El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: TOLKIEN

UN BOTE DE PASTILLAS AZULES

Creo que aún no tengo veinte años y estoy en el baño, mirando fijamente un bote de pastillas azules que me devuelve la mirada.

Es un bote de diazepam, si mal no recuerdo, prescrito por el psiquiatra de la Seguridad Social a cuya consulta había acudido.

Llevaba unos días sintiendo un extraño nerviosismo, ubicado en la boca del estómago, que no tenía relación alguna con ninguna causa concreta. Estaba nervioso, todo el tiempo, sin saber por qué. Cosa que nunca me había ocurrido.

El doctor de cabecera me mandó al especialista en psiquiatría. En algún momento de la consulta, el psiquiatra me preguntó qué estudiaba. Filosofía, en la Complutense, respondí. Aquello le encantó, pues le daba pie para hablarme de los Diálogos de Platón, que le gustaban mucho; creo que su favorito era El Banquete.

Sin solución de continuidad, el psiquiatra empezó a escribir en un recetario. Me dio el papel, con la dosis prescrita de diazepam. Y ahí acabó todo. Ningún análisis del posible origen de aquel nerviosismo raro. Soma y nada más.

Aquello no me cuadraba. No sé si ya había ido a clase con Fuentes y había empezado a desarrollar mi desconfianza hacia la Psicología y la Psiquiatría. No sé si había leído ya la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado, que me hizo entender lo voluble, arbitraria y, en no pocas ocasiones, irracional que puede llegar a ser la artificial línea de separación entre drogas legales e ilegales.

No sé cuál fue la razón, exactamente. Pero decidí no tomar esas pastillas azules y quedarme con mis nervios raros.

Un compañero de la Facultad me dijo que él también sentía algo parecido y se había acabado acostumbrando a vivir con ello. Pensé que quizá yo también podía hacer lo mismo.

Finalmente, le di el bote de pastillas azules a un amigo, que me lo pidió tras saber que yo no iba a hacer uso de él; amigo al que le encantaba experimentar con todo tipo de drogas.

Y al que tuve que visitar varias veces, durante los años siguientes, en diversos pabellones psiquiátricos. Un amigo cuya amistad fui incapaz de mantener, porque se había transformado en Gollum, y yo ya no daba más de mí.

Experiencia que tampoco ayudó a mejorar mi opinión sobre el entramado farmacéutico-psiquiátrico actual.

Hoy ha vuelto el bote de pastillas azules por mor del vídeo que os comparto más abajo, en el que hemos podido ver otra vez al bueno de Jordan Peterson, aún en proceso de recuperación de su adicción a las benzodiacepinas.

Parece que empieza a ver la luz al final del túnel. De lo cual me alegro sobremanera.

Y también me ha hecho sentirme agradecido. Porque, a estas alturas de la vida, parece que uno siempre está pensando en el tiempo perdido y en los errores cometidos.

Pero recordar el bote de pastillas azules me ha hecho pensar otra vez en aquella decisión. Que apenas puedo llamar así, pues fue más bien una intuición; la cual me hizo sospechar de ese camino tan fácil para superar aquella molestia que no acababa de entender.

Un regalo de Dios, sin duda alguna, aquella intuición.

LAS DISCIPLINAS

¿Es el dualismo platónico una reacción resentida e impía (desde el punto de vista heleno) contra el sometimiento del cuerpo humano a los dioses?

¿Y es el pensamiento aristotélico una reacción a esa reacción, que prima el conocimiento de lo divino por encima de su dominio?

Por otro lado, ¿hay mejor forma de dominar que conocer? Conocer hasta dónde se puede dominar. Como dice la bella oración de Niebuhr:

God, give me grace to accept with serenity
the things that cannot be changed,
Courage to change the things
which should be changed,
and the Wisdom to distinguish
the one from the other.

¿No es ésa acaso mi sensación, en presencia de esos dos pilares de Occidente: Aristóteles, el investigador de lo que es, y Platón, el investigador de lo que debería ser?

Hay que llevarlos a ambos dentro. Y eso es lo que trató de hacer la filosofía cristiana.

Aunque es cierto que los primeros mil años de historia cristiana son eminentemente platónicos. Aristóteles sólo es conocido por los tratados lógicos traducidos por Boecio o por las interesadas síntesis neoplatónicas. Aristóteles hará su irrupción en la Cristiandad medieval como principal arma de combate de la teología musulmana. Santo Tomás de Aquino tratará de bautizarlo (en feliz expresión de San Gilberto) e introducirlo en el arsenal teológico católico.

Pero siempre existió el miedo a que en realidad fuera un caballo de Troya. Un virus que acabaría infectando la civilización católica en su totalidad. ¿Es eso lo que percibe Gómez Dávila? ¿De ahí su rechazo a Aristóteles, y su ferviente platonismo? Platón lidera los mil años de ascenso de la civilización cristiana y Aristóteles los mil siguientes de disolución. Una disolución que ha dejado joyas formidables para la historia de la humanidad, todo sea dicho.

