El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: TEOLOGÍA POLÍTICA

IFIGENIO BENAVIDES, TERRORISTA CULTURAL

Varios agentes de traje oscuro rodeaban el calabozo, tapando a la figura que moraba entre los barrotes; de la cual sólo resultaban visibles un par de zapatillas deportivas despojadas de sus correspondientes cordones.

El veterano policía nacional, que llegaba en esos momentos para el cambio de turno, miró a su compañero sentado tras la mesa, con cara de no entender.

-¿Y todos esos?

-CNI -contestó el de la mesa, mientras recogía sus cosas, para dejar el sitio al recién llegado.

-¿Un yihadista? -preguntó otra vez.

-No… Un terrorista cultural -dijo el compañero, torciendo la sonrisa-. Se puso a cantarle una canción a un par de mujeres en la sección de lencería de El Corte Inglés. Dos mujeres vestidas a la musulmana, sólo con las gafas de sol al aire. Resultaron ser dos de las cuatro esposas del secretario de la embajada de Arabia Saudí en España.

El policía recién llegado volvió a mirar hacia las zapatillas deportivas del calabozo, esbozando media sonrisa.

-¿Qué canción era? -volvió a preguntar.

Atrévete, de Calle 13 -respondió el otro, a punto ya de irse-. Ya sabes… deja de tapalte… -canturreó, mientras movía con torpeza las caderas-. El embajador, al parecer, ha amenazado con la posibilidad de anular el contrato de construcción de fragatas en Ferrol…

-¿Cómo se llama el tipo?

-Benavides. Ifigenio Benavides. Inventado, supongo.

Un silbido pachanguero empezó a escucharse desde el interior de la celda.

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EL HUMILDE AGRADECIMIENTO EN EL PECHO DE CADA CUAL

El bueno de Carlos Marín-Blázquez me da a conocer este texto, desconocido para mí, de mi maestro Juan Bautista Fuentes. El resto de la cita lo podéis encontrar aquí.

“De manera que, si alguien me dijera, ¿cuál es la solución?, lo primero que haría es dar respuestas negativas. La solución no es meramente técnica, meramente económica, no es meramente política; la solución está en el pecho de cada cual, en el corazón de cada cual. El error de las izquierdas y de las derechas es confiar en una solución, bien solamente política (las izquierdas), o sólo técnicamente económica (las derechas): que el mercado, por sí mismo, acabará reconstruyéndose… El mercado, por sí mismo, no hace sino reproducir en abstracto la propia laminación de la vida económica. Para eso está el estado, para intervenir. El estado, es decir, esa estructura que no tiene otra función más que la de intervención sobre una sociedad meramente económica, laminadas ya o disueltas las referencias comunitarias, no tiene en sí mismo tampoco la solución. Sin duda yo diría: frente al mercado, el estado. Pero frente al estado, la comunidad. Entonces el problema es que la comunidad no la va a crear nunca el estado, ni la van a crear nunca las relaciones económicas. Y entonces, ¿qué tenemos a nuestra disposición para reparar la vida comunitaria? Pues la solución es muy sencilla, es adoptar una actitud ante la vida tan humilde que consista básicamente en el agradecimiento. Es decir, allí donde halla que el primer movimiento del corazón no sea el agradecimiento, es imposible la instalación de la vida comunitaria. Y por tanto, agradecer es dar las gracias a algo que uno entiende que le han regalado gratuitamente. Allí donde no hay sentido del agradecimiento es imposible la vida comunitaria. Y la vida comunitaria es precisamente compañía espiritual. Y la compañía espiritual, no es algo a lo que tengamos derecho. La compañía espiritual es algo que nos han regalado y que nosotros regalamos. Y por tanto, mientras no seamos capaces de asumir la idea de agradecimiento, no se crearán los pivotes sobre los cuales pueda haber vida comunitaria en función de la cual se podrá empezar a organizar un estado que sea capaz de controlar la situación económica. Y mientras esto no ocurra, no hay soluciones técnico-políticas, no hay soluciones técnico-económicas. La cuestión es cuándo esto podrá ocurrir.”

EL ETERNO DILEMA

Dudar entre madre y perro es completamente lógico y natural.

