El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: STALIN

REYES-MESÍAS PARA MASAS-INDIVIDUO

“…al oído de Europa solo llegan soluciones ‘totales’, ofrecidas por partidos que se odian mortalmente aunque tengan reglamentos internos idénticos, pues la contienda ha creado una cuenca de atracción donde ningún curso esquiva el sino de desembocar en reyes-mesías como Lenin, Mussolini, Pilsudski, Stalin y Hitler. Todos explotan la propaganda como troquel de reflejos condicionados, todos orquestan fiestas de exaltación colectiva donde la magia recurrente es una masa capaz de moverse con la coordinación del individuo…”

Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad II, de Antonio Escohotado; Espasa, 2018; pg. 636.

EL CURIOSO CASO DEL DEMÓCRATA DELINCUENTE POR EXALTACIÓN DEL FRANQUISMO: YO

Mi abuela Pacucha era una niña cuando estalló la Guerra Civil en España. Tuvo que soportar durante un cierto tiempo los insultos de otras gentes de su pueblo, por ser hija de un rojo.

El rojo era mi bisabuelo, del que ya os he hablado (hace ya tiempo, la verdad, no era consciente de que fuera tanto…). Aunque ahora parece ser que todos los abuelos republicanos de este país derrotados durante la Guerra Civil eran almas puras e inocentes -auténticos unicornios humanos, se podría decir-, lo cierto es que mi bisabuelo participó en la muerte de dos personas; una de ellas, el cura del pueblo.

Mi bisabuela Maruja, su mujer, siempre defendió que él no había hecho nada, porque se le había enganchado el pantalón en la valla de la finca que pretendía asaltar. Puede que haya algo de cierto en la historieta de mi bisabuela, porque la verdad es que, entre todos los detenidos por los hechos de aquellos primeros días tras el alzamiento, las autoridades nacionales de la zona siempre encontraban a otros presos más dignos de ser fusilados. Y justo cuando le tocaba a él, un indulto del Generalísimo le conmutó la pena de muerte por la de trabajos forzados.

En cualquier caso, mi bisabuelo (como tantos otros abuelos durante la Guerra Civil, no pocos de ellos quizá reposando con plena justicia en alguna fosa común) no fue una hermanita de la caridad. Tampoco creo que fuera mala persona. Mi madre habla maravillas de él. Simplemente, tomó su decisión y perdió. No pagó poco por ello. Otros pagaron mucho más. El cura de su pueblo, por ejemplo.

Me hubiese encantado haber conocido a mi bisabuelo. Aunque no sé cómo se tomaría que su bisnieto pensara que lo mejor para España, en aquel momento, fue la derrota del bando por el que él mató y arriesgó la vida.

Pero más allá de mis opiniones sobre los bandos de la Guerra Civil española, mi opinión principal sobre la misma es exactamente idéntica a aquélla que repetía mi abuela Pacucha, su hija, cuando se le preguntaba al respecto: que nunca se vuelva a repetir.

Leo que nuestro actual gobierno pretende cumplir la promesa electoral de Pedro Sánchez y tipificar como delito, en su propuesta de reforma del Código Penal, la exaltación del franquismo.

No sé si mi opinión recién expresada sobre la victoria del bando nacional me convertirá en delincuente en un futuro. Quede constancia, en cualquier caso, que no tengo otra. Si alguien me quiere preguntar por mis razones y fundamentos para opinar de tal manera, no tendré problema en exponerlos. Se basan, principalmente, en las múltiples lecturas realizadas, durante años de estudio, sobre historia, teoría política y filosofía.

Pero ningún gobierno me va a robar, salvo violencia tiránica, la libertad de estudio y pensamiento sin más coacción que la que ofrecen los propios hechos probados y las verdades de los diversos saberes humanos.

Dice la ministra que en una democracia no se homenajea ni a dictadores ni a tiranos. No estaría mal que se lo recordase a sus compañeros de gobierno, tan apegados a los experimentos políticos venezolanos y tan nostálgicos de los socialismos reales.

La democracia en la que yo creo no teme, ni al estudio riguroso, ni a la búsqueda honesta de la verdad.

