El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: TOLKIEN

VALOR INCALCULABLE

Bajo un cielo de color perla, una figura negra investigaba el horizonte nevado con un catalejo, desde lo alto de los restos oxidados de una torre eléctrica.

Al pie de la torre esperaba su caballo. Y junto a su caballo, otro caballo, sobre el que comía carne curada otro personaje de vestido oscuro.

A lo lejos, se veía la ciudad desierta, cubierta de nieve. Ciudad era un nombre excesivo para aquello; pero tampoco merecía aún ser llamado ruina. En cualquier caso, sin duda alguna, estaba desierta. Desierta y blanca. Y fría.

Le hizo una señal a su compañero, indicándole una dirección. Después descendió y montó en su caballo. Ambos espolearon sus monturas. Los caballos resoplaron, formando nubes alrededor de sus cabezas, y trotaron decididos hacia donde se les ordenaba.

-¿Alguna vez piensas en la segunda venida de Cristo, Jörgens? -preguntó el que comía carne cruda.

Jörgens miraba hacia los edificios silenciosos a los que se aproximaban.

-Sólo cuando me lo recuerdan en misa -contestó-. Se está demasiado bien en el mundo, últimamente.

El otro hizo un gesto de asentimiento y le dio otro mordisco a su trozo de carne.

-¿Te preocupa, Laurence?

-Ni lo más mínimo; estoy en paz con mi Dios -respondió, antes de tragar el último trozo-. Es mera curiosidad intelectual.

Laurence permaneció pensativo un rato.

-Por otro lado, quizá venga precisamente cuando se esté demasiado bien en el mundo, Jörgens -insistió en el tema-. Como un ladrón al que no te esperas.

-Puede ser -concedió Jörgens-. No vino durante la Caída, que era el mejor escenario posible. Si no sonaron entonces las siete trompetas, no sé cuándo diablos lo van a hacer.

Laurence asintió con un ligero bamboleo de cabeza.

-El Padre O’Hara me comentó hace un par de días que el primer Concilio tras la Caída redujo drásticamente las referencias litúrgicas al libro del Apocalipsis.

-Tiene sentido -dijo Jörgens, pensativo-. Tiene todo el sentido.

La nieve volvía a caer. Los dos jinetes se cubrieron con las capuchas de sus abrigos negros de piel. Ambos enfilaron por el centro de una antigua calle de varios carriles. En el silencio reinante se podía oír el sonido de los copos al desvanecerse sobre sus figuras.

Después de un rato, Jörgens se detuvo ante un edificio. Lo examinó con curiosidad. Conservaba buena parte de su estructura. Descabalgó y permaneció mirándolo, así como al resto de la antigua calle que les rodeaba.

-¿Qué? –preguntó Laurence-. No tiene pinta de arsenal. Ni de refugio. Por aquí no hay ni caribes…

Jörgens se acercó a las puertas del edificio. Vio que estaban cerradas con cadenas. Volvió a su caballo y rebuscó dentro de las alforjas. Sacó un cortafríos y volvió a las puertas.

-Nos esperan dentro de dos días en la Casa de Gill, Jörgens –insistió su compañero con tono aburrido-. No podemos hacer demasiado turismo.

A Jörgens le hizo gracia la vetusta palabra.

-En algún lugar tendremos que pasar la noche, ¿no, Laurence? –preguntó a su compañero, mientras partía las cadenas.

-Eso sí es verdad –reconoció-. Y lo cierto es que, como posada, no tiene mala pinta.

Laurence descabalgó y cogió una antorcha que llevaba sujeta a sus alforjas. Siguió a Jörgens dentro del edificio, ambos tirando de sus caballos. Laurence encendió la antorcha. La recepción era bastante grande. Olía a cerrado, pero no a muerto. Siguieron hacia su derecha, por un ancho pasillo.

-¿Qué sería esto? –preguntó Laurence.

-Algún edificio burocrático, supongo.

-¿Aprovechamos para rezar?

-Vale –aceptó Jörgens, que no dejaba de investigar las sombras a su alrededor.

Laurence sacó de sus alforjas un apoyo para la antorcha y la dejó en el suelo. Se quitaron los abrigos de pieles y dieron de comer a los caballos. Arrodillados, pero con el cuerpo recto y las manos orantes colocadas delante del pecho, ambos comenzaron a rezar. El latín se mezclaba mansamente con el sonido de las mandíbulas de los caballos. Tras las oraciones, desplegaron mantas en el suelo; Jörgens comió algo de carne curada y se aprestó a realizar la primera guardia.

Terminado su trozo de carne, dormido ya Laurence, Jörgens se puso a rezar el rosario; pero se despistó al fijarse en las puertas que daban paso a otra estancia, justo enfrente de ellos; sobre las puertas, pudo leer:

AL H

Se notaba que faltaban dos letras, pues aún permanecía el fantasma de su presencia en la pared, a modo de manchas. Delante de la A, había una S. Detrás de la L, hubo otra A.

Sala H… -susurró Jörgens, en vez de enunciar el quinto Misterio Gozoso.

A la mañana siguiente, Laurence despertó a Jörgens para rezar Laudes. Tras desayunar, y mientras Laurence recogía el campamento, Jörgens se acercó a las puertas de la Sala H. Estaban cerradas. Probó otra vez, con un golpe seco y fuerte. Algo crujió al otro lado.

