El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: TEOLOGÍA POLÍTICA

FURIA

Como un montaraz entre la niebla, el caballero se acerca desde el horizonte, desde la frontera del mundo.

Y en el mundo sólo están su caballo y él.

Pero cuando obliga a su montura a girar, cuando obliga a la cámara a moverse, como si estuviésemos asistiendo a la encarnación de un ideal estático en la sucia historia humana, vemos que el caballero sobre un hermoso caballo blanco es un oficial de la Alemania nazi.

Y le vemos cabalgar entre los restos ardientes de las máquinas de guerra modernas. Entre los despojos industriales de las ciencias físicas y químicas, entre los resultados del progreso tecnológico, entre los éxitos de la Era de la Razón.

Y desde las sombras, un habitante de las máquinas, un hombre criado entre aceros y motores, se abalanza sobre el caballero y lo mata clavándole su cuchillo en el ojo.

Y este hombre moderno, hijo de su tiempo, se acerca al caballo blanco, y lo acaricia para tranquilizarlo. Hay profundo amor y profunda tristeza en sus caricias. Finalmente, el conductor de tanques empuja al caballo blanco para que se aleje del campo de batalla.

Resignado, lo ve marchar.

No intenta montarlo. No intenta ser lo que no puede ser. Sabe dónde está la verdad, sabe dónde está la belleza. Y sabe que no es tiempo para esa verdad, para esa belleza. Es tiempo de furia y tanques. De ruedas y gasolina. De morir y matar en el mundo de la razón mecánica, en el mundo de los románticos que justifican el infierno que crean porque pretenden ser caballeros magníficos sobre bellos caballos blancos.

Pero el auténtico amor al caballo blanco quizá sea, precisamente, dejarlo marchar. Resignarse a saber que su reino no es de este mundo.

Y no mezclarlo en nuestras luchas cotidianas. Entre los resultados del progreso tecnológico, entre los éxitos de la Era de la Razón.

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SEGUNDA SEGUNDA CUARENTA

…si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos…

El prior se reclinó en su silla, haciendo gemir levemente la madera. Su mirada se lanzó a través de la ventana, hacia la luna llena que iluminaba el mar y la costa de Penn Ar Bed.

Sin abandonar el gesto meditabundo, cerró el volumen de la Suma Teológica, dejando la mano apoyada sobre la tapa del libro. Su mirada se desplazó unos centímetros a la derecha, donde reposaba abierta una carta.

El señor Auguste se había dirigido a los dominicos de San Miguel, tras conocerse la convocatoria del Concilio. Les rogaba que tuviesen en cuenta la urgencia de la situación en la que se encontraba la Casa de Penn Ar Bed y buscasen la forma de favorecer la ayuda que necesitaba. Había que convencer a la mayor cantidad posible de cristianos de la necesidad de luchar contra la Unión.

El prior se levantó y se acercó a otra ventana, justo enfrente de aquélla a través de la cual había estado contemplando la noche. No vio entonces la luz de la luna, sino las luces artificiales de la ciudad más cercana, al otro lado de la frontera; una de las repúblicas de la Unión.

El prior volvió a mirar hacia su mesa de estudio, fijando la vista alternativamente en Santo Tomás y la carta de su señor. Después miró el crucifijo que presidía su habitación.

Los ojos se habían detenido en el costado sangrante de Dios, cuando se oyó el primer grito.

Al dirigir la mirada hacia la puerta, el prior escuchó un creciente caos de golpes y gritos que parecían provenir de todos los rincones del monasterio.

El ruido se acercaba cada vez más, al tiempo que el prior se iba alejando de la puerta.

Cuando tropezó con su mesa de estudio, una vela cayó sobre la carta del señor Auguste. Una llama inflamó la epístola, mientras se abría violentamente la puerta de la habitación.

Una forma oscura se esbozó en el umbral. Con un movimiento desganado, la sombra dejó caer algo en el suelo, delante del prior, mientras los gritos y los golpes se iban apagando.

El prior no pudo evitar orinarse encima al ver lo que había en el suelo: las cabezas de los hermanos Joseph, Kalil y Antoine.