La España en la que yo creo es este titán contrahecho que la historia ha puesto en nuestras manos, fatigado de derrotas, pero aún uno; tatuado de cicatrices que pueden alimentar resentimientos que nos dividan, o dar lecciones sobre los caminos errados que sólo devuelven al salvajismo tribal.

En el alma de cada uno está la decisión sobre qué opción cultivar. Y es una decisión que, como todas, define lo que cada uno es.

Parece que el gobierno ya ha tomado su decisión.

No es la mía.

Y ahora os dejo con una escena de la película de Ken Loach de 1995, Land and Freedom. No se trata de la escena de la asamblea de colectivización que a los nostálgicos izquierdistas de este país tanto les encanta compartir en YouTube; sino de la escena en la que se muestra el inicio de la represión de los milicianos del POUM, en el bando republicano, ordenada directamente desde Moscú (donde ejercía el poder un tal Stalin).

Vedla, antes de que a alguien se le ocurra prohibirla por denigrar a la Segunda República (esa democracia ejemplar).

EL PRÍNCIPE

Siguiendo el hilo de la última entrada del blog de Ángel y los comentarios allí realizados, rebusco en mis archivos digitales para recuperar esta cita del libro de Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial:

[extracto de una conversación mantenida por Churchill y Stalin en Moscú, el verano de 1942]

-Dígame –pregunté-: las tensiones de esta guerra, ¿han sido tan malas para usted como llevar a cabo la política de las granjas colectivas?

Este tema enardeció en seguida al mariscal.

-No, no –dijo-; la política de las granjas colectivas fue una lucha terrible.

-Me imaginé que le habría parecido mal –le dije- porque no se trataba de un puñado de miles de aristócratas o grandes terratenientes sino de millones de hombres humildes.

-Diez millones –dijo, alzando las manos-. Fue espantoso. Duró cuatro años. Era absolutamente necesario para Rusia si queríamos evitar hambrunas periódicas labrar la tierra con tractores. Teníamos que mecanizar nuestra agricultura. Cuando entregábamos tractores a los campesinos todos quedaban estropeados al cabo de pocos meses. Las únicas que podían ocuparse de los tractores eran las granjas colectivas que tenían talleres. Nos costó mucho explicárselo a los campesinos. No tenía sentido discutir con ellos. Cuando uno le ha dicho a un campesino todo lo que tiene que decirle él dice que tiene que ir a su casa a consultarlo con su mujer, y tiene que consultarlo con su pastor.

Nunca había oído esta expresión en este contexto.

-Después de consultarlo con ellos siempre responde que no quiere granjas colectivas y que prefiere arreglárselas sin los tractores.

-¿Eran los que llamaban kulaks?

-Sí –respondió, aunque sin repetir la palabra; y añadió, tras una pausa-: Fue todo muy malo, y difícil, pero necesario.

-¿Qué ocurrió?

-Pues –dijo-, que muchos aceptaron lo que les proponíamos. A algunos les dimos su propia tierra para que la cultivaran, en la provincia de Tomsk o en la provincia de Irkutsk, o más al norte, pero la gran mayoría fueron muy impopulares y sus trabajadores los eliminaron.

Hubo una pausa considerable; después añadió:

-No sólo hemos incrementado considerablemente el suministro de provisiones sino que hemos mejorado la calidad de los cereales de forma inconmesurable. Antes se cultivaban todo tipo de cereales. Ahora nadie está autorizado a sembrar más que el cereal soviético estándar, de un extremo a otro del país. Si alguien no lo hace recibe un duro castigo. Esto supone otro gran incremento de las provisiones.

Apunto estos recuerdos a medida que me vienen a la memoria, así como la fuerte impresión que me produjo en ese momento pensar en millones de hombres y mujeres eliminados o desplazados para siempre. Sin duda llegará una generación que desconozca sus miserias, pero seguro que tendrá más que comer y bendecirá el nombre de Stalin. No repetí la máxima de Burke: Si no puedo tener reforma sin injusticia prefiero que no haya reforma. A nuestro alrededor se estaba librando una guerra mundial así que parecía inútil moralizar en voz alta.”

            La Segunda Guerra Mundial, de Winston S. Churchill; La Esfera de los Libros, 2002, vol. II; pgs. 177-178.