-Debieron de clavar maderas para impedir el paso -comentó Laurence, que había dejado de recoger para observar lo que hacía su compañero-. Hace mucho tiempo, por lo que se ve, porque la madera ya está completamente podrida.

Con un nuevo empellón, más fuerte aún, las puertas cedieron. Laurence acercó la antorcha. Un manto gris se extendía por el suelo. La habitación estaba repleta de estanterías vacías.

-¿Un archivo? -preguntó Laurence.

Jörgens se agachó. Se quitó el guante y tocó el suelo. Las yemas de sus dedos se quedaron grises.

-Ceniza -murmuró.

Laurence movió la antorcha, tratando de abarcar más espacio con su luz.

-Libros de papel… -susurró-. Allí. Y allí… Y aquí… Pero sólo restos. Restos de libros. Quemados.

Laurence miró a Jörgens con los ojos completamente abiertos. Jörgens no podía dejar de mirarse los dedos grises.

Dedicaron todo el día a escudriñar hasta el último rincón del edificio. Pero sólo encontraron otras dos habitaciones con estanterías, aunque en ambos casos completamente vacías.

-No nos podemos demorar más, Jörgens; ya nos va a resultar imposible llegar mañana a la Casa de Gill. Cuando lleguemos allí, daremos aviso para que vengan a investigar el lugar.

Jörgens suspiró y asintió pesaroso con la cabeza.

-Sólo una más… -dijo de repente.

Y salió corriendo hacia las siguientes puertas. Laurence resopló, pero siguió a su compañero con una sonrisa traviesa en la cara. Jörgens trataba de leer lo que había escrito encima de las puertas.

Sala… -dijo Laurence-… no sé cuál es esa letra… ¿La G?

-La C, creo -opinó Jörgens.

Estas puertas parecían estar más sólidamente cerradas. Jörgens tuvo que buscar varias herramientas dentro de sus alforjas para hacer saltar los pernios.

Al penetrar en la oscuridad de la estancia y extenderse por ella la luz vacilante de la antorcha, Laurence creyó que su corazón se había detenido para siempre.

Jörgens fue a buscar su propia antorcha para proporcionar más luz. Cuando volvió a la Sala C, encontró a Laurence arrodillado, cogiendo algo del suelo; algo de lo que el suelo estaba lleno.

-Son las obras completas de… de… de… -Laurence tartamudeaba-… San Agustín. En edición bilingüe…

La segunda antorcha permitió ver docenas de estanterías, las paredes, casi cada rincón del suelo; todo repleto de libros. Libros de papel. Hasta el techo.

-Santo Tomás de Aquino… San Francisco de Sales… San Atanasio… obras completas… por todas partes… -Laurence no paraba de recitar sus hallazgos-. ¡Oh, buen Dios! ¡El Señor de los Anillos!

Jörgens, de pie, sólo era capaz de llorar. Y, de vez en cuando, se le escapaba una risa nerviosa.

-Laurence, yo me quedaré haciendo guardia; tú vuelve enseguida. Hay que dar aviso al Gran Maestre.

Tras decir esto, Jörgens lo vio. Había algo más en el suelo, a unos metros de donde se encontraban. Llamó la atención de Laurence dándole unos golpes suaves en la espalda. Se acercaron ambos. El cuerpo momificado de un hombre, doblado como si hubiese estado escribiendo en el suelo de rodillas. Junto a él, un libro de notas. Jörgens lo cogió y leyó la última página.

-No le dio tiempo a terminar de escribir su oración… -comentó.

-¿Él hizo esto? -preguntó Laurence, volviendo a mirar fascinado el contenido de la Sala C-. Si es así, lo que ha hecho no tiene precio. No tiene precio.

Un ruido les sobresaltó, como el estrépito de una campana al caer. Ambos se giraron al mismo tiempo.

-Un tubo de ventilación -explicó Jörgens.

Se fijó en que aquellos restos caídos parecían contener algo. Se acercó para examinarlo mejor. Se acuclilló y acercó la llama de la antorcha.

-¿Qué pasa? -preguntó Laurence, ante el largo silencio de su compañero.

-Otra momia -contestó Jörgens-. Parece que murió de un balazo.

-¿Qué pequeña, no?

-Sí. Creo que era un niño.

“La lección difícil”, de William-Adolphe Bouguereau (1884)

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EL FUEGO PURIFICADOR DE SAN VICENTE BIBLIOTECARIO

-¿Por qué se fue José de la Casa de Simou? -preguntó Iván, en voz baja, a Lope.

La luz de la hoguera permitía a Abraham limpiar su rifle; no hizo ningún gesto, a pesar de que había oído perfectamente la pregunta. Lope dejó por un momento de afilar su cuchillo de combate y buscó con la mirada a José, que conversaba con el ángel negro sobre un risco situado a unos cincuenta metros; después miró a Iván.

-¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? -preguntó a su vez Lope, mientras volvía a afilar su cuchillo.

-Lo hice… pero justo entonces me dispararon -respondió Iván-. De todos modos, no sé si me hubiese respondido…

-Seguramente no -opinó Lope.

Iván se quedó callado y miró hacia donde se encontraban José y el ángel. La mujercita alada miraba el Egeo desde uno de los hombros del mutante.

-A pesar de sus modales, creo que, en el fondo, José es un buen hombre… -dijo Iván.