¿Es el aristotelismo demasiado condescendiente con El Mundo (con sus dioses/demonios)? ¿Es el platonismo una filosofía mejor preparada para combatir y derribar enemigos, para disciplinar la disoluta somaticidad humana?

Pero, insistimos: quizá la sabiduría realmente sea llegar a conocer cuándo hay que condescender y cuándo hay que eliminar. Y lo más normal es que ni siquiera los más sabios tengan claro cuándo hay que hacer qué cosa.

Como ya le explicó Gandalf a Frodo.

EL ANTI-GANDALF

“Shaw, que visitó Rusia en 1931, nunca se desdijo de una carta abierta al director del Manchester Guardian donde declaraba ‘no haber visto a nadie desnutrido, sino más bien niños notablemente rollizos’. Algo después, en el prefacio a su drama Sobre las rocas (1934) explica: ‘¿Pones de tu parte en la nave social? ¿Causas más problemas de lo que vales? ¿Te ganaste el privilegio de vivir en una comunidad civilizada? Por eso los rusos se vieron forzados a montar una inquisición llamada inicialmente Cheka, para liquidar a quien fuese incapaz de contestarlas satisfactoriamente’. Tampoco se desdijo de esto último, e incluso de una mención profética a ‘cámaras letales’ entre las ‘medidas civilizadoras’.

[Nota a pie de página] En una conferencia pronunciada ante la Sociedad para la Educación Eugenésica, Shaw explica: ‘Deberíamos comprometernos a matar muchas personas que ahora se mantienen vivas, y mantener con vida a muchas de las que actualmente matamos […] Parte de la política eugenésica nos llevará a desembarcar en un empleo masivo de la cámara letal. Gran parte de la gente debería ser desalojada de la existencia, sencillamente porque atenderlos despilfarra el tiempo de otros’; cf. Daily Express, 4/3/1910.”

Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad II, de Antonio Escohotado; Espasa, 2018; pg. 615.

CREO EN EL ESTADO TODOPODEROSO

Escucho ahora el podcast de la tertulia de esta mañana en el programa de Alsina, que me da a conocer la encuesta de SocioMétrica para El Español, sobre el temita del pin parental; según la cual podemos deducir que, cuánto más insistan los partidos gobernantes en imponer sus criterios educativos a los padres españoles, antes tendrán que hacer las maletas y abandonar sus puestos de poder.

El caso es que descubro que muchos tertulianos están en contra del pin parental. Y en no pocos casos, me sorprende la oposición, porque a muchos de estos tertulianos los tenía por gente bastante más liberal que yo. Intuyo que se ha extendido por la profesión periodística un curioso y paradójico miedo: el miedo a estar de acuerdo con VOX. Lo cual le llevaría a uno a admitir que no son meros fachorros cavernarios y que, de vez en cuando, dicen cosas con bastante sentido. No siendo ésta una opción, no queda más remedio que oponerse a cualquiera de sus planteamientos, sobre todo a los más razonables; y entonces, al pobre Rubén Amón no le queda otra que verse a sí mismo haciendo graciosísimas piruetas argumentales para defender el derecho del estado a intervenir imperativamente sobre la educación impartida a los jóvenes, para evitar que los padres les impongan valores terribles y oscuros.

No por común (hoy se la he podido escuchar a varios compañeros en el trabajo) deja de ser una soplapollez de opinión. Pues a todo el mundo se le ocurre que puedan existir padres terribles (al parecer, los padres decentes han desaparecido). Pero nadie explica por qué divino ungimiento el estado siempre actúa adecuada y correctamente, en toda ocasión. Nadie nos argumenta por qué el estado no puede ser, también, terrible. Y nadie lo hace, simplemente, porque es imposible. Salvo que uno sea creyente.

Creyente en la virtud eterna de toda acción emprendida desde y por el estado.

Pero no. De la misma manera que los padres pueden ser terribles, el estado también puede ser terrible; entre otras muchas cosas, a la hora de poner en práctica los poderes educativos que le cedemos los ciudadanos. Y un estado terrible (esto lo sabe cualquiera, incluido Rubén Amón, aunque se haga el bobo para que nadie le eche en cara que ha estado de acuerdo en algo con VOX) es bastante más peligroso que unos cuantos padres terribles.

Si a uno le da miedo que los vaivenes de las urnas coloquen en los centros de poder del estado a personas indeseables, tiene dos opciones: o eliminar los vaivenes de las urnas (es decir, eliminar la democracia); o limitar los poderes que se pueden ejercer desde el estado, para que no dé tanto miedo que los indeseables los alcancen.

O podemos hacer lo que hacemos ahora: vivir la democracia como una bipolar concatenación de eras paradisíacas y temporadas en el infierno, angustiados ante la posibilidad de que en un futuro nuestros enemigos políticos nos hagan lo que nosotros les estamos haciendo ahora, y viceversa.

La verdad, no parece tan complicado vivir la vida sin tratar de organizarles las almas a los demás a nuestro gusto. Pero sí debe de serlo, sí.