Una madre, símbolo de la máxima capacidad de entrega y amor que puede alcanzar un ser humano, puede, en su libre arbitrio, tomar la decisión de eliminar la vida que crece en su vientre.

Un perro, sin embargo, representa la entrega y el amor sin límites. Precisamente porque el perro, como animal, carece de la capacidad de juzgarnos. Nos amará seamos como seamos, hagamos lo que hagamos. Bastará con darle de comer y sacarlo a ensuciar el barrio varias veces al día para que nos profese un cariño sin fisuras.

Sólo una madre puede hacernos dudar y convencernos de que aceptemos relacionarnos con esa cosa tan nefasta y destructiva: el ser humano. Sólo eso nos puede separar de lo que realmente queremos hacer: vivir rodeados de perros que nos lamen y nos quieren a pesar de todas nuestras imperfecciones, a pesar de todos nuestros pecados, a pesar del patético ejemplo de seres humanos que nosotros mismos podemos llegar a ser.

Occidente se vacía de niños y se llena de perros. Millones de perros. Pablo Iglesias pide en el debate electoral el descenso del IVA en productos veterinarios. Aun siendo él mismo padre, sabe que ese IVA preocupa a más gente que el IVA de los pañales.

Sustituimos familias por jaurías caseras. Sustituimos madres por perros. Las familias son incómodas, repletas de individuos que limitan nuestros deseos, nuestro tiempo libre. Nos exigen sacrificios. De los de verdad, de los que apenas te dejan tiempo para exponer tu vida en Facebook.

Un perro nos acompaña y nunca nos traiciona.

Nunca nos traiciona. He ahí la clave de todo.

El pavor a la posibilidad del inmenso dolor que puede provocar la traición de un ser querido. Nada puede hacer más daño que un Judas.

Nada puede hacer más daño que un ser humano.

Elijamos, pues, a los perros.

Elige perro. Vota PACMA.

ZIZEK vs. PETERSON

Aprovecho la pausa en el estudio para comer y preparar el puré de ternera de Ana Ofelia.

Y aprovecho ambas cosas para escuchar y ver (de reojo) el debate de ayer en Toronto entre Jordan Peterson y Slavoj Zizek.

Aún tengo que terminar de verlo, pero ya he visto lo suficiente como para saber que vale la pena su difusión.

Espero que, más adelante, aparezcan vídeos en YouTube con subtítulos en español; cuando tal cosa ocurra, actualizaré esta entrada.

Por ahora, aquí dejo el vídeo que he encontrado.

PANTALLAZOS CASUALES

Recién tomado de la edición digital de El País.

Problemas

y soluciones.

FURIA

Como un montaraz entre la niebla, el caballero se acerca desde el horizonte, desde la frontera del mundo.

Y en el mundo sólo están su caballo y él.

Pero cuando obliga a su montura a girar, cuando obliga a la cámara a moverse, como si estuviésemos asistiendo a la encarnación de un ideal estático en la sucia historia humana, vemos que el caballero sobre un hermoso caballo blanco es un oficial de la Alemania nazi.

Y le vemos cabalgar entre los restos ardientes de las máquinas de guerra modernas. Entre los despojos industriales de las ciencias físicas y químicas, entre los resultados del progreso tecnológico, entre los éxitos de la Era de la Razón.

Y desde las sombras, un habitante de las máquinas, un hombre criado entre aceros y motores, se abalanza sobre el caballero y lo mata clavándole su cuchillo en el ojo.

Y este hombre moderno, hijo de su tiempo, se acerca al caballo blanco, y lo acaricia para tranquilizarlo. Hay profundo amor y profunda tristeza en sus caricias. Finalmente, el conductor de tanques empuja al caballo blanco para que se aleje del campo de batalla.

Resignado, lo ve marchar.

No intenta montarlo. No intenta ser lo que no puede ser. Sabe dónde está la verdad, sabe dónde está la belleza. Y sabe que no es tiempo para esa verdad, para esa belleza. Es tiempo de furia y tanques. De ruedas y gasolina. De morir y matar en el mundo de la razón mecánica, en el mundo de los románticos que justifican el infierno que crean porque pretenden ser caballeros magníficos sobre bellos caballos blancos.