Lope volvió a mirar al chaval. Abraham seguía limpiando su arma. Lope guardó su cuchillo y se sentó más cerca de Iván.

-José era muy parecido a ti, cuando tenía tus años -empezó Lope-. Sólo que mejor en todos los aspectos.

Iván no se esperaba el tono de aquel comentario. Abraham no pudo evitar sonreír, aunque siguió a lo suyo.

-Era el guerrero con más talento natural que yo haya conocido -continuó Lope-. Era, además, bondadoso y justo. Valiente. Siempre dispuesto a ayudar. Siempre dispuesto a servir. A tu edad, era ya también uno de los miembros más cultivados de la Casa de Simou: el tiempo que no empleaba en aprender a luchar, lo pasaba leyendo. Demasiado, quizá. O puede que el problema no estuviese en lo mucho que leía, sino en qué cosas leía… -Lope calló por un momento-. Las lecturas que teníamos a nuestras disposición, por otro lado… A los dos nos gustaba mucho Tolkien, como a ti -dijo Lope, con una sonrisa melancólica; Iván también sonrió-. Recuerdo una carta de Tolkien que leí hace mucho tiempo y que, por alguna razón, nunca he olvidado; me llamó la atención en su momento, porque hablaba de la imposibilidad que sentía para escribir una continuación de El Señor de los Anillos.

-¿Por qué le resultaba imposible? -preguntó Iván con vivo interés.

-Porque no le quedaría más remedio que hablar de la rápida corrupción del hombre cuando sólo conoce el bienestar y la paz. Lo cual, a Tolkien, le resultaba algo demasiado triste y deprimente de contar.

-Ciertamente, resulta más grato hablar de heroicidades que de mediocridades -dijo Iván.

Lope miró al chaval y volvió a sonreír con melancolía. Bajó la vista al suelo.

-Yo he llegado a la conclusión de que Tolkien se equivocaba -siguió Lope-. El mal ha de ser sacado a la luz, para que pueda ser conocido, previsto. Para que uno sepa reconocer peligros que, en caso contrario, le resultarían invisibles hasta que le estallasen en su propia cara. Hablar del mal puede ser deprimente, pero es necesario. Es necesario entender, lo antes posible, lo bajo que puede llegar a caer el ser humano, cualquier ser humano; incluso aquellos llamados a dirigir el destino de los mejores. Incluso aquellos que no tienen más enemigo que el hastío y el aburrimiento, en medio de la mayor de las abundancias. Una buena educación ha de insistir en la facilidad con que el ser humano se convierte en traidor.

-¿Para evitar que nos convirtamos en traidores? -preguntó Iván.

-Claro. Pero quizá haya algo más importante aún: evitar que la traición que suframos algún día nos derrote completamente y nos haga renegar de todo aquello que, en el fondo, amamos de verdad.

Lope calló. Iván se quedó con la mirada fija en su rostro.

-¿De qué habláis? -preguntó José, que llegaba en ese momento.

-De Tolkien -contestó Iván-. ¿Y los humanoides?

-Estirando las alas -contestó José-. ¿Has leído algo más en tu vida, aparte de Tolkien? -preguntó a su vez, con ironía.

-Claro que sí -respondió Iván, sonriente-. Aunque a veces creo que no necesito más que leerle a él. Que Dios me perdone, pero en ocasiones hasta me sobra la Biblia. Me gusta más el Ainulindalë que el Génesis.

-¡Eh, chaval! -exclamó jocoso José-. Como te oiga Abraham decir esas barbaridades te vas a quedar sin cena.

Todos sonrieron, incluso Abraham.

-La verdad es que yo también prefiero el Ainulindalë -comentó, dejando por un momento su tarea.

-¡Pero bueno! -exclamó de nuevo José-. ¡Pero en manos de quién estamos! Necesitas un confesor ahora mismo, Abri. Mientras lo buscas, yo me quedaré al mando. Te esperamos aquí, comiendo jabalí y libando bebidas espirituosas.

-Mañana seguiremos nuestro camino -dijo Abraham, de nuevo serio-. Iván ya está recuperado.

Todos miraron a Abraham.

-Eres un cortarrollos insoportable -dijo José-. ¿Cómo va a estar recuperado, si la fiebre incluso le hace blasfemar? ¿No acabas de oír lo que ha dicho sobre Tolkien y la Biblia?

Lope e Iván sonrieron.

-¿Qué libro de Tolkien volverías a leer, José? -preguntó de repente Iván.

La pregunta sorprendió a José, que se quedó pensando.

-Ninguno -respondió-. Creo que Tolkien está sobrevalorado.

Iván miró a Lope, que se miraba los dedos.

-A veces pienso que San Vicente Bibliotecario quizá se equivocó al conservar sus libros en vez de los del pobre C. S. Lewis -dijo José, sin alegría.

-Pero ese escritor era hereje -dijo Iván-. Pertenecía a una secta que aprobaba el divorcio, nada menos.

-Así es -intervino Lope-. Y, sin embargo, conocemos los testimonios de no pocos católicos, todos grandes figuras del pensamiento romano, que afirman la belleza y verdad de muchas obras del tal C. S. Lewis. Los pocos y minúsculos fragmentos que nos han llegado de este autor se deben a la admiración que despertó entre tantos buenos católicos. Incluso en el propio Tolkien, antes de que su amistad se enfriara.