Yo, como el estadounidense judío ortodoxo Ben Shapiro, prefiero tirar el Anillo a las profundidades del Monte del Destino.

CLIFF HOUSE

“Casa del Acantilado,
Cerca del Polo Norte
21 de diciembre, 1933

Queridos:

¡Ya está aquí la Navidad otra vez! En algunos momentos casi llegué a pensar (en noviembre) que este año no habría Navidad. Llegaría el 25 de diciembre, claro está, pero sin nada de vuestro viejo tata-tata-etc tatarabuelo del Polo Norte.

Trasgos. El peor ataque en siglos. Han sido terriblemente salvajes y feroces desde que les quitamos todos los juguetes robados el año pasado y echamos humo verde a su cueva. Recordaréis que los Gnomos Rojos prometieron que echarían a todos. Para el día del Año Nuevo, no iba a quedar ni un solo trasgo ni en agujeros ni en cuevas. Pero yo dije que volverían a aparecer – en un siglo o así.

¡No han esperado tanto! Habrán ido a buscar a sus desagradables amigos de las montañas por todo el mundo, viajando sin parar durante todo el verano mientras nosotros estábamos muy dormidos. Esta vez apenas hubo aviso previo.”

Cartas de Papá Noel, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2019; pg. 101.

EL CAMINO DEL HÉROE

Es de noche. El coche está parado, en medio de un aparcamiento casi vacío. Muy cerca de donde vivo ahora con Bea y mi hija.

-Es que yo deseo ser un héroe -le confieso a mi amigo, sentado a mi izquierda.

Él lo sabe. Y por eso me advierte del peligro de convertirme en carne de cañón de otros. De los dirigentes del partido político en el que militaba por aquel entonces, por ejemplo.

Creo que fue poco después de que me detuvieran en una manifestación. Quizá aún tuviera el ojo morado, tras recibir un porrazo por gritar, ya detenido, ¡Viva la lucha de la clase obrera!.

Me vienen a la cabeza estos recuerdos, mientras pienso en el artículo escrito por Leyre Iglesias. Que nos confirma, una vez más, que la violencia en Occidente no es causa directa de la exclusión social y la pobreza. Que puede surgir perfectamente en el seno de familias acomodadas. Que para comprender ciertos fenómenos es necesario atender a ciertos aspectos más profundos del alma humana.

En las escenas de combate nocturno que Cataluña nos está ofreciendo estos días yo contemplo una religiosidad desatada y desquiciada: cientos de jóvenes tratando de realizar sacrificios a sus dioses personales. Arriesgando la propia vida, la integridad de sus cuerpos, para cumplir con el sagrado éxtasis de ofrendarse a sí mismos a aquello que consideran más importante que sus propias existencias individuales. Éxtasis real como la adrenalina que se desata en tu cuerpo cuando esquivas el golpe de un policía, cuando soportas sin gemir sus intentos de producirte dolor. El éxtasis de desobedecer sus órdenes a pesar de las amenazas físicas ciertas.

Es el camino del héroe, arquetipo sobre el que tanto escribieron Jünger y Mishima. Que hace tan fácil entender que los hijos de padres perfectamente integrados en el sistema sean tan fácilmente atraídos por las promesas de épica y combate.

El acto estético definitivo: la entrega gratuita de la propia existencia a aquello que es principio y fin de nuestro mundo.

He ahí la estructura formal básica: vale lo mismo para el mártir cristiano y para el nacionalista catalán (o español o gallego o argentino o…).

Las diferencias, por lo tanto, estriban en los dioses adorados. Estamos, como siempre, ante una teomaquia. Un combate entre divinidades (las ideologías son meras creencias incapaces de aceptar su núcleo religioso).

Como los miembros de cualquier tribu prehistórica, que limitan el concepto de ser humano a los componentes de la propia tribu, los nacionalistas articulan la narrativa de sus existencias alrededor de los conceptos que estructuran su mundo; y su mundo, en este caso, se llama Cataluña. Más allá, sólo mora el caos.

Desde el punto de vista de un cristiano, en el que el mundo a tener en cuenta es el cosmos en su totalidad, la adoración de dios tan pequeño y limitado no puede ser considerada otra cosa que pura, simple e infantil idolatría.

Como ya comenté en una entrada anterior, llevo un tiempo reflexionando sobre el cambio que supone en la existencia humana el hecho de ser padre. El arquetipo del héroe parece tener una profunda conexión con la soltería y el celibato: entregado hasta la muerte a las exigencias de sus dioses, el héroe no puede estar limitado por otro tipo de responsabilidades o ataduras terrenas. Su vida ha de poder ser ofrendada en cualquier momento.

¿Por eso son solteros los nueve miembros de la Fellowship de Tolkien?

¿Por eso la princesa sólo se puede alcanzar tras matar al dragón?

