El sosiego acantilado

Categoría: SCUPOLI

EL SILENCIO

“Examina bien las cosas que te dicta el corazón antes que pasen a la lengua; porque descubrirás que muchas de ellas sería preferible que no hubieran salido de ti. Y te advierto, además, que muchas de las cosas que creas conveniente decir, sería mucho mejor dejarlas sepultadas en el silencio. Lo descubrirás, volviendo sobre ellas una vez pasada la ocasión de decirlas.

Has de saber que el silencio es una gran fortaleza en la batalla espiritual y una garantía segura de victoria. El silencio es amigo de quien desconfía de sí mismo y confía en Dios; es guardián de la auténtica oración y una magnífica ayuda para el ejercicio de las virtudes.

Para acostumbrarte a callar, has de considerar a menudo los daños y peligros de la locuacidad y las grandes ventajas del silencio. Tómale afición a esta gran virtud y, para acostumbrarte a ella, calla oportunamente aun cuando no sea malo hablar, con tal que no vaya en perjuicio tuyo o de otros. A ello te ayudará el mantenerte alejado de los corrillos, porque en vez de tener por compañeros a los hombres, tendrás a los ángeles, a los santos y al mismo Dios. Finalmente, haz constante memoria del combate que tienes entre manos: al darte cuenta de lo mucho que te falta por hacer en este campo, perderás pronto las ganas de enredarte en palabrerías.”

Combate espiritual, de Lorenzo Scupoli; San Pablo, 2014; pg. 145.

El gran silencio

 

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EL SOSIEGO ACANTILADO

La crucifixión, según el cristiano de hoy, fue un lamentable error judicial.
La facultad de percibir la misteriosa necesidad de lo atroz pereció con la escena griega y los altares cristianos.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 459.

“Del mismo modo que cuando se pierde la paz del corazón, hay que hacer todo lo posible por recuperarla, debes saber igualmente que no puede suceder en el mundo nada que razonablemente nos la pueda quitar o turbar. Es verdad que debemos dolernos de nuestros pecados, pero ha de ser con un arrepentimiento lleno de paz, como te he dicho ya más de una vez. Y así, sin perder la serenidad, y con sentimientos de caridad, se tenga compasión de cualquier otro pecador y se lloren, al menos interiormente, sus culpas.

En cuanto a los otros acontecimientos graves y dolorosos, como enfermedades, heridas, muertes -aun de nuestros más queridos familiares-, pestes, guerras, incendios u otros males semejantes, que la gente del mundo rechaza ordinariamente como gravosos a la naturaleza, ayudados por la divina gracia, podemos nosotros no solo desearlos, sino incluso agradecerlos como reparación por los malos y como ocasión de practicar la virtud para los buenos. Son estos los motivos por los que Dios nuestro Señor los permite, de forma que si fuésemos nosotros dóciles a su voluntad, pasaríamos serenos e imperturbables entre las amarguras y contrariedades de esta vida. Convéncete de que cualquier inquietud nuestra le desagrada, pues, cualquiera que sea su origen, va siempre acompañada de imperfección y procede siempre de alguna mala raíz del amor propio.

Por eso es bueno que tengas siempre apostada tu guardia, que, apenas descubra algo que pueda turbarte o hacerte perder la paz, llame tu atención, de forma que puedas echar mano de tus armas defensivas y consideres que todos esos males y muchos otros semejantes ni son en el fondo verdaderos males, ni pueden quitarnos los verdaderos bienes, aunque aparenten lo contrario.

Ten en cuenta que Dios lo ordena o permite todo para los fines que hemos dicho o para otros que no conocemos, pero que son, sin duda, muy santos y justos. Manteniendo así el alma tranquila y en paz en cualquier acontecimiento, por adverso que sea, puede hacerse mucho bien; de lo contrario, cualquier ejercicio resulta mermado o sin fruto alguno.

Hay que decir, además, que, mientras el corazón se encuentra desasosegado, queda expuesto a toda suerte de ataques de los enemigos; y, por otra parte, en tal situación, nosotros somos incapaces de distinguir bien el sendero recto y el camino seguro de las virtudes.”

Combate espiritual, de Lorenzo Scupoli; San Pablo, 2014; pgs. 146-147.