-San Vicente hizo lo que hizo durante la Caída -dijo Iván, un poco desconcertado-. Supongo que en un momento así, cuando ves lo que ha sufrido la Creación por los desmanes de los hombres, sólo quieres que sobreviva lo más puro, lo que realmente tiene poder para curar al mundo. Por eso quemó tantos libros. Por eso quemó los libros de C. S. Lewis.

Al callar Iván, nadie más habló.

Lope hizo amago de decir algo, pero al final permaneció en silencio.

-Quizá el problema está en creer que la pureza salvará a alguien -dijo José, mientras buscaba en el cielo a los dos humanoides-. Los seres humanos tienen que aprender a vivir con la suciedad, no con la pureza.

Iván miró a José y después miró a Lope. Ninguno le miraba a él.

De repente sintió unos besitos en la oreja derecha y no pudo evitar reír por las cosquillas.

LA FELLOWSHIP DEL LIBRO

La destartalada furgoneta blanca hacía equilibrios sobre los restos de la carretera que se asomaba al océano Atlántico. Abraham, al volante, no hacía excesivos esfuerzos por evitar los baches.

Iván, sentado a su derecha, llevaba un buen rato con la mirada perdida en el horizonte marino.

José dormitaba en el asiento de atrás; al parecer, sin sentirse demasiado molesto por el traqueteo del vehículo.

Hasta que un bache excesivamente profundo logró despertarle.

-Había creído entender que teníamos que llegar vivos a algún lugar, para recoger algo y llevarlo a otro sitio… -masculló José.

-Así es -confirmó Abraham.

-Cualquiera lo diría, viendo tu manera de conducir…

José se restregó los ojos y miró alrededor, a través de las ventanillas. Su cara se torció en un gesto de extrañeza.

-Juraría que esto me suena…

-Claro -dijo Abraham-. Nos acercamos a la Casa de Simou.

José se quedó clavado en su asiento, mirando la nuca de Abraham como si pudiese golpearla con la vista.

-¿Por qué no me dijiste que teníamos que venir aquí?

-Porque me dijiste que no querías saber nada hasta que el grupo estuviese completo. Y eso es lo que vamos a hacer, completar el grupo.

-¿En la Casa de Simou?

-No te preocupes, no llegaremos a entrar. Ahí está el cuarto superhéroe -dijo Abraham, en un tono tan excesivamente serio que hizo sonreír a Iván.

La furgoneta se detuvo fuera de la carretera, al borde de un profundo acantilado. José miró por la ventanilla. Se quedó inmóvil durante unos segundos.

Un hombre parecía esperarles, parado al lado de la carretera. Un macuto yacía a sus pies. De una estatura colosal, el pelo rapado al cero y una musculatura diseñada para el combate. En su cinturón portaba una pistola y una pequeña hacha. El rostro, anguloso y tenuemente pardusco, permanecía sereno, alrededor de unos ojos casi grises.

-Cómo puedes ser tan hijodelagranputa, Abraham… -dijo José, mientras salía de la furgoneta.

Iván miró a Abraham sin comprender, pero éste sólo prestaba atención al cinturón de seguridad que se estaba desabrochando.

Al ver a José, un ligero temblor de la mejilla pareció romper por un momento el rostro contenido del coloso.

José miró al suelo y volvió a mirar a Abraham, que no parecía prestarle demasiada atención al nuevo personaje. Finalmente se acercó a él.

-Lope -dijo, adelantando la mano derecha.

-José -respondió el gigante, apretando su mano.

Tras el saludo, José se quedó con los brazos en jarras, mirando alternativamente al suelo, al mar y a Lope.

Abraham se acercó sin saludar.

-Hace buen día. Creo que podemos comer aquí, descansar un rato y así aprovecho para contaros lo que vamos a hacer.

Abraham se puso manos a la obra y el resto le siguió.

José y Lope permanecieron callados durante la comida. Iván observaba de reojo el silencio tenso de ambos. Terminada su ración, Abraham se dispuso a hablar.

-Tenemos que ir a Atenas, a recoger la copia de un libro, para llevarlo a la Casa de Latakia, en Siria -dijo, lacónico.

Iván abrió los ojos desmesuradamente y parecía a punto de saltar de alegría. José también parecía sorprendido, pero mucho menos entusiasmado que el joven. Lope no parecía sorprendido en absoluto.

-¿Por qué Atenas? -preguntó José.

-Allí vive el maestro iluminador Thomas -respondió Abraham-. Él ha realizado la copia.

-¿Thomas, el teólogo? -volvió a preguntar José, nuevamente sorprendido.

Abraham afirmó con la cabeza.

José se quedó ensimismado, recordando algo. Lope dejó de masticar durante unos segundos.

-¿De qué libro es la copia? -volvió a preguntar José.

-El Evangelio de San Juan -respondió Abraham, mientras empezaba a recoger.

Los ojos de Iván fueron capaces de abrirse un poco más, al tiempo que se santiguaba. Lope se quedó por un momento mirando a José, mientras éste le daba un largo trago a su botella.

-Toda esa zona está a punto de estallar -comentó Lope.

-Por eso os necesito -respondió Abraham-. Iremos en furgoneta hasta los Alpes Dináricos y, a partir de ahí, entraremos a pie en el territorio de la Liga.

La cara de Lope también fue de sorpresa, en esta ocasión.

-Los neo-arrianos ganaron las elecciones en Arkalejandría hace un par de meses y están haciendo lo que siempre hacen cuando ganan elecciones: utilizar la ciudad como banco de pruebas de su política religiosa -explicó Abraham-. No quiero usar sus carreteras. Nos mantendremos en los bosques.

-¿Por qué no ir en barco hasta Atenas? -preguntó José.

-No pasaríamos los controles marítimos. El Egeo está repleto de barcos de guerra. Intentaremos aprovechar las montañas para acercarnos todo lo que podamos. Recogeremos el libro y regresaremos a las montañas. Y saldremos del territorio de la Liga.

-¿Cómo estás pensando llegar a Siria, entonces? -preguntó José, nuevamente, cada vez más perplejo-. ¿Rodeando el Mar Negro?

Abraham asintió con la cabeza. Lope permaneció en un silencio meditabundo.

-Vamos a pasar más tiempo rodeados de caribes que de seres humanos… -comentó José.

-Probablemente. Por eso te pago lo que te pago -dijo Abraham, sin cambiar el tono de su voz.

José dejó florecer una sonrisa amarga en su boca.

Iván era incapaz de controlar su excitación, con la mirada perdida en entretenidas imaginaciones. José se fijó en él.

-¿Y a ti qué te pasa? -le preguntó.

-Es que… -el muchacho parecía incapaz de hablar, de la emoción-. Es como cuando se forma la Comunidad del Anillo, durante el Concilio de Elrond. Ahora también nosotros somos una Comunidad, a punto de iniciar una fenomenal aventura… Somos la Comunidad… del Libro. ¡La Fellowship del Evangelio de San Juan! -exclamó.

-Este niño está gilipollas… -dijo José, antes de darle otro trago a su botella.

Iván se quedó mohíno por el comentario. Lope, al levantarse, magreó cariñoso con una de sus manazas el pelo del chaval.

Abraham ya estaba metiendo su mochila en la parte de atrás de la furgoneta.

PROFUNDAMENTE OSCURO, CASI ATERRADOR

‘Don’t kill us,’ he wept. ‘Don’t hurt us with nassty cruel steel! Let us live, yes, live just a little longer. Lost lost! We’re lost. And when Precious goes we’ll die, yes, die into the dust.’ He clawed up the ashes of the path with his long fleshless fingers. ‘Dusst!’ he hissed.

The Lord of the Rings, de J.R.R. Tolkien; HarperCollins, 2007; pg. 944.

Las películas han incorporado una falsa luz al recuerdo de mi primera lectura de El Señor de los Anillos.

Mi recuerdo era profundamente oscuro, casi aterrador. Nunca pude olvidar, desde aquella primera lectura a los 11 años de edad, la escena de las cabezas siendo catapultadas dentro de Minas Tirith.

Y nunca pude olvidar a Gollum. Porque mi mente infantil había establecido una conexión directa entre este personaje y otros que había visto por las calles de Ferrol: Gollum me permitió empezar a entender qué era un yonqui. Y por qué actuaban como lo hacían. Comprendí que eran seres dignos de compasión. Y, al mismo tiempo, extremadamente peligrosos.

Que en un pasado habían sido como yo. Niños repletos de sueños e ilusiones. Y que ahora les resultaba casi imposible recuperar la voluntad que habían entregado al poder de la heroína.

Tolkien, sin tener la más mínima idea del desastre que iba a provocar el consumo masivo de drogas, me regaló una explicación de esas almas perdidas, mucho más acertada y útil que cualquier análisis de sociólogos o psicólogos supuestamente expertos en el tema.

Tolkien creó eso que es objetivo y fin de la literatura: personajes verdaderos, sea cual sea la época y el lugar del lector.

Nunca podré enfadarme lo suficiente con aquellos que menosprecian la obra de Tolkien. Enfadarme o compadecer.

Me he puesto a pensar en esto, porque yo también querría transmitir esa comprensión del mundo a través de mi escritura. Que mis personajes no quedasen anclados a una época, que pudieran vivir en todas.

Y que, aunque el recuerdo que dejen sea oscuro, casi aterrador, sirva para insistir en arrastrarnos hasta el Monte del Destino y arrojar allí nuestros anillos. Siempre conscientes de que nuestras propias fuerzas no bastarán.

De que quizá necesitemos un Gollum cerca con el que pelearnos, para que nos derrote en lo peor, y así triunfar.

TYREESE

El noveno capítulo de la quinta temporada de The Walking Dead es una de esas obras maestras en las que el ser humano da lo mejor de sí, rozando la médula de toda la verdad que nos es posible alcanzar en este mundo.

La lucha de Tyreese para que el vivir no sea un mero y bestial sobrevivir es resuelta por los guionistas en toda su crudeza, sin plantear finales felices de los que nadie puede estar seguro. Y exponiendo desnudamente la esperanza en su furioso combate contra el regular y cotidiano transcurrir de la vileza insospechada del mundo.

Tyreese se niega a rendirse, no sólo como ser vivo, sino como persona. Se niega a no perdonar. Aunque el mundo, en no pocas ocasiones, es inmisericorde con el que perdona. Perdonar es una debilidad.

El perdón, para mí, siempre ha sido la parte más difícil del Credo. Creer en la resurrección de la carne, que tanto molestaba al San Manuel Bueno de Unamuno, a mí apenas me cuesta trabajo. Perdonar. He ahí el quid de la cuestión. La piedra de toque. Porque perdonar es arriesgarse al sacrificio, propio y de la gente que uno ama. Es una victoria mundana que desdeñamos, ¿por qué? Sólo puede haber razones ultramundanas para esta respuesta.