La vida del héroe y la vida del padre parecen estar separadas por un abismo ontológico, aunque aparentemente se puedan presentar entremezcladas en la existencia de todo ser humano. Pero si el padre se ve obligado a marchar como soldado para defender a su patria, automáticamente ha de abandonar el hogar: son, pues, exigencias contradictorias, que sólo pueden ser resueltas en un plano metafísico, sacramental; en definitiva, misterioso.

Contradicciones capaces de agrietar incluso la unidad de Dios dentro de la teología católica, alejándola del monoteísmo reduccionista de judíos y musulmanes, haciendo necesaria la conceptualización de una diferencia entre dos planos: el del Padre y el del Hijo. El dador de vida y el que la entrega. Sellando ese abismo con un tercer elemento, misterioso, que mantiene la unidad divina a pesar de todo: el Espíritu Santo.

Siempre me ha dado mucho que pensar el final de El Señor de los Anillos. ¿Por qué se marcha Frodo, exactamente? ¿Por qué, como le dice Sam, no se queda a disfrutar de lo que su sacrificio ha logrado salvar?

Frodo parece sentir su existencia tras la derrota de Sauron como una anomalía. Se da una incomodidad metafísica en él, como si percibiese injusto e impío que él pudiese disfrutar de aquello que su entrega ha salvado: el héroe máximo no puede sobrevivir al sacrificio que ha reinstaurado el orden del universo. El auténtico héroe sabe que esas son las verdaderas reglas del juego humano.

Es como si Frodo se preguntase: ¿por qué pasa de mí este cáliz?

Es tras la derrota del dragón que la princesa puede ser desposada por el héroe. Que entonces deja de ser héroe, para ser rey. Patriarca.

Es tras la caída de Mordor que Aragorn se convierte en padre.

Como Sam.

Pero no es ése el camino del héroe máximo.

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Paseamos por el barrio. Yo voy delante, empujando el carro de la nena. Detrás de mí, Bea lleva de la mano a nuestra hija.

Pasamos al lado del aparcamiento, donde cada domingo hay mercado.

Mientras la nena se queda alucinada al descubrir un caracol, yo fijo la mirada en el centro de la explanada casi vacía, y recuerdo a aquel joven que yo era, confesándole a su amigo que deseaba ser un héroe.

LA NARANJA

¿Qué es la amistad?

Es éste uno de los conceptos que, según va transcurriendo la vida, más perplejidades me produce. Lo cual va acompañado por un creciente vacío alrededor, que no me provoca pena, exactamente, sino más bien extrañeza; precisamente por el hecho de no vivir esa ausencia de amistades con especial melancolía.

El año pasado, se hizo viral un tweet que a mí me parece uno de los chistes más serios de los que jamás haya tenido noticia; decía así: nadie habla del milagro de Jesús de llegar a la treintena teniendo doce amigos.

Parte de la gracia, creo, estriba en la verdad profunda que subyace a la broma: las amistades son fenómenos extraordinarios en la vida de una persona. Y son pocas las que aguantan el paso de los años. El problema no creo que sea sólo que los tiempos actuales hacen muy difíciles los encuentros en las grandes metrópolis contemporáneas, por citar uno de los tópicos del conservadurismo romántico.

Realmente creo que la amistad es un hecho raro. Difícil.

Que obligue a una especial atención por parte de uno, explica ya, en primer lugar, lo complicado que resulta mantener varias relaciones de este tipo, a la vez, durante un amplio período de tiempo. Pues uno no puede estar en varios sitios a la vez. A no ser que uno mantenga el mismo grupo de amigos durante buena parte de su vida, sin moverse demasiado lejos del lugar en el que se ha criado (eso que los vascos llaman la cuadrilla; o lo que se ve en la película Días de fútbol).

He de decir que hasta yo mantengo este tipo de relaciones con antiguos amigos de la infancia, de las que aún disfruto de vez en cuando y con los que sigo en contacto de forma más o menos regular, ayudado por las denostadas nuevas tecnologías (si no, ¿de qué?).

Pero creo que este tipo de relación, por muy bella y agradable que llegue a ser, no llena el sentido de lo que yo creo entender por amistad: esa especie de unión de almas que te hace desear compartir horas eternas de conversación con el otro, que te hace sentir una confianza plena en el otro. Que te hace creer que nunca serías capaz de traicionarle.

Mi compañera, hablando de esto, me dijo que tengo un concepto adolescente de la amistad. Y creo que hay algo de razón en ello. Cuando yo pienso en un grupo de amigos, creo que, sin darme cuenta, casi siempre estoy pensando en la Fellowship del Señor de los Anillos. Y un fellow no es exactamente un amigo; es, más bien, un camarada. Alguien con el que compartes algo más grande que ambos: compartes una misión. Compartes un sentido último que te obliga a correr riesgos, a salir a la aventura en su compañía.

Cuando Bea me dijo que mi concepto de amistad era adolescente, empecé a reflexionar; y dándole vueltas al asunto, me di cuenta de que los cuatro miembros de la Fellowship de Las Casas son solteros sin hijos. Y después me di cuenta de que los nueve personajes de la Fellowship de Tolkien son solteros sin hijos.

