El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: THE BEATLES

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XLIV)

Es verano.

Estamos en la casa que solemos alquilar desde hace años, entre mis acantilados.

Sentados en el porche, mi hija y yo, observamos cómo se acerca una tormenta desde el horizonte.

Los últimos rayos de sol centellean en el palo cortado de nuestras copas.

Ana Ofelia acaba de leer Los hermanos Karamazov. Me da su opinión, mientras escuchamos las risas de los nuestros en el interior de la casa.

Bea sale un momento, con un plato de cecina para nosotros. Lo deja en la mesita, nos besa a ambos en la frente y regresa al barullo de familiares y amigos.

-Papá.

-¿Qué?

-Creo que el primer recuerdo de mi vida es de aquella terraza que teníamos en Hortaleza… Me veo allí, en brazos de mamá. Creo que estoy aplaudiendo…

Se me escapa una sonrisa agria.

-¿Crees que puede ser un recuerdo de la Pandemia? -me pregunta.

-Probablemente.

La mirada se me hunde en el océano, con el sol poniente.

-¿Qué recuerdos tienes tú de aquello? -me vuelve a preguntar.

La negrura de las nubes parece cada vez mayor.

-Mi pequeñez -respondo-. Y el profundo deseo de algo como esto.

Mi hija me mira un momento y después baja la mirada, sonriendo.

-Vamos dentro, papá -me dice-. La lluvia ya no tardará.

Y con nuestras copas y nuestro plato de cecina entramos en la casa, mientras se deja oír el primer trueno.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XL)

Un bombero de Madrid.

“Ya no hay accidentes, ya no hay percances, el 85 % de las salidas son aperturas de puertas porque la gente se está muriendo sola en sus casas.

[…] Hay gente que está sola, no se les hospitaliza, llaman por teléfono y les dicen que se queden en sus casas y no les hacen la prueba. Acaban muriendo sin atención”, lamenta José, que en un único día comenta que llegaron a hacer 20 salidas relacionadas con muertes por coronavirus.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XXVIII)

Y Jesús lloró.
Jn 11, 35

Al salir de casa, me he encontrado una urraca atrapada en el pasillo del ascensor.

Asustada por mi presencia, se lanzó varias veces contra las ventanas cerradas. Finalmente, voló por el hueco de las escaleras hasta el rellano del ático. Al asomarme, pude ver cómo vigilaba mis movimientos.

Evidentemente, ninguna rama de olivo adornaba su pico.

Antes de coger el ascensor, abrí una ventana del pasillo para que la urraca pudiera escapar cuando yo me fuera.

La ausencia de gente por las calles complica los hábitos alimenticios de las aves urbanas. El hambre las vuelve temerarias.

Mientras tanto, los neofariseos alardean su fe mostrándose impávidos y racionales ante la muerte de los que, según ellos, ya deberían haber muerto hace tiempo, si no fuera por la impía ciencia moderna.

No saben hasta qué punto resultan ridículos en su impostada y falsa ejemplaridad cristiana.

Pues en nada recuerdan al Ejemplo Inigualable.

Si acaso, a un triste vulcaniano de Star Trek.

Cuando volví a casa, la urraca ya no estaba.

ALL THE LONELY PEOPLE

Ahí vienen, empujando sus carros de la compra. Media hora para cruzar dos calles. Toda la mañana para ir hasta el súper y volver a casa. Su vejez es demasiado lenta para el mundo que ha crecido alrededor.

Y la misma inquietud de todos los días en la cabeza: ¿quién les ayudará a subir la compra hasta su piso sin ascensor?

¿Cómo ha ocurrido, esa soledad? ¿Se lo preguntarán ellas? ¿O ya han dejado de preguntárselo?

Hijos demasiado ocupados con la vida moderna para hacerse cargo.

O amores que nunca llegaron a cuajar. Abandonos, quizá.

O la decisión de afrontar una vida solitaria cuando aún no se sabe lo que es la vejez.

Ahí vienen, empujando sus carros de la compra: miles de Sísifos arrugados, a punto de ser aplastados por la piedra que les castiga.

A muchas aún me las encontraba en las misas vespertinas de las diversas parroquias de Cuatro Caminos. Aguantaban su soledad porque, en realidad, no estaban solas.

Pero los nuevos solitarios se dejarán atropellar por sus carros de la compra.

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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