El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: TOCQUEVILLE

NO ES ÉSA MI DOCTRINA

“En la inmensa mayoría de las cuestiones cuyo discernimiento nos importa, no obtenemos más que verosimilitudes, aproximaciones. Desesperar de tal circunstancia, es desesperar de ser hombre, siendo aquélla una de las leyes más inflexibles de nuestra naturaleza. ¿Se sigue de ello que el hombre no debe actuar en ningún caso, porque nunca puede estar seguro de nada? Ciertamente, no es ésa mi doctrina.”

Carta de Alexis de Tocqueville a Charles Stöffels, escrita en Filadelfia, el 22 de octubre de 1831; en Tocqueville. Lettres choisies. Souvenirs, Gallimard, 2003; pg. 240 (traducción propia).

Retrato de su mujer, hecho por Jeremy Lipking (2016)

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NADA MÁS NOBLE

Nada más noble que el aristócrata liberal -como Tocqueville- para quien la libertad de todos es el privilegio que compete defender a la clase dirigente.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 79.

El 21 de febrero de 1848 se publicaba en Londres, por primera vez, un texto cuya redacción había sido encargada a Karl Marx y Friedrich Engels.

Se trataba del Manifiesto Comunista.

Tres días más tarde, en París, una revuelta popular obligaba a abdicar al rey Luis Felipe, el último que Francia ha tenido. Esa misma jornada nacía la Segunda República francesa. El vizconde de Tocqueville, testigo de excepción de estos hechos, escribía en noviembre de 1850:

He vivido con hombres de letras que han escrito la historia sin mezclarse con los hechos y he vivido con políticos que nunca se han ocupado de otra cosa que no sea producir acontecimientos sin pensar en describirlos. Siempre he observado que los primeros veían causas generales por todas partes, mientras que los otros, viviendo en medio del deslavazado acontecer diario, concluían con mucho gusto que todo debía ser atribuido a incidentes particulares y que los pequeños resortes que ellos ponían constantemente en marcha con sus manos eran los mismos que movían el mundo. Me parece que unos y otros se equivocan.

Por mi parte, detesto esos sistemas absolutos que hacen depender todos los acontecimientos de la historia de grandes causas primeras, ligadas unas a otras por una cadena fatal, y que eliminan a los hombres, por así decir, de la historia del género humano. Los encuentro estrechos en su pretendida grandeza y falsos a pesar de su aire de verdad matemática. Yo creo, sin querer ofender a los escritores que han inventado esas sublimes teorías para alimentar su vanidad y facilitar su trabajo, que muchos de los hechos históricos importantes sólo podrían ser explicados por circunstancias accidentales y que muchos otros son inexplicables; en fin, que el azar -o, mejor dicho, esa maraña de causas segundas que así llamamos por no saberlas desenmarañar-, conforma buena parte de lo que vemos sobre el teatro del mundo. Pero creo firmemente que el azar nada hace que no haya sido preparado con anterioridad. Los hechos precedentes, la naturaleza de las instituciones, el rumbo de los espíritus, el estado de las costumbres, son los materiales con los que compone esos impromptus que nos asombran y nos asustan.

Souvenirs, de Alexis de Tocqueville; Gallimard, 2003; pgs. 797-798 [traducción propia].

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LA CLASE MEDIA

“Nuestra historia, de 1789 a 1830, vista desde la lejanía y en su conjunto, se me aparecía como el cuadro de una lucha encarnizada que se había librado durante cuarenta y un años entre el antiguo régimen, sus tradiciones, sus recuerdos, sus esperanzas y sus hombres representados por la aristocracia, y la Francia nueva dirigida por la clase media. 1830 me parecía haber cerrado ese primer período de nuestras revoluciones o, más bien, de nuestra revolución, porque no hay más que una, revolución siempre la misma a través de los diversos rostros y fortunas, que nuestros padres han visto comenzar y que, por lo que parece, nosotros no veremos terminar. Todo lo que quedaba del antiguo régimen fue destruido para siempre. En 1830, el triunfo de la clase media había sido definitivo y tan completo que todos los poderes políticos, todas las franquicias, todas las prerrogativas, el gobierno al completo, se encontraron reservados y como embutidos en los límites estrechos de esa burguesía, con la exclusión, de derecho, de todo lo que estaba por debajo de ella y, de hecho, de todo lo que había estado por encima. No sólo se hizo así la única directora de la sociedad, sino que se puede decir que se convirtió en la dueña. Ocupó todos los puestos, aumentó prodigiosamente el número de éstos y se habituó a vivir casi tanto del Tesoro público como de su propio trabajo.

Consumado lo cual se produjo un profundo apaciguamiento de todas las pasiones políticas, una suerte de empequeñecimiento universal de todos los acontecimientos y un rápido desarrollo de la riqueza pública. El espíritu propio de la clase media se convirtió en el espíritu general del gobierno; dominó tanto la política exterior como los asuntos internos: espíritu activo, industrioso, a menudo deshonesto, generalmente ordenado, a veces temerario por vanidad y por egoísmo, tímido por temperamento, moderado en todas las cosas excepto en el gusto por el bienestar y lo mediocre; espíritu que, él solo, no producirá jamás otra cosa que un gobierno sin virtud ni grandeza. Dueña de todo como no lo había sido ni lo será quizá nunca ninguna aristocracia, la clase media, que es obligado llamar la clase gubernamental, habiéndose acantonado en su poder y, poco después, en su egoísmo, le dio al gobierno un aire de empresa privada, cada uno de sus miembros pensando únicamente en los asuntos públicos en la medida en que pudieran beneficiar todo lo posible sus asuntos privados y olvidando fácilmente en su pequeño bienestar a las gentes del pueblo.”

Souvenirs, de Alexis de Tocqueville; Gallimard, 2003; pgs. 750-751 [traducción propia].

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ISAAC JOHNSON

Para saber que el vizconde de Tocqueville era un hombre extraordinario, basta leer este párrafo de La democracia en América (Akal, 2007; pg. 500):

“A veces [Cotton] Mather combina la austeridad de sus descripciones con imágenes llenas de dulzura y de ternura. Tras haber hablado de una dama inglesa a la que el afán religioso había arrastrado con su marido a América y que pronto sucumbió a las fatigas y miserias del exilio, añade: En cuanto a su virtuoso marido, Isaac Johnson, intentó vivir sin ella, y no habiendo podido, murió.

En esta concatenación de citas -literario juego de muñecas rusas- la belleza de la máxima significación viene regalada por un apunte diminuto: hay tal intensidad de tragedia y verdad en esa frase escasa; tal potencia para comunicarnos con la existencia fugaz de Isaac Johnson; que parece poder aglutinar en su ajeno nombre todos los dolores y tristezas de nuestra condición humana.

Y, por un breve instante, nada ni nadie nos es más conocido y cercano que Isaac Johnson.

'Prigione di lacrime', de Roberto Ferri

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