqueza el capitán la enterró en sitio secreto; pero al siguiente día el capitán apareció muerto en su lecho y nunca más se supo del tesoro.

Desde entonces todo fueron desgracias. Morían las vacas, se perdían los frutos, morían contrahechos los niños, se secaban las fuentes. Para ahuyentar el mal fario se levantaron gran cantidad de cruceiros.

De nada valió nada. Al final se supo todo y aún hoy el lugar está aislado de las gentes de bien.

Castelao. Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992; pgs. 59-60.

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