Y esto me dio aún más que pensar.

Una amistad auténtica es realmente absorbente; pero no tanto por ella misma, creo, sino por el contexto que necesita para que surja. Sí, me vuelvo a referir a esa misión u objetivo común que ha de dar sentido a las acciones de los amigos y que les hacen ser algo más que sus meras individualidades sumadas.

Cuando volví de lavar platos durante una semana en la residencia militar de Marsella, encontré a mis camaradas en Aubagne con la moral bastante baja. Los rostros mostraban cansancio, se había perdido el entusiasmo de los primeros días. Casi todos habíamos cogido un buen resfriado, que, en algunos casos, como el de un colombiano, le habían hecho llegar a tiritar de fiebre en su litera; pero ninguno había pedido ver a un médico o ni siquiera una pastilla, porque no queríamos mostrar la más mínima debilidad ante nuestros examinadores. Así que aguantamos nuestros malestares como pudimos.

Mientras charlábamos esperando a que nos comunicaran si continuábamos como aspirantes a Legionarios o nos enviaban para casa, un compañero extrajo de un bolsillo lo que había sacado de la cocina.

Una naranja.

Yo tengo cierto trauma infantil con la fruta y no he comido apenas en lo que llevo de vida. De hecho, nunca había comido un gajo de naranja. Hasta ese día.

Mi compañero empezó a pelar la naranja. Nos ofreció. La mayoría quisimos (nadie quería despreciar ese regalo de vitamina C). Éramos muchos. Iba a tocar a gajo por cabeza.

Y a gajo por cabeza fue la cosa. Un gajo para el rumano que hablaba un español perfecto porque había trabajado varios años en nuestro país. Otro gajo para el brasileño que se había criado en España. Varios más para los muchos colombianos que allí había.

Un gajo para mí. El único que he comido nunca.

Cada vez que intento darle vueltas al concepto de amistad, la imagen de aquella naranja compartida en silencio invade mi cabeza. El contexto nos había unido. El objetivo de ser Legionarios nos conglomeraba.

Cada vez que intento pensar el concepto de amistad, recuerdo las miradas que varios de ellos, elegidos para continuar el adiestramiento, nos dirigían a los que nos quedábamos de pie en el patio, rechazados por la Comisión. Eran miradas de auténtica tristeza.

Eran miradas bellas, que recuerdo con profundo cariño.

De la mayoría de ellos, no he sabido nada más. Por Facebook descubrí que el brasileño había conseguido ser paracaidista. Me alegré mucho.

Sin embargo, soy consciente de que otro tipo de relación sería difícil, lejos de la disciplina marcial de Aubagne. Lejos de la camaradería legionaria.

Pero no puedo evitar, cada vez que pienso en qué diablos es la amistad, recordar esa naranja compartida con mis camaradas.

En aquella lejana vida, de soltero sin hijos.

Y es que las aventuras son absorbentes. No se puede tener más de una a la vez.

DIVERTIMENTO POR MOR DEL TORNEO PRESENTE (Y ESE AMOR DE JUVENTUD DE TOLKIEN)

El viento del mar agitaba los cabellos de ambos sobre el acantilado.

-Cariño… ¿me sigues amando? -preguntó ella, con una incertidumbre que el aire tornó susurro.

-Por supuesto -respondió él, que parecía perdido en un recuerdo amable.

Ella bajó la mirada hasta las olas rompientes, antes de volver a preguntar.

-¿Me sigues encontrando atractiva?

El hombre miró a la mujer y esperó a que sus ojos se encontraran sobre el abismo.

-Eres bella como un pase de Beauden Barrett.

Aunque la mujer intentó enfadarse, una sonrisa crujió en su comisura derecha.

LA NUEVA SOMBRA

La puerta bajo el porche estaba abierta, pero la casa se hallaba a oscuras. Los sonidos habituales del atardecer parecían haber desaparecido, sólo había un suave silencio, un silencio mortal. Entró, algo extrañado. Llamó, pero no hubo respuesta. Se detuvo en el estrecho pasadizo que recorría la casa y le pareció que la oscuridad lo envolvía: ni un destello de la luz del crepúsculo del mundo de fuera brillaba allí. De repente lo olió, o creyó olerlo, aunque le pareció que iba de dentro hacia fuera: sintió el antiguo Mal y lo reconoció como lo que era.

La nueva sombra, de J.R.R. Tolkien; en Historia de la Tierra Media. Los Pueblos de la Tierra Media; Minotauro, 2002; pg. 475.

Así termina uno de los tres esbozos del único relato que Tolkien trató de escribir situando la acción en un tiempo posterior (algo más de un siglo) al del final de El Señor de los Anillos. En sus propias palabras, escritas el 13 de mayo de 1964, se trataba de una historia siniestra y deprimente. Como que tratamos de Hombres, es inevitable que nos centremos en el rasgo más lamentable de su naturaleza: su rápida saciedad con el bien.