Aunque se niega a ser un mero animal, Tyreese no quiere dejar de ser un montaraz. Y un montaraz ha de permanecer en guardia, en vigilia constante. Atento a las fronteras, donde moran los dragones. Mirando al abismo cara a cara. Como su padre, no deja de escuchar las noticias, para saber cómo es el mundo en el que le toca luchar. Quiere conocer la verdad del mundo, por dura y oscura que ésta sea. Sólo así podrá estar preparado para proteger a los suyos, con la elevada y peligrosa apuesta con la que pretende hacerlo: ser persona, no un vulgar animal.

La Comarca vivía feliz en tiempos oscuros, desdeñando a los extraños montaraces que eran los principales artífices de que los males del mundo no la alcanzasen. Cuando todo el mal de la Tierra Media se abatió sobre ella, fue incapaz de resistir. Sólo el regreso de aquellos hobbits que se habían enfrentado con el estado real del mundo pudo permitir una derrota del mal infiltrado.

No debe existir esa división entre pueblo feliz e ignorante, por un lado, y montaraces duros y sombríos, por el otro. Todo hombre, toda mujer, ha de ser un montaraz. Para que el mundo siga siendo un lugar mínimamente habitable, no un infierno de jaurías humanas, nadie debe apartar la mirada.

Pero, ¿acaso puede hacer el ser humano tal cosa, si sus ojos no son capaces de ver algo más allá de lo que el mundo es? No lo creo.

A pesar de todo, no lo creo.

Y, sin embargo, a veces no hay nada más difícil de creer que aquello que escribió San Pablo en su segunda carta a los corintios, leído por el sacerdote en el entierro de Tyreese:

Pues el peso momentáneo y ligero de nuestras penalidades produce, sobre toda medida, un peso eterno de gloria para los que no miramos las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las visibles son temporales, las invisibles eternas. Sabemos que si esta tienda en que habitamos en la tierra se destruye, tenemos otra casa, que es obra de Dios; una morada eterna en los cielos, no construida por mano de hombres.

MUERTE DIGNA

“De pronto, a una orden del rey, Crinblanca se lanzó hacia adelante. Detrás de él el estandarte flameaba al viento: un caballo blanco en un campo verde: pero Théoden ya se alejaba. En pos del rey galopaban los Jinetes de la escolta, pero ninguno lograba darle alcance. Con ellos galopaba Éomer, y la crin blanca de la cimera del yelmo le flotaba al viento, y la vanguardia del primer éored rugía como un oleaje embravecido al estrellarse contra las rocas de la orilla, pero nadie era tan rápido como el rey Théoden. Galopaba con un furor demente, como si la fervorosa sangre guerrera de sus antepasados le corriera por las venas en un fuego nuevo; y transportado por Crinblanca parecía un dios de la antigüedad, el propio Orome el Grande, se hubiera dicho, en la batalla de Valar, cuando el mundo era joven. El escudo de oro resplandecía y centelleaba como una imagen del sol, y la hierba reverdecía alrededor de las patas del caballo. Pues llegaba la mañana, la mañana y un viento del mar; y ya se disipaban las tinieblas; y los hombres de Mordor gemían, y conocían el pánico, y huían y morían, y los cascos de la ira pasaban sobre ellos. Y de pronto los ejércitos de Rohan rompieron a cantar, y cantaban mientras mataban, pues el júbilo de la batalla estaba en todos ellos, y los sonidos de ese canto que era hermoso y terrible llegaron aun a la Ciudad.

[…]

¡No derraméis excesivas lágrimas! Noble fue en vida el caído
y tuvo una muerte digna. Cuando el túmulo se levante
llorarán las mujeres. ¡Ahora la guerra nos reclama!

El Señor de los Anillos. El Retorno del Rey, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; pgs. 137, 145.

PARA DAR PERMANENCIA (UNA HISTORIA DE AMOR)

“El párroco se enfureció. El muchacho en quien había invertido tanto afecto y dinero lo había engañado y, además, descuidaba sus estudios muy poco tiempo antes del examen para obtener la beca que le permitiría entrar en Oxford. Llamó a Tolkien al oratorio y le exigió que pusiera fin a su romance con Edith. De mala gana, Tolkien accedió a terminar con la relación y el párroco hizo preparativos para trasladar a su pupilo a un nuevo alojamiento, lejos de la muchacha.

[…] Cuando tocaron las 12 de la noche del 3 de enero de 1913, Tolkien celebró su mayoría de edad sentándose en la cama y escribiendo a Edith por primera vez en 3 años. Era una nueva declaración de amor que culminaba con la pregunta que ocupaba el primer lugar en su pensamiento: ¿Cuánto tiempo pasará antes de que podamos unirnos otra vez, ante Dios y el mundo? 

La respuesta de Edith fue devastadora. Se había prometido al hermano de una antigua compañera de escuela.

Una vez superada la sorpresa inicial, Tolkien advirtió insinuaciones en la carta de ella que le daban esperanzas de volver a ganarla. Sólo se había comprometido con su novio porque había sido amable con ella. Sentía que estaba desperdiciando su vida, y había dejado de confiar en que Tolkien todavía quisiera verla después de que hubieran transcurrido los 3 años. Empecé a dudar de ti, Ronald –había escrito-, y pensé que no te preocuparías más por mí. 

El 8 de enero Tolkien viajó en tren hasta Cheltenham. Edith se encontró con él en el andén y caminaron por el campo de los alrededores. Al final del día había decidido romper su compromiso para poder casarse con Tolkien. Él empezó el nuevo trimestre en Oxford con una explosiva felicidad.

Obedientemente, escribió al padre Francis para informarle de que iba a casarse con Edith. Aguardó la respuesta del sacerdote con ansiedad, en parte porque todavía confiaba contar con su apoyo económico y en parte porque deseaba verdaderamente su bendición. El padre Francis respondió con ánimo resignado, si bien muy poco entusiasta, anunciándole su aceptación de lo inevitable.

[…] Hasta muchos años después, Tolkien no pudo poner todo lo ocurrido en una especie de contexto:

tenía que elegir entre desobedecer y hacer sufrir (o engañar) a un tutor que había sido un padre para mí, más que la mayoría de los verdaderos padres… o abandonar el asunto amoroso hasta que tuviera 21 años. No lamento mi decisión, aunque fue muy duro para mi enamorada. Pero ello no fue por culpa mía. Era perfectamente libre y ningún voto la unía a mí, y no me habría quejado… si se hubiera casado con otro. Durante casi 3 años no vi ni escribí a mi amada. Fue extraordinariamente difícil, doloroso y amargo, sobre todo al principio. Los efectos no fueron del todo buenos: recaí en la locura y el ocio y desperdicié gran parte del primer año pasado en la universidad. Pero creo que nada habría justificado el matrimonio sobre la base de un amor juvenil; y probablemente ninguna otra cosa habría fortalecido la voluntad lo bastante para dar permanencia a un amor semejante (por genuino que fuera ese amor verdadero).

[…] El funeral tuvo lugar en Oxford cuatro días después de su muerte, en la sencilla y moderna iglesia de Headingon, a la que había acudido con mucha frecuencia. Las oraciones y las lecturas fueron escogidas especialmente por su hijo John, que también ofició la ceremonia con la ayuda del padre Robert Murray, antiguo amigo de Tolkien, y el sacerdote de su parroquia, monseñor Doran. Fue enterrado junto a su esposa en el cementerio católico de Wolvercote, a unas pocas millas de Oxford. La inscripción de la lápida de granito dice: Edith Mary Tolkien, Lúthien, 1889-1971, John Ronald Reuel Tolkien, Beren, 1892-1973.

[…] Las últimas palabras se las cedo al propio Tolkien, que las escribió en una carta a uno de sus hijos:

Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, pongo delante de ti lo que hay en la tierra digno de ser amado: el Bendito Sacramento… En él hallarás el romance, la gloria, la fidelidad y el verdadero camino a todo lo que ames en la tierra, y más todavía: la Muerte; mediante la divina paradoja, esa que pone fin a la vida y exige el abandono de todo y, sin embargo, mediante el gusto (o el pregusto) de aquello por lo que sólo puede mantenerse lo que se busca en las reacciones terrenas (amor, fidelidad, alegría) o captar la naturaleza de la realidad, de la eterna resistencia que desea el corazón de todos los hombres.

Tolkien. Hombre y mito, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pgs. 40-41, 46-47, 43, 217-218, 218.

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SAM

“Después de la boda disfrutaron de una semana de luna de miel en Somerset pero, tal como esperaban, al cabo de unas semanas la noticia de que el batallón de Tolkien estaba destinado a la matanza del Somme empañó su felicidad.

[…] Tolkien fue rescatado del horror bestial por una fiebre de origen desconocido, como lo llamaron los oficiales médicos. Para las tropas era simplemente fiebre de las trincheras. Lo licenciaron y regresó a casa, agradecido por haber escapado de la pesadilla. Muchos de sus amigos no tuvieron tanta suerte y se unieron a las filas de los cuerpos que cubrían la tierra de nadie.

Entre las persistentes imágenes negativas que lo acosarían durante años, Tolkien guardó al menos una imagen positiva que inspiró uno de los personajes más entrañables de El Señor de los Anillos: Mi ‘Sam Gamyi’ –escribió muchos años después-, es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron muy superiores a mí mismo.”

                        Tolkien: hombre y mito, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pgs. 51, 52.

Alexandra & Sean Astin and Sarah & Maisy McLeod as Elanor, Sam, Rosie, & 'Baby Gamgee', Final scene, ROTK. (Sam and Rosie's second child was a male named Frodo)

UNA HISTORIA RARA Y TRISTE

“Es una historia bastante rara y triste -dijo luego de una pausa-. Cuando el mundo era joven, y los bosques vastos y salvajes, los Ents y las Ents-mujeres (y había entonces Ents-doncellas: ¡ah, la belleza de Fimbrethil, Miembros de Junco, de los pies ligeros, en nuestra juventud!) caminaban juntos y habitaban juntos. Pero los corazones de unos y otros no crecieron del mismo modo: los Ents se consagraban a lo que encontraban en el mundo, y las Ents-mujeres a otras cosas, pues los Ents amaban los grandes árboles, y los bosques salvajes, y las faldas de las altas colinas, y bebían de los manantiales de las montañas, y comían sólo las frutas que los árboles dejaban caer delante de ellos; y aprendieron de los Elfos y hablaron con los árboles. Pero las Ents-mujeres se interesaban en los árboles más pequeños, y en las praderas asoleadas más allá del pie de los bosques; y ellas veían el endrino en el arbusto, y la manzana silvestre y la cereza que florecían en primavera, y las hierbas verdes en las tierras anegadas del verano, y las hierbas granadas en los campos de otoño. No deseaban hablar con esas cosas, pero sí que entendieran lo que se les decía, y que obedecieran. Las Ents-mujeres les ordenaban que crecieran de acuerdo con los deseos que ellas tenían, y que las hojas y los frutos fueran del agrado de ellas, pues las Ents-mujeres deseaban orden, y abundancia, y paz (o sea que las cosas se quedaran donde ellas las habían puesto). De modo que las Ents-mujeres cultivaron jardines para vivir. Pero los Ents siguieron errando por el mundo, y sólo de vez en cuando íbamos a los jardines. Luego, cuando la Oscuridad entró en el Norte, las Ents-mujeres cruzaron el Río Grande, e hicieron otros jardines, y trabajaron los campos nuevos, y las vimos menos aún. Luego de la derrota de la Oscuridad las tierras de las Ents-mujeres florecieron en abundancia, y los campos se colmaron de grano. Muchos hombres aprendieron las artes de las Ents-mujeres, y les rindieron grandes honores; pero nosotros sólo éramos una leyenda para ellos, un secreto guardado en el corazón del bosque. Sin embargo aquí estamos todavía, mientras que todos los jardines de las Ents-mujeres han sido devastados: los Hombres los llaman ahora las Tierras Pardas.

Recuerdo que hace mucho tiempo, en los días de la guerra entre Sauron y los Hombres del Mar, tuve una vez el deseo de ver de nuevo a Fimbrethil. Muy hermosa era ella todavía a mis ojos, cuando la viera por última vez, aunque poco se parecía a la Ent-doncella de antes. Pues el trabajo había encorvado y tostado a las Ents-mujeres, y el sol les había cambiado el color de los cabellos, que ahora parecían espigas maduras, y las mejillas eran como manzanas rojas. Sin embargo, tenían aún los ojos de nuestra gente. Cruzamos el Anduin y fuimos a aquellas tierras, pero encontramos un desierto. Todo había sido quemado y arrancado de raíz, pues la guerra había visitado esos lugares. Pero las Ents-mujeres no estaban allí. Mucho tiempo las llamamos, y mucho tiempo las buscamos; y a todos les preguntábamos a dónde habían ido las Ents-mujeres. Algunos decían que nunca las habían visto; y algunos decían que las habían visto yendo hacia el oeste, y algunos decían al este, y otros el sur. Pero fuimos a todas partes y no pudimos encontrarlas. Nuestra pena era muy honda. No obstante, el bosque salvaje nos reclamaba, y volvimos. Durante muchos años mantuvimos la costumbre de salir del bosque de cuando en cuando y buscar a las Ents-mujeres, caminando de aquí para allá y llamándolas por aquellos hermosos nombres que ellas tenían. Pero el tiempo fue pasando y salíamos y nos alejábamos cada vez menos. Y ahora las Ents-mujeres son sólo un recuerdo para nosotros, y nuestras barbas son largas y grises. Los Elfos inventaron muchas canciones sobre la Busca de los Ents, y algunas de esas canciones pasaron a las lenguas de los Hombres. Pero nosotros no compusimos ninguna canción, y nos contentamos con canturrear los hermosos nombres cuando nos acordamos de las Ents-mujeres. Creemos que volveremos a encontrarnos en un tiempo próximo, quizá en una tierra donde podamos vivir juntos y ser felices. Pero se ha dicho que esto se cumplirá cuando hayamos perdido todo lo que tenemos ahora. Y es posible que ese tiempo se esté acercando al fin. Pues si el Sauron de antaño destruyó los jardines, el Enemigo de hoy parece capaz de marchitar todos los bosques.”

El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien; volumen II; Minotauro, 2001; pgs. 92-94.

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WHEN THE LEVEE BREAKS…

“Los viajeros continuaron al trote, y cuando el sol empezó a descender hacia las Lomas Blancas, lejano sobre la línea del horizonte, llegaron a Delagua y al gran lago de la villa; y allí recibieron el primer golpe verdaderamente doloroso. Eran las tierras de Frodo y de Sam, y ahora sabían que no había en el mundo un lugar más querido para ellos. Muchas de las casas que habían conocido ya no existían. Algunas parecían haber sido incendiadas. La encantadora hilera de negras cuevas hobbits en la margen norte del lago parecía abandonada, y los jardines que antaño descendían hasta el borde del agua habían sido invadidos por las malezas. Peor aún, había toda una hilera de lóbregas casas nuevas a la orilla del lago, a la altura en que el camino a Hobbiton corría junto al agua. Allí antes había habido un sendero con árboles. Ahora todos los árboles habían desaparecido. Y cuando miraron consternados el camino que subía a Bolsón Cerrado, vieron a la distancia una alta chimenea de ladrillos. Vomitaba un humo negro en el aire del atardecer. Sam estaba fuera de sí.

[…] Debía de ser cerca de medianoche cuando los Ents rompieron los diques…”

El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; El Retorno del Rey, pgs. 365-366 y Las Dos Torres, pg. 225.

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