Pero el auténtico amor al caballo blanco quizá sea, precisamente, dejarlo marchar. Resignarse a saber que su reino no es de este mundo.

Y no mezclarlo en nuestras luchas cotidianas. Entre los resultados del progreso tecnológico, entre los éxitos de la Era de la Razón.

SEGUNDA SEGUNDA CUARENTA

…si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos…

El prior se reclinó en su silla, haciendo gemir levemente la madera. Su mirada se lanzó a través de la ventana, hacia la luna llena que iluminaba el mar y la costa de Penn Ar Bed.

Sin abandonar el gesto meditabundo, cerró el volumen de la Suma Teológica, dejando la mano apoyada sobre la tapa del libro. Su mirada se desplazó unos centímetros a la derecha, donde reposaba abierta una carta.

El señor Auguste se había dirigido a los dominicos de San Miguel, tras conocerse la convocatoria del Concilio. Les rogaba que tuviesen en cuenta la urgencia de la situación en la que se encontraba la Casa de Penn Ar Bed y buscasen la forma de favorecer la ayuda que necesitaba. Había que convencer a la mayor cantidad posible de cristianos de la necesidad de luchar contra la Unión.

El prior se levantó y se acercó a otra ventana, justo enfrente de aquélla a través de la cual había estado contemplando la noche. No vio entonces la luz de la luna, sino las luces artificiales de la ciudad más cercana, al otro lado de la frontera; una de las repúblicas de la Unión.

El prior volvió a mirar hacia su mesa de estudio, fijando la vista alternativamente en Santo Tomás y la carta de su señor. Después miró el crucifijo que presidía su habitación.

Los ojos se habían detenido en el costado sangrante de Dios, cuando se oyó el primer grito.

Al dirigir la mirada hacia la puerta, el prior escuchó un creciente caos de golpes y gritos que parecían provenir de todos los rincones del monasterio.

El ruido se acercaba cada vez más, al tiempo que el prior se iba alejando de la puerta.

Cuando tropezó con su mesa de estudio, una vela cayó sobre la carta del señor Auguste. Una llama inflamó la epístola, mientras se abría violentamente la puerta de la habitación.

Una forma oscura se esbozó en el umbral. Con un movimiento desganado, la sombra dejó caer algo en el suelo, delante del prior, mientras los gritos y los golpes se iban apagando.

El prior no pudo evitar orinarse encima al ver lo que había en el suelo: las cabezas de los hermanos Joseph, Kalil y Antoine.

La sombra dio unos pasos más y entró en la habitación. Otras sombras la siguieron. La primera sombra se paró ante el prior, que había caído de rodillas. En la mesa ardía ya la Suma Teológica.

La sombra se quitó el pasamontañas. El prior vio la cara de un adolescente.

-La frente abierta y sangrante del bebé -le dijo el joven, acuclillándose para poner su cara a la altura del rostro del prior-. La frente deformada y sangrante del bebé. Los ojos abiertos y sin vida en la cara del bebé.

OBNOXII

“La fundación de iglesias en las fincas planteó de inmediato el problema de quiénes ejercerían allí como sacerdotes. Ser eclesiástico (sacerdote o diácono) equivalía a ponerse el cinturón de la orden clerical. La frase aludía a las antiguas palabras cingulum militiae, el cinturón militar que había distinguido a los miembros de la burocracia imperial. Con el uso de esos términos, las cartas del papa [Gelasio] demuestran que la difusión del cristianismo había llevado al campo a otro nivel más de personas privilegiadas. Los lugareños con iniciativa estaban muy felices de unirse al clero para convertirse en miembros de esa nueva clase privilegiada. De esa manera, amenazaban con socavar el control que los terratenientes tenían sobre sus vidas. Gelasio se enteró de que muchos de los que se convirtieron en sacerdotes y en diáconos habían sido esclavos, y muchos más habían sido obnoxii -campesinos vinculados para siempre a la finca en la que estaban registrados como contribuyentes- el estatus clerical los liberaba de esas ataduras.  Eso sucedió en una época en la que los terratenientes del sur de Italia dependían de su habilidad para controlar una gran reserva de trabajo servil por deudas para producir la cosecha anual a la que estaba supeditada su riqueza.

