El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: SÓCRATES

LA INDUSTRIA EDITORIAL

Roberto Bolaño le habló en cierta ocasión a Enrique Vila-Matas sobre algo que le había ocurrido siendo jurado de un premio literario: que los manuscritos de aquellos escritores que sí tenían una buena técnica literaria apenas tenían nada interesante que contar; mientras que algunos manuscritos de escritores no profesionales, incapaces técnicamente de resolver de forma adecuada el tema que tenían entre manos, sin embargo, sí poseían historias interesantes que merecía la pena leer.

Algo parecido llegué a vivir yo durante el tiempo que trabajé como lector literario. Me ocurrió en especial con una novela que hablaba de las vidas de un director y actor españoles de la época de la Transición; una obra que necesitaba una cantidad ingente de horas de corrección, pero que albergaba auténtica literatura en sus páginas, porque era una honesta e intensa búsqueda de la verdad. A pesar de sus carencias técnicas, la recomendé vivamente. Por supuesto, nadie me hizo caso.

Trabajar como lector me proporcionó un atisbo de lo que contiene la industria literaria. Lo que vi no me gustó. En lo que ese mundo transforma a sus habitantes, directamente me repugnó.

La verdad literaria no depende de las circunstancias existenciales del autor. La verdad de un texto literario puede obviar la completa biografía de su escritor. El texto posee vida en sí mismo y su calidad sólo ha de ser medida en relación con su contenido, con la forma de expresarlo y con la potencia de verdad que el conjunto encierre.

Que el escritor sea pobre o rico, alto o bajo, guapo o feo, mujer u hombre, español o marciano, sólo es interesante para las facultades de filología y para los profesionales de la crítica. Carece de interés también, por lo tanto, que el escritor se gane la vida vendiendo los libros que escribe o se gane la vida vendiendo casas o alpargatas.

Dirán algunos que el escritor profesional tendrá más posibilidades de dedicar todo su tiempo a la escritura o de que sus libros lleguen a más lectores. Las giras publicitarias de las editoriales niegan lo primero, internet niega lo segundo. De hecho, en un blog con la cantidad adecuada de lectores, seguidores y visitas, incluso internet puede negar también lo primero.

En la actualidad, no hay nada que impida a un escritor cualquiera ser muy leído y valorado, sin ninguna necesidad de formar parte de la industria literaria. Un simple blog gratuito puede permitir a un basurero de Michigan ser leído y admirado en todo el mundo.

Por otro lado, ¿es deseable ser un escritor profesional y vivir sólo de lo que uno escribe? Me atrevo a decir que no. Me atrevo a decir que es obligación moral del escritor tratar de mantener apartados, en la medida de lo posible, su economía de su escritura.

Porque a la literatura no le interesa el medio de vida del escritor, pero al escritor sí le puede acabar interesando que su literatura sea su medio de vida. Lo cual puede llevar al escritor a pensar más en los gustos del comprador, que en los gustos de la verdad. Y ese es el camino definitivo para el asesinato de lo que la literatura es y exige.

Pues, como decía don Nicolás, no hay que creer en la vocación sino del que, como Sócrates, no cobra.

Dicho esto, por la oportunidad de proporcionarle a mi familia lo que creo es menester, quizá ni el más luminoso resquicio de mi alma dejaría sin precio.

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ALABAD A UN CORCOVADO

“Asemejándome en esto a los hugonotes, que rechazaban nuestra confesión privada y al oído, yo me confieso pública, pura y religiosamente. San Agustín, Orígenes e Hipócrates divulgaban el error de sus opiniones, y yo divulgo además el de mis costumbres. Estoy ávido de hacerme conocer, y, sobre todo, hacerlo con verdad. Mas, si he de ser justo, agregaré que no estoy en rigor ávido de nada, salvo de no ser tomado como otro que el que soy por aquellos que lleguen a conocer mi nombre. Quien todo lo hace por el honor y la gloria, ¿ qué piensa ganar presentándose enmascarado al mundo y engañando al pueblo sobre el conocimiento de su verdadero ser? Alabad a un corcovado su buena figura y veréis como lo toma a ofensa. Si, siendo cobardes, se os alaba por valientes, ¿acaso se os alaba a vosotros? Bueno fuera que se satisficiese de los saludos que le hacen el que, siendo el menor de una compañía, recibiera honor por creérsele señor de todos. Pasando por la calle Arquelao, rey de Macedonia, tiráronle agua encima desde una ventana, y los del séquito le instaban a castigar al culpable. Cierto -repuso el rey-, pero es el caso que ese hombre no me ha lanzado el agua a mí, sino a la persona con quien me confundía. Hablaron a Sócrates de que se le calumniaba y contestó: No me afecta eso, porque no hay en mí nada de lo que dicen. No daría yo muchas gracias a quien me encomiase por buen piloto, por muy modesto o por muy casto, ni me ofendería si me llamasen traidor, ladrón o beodo. Quienes se desconocen pueden pagarse de apreciaciones falsas, pero yo me he estudiado hasta las entrañas y sé bien lo que me pertenece. Prefiero ser bien conocido a bien hablado, y admito que se me tenga por sabio en aquella condición de sabiduría que yo llamo necedad.”

Ensayos, de Michel de Montaigne; Libro III, capítulo V; Orbis, 1984; pg. 55.

‘El abrazo’, de Egon Schiele (1917)

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