El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: SOUNDGARDEN

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LV)

Resulta curioso que muchos de los que critican al sistema democrático, por ser una mera determinación cuantitativa de lo político, acaben mostrándose entusiasmados por participar en manifestaciones multitudinarias con sus correligionarios.

Esta paradoja se resuelve psicológicamente por la superioridad emotiva del acto de manifestarse, incomparable al anodino recuento de votos en una jornada electoral. La descarga de adrenalina provocada por la dramatización de la idea política, a través de símbolos exteriores que canalizan las pulsiones del ego diminuto, se multiplica al sentir la compañía de otros, quebrando la triste sensación de soledad del creyente (siempre con cierta tendencia a la marginalidad paranoide).

Además, el entusiasmo de la hiperactividad pública permite mantener oculto aquello que la mera aritmética electoral enseguida muestra: el peso real que nuestra Verdad tiene en la sociedad en la que vivimos. En el fervor del grito coreado por miles nadie se ve obligado a hacer caso del silencio ensordecedor de los millones que se han quedado en casa.

Es en este estado delirante autoprovocado en el que uno se puede llegar a creer la auténtica voz de la gente o de la España eterna.

UNA BRISA TENUE

Hay verdad.

 

Pero no en el huracán que parte montañas.

Pero no en el terremoto.

Pero no en el fuego.

 

La verdad susurra como una brisa tenue.

 

La verdad pregunta.

 

¿Qué haces aquí?, pregunta la verdad.

 

Los titanes se agitan y tú permaneces atento.

¿Qué haces aquí?, susurra de nuevo la verdad.

 

Insisto, respondes.

 

No alcanzas a entender el siguiente susurro.

 

Las serpientes se agitan y tú insistes.

 

Atento
entre explosiones de galaxias
a las sutilezas del murmullo.

 

Amando
entre fábricas de nada
los suspiros misteriosos del mundo.

 

LA LITERATURA ES UN OFICIO PELIGROSO

…como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida.

“Y Cervantes, que fue soldado, hace ganar a la milicia, hace ganar al soldado ante el honroso oficio de poeta, y si leemos bien esas páginas (algo que ahora, cuando escribo este discurso, yo no hago, aunque desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote) percibiremos en ellas un fuerte aroma de melancolía, porque Cervantes hace ganar a su propia juventud, al fantasma de su juventud perdida, ante la realidad de su ejercicio de la prosa y de la poesía, hasta entonces tan adverso. Y esto me viene a la cabeza porque en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados, luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia, murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados. Y es ése el resorte que mueve a Cervantes a elegir la milicia en descrédito de la poesía. Sus compañeros también estaban muertos. O viejos y abandonados, en la miseria y en la dejadez. Escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían. Y eso hace Cervantes, escoge la juventud. Y hasta en esta debilidad melancólica, en este hueco del alma, Cervantes es el más lúcido, pues él sabe que los escritores no necesitan que nadie les ensalce el oficio. Nos lo ensalzamos nosotros mismos. A menudo nuestra forma de ensalzarlo es maldecir la mala hora en que decidimos ser escritores, pero por regla general más bien aplaudimos y bailamos cuando estamos solos, pues éste es un oficio solitario, y recitamos para nosotros mismos nuestras páginas y ésa es la forma de ensalzarnos y no necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer y mucho menos que tras una encuesta nuestro oficio sea elegido el oficio más honroso de todos los oficios. Cervantes, que no era disléxico pero al que el ejercicio de la milicia dejó manco, sabía perfectamente bien lo que se decía. La literatura es un oficio peligroso.”

Del discurso leído por Roberto Bolaño al recoger el premio Rómulo Gallegos 1999 por Los detectives salvajes; en Entre paréntesis; Anagrama, 2005; pgs. 37-38.

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