El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: TEOLOGÍA POLÍTICA

HA MUERTO LA MADRE DE BRIAN

Descanse en paz, Terry Jones.

Y en su honor, una de mis escenas favoritas de los Monty Python (muy al caso de ciertos temas que hemos comentado en los últimos días).

CONTRA LOS MESÍAS

Supongo que ya no le reventaré a nadie la historia si me pongo a hablar del final de la serie Juego de Tronos. En cualquier caso, si aún queda alguien por ahí fuera que no lo haya visto, que deje de leer ahora mismo.

Aunque las dos últimas temporadas me gustaron más bien poco (en cuanto los guionistas dejaron de hacer pie en los libros escritos por George R. R. Martin), he de reconocer que el final me pareció muy bueno. Frente a la opinión general.

Porque la opinión general era una mezcla de victimismo feminista y de incapacidad para asumir la caída final de la heroína protagonista; que estaba llamada a cambiar el mundo, y acabó siendo asesinada por el hombre que la amaba (heteropatriarcal violencia de género, nada menos) para evitar su transformación definitiva en la tirana genocida que ya estaba empezando a ser.

Aunque la moraleja final de toda la saga no era más que un buen resumen (brutal y honestamente presentado en el asalto a Desembarco del Rey) de lo que la historia humana ha contemplado cientos de veces (la corrupción que en el ser humano produce el ejercicio del poder, a pesar de todas las buenas intenciones -o precisamente por ellas-), las masivas críticas a los guionistas no dejaron de llamar mi atención.

Llegué a la conclusión de que a las masas mimadas de Occidente no les gusta saber que los Reyes Magos son los padres. No les gusta tener que asumir que los mesías que prometen cielos en la tierra suelen ser el prólogo de infiernos prodigiosos. Necesitan seguir creyendo en que el rey Arturo construirá Camelot. Que existe el ser humano incorruptible, capaz por mera voluntad de no caer, de no equivocarse. De cambiarlo todo. De dar un sentido definitivo a nuestras vidas.

Cuando uno sueña con ese tipo de hombres y mujeres, es normal que la mediocridad circundante le acabe deprimiendo. Hasta verse obligado a comprarse un perro. O un gato.

Y aunque todo cristiano debería tener grabado en su ADN que el reino prometido no es de este mundo, son precisamente algunos cristianos, y la civilización cristiana en proceso de secularización, los más proclives a perderse en todo tipo de mesianismos.

Pero los relatos sobre grandes monarcas de la tradición judeo-cristiana, cuando no son convenientemente edulcorados precisamente por intereses mesianistas, siempre han hecho hincapié en la humanidad torpe (no pocas veces pecaminosa y criminal) de los protagonistas. David, Salomón, Arturo. Los tres cometen errores impropios de lo que se espera de ellos.

Y eso es exactamente lo que deberíamos esperar de un hombre o una mujer en el poder. Eso es lo que no nos debería sorprender encontrar en la acción de un hombre o una mujer. Porque, en el fondo, sabemos que eso es lo que podemos esperar de nosotros mismos. No echemos en hombros ajenos la carga que nuestras espaldas nunca serían capaces de soportar.

Yo, como San Gilberto, creo que la democracia es el ideal político más generoso y más fundamentalmente cristiano. La generosidad del que no rehúye su responsabilidad, a pesar de sus evidentes limitaciones y debilidades; la generosidad del que entiende las limitaciones y debilidades de los demás y, a pesar de ello, los reconoce como sujetos responsables, con la dignidad suficiente para tener su propia voz.

La ciudadanía no se puede confundir con una mera tabla de derechos a reclamar por el simple hecho de existir. La democracia nació en la antigua Grecia exigida por los soldados que sangraban en los campos de batalla todos los veranos. La ciudadanía implica sacrificios.

Y el primer ídolo a sacrificar en el altar de la libertad es el de los meros mesías humanos.

Por eso me gusta tanto el final de Juego de Tronos.