Aunque severo a la hora de limitar los derechos de los fundadores laicos, Gelasio apoyaba a los terratenientes con entusiasmo en lo que se refería al control de sus campesinos. La ordenación sacerdotal no debía convertirse en una válvula de escape para los esclavos y los campesinos atados a la tierra. En el 494, Gelasio dijo a los obispos del Mezzogiorno que

[…] prácticamente todos se quejan de cómo aquí y allá los esclavos y los campesinos hereditarios, atados a la tierra, huyen de la dependencia legal de las fincas con el pretexto de abrazar la vida religiosa.

Había que poner fin a esa situación,

[…] por temor a que parezca que una práctica asociada con el nombre del cristianismo es la causa de una infracción de los derechos de los demás y de la subversión de la publica disciplina (el orden de la sociedad tal como lo establece la ley) […]. Tampoco ha de permitirse que la dignidad del ministerio sacerdotal quede empañada por personas sujetas a semejantes obligaciones.

Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.), de Peter Brown; Acantilado, 2016; pgs. 932-933.

IRONÍAS TEOCRÁTICAS

“La Cartago vándala mostraba precisamente lo que aún podía hacer un Estado despiadado. Hasta donde sabemos, el Estado vándalo no se basaba en un acuerdo tácito entre los romanos locales y la corte bárbara, a diferencia de los godos de Burdeos y de Toulouse. Los principales terratenientes romanos del África proconsular y de Bizacena fueron desposeídos abruptamente a fin de dejar un glacis en torno al interior de Cartago, ocupado solamente por guerreros vándalos.

Peor aún: los vándalos no ocultaban el hecho de que eran arrianos, y no cristianos católicos. Al cabo de una década, exiliaron a los obispos católicos por considerarlos herejes. Los vándalos incluso recurrieron a las leyes antidonatistas que habían impuesto el exilio a los obispos donatistas después del año 411. Los gobernantes vándalos aplicaron esas mismas leyes al clero católico. Por una extraña ironía del destino, no del todo inmerecida, muchos amigos de [San] Agustín (en particular Posidio de Calama, su biógrafo) terminaron sus vidas en Italia, como exiliados. Los habían expulsado de sus ciudades por las leyes en contra de la herejía que ellos mismos habían solicitado treinta años antes para desterrar a sus rivales donatistas.”

Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.), de Peter Brown; Acantilado, 2016; pg. 793.

HUIR

Patricia desayunaba sin ganas cuando su madre entró en la cocina.

-Buenos días, hija -saludó, de buen humor-. ¿Y esa cara? ¿Mala noche?

Patricia negó con la cabeza y se quedó mirando su tazón de leche, sin decidirse a llevárselo a la boca.

La criada entró en la cocina y le preguntó algo a su jefa. Patricia no les prestó atención. La mujer se fijó entonces en la muchacha y se acercó a ella.

-¿Se ha quedado fría la leche, señorita? -preguntó con voz dulce-. ¿Quiere que se la caliente?

-No, Thomasine, gracias -respondió Patricia-. Es que no tengo mucha hambre.

-Mmm -refunfuñó la mujer-. Usted lee demasiado, señorita; tiene que estudiar menos por las noches y dormir más. Tanto leer la está poniendo melancólica.

La Primera Magistrada comía una manzana, mientras observaba divertida la regañina de su criada a su hija.

-¿Es eso cierto, Patricia? -preguntó su madre, con una sonrisa pícara en la cara-. ¿Estás melancólica? ¿No te habrás enamorado?

Thomasine miró a Patricia con un gesto de sorpresa. Pero la cara de la muchacha daba a entender que el comentario de su madre le parecía una soberana tontería.

-Mamá, intenta no comportarte como una de esas madres de las obras de teatro para adolescentes…

La Primera Magistrada torció su sonrisa y tiró el resto de la manzana a la basura.

-Me voy -dijo, tras limpiarse las manos-. Tengo un estado libre que liderar.

Se acercó a su hija, le apretó juguetona la cara entre sus manos, y le dio un beso en la frente. Patricia no cambió su gesto taciturno.

Cuando sonó la puerta de la calle al cerrarse, Patricia seguía con la mirada sumergida en la leche.

-No me puedo creer que una muchacha inteligente y bella como usted no empiece cada día con ganas de comerse el mundo, señorita -comentó Thomasine, mientras se preparaba para empezar a planchar-. Si yo hubiese tenido de joven las oportunidades que usted tiene, creo que no podría dejar nunca de sonreír.

Patricia se quedó mirando a su criada, una mujer de unos sesenta años, cuyo rostro aún mostraba una vitalidad envidiable. Llevaba el pelo gris recogido en un pañuelo y vestía completamente de negro, en recuerdo de su difunto marido.

-¿Tan aburrido era vivir en la Casa de Penn Ar Bed? -preguntó Patricia, que apoyaba la cabeza lánguidamente sobre la mano derecha, mientras trataba de desmenuzar migas en la mesa con una uña de su otra mano.

Thomasine se mostró un poco sorprendida por la pregunta; no era un tema de conversación común en aquella casa.

-La única gran emoción que sentí durante los años que viví allí me la produjo el momento en que me marché -respondió la criada-. No es fácil vivir sabiendo exactamente, desde que tienes conciencia, cómo va a ser el resto de tu vida. El aburrimiento también puede matar.

Patricia se quedó pensando en las palabras de Thomasine. Una miga se partió en pedazos bajo su dedo.

-¿La señorita no tiene ningún sueño que perseguir? -preguntó la criada-. Por Dios, si tiene usted toda la vida por delante. Tantas cosas por hacer, por descubrir.

Patricia se echó hacia atrás en la silla y se apoyó en el respaldo, al tiempo que se cruzaba de brazos.

-Sí, el mundo está lleno de diversiones… -comentó Patricia con la mirada perdida.

-Y no sólo diversiones -dijo Thomasine-. También hay muchas cosas por las que luchar. ¡Mire a su madre! Todo lo que está haciendo por la Unión, por todos nosotros. Para mí es un auténtico honor trabajar para ella.

Patricia resopló, como si de repente se sintiese agotada.

-Sí, así se divierte mi madre -dijo-. Otros hacen deporte, salen a bailar por las noches… Mi madre se entretiene siendo poderosa.

A Patricia le hizo gracia su propio comentario y dejó escapar un bufido con aspiraciones a risa.

-Su madre es un ejemplo para todas las mujeres del mundo -dijo Thomasine, un poco enfadada.

Patricia se levantó de la mesa y abandonó la cocina sin despedirse de la mujer.

Como no tenía clase hasta la tarde, decidió salir a pasear por el centro de Nan. Las calles estaban atestadas de gente, coches y carros, caballos y mulas. Los vendedores de periódicos gritaban sus titulares en una tensa competencia por el espacio sonoro; casi todos hacían referencia a la futura guerra. El barrio financiero de Nan, sin embargo, no parecía sentir demasiado temor ante las funestas perspectivas ofrecidas por la prensa; o quizá precisamente por lo que ésta presagiaba, la atmósfera era más febril, si cabe, entre los trabajadores de los grandes bancos y corporaciones de la Unión. Toda la maquinaria de la sociedad de Nan parecía en efervescencia, dispuesta, incluso con alegría, a encarar los escollos sin ningún miedo a la derrota.

Patricia no era impermeable a ese entusiasmo colectivo y empezó a sentirse menos apagada según avanzaba por las calles, sorteando excrementos de caballo y coches atascados.

Por fin llegó hasta su destino, la librería La Thrace. Al entrar, como siempre, penetró en una nube de incienso y tabaco de Latakia. Humbert, el dueño, fumaba y leía sentado tras el mostrador. Saludó a Patricia con una cálida sonrisa y continuó leyendo. Un par de personas más se encontraban en ese momento en el interior de la librería, investigando entre sus anaqueles; subiendo por las escaleras de caracol hacia las estanterías superiores, que se elevaban hasta el alto techo amarillo.

Patricia se sumergió en aquel pequeño universo de caoba y empezó a pasear la mirada por los lomos y las portadas, fijándose en las últimas novedades, acudiendo a su cita inicial con la sección de Historia, para acabar escudriñando hasta el último rincón de la librería.

Tras el primer reconocimiento general, Patricia regresó a la sección de Historia, y cogió un libro.

-Magnífica elección -dijo una voz-. Pero no se lo diré a Michel, porque odia a ese historiador: son compañeros de departamento en la Facultad. Y seguro que le entristecería saber que a su alumna favorita le resulta interesante.

