El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: TABERNA ERRANTE

MI PROGRAMA POLÍTICO COMPLETO

El martes 9 de agosto de 2016, en alguna cafetería ferrolana, apunté en mi diario el mensaje que un amigo me había hecho llegar vía Guásap:

Le he dado vueltas estos días a aquello que dijiste de que la mejor acción política (o la única posible) es organizar una comida o una cena. Me parece un programa político completo.

BONUM EST NOS HIC ESSE

…y he ahí la importancia de que los niños lean El Señor de los Anillos para su formación como católicos…

Cuando terminó la homilía tuve que contener las ganas de aplaudir, igual que durante la misma tuve que contener alguna que otra carcajada. Las múltiples sonrisas las dejé revolotear ocultas en mi máscara negra.

Resultó que la misa de esa hora la oficiaba Gabriel. Así que allí estábamos, como en los viejos tiempos: Alejandro sentado justo detrás de mí, Cesareo un poco más adelante, y Gabriel elevando la sangre de Cristo a los cielos de la iglesia.

Y hoy, mira por dónde, tocaba leer sobre el monte Tabor. Y me sentí bien en aquella tienda que habíamos vuelto a levantar, tantos años después. Tantas caídas después. Tanta lejanía después.

Pero las palabras que más me impactaron del sermón de mi amigo no me hicieron reír, sino que me resultaron de una potencia deslumbrante:

estar en el cielo no es estar bien: es estar en gracia. Cuando uno está en gracia, está en el cielo, incluso en este mundo. Se sienta uno bien o se sienta uno mal, esto es secundario. El cielo es estar en gracia.

Y así es. Camina tranquilo e impasible el creyente agraciado, lluevan flores o balas a su alrededor.

EL PRIMER PASO

El monje buscaba en un bolsillo interior de su capa negra. La mano reapareció acompañada de una petaca parda. Alargó el brazo para alcanzársela al guerrero de la Casa de Rilo. Éste, sin dejar de mirar el barco que allá abajo se alejaba hacia el horizonte, la agarró con una mano, la abrió con ayuda de la otra, y le dio un largo trago.

-¿Serás capaz? -preguntó el monje.

-Probablemente no -respondió el guerrero, mientras le devolvía la petaca.

El monje bebió a su vez.

-¿Qué quieres? -volvió a preguntar.

-Todo lo que quería.

El monje resopló y bajó la mirada al suelo un momento, antes de seguir preguntando.

-¿Es posible?

-No -respondió el guerrero-. No todo a la vez, al menos.

El monje volvió a rebuscar en su capa. Esta vez su mano reapareció con un trozo de queso curado. Cortó unos trozos con su navaja y se los pasó al guerrero. Siguieron bebiendo y comiendo queso durante un rato, el tiempo necesario para que los mástiles del barco desapareciesen en el horizonte púrpura.

-No tiene mucho sentido pensar ya en el último paso -dijo el monje, tras masticar un trozo de queso-. Céntrate en dar el primero.

El guerrero no dijo nada. Asintió suavemente, con la mirada perdida en los juegos de colores del cielo.

El monje se levantó y empezó a sacudirse las ropas. Buscó alrededor los caballos, que ramoneaban tranquilos en el mismo lugar donde los habían dejado.

-Ponte en marcha, simplemente -siguió el monje-. No pretendas anticipar lo que sólo el camino puede descubrir.

El guerrero volvió a asentir, esta vez con mayor énfasis, mientras se ponía también en pie. Los dos hombres se miraron por un instante, antes de dirigirse hacia los caballos.

Obra de Taeil Kim (agradecemos a la cuenta Ni aquí ni allí que nos haya dado a conocer a este pintor)

DOMINGOS DE TABERNA

Los domingos que no me toque ser padre (sí, en ésas estoy ya, desgraciadamente), dejaré que la luz del amanecer me vaya despertando sin prisas.

Desayunaré, si lo hago, tarde. Probablemente, consistirá en un café solo.

Y me pondré a preparar tortilla. Y a emplatar fiambres diversos. Iré a comprar una botella de palo cortado al Carrefour cercano.

Y sirviéndome una primera copa, esperaré a que los Taberneros Errantes vayan llegando. Algunos lo harán a la hora de comer; otros en la sobremesa. Alguno más, ya cerrando el día -las obligaciones mandan-. Cada uno traerá su propia aportación (bebible y/o comestible) al simposio común.

Y se comerá y se beberá y se hablará y se escuchará y se discutirá y nos daremos compañía los unos a los otros.

Cuando el Bicho lo vaya permitiendo, haré sitio en mi pequeño hogar para epifanías de la Taberna Errante.

Espero que me ayudéis en la tarea.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LIV)

A nivel personal, una de las pocas cosas buenas que ha traído la pandemia es poder recuperar algo de forma física. Tras más de un año sin apenas hacer ejercicio, impedido por el trabajo, las oposiciones y la vida de bus y hostal, este paréntesis obligado me ha permitido volver a salir a correr.

Uno de los grandes placeres de mi vida.

Correr suele ser un buen momento para pensar. Y yo pienso en lo importante que es tener una casa decente para vivir una existencia decente. Y también pienso en lo difícil que es tener una casa decente en Madrid, si no eres rico.

Porque, cuando pienso en casa decente, a mí me viene a la mente la casa de mi tía Marisa. Casa individual de dos alturas, rodeada de campo y huerto. Algo tan típico en Galicia, pero que, en Madrid, es directamente un lujo asiático.

No tengo demasiado claro que algún día pueda escapar de Madrid. En cualquier caso, tengo un sueño de menor calibre, más realizable, pero que me ilusiona muchísimo.

Todos los veranos, me gustaría alquilar una casa durante dos semanas, en algún lugar entre Ferrol y Ortigueira.

A principios de 2020, pensé que, con mucha suerte, quizá podría cumplir ese sueño este mismo año. Los acontecimientos posteriores me hacen dudar de que pueda cumplir ese sueño el año que viene.

Pero, Dios mediante, quizá algún día lo consiga. Porque creo que, a partir de ahora, según vaya cumpliendo años, voy a ir necesitando cada vez más la presencia de mi mar, de mis acantilados. Y también deseo dárselos a conocer a la gente que quiero. Me gustaría reunir a los míos allí. Quiero que los veranos de mi hija tengan esa presencia indeleble en su memoria.

Ese mar. Esos acantilados.

Dos semanas en las que nuestras puertas estarían abiertas a familiares y amigos. Una Taberna Errante pausada, en la que podrían hospedarse tantos caminantes exhaustos. Donde comer y beber y conversar. Yendo cada atardecer a los acantilados, paseando entre caballos salvajes, para gozar de la belleza insoportable de la Creación.

Dos semanas como un rito de agradecimiento anual. Como ingenuos paganos al principio de los tiempos, como niños de un mundo no caído, como diminutos seres que no reparan en su importancia mínima.

En estas cosas pienso, mientras corro por las mañanas por las calles de Madrid.

OTRA VEZ, TAN DISTINTO

Sorprende la cantidad de escoria que me descubro haber portado.

Otra vez, tan distinto.

Demasiada militancia. Pegajosa. Otra vez. También esa vez; que ya pasó, al parecer.

Exigiendo eternidad a las tesis de mi voluntad. Qué error más tonto…

Sólo ya una militancia: caminar. Tomar notas. Refugiarme en las pequeñas verdades que he ido encontrando; y que no sé cuánto me durarán.

Compartirlas, como el que ofrece una silla a su mesa a la hora de comer. Por regalar.

Hasta que vuelva a descubrirme, una vez más, distinto.

Y la curiosidad de saber qué cosas aguantarán hasta el final del viaje.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XXI)

¿Cómo superará esta generación de niños mimados el retorno de la realidad humana?

Los psicólogos aconsejan no informarse demasiado de lo que sucede ahora mismo en el mundo. Limitar la búsqueda de noticias. Para evitar la ansiedad.

Ciertamente, la búsqueda de la verdad no es cómoda. Si es honesta, desequilibra. Te sitúa al borde del acantilado.

Porque la vida humana, de hecho, es un paseo al borde del acantilado. Pretender que nuestra existencia es algo distinto, es mentir. La verdad, simplemente, te permite ver que lo que es, es.

Insistir en la contemplación del acantilado es lo único que te puede ayudar a vivir con cierto sosiego en él.

Porque el acantilado no se va a ningún sitio, aunque no queramos verlo. Sigue donde siempre ha estado, a pesar de nuestras pueriles evasiones.

Estalló la burbuja y el acantilado ha cogido por sorpresa a muchos. La lúdica soledad elegida por millones se ha transformado, de un día para otro, en la soledad a la que se ven condenados.

Y apenas acaba de empezar el holocausto de ancianos estabulados, sólo despedidos por enfermeros impotentes, ocupados los médicos en la salvación de ejemplares más jóvenes y robustos.

Pero en este infierno de lejanías, hemos de insistir en el encendido de hogueras. Que hagan más habitable el acantilado abruptamente revelado.

Vosotros que bebisteis del ron y comisteis del queso, insistid en la compañía.

Haced uso de las armas que tenéis a vuestro alcance y matad al dragón que nos atenaza. Que no es un virus. Es la soledad de las almas tristes. La tristeza de las almas aisladas.

Encended vuestros fuegos, Taberneros Errantes, y derramaos.

CANCIONES PARA UNA BODA

Preocupado por el estado de nuestra demografía, El Sosiego Acantilado se ha propuesto ayudar a promover las bodas, los hijos, la bebida, la comida y el buen danzar. Vamos, la alegría de vivir en general.

Para ello, vamos primero con los rusos Otava Yo (las próximas Navidades os calzo este villancico, como hay Dios), que en el siguiente vídeo os cuentan (poned los subtítulos en inglés) la historia de Tanya, joven tabernera que se casa sin contárselo a su padre (Jesús, si es que hay gente que trabaja para este blog sin saberlo…). Y que para llevar mejor el susto, le recomienda que haga lo que yo haré el día que se case Ana Ofelia, si Dios me regala llegar a ver tal gracia: beber como un cosaco.

No se vayan todavía, que aún hay más. Desde Eslovaquia, país hermano de la Unión Europea, nos llega la terrible historia (tiene subtítulos en español) de una joven muchacha que se quiere casar con su amor, Stefan, cosa que no parece hacerle demasiada gracia a su madre.

Señora, deje que se case su hija con Stefan, que no sabe usted cómo anda la demografía occidental.

Una advertencia: el que sea capaz de escuchar esta canción sin mover rítmicamente alguna parte de su cuerpo, que no vuelva a pasar por aquí. Estáis avisados.

NUEVA CANCIÓN PARA LA BANDA SONORA DE LA TABERNA ERRANTE

Canadá está demostrando ser la reserva espiritual de Occidente.

Nos ha dado a Jordan Peterson. Y nos ha dado a The Dead South. Sólo con eso ya basta (y sobra) para lo que queda de siglo XXI.

La próxima vez que haya una Taberna Errante, si es que vuelve a haber una, habría que cantar esto a voz en grito. Puedo imaginar escenas hilarantes al ritmo de esta tonada.

De su último album, una maravilla más.

Y es que estoy totalmente de acuerdo (como también lo estaría el señor Pickwick): la mejor forma de ir al cielo es en carretilla.

Porque sólo puedes ir con la ayuda de alguien.

 

HEAVEN IN A WHEELBARROW

Well, if upon that day I die
I’m too drunk to walk let alone to drive
And I’m kickin’ and I’m spittin’ like I’m wild and feral
Won’t you take me to heaven in a wheelbarrow?

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

Well, you can go on your gold steed
Or up on an angel’s wings with speed
Or even in a pyramid like a pharaoh
But I’m going to heaven in a wheelbarrow

There’s a gal on the wrong side of town
Who gets me up when I’m goin’ down
She keeps me in line, shootin’ straight and narrow
Now she’s taking me to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

Well, I met woman with a cold heart
Tried to take me to hell in a shopping cart
Said, woman, you’re putting my soul in peril
I’m going to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

A lot of men don’t stand so tall
Most of us, you know we gotta fall
Some are lookin’ life down a shotgun barrel
But I’m going to heaven in a wheelbarrow

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

I’m going to heaven in a wheelbarrow
I’m going to heaven, yes sir
I’m going to heaven in a wheelbarrow
So won’t you take me there?

FÚTBOL

No es el fútbol algo de lo que se haya hablado demasiado en este blog, siempre centrado en cosas más elevadas (seguramente para mal); pero el ascenso de la Ponferradina a segunda división me ha llevado hoy a descubrir a Rafael Escrig, un youtuber experto en el fútbol modesto español.

Él mismo hincha del Castellón, histórico equipo venido a menos (tiene un vídeo muy chulo sobre el ascenso del año pasado a segunda B), su linda pasión me ha hecho recordar mis primeros partidos en el vetusto Manolo Rivera, cuando pagaba veinte duros para ver al Racing de Ferrol jugar en tercera división. Eran las cien pesetas que me daba mi madre de paga semanal y me las gastaba para ir solo al estadio, que estaba a doscientos metros de mi casa (de hecho, desde nuestras ventanas se veía uno de los córners). Me sentaba en las gradas de cemento, en escasa compañía, y sufría (era lo más normal) con las cuitas de mi equipo en sus enfrentamientos con el Lalín, el Arosa, etc., etc.

También he vivido buenos momentos (este año, por ejemplo, el Racing ha regresado a segunda B): como aquel ascenso a segunda división que viví en el estadio de A Malata ante el Ceuta. Nunca olvidaré el abrazo que me di con un señor gordo que estaba sentado a mi lado, al que no conocía de nada, cuando Pablo marcó de penalti el segundo gol del Racing.

Con el paso de los años, mi gusto por el fútbol ha llegado casi a desaparecer. Cosa extraña para alguien que se planteaba, a los 16 años, dedicar su vida a animar al Atlético de Madrid, club al que sigo profesando un amor metafísico. Algún día contaré la historia de cómo se hizo del Atleti aquel chaval ferrolano, si es que no la he contado ya; que también puede ser.

El caso es que hoy he descubierto a Rafael Escrig y me apetecía dároslo a conocer.

Hay algo profundamente verdadero en los hombres de entretenimientos sencillos. Un saber vivir que en no pocas ocasiones envidio y echo de menos.

Y es que había pocas cosas mejores que ver un partido de fútbol con los amigos de uno.

Ese fútbol de taberna y cuadrilla que aún se vive en los clubes modestos que no han perdido la escala humana.

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