CREO EN EL ESTADO TODOPODEROSO

Escucho ahora el podcast de la tertulia de esta mañana en el programa de Alsina, que me da a conocer la encuesta de SocioMétrica para El Español, sobre el temita del pin parental; según la cual podemos deducir que, cuánto más insistan los partidos gobernantes en imponer sus criterios educativos a los padres españoles, antes tendrán que hacer las maletas y abandonar sus puestos de poder.

El caso es que descubro que muchos tertulianos están en contra del pin parental. Y en no pocos casos, me sorprende la oposición, porque a muchos de estos tertulianos los tenía por gente bastante más liberal que yo. Intuyo que se ha extendido por la profesión periodística un curioso y paradójico miedo: el miedo a estar de acuerdo con VOX. Lo cual le llevaría a uno a admitir que no son meros fachorros cavernarios y que, de vez en cuando, dicen cosas con bastante sentido. No siendo ésta una opción, no queda más remedio que oponerse a cualquiera de sus planteamientos, sobre todo a los más razonables; y entonces, al pobre Rubén Amón no le queda otra que verse a sí mismo haciendo graciosísimas piruetas argumentales para defender el derecho del estado a intervenir imperativamente sobre la educación impartida a los jóvenes, para evitar que los padres les impongan valores terribles y oscuros.

No por común (hoy se la he podido escuchar a varios compañeros en el trabajo) deja de ser una soplapollez de opinión. Pues a todo el mundo se le ocurre que puedan existir padres terribles (al parecer, los padres decentes han desaparecido). Pero nadie explica por qué divino ungimiento el estado siempre actúa adecuada y correctamente, en toda ocasión. Nadie nos argumenta por qué el estado no puede ser, también, terrible. Y nadie lo hace, simplemente, porque es imposible. Salvo que uno sea creyente.

Creyente en la virtud eterna de toda acción emprendida desde y por el estado.

Pero no. De la misma manera que los padres pueden ser terribles, el estado también puede ser terrible; entre otras muchas cosas, a la hora de poner en práctica los poderes educativos que le cedemos los ciudadanos. Y un estado terrible (esto lo sabe cualquiera, incluido Rubén Amón, aunque se haga el bobo para que nadie le eche en cara que ha estado de acuerdo en algo con VOX) es bastante más peligroso que unos cuantos padres terribles.

Si a uno le da miedo que los vaivenes de las urnas coloquen en los centros de poder del estado a personas indeseables, tiene dos opciones: o eliminar los vaivenes de las urnas (es decir, eliminar la democracia); o limitar los poderes que se pueden ejercer desde el estado, para que no dé tanto miedo que los indeseables los alcancen.

O podemos hacer lo que hacemos ahora: vivir la democracia como una bipolar concatenación de eras paradisíacas y temporadas en el infierno, angustiados ante la posibilidad de que en un futuro nuestros enemigos políticos nos hagan lo que nosotros les estamos haciendo ahora, y viceversa.

La verdad, no parece tan complicado vivir la vida sin tratar de organizarles las almas a los demás a nuestro gusto. Pero sí debe de serlo, sí.

Yo, como el estadounidense judío ortodoxo Ben Shapiro, prefiero tirar el Anillo a las profundidades del Monte del Destino.

SOBRE EL DICHOSO PIN (LECHES, GARCÍA-MÁIQUEZ FUE MÁS RÁPIDO CON EL CHISTE DE “PIN, PAN, PUN”)

España, al parecer, es un país repleto de gente que sabe cómo educar a los hijos… de los otros. Yo tengo una ligera idea de cómo educar a la mía; espero que salga más o menos bien, aunque no las tengo todas conmigo.

Con respecto a la sexualidad, también tengo una idea aproximada de lo que le quiero contar; aunque sé que tendré que pelear con las opiniones de sus amigos, de los medios de comunicación, de los libros que lea y de las hormonas que la posean (éstas, sin duda, serán mis peores enemigas).

Con lo que no me parece que sea necesario luchar -mejor dicho: contra lo que no creo que yo debiera luchar-, es contra la opinión del estado. No creo que ningún ocupante de la estructura estatal tenga que meter baza en este tipo de asuntos. No porque mis hijos sean míos -no creo que el concepto de propiedad explique de forma adecuada la relación entre padres e hijos-. Mis hijos son mi responsabilidad. Al estado le compete definir qué acciones individuales merecen castigo penal; pero dentro del amplio campo de lo permitido, el estado ni pincha, ni corta. O no debería.

Pero hay gente que no piensa lo mismo. De hecho, en España hay mucha gente que no piensa lo mismo. Por ejemplo, la ministra Celaá y Juan Manuel de Prada. Ellos lo tienen tan claro que hasta pretenden decirnos al resto cómo debemos hacerlo. Ya explicamos en una entrada anterior que, al señor de Prada, más que Diogneto, lo que le va es Magneto. Los estados liberales le resultan una molestia, porque, él sí, ungido de Dios, sabe qué hacer con el poder. Les suele pasar, a los que creen haber sacado a Excalibur de su piedra.

Lo único que me consuela en el aburrimiento de tratar con tanto aspirante a comisario político (o inquisidor), es que la historia suele demostrar que los resultados acaban siendo exactamente los contrarios a los que aspiran.

Mientras tanto, santa paciencia.

NUESTRO COMUNISTA MINISTRO DE CONSUMO (NUEVOS PERSONAJES EN EL CALLEJÓN DEL GATO)

Desconocemos las razones por las cuales el nuevo Ministro de Consumo gusta de usar sudaderas con simbología de la extinta República “Democrática” Alemana. No sabemos si es una mera cuestión de aprecio por el diseño vintage o existe cierta necesidad de expresión política en tal elección. Si se trata de esto último, entonces estamos seguros de que La vida de los otros no es una de las películas favoritas del nuevo ministro.

Para ayudar en la lucha contra estos pijos irresponsables, que parecen tener bula a la hora de hacer apología de psicópatas masivos, me uno a la iniciativa de Ángel, y os enlazo con la página en la que podréis ver el documental de Arte France sobre el Gulag soviético (en tres episodios). Dice Ángel que igual no dura mucho en esa web, así que daos prisa.

EL PRÍNCIPE

Siguiendo el hilo de la última entrada del blog de Ángel y los comentarios allí realizados, rebusco en mis archivos digitales para recuperar esta cita del libro de Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial:

[extracto de una conversación mantenida por Churchill y Stalin en Moscú, el verano de 1942]

-Dígame –pregunté-: las tensiones de esta guerra, ¿han sido tan malas para usted como llevar a cabo la política de las granjas colectivas?

Este tema enardeció en seguida al mariscal.

-No, no –dijo-; la política de las granjas colectivas fue una lucha terrible.

-Me imaginé que le habría parecido mal –le dije- porque no se trataba de un puñado de miles de aristócratas o grandes terratenientes sino de millones de hombres humildes.

-Diez millones –dijo, alzando las manos-. Fue espantoso. Duró cuatro años. Era absolutamente necesario para Rusia si queríamos evitar hambrunas periódicas labrar la tierra con tractores. Teníamos que mecanizar nuestra agricultura. Cuando entregábamos tractores a los campesinos todos quedaban estropeados al cabo de pocos meses. Las únicas que podían ocuparse de los tractores eran las granjas colectivas que tenían talleres. Nos costó mucho explicárselo a los campesinos. No tenía sentido discutir con ellos. Cuando uno le ha dicho a un campesino todo lo que tiene que decirle él dice que tiene que ir a su casa a consultarlo con su mujer, y tiene que consultarlo con su pastor.

Nunca había oído esta expresión en este contexto.

-Después de consultarlo con ellos siempre responde que no quiere granjas colectivas y que prefiere arreglárselas sin los tractores.

-¿Eran los que llamaban kulaks?

-Sí –respondió, aunque sin repetir la palabra; y añadió, tras una pausa-: Fue todo muy malo, y difícil, pero necesario.

-¿Qué ocurrió?

-Pues –dijo-, que muchos aceptaron lo que les proponíamos. A algunos les dimos su propia tierra para que la cultivaran, en la provincia de Tomsk o en la provincia de Irkutsk, o más al norte, pero la gran mayoría fueron muy impopulares y sus trabajadores los eliminaron.

Hubo una pausa considerable; después añadió:

-No sólo hemos incrementado considerablemente el suministro de provisiones sino que hemos mejorado la calidad de los cereales de forma inconmesurable. Antes se cultivaban todo tipo de cereales. Ahora nadie está autorizado a sembrar más que el cereal soviético estándar, de un extremo a otro del país. Si alguien no lo hace recibe un duro castigo. Esto supone otro gran incremento de las provisiones.

Apunto estos recuerdos a medida que me vienen a la memoria, así como la fuerte impresión que me produjo en ese momento pensar en millones de hombres y mujeres eliminados o desplazados para siempre. Sin duda llegará una generación que desconozca sus miserias, pero seguro que tendrá más que comer y bendecirá el nombre de Stalin. No repetí la máxima de Burke: Si no puedo tener reforma sin injusticia prefiero que no haya reforma. A nuestro alrededor se estaba librando una guerra mundial así que parecía inútil moralizar en voz alta.”

            La Segunda Guerra Mundial, de Winston S. Churchill; La Esfera de los Libros, 2002, vol. II; pgs. 177-178.

HOME OF THE BRAVE

Seguramente sea cosa mía y de mis sentimentalismos, pero encuentro una belleza peculiar en que una estrella del rock cante el himno del país en el que ha crecido. El país que le ha permitido llegar a ser estrella del rock.

No es cosa rara en los Estados Unidos, país al que admiro en casi todo, salvo en la práctica inexistencia de seguridad social y sanidad pública. Para este tipo de cosas, soy un socialdemócrata europeo (o canadiense) típico.

Más raro es encontrar por estos lares estrellas del rock que expresen su agradecimiento al país en que han nacido (salvo que se trate de españoles nacidos en Galicia, Cataluña o País Vasco, para agradecer que son gallegos, catalanes o vascos y para denostar la opresión española).

Yo, por mi parte, me siento bastante agradecido al hecho de haber nacido español. En esta precisa época histórica. He podido acceder a cosas impensables, en otros tiempos (en casi todos los otros tiempos, si he de ser preciso), para un individuo medio de mi clase social. Y me gustaría que la mayoría de los jóvenes ciudadanos españoles pudieran tener acceso al mismo tipo de cosas que yo he disfrutado. Es decir, me gustaría que nuestro sistema, como mínimo, se mantuviera; si es que no es posible mejorarlo.

No creo que tal cosa sea posible sin el fortalecimiento de la Unión Europea y su futura conversión en un estado federal. Sé que este punto de vista es debatible y estoy dispuesto a escuchar opiniones informadas al respecto. Aunque me resulta difícil pensar que España pueda mantener su estado social y de derecho, en un mundo de súper-estados, sin formar parte de uno de ellos. El asunto es cuál. Yo elijo la Unión Europea. Porque, entre otras cosas, elijo cualquier lugar donde existan dificultades constitucionales para que el poder se convierta en un agente despótico y totalitario.

La guerra que se viene librando para la formación del estado mundial del que hablaba Jünger cada vez es más intensa. Uno puede suicidarse, tratar de mantenerse al margen (si es que tal cosa es posible) o tomar partido por algún nicho civilizatorio. Está en juego qué matices sean los que definan dicho estado mundial.

Soy un demócrata tocquevilliano. Consciente de las debilidades del sistema; pero más consciente aún de los horrores que se pueden desatar cuando todo tipo de mesías exigen acumular poder para construir cielos en la tierra.

Supongo que por eso me emocionan los países en los que hombres orgullosos de su libertad deciden cantar en honor de aquello que les ha permitido gozar de la misma.

LAS AFINIDADES ELECTIVAS (II)

Leo que Estados Unidos ha matado al general Qassem Soleimani. Enciendo enseguida la televisión y busco el enlace con Al Jazeera; evidentemente, están dedicando todo su tiempo a dar cobertura de la noticia.

Mientras los expertos tratan de adivinar cuál puede ser la dura venganza que ha prometido el Ayatolá Alí Jamenei, yo releo una entrada que escribí hace ya cinco años, cuando el general era uno de los principales responsables de la lucha contra el Estado Islámico.

Estoy seguro de que él habrá sido una de las personas menos sorprendidas por su propia muerte.

De izquierda a derecha: el Ayatolá Alí Jamenei, el clérigo chií irakí Muqtada al-Sadr y el general Qassem Soleimani.

EL CAMINO DEL HÉROE

Es de noche. El coche está parado, en medio de un aparcamiento casi vacío. Muy cerca de donde vivo ahora con Bea y mi hija.

-Es que yo deseo ser un héroe -le confieso a mi amigo, sentado a mi izquierda.

Él lo sabe. Y por eso me advierte del peligro de convertirme en carne de cañón de otros. De los dirigentes del partido político en el que militaba por aquel entonces, por ejemplo.

Creo que fue poco después de que me detuvieran en una manifestación. Quizá aún tuviera el ojo morado, tras recibir un porrazo por gritar, ya detenido, ¡Viva la lucha de la clase obrera!.

Me vienen a la cabeza estos recuerdos, mientras pienso en el artículo escrito por Leyre Iglesias. Que nos confirma, una vez más, que la violencia en Occidente no es causa directa de la exclusión social y la pobreza. Que puede surgir perfectamente en el seno de familias acomodadas. Que para comprender ciertos fenómenos es necesario atender a ciertos aspectos más profundos del alma humana.

En las escenas de combate nocturno que Cataluña nos está ofreciendo estos días yo contemplo una religiosidad desatada y desquiciada: cientos de jóvenes tratando de realizar sacrificios a sus dioses personales. Arriesgando la propia vida, la integridad de sus cuerpos, para cumplir con el sagrado éxtasis de ofrendarse a sí mismos a aquello que consideran más importante que sus propias existencias individuales. Éxtasis real como la adrenalina que se desata en tu cuerpo cuando esquivas el golpe de un policía, cuando soportas sin gemir sus intentos de producirte dolor. El éxtasis de desobedecer sus órdenes a pesar de las amenazas físicas ciertas.

Es el camino del héroe, arquetipo sobre el que tanto escribieron Jünger y Mishima. Que hace tan fácil entender que los hijos de padres perfectamente integrados en el sistema sean tan fácilmente atraídos por las promesas de épica y combate.

El acto estético definitivo: la entrega gratuita de la propia existencia a aquello que es principio y fin de nuestro mundo.

He ahí la estructura formal básica: vale lo mismo para el mártir cristiano y para el nacionalista catalán (o español o gallego o argentino o…).

Las diferencias, por lo tanto, estriban en los dioses adorados. Estamos, como siempre, ante una teomaquia. Un combate entre divinidades (las ideologías son meras creencias incapaces de aceptar su núcleo religioso).

Como los miembros de cualquier tribu prehistórica, que limitan el concepto de ser humano a los componentes de la propia tribu, los nacionalistas articulan la narrativa de sus existencias alrededor de los conceptos que estructuran su mundo; y su mundo, en este caso, se llama Cataluña. Más allá, sólo mora el caos.

Desde el punto de vista de un cristiano, en el que el mundo a tener en cuenta es el cosmos en su totalidad, la adoración de dios tan pequeño y limitado no puede ser considerada otra cosa que pura, simple e infantil idolatría.

Como ya comenté en una entrada anterior, llevo un tiempo reflexionando sobre el cambio que supone en la existencia humana el hecho de ser padre. El arquetipo del héroe parece tener una profunda conexión con la soltería y el celibato: entregado hasta la muerte a las exigencias de sus dioses, el héroe no puede estar limitado por otro tipo de responsabilidades o ataduras terrenas. Su vida ha de poder ser ofrendada en cualquier momento.