LA AUTONOMÍA DE LA MUERTE

“Y de repente, el 5 de marzo de 1953 murió Stalin. Esa muerte irrumpió en el gigantesco sistema de entusiasmo mecanizado, de ira y de amor popular decretado por orden de los Comités regionales del Partido.

Stalin murió sin que estuviera planificado, sin la indicación correspondiente de los órganos directivos. Murió sin la orden personal del propio camarada Stalin. En aquella libertad, en aquella autonomía de la muerte había algo explosivo que contradecía la esencia íntima del Estado. Una confusión total se apoderó de las mentes y de los corazones.

¡Stalin había muerto! Algunos se sobrecogieron por el dolor: en ciertas escuelas los profesores obligaron a los alumnos a arrodillarse y, arrodillados también ellos y llorando a lágrima viva, leían el comunicado oficial de la muerte del Vozhd [líder, guía, caudillo]. Durante las asambleas funerarias, en las instituciones y en las fábricas muchos se sumieron en un estado de histerismo; se oían sollozos, gritos de mujeres fuera de sí, algunos se desvanecían. Había muerto el gran dios, el ídolo del siglo XX, y las mujeres sollozaban…

A otros les embargó un sentimiento de felicidad. El campo, desfallecido bajo el peso de la mano de hierro de Stalin, suspiró aliviado. El júbilo invadió a millones y millones de personas confinadas en los campos… Columnas de presos marchaban al trabajo en medio de las espesas tinieblas. El bramido del océano ensordecía el ladrido de los perros guardianes. Y de repente, como la luz de la aurora boreal, un clamor surgió de las filas: ¡Stalin ha muerto! Decenas de miles de reclusos escoltados se transmitían la noticia los unos a los otros, susurrando: La ha palmado… la ha palmado…, y aquel susurro de miles y miles de personas aulló como el viento. La negra noche reinaba sobre la tierra polar. Pero el hielo del océano glacial se había roto, y el océano rugía.

No pocos científicos y obreros, al enterarse de la noticia, sintieron confundirse dentro de sí el dolor con las ganas de bailar de felicidad.

El desaliento había cundido en el momento en que la radio había transmitido el informe médico de Stalin: Respiración de Cheyne-Stokes…, orina…, tensión arterial… El soberano divinizado exhibió de repente su carne débil y senil.

¡Stalin ha muerto! En aquella muerte había un elemento de espontaneidad repentina, infinitamente extraña a la naturaleza del Estado estalinista.

Lo inesperado del hecho hizo estremecerse al Estado, como lo había hecho temblar el ataque imprevisto que se abatió contra él el 22 de junio de 1941.

Millones de personas querían ver el cuerpo del difunto. El día del funeral de Stalin no sólo todo Moscú sino también las provincias, las regiones, se precipitaron a la Casa de los Sindicatos, donde se había instalado la capilla ardiente. Una cola de camiones procedentes de las provincias se extendía a lo largo de muchos kilómetros. El atasco de circulación llegó hasta Sérpujov y bloqueó la carretera que enlaza Sérpujov y Tula.

Millones de personas se dirigieron a pie hasta el centro de Moscú. Torrentes de gente, como negros ríos crujientes en el deshielo, impactaban entre sí, se aplastaban contra las piedras, se retorcían y despedazaban los coches, arrancaban de los goznes las puertas de metal. Aquel día murieron miles de personas. Las desgracias acaecidas el día de la coronación del zar en Jodinka empalidecieron en comparación con el día de la muerte del dios terrenal ruso, picado de viruelas e hijo de un zapatero de la ciudad de Gori.

Parecía que la gente iba al encuentro de la muerte en un estado de arrobamiento, con un sentimiento místico, cristiano o budista, de perdición irremediable. Era como si Stalin, el gran pastor, liquidara a las ovejas aún sin sacrificar, eliminando póstumamente el elemento de casualidad de su terrible plan general.

Reunidos en una asamblea, los colaboradores de Stalin leían monstruosos boletines de la milicia de Moscú, de las morgues, y se intercambiaban miradas. Su confusión iba ligada a una sensación nueva para ellos: la ausencia de miedo ante la ira inevitable del gran Stalin. El amo y señor había muerto.”

Todo fluye, de Vasili Grossman; Galaxia Gutenberg, 2008; pgs. 38-40.

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