La sombra dio unos pasos más y entró en la habitación. Otras sombras la siguieron. La primera sombra se paró ante el prior, que había caído de rodillas. En la mesa ardía ya la Suma Teológica.

La sombra se quitó el pasamontañas. El prior vio la cara de un adolescente.

-La frente abierta y sangrante del bebé -le dijo el joven, acuclillándose para poner su cara a la altura del rostro del prior-. La frente deformada y sangrante del bebé. Los ojos abiertos y sin vida en la cara del bebé.

OBNOXII

“La fundación de iglesias en las fincas planteó de inmediato el problema de quiénes ejercerían allí como sacerdotes. Ser eclesiástico (sacerdote o diácono) equivalía a ponerse el cinturón de la orden clerical. La frase aludía a las antiguas palabras cingulum militiae, el cinturón militar que había distinguido a los miembros de la burocracia imperial. Con el uso de esos términos, las cartas del papa [Gelasio] demuestran que la difusión del cristianismo había llevado al campo a otro nivel más de personas privilegiadas. Los lugareños con iniciativa estaban muy felices de unirse al clero para convertirse en miembros de esa nueva clase privilegiada. De esa manera, amenazaban con socavar el control que los terratenientes tenían sobre sus vidas. Gelasio se enteró de que muchos de los que se convirtieron en sacerdotes y en diáconos habían sido esclavos, y muchos más habían sido obnoxii -campesinos vinculados para siempre a la finca en la que estaban registrados como contribuyentes- el estatus clerical los liberaba de esas ataduras.  Eso sucedió en una época en la que los terratenientes del sur de Italia dependían de su habilidad para controlar una gran reserva de trabajo servil por deudas para producir la cosecha anual a la que estaba supeditada su riqueza.

Aunque severo a la hora de limitar los derechos de los fundadores laicos, Gelasio apoyaba a los terratenientes con entusiasmo en lo que se refería al control de sus campesinos. La ordenación sacerdotal no debía convertirse en una válvula de escape para los esclavos y los campesinos atados a la tierra. En el 494, Gelasio dijo a los obispos del Mezzogiorno que

[…] prácticamente todos se quejan de cómo aquí y allá los esclavos y los campesinos hereditarios, atados a la tierra, huyen de la dependencia legal de las fincas con el pretexto de abrazar la vida religiosa.

Había que poner fin a esa situación,

[…] por temor a que parezca que una práctica asociada con el nombre del cristianismo es la causa de una infracción de los derechos de los demás y de la subversión de la publica disciplina (el orden de la sociedad tal como lo establece la ley) […]. Tampoco ha de permitirse que la dignidad del ministerio sacerdotal quede empañada por personas sujetas a semejantes obligaciones.

Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.), de Peter Brown; Acantilado, 2016; pgs. 932-933.

IRONÍAS TEOCRÁTICAS

“La Cartago vándala mostraba precisamente lo que aún podía hacer un Estado despiadado. Hasta donde sabemos, el Estado vándalo no se basaba en un acuerdo tácito entre los romanos locales y la corte bárbara, a diferencia de los godos de Burdeos y de Toulouse. Los principales terratenientes romanos del África proconsular y de Bizacena fueron desposeídos abruptamente a fin de dejar un glacis en torno al interior de Cartago, ocupado solamente por guerreros vándalos.

Peor aún: los vándalos no ocultaban el hecho de que eran arrianos, y no cristianos católicos. Al cabo de una década, exiliaron a los obispos católicos por considerarlos herejes. Los vándalos incluso recurrieron a las leyes antidonatistas que habían impuesto el exilio a los obispos donatistas después del año 411. Los gobernantes vándalos aplicaron esas mismas leyes al clero católico. Por una extraña ironía del destino, no del todo inmerecida, muchos amigos de [San] Agustín (en particular Posidio de Calama, su biógrafo) terminaron sus vidas en Italia, como exiliados. Los habían expulsado de sus ciudades por las leyes en contra de la herejía que ellos mismos habían solicitado treinta años antes para desterrar a sus rivales donatistas.”

Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.), de Peter Brown; Acantilado, 2016; pg. 793.

HUIR

Patricia desayunaba sin ganas cuando su madre entró en la cocina.

-Buenos días, hija -saludó, de buen humor-. ¿Y esa cara? ¿Mala noche?

