El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: TOLKIEN

EL CAMINO DEL HÉROE

Es de noche. El coche está parado, en medio de un aparcamiento casi vacío. Muy cerca de donde vivo ahora con Bea y mi hija.

-Es que yo deseo ser un héroe -le confieso a mi amigo, sentado a mi izquierda.

Él lo sabe. Y por eso me advierte del peligro de convertirme en carne de cañón de otros. De los dirigentes del partido político en el que militaba por aquel entonces, por ejemplo.

Creo que fue poco después de que me detuvieran en una manifestación. Quizá aún tuviera el ojo morado, tras recibir un porrazo por gritar, ya detenido, ¡Viva la lucha de la clase obrera!.

Me vienen a la cabeza estos recuerdos, mientras pienso en el artículo escrito por Leyre Iglesias. Que nos confirma, una vez más, que la violencia en Occidente no es causa directa de la exclusión social y la pobreza. Que puede surgir perfectamente en el seno de familias acomodadas. Que para comprender ciertos fenómenos es necesario atender a ciertos aspectos más profundos del alma humana.

En las escenas de combate nocturno que Cataluña nos está ofreciendo estos días yo contemplo una religiosidad desatada y desquiciada: cientos de jóvenes tratando de realizar sacrificios a sus dioses personales. Arriesgando la propia vida, la integridad de sus cuerpos, para cumplir con el sagrado éxtasis de ofrendarse a sí mismos a aquello que consideran más importante que sus propias existencias individuales. Éxtasis real como la adrenalina que se desata en tu cuerpo cuando esquivas el golpe de un policía, cuando soportas sin gemir sus intentos de producirte dolor. El éxtasis de desobedecer sus órdenes a pesar de las amenazas físicas ciertas.

Es el camino del héroe, arquetipo sobre el que tanto escribieron Jünger y Mishima. Que hace tan fácil entender que los hijos de padres perfectamente integrados en el sistema sean tan fácilmente atraídos por las promesas de épica y combate.

El acto estético definitivo: la entrega gratuita de la propia existencia a aquello que es principio y fin de nuestro mundo.

He ahí la estructura formal básica: vale lo mismo para el mártir cristiano y para el nacionalista catalán (o español o gallego o argentino o…).

Las diferencias, por lo tanto, estriban en los dioses adorados. Estamos, como siempre, ante una teomaquia. Un combate entre divinidades (las ideologías son meras creencias incapaces de aceptar su núcleo religioso).

Como los miembros de cualquier tribu prehistórica, que limitan el concepto de ser humano a los componentes de la propia tribu, los nacionalistas articulan la narrativa de sus existencias alrededor de los conceptos que estructuran su mundo; y su mundo, en este caso, se llama Cataluña. Más allá, sólo mora el caos.

Desde el punto de vista de un cristiano, en el que el mundo a tener en cuenta es el cosmos en su totalidad, la adoración de dios tan pequeño y limitado no puede ser considerada otra cosa que pura, simple e infantil idolatría.

Como ya comenté en una entrada anterior, llevo un tiempo reflexionando sobre el cambio que supone en la existencia humana el hecho de ser padre. El arquetipo del héroe parece tener una profunda conexión con la soltería y el celibato: entregado hasta la muerte a las exigencias de sus dioses, el héroe no puede estar limitado por otro tipo de responsabilidades o ataduras terrenas. Su vida ha de poder ser ofrendada en cualquier momento.

¿Por eso son solteros los nueve miembros de la Fellowship de Tolkien?

¿Por eso la princesa sólo se puede alcanzar tras matar al dragón?

La vida del héroe y la vida del padre parecen estar separadas por un abismo ontológico, aunque aparentemente se puedan presentar entremezcladas en la existencia de todo ser humano. Pero si el padre se ve obligado a marchar como soldado para defender a su patria, automáticamente ha de abandonar el hogar: son, pues, exigencias contradictorias, que sólo pueden ser resueltas en un plano metafísico, sacramental; en definitiva, misterioso.

Contradicciones capaces de agrietar incluso la unidad de Dios dentro de la teología católica, alejándola del monoteísmo reduccionista de judíos y musulmanes, haciendo necesaria la conceptualización de una diferencia entre dos planos: el del Padre y el del Hijo. El dador de vida y el que la entrega. Sellando ese abismo con un tercer elemento, misterioso, que mantiene la unidad divina a pesar de todo: el Espíritu Santo.

Siempre me ha dado mucho que pensar el final de El Señor de los Anillos. ¿Por qué se marcha Frodo, exactamente? ¿Por qué, como le dice Sam, no se queda a disfrutar de lo que su sacrificio ha logrado salvar?

Frodo parece sentir su existencia tras la derrota de Sauron como una anomalía. Se da una incomodidad metafísica en él, como si percibiese injusto e impío que él pudiese disfrutar de aquello que su entrega ha salvado: el héroe máximo no puede sobrevivir al sacrificio que ha reinstaurado el orden del universo. El auténtico héroe sabe que esas son las verdaderas reglas del juego humano.

Es como si Frodo se preguntase: ¿por qué pasa de mí este cáliz?

Es tras la derrota del dragón que la princesa puede ser desposada por el héroe. Que entonces deja de ser héroe, para ser rey. Patriarca.

Es tras la caída de Mordor que Aragorn se convierte en padre.

Como Sam.

Pero no es ése el camino del héroe máximo.

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Paseamos por el barrio. Yo voy delante, empujando el carro de la nena. Detrás de mí, Bea lleva de la mano a nuestra hija.

Pasamos al lado del aparcamiento, donde cada domingo hay mercado.

Mientras la nena se queda alucinada al descubrir un caracol, yo fijo la mirada en el centro de la explanada casi vacía, y recuerdo a aquel joven que yo era, confesándole a su amigo que deseaba ser un héroe.

LA NARANJA

¿Qué es la amistad?

Es éste uno de los conceptos que, según va transcurriendo la vida, más perplejidades me produce. Lo cual va acompañado por un creciente vacío alrededor, que no me provoca pena, exactamente, sino más bien extrañeza; precisamente por el hecho de no vivir esa ausencia de amistades con especial melancolía.