Patricia descubrió a Ramos-Hollande junto a ella. La muchacha sonrió y saludó al escritor.

-¿Me permites regalártelo? -dijo Peter.

-Oh, no, por favor, no es necesario… -protestó Patricia.

-Mejor aún, si no hay necesidad -replicó el escritor-. Así no lo entenderás como un favor que estás obligada a devolver. A pesar de lo cual, aceptaré encantado cualquier invitación a café y cruasanes que me puedas hacer en los próximos instantes.

-Por supuesto, profesor -dijo Patricia, divertida.

-Fantástico; paguemos, pues, y vayamos a por ese café.

Patricia salió a la calle con el libro regalado bajo el brazo, acompañada de Ramos-Hollande. Se había levantado un viento frío, que agitaba el largo flequillo del escritor.

-Este otoño viene especialmente invernal, por lo que se ve -comentó burlón-. Pero conozco un sitio magnífico para estos casos. Seguro que ya tienen la chimenea encendida.

Efectivamente, en el Café Aurore ya habían encendido la chimenea. Patricia pudo sentir el agradable olor de la madera ardiendo, antes de notar cómo su cuerpo se caldeaba rápidamente. Se sentaron en dos mullidos sillones, uno enfrente del otro, junto al fuego. Un camarero de uniforme les tomó nota y no tardó en volver con sus cafés y los cruasanes. Ahora Patricia sí sentía apetito.

La conversación comenzó por las clases en la Universidad, mostrando Ramos-Hollande especial interés por los profesores que tenía Patricia. A su vez, el escritor le habló a ella de algunos alumnos que le estaban sorprendiendo gratamente por su inteligencia y talento para la escritura. La conversación continuó en el ámbito de la literatura y tomó un pequeño desvío a través de los viajes que cada uno había hecho o quería hacer.

Finalmente, fue necesario hacer un descanso, que ambos se tomaron de la misma manera: posando la mirada en la danza del fuego.

-¿Crees que la Unión vencerá a Penn Ar Bed? -preguntó de repente Patricia, sin desviar la mirada de las llamas.

-Por supuesto -respondió Peter-. ¿Qué diablos puede hacer una aldea neolítica contra un estado industrial?

Patricia dejó de mirar el fuego y bajó la mirada hasta el suelo. Peter la observó con interés.

-No parece producirte demasiada alegría mi profecía -comentó el escritor.

-No parece producirme demasiada alegría nada -dijo Patricia, elevando las cejas-. Todo el mundo a mi alrededor parece entusiasmado por vivir en la Unión, en este preciso momento histórico, con tantos retos interesantes por los que luchar.

-¿Todo el mundo? -preguntó Ramos-Hollande.

-Salvo vosotros… -respondió Patricia, sonriendo.

El escritor también sonrió.

-¿Qué buscas, Patricia?

-No lo sé. Sólo sé que no busco… todo eso.

Ramos-Hollande se quedó un momento callado, mirando a Patricia, que volvía a dejarse hipnotizar por el fuego.

-Es realmente un momento formidable para los habitantes de la Unión, Patricia -dijo Peter-. Forman parte de un estado joven, repleto de energía; repleto de un montón de personas ansiosas de poder, gloria y dinero. Y, aunque la Unión está rodeada de enemigos, éstos son más bien ridículos. Quizá todos juntos puedan suponer algún tipo de problema, pero no durante mucho tiempo. La Unión ha apostado al caballo ganador. Antes que nadie. Así que vencerá.

-Pero, ¿es bueno que la Unión venza? -preguntó Patricia.

Ramos-Hollande no pudo evitar sonreír al oír la pregunta.

-¿Te hago gracia? -Patricia parecía enojada-. ¿Sólo digo tonterías?

-Por supuesto que no, Patricia. Haces exactamente las preguntas que han de hacerse.

Patricia miró al escritor con gesto dubitativo, sin saber si hablaba en serio.

-El mundo ya se precipitó una vez en el abismo, montado en el mismo caballo ganador -continuó Ramos-Hollande-. No parece que hayamos aprendido demasiado de aquello. Aquí estamos, repitiendo los mismos errores.