A pesar de que nunca escribió más de una docena de páginas, llama la atención que llegase a realizar hasta tres intentos. Este relato le acompañó durante casi veinte años (el último borrador es de 1968). Y según su biógrafo Humphrey Carpenter, meditar sobre el mismo llegaba a quitarle el sueño.

Para mí, son páginas fascinantes. Básicamente, se trata de la conversación entre un viejo soldado, capitán bajo las órdenes de Faramir, y un amigo de su hijo, de ocupación desconocida (aunque el viejo cree que se dedica a comerciar con madera). El relato destaca, no sólo por este fugaz apunte de economía real (son muy raros los personajes comerciantes en los relatos de Tolkien), sino también porque es el único caso que yo conozco en que dos habitantes de la Tierra Media tienen una discusión en la que se incluye un plano teológico (de la teología inventada por Tolkien, evidentemente).

El viejo soldado es un creyente, básicamente por haber conocido y luchado contra el mal de Mordor. El joven comerciante, sospechoso en el relato de formar parte de una conspiración contra el reinado del hijo de Aragorn, habla como un nihilista de Turguénev.

Pero la narración se detiene ante la presencia del Mal. Ante el reconocimiento de la presencia del Mal. El viejo soldado se sorprendía al principio del relato por su perseverancia: Profundas en verdad son las raíces del Mal -dijo Borlas-, y la savia negra fluye con fuerza en su interior. Ese árbol no morirá nunca. Por mucho que lo talen los hombres, volverá a brotar en cuanto se den la vuelta. Ni siquiera en la Fiesta de la Tala habría que colgar el hacha.

El viejo soldado parece uno de esos hombres honestamente buenos, convencidos de la pureza  de sus creencias, incapaces de concebir el mal en su propia alma salvo por culpable dejadez propia. Un hombre humildemente en gracia.

Nunca he dudado de la existencia de tales hombres. De hecho, creo haber conocido a algunos. Pocos, por supuesto. Extraordinarios.

Tengo la sensación de que Tolkien era un poco así. Aunque consciente también de las limitaciones de una excesiva inocencia: ¡Ay! -se queja el viejo del relato- todos cometemos errores. No me considero sabio, joven, excepto quizás en lo poco que se puede aprender con el paso de los años. Gracias a los cuales sé demasiado bien que quienes tienen buena intención pueden hacer más daño que los que dejan las cosas estar.

Reconocer el mal y callar. La frontera del misterio. Como los coches negros de lunas tintadas que recorren las calles de la Santa Teresa de Bolaño, a cuyos ocupantes nunca vemos.

El mal encarnado. El hombre malo. Ese misterio.

Tengo un recuerdo bastante claro del primer momento de mi vida en que fui conscientemente malo y disfruté con ello. Era niño y aún vivía en Ferrol. Creo que era Nochebuena. Íbamos a cenar en casa y después nos acercaríamos a casa de la abuela de mi amigo Richi, para juntarnos con toda su familia (nuestras madres eran muy amigas).

Mi madre había preparado gambas al ajillo, plato que me encantaba. No sé exactamente cómo se desarrolló la escena, pero recuerdo que le hice un feo a mi madre, precisamente por las gambas. Recuerdo ser plenamente consciente de que le estaba haciendo daño a mi madre adrede.

Y cuando vi que mi madre lloraba, me sentí turbado por mi propio poder. Era una turbación placentera. Me sentía poderoso por ser capaz de hacer llorar a mi madre. Y ese sentimiento me hacía sentir bien.

El mal encarnado. El niño malo. Ese misterio.

Desde muy temprano en mi vida he tenido claro que yo necesitaba practicar la bondad. No era algo que me saliese de forma natural, era algo que me suponía un esfuerzo consciente.

Cada vez que he bajado la guardia, durante mi vida, el sufrimiento se ha extendido a mi alrededor.

Creo que el Cristianismo está pensado para el común de los mortales que, como yo, tienen que combatir constantemente contra una multitud de demonios. Jesús pasa buena parte de los Evangelios combatiendo demonios, cosa a la que la Iglesia Católica de los últimos cincuenta años trató de prestar menor atención. No es extraño, se puede pensar, que la Iglesia esté ahora como está.

No hay que ocultar el mal. No hay que callar su descripción. No hay que eliminar a los monstruos de los cuentos infantiles. Hay que enseñar a los niños a luchar contra ellos. Hay que enseñar a los niños que los monstruos te pueden poseer y obligarte a hacer lo que ellos quieren. Que si uno no está en guardia día y noche, se puede convertir en orco.

En el documental Examen de conciencia podemos ver la entrevista realizada a un cura abusador de niños. Creo que es algo que toda persona debería ver. Desde luego, no es agradable. Es siniestro y deprimente. Como toda la situación actual en la Iglesia Católica. Como toda la situación actual en el mundo. Como toda la historia humana.

Toda persona debería ver la película Spotlight. Toda persona debería ver el documental The Keepers.