Patricia negó con la cabeza y se quedó mirando su tazón de leche, sin decidirse a llevárselo a la boca.

La criada entró en la cocina y le preguntó algo a su jefa. Patricia no les prestó atención. La mujer se fijó entonces en la muchacha y se acercó a ella.

-¿Se ha quedado fría la leche, señorita? -preguntó con voz dulce-. ¿Quiere que se la caliente?

-No, Thomasine, gracias -respondió Patricia-. Es que no tengo mucha hambre.

-Mmm -refunfuñó la mujer-. Usted lee demasiado, señorita; tiene que estudiar menos por las noches y dormir más. Tanto leer la está poniendo melancólica.

La Primera Magistrada comía una manzana, mientras observaba divertida la regañina de su criada a su hija.

-¿Es eso cierto, Patricia? -preguntó su madre, con una sonrisa pícara en la cara-. ¿Estás melancólica? ¿No te habrás enamorado?

Thomasine miró a Patricia con un gesto de sorpresa. Pero la cara de la muchacha daba a entender que el comentario de su madre le parecía una soberana tontería.

-Mamá, intenta no comportarte como una de esas madres de las obras de teatro para adolescentes…

La Primera Magistrada torció su sonrisa y tiró el resto de la manzana a la basura.

-Me voy -dijo, tras limpiarse las manos-. Tengo un estado libre que liderar.

Se acercó a su hija, le apretó juguetona la cara entre sus manos, y le dio un beso en la frente. Patricia no cambió su gesto taciturno.

Cuando sonó la puerta de la calle al cerrarse, Patricia seguía con la mirada sumergida en la leche.

-No me puedo creer que una muchacha inteligente y bella como usted no empiece cada día con ganas de comerse el mundo, señorita -comentó Thomasine, mientras se preparaba para empezar a planchar-. Si yo hubiese tenido de joven las oportunidades que usted tiene, creo que no podría dejar nunca de sonreír.

Patricia se quedó mirando a su criada, una mujer de unos sesenta años, cuyo rostro aún mostraba una vitalidad envidiable. Llevaba el pelo gris recogido en un pañuelo y vestía completamente de negro, en recuerdo de su difunto marido.

-¿Tan aburrido era vivir en la Casa de Penn Ar Bed? -preguntó Patricia, que apoyaba la cabeza lánguidamente sobre la mano derecha, mientras trataba de desmenuzar migas en la mesa con una uña de su otra mano.

Thomasine se mostró un poco sorprendida por la pregunta; no era un tema de conversación común en aquella casa.

-La única gran emoción que sentí durante los años que viví allí me la produjo el momento en que me marché -respondió la criada-. No es fácil vivir sabiendo exactamente, desde que tienes conciencia, cómo va a ser el resto de tu vida. El aburrimiento también puede matar.

Patricia se quedó pensando en las palabras de Thomasine. Una miga se partió en pedazos bajo su dedo.

-¿La señorita no tiene ningún sueño que perseguir? -preguntó la criada-. Por Dios, si tiene usted toda la vida por delante. Tantas cosas por hacer, por descubrir.

Patricia se echó hacia atrás en la silla y se apoyó en el respaldo, al tiempo que se cruzaba de brazos.

-Sí, el mundo está lleno de diversiones… -comentó Patricia con la mirada perdida.

-Y no sólo diversiones -dijo Thomasine-. También hay muchas cosas por las que luchar. ¡Mire a su madre! Todo lo que está haciendo por la Unión, por todos nosotros. Para mí es un auténtico honor trabajar para ella.

Patricia resopló, como si de repente se sintiese agotada.

-Sí, así se divierte mi madre -dijo-. Otros hacen deporte, salen a bailar por las noches… Mi madre se entretiene siendo poderosa.

A Patricia le hizo gracia su propio comentario y dejó escapar un bufido con aspiraciones a risa.

-Su madre es un ejemplo para todas las mujeres del mundo -dijo Thomasine, un poco enfadada.

Patricia se levantó de la mesa y abandonó la cocina sin despedirse de la mujer.

