El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: TABERNA ERRANTE

EL FUEGO

Nosotros nunca nos comeríamos a nadie, ¿verdad?
No. Claro que no.
[…] Pase lo que pase.
Pase lo que pase.
Porque nosotros somos de los buenos.
Sí.
Y llevamos el fuego.
Y llevamos el fuego. Así es.
Vale.

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pg. 98.

 

Doña Alejandra me ha dado a conocer al patrón de los Taberneros.

Pero antes de hablar del mismo, es necesario hacer un exordio que deje claro nuestro auténtico concepto de Taberna. El cual proviene de la traducción castellana que más hemos manejado de The Flying Inn, realizada por Tomás González y José Elías Rodríguez, cuyo título es La Taberna Errante. Para hacernos una idea de las dificultades de la cuestión, basta citar el título de una traducción anterior, de los años sesenta: La Hostería Volante (idéntica a la típica traducción italiana). Hostería sería buena traducción, si no hubiese una aún mejor: posada.

Pues una Inn es un lugar donde uno puede beber, sí, como en una taberna; pero también es un lugar donde uno puede hospedarse. El Poni Pisador de Bree, en El Señor de los Anillos, es una Inn. Y también lo era aquel lugar en el que José y María no encontraron sitio (…there was no room for them in the inn).

Todo este contenido semántico está presente cuando hablamos de los Taberneros Errantes.

Por eso San Teodoto de Ancira es el patrón de los Taberneros. Porque es el patrón de los posaderos, que viene a ser lo mismo. Regentaba su propia posada en Ancira (la actual Ankara, capital de Turquía, también llamada Angora en otros tiempos) y era muy conocido por su fervor cristiano, especialmente en lo que se refería a la virtud de la caridad. Durante la persecución desatada por Diocleciano en el año 303, su posada se convirtió en refugio para muchos fugitivos y enfermos. Era digna de admiración su capacidad para exhortar a los cristianos a mantener su fe en esos difíciles momentos, cuando es la vida lo que está en juego (no la desorbitada factura de la linda boda, bautizo o comunión de los que nadie se acordará cuando resulte tan necesario abortar, divorciarse o perderse en lujos superfluos).

Fue San Teodoto quien rescató los cuerpos de siete vírgenes cristianas, las cuales, tras haber confesado su fe ante las autoridades paganas, fueron obligadas a prostituirse, torturadas y finalmente arrojadas al agua atadas a piedras. San Teodoto consiguió enterrar dignamente sus cadáveres y por ello fue encarcelado.

Su martirio, tras múltiples torturas, fue llevado a cabo con la espada que es uno de sus símbolos.

El otro que le representa es la antorcha. La antorcha con la que buscó los cuerpos de las mártires ahogadas, durante una noche de piedra. El fuego portátil de su fe del que consiguió hacer entrega (traditio) a las siguientes generaciones de cristianos a través de su heroico ejemplo.

El fuego que debería arder cada vez que se reúne la Taberna Errante.

'Protecting the Light', de J. Kirk Richards (2014)

‘Protecting the Light’, de J. Kirk Richards (2014)

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FRONTERAS

“Siguieron cabalgando. Cabalgaban como hombres investidos de un propósito cuyos orígenes eran anteriores a ellos, como legatarios de sangre de un orden a la vez imperativo y remoto. Pues, aunque cada uno de esos hombres era distinto a cualquier otro, unidos eran algo que nunca había existido y en esa alma comunitaria había yermos casi tan inimaginables como las regiones en blanco de los viejos mapas donde los monstruos están y donde nada hay del mundo conocido salvo vientos conjeturales.”

Blood Meridian or the Evening Redness in the West, de Cormac McCarthy; Vintage International, 2010; pg. 158 [traducción propia].