Todo joven cristiano debería ser consciente del poder del mal, de lo que el mal es capaz de hacer. Es la única manera de descubrirlo, de saber enfrentarlo. Aún sabiendo que, en muchísimas ocasiones, uno perderá. En su vida mortal. Como la hermana Cesnik.

Que el mal lo puede corromper todo, porque en todo corazón puede morar.

Y que el principal deber de un hombre es combatir contra los demonios de su propia alma.

VALOR INCALCULABLE

Bajo un cielo de color perla, una figura negra investigaba el horizonte nevado con un catalejo, desde lo alto de los restos oxidados de una torre eléctrica.

Al pie de la torre esperaba su caballo. Y junto a su caballo, otro caballo, sobre el que comía carne curada otro personaje de vestido oscuro.

A lo lejos, se veía la ciudad desierta, cubierta de nieve. Ciudad era un nombre excesivo para aquello; pero tampoco merecía aún ser llamado ruina. En cualquier caso, sin duda alguna, estaba desierta. Desierta y blanca. Y fría.

Le hizo una señal a su compañero, indicándole una dirección. Después descendió y montó en su caballo. Ambos espolearon sus monturas. Los caballos resoplaron, formando nubes alrededor de sus cabezas, y trotaron decididos hacia donde se les ordenaba.

-¿Alguna vez piensas en la segunda venida de Cristo, Jörgens? -preguntó el que comía carne cruda.

Jörgens miraba hacia los edificios silenciosos a los que se aproximaban.

-Sólo cuando me lo recuerdan en misa -contestó-. Se está demasiado bien en el mundo, últimamente.

El otro hizo un gesto de asentimiento y le dio otro mordisco a su trozo de carne.

-¿Te preocupa, Laurence?

-Ni lo más mínimo; estoy en paz con mi Dios -respondió, antes de tragar el último trozo-. Es mera curiosidad intelectual.

Laurence permaneció pensativo un rato.

-Por otro lado, quizá venga precisamente cuando se esté demasiado bien en el mundo, Jörgens -insistió en el tema-. Como un ladrón al que no te esperas.

-Puede ser -concedió Jörgens-. No vino durante la Caída, que era el mejor escenario posible. Si no sonaron entonces las siete trompetas, no sé cuándo diablos lo van a hacer.

Laurence asintió con un ligero bamboleo de cabeza.

-El Padre O’Hara me comentó hace un par de días que el primer Concilio tras la Caída redujo drásticamente las referencias litúrgicas al libro del Apocalipsis.

-Tiene sentido -dijo Jörgens, pensativo-. Tiene todo el sentido.

La nieve volvía a caer. Los dos jinetes se cubrieron con las capuchas de sus abrigos negros de piel. Ambos enfilaron por el centro de una antigua calle de varios carriles. En el silencio reinante se podía oír el sonido de los copos al desvanecerse sobre sus figuras.

Después de un rato, Jörgens se detuvo ante un edificio. Lo examinó con curiosidad. Conservaba buena parte de su estructura. Descabalgó y permaneció mirándolo, así como al resto de la antigua calle que les rodeaba.

-¿Qué? –preguntó Laurence-. No tiene pinta de arsenal. Ni de refugio. Por aquí no hay ni caribes…

Jörgens se acercó a las puertas del edificio. Vio que estaban cerradas con cadenas. Volvió a su caballo y rebuscó dentro de las alforjas. Sacó un cortafríos y volvió a las puertas.

-Nos esperan dentro de dos días en la Casa de Gill, Jörgens –insistió su compañero con tono aburrido-. No podemos hacer demasiado turismo.

A Jörgens le hizo gracia la vetusta palabra.

-En algún lugar tendremos que pasar la noche, ¿no, Laurence? –preguntó a su compañero, mientras partía las cadenas.

-Eso sí es verdad –reconoció-. Y lo cierto es que, como posada, no tiene mala pinta.

Laurence descabalgó y cogió una antorcha que llevaba sujeta a sus alforjas. Siguió a Jörgens dentro del edificio, ambos tirando de sus caballos. Laurence encendió la antorcha. La recepción era bastante grande. Olía a cerrado, pero no a muerto. Siguieron hacia su derecha, por un ancho pasillo.

-¿Qué sería esto? –preguntó Laurence.

-Algún edificio burocrático, supongo.

-¿Aprovechamos para rezar?

-Vale –aceptó Jörgens, que no dejaba de investigar las sombras a su alrededor.

Laurence sacó de sus alforjas un apoyo para la antorcha y la dejó en el suelo. Se quitaron los abrigos de pieles y dieron de comer a los caballos. Arrodillados, pero con el cuerpo recto y las manos orantes colocadas delante del pecho, ambos comenzaron a rezar. El latín se mezclaba mansamente con el sonido de las mandíbulas de los caballos. Tras las oraciones, desplegaron mantas en el suelo; Jörgens comió algo de carne curada y se aprestó a realizar la primera guardia.