Como no tenía clase hasta la tarde, decidió salir a pasear por el centro de Nan. Las calles estaban atestadas de gente, coches y carros, caballos y mulas. Los vendedores de periódicos gritaban sus titulares en una tensa competencia por el espacio sonoro; casi todos hacían referencia a la futura guerra. El barrio financiero de Nan, sin embargo, no parecía sentir demasiado temor ante las funestas perspectivas ofrecidas por la prensa; o quizá precisamente por lo que ésta presagiaba, la atmósfera era más febril, si cabe, entre los trabajadores de los grandes bancos y corporaciones de la Unión. Toda la maquinaria de la sociedad de Nan parecía en efervescencia, dispuesta, incluso con alegría, a encarar los escollos sin ningún miedo a la derrota.

Patricia no era impermeable a ese entusiasmo colectivo y empezó a sentirse menos apagada según avanzaba por las calles, sorteando excrementos de caballo y coches atascados.

Por fin llegó hasta su destino, la librería La Thrace. Al entrar, como siempre, penetró en una nube de incienso y tabaco de Latakia. Humbert, el dueño, fumaba y leía sentado tras el mostrador. Saludó a Patricia con una cálida sonrisa y continuó leyendo. Un par de personas más se encontraban en ese momento en el interior de la librería, investigando entre sus anaqueles; subiendo por las escaleras de caracol hacia las estanterías superiores, que se elevaban hasta el alto techo amarillo.

Patricia se sumergió en aquel pequeño universo de caoba y empezó a pasear la mirada por los lomos y las portadas, fijándose en las últimas novedades, acudiendo a su cita inicial con la sección de Historia, para acabar escudriñando hasta el último rincón de la librería.

Tras el primer reconocimiento general, Patricia regresó a la sección de Historia, y cogió un libro.

-Magnífica elección -dijo una voz-. Pero no se lo diré a Michel, porque odia a ese historiador: son compañeros de departamento en la Facultad. Y seguro que le entristecería saber que a su alumna favorita le resulta interesante.

Patricia descubrió a Ramos-Hollande junto a ella. La muchacha sonrió y saludó al escritor.

-¿Me permites regalártelo? -dijo Peter.

-Oh, no, por favor, no es necesario… -protestó Patricia.

-Mejor aún, si no hay necesidad -replicó el escritor-. Así no lo entenderás como un favor que estás obligada a devolver. A pesar de lo cual, aceptaré encantado cualquier invitación a café y cruasanes que me puedas hacer en los próximos instantes.

-Por supuesto, profesor -dijo Patricia, divertida.

-Fantástico; paguemos, pues, y vayamos a por ese café.

Patricia salió a la calle con el libro regalado bajo el brazo, acompañada de Ramos-Hollande. Se había levantado un viento frío, que agitaba el largo flequillo del escritor.

-Este otoño viene especialmente invernal, por lo que se ve -comentó burlón-. Pero conozco un sitio magnífico para estos casos. Seguro que ya tienen la chimenea encendida.

Efectivamente, en el Café Aurore ya habían encendido la chimenea. Patricia pudo sentir el agradable olor de la madera ardiendo, antes de notar cómo su cuerpo se caldeaba rápidamente. Se sentaron en dos mullidos sillones, uno enfrente del otro, junto al fuego. Un camarero de uniforme les tomó nota y no tardó en volver con sus cafés y los cruasanes. Ahora Patricia sí sentía apetito.

La conversación comenzó por las clases en la Universidad, mostrando Ramos-Hollande especial interés por los profesores que tenía Patricia. A su vez, el escritor le habló a ella de algunos alumnos que le estaban sorprendiendo gratamente por su inteligencia y talento para la escritura. La conversación continuó en el ámbito de la literatura y tomó un pequeño desvío a través de los viajes que cada uno había hecho o quería hacer.

Finalmente, fue necesario hacer un descanso, que ambos se tomaron de la misma manera: posando la mirada en la danza del fuego.

-¿Crees que la Unión vencerá a Penn Ar Bed? -preguntó de repente Patricia, sin desviar la mirada de las llamas.

-Por supuesto -respondió Peter-. ¿Qué diablos puede hacer una aldea neolítica contra un estado industrial?

Patricia dejó de mirar el fuego y bajó la mirada hasta el suelo. Peter la observó con interés.

-No parece producirte demasiada alegría mi profecía -comentó el escritor.