POR LA CARRETERA

“Hay más, de los buenos. Tú lo dijiste.
Sí.
¿Y dónde están?
Escondidos.
¿De qué se esconden?
Unos de otros.
¿Son muchos?
No lo sabemos.
Pero algunos hay.
Sí. Algunos.
¿Es verdad eso?
Sí. Es verdad.
Pero podría no serlo.
Yo creo que lo es.
Vale.
No me crees.
Sí te creo.
Vale.
Yo siempre te creo.
Me parece que no.
Claro que sí. Tengo que creerte.”

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2008; pgs. 137-138.

 

IGLESIA Y TABERNA

“En el norte de Chile, una vez, tuve la ocasión de asistir a un oficio mariano en un pequeño santuario en medio del desierto, al que después siguió una danza al aire libre en honor a la Virgen, cuyas máscaras me parecían más bien temibles. Seguramente en el origen de esta danza había tradiciones precolombinas antiquísimas. Lo que en su día pudo estar marcado por una seriedad terrorífica a la vista del poder de los dioses, quedaba ahora liberado, se había convertido en veneración a la humilde mujer a la que le ha sido concedido llamarse Madre de Dios y que es el fundamento de nuestra esperanza. Otra cosa distinta es que, tras la liturgia, la alegría allí experimentada se convierta en una fiesta mundana que se expresa en la comida y el baile común, sin por ello perder de vista el motivo de la alegría que, al mismo tiempo, le da su medida y su razón de ser. Esta conexión entre liturgia y serena y alegre mundanidad (Iglesia y taberna) siempre ha sido considerada como típicamente católica y, de hecho, lo es.”

El espíritu de la liturgia, de Benedicto XVI; Ediciones Cristiandad, 2005; pg. 225.

Norcia

LA VETUSTA MORLA

La burbuja en que crecí nos vendió comodidad
y un nudo entre las manos.

Vetusta Morla, una de las pocas cosas por las que este desdichado país aún no merece el cataclismo de una nueva Atlántida. Las maravillosas letras de Galván y Latorre tienen esa fabulosa y extraordinaria capacidad de investigar el mundo sin caer en simplismos ni panfletadas. El primer impacto simbólico nos lo produce el nombre del grupo: la vieja tortuga del formidable libro de Ende se esconde en su caparazón de sabiduría para olvidar el presente; la vida ha dejado de interesarle y piensa que ese desinterés triste y desesperado es la máxima cota del conocimiento. Es el cínico de sonrisa torcida con el que tantas veces nos hemos cruzado, en el que tantas veces hemos corrido el peligro de convertirnos. Pero es ella, la Morla, la que tiene parte de las respuestas. Por lo tanto, hay que enfrentarse con ella y tratar de obtener su saber sin que nos inocule el veneno del nihilismo. Para muchos de nosotros, la Vetusta Morla es el símbolo de la vieja civilización occidental derrotada, exhausta; repleta de conocimientos, sin duda. Pero aterrada, como Buda, ante los horrores del mundo -que, en muchas ocasiones, ella misma ha provocado-, sólo concibe como bien la eliminación de la realidad. Es el suicida cobarde que no se atreve a ser coherente con su propia desilusión e infecta el mundo con su mirada negra.

Con eso se tiene que enfrentar Atreyu, el detective salvaje que busca una verdad salvadora. Y aunque también soy capaz de ver las divergencias que me separan de algunas letras del grupo, me resulta más relevante la simpatía que me inspira compartir con ellos el papel de Atreyu. Y así, sus bellas canciones son entonadas con pasión por la Taberna Errante en marcha, a la búsqueda de los límites de Fantasía.

 

“-Mira -gorgoteó la Morla-: somos viejas, pequeño, demasiado viejas y hemos vivido bastante. Hemos vivido demasiado. Para quien sabe tanto como nosotras nada es importante ya. Todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno…, el mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer, y lo que nace debe morir. Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es verdad. Nada es importante.

Atreyu no supo qué responder. La mirada gigantesca, oscura y vacía de la Vetusta Morla paralizaba su mente. Al cabo de un rato la oyó hablar de nuevo:

-Eres muy joven, pequeño. Nosotras somos viejas. Si fueras tan viejo como nosotras sabrías que no hay nada más que tristeza. Mira: ¿por qué no hemos de morir tú, yo, la Emperatriz Infantil, todos, todos? Todo es sólo una apariencia, un juego en la Nada. Todo da exactamente lo mismo. Déjanos en paz, pequeño, y vete.

