El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: THE WALKING DEAD

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LI)

Teniendo en cuenta la versatilidad del Bicho, es probable que la hipocondría sea la enfermedad mental de moda durante los próximos años.

Hipocondría severa. Que impida a la gente salir de sus casas y relacionarse aliento a aliento. Que intensifique la ya extrema soledad reinante.

El infierno, más que nunca, serán los otros. Que tendrán la mala costumbre de formar enormes y peligrosos rebaños, como los zombis de The Walking Dead.

Teniendo en cuenta la versatilidad del Bicho, la vida en común será tabú.

O, visto desde otro punto de vista, será algo más arriesgada de lo que ya era.

La vida en común.

Que te podía provocar terribles dolores en el corazón y en el alma.

Ahora, además, te puede matar.

La muerte, tan olvidada…

Nunca se fue.

Salí temprano con la nena. La gente nos sonreía. Algunos nos saludaban desde los balcones. Nos cruzamos con otros padres madrugadores. Todo dentro del más estricto sentido común.

Después, en internet, llegué a pensar que Hortaleza era el único barrio con sentido común de España.

Lo dudo mucho.

Pero el sentido común no vende. Las mayorías rutinarias aburren. Son difíciles de odiar.

Convirtamos entonces cinco fotos en una realidad masiva. Para odiar mejor. Para justificar nuestra ira impotente, aterrorizada ante la versatilidad del Bicho.

Que se nos permita al menos la histeria…

Ciertamente, es fútil tratar de pedir sosiego al que nunca quiso saber del acantilado.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XXXIX)

Me refería en la entrada anterior al efecto que suele provocar en una sociedad opulenta su propio éxito. Es prácticamente una ley histórica, incluso familiar: las generaciones criadas entre las comodidades creadas por las virtudes de sus ascendientes suelen mostrar una inferior calidad en sus individuos, provocando una casi inevitable decadencia en naciones y familias.

Suelen mostrar una calidad inferior porque se ha alejado la tribulación de sus existencias, precisamente gracias al éxito virtuoso de sus padres y abuelos.

Mantener la tensión espiritual necesaria en las nuevas generaciones para que tal decadencia no se produzca es un problema inseparable de la condición humana.

La paideia ha de ser redirigida constantemente a los problemas fundamentales del ser humano y de sus sociedades políticas. Si el entorno real -por su opulencia- lo hace imposible, la imaginación al menos ha de ser forzada a situarse en situaciones precarias, para no olvidar nunca el lugar de donde venimos y al que podemos volver si nos relajamos demasiado; y, por supuesto, para saber apreciar y valorar aquello de lo que disfrutamos.

Al principio de la pandemia, yo he repetido un chiste que probablemente han contado millones de personas en todo el mundo: estoy perfectamente preparado para esto, me he visto todas las temporadas de The Walking Dead.

Suele hacer gracia. Pero ahora me quiero centrar en la parte de verdad profunda que tiene la broma.

En no pocas ocasiones, tras ver alguno de los muchos episodios que considero obras maestras, he pensado que The Walking Dead es probablemente la mejor serie que he visto en mi vida. Lo que quiere decir, en resumidas cuentas, que es una de las obras de arte más impresionantes de la que tengo noticia.

Todos los que conocéis la serie sabéis a lo que me refiero. Para los que sólo sepáis que va de zombis, he de deciros lo que tantas veces he repetido al recomendarla: los zombis son una mera excusa para hablar de todo aquello que es fundamental para la condición humana.

Porque los zombis hacen imposible la relajación, física y espiritual. Los zombis hacen imposible todo lo superfluo. Los zombis te obligan a vivir al borde del acantilado.

Lo cual no quiere decir que las soluciones sean únicas y caigan por su propio peso. Ni mucho menos. Las respuestas humanas a ese estado primario de exigencia son variadas. No hay una única forma de sobrevivir con éxito. Aunque tampoco son infinitas: nadie se permite el lujo de perder de vista el suelo fundamental de la supervivencia.

La discusión sobre la mejor forma de sobrevivir en grupo es lo que llamamos política. Estas discusiones pueden ser meramente de palabras o pueden derivar en revoluciones o guerras; que son otras formas de discutir, forzadas por la urgencia de la toma de decisiones esenciales.

The Walking Dead es una serie de culto. Y creo que lo es porque es uno de los pocos lugares donde se han refugiado el auténtico pensamiento y la auténtica paideia en nuestros días y en nuestras decadentes sociedades, cuyas universidades ya son incapaces de distinguir a un hombre de una mujer.

Muchos elegimos vivir, al menos mitológicamente, en ese estado de constante retorno a lo crudamente fundamental, a lo dolorosamente crucial. Las grandes palabras que nos describen realmente la clave de nuestra condición: dolor, sangre, enfermedad, muerte, amor, traición, odio, pérdida, sacrificio, esperanza, perdón, redención.

Por eso repito, ya lejos de la chanza, que The Walking Dead realmente te prepara para algo como lo que estamos viviendo.

The Walking Dead es camino de virtud.

Pues, como decía don Nicolás, noble es la sociedad que no espera para disciplinarse que la disciplinen las catástrofes.

LA CASA DONDE ESTARÉ

-No estás centrado en la partida…

-¿Por qué lo dices?

-Por lo que acabas de hacer con esa torre.

-…mmm…

Miró el tablero con desgana.

-¿En qué piensas?

-Que la versión europea de The Walking Dead sería de un romanticismo casi bucólico.

-Ajá -respondió su rival, mientras movía un peón-. Y, ¿cómo es eso?

-Piénsalo. Muchos de los supervivientes acabarían refugiándose en castillos, monasterios, antiguas ciudades amuralladas… De repente, volverían a cumplir su función esencial. Proteger.

-Cierto -asintió, sin dejar de estudiar la constelación de piezas-. Yo me refugiaría en Carcassonne. Jaque.

-Sí, estaría bien. Aunque yo creo que preferiría Mont Saint-Michel. Me rindo.

Se estiró, mientras fijaba su mirada en el castillo.

TYREESE

El noveno capítulo de la quinta temporada de The Walking Dead es una de esas obras maestras en las que el ser humano da lo mejor de sí, rozando la médula de toda la verdad que nos es posible alcanzar en este mundo.

La lucha de Tyreese para que el vivir no sea un mero y bestial sobrevivir es resuelta por los guionistas en toda su crudeza, sin plantear finales felices de los que nadie puede estar seguro. Y exponiendo desnudamente la esperanza en su furioso combate contra el regular y cotidiano transcurrir de la vileza insospechada del mundo.

Tyreese se niega a rendirse, no sólo como ser vivo, sino como persona. Se niega a no perdonar. Aunque el mundo, en no pocas ocasiones, es inmisericorde con el que perdona. Perdonar es una debilidad.

El perdón, para mí, siempre ha sido la parte más difícil del Credo. Creer en la resurrección de la carne, que tanto molestaba al San Manuel Bueno de Unamuno, a mí apenas me cuesta trabajo. Perdonar. He ahí el quid de la cuestión. La piedra de toque. Porque perdonar es arriesgarse al sacrificio, propio y de la gente que uno ama. Es una victoria mundana que desdeñamos, ¿por qué? Sólo puede haber razones ultramundanas para esta respuesta.

Aunque se niega a ser un mero animal, Tyreese no quiere dejar de ser un montaraz. Y un montaraz ha de permanecer en guardia, en vigilia constante. Atento a las fronteras, donde moran los dragones. Mirando al abismo cara a cara. Como su padre, no deja de escuchar las noticias, para saber cómo es el mundo en el que le toca luchar. Quiere conocer la verdad del mundo, por dura y oscura que ésta sea. Sólo así podrá estar preparado para proteger a los suyos, con la elevada y peligrosa apuesta con la que pretende hacerlo: ser persona, no un vulgar animal.

La Comarca vivía feliz en tiempos oscuros, desdeñando a los extraños montaraces que eran los principales artífices de que los males del mundo no la alcanzasen. Cuando todo el mal de la Tierra Media se abatió sobre ella, fue incapaz de resistir. Sólo el regreso de aquellos hobbits que se habían enfrentado con el estado real del mundo pudo permitir una derrota del mal infiltrado.

No debe existir esa división entre pueblo feliz e ignorante, por un lado, y montaraces duros y sombríos, por el otro. Todo hombre, toda mujer, ha de ser un montaraz. Para que el mundo siga siendo un lugar mínimamente habitable, no un infierno de jaurías humanas, nadie debe apartar la mirada.

Pero, ¿acaso puede hacer el ser humano tal cosa, si sus ojos no son capaces de ver algo más allá de lo que el mundo es? No lo creo.

A pesar de todo, no lo creo.

Y, sin embargo, a veces no hay nada más difícil de creer que aquello que escribió San Pablo en su segunda carta a los corintios, leído por el sacerdote en el entierro de Tyreese:

Pues el peso momentáneo y ligero de nuestras penalidades produce, sobre toda medida, un peso eterno de gloria para los que no miramos las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las visibles son temporales, las invisibles eternas. Sabemos que si esta tienda en que habitamos en la tierra se destruye, tenemos otra casa, que es obra de Dios; una morada eterna en los cielos, no construida por mano de hombres.

EVERYBODY COMES TO RICK’S

Tan sólo mírala y dime que el mundo no va a cambiar.

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