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LA DESCONFIANZA DE NOSOTROS MISMOS

“La desconfianza de sí mismo es tan indispensable en este combate, que sin ella no solo no se obtendrá jamás la deseada victoria, sino que ni siquiera se llegaría a dominar una pequeña pasión. Hay que grabar bien esa idea en la mente, pues nuestra naturaleza corrompida nos inclina fácilmente hacia una falsa estima y aprecio de nosotros mismos. Siendo, como somos, una simple nada, nos convencemos, no obstante, de que valemos algo; y sin motivo alguno, llegamos a presumir vanamente de nuestras fuerzas. Se trata de un defecto difícil de descubrir y que resulta odioso a los ojos de Dios, que quiere y ama en nosotros un leal conocimiento de esta gran verdad, a saber, que toda gracia y toda virtud provienen solo de él, que es la fuente de todo bien; y que, en cambio, por nosotros mismos no somos capaces de producir nada, ni siquiera un buen pensamiento que le agrade (2Cor 3,5).

Esta desconfianza de nosotros mismos, tan importante, es obra de su mano divina, y suele darla Dios a sus amigos a través de santas inspiraciones o de duras pruebas, o de violentas y casi insuperables tentaciones, o de otras mil maneras que jamás sospecharíamos. Y sin embargo, quiere él que hagamos por nuestra parte lo que podemos hacer. Por eso te propongo cuatro medios con los que, ayudado por el favor de Dios, podrás alcanzar esa desconfianza de ti:

-Primero: conocer y considerar tu propia nada: por ti solo no puedes hacer ningún bien por el que merezcas entrar en el reino de los cielos.

-Segundo: pedirla con ferviente y humilde oración al Señor, pues es don suyo. Para obtenerla, es preciso, ante todo, que te veas y te consideres privado de ella, y absolutamente incapaz de lograrla por ti solo. Por eso, si te presentas a menudo ante él con la certeza de que su bondad quiere concedértela, y si sabes esperarla con perseverancia a lo largo de todo el tiempo que su providencia disponga, no te quepa duda que la obtendrás.

-Tercero: acostumbrarte a tener miedo de ti mismo, de tu forma de pensar, de tu inclinación al pecado, de tus innumerables enemigos a los que no eres capaz de ofrecer la mínima resistencia, de su experiencia en el combate, de sus estratagemas y su facilidad en convertirse en ángeles de luz, de las innumerables artimañas y trampas que a traición nos tienden en el camino mismo de la virtud.

-Cuarto: aprovechar la caída en un defecto cualquiera, para adentrarte más y con más fuerza en la consideración de lo grande que es tu debilidad. Justamente por eso Dios permitió tu tropiezo, para que, iluminado con mayor luz por esa inspiración, y conociéndote ya mejor, aprendas a despreciarte como cosa vil que eres, y desees ser tenido y despreciado como tal por los demás. Y has de saber que, sin esa voluntad, no existe desconfianza virtuosa, que tiene su fundamento en la verdadera humildad y en el conocimiento que da la experiencia.

Quede claro, pues, que para todo el que desea acercarse a la suprema luz y a la verdad increada, es necesario el conocimiento de sí mismo. Un conocimiento que la bondad de Dios concede ordinariamente a los soberbios y presuntuosos, a través de sus caídas: les deja resbalar justamente hacia alguna falta de la que creían saber defenderse, a fin de que, conociéndose ya mejor, aprendan a desconfiar totalmente de sí mismos.

Hay que advertir, de todas formas, que no suele servirse el Señor de medios tan humillantes, sino cuando los más suaves, que hemos visto antes, no han logrado el éxito que su bondad pretendía. Y es que la bondad de Dios permite que el hombre caiga más o menos según sea mayor o menor su soberbia o su propia reputación. De manera que donde no se encontrara la mínima presunción, como fue el caso de la Virgen María, no habría la más mínima caída. Si caes, pues, piensa enseguida en el humilde conocimiento de ti mismo y pide con insistencia al Señor (Lc 11,5-13) que te dé la luz verdadera para conocerte y la total desconfianza de ti mismo, si no quieres caer de nuevo y quizá en una desgracia peor.”

Combate espiritual, de Lorenzo Scupoli; San Pablo, 2014; pgs. 88-91.

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