-Pero, ¿qué hacer, entonces? ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo… cómo salir de… esto?

A Patricia le costaba encontrar las palabras. Tenía la sensación de que era incapaz de hacerse entender.

-Creo; insisto, creo, porque no tengo nada claro todo lo que te voy a decir; creo, pues, que la única rebelión coherente contra el mundo actual es negarse a ser productivo, en la medida de lo posible. Es decir: hay que obligarse a ser un fracasado. Lo que toda la gente a nuestro alrededor entiende que es fracasar: o sea, no tener éxito. No tener mucho dinero, no tener mucho sexo, no tener mucho poder. Que no te conozca todo el mundo. No buscar la admiración de todo el mundo. Amar a unos pocos seres; porque sólo unos pocos seres podrán ser atendidos adecuadamente por ti. Limitarnos voluntariamente, para potenciarnos en los que están más cerca de nosotros. Huir de la fama, huir de la gloria. Huir de las largas distancias. Huir de los grandes destinos. De los grandes negocios, de las grandes batallas. Huir, nada más. Huir, con aquellos que amas.

Patricia miraba a Ramos-Hollande con los ojos muy abiertos. Profundamente sorprendida de escuchar lo que había escuchado, como si la burbujeante lava de su alma hubiese encontrado un modo de salir al mundo y comunicarle lo que pensaba de él. No es simplemente que estuviera de acuerdo con el escritor; es que lo que acababa de decir era su exacta forma de ver las cosas.

Peter terminó su café, aunque ya se había quedado frío. Algo se removía aún dentro de Patricia.

-Pero, ¿no somos un poco ridículos? -preguntó al escritor-. Mi criada se fue de Penn Ar Bed hace veinticinco años, antes de que estuviese prohibido, y vive muy feliz trabajando para nosotros, orgullosa de su ciudadanía, alegre de que sus cuatro hijos hayan prosperado en Nan. ¿No somos ridículos con nuestras melancolías? ¿Cuántos seres humanos hay en el mundo que se cambiarían ahora mismo por nosotros, por vivir nuestras vidas?

-Por supuesto, hay millones -admitió Ramos-Hollande-. Hay millones dispuestos a ser millonarios, millones dispuestos a subir todo lo posible por la escalera del poder, millones dispuestos a follarse a otros millones. No digo que haya que abandonar la Unión. La Unión puede proporcionar la felicidad a muchos, como estoy seguro que también lo puede hacer una Casa, o una polis esclavista. Aquello de lo que hay que huir, Patricia, está en todas partes. Porque va con nosotros. Somos nosotros mismos. Lo que podemos llegar a ser, si no huimos constantemente del caos de nuestros deseos. Sólo la renuncia y el sacrificio nos permiten huir. Y sólo esta huida puede salvar al mundo.

Patricia se reclinó sobre el sillón, absorta en las palabras de Ramos-Hollande.

-El problema de la Unión, su caballo ganador -continuó el escritor-, es que este caballo ganador es, precisamente, desquiciar todos los deseos. Prometer a todo el mundo que ella puede otorgarles todos sus deseos, si están dispuestos a perseguirlos apasionadamente, locamente. Todo está a nuestro alcance. Todo es posible en la Unión. Nada te será vedado, nada te será prohibido. Basta desear algo para que este algo sea bueno. Toda la Unión es una máquina inmensa que trabaja con un único combustible: el deseo desatado. Por eso vencerá cualquier batalla, por eso es más fuerte que cualquier otra sociedad humana. Por eso no tiene rival -Ramos-Hollande hizo una pausa y se recogió el flequillo con una mano-. Por eso, quizá, acabe siendo el desencadenante del apocalipsis definitivo del ser humano.

-¿Qué esperanza queda, entonces? -musitó apenas Patricia.

-Sólo un dios puede salvarnos, me temo -respondió Peter, con una sonrisa apagada.

Los dos se quedaron callados durante un largo rato. El camarero se acercó, echó un par de maderos más al fuego y recogió su mesa.

-Venga, vamos a la Universidad -dijo Peter, levantándose-. Los dos tenemos faena esta tarde.

Patricia cogió el libro que le había regalado, se abotonó bien el abrigo, y salió a la calle tras el escritor.

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