-No parece producirme demasiada alegría nada -dijo Patricia, elevando las cejas-. Todo el mundo a mi alrededor parece entusiasmado por vivir en la Unión, en este preciso momento histórico, con tantos retos interesantes por los que luchar.

-¿Todo el mundo? -preguntó Ramos-Hollande.

-Salvo vosotros… -respondió Patricia, sonriendo.

El escritor también sonrió.

-¿Qué buscas, Patricia?

-No lo sé. Sólo sé que no busco… todo eso.

Ramos-Hollande se quedó un momento callado, mirando a Patricia, que volvía a dejarse hipnotizar por el fuego.

-Es realmente un momento formidable para los habitantes de la Unión, Patricia -dijo Peter-. Forman parte de un estado joven, repleto de energía; repleto de un montón de personas ansiosas de poder, gloria y dinero. Y, aunque la Unión está rodeada de enemigos, éstos son más bien ridículos. Quizá todos juntos puedan suponer algún tipo de problema, pero no durante mucho tiempo. La Unión ha apostado al caballo ganador. Antes que nadie. Así que vencerá.

-Pero, ¿es bueno que la Unión venza? -preguntó Patricia.

Ramos-Hollande no pudo evitar sonreír al oír la pregunta.

-¿Te hago gracia? -Patricia parecía enojada-. ¿Sólo digo tonterías?

-Por supuesto que no, Patricia. Haces exactamente las preguntas que han de hacerse.

Patricia miró al escritor con gesto dubitativo, sin saber si hablaba en serio.

-El mundo ya se precipitó una vez en el abismo, montado en el mismo caballo ganador -continuó Ramos-Hollande-. No parece que hayamos aprendido demasiado de aquello. Aquí estamos, repitiendo los mismos errores.

-Pero, ¿qué hacer, entonces? ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo… cómo salir de… esto?

A Patricia le costaba encontrar las palabras. Tenía la sensación de que era incapaz de hacerse entender.

-Creo; insisto, creo, porque no tengo nada claro todo lo que te voy a decir; creo, pues, que la única rebelión coherente contra el mundo actual es negarse a ser productivo, en la medida de lo posible. Es decir: hay que obligarse a ser un fracasado. Lo que toda la gente a nuestro alrededor entiende que es fracasar: o sea, no tener éxito. No tener mucho dinero, no tener mucho sexo, no tener mucho poder. Que no te conozca todo el mundo. No buscar la admiración de todo el mundo. Amar a unos pocos seres; porque sólo unos pocos seres podrán ser atendidos adecuadamente por ti. Limitarnos voluntariamente, para potenciarnos en los que están más cerca de nosotros. Huir de la fama, huir de la gloria. Huir de las largas distancias. Huir de los grandes destinos. De los grandes negocios, de las grandes batallas. Huir, nada más. Huir, con aquellos que amas.

Patricia miraba a Ramos-Hollande con los ojos muy abiertos. Profundamente sorprendida de escuchar lo que había escuchado, como si la burbujeante lava de su alma hubiese encontrado un modo de salir al mundo y comunicarle lo que pensaba de él. No es simplemente que estuviera de acuerdo con el escritor; es que lo que acababa de decir era su exacta forma de ver las cosas.

Peter terminó su café, aunque ya se había quedado frío. Algo se removía aún dentro de Patricia.

-Pero, ¿no somos un poco ridículos? -preguntó al escritor-. Mi criada se fue de Penn Ar Bed hace veinticinco años, antes de que estuviese prohibido, y vive muy feliz trabajando para nosotros, orgullosa de su ciudadanía, alegre de que sus cuatro hijos hayan prosperado en Nan. ¿No somos ridículos con nuestras melancolías? ¿Cuántos seres humanos hay en el mundo que se cambiarían ahora mismo por nosotros, por vivir nuestras vidas?

-Por supuesto, hay millones -admitió Ramos-Hollande-. Hay millones dispuestos a ser millonarios, millones dispuestos a subir todo lo posible por la escalera del poder, millones dispuestos a follarse a otros millones. No digo que haya que abandonar la Unión. La Unión puede proporcionar la felicidad a muchos, como estoy seguro que también lo puede hacer una Casa, o una polis esclavista. Aquello de lo que hay que huir, Patricia, está en todas partes. Porque va con nosotros. Somos nosotros mismos. Lo que podemos llegar a ser, si no huimos constantemente del caos de nuestros deseos. Sólo la renuncia y el sacrificio nos permiten huir. Y sólo esta huida puede salvar al mundo.

