El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: SIGRID UNDSET

EMPEZÓ CON DOCE Y QUIZÁ TERMINE CON DOCE

“Es seguro que santa Catalina se sintió muchas veces descorazonada cuando sus esfuerzos mediante la oración y los intentos de persuasión no produjeron resultados palpables en los casos particulares concretos y frente a determinadas personas particulares, hombres o mujeres. Pero siempre estuvo segura de que ella se entregó hasta el fin de su vida corporal a una lucha de cuyo resultado final no dudaba, igual que sabía que en el campo de batalla que es la tierra no vería grandes triunfos. Pero es que, en realidad, Nuestro Señor tampoco nos prometió jamás nada sobre las victorias del Cristianismo en la tierra; al contrario, deben hacernos reflexionar un poco sus propias palabras: Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará todavía fe en la tierra? Él no dijo la respuesta.

Deben mostrarse un poco cautos los que hablan de la bancarrota del Cristianismo en nuestro tiempo. Nosotros no hemos recibido jamás ninguna promesa de un mundo donde todos los hombres y mujeres acepten voluntariamente la doctrina como su norma de vida. Esto ni siquiera lo han hecho en épocas en que muy pocos eran los que dudaban que Él era señor de cielo y tierra. Sin embargo, intentaron evitarlo o se negaron voluntariamente a oírlo. Porque todos los hombres nacen separadamente y tienen que salvarse separadamente.”

Santa Catalina de Siena, de Sigrid Undset; Encuentro, 2009; pgs. 296-297.

Cabeza de Santa Catalina, guardada en la iglesia de Santo Domingo de Siena

Cabeza de Santa Catalina, guardada en la iglesia de Santo Domingo de Siena

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LA MONTAÑA

Mi bisabuela decía que uno no se podía fiar de la Gente de la Montaña. Tanto ella como mi abuela -su hija- me hablaban de aquella vez en que la Iglesia había enviado sacerdotes misioneros para catequizar adecuadamente a esas gentes.

A pesar de haberlo preguntado más de una vez, nunca me quedó claro en qué lugar geográfico exacto de nuestra comarca se encontraba ese sitio que ellas llamaban “la Montaña”.

“Un día había ido a Skjenne con su padre y había visto el sorprendente objeto precioso que poseían allí los de la granja. Era una espuela de oro purísimo, maciza, de forma anticuada, con maravillosos adornos. Como todos los hijos de la comarca, conocía su origen.

Poco tiempo después de que san Olav hubiera convertido el valle al cristianismo, Audhild, la Bella de Skjenne, fue secuestrada en la montaña por los trolls. Subieron allí arriba la campana de la iglesia y la hicieron sonar para llamar a la joven. Al tercer día llegó por encima de la cerca, tan cubierta de oro que brillaba como una estrella. Entonces la cuerda se rompió, la campana rodó por la pendiente y Audhild tuvo que regresar a la montaña.

Pero una noche, muchos años después, doce guerreros llegaron a la casa del sacerdote, que fue el primer sacerdote de Sil. Llevaban cascos de oro y estribos de plata y cabalgaban grandes caballos alazanes. Eran los hijos de Audhild y del rey de la montaña y pedían que su madre fuera enterrada como cristiana en tierra consagrada. En la montaña había intentado conservar su fe y celebrado las fiestas de precepto; aquella era una gracia que pedía. El sacerdote se la negó. La gente decía que a causa de aquello él no tenía ningún descanso en su tumba, que en las noches de otoño le oían andar por el bosque, al norte de la iglesia, llorando de arrepentimiento por su dureza de corazón. La misma noche, los hijos de Audhild fueron a Skjenne llevando recuerdos de su madre a sus viejos padres. A la mañana siguiente encontraron la espuela de oro en su patio. Y el pueblo de los trolls continúa teniendo a los de Skjenne por parientes; de ahí su extraordinaria suerte en la montaña.

Cuando regresaban a casa cabalgando, en la noche de verano, Lavrans dijo a su hija:

-Los hijos de Audhild recitaban las oraciones cristianas que habían aprendido de su madre. No sabían pronunciar el nombre de Dios y el nombre de Jesús, pero recitaban el Padre Nuestro y el Credo así: Creo en el Todopoderoso, creo en su Único Hijo, creo en el Espíritu Santo. Y también decían: Salve bendita mujer entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tus entrañas, consuelo del mundo.

Cristina miró tímidamente el flaco semblante moreno de su padre. En la clara noche de verano parecía más torturado que nunca por las preocupaciones y las meditaciones.

-Nunca me habíais contado esto, padre -dijo con dulzura.

-¿No lo hice? No. Supondría sin duda, que no obtendrías de ello otra cosa que pensamientos demasiado graves para tu edad. Sira Eirik dijo que estaba escrito por el apóstol san Pablo que no sólo la raza de los hombres gime en el dolor…”

Cristina, hija de Lavrans, de Sigrid Undset; Encuentro, 2007; pgs. 572-573.

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Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester