El sosiego acantilado

Categoría: T. S. ELIOT

A GAME OF CHESS

And we shall play a game of chess,
Pressing lidless eyes and waiting for a knock upon the door.

The Waste Land, de T.S. Eliot; Cátedra, 2011; pg. 224.

 

Hubo una época de mi vida en que me entusiasmaba repitiendo grandes partidas de la historia del ajedrez, en el bello tablero de mi madre. Me resultaba absolutamente mágico poder ver, ante mis propios ojos, los movimientos realizados por grandes maestros que habían vivido hace décadas; o incluso siglos.

Es difícil explicar a alguien que no comparta la pasión por el ajedrez lo impresionante que puede llegar a resultar estudiar las partidas, por ejemplo, de Bobby Fischer. Contemplar cómo introducía la sorpresa y la belleza en la lógica de los 64 cuadros de la manera en la que él lo hacía, es un placer exquisito.

Hubo una época de mi vida en que escribí decenas de cartas. Muchos de ustedes conservan las pruebas de lo que estoy diciendo. Sigan haciéndolo: quizá les saquen de algún apuro económico cuando mi futura fama de escritor les alcance a modo de exorbitante oferta por su fajo de epístolas. En cualquier caso, más allá del dinero, sean misericordiosos y piensen en los futuros estudiosos de mi obra; que necesitarán indagar en todos mis oscuros secretos para saber qué quería decir exactamente en ese poema o en aquel relato. Piensen en todos esos filólogos: lo felices que serán al acceder a mis manuscritos conservados por ustedes, lo que se pelearán en sus congresos sobre el segundo párrafo de la carta del 4-XI-1998.

Pero una de las mejores no la conservarán. En aquella obra de arte, establecía un paralelismo entre las diversas épocas de la historia del ajedrez y la historia de la filosofía de los últimos doscientos años. El receptor de la carta reconoció que aquella carta era extraordinaria. Tiempo después se la pedí para releerla y, quizá, copiarla. Pero el receptor la había eliminado. El Receptor siempre eliminaba el correo que le llegaba. Prudencia de activista en la clandestinidad. Aunque yo, perplejo, me pregunté qué problema podría suponer tener una carta en la que se hablaba de la historia del ajedrez. Daba igual, ése no era el asunto. Había que borrar huellas. Y aquella carta era una huella. En el fondo, el Receptor me estaba protegiendo. Él era así, vivía en una permanente clandestinidad. Que sólo existía en su cabeza, por otro lado, pues éramos asquerosamente libres. Quizá ésa fuera la razón de aquellos actos paranoicos: un exceso de libertad. Hay gente que no soporta no tener enemigos, sobre todo a ciertas edades repletas de vida y energía. Con el tiempo, uno se da cuenta de que los enemigos, como las setas, surgen de modo natural. Sólo hace falta sentarse de determinada manera; no se preocupen, seguro que hay alguien a quien le molesta su forma de estar sentado.

El caso es que así se fue al carajo uno de los mejores textos que he escrito. Si quieren echarle la culpa a alguien del placer estético que se han perdido, ya saben a quién dirigir sus insultos: al Receptor.

 

Era de noche. Me fui a casa, me puse la ropa vieja de andar por casa, saqué el ajedrez, me preparé una copa y repasé otra partida de Capablanca. Tenía cincuenta y nueve movimientos. Ajedrez bello, frío, sin escrúpulos, casi siniestro de puro callado e implacable.

Cuando terminé, escuché un rato por la ventana abierta y olfateé la noche. Después me llevé mi vaso a la cocina, lo lavé, lo llené de agua helada y me quedé de pie ante el fregadero, dando sorbitos y mirando mi cara en el espejo.

-Tú y Capablanca -dije.

La ventana alta, de Raymond Chandler; Alianza, 2002; pg. 238.

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HYAKINTHOS

‘You gave me hyacinths first a year ago;
‘They called me the hyacinth girl.’
– Yet when we came back, late, from the hyacinth garden,
Your arms full, and your hair wet, I could not
Speak, and my eyes failed, I was neither
Living nor dead, and I knew nothing,
Looking into the heart of light, the silence.

The Waste Land, de T.S. Eliot; Cátedra, 2011; pgs. 202, 204.

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