Patricia se reclinó sobre el sillón, absorta en las palabras de Ramos-Hollande.

-El problema de la Unión, su caballo ganador -continuó el escritor-, es que este caballo ganador es, precisamente, desquiciar todos los deseos. Prometer a todo el mundo que ella puede otorgarles todos sus deseos, si están dispuestos a perseguirlos apasionadamente, locamente. Todo está a nuestro alcance. Todo es posible en la Unión. Nada te será vedado, nada te será prohibido. Basta desear algo para que este algo sea bueno. Toda la Unión es una máquina inmensa que trabaja con un único combustible: el deseo desatado. Por eso vencerá cualquier batalla, por eso es más fuerte que cualquier otra sociedad humana. Por eso no tiene rival -Ramos-Hollande hizo una pausa y se recogió el flequillo con una mano-. Por eso, quizá, acabe siendo el desencadenante del apocalipsis definitivo del ser humano.

-¿Qué esperanza queda, entonces? -musitó apenas Patricia.

-Sólo un dios puede salvarnos, me temo -respondió Peter, con una sonrisa apagada.

Los dos se quedaron callados durante un largo rato. El camarero se acercó, echó un par de maderos más al fuego y recogió su mesa.

-Venga, vamos a la Universidad -dijo Peter, levantándose-. Los dos tenemos faena esta tarde.

Patricia cogió el libro que le había regalado, se abotonó bien el abrigo, y salió a la calle tras el escritor.

CONCILIO

Marie, Abadesa y Señora de Rocamadour, a las iglesias:

Hermanos en la fe, pidiendo la intercesión de Nuestra Señora Santa María Virgen del Monte Carmelo, rogando por la protección de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Lisieux, Santa Teresa Benedicta de la Cruz y San Juan Benedicto de Rocamadour, me dirijo a vosotros en esta grave hora, con la más honda preocupación.

Creo que somos todos conscientes de que el mundo que hasta ahora habíamos conocido, está cambiando. Aunque los retos que los fieles de Cristo tuvieron que soportar tras la Caída fueron de tal calibre que sólo se puede explicar su superación gracias a la ayuda divina y de todos los santos, lo cierto es que la situación en la que quedó el mundo hizo factible el resurgimiento de formas de vida que el estado de cosas anterior había hecho imposible.

La creación de las Casas, o la propia vida en poblaciones de un tamaño drásticamente menor, permitieron de nuevo la existencia de comunidades organizadas en base a nuestra fe. Lo cual fue bueno, no sólo para nosotros, sino también para el mundo, el cual ayudamos a reconstruir. Coepitque Noe agricola plantare vineam.

Pero el mundo ha vuelto a crecer en la misma dirección que lo había hecho antes de la Caída. Y las comunidades de fieles, ahora como entonces, vuelven a estar en serio peligro.

Si nos atenemos a lo que la Historia nos enseña, nada podemos esperar del desarrollo de estos acontecimientos, que amenazan con volver a repetir lo que ya todos conocemos, quién sabe si esta vez de forma definitiva.

Así las cosas, son muchas las dudas que se nos plantean a todos los fieles sobre qué actitud hemos de tomar ante las nuevas circunstancias: si es necesario cambiar algo en nuestras comunidades para intentar superar el nuevo desafío, si es nuestra obligación enfrentarnos con todas las armas a nuestra disposición a este enemigo, o simplemente intentar sobrevivir en los huecos que nos vaya dejando el desarrollo de la Historia.

Es por ello que, en base a la autoridad que me otorga mi condición de Abadesa y Señora de Rocamadour, convoco a Concilio Católico a todas las comunidades y congregaciones de fieles; y con tal objeto, les exhorto a que envíen sus representantes a las Santas Ruinas, para iniciar las sesiones el próximo Lunes de Pascua.

Que sea todo para mayor gloria de Dios.

EXIGENCIAS Y DEBILIDADES

El señor de Rilo contemplaba el océano junto al limonero, la melena bailando al son de la primera brisa otoñal. Bailaba también la capa azul marino que se había puesto para cuidarse del fin del calor. Las manos entrelazadas a la espalda, se fijó por un momento en sus cabellos danzarines, cada vez menos rubios, cada vez más blancos.
Suspiró, soltando el aire lentamente.
Descubrió a su padre cuando ya casi estaba a su lado. El tatarabuelo John saludó a su hijo con una leve inclinación de cabeza y siguió caminando hasta la tumba de su mujer.
Xoán siguió a su padre con la mirada. Le serenaba verlo rezar ante la tumba de su madre, como si fuese un refugio de orden en el inmenso caos en el que parecía estar convirtiéndose el mundo en las últimas semanas.
Xoán devolvió la mirada al mar. Su padre se acercó y se sentó en una piedra a su lado.
-¿Te ha dicho Joan que ha llegado un mensajero? –preguntó el señor de Rilo.
El anciano asintió en silencio, mientras prestaba atención al cielo encapotado.
-¿Por qué a nadie le resulta extraño o molesto que las Casas se estén aliando con esclavistas para enfrentarse a la Unión? –preguntó Xoán, sin saber muy bien si dirigía la pregunta a su padre o al horizonte-. ¿Creen acaso que si los estados esclavistas siguen creciendo nos respetarán más que la Unión?
John miró a su hijo, antes de fijarse nuevamente en el cielo.
-Me temo que el mundo vuelve a ser lo que siempre ha sido. Siento mucho que sea así, pero te ha tocado a ti vivir estos tiempos –el anciano hizo una pausa-. Nuestra forma de vida es incapaz de enfrentarse a estos enemigos. Son más fuertes que nosotros, porque ellos no se exigen lo que nosotros nos exigimos.
Xoán miró a su padre con gesto enfadado.
-¿Qué es eso que nos exigimos, que nos hace tan vulnerables?
-Nos exigimos a Dios, hijo mío –respondió su padre, sonriendo-. ¿Qué otra cosa?
Xoán miró de nuevo hacia el horizonte y suspiró.
-Ninguna solución a este problema te parecerá bien, hijo, por el simple hecho de que este problema no tiene solución –continuó el anciano-. Humana, al menos.
El tatarabuelo John permaneció en silencio durante un rato.
-¿Qué vas a hacer con el padre de tu nieta? –preguntó, finalmente.
-Al parecer, es un guerrero experimentado; trabajó como mercenario; así que he decidido que forme parte de mi guardia personal.
El anciano asintió con la cabeza.
-Quizá, con el tiempo, Frances entre en razón… -continuó Xoán.
Su padre sonrió burlón.
-Lo dudo –dijo-. Aunque con esta muchacha nunca se sabe… ¿Has arreglado las cosas con Joan?
-Más o menos –respondió, bajando la cabeza-. Le he dicho que quiero que sea mi heredero. Eso ha apaciguado las cosas. Pero él parece tener otros planes más inmediatos. Quiere viajar a Penn Ar Bed, para ayudar a su abuelo. Me ha pedido que le ceda cincuenta caballeros voluntarios. Aún no he respondido.
El anciano bajó también la mirada y su gesto se entristeció.
-¿Vas a darle permiso?
-Ojalá pudiera decirle que no. No quiero mandar ya a mi hijo a la muerte.
Los dos hombres callaron y miraron hacia el horizonte. Empezaba a lloviznar. Xoán ayudó a su padre a levantarse y ambos se dirigieron lentamente hacia la Gran Casa.
-Que Dios nos tenga en su regazo –rezó el tatarabuelo John, en un susurro que se diluyó en la fina lluvia.

EL SUCESOR

Califa, en un principio, sólo tiene el significado de sucesor. El que sustituye al Profeta en el liderazgo de la comunidad de creyentes.

En este interesantísimo documental de la cadena Al-Jazeera se nos ofrece un resumen de la historia milenaria del Islam, explicando el origen de sus principales corrientes.