Atreyu recurrió a toda su fuerza de voluntad para contrarrestar el entumecimiento que le producía la mirada de la Vetusta Morla.

-Si tanto sabes -dijo-, también sabrás en qué consiste la enfermedad de la Emperatriz Infantil y si hay para ella remedio.

-Lo sabemos, ¿verdad, vieja? Lo sabemos -resolló la Morla-, pero da lo mismo que ella se salve o no. Por lo tanto, ¿por qué tendríamos que decírtelo?

-Si realmente te da lo mismo -la apremió Atreyu-, también podrías decírmelo.

-Podríamos también, vieja, ¿verdad? -gruñó la Morla-. Pero no tenemos ganas.

-Entonces -exclamó Atreyu- no es verdad que todo te dé lo mismo. ¡Ni siquiera tú crees lo que dices!

Durante mucho tiempo reinó el silencio, y luego Atreyu oyó unos gorgoteos y regüeldos profundos. Debían de ser una especie de risa, si es que la Vetusta Morla podía reír todavía. En cualquier caso, dijo:

-Eres astuto, pequeño. ¡Vaya! Eres listo. Hacía tiempo que no nos divertíamos tanto, ¿verdad, vieja? ¡Vaya! También podríamos decírtelo. No hay ninguna diferencia. ¿Se lo decimos, vieja?”

La historia interminable, de Michael Ende; Alfaguara, 1998; pgs. 60-61.

STRANNIK

“Un verano, en el mes de julio, nos apresurábamos a llegar al monasterio de la Virgen para una fiesta. Cuanto más nos acercábamos, más gentes se nos iban reuniendo, y nos encontramos por fin cerca de dos centenares, ansiosos todos por besar las santas y venerables reliquias de los dos grandes taumaturgos Anice y Gregorio. Pasamos la noche en un campo, y abrí los ojos muy de mañana, cuando todo el mundo dormía aún y ni siquiera el sol había salido todavía del bosque. Pues bien, hijo mío, levanté la cabeza, abracé con una mirada el horizonte y suspiré: ¡por todas partes una belleza inefable! Todo está tranquilo; el aire, ligero; la hierba brota, ¡brota, hierbecita del buen Dios!; el pajarito canta, ¡canta, pues, pajarito del buen Dios!; el niñito lloriquea sobre los brazos de su madre, ¡Dios te guarde, hombrecito, crece y sé dichoso! Y, quizá por primera vez en toda mi vida, encerré todo aquello en mí mismo… Me volví a acostar de nuevo, ¡y me dormí con un sueño tan ligero! ¡Se está bien aquí abajo, querido mío! Yo, si estuviese mejor, me pondría en camino desde que empieza la primavera. Tanto mejor que haya misterios. Es terrible para el corazón y es maravilloso, pero este miedo alegra el corazón: ¡Todo está en Ti, Señor, yo mismo estoy en Ti, recíbeme! No murmures, joven: lo más bello es ser misterio.”

El adolescente, de Fiodor Dostoyevski; Juventud, 2011; pgs. 406-407.

"Él no era esperado" (detalle), de Ilya Repin (1884-1888)

“Él no era esperado” (detalle), de Ilya Repin (1884-1888)

NO CANTARÁ EL SUELO

“Cuando pasó un cierto tiempo,

el lúpulo desde su árbol,

la cebada desde la tierra,

y el agua desde sus regatos,

al mismo tiempo exclamaron:

¿Cuándo podremos estar juntos,

en compañía unos con otros?

Muy aburrido es vivir solos,

dos o tres es más agradable.

[…]

Väinämöinen bebió un buen trago

de cerveza y luego dijo:

Oh cerveza, adorado líquido:

no apagues en vano la sed,

impulsa a cantar a los hombres,

haz que se abran sus bocas de oro.