El año pasado, se hizo viral un tweet que a mí me parece uno de los chistes más serios de los que jamás haya tenido noticia; decía así: nadie habla del milagro de Jesús de llegar a la treintena teniendo doce amigos.

Parte de la gracia, creo, estriba en la verdad profunda que subyace a la broma: las amistades son fenómenos extraordinarios en la vida de una persona. Y son pocas las que aguantan el paso de los años. El problema no creo que sea sólo que los tiempos actuales hacen muy difíciles los encuentros en las grandes metrópolis contemporáneas, por citar uno de los tópicos del conservadurismo romántico.

Realmente creo que la amistad es un hecho raro. Difícil.

Que obligue a una especial atención por parte de uno, explica ya, en primer lugar, lo complicado que resulta mantener varias relaciones de este tipo, a la vez, durante un amplio período de tiempo. Pues uno no puede estar en varios sitios a la vez. A no ser que uno mantenga el mismo grupo de amigos durante buena parte de su vida, sin moverse demasiado lejos del lugar en el que se ha criado (eso que los vascos llaman la cuadrilla; o lo que se ve en la película Días de fútbol).

He de decir que hasta yo mantengo este tipo de relaciones con antiguos amigos de la infancia, de las que aún disfruto de vez en cuando y con los que sigo en contacto de forma más o menos regular, ayudado por las denostadas nuevas tecnologías (si no, ¿de qué?).

Pero creo que este tipo de relación, por muy bella y agradable que llegue a ser, no llena el sentido de lo que yo creo entender por amistad: esa especie de unión de almas que te hace desear compartir horas eternas de conversación con el otro, que te hace sentir una confianza plena en el otro. Que te hace creer que nunca serías capaz de traicionarle.

Mi compañera, hablando de esto, me dijo que tengo un concepto adolescente de la amistad. Y creo que hay algo de razón en ello. Cuando yo pienso en un grupo de amigos, creo que, sin darme cuenta, casi siempre estoy pensando en la Fellowship del Señor de los Anillos. Y un fellow no es exactamente un amigo; es, más bien, un camarada. Alguien con el que compartes algo más grande que ambos: compartes una misión. Compartes un sentido último que te obliga a correr riesgos, a salir a la aventura en su compañía.

Cuando Bea me dijo que mi concepto de amistad era adolescente, empecé a reflexionar; y dándole vueltas al asunto, me di cuenta de que los cuatro miembros de la Fellowship de Las Casas son solteros sin hijos. Y después me di cuenta de que los nueve personajes de la Fellowship de Tolkien son solteros sin hijos.

Y esto me dio aún más que pensar.

Una amistad auténtica es realmente absorbente; pero no tanto por ella misma, creo, sino por el contexto que necesita para que surja. Sí, me vuelvo a referir a esa misión u objetivo común que ha de dar sentido a las acciones de los amigos y que les hacen ser algo más que sus meras individualidades sumadas.

Cuando volví de lavar platos durante una semana en la residencia militar de Marsella, encontré a mis camaradas en Aubagne con la moral bastante baja. Los rostros mostraban cansancio, se había perdido el entusiasmo de los primeros días. Casi todos habíamos cogido un buen resfriado, que, en algunos casos, como el de un colombiano, le habían hecho llegar a tiritar de fiebre en su litera; pero ninguno había pedido ver a un médico o ni siquiera una pastilla, porque no queríamos mostrar la más mínima debilidad ante nuestros examinadores. Así que aguantamos nuestros malestares como pudimos.

Mientras charlábamos esperando a que nos comunicaran si continuábamos como aspirantes a Legionarios o nos enviaban para casa, un compañero extrajo de un bolsillo lo que había sacado de la cocina.

Una naranja.

Yo tengo cierto trauma infantil con la fruta y no he comido apenas en lo que llevo de vida. De hecho, nunca había comido un gajo de naranja. Hasta ese día.

Mi compañero empezó a pelar la naranja. Nos ofreció. La mayoría quisimos (nadie quería despreciar ese regalo de vitamina C). Éramos muchos. Iba a tocar a gajo por cabeza.

Y a gajo por cabeza fue la cosa. Un gajo para el rumano que hablaba un español perfecto porque había trabajado varios años en nuestro país. Otro gajo para el brasileño que se había criado en España. Varios más para los muchos colombianos que allí había.

Un gajo para mí. El único que he comido nunca.

Cada vez que intento darle vueltas al concepto de amistad, la imagen de aquella naranja compartida en silencio invade mi cabeza. El contexto nos había unido. El objetivo de ser Legionarios nos conglomeraba.

Cada vez que intento pensar el concepto de amistad, recuerdo las miradas que varios de ellos, elegidos para continuar el adiestramiento, nos dirigían a los que nos quedábamos de pie en el patio, rechazados por la Comisión. Eran miradas de auténtica tristeza.

Eran miradas bellas, que recuerdo con profundo cariño.

De la mayoría de ellos, no he sabido nada más. Por Facebook descubrí que el brasileño había conseguido ser paracaidista. Me alegré mucho.

Sin embargo, soy consciente de que otro tipo de relación sería difícil, lejos de la disciplina marcial de Aubagne. Lejos de la camaradería legionaria.

Pero no puedo evitar, cada vez que pienso en qué diablos es la amistad, recordar esa naranja compartida con mis camaradas.

En aquella lejana vida, de soltero sin hijos.

Y es que las aventuras son absorbentes. No se puede tener más de una a la vez.

DIVERTIMENTO POR MOR DEL TORNEO PRESENTE (Y ESE AMOR DE JUVENTUD DE TOLKIEN)

El viento del mar agitaba los cabellos de ambos sobre el acantilado.

-Cariño… ¿me sigues amando? -preguntó ella, con una incertidumbre que el aire tornó susurro.

-Por supuesto -respondió él, que parecía perdido en un recuerdo amable.

Ella bajó la mirada hasta las olas rompientes, antes de volver a preguntar.

-¿Me sigues encontrando atractiva?

El hombre miró a la mujer y esperó a que sus ojos se encontraran sobre el abismo.

-Eres bella como un pase de Beauden Barrett.

Aunque la mujer intentó enfadarse, una sonrisa crujió en su comisura derecha.

LA NUEVA SOMBRA

La puerta bajo el porche estaba abierta, pero la casa se hallaba a oscuras. Los sonidos habituales del atardecer parecían haber desaparecido, sólo había un suave silencio, un silencio mortal. Entró, algo extrañado. Llamó, pero no hubo respuesta. Se detuvo en el estrecho pasadizo que recorría la casa y le pareció que la oscuridad lo envolvía: ni un destello de la luz del crepúsculo del mundo de fuera brillaba allí. De repente lo olió, o creyó olerlo, aunque le pareció que iba de dentro hacia fuera: sintió el antiguo Mal y lo reconoció como lo que era.

La nueva sombra, de J.R.R. Tolkien; en Historia de la Tierra Media. Los Pueblos de la Tierra Media; Minotauro, 2002; pg. 475.

Así termina uno de los tres esbozos del único relato que Tolkien trató de escribir situando la acción en un tiempo posterior (algo más de un siglo) al del final de El Señor de los Anillos. En sus propias palabras, escritas el 13 de mayo de 1964, se trataba de una historia siniestra y deprimente. Como que tratamos de Hombres, es inevitable que nos centremos en el rasgo más lamentable de su naturaleza: su rápida saciedad con el bien.

A pesar de que nunca escribió más de una docena de páginas, llama la atención que llegase a realizar hasta tres intentos. Este relato le acompañó durante casi veinte años (el último borrador es de 1968). Y según su biógrafo Humphrey Carpenter, meditar sobre el mismo llegaba a quitarle el sueño.

Para mí, son páginas fascinantes. Básicamente, se trata de la conversación entre un viejo soldado, capitán bajo las órdenes de Faramir, y un amigo de su hijo, de ocupación desconocida (aunque el viejo cree que se dedica a comerciar con madera). El relato destaca, no sólo por este fugaz apunte de economía real (son muy raros los personajes comerciantes en los relatos de Tolkien), sino también porque es el único caso que yo conozco en que dos habitantes de la Tierra Media tienen una discusión en la que se incluye un plano teológico (de la teología inventada por Tolkien, evidentemente).

El viejo soldado es un creyente, básicamente por haber conocido y luchado contra el mal de Mordor. El joven comerciante, sospechoso en el relato de formar parte de una conspiración contra el reinado del hijo de Aragorn, habla como un nihilista de Turguénev.

Pero la narración se detiene ante la presencia del Mal. Ante el reconocimiento de la presencia del Mal. El viejo soldado se sorprendía al principio del relato por su perseverancia: Profundas en verdad son las raíces del Mal -dijo Borlas-, y la savia negra fluye con fuerza en su interior. Ese árbol no morirá nunca. Por mucho que lo talen los hombres, volverá a brotar en cuanto se den la vuelta. Ni siquiera en la Fiesta de la Tala habría que colgar el hacha.

El viejo soldado parece uno de esos hombres honestamente buenos, convencidos de la pureza  de sus creencias, incapaces de concebir el mal en su propia alma salvo por culpable dejadez propia. Un hombre humildemente en gracia.

Nunca he dudado de la existencia de tales hombres. De hecho, creo haber conocido a algunos. Pocos, por supuesto. Extraordinarios.

Tengo la sensación de que Tolkien era un poco así. Aunque consciente también de las limitaciones de una excesiva inocencia: ¡Ay! -se queja el viejo del relato- todos cometemos errores. No me considero sabio, joven, excepto quizás en lo poco que se puede aprender con el paso de los años. Gracias a los cuales sé demasiado bien que quienes tienen buena intención pueden hacer más daño que los que dejan las cosas estar.

Reconocer el mal y callar. La frontera del misterio. Como los coches negros de lunas tintadas que recorren las calles de la Santa Teresa de Bolaño, a cuyos ocupantes nunca vemos.

El mal encarnado. El hombre malo. Ese misterio.

Tengo un recuerdo bastante claro del primer momento de mi vida en que fui conscientemente malo y disfruté con ello. Era niño y aún vivía en Ferrol. Creo que era Nochebuena. Íbamos a cenar en casa y después nos acercaríamos a casa de la abuela de mi amigo Richi, para juntarnos con toda su familia (nuestras madres eran muy amigas).

Mi madre había preparado gambas al ajillo, plato que me encantaba. No sé exactamente cómo se desarrolló la escena, pero recuerdo que le hice un feo a mi madre, precisamente por las gambas. Recuerdo ser plenamente consciente de que le estaba haciendo daño a mi madre adrede.

Y cuando vi que mi madre lloraba, me sentí turbado por mi propio poder. Era una turbación placentera. Me sentía poderoso por ser capaz de hacer llorar a mi madre. Y ese sentimiento me hacía sentir bien.

El mal encarnado. El niño malo. Ese misterio.

Desde muy temprano en mi vida he tenido claro que yo necesitaba practicar la bondad. No era algo que me saliese de forma natural, era algo que me suponía un esfuerzo consciente.

Cada vez que he bajado la guardia, durante mi vida, el sufrimiento se ha extendido a mi alrededor.

Creo que el Cristianismo está pensado para el común de los mortales que, como yo, tienen que combatir constantemente contra una multitud de demonios. Jesús pasa buena parte de los Evangelios combatiendo demonios, cosa a la que la Iglesia Católica de los últimos cincuenta años trató de prestar menor atención. No es extraño, se puede pensar, que la Iglesia esté ahora como está.

No hay que ocultar el mal. No hay que callar su descripción. No hay que eliminar a los monstruos de los cuentos infantiles. Hay que enseñar a los niños a luchar contra ellos. Hay que enseñar a los niños que los monstruos te pueden poseer y obligarte a hacer lo que ellos quieren. Que si uno no está en guardia día y noche, se puede convertir en orco.

En el documental Examen de conciencia podemos ver la entrevista realizada a un cura abusador de niños. Creo que es algo que toda persona debería ver. Desde luego, no es agradable. Es siniestro y deprimente. Como toda la situación actual en la Iglesia Católica. Como toda la situación actual en el mundo. Como toda la historia humana.

Toda persona debería ver la película Spotlight. Toda persona debería ver el documental The Keepers.

Todo joven cristiano debería ser consciente del poder del mal, de lo que el mal es capaz de hacer. Es la única manera de descubrirlo, de saber enfrentarlo. Aún sabiendo que, en muchísimas ocasiones, uno perderá. En su vida mortal. Como la hermana Cesnik.

Que el mal lo puede corromper todo, porque en todo corazón puede morar.

Y que el principal deber de un hombre es combatir contra los demonios de su propia alma.

VALOR INCALCULABLE

Bajo un cielo de color perla, una figura negra investigaba el horizonte nevado con un catalejo, desde lo alto de los restos oxidados de una torre eléctrica.

Al pie de la torre esperaba su caballo. Y junto a su caballo, otro caballo, sobre el que comía carne curada otro personaje de vestido oscuro.

A lo lejos, se veía la ciudad desierta, cubierta de nieve. Ciudad era un nombre excesivo para aquello; pero tampoco merecía aún ser llamado ruina. En cualquier caso, sin duda alguna, estaba desierta. Desierta y blanca. Y fría.

Le hizo una señal a su compañero, indicándole una dirección. Después descendió y montó en su caballo. Ambos espolearon sus monturas. Los caballos resoplaron, formando nubes alrededor de sus cabezas, y trotaron decididos hacia donde se les ordenaba.

-¿Alguna vez piensas en la segunda venida de Cristo, Jörgens? -preguntó el que comía carne cruda.

Jörgens miraba hacia los edificios silenciosos a los que se aproximaban.

-Sólo cuando me lo recuerdan en misa -contestó-. Se está demasiado bien en el mundo, últimamente.

El otro hizo un gesto de asentimiento y le dio otro mordisco a su trozo de carne.

-¿Te preocupa, Laurence?

-Ni lo más mínimo; estoy en paz con mi Dios -respondió, antes de tragar el último trozo-. Es mera curiosidad intelectual.

Laurence permaneció pensativo un rato.

-Por otro lado, quizá venga precisamente cuando se esté demasiado bien en el mundo, Jörgens -insistió en el tema-. Como un ladrón al que no te esperas.

-Puede ser -concedió Jörgens-. No vino durante la Caída, que era el mejor escenario posible. Si no sonaron entonces las siete trompetas, no sé cuándo diablos lo van a hacer.

Laurence asintió con un ligero bamboleo de cabeza.

-El Padre O’Hara me comentó hace un par de días que el primer Concilio tras la Caída redujo drásticamente las referencias litúrgicas al libro del Apocalipsis.

-Tiene sentido -dijo Jörgens, pensativo-. Tiene todo el sentido.

La nieve volvía a caer. Los dos jinetes se cubrieron con las capuchas de sus abrigos negros de piel. Ambos enfilaron por el centro de una antigua calle de varios carriles. En el silencio reinante se podía oír el sonido de los copos al desvanecerse sobre sus figuras.

Después de un rato, Jörgens se detuvo ante un edificio. Lo examinó con curiosidad. Conservaba buena parte de su estructura. Descabalgó y permaneció mirándolo, así como al resto de la antigua calle que les rodeaba.

-¿Qué? –preguntó Laurence-. No tiene pinta de arsenal. Ni de refugio. Por aquí no hay ni caribes…

Jörgens se acercó a las puertas del edificio. Vio que estaban cerradas con cadenas. Volvió a su caballo y rebuscó dentro de las alforjas. Sacó un cortafríos y volvió a las puertas.

-Nos esperan dentro de dos días en la Casa de Gill, Jörgens –insistió su compañero con tono aburrido-. No podemos hacer demasiado turismo.

A Jörgens le hizo gracia la vetusta palabra.

-En algún lugar tendremos que pasar la noche, ¿no, Laurence? –preguntó a su compañero, mientras partía las cadenas.

-Eso sí es verdad –reconoció-. Y lo cierto es que, como posada, no tiene mala pinta.

Laurence descabalgó y cogió una antorcha que llevaba sujeta a sus alforjas. Siguió a Jörgens dentro del edificio, ambos tirando de sus caballos. Laurence encendió la antorcha. La recepción era bastante grande. Olía a cerrado, pero no a muerto. Siguieron hacia su derecha, por un ancho pasillo.

-¿Qué sería esto? –preguntó Laurence.

-Algún edificio burocrático, supongo.

-¿Aprovechamos para rezar?

-Vale –aceptó Jörgens, que no dejaba de investigar las sombras a su alrededor.

Laurence sacó de sus alforjas un apoyo para la antorcha y la dejó en el suelo. Se quitaron los abrigos de pieles y dieron de comer a los caballos. Arrodillados, pero con el cuerpo recto y las manos orantes colocadas delante del pecho, ambos comenzaron a rezar. El latín se mezclaba mansamente con el sonido de las mandíbulas de los caballos. Tras las oraciones, desplegaron mantas en el suelo; Jörgens comió algo de carne curada y se aprestó a realizar la primera guardia.

Terminado su trozo de carne, dormido ya Laurence, Jörgens se puso a rezar el rosario; pero se despistó al fijarse en las puertas que daban paso a otra estancia, justo enfrente de ellos; sobre las puertas, pudo leer:

AL H

Se notaba que faltaban dos letras, pues aún permanecía el fantasma de su presencia en la pared, a modo de manchas. Delante de la A, había una S. Detrás de la L, hubo otra A.

Sala H… -susurró Jörgens, en vez de enunciar el quinto Misterio Gozoso.

A la mañana siguiente, Laurence despertó a Jörgens para rezar Laudes. Tras desayunar, y mientras Laurence recogía el campamento, Jörgens se acercó a las puertas de la Sala H. Estaban cerradas. Probó otra vez, con un golpe seco y fuerte. Algo crujió al otro lado.

-Debieron de clavar maderas para impedir el paso -comentó Laurence, que había dejado de recoger para observar lo que hacía su compañero-. Hace mucho tiempo, por lo que se ve, porque la madera ya está completamente podrida.

Con un nuevo empellón, más fuerte aún, las puertas cedieron. Laurence acercó la antorcha. Un manto gris se extendía por el suelo. La habitación estaba repleta de estanterías vacías.

-¿Un archivo? -preguntó Laurence.

Jörgens se agachó. Se quitó el guante y tocó el suelo. Las yemas de sus dedos se quedaron grises.