Un comienzo y desarrollo tan distintos del Cristianismo y que explican bien la sempiterna tendencia islámica a encontrar en el combate, la guerra y la conquista un camino sagrado de santificación, así como su dificultad para establecer diques entre el poder político y el poder religioso (algo que, no se puede negar, muchos cristianos envidiaron y aún siguen envidiando).

Santuario del Imam Huséin en Karbala

EL MINISTERIO DE LA SOLEDAD

Theresa May nombrará a una secretaria de estado para luchar contra la soledad de los británicos.

La Modernidad tiene estas cosas: primero crea los problemas y después, al ver los resultados, se agita inquieta y legisla ministerios.

Matizo, porque la Modernidad nunca asumirá la culpa del mundo que ha creado. Ella, nos dice, sólo viene a solucionar problemas que siempre han estado ahí.

Pero el dejarse engañar, a estas alturas, ya supone complicidad. La Modernidad nos exige ser unos perfectos consumidores-productores, sacrificar todo nuestro tiempo vital creando mercancía y comprando mercancía, en un mundo en el que ya todo es mercancía. A cambio, nos promete la satisfacción de todos nuestros deseos más oscuros.

Curiosamente, este tipo de vida ha transformado a buena parte de la sociedad occidental en un amasijo de egoístas solitarios adictos al porno.

Gran sorpresa.

Y la Modernidad cree que solucionará la soledad de los ancianos con leyes. Ciertamente, hay pocas cosas más patéticas que las supersticiones modernas.

Yo sé cómo se soluciona la soledad de los ancianos. Se lo vi hacer a mi tía Lolita, a mi abuela, a mi madre.

Mi tía Lolita cuidó de su suegra, inmovilizada en una cama e incapaz de articular palabra, limpiándola y alimentándola con sus propias manos, hasta su muerte.

Mi abuela Pacucha cuidó de su madre, en un quinto piso sin ascensor, hasta que murió.

Mi madre cuidó de su madre y de su abuela, hasta que murieron.

Sé lo que es el amor, porque he visto a mi madre sonreír feliz al salir del baño, tras limpiar y lavar a su abuela, la cual cojeaba contenta abrazada a su nieta.

Así se lucha contra la soledad de los ancianos.

LOS CACHORROS DE LA MANADA

Son innumerables los artículos y estadísticas de estos últimos días que inciden en el creciente problema de la violencia sobre la mujer.

En uno de ellos, descubrimos lo acostumbrados que parecen los jóvenes españoles a la presencia de tales sucesos.

En otro, el doctor en Psicología Javier Urra dice lo siguiente: El problema hoy es que la agresión grupal está aumentando. Es un punto de inflexión. El grupo genera combustión por sí mismo. ¿Cometen los hechos por el alcohol y las drogas? ¿O toman las drogas para desinhibirse y salen de caza y cometen el acto? La respuesta es la segunda.

El discurso hegemónico considera que esta violencia masculina sobre las mujeres es causada principalmente por posiciones propias de actitudes y religiones incapaces de ponerse a la altura de los tiempos. El famoso patriarcado.

Pero lo que contemplamos es que estos datos de violencia crecen en sociedades en las que, como la española, se han aprobado leyes, con amplio consenso social, sobre el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo; sociedades en las que la secularización de la mayoría de la sociedad es un hecho completamente triunfante. Es sabido que los peores datos de violencia de género los proporcionan los progresistas y socialdemócratas países escandinavos.

Así las cosas, el discurso hegemónico contesta que lo que ocurre, entonces, es que las estadísticas sobre violencia machista se disparan por el éxito de las campañas contra el silencio autoimpuesto por las mujeres que sufren tales hechos.

Con lo cual, el discurso hegemónico siempre tiene razón, y su forma de encarar el problema siempre es la adecuada. Suban o bajen las cifras de la violencia, las soluciones que se están poniendo en práctica son las correctas.

Pero la manada no para de crecer.

Así que mi pregunta es:

cuál es la razón de que, en estos tiempos de amplísima y fomentada libertad sexual, en los que somos educados en las maravillas de todo tipo de actos y relaciones orgasmáticas, en los que las campañas en contra de la violencia machista se han hecho sitio en todas las instituciones sociales y estatales, en los que la igualdad de derechos se ha plasmado en todos los textos legales;

¿por qué, justo ahora, la manada no para de crecer?

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino