El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: SHAW

EL ANTI-GANDALF

“Shaw, que visitó Rusia en 1931, nunca se desdijo de una carta abierta al director del Manchester Guardian donde declaraba ‘no haber visto a nadie desnutrido, sino más bien niños notablemente rollizos’. Algo después, en el prefacio a su drama Sobre las rocas (1934) explica: ‘¿Pones de tu parte en la nave social? ¿Causas más problemas de lo que vales? ¿Te ganaste el privilegio de vivir en una comunidad civilizada? Por eso los rusos se vieron forzados a montar una inquisición llamada inicialmente Cheka, para liquidar a quien fuese incapaz de contestarlas satisfactoriamente’. Tampoco se desdijo de esto último, e incluso de una mención profética a ‘cámaras letales’ entre las ‘medidas civilizadoras’.

[Nota a pie de página] En una conferencia pronunciada ante la Sociedad para la Educación Eugenésica, Shaw explica: ‘Deberíamos comprometernos a matar muchas personas que ahora se mantienen vivas, y mantener con vida a muchas de las que actualmente matamos […] Parte de la política eugenésica nos llevará a desembarcar en un empleo masivo de la cámara letal. Gran parte de la gente debería ser desalojada de la existencia, sencillamente porque atenderlos despilfarra el tiempo de otros’; cf. Daily Express, 4/3/1910.”

Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad II, de Antonio Escohotado; Espasa, 2018; pg. 615.

LA TABERNA SATÁNICA

Chesterton: al verte, cualquiera diría que hay hambre en Inglaterra.

Bernard Shaw: al verte a ti, cualquiera diría que la has provocado tú.

“Clemente [de Alejandría] habría rechazado la idea; las personas que disfrutaban de una buena comida eran, escribió, nada menos que bestias parecidas al hombre, imagen de la bestia golosa. Satán merodeaba entre las golosinas. Después estaba el vino, que en opinión de Clemente era más pernicioso que la comida. Este líquido cálido, escribió, calentaría aún más los cuerpos sobrecalentados de los jóvenes añadiendo fuego sobre fuego, por lo que se inflaman los instintos salvajes, los deseos ardientes y el ardor temperamental […]. De ahí que […] desborde los límites del pudor. Clemente tronaba furioso contra esos desgraciados cuya vida no era sino fiesta, embriaguez, baños, vino puro […], inercia y bebida y, de manera algo intrigante, orinales.

En los escritos de un predicador cristiano tras otro, quedaba claro que casi todo lo relacionado con la comida era sospechoso. Si se salía a cenar, uno podía verse afectado por la perniciosa envidia ante la casa de otro hombre, y volver a la casa propia más descontento que antes de partir. [San] Juan Crisóstomo recomendaba evitarlo y acudir en su lugar a funerales. ¿Es mejor -tronó ante su congregación- ir donde hay llanto, lamentación, y gemidos, y angustia, y tanta tristeza, o donde se encuentran la danza, los címbalos, la risa, el lujo, la comida y la bebida? No es necesario conocer demasiado la obra de Crisóstomo para saber que la respuesta esperada a su pregunta retórica era un entusiasta ¡Sí, claro que sí!. En una casa feliz se podían envidiar el atrio bien dispuesto del vecino o su encantador comedor; en una casa de luto, dijo Crisóstomo, es más probable que se exclame: ¡No somos nada, y nuestra maldad es inexpresable!.”

La edad de la penumbra, de Catherine Nixey; Taurus, 2018; pgs. 189-190. Clemente de Alejandría fue venerado como santo hasta el siglo XVII por la iglesia católica (su fiesta era el 4 de diciembre); San Juan Crisóstomo fue declarado Doctor de la Iglesia en 1568 por el Papa Pío V.

LA TENTACIÓN DE SAN GILBERTO

“Le cité una cosa que me había dicho el Aga Khan unas semanas antes cuando lo entrevisté. Su Alteza dijo que, si se cayese un muro y le aplastase un pie, exclamaría Es lo mejor que me podía pasar.

Respondió G.K.C. solemnemente: Entonces el idioma persa debe de estar muy escaso de palabrotas. Y soltó una carcajada.

(Verán que en estas páginas, G.K.C. se carcajea muchas veces. Pero no es culpa mía, sino suya.)

Pero observarás lo que le ocurre al Aga Khan -prosiguió-: padece de mi antigua enfermedad. Lo alaba todo. Y hace caso omiso de las verdades equilibradoras que completan la espléndida paradoja de la existencia. Él dice: ¡Hágase Tu voluntad! pero no ¡Líbranos del mal! Nosotros reconocemos que el universo es de Dios, pero que el enemigo existe.

Esta fue, pues, mi gran tentación. Ahora podría ser un heresiarca reconocido, como el señor Bernard Shaw o el señor H. G. Wells o el señor Aldous Huxley, dedicándome a interpretar el universo en términos de un poquito de verdad que me atrajese personalmente. No, me parece que no habría sido un heresiarca tan interesante como el señor Shaw, porque él, con su tremenda honestidad intelectual, con su agilidad, ha ido saltando de herejía en herejía, al ir comprobando que ninguna funciona.

Pero yo habría sido un heresiarca, digamos, proporcionado. Y habría tenido discípulos. Cualquier heresiarca del montón es capaz de reunir discípulos suficientes como para llenar una sala pequeña, y hacerse la ilusión de que tiene una clientela tan universal como un jinete famoso. Pero me parece que yo habría conseguido algo más. Me parece que habría causado sensación.

Me daban miedo dos cosas. La primera, mi herejía, tan peligrosa como verdadera. Y segunda, mis seguidores. Estaba orgulloso de ellos. Qué espectáculo, de haber podido llevarlos detrás en procesión a todas partes. Pero me asustaban. Vi lo que los seguidores de Shaw le habían hecho, ágilmente, al ir él esquivándolos. Así que, como no soy experto esquivando, convencí a mis seguidores para que me soltasen. Caí muy suavemente sobre una roca.

Algunos pensarán que no era gran cosa esa roca. Pero sea como fuere, era lo suficientemente fuerte como para soportar cómodamente el tremendo volumen de Gilbert Chesterton.”

G.K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton; Rialp, 2011; pgs. 73-74.

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