-Ceniza -murmuró.

Laurence movió la antorcha, tratando de abarcar más espacio con su luz.

-Libros de papel… -susurró-. Allí. Y allí… Y aquí… Pero sólo restos. Restos de libros. Quemados.

Laurence miró a Jörgens con los ojos completamente abiertos. Jörgens no podía dejar de mirarse los dedos grises.

Dedicaron todo el día a escudriñar hasta el último rincón del edificio. Pero sólo encontraron otras dos habitaciones con estanterías, aunque en ambos casos completamente vacías.

-No nos podemos demorar más, Jörgens; ya nos va a resultar imposible llegar mañana a la Casa de Gill. Cuando lleguemos allí, daremos aviso para que vengan a investigar el lugar.

Jörgens suspiró y asintió pesaroso con la cabeza.

-Sólo una más… -dijo de repente.

Y salió corriendo hacia las siguientes puertas. Laurence resopló, pero siguió a su compañero con una sonrisa traviesa en la cara. Jörgens trataba de leer lo que había escrito encima de las puertas.

Sala… -dijo Laurence-… no sé cuál es esa letra… ¿La G?

-La C, creo -opinó Jörgens.

Estas puertas parecían estar más sólidamente cerradas. Jörgens tuvo que buscar varias herramientas dentro de sus alforjas para hacer saltar los pernios.

Al penetrar en la oscuridad de la estancia y extenderse por ella la luz vacilante de la antorcha, Laurence creyó que su corazón se había detenido para siempre.

Jörgens fue a buscar su propia antorcha para proporcionar más luz. Cuando volvió a la Sala C, encontró a Laurence arrodillado, cogiendo algo del suelo; algo de lo que el suelo estaba lleno.

-Son las obras completas de… de… de… -Laurence tartamudeaba-… San Agustín. En edición bilingüe…

La segunda antorcha permitió ver docenas de estanterías, las paredes, casi cada rincón del suelo; todo repleto de libros. Libros de papel. Hasta el techo.

-Santo Tomás de Aquino… San Francisco de Sales… San Atanasio… obras completas… por todas partes… -Laurence no paraba de recitar sus hallazgos-. ¡Oh, buen Dios! ¡El Señor de los Anillos!

Jörgens, de pie, sólo era capaz de llorar. Y, de vez en cuando, se le escapaba una risa nerviosa.

-Laurence, yo me quedaré haciendo guardia; tú vuelve enseguida. Hay que dar aviso al Gran Maestre.

Tras decir esto, Jörgens lo vio. Había algo más en el suelo, a unos metros de donde se encontraban. Llamó la atención de Laurence dándole unos golpes suaves en la espalda. Se acercaron ambos. El cuerpo momificado de un hombre, doblado como si hubiese estado escribiendo en el suelo de rodillas. Junto a él, un libro de notas. Jörgens lo cogió y leyó la última página.

-No le dio tiempo a terminar de escribir su oración… -comentó.

-¿Él hizo esto? -preguntó Laurence, volviendo a mirar fascinado el contenido de la Sala C-. Si es así, lo que ha hecho no tiene precio. No tiene precio.

Un ruido les sobresaltó, como el estrépito de una campana al caer. Ambos se giraron al mismo tiempo.

-Un tubo de ventilación -explicó Jörgens.

Se fijó en que aquellos restos caídos parecían contener algo. Se acercó para examinarlo mejor. Se acuclilló y acercó la llama de la antorcha.

-¿Qué pasa? -preguntó Laurence, ante el largo silencio de su compañero.

-Otra momia -contestó Jörgens-. Parece que murió de un balazo.

-¿Qué pequeña, no?

-Sí. Creo que era un niño.

“La lección difícil”, de William-Adolphe Bouguereau (1884)

EL FUEGO PURIFICADOR DE SAN VICENTE BIBLIOTECARIO

-¿Por qué se fue José de la Casa de Simou? -preguntó Iván, en voz baja, a Lope.

La luz de la hoguera permitía a Abraham limpiar su rifle; no hizo ningún gesto, a pesar de que había oído perfectamente la pregunta. Lope dejó por un momento de afilar su cuchillo de combate y buscó con la mirada a José, que conversaba con el ángel negro sobre un risco situado a unos cincuenta metros; después miró a Iván.

-¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? -preguntó a su vez Lope, mientras volvía a afilar su cuchillo.

-Lo hice… pero justo entonces me dispararon -respondió Iván-. De todos modos, no sé si me hubiese respondido…

-Seguramente no -opinó Lope.

Iván se quedó callado y miró hacia donde se encontraban José y el ángel. La mujercita alada miraba el Egeo desde uno de los hombros del mutante.

-A pesar de sus modales, creo que, en el fondo, José es un buen hombre… -dijo Iván.

Lope volvió a mirar al chaval. Abraham seguía limpiando su arma. Lope guardó su cuchillo y se sentó más cerca de Iván.

-José era muy parecido a ti, cuando tenía tus años -empezó Lope-. Sólo que mejor en todos los aspectos.

Iván no se esperaba el tono de aquel comentario. Abraham no pudo evitar sonreír, aunque siguió a lo suyo.

-Era el guerrero con más talento natural que yo haya conocido -continuó Lope-. Era, además, bondadoso y justo. Valiente. Siempre dispuesto a ayudar. Siempre dispuesto a servir. A tu edad, era ya también uno de los miembros más cultivados de la Casa de Simou: el tiempo que no empleaba en aprender a luchar, lo pasaba leyendo. Demasiado, quizá. O puede que el problema no estuviese en lo mucho que leía, sino en qué cosas leía… -Lope calló por un momento-. Las lecturas que teníamos a nuestras disposición, por otro lado… A los dos nos gustaba mucho Tolkien, como a ti -dijo Lope, con una sonrisa melancólica; Iván también sonrió-. Recuerdo una carta de Tolkien que leí hace mucho tiempo y que, por alguna razón, nunca he olvidado; me llamó la atención en su momento, porque hablaba de la imposibilidad que sentía para escribir una continuación de El Señor de los Anillos.

-¿Por qué le resultaba imposible? -preguntó Iván con vivo interés.

