El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: SANTA CATALINA DE SIENA

EMPEZÓ CON DOCE Y QUIZÁ TERMINE CON DOCE

“Es seguro que santa Catalina se sintió muchas veces descorazonada cuando sus esfuerzos mediante la oración y los intentos de persuasión no produjeron resultados palpables en los casos particulares concretos y frente a determinadas personas particulares, hombres o mujeres. Pero siempre estuvo segura de que ella se entregó hasta el fin de su vida corporal a una lucha de cuyo resultado final no dudaba, igual que sabía que en el campo de batalla que es la tierra no vería grandes triunfos. Pero es que, en realidad, Nuestro Señor tampoco nos prometió jamás nada sobre las victorias del Cristianismo en la tierra; al contrario, deben hacernos reflexionar un poco sus propias palabras: Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará todavía fe en la tierra? Él no dijo la respuesta.

Deben mostrarse un poco cautos los que hablan de la bancarrota del Cristianismo en nuestro tiempo. Nosotros no hemos recibido jamás ninguna promesa de un mundo donde todos los hombres y mujeres acepten voluntariamente la doctrina como su norma de vida. Esto ni siquiera lo han hecho en épocas en que muy pocos eran los que dudaban que Él era señor de cielo y tierra. Sin embargo, intentaron evitarlo o se negaron voluntariamente a oírlo. Porque todos los hombres nacen separadamente y tienen que salvarse separadamente.”

Santa Catalina de Siena, de Sigrid Undset; Encuentro, 2009; pgs. 296-297.

Cabeza de Santa Catalina, guardada en la iglesia de Santo Domingo de Siena

Cabeza de Santa Catalina, guardada en la iglesia de Santo Domingo de Siena

LEER, CAMINAR

La silenciosa comunicación de los lectores. El árbol en el que te convierte cada lectura, que te hace desear estirarte en nuevas ramas que alcancen esos libros que el otro ha leído, y tú no.

Leer a alguien y querer conocerlo. Creo que no hay mejor prueba para la calidad literaria. “¿De dónde ha salido esto? ¿Cómo es posible? ¿Estaré bien a su lado, como estoy bien cuando le leo? ¿Morirá la soledad seca junto a él, como muere cuando me habla con palabras de papel?” Con el terrible riesgo tan bien expresado por aquel personaje de McCarthy en Blood Meridian:

There is no such joy in the tavern as upon the road thereto…

Que se puede completar con esa formidable frase de Santa Catalina de Siena:

El camino al cielo ya es el cielo.

The road, el camino. El Éxodo. La insidiosa sospecha de que la Tierra Prometida es más el caminar hacia ella que ella misma.

Y esa profunda y triste verdad sartreana, que tantas veces se cumple. El infierno son los otros.

Pues también el caminar juntos puede ser desesperante. Ver cómo los compañeros se dedican a adorar becerros de oro.

En cualquier caso, caminar con la esperanza de que se va hacia algún sitio, aunque no se tenga claro hacia dónde. Que no da todo lo mismo.

Pocos han estado conmigo en mis acantilados. Ésos que son referente real de la metáfora. Él sí. Lo recordó en un texto que, siempre que lo leo, me hace llorar de la risa. Siempre me ha gustado caminar a su lado. Lo echo de menos. Le echo de menos.

Hoy he pensado que me gustaría entrevistar a algunos de los escritores que leo. Colgar aquí las entrevistas. Míguel haría las fotos. Es un fotógrafo maravilloso.

Porque es buena persona.

Te haría reír en medio del más árido de los desiertos.

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LARGA Y LENTA CAÍDA DEL CABALLO

“San Pablo fue purificado instantáneamente con una purgación perfecta, como santa Catalina de Siena, santa María Magdalena, santa Pelagia y algunas otras; pero esta clase de purificación es completamente milagrosa y extraordinaria en el orden de la gracia, como la resurrección de los muertos en el de la naturaleza, por lo que no hemos de pretender conseguirla. La purgación y curación ordinaria, tanto de los cuerpos como de los espíritus, se realiza poco a poco, por grados, progresivamente, con dificultad y a fuerza de tiempo.

[…] Dice el proverbio que cuanto más lentamente se realiza la curación tanto más segura es; las enfermedades del corazón, como todas las del cuerpo, vienen a caballo y en diligencia y se marchan a pie, muy despacio.

[…] El ejercicio de la purificación del alma sólo puede y debe terminar con nuestra vida; por tanto, no nos turbemos al considerar nuestras imperfecciones porque nuestra perfección consiste en combatirlas; y no sabríamos combatirlas sin verlas, ni vencerlas sin afrontarlas. Nuestra victoria estriba no en no sentirlas, sino en no consentirlas; y no es consentirlas el sentirse acuciado por ellas. Es muy ventajoso, como ejercicio de humildad, verse alguna vez herido en este combate espiritual y no hemos de considerarnos vencidos hasta que perdamos la vida o el valor.”

Introducción a la vida devota, de san Francisco de Sales; en el I volumen de sus Obras Selectas; BAC, 2010; pgs. 24-25.

'San Pablo', de José de Ribera (alrededor de 1630)

‘San Pablo’, de José de Ribera (alrededor de 1630)

CAMPESINOS DEL ASFALTO

“La capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe está testimoniada por otra mujer de nuestro tiempo: la estadounidense Dorothy Day.”

Benedicto XVI, Audiencia General del 13 de febrero de 2013.

 

Termino La larga soledad, autobiografía de Dorothy Day, abrumado por la contemplación de la fuerza sobrenatural que anima a ciertas personas. Te lleva el libro a los barrios proletarios de las principales ciudades estadounidenses, desde la Primera Guerra Mundial, pasando por la Gran Depresión; recupero las sensaciones, ya herrumbrosas, de la lectura de Manhattan Transfer, hace tantos años. Descubro, sin sorpresa, que Dorothy Day y John Dos Passos se conocían y compartían amistades y tertulias. En ambos encuentra uno la descripción de la grisácea civilización industrial, dedicada a amontonar millones de seres humanos en megalópolis insufribles; junglas de asfalto obra de titanes mecánicos y prestamistas, en las que compiten diabólicas soberbias, elevando nuevos zigurats donde sacrificar las almas y los cuerpos de hombres y mujeres, a mayor gloria de la codicia y el lujo; venidos de todas las naciones del mundo, los rascacielos son las nuevas torres de Babel donde cualquier diferencia orgánica queda igualada por un único y dictatorial patrón: el dinero.

En este delirio de fealdad y desesperación, en el que ya la propia supervivencia es una gracia arrancada al destino con esfuerzos sobrehumanos, Peter Maurin, Dorothy Day y muchos otros, sacrificaron sus existencias para crear espacios donde el Evangelio se hiciera visible y palpable.

Doy gracias a Dios por estas vidas ejemplares que voy conociendo, pues me confirman la falsedad de tantos dualismos y contradicciones que la historia de mi país, España, parece presentar a cualquier persona que, impulsada por el rechazo visceral al mundo moderno, decida acercarse a la Iglesia Católica. Ninguna contradicción: este mundo es despreciable; pero ‘este’ mundo no es ‘el’ mundo; e incluso en ‘el’ mundo podemos gozar de un adelanto del Reino de los Cielos. Como dijo Santa Catalina de Siena, en una cita que he descubierto, precisamente, gracias a Dorothy Day: el camino al cielo ya es el cielo.

Tenemos que hacer el tipo de sociedad -había dicho Peter- en que a la gente le resulte más fácil ser buena. Y como su amor a Dios le hacía amar al prójimo, sacrificar su vida por su hermano, se empeñó en denunciar a voz en grito los males de la época: el Estado, la guerra, la usura, la degradación del hombre, la falta de una filosofía del trabajo… Cantó las delicias de la pobreza (no hablaba de indigencia) como un medio para avanzar en dirección a la tierra, para recuperar las queridas cosas naturales de la tierra y el cielo, del hogar. Atacó con todas sus fuerzas a la máquina, porque, como había dicho Pío XI, las materias primas entraban en la fábrica y salían ennoblecidas, y el hombre entraba en la fábrica y salía degradado; y porque arrebataba al hombre algo tan importante como el pan, su trabajo, su trabajo con las manos, su capacidad para utilizar todo lo que era, lo que le hacía un hombre entero y un hombre puro.”

La larga soledad, de Dorothy Day; Sal Terrae, 2000; pgs. 296-297.

12 de agosto de 2013

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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