¿Por eso son solteros los nueve miembros de la Fellowship de Tolkien?

¿Por eso la princesa sólo se puede alcanzar tras matar al dragón?

La vida del héroe y la vida del padre parecen estar separadas por un abismo ontológico, aunque aparentemente se puedan presentar entremezcladas en la existencia de todo ser humano. Pero si el padre se ve obligado a marchar como soldado para defender a su patria, automáticamente ha de abandonar el hogar: son, pues, exigencias contradictorias, que sólo pueden ser resueltas en un plano metafísico, sacramental; en definitiva, misterioso.

Contradicciones capaces de agrietar incluso la unidad de Dios dentro de la teología católica, alejándola del monoteísmo reduccionista de judíos y musulmanes, haciendo necesaria la conceptualización de una diferencia entre dos planos: el del Padre y el del Hijo. El dador de vida y el que la entrega. Sellando ese abismo con un tercer elemento, misterioso, que mantiene la unidad divina a pesar de todo: el Espíritu Santo.

Siempre me ha dado mucho que pensar el final de El Señor de los Anillos. ¿Por qué se marcha Frodo, exactamente? ¿Por qué, como le dice Sam, no se queda a disfrutar de lo que su sacrificio ha logrado salvar?

Frodo parece sentir su existencia tras la derrota de Sauron como una anomalía. Se da una incomodidad metafísica en él, como si percibiese injusto e impío que él pudiese disfrutar de aquello que su entrega ha salvado: el héroe máximo no puede sobrevivir al sacrificio que ha reinstaurado el orden del universo. El auténtico héroe sabe que esas son las verdaderas reglas del juego humano.

Es como si Frodo se preguntase: ¿por qué pasa de mí este cáliz?

Es tras la derrota del dragón que la princesa puede ser desposada por el héroe. Que entonces deja de ser héroe, para ser rey. Patriarca.

Es tras la caída de Mordor que Aragorn se convierte en padre.

Como Sam.

Pero no es ése el camino del héroe máximo.

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Paseamos por el barrio. Yo voy delante, empujando el carro de la nena. Detrás de mí, Bea lleva de la mano a nuestra hija.

Pasamos al lado del aparcamiento, donde cada domingo hay mercado.

Mientras la nena se queda alucinada al descubrir un caracol, yo fijo la mirada en el centro de la explanada casi vacía, y recuerdo a aquel joven que yo era, confesándole a su amigo que deseaba ser un héroe.

Y NO ME DEFIENDO, POR NO MOLESTARTE

Me levanto y, como todos los días, me pongo a Alsina para enterarme de cómo están las cosas. Y las cosas están como siempre.

Pero, entre el barullo de noticias repetidas, me llama la atención una, no tan común.

Vivimos saturados de peroratas públicas de nuestros representantes políticos, especialmente en el sector progresista, sobre los derechos de las mujeres. Se votan decenas de leyes de igualdad, contra la violencia de género, contra el machismo.

Asistimos a un continuo rasgado de vestiduras por los desmanes del patriarcado occidental.

Pero llega la delegación iraní  de visita a la principal institución de nuestra democracia y el único partido que se opone a que las mujeres sean tratadas como seres inferiores (o peligrosos para las frágiles virtudes de los machos iraníes) es VOX. Y (un poquito, pero sin pasarse) Ciudadanos.

Dicen fuentes del Congreso que ese protocolo de (no) saludo es típico cuando nos visitan países árabes.

Árabes.

Uno ya no sabe si la correción política les ha deconstruido el cerebro o es que son unos simples ignorantes. Este protocolo no lo ponen en marcha los países por ser árabes, sino por ser musulmanes.

Musulmanes. Repitan conmigo: musulmanes. Mu-sul-ma-nes.

Mu

sul

ma

nes.

Y los únicos que se han opuesto a que las representantes de nuestra democracia sean tratadas como seres inferiores han sido VOX y (un poquito, pero sin pasarse) Ciudadanos.

Que cada palo aguante su vela.

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