-Porque no le quedaría más remedio que hablar de la rápida corrupción del hombre cuando sólo conoce el bienestar y la paz. Lo cual, a Tolkien, le resultaba algo demasiado triste y deprimente de contar.

-Ciertamente, resulta más grato hablar de heroicidades que de mediocridades -dijo Iván.

Lope miró al chaval y volvió a sonreír con melancolía. Bajó la vista al suelo.

-Yo he llegado a la conclusión de que Tolkien se equivocaba -siguió Lope-. El mal ha de ser sacado a la luz, para que pueda ser conocido, previsto. Para que uno sepa reconocer peligros que, en caso contrario, le resultarían invisibles hasta que le estallasen en su propia cara. Hablar del mal puede ser deprimente, pero es necesario. Es necesario entender, lo antes posible, lo bajo que puede llegar a caer el ser humano, cualquier ser humano; incluso aquellos llamados a dirigir el destino de los mejores. Incluso aquellos que no tienen más enemigo que el hastío y el aburrimiento, en medio de la mayor de las abundancias. Una buena educación ha de insistir en la facilidad con que el ser humano se convierte en traidor.

-¿Para evitar que nos convirtamos en traidores? -preguntó Iván.

-Claro. Pero quizá haya algo más importante aún: evitar que la traición que suframos algún día nos derrote completamente y nos haga renegar de todo aquello que, en el fondo, amamos de verdad.

Lope calló. Iván se quedó con la mirada fija en su rostro.

-¿De qué habláis? -preguntó José, que llegaba en ese momento.

-De Tolkien -contestó Iván-. ¿Y los humanoides?

-Estirando las alas -contestó José-. ¿Has leído algo más en tu vida, aparte de Tolkien? -preguntó a su vez, con ironía.

-Claro que sí -respondió Iván, sonriente-. Aunque a veces creo que no necesito más que leerle a él. Que Dios me perdone, pero en ocasiones hasta me sobra la Biblia. Me gusta más el Ainulindalë que el Génesis.

-¡Eh, chaval! -exclamó jocoso José-. Como te oiga Abraham decir esas barbaridades te vas a quedar sin cena.

Todos sonrieron, incluso Abraham.

-La verdad es que yo también prefiero el Ainulindalë -comentó, dejando por un momento su tarea.

-¡Pero bueno! -exclamó de nuevo José-. ¡Pero en manos de quién estamos! Necesitas un confesor ahora mismo, Abri. Mientras lo buscas, yo me quedaré al mando. Te esperamos aquí, comiendo jabalí y libando bebidas espirituosas.

-Mañana seguiremos nuestro camino -dijo Abraham, de nuevo serio-. Iván ya está recuperado.

Todos miraron a Abraham.

-Eres un cortarrollos insoportable -dijo José-. ¿Cómo va a estar recuperado, si la fiebre incluso le hace blasfemar? ¿No acabas de oír lo que ha dicho sobre Tolkien y la Biblia?

Lope e Iván sonrieron.

-¿Qué libro de Tolkien volverías a leer, José? -preguntó de repente Iván.

La pregunta sorprendió a José, que se quedó pensando.

-Ninguno -respondió-. Creo que Tolkien está sobrevalorado.

Iván miró a Lope, que se miraba los dedos.

-A veces pienso que San Vicente Bibliotecario quizá se equivocó al conservar sus libros en vez de los del pobre C. S. Lewis -dijo José, sin alegría.

-Pero ese escritor era hereje -dijo Iván-. Pertenecía a una secta que aprobaba el divorcio, nada menos.

-Así es -intervino Lope-. Y, sin embargo, conocemos los testimonios de no pocos católicos, todos grandes figuras del pensamiento romano, que afirman la belleza y verdad de muchas obras del tal C. S. Lewis. Los pocos y minúsculos fragmentos que nos han llegado de este autor se deben a la admiración que despertó entre tantos buenos católicos. Incluso en el propio Tolkien, antes de que su amistad se enfriara.

-San Vicente hizo lo que hizo durante la Caída -dijo Iván, un poco desconcertado-. Supongo que en un momento así, cuando ves lo que ha sufrido la Creación por los desmanes de los hombres, sólo quieres que sobreviva lo más puro, lo que realmente tiene poder para curar al mundo. Por eso quemó tantos libros. Por eso quemó los libros de C. S. Lewis.

Al callar Iván, nadie más habló.

Lope hizo amago de decir algo, pero al final permaneció en silencio.

-Quizá el problema está en creer que la pureza salvará a alguien -dijo José, mientras buscaba en el cielo a los dos humanoides-. Los seres humanos tienen que aprender a vivir con la suciedad, no con la pureza.

Iván miró a José y después miró a Lope. Ninguno le miraba a él.

De repente sintió unos besitos en la oreja derecha y no pudo evitar reír por las cosquillas.

LA FELLOWSHIP DEL LIBRO

La destartalada furgoneta blanca hacía equilibrios sobre los restos de la carretera que se asomaba al océano Atlántico. Abraham, al volante, no hacía excesivos esfuerzos por evitar los baches.

Iván, sentado a su derecha, llevaba un buen rato con la mirada perdida en el horizonte marino.

José dormitaba en el asiento de atrás; al parecer, sin sentirse demasiado molesto por el traqueteo del vehículo.

Hasta que un bache excesivamente profundo logró despertarle.

-Había creído entender que teníamos que llegar vivos a algún lugar, para recoger algo y llevarlo a otro sitio… -masculló José.

-Así es -confirmó Abraham.

-Cualquiera lo diría, viendo tu manera de conducir…

José se restregó los ojos y miró alrededor, a través de las ventanillas. Su cara se torció en un gesto de extrañeza.

-Juraría que esto me suena…

-Claro -dijo Abraham-. Nos acercamos a la Casa de Simou.

José se quedó clavado en su asiento, mirando la nuca de Abraham como si pudiese golpearla con la vista.

-¿Por qué no me dijiste que teníamos que venir aquí?

-Porque me dijiste que no querías saber nada hasta que el grupo estuviese completo. Y eso es lo que vamos a hacer, completar el grupo.

-¿En la Casa de Simou?

-No te preocupes, no llegaremos a entrar. Ahí está el cuarto superhéroe -dijo Abraham, en un tono tan excesivamente serio que hizo sonreír a Iván.

La furgoneta se detuvo fuera de la carretera, al borde de un profundo acantilado. José miró por la ventanilla. Se quedó inmóvil durante unos segundos.

Un hombre parecía esperarles, parado al lado de la carretera. Un macuto yacía a sus pies. De una estatura colosal, el pelo rapado al cero y una musculatura diseñada para el combate. En su cinturón portaba una pistola y una pequeña hacha. El rostro, anguloso y tenuemente pardusco, permanecía sereno, alrededor de unos ojos casi grises.

-Cómo puedes ser tan hijodelagranputa, Abraham… -dijo José, mientras salía de la furgoneta.

Iván miró a Abraham sin comprender, pero éste sólo prestaba atención al cinturón de seguridad que se estaba desabrochando.

Al ver a José, un ligero temblor de la mejilla pareció romper por un momento el rostro contenido del coloso.

José miró al suelo y volvió a mirar a Abraham, que no parecía prestarle demasiada atención al nuevo personaje. Finalmente se acercó a él.

-Lope -dijo, adelantando la mano derecha.

-José -respondió el gigante, apretando su mano.

Tras el saludo, José se quedó con los brazos en jarras, mirando alternativamente al suelo, al mar y a Lope.

Abraham se acercó sin saludar.

-Hace buen día. Creo que podemos comer aquí, descansar un rato y así aprovecho para contaros lo que vamos a hacer.

Abraham se puso manos a la obra y el resto le siguió.

José y Lope permanecieron callados durante la comida. Iván observaba de reojo el silencio tenso de ambos. Terminada su ración, Abraham se dispuso a hablar.

-Tenemos que ir a Atenas, a recoger la copia de un libro, para llevarlo a la Casa de Latakia, en Siria -dijo, lacónico.

Iván abrió los ojos desmesuradamente y parecía a punto de saltar de alegría. José también parecía sorprendido, pero mucho menos entusiasmado que el joven. Lope no parecía sorprendido en absoluto.

-¿Por qué Atenas? -preguntó José.

-Allí vive el maestro iluminador Thomas -respondió Abraham-. Él ha realizado la copia.

-¿Thomas, el teólogo? -volvió a preguntar José, nuevamente sorprendido.

Abraham afirmó con la cabeza.

José se quedó ensimismado, recordando algo. Lope dejó de masticar durante unos segundos.

-¿De qué libro es la copia? -volvió a preguntar José.

-El Evangelio de San Juan -respondió Abraham, mientras empezaba a recoger.

Los ojos de Iván fueron capaces de abrirse un poco más, al tiempo que se santiguaba. Lope se quedó por un momento mirando a José, mientras éste le daba un largo trago a su botella.

-Toda esa zona está a punto de estallar -comentó Lope.

-Por eso os necesito -respondió Abraham-. Iremos en furgoneta hasta los Alpes Dináricos y, a partir de ahí, entraremos a pie en el territorio de la Liga.

La cara de Lope también fue de sorpresa, en esta ocasión.

-Los neo-arrianos ganaron las elecciones en Arkalejandría hace un par de meses y están haciendo lo que siempre hacen cuando ganan elecciones: utilizar la ciudad como banco de pruebas de su política religiosa -explicó Abraham-. No quiero usar sus carreteras. Nos mantendremos en los bosques.

-¿Por qué no ir en barco hasta Atenas? -preguntó José.

-No pasaríamos los controles marítimos. El Egeo está repleto de barcos de guerra. Intentaremos aprovechar las montañas para acercarnos todo lo que podamos. Recogeremos el libro y regresaremos a las montañas. Y saldremos del territorio de la Liga.

-¿Cómo estás pensando llegar a Siria, entonces? -preguntó José, nuevamente, cada vez más perplejo-. ¿Rodeando el Mar Negro?

Abraham asintió con la cabeza. Lope permaneció en un silencio meditabundo.

-Vamos a pasar más tiempo rodeados de caribes que de seres humanos… -comentó José.

-Probablemente. Por eso te pago lo que te pago -dijo Abraham, sin cambiar el tono de su voz.

José dejó florecer una sonrisa amarga en su boca.

Iván era incapaz de controlar su excitación, con la mirada perdida en entretenidas imaginaciones. José se fijó en él.

-¿Y a ti qué te pasa? -le preguntó.

-Es que… -el muchacho parecía incapaz de hablar, de la emoción-. Es como cuando se forma la Comunidad del Anillo, durante el Concilio de Elrond. Ahora también nosotros somos una Comunidad, a punto de iniciar una fenomenal aventura… Somos la Comunidad… del Libro. ¡La Fellowship del Evangelio de San Juan! -exclamó.

-Este niño está gilipollas… -dijo José, antes de darle otro trago a su botella.

Iván se quedó mohíno por el comentario. Lope, al levantarse, magreó cariñoso con una de sus manazas el pelo del chaval.

Abraham ya estaba metiendo su mochila en la parte de atrás de la furgoneta.

PROFUNDAMENTE OSCURO, CASI ATERRADOR

‘Don’t kill us,’ he wept. ‘Don’t hurt us with nassty cruel steel! Let us live, yes, live just a little longer. Lost lost! We’re lost. And when Precious goes we’ll die, yes, die into the dust.’ He clawed up the ashes of the path with his long fleshless fingers. ‘Dusst!’ he hissed.

The Lord of the Rings, de J.R.R. Tolkien; HarperCollins, 2007; pg. 944.

Las películas han incorporado una falsa luz al recuerdo de mi primera lectura de El Señor de los Anillos.

Mi recuerdo era profundamente oscuro, casi aterrador. Nunca pude olvidar, desde aquella primera lectura a los 11 años de edad, la escena de las cabezas siendo catapultadas dentro de Minas Tirith.

Y nunca pude olvidar a Gollum. Porque mi mente infantil había establecido una conexión directa entre este personaje y otros que había visto por las calles de Ferrol: Gollum me permitió empezar a entender qué era un yonqui. Y por qué actuaban como lo hacían. Comprendí que eran seres dignos de compasión. Y, al mismo tiempo, extremadamente peligrosos.

Que en un pasado habían sido como yo. Niños repletos de sueños e ilusiones. Y que ahora les resultaba casi imposible recuperar la voluntad que habían entregado al poder de la heroína.

Tolkien, sin tener la más mínima idea del desastre que iba a provocar el consumo masivo de drogas, me regaló una explicación de esas almas perdidas, mucho más acertada y útil que cualquier análisis de sociólogos o psicólogos supuestamente expertos en el tema.

Tolkien creó eso que es objetivo y fin de la literatura: personajes verdaderos, sea cual sea la época y el lugar del lector.

Nunca podré enfadarme lo suficiente con aquellos que menosprecian la obra de Tolkien. Enfadarme o compadecer.

Me he puesto a pensar en esto, porque yo también querría transmitir esa comprensión del mundo a través de mi escritura. Que mis personajes no quedasen anclados a una época, que pudieran vivir en todas.

Y que, aunque el recuerdo que dejen sea oscuro, casi aterrador, sirva para insistir en arrastrarnos hasta el Monte del Destino y arrojar allí nuestros anillos. Siempre conscientes de que nuestras propias fuerzas no bastarán.

De que quizá necesitemos un Gollum cerca con el que pelearnos, para que nos derrote en lo peor, y así triunfar.

TYREESE

El noveno capítulo de la quinta temporada de The Walking Dead es una de esas obras maestras en las que el ser humano da lo mejor de sí, rozando la médula de toda la verdad que nos es posible alcanzar en este mundo.

La lucha de Tyreese para que el vivir no sea un mero y bestial sobrevivir es resuelta por los guionistas en toda su crudeza, sin plantear finales felices de los que nadie puede estar seguro. Y exponiendo desnudamente la esperanza en su furioso combate contra el regular y cotidiano transcurrir de la vileza insospechada del mundo.

Tyreese se niega a rendirse, no sólo como ser vivo, sino como persona. Se niega a no perdonar. Aunque el mundo, en no pocas ocasiones, es inmisericorde con el que perdona. Perdonar es una debilidad.

El perdón, para mí, siempre ha sido la parte más difícil del Credo. Creer en la resurrección de la carne, que tanto molestaba al San Manuel Bueno de Unamuno, a mí apenas me cuesta trabajo. Perdonar. He ahí el quid de la cuestión. La piedra de toque. Porque perdonar es arriesgarse al sacrificio, propio y de la gente que uno ama. Es una victoria mundana que desdeñamos, ¿por qué? Sólo puede haber razones ultramundanas para esta respuesta.

Aunque se niega a ser un mero animal, Tyreese no quiere dejar de ser un montaraz. Y un montaraz ha de permanecer en guardia, en vigilia constante. Atento a las fronteras, donde moran los dragones. Mirando al abismo cara a cara. Como su padre, no deja de escuchar las noticias, para saber cómo es el mundo en el que le toca luchar. Quiere conocer la verdad del mundo, por dura y oscura que ésta sea. Sólo así podrá estar preparado para proteger a los suyos, con la elevada y peligrosa apuesta con la que pretende hacerlo: ser persona, no un vulgar animal.

La Comarca vivía feliz en tiempos oscuros, desdeñando a los extraños montaraces que eran los principales artífices de que los males del mundo no la alcanzasen. Cuando todo el mal de la Tierra Media se abatió sobre ella, fue incapaz de resistir. Sólo el regreso de aquellos hobbits que se habían enfrentado con el estado real del mundo pudo permitir una derrota del mal infiltrado.

No debe existir esa división entre pueblo feliz e ignorante, por un lado, y montaraces duros y sombríos, por el otro. Todo hombre, toda mujer, ha de ser un montaraz. Para que el mundo siga siendo un lugar mínimamente habitable, no un infierno de jaurías humanas, nadie debe apartar la mirada.

Pero, ¿acaso puede hacer el ser humano tal cosa, si sus ojos no son capaces de ver algo más allá de lo que el mundo es? No lo creo.

A pesar de todo, no lo creo.

Y, sin embargo, a veces no hay nada más difícil de creer que aquello que escribió San Pablo en su segunda carta a los corintios, leído por el sacerdote en el entierro de Tyreese:

Pues el peso momentáneo y ligero de nuestras penalidades produce, sobre toda medida, un peso eterno de gloria para los que no miramos las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las visibles son temporales, las invisibles eternas. Sabemos que si esta tienda en que habitamos en la tierra se destruye, tenemos otra casa, que es obra de Dios; una morada eterna en los cielos, no construida por mano de hombres.

MUERTE DIGNA

“De pronto, a una orden del rey, Crinblanca se lanzó hacia adelante. Detrás de él el estandarte flameaba al viento: un caballo blanco en un campo verde: pero Théoden ya se alejaba. En pos del rey galopaban los Jinetes de la escolta, pero ninguno lograba darle alcance. Con ellos galopaba Éomer, y la crin blanca de la cimera del yelmo le flotaba al viento, y la vanguardia del primer éored rugía como un oleaje embravecido al estrellarse contra las rocas de la orilla, pero nadie era tan rápido como el rey Théoden. Galopaba con un furor demente, como si la fervorosa sangre guerrera de sus antepasados le corriera por las venas en un fuego nuevo; y transportado por Crinblanca parecía un dios de la antigüedad, el propio Orome el Grande, se hubiera dicho, en la batalla de Valar, cuando el mundo era joven. El escudo de oro resplandecía y centelleaba como una imagen del sol, y la hierba reverdecía alrededor de las patas del caballo. Pues llegaba la mañana, la mañana y un viento del mar; y ya se disipaban las tinieblas; y los hombres de Mordor gemían, y conocían el pánico, y huían y morían, y los cascos de la ira pasaban sobre ellos. Y de pronto los ejércitos de Rohan rompieron a cantar, y cantaban mientras mataban, pues el júbilo de la batalla estaba en todos ellos, y los sonidos de ese canto que era hermoso y terrible llegaron aun a la Ciudad.

[…]

¡No derraméis excesivas lágrimas! Noble fue en vida el caído
y tuvo una muerte digna. Cuando el túmulo se levante
llorarán las mujeres. ¡Ahora la guerra nos reclama!

El Señor de los Anillos. El Retorno del Rey, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; pgs. 137, 145.

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