Terminado su trozo de carne, dormido ya Laurence, Jörgens se puso a rezar el rosario; pero se despistó al fijarse en las puertas que daban paso a otra estancia, justo enfrente de ellos; sobre las puertas, pudo leer:

AL H

Se notaba que faltaban dos letras, pues aún permanecía el fantasma de su presencia en la pared, a modo de manchas. Delante de la A, había una S. Detrás de la L, hubo otra A.

Sala H… -susurró Jörgens, en vez de enunciar el quinto Misterio Gozoso.

A la mañana siguiente, Laurence despertó a Jörgens para rezar Laudes. Tras desayunar, y mientras Laurence recogía el campamento, Jörgens se acercó a las puertas de la Sala H. Estaban cerradas. Probó otra vez, con un golpe seco y fuerte. Algo crujió al otro lado.

-Debieron de clavar maderas para impedir el paso -comentó Laurence, que había dejado de recoger para observar lo que hacía su compañero-. Hace mucho tiempo, por lo que se ve, porque la madera ya está completamente podrida.

Con un nuevo empellón, más fuerte aún, las puertas cedieron. Laurence acercó la antorcha. Un manto gris se extendía por el suelo. La habitación estaba repleta de estanterías vacías.

-¿Un archivo? -preguntó Laurence.

Jörgens se agachó. Se quitó el guante y tocó el suelo. Las yemas de sus dedos se quedaron grises.

-Ceniza -murmuró.

Laurence movió la antorcha, tratando de abarcar más espacio con su luz.

-Libros de papel… -susurró-. Allí. Y allí… Y aquí… Pero sólo restos. Restos de libros. Quemados.

Laurence miró a Jörgens con los ojos completamente abiertos. Jörgens no podía dejar de mirarse los dedos grises.

Dedicaron todo el día a escudriñar hasta el último rincón del edificio. Pero sólo encontraron otras dos habitaciones con estanterías, aunque en ambos casos completamente vacías.

-No nos podemos demorar más, Jörgens; ya nos va a resultar imposible llegar mañana a la Casa de Gill. Cuando lleguemos allí, daremos aviso para que vengan a investigar el lugar.

Jörgens suspiró y asintió pesaroso con la cabeza.

-Sólo una más… -dijo de repente.

Y salió corriendo hacia las siguientes puertas. Laurence resopló, pero siguió a su compañero con una sonrisa traviesa en la cara. Jörgens trataba de leer lo que había escrito encima de las puertas.

Sala… -dijo Laurence-… no sé cuál es esa letra… ¿La G?

-La C, creo -opinó Jörgens.

Estas puertas parecían estar más sólidamente cerradas. Jörgens tuvo que buscar varias herramientas dentro de sus alforjas para hacer saltar los pernios.

Al penetrar en la oscuridad de la estancia y extenderse por ella la luz vacilante de la antorcha, Laurence creyó que su corazón se había detenido para siempre.

Jörgens fue a buscar su propia antorcha para proporcionar más luz. Cuando volvió a la Sala C, encontró a Laurence arrodillado, cogiendo algo del suelo; algo de lo que el suelo estaba lleno.

-Son las obras completas de… de… de… -Laurence tartamudeaba-… San Agustín. En edición bilingüe…

La segunda antorcha permitió ver docenas de estanterías, las paredes, casi cada rincón del suelo; todo repleto de libros. Libros de papel. Hasta el techo.

-Santo Tomás de Aquino… San Francisco de Sales… San Atanasio… obras completas… por todas partes… -Laurence no paraba de recitar sus hallazgos-. ¡Oh, buen Dios! ¡El Señor de los Anillos!

Jörgens, de pie, sólo era capaz de llorar. Y, de vez en cuando, se le escapaba una risa nerviosa.

-Laurence, yo me quedaré haciendo guardia; tú vuelve enseguida. Hay que dar aviso al Gran Maestre.

Tras decir esto, Jörgens lo vio. Había algo más en el suelo, a unos metros de donde se encontraban. Llamó la atención de Laurence dándole unos golpes suaves en la espalda. Se acercaron ambos. El cuerpo momificado de un hombre, doblado como si hubiese estado escribiendo en el suelo de rodillas. Junto a él, un libro de notas. Jörgens lo cogió y leyó la última página.

-No le dio tiempo a terminar de escribir su oración… -comentó.

-¿Él hizo esto? -preguntó Laurence, volviendo a mirar fascinado el contenido de la Sala C-. Si es así, lo que ha hecho no tiene precio. No tiene precio.

Un ruido les sobresaltó, como el estrépito de una campana al caer. Ambos se giraron al mismo tiempo.

-Un tubo de ventilación -explicó Jörgens.

Se fijó en que aquellos restos caídos parecían contener algo. Se acercó para examinarlo mejor. Se acuclilló y acercó la llama de la antorcha.

-¿Qué pasa? -preguntó Laurence, ante el largo silencio de su compañero.

-Otra momia -contestó Jörgens-. Parece que murió de un balazo.

-¿Qué pequeña, no?

-Sí. Creo que era un niño.

“La lección difícil”, de William-Adolphe Bouguereau (1884)

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