Sorprendidos los invitados

están y deben de pensar

si los cantos ya se acabaron,

enmudecieron para siempre.

¿Acaso es mala la cerveza?,

¿se trata de un brebaje indigno,

puesto que callan los cantores,

no se oyen hermosos cantos,

guardan silencio nuestros huéspedes,

mudos están nuestros cuclillos?

¿Quién, pues, empezará a cantar,

quién estrofas recitará

en el banquete de Pohjola,

en el festín de Sariola?

Los bancos solos no lo harán

si no lo hacen los que en ellos

se sientan; no cantará el suelo

si no cantan los que lo pisan;

las ventanas no reirán

si no ríen los que están cerca;

la mesa no dirá palabra

si no hablan los comensales;

reflejarán los tragahumos

el desaliento de los huéspedes.

“El Kalevala”, de Elias Lönnrot; Alianza, 1998; pgs. 281, 298-299.

Cardinal-Ratzinger-with-beer

LA TABERNA ERRANTE

“Si está con un amigo, la eternidad que anhela ya ha comenzado. Están sentados en alegre comunión, conscientes de la buena bebida en copa o jarra, conscientes de la luz cálida de la multitud de botellas tras la barra en sombra, conscientes de los hombres que charlan delante de ella, pero conscientes sobre todo el uno del otro, y lo bien que están allí juntos.

[…] La verdad es que iba a la taberna como iba a la iglesia: buscando refrescarse espiritualmente. Aunque a la iglesia iba mucho más a menudo. El padre Ignatius Rice, de Douai, me dijo una vez que las reuniones en tabernas, fundadas por los hermanos Chesterton y Belloc, y continuadas por la Liga distributista de G.K.C., eran lo más parecido a la Comunión de los Santos. Sé que era cierto en cuanto a las reuniones de ellos; espero que lo sea en cuanto a las nuestras.”

G. K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton; Rialp, 2011; pg. 63.

Emaús

PONTIFEX MAXIMUS

Nuestros cuentos hablan de hombres que cruzan abismos, cuyos pasos son soportados por losas sutiles, pero firmes. Su caminar une orillas distantes. Los puentes, más o menos desvencijados, que pueblan los recovecos más escondidos de Europa, son útil recuerdo del valor de antaño; cuando había hombres dispuestos a desafiar las nieblas de la Nada, sabedores de que el vacío sólo es un lugar donde no ha estado nadie antes. Nada más. Basta la presencia de un hombre cantarín para obligar a la Nada a retirarse, nuevamente, más allá de los límites de letra y melodía. Ese primer hombre prepara la fogata alrededor de la cual se reunirán todos los que vayan llegando más tarde; escancia el vino, dispone las viandas, va cortando el pan. Se alegra de su propio coraje, pero su alegría necesita hacerse canción e inflamar los corazones de los compañeros.

Era cosa de especial contento cuando la osadía se saldaba con unos ligeros rasguños, nuevos detalles que añadir al relato tras el banquete. Pues el hacedor de puentes conoce perfectamente los riesgos de su vocación. Aunque hay cierta trampa en su aparente miedo a los fracasos: sabe que hay fallos que son causa de asombro y conversación para los hombres durante eones.

Y ese tipo de fracasos son los que ama con mayor celo el hacedor de puentes.

Porque la eternidad es una buena historia alrededor del fuego, en la ebriedad alegre de un vino parlanchín, las almas reunidas en el pasmo del argumento y las galaxias infinitas rodeando y prestando atención a los cuentos del hacedor de puentes.

Pero hay razones para un nuevo optimismo: se ha visto muy activos, últimamente, a los eremitas de los acantilados. Acechan el horizonte, canturrean entre dientes y tantean el abismo con sus pies. Se han cansado de esperar actores adecuados a sus guiones y se han decidido a interpretar los papeles que ellos han escrito. Y esa determinación supone transitar ya por el primero de los puentes. El más escondido. El más evidente.

21 de noviembre de 2007

Quod Vidimus

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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