El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: SAN PABLO

DENTRO DE UN PAR DE SEGUNDOS

José observaba los meandros del río desde lo alto del cañón, de pie junto al abismo. La brisa del atardecer daba vida a los faldones de su abrigo. A su espalda, Iván y Thomas se sentaban apoyando la espalda en el tronco de un inmenso roble.

Esperaban el regreso de Abraham y Lope, que habían ido a cazar.

-¿Cuál es la diferencia fundamental entre los cristianos de las Casas y los cristianos katejónicos? -preguntó Iván, que llevaba un rato con gesto abstraído.

El viejo Thomas levantó la cabeza del libro que estaba leyendo.

-Los cristianos katejónicos -respondió- creen que los hombres y sus comunidades políticas tienen la capacidad de retrasar el Apocalipsis; es decir, el Juicio Final.

Iván volvió a quedarse pensativo. José se dio la vuelta, miró por unos breves instantes al joven y al viejo, y volvió a dirigir la mirada hacia abajo, hasta las aguas del río, donde se ahogaban los últimos rayos de sol.

-¿Y por qué quieren retrasarlo? -volvió a preguntar Iván.

Thomas enarcó las cejas.

-Buena pregunta -dijo el viejo-. Es una cuestión de cantidad, supongo. Instaurando repúblicas cristianas, creen que incrementarán el número de almas que se podrán salvar. Los estados cristianos son el katejón. Retrasan la llegada del Anticristo. Retrasan el Juicio Final. Dicen.

-¿Piensas que están equivocados? -pregunta Iván.

-Pienso que es una forma torticera de recaer en el mesianismo, en buscar la construcción del paraíso en este mundo; su mala conciencia les obliga a buscar excusas para sus ansias de poder, haciendo caso omiso de la Tercera Tentación del Desierto.

-¿Cuándo crees tú que ocurrirá el Apocalipsis? -insistió Iván.

-Cuando Dios quiera -respondió Thomas-. Pero, sin ninguna duda, cuando yo muera. Y cuando tú mueras. Y cuando José muera.

Iván miró extrañado al teólogo.

-El fin de la Creación -continuó Thomas- será un suceso que, se nos ha dicho, conllevará el inicio del Juicio universal de todas las almas que han sido; ocurrirá, por lo tanto, en un momento temporal de la historia humana -el teólogo se detuvo un momento antes de continuar-. Pero, a nivel individual, lo único que nos separa del Juicio Final, es nuestra muerte. Así que el Juicio Final puede ser dentro de un millón de años y, al mismo tiempo…

-Dentro de un par de segundos -terminó José.

Que permanecía con la mirada fija en la oscuridad creciente en las profundidades del cañón, mientras el sol de invierno se dejaba morir tras las montañas.

UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR HOMOSEXUAL

Como un cíclope de piel bermeja al que le estuviese ardiendo el único ojo, una columna de humo se elevaba desde la ventana superior de la Cantine Royale: Michel Hundt fumaba su pipa contemplando la calle, sin prestar la más mínima atención a lo que en la calle ocurría. Entre otras cosas, porque en la calle no pasaba nada.

Michel Hundt debería estar preparando su próxima clase de historia, y a eso precisamente había venido; pero la peculiar forma de concatenación de pensamientos propia del sopor y el tedio le habían llevado hasta un pasado remoto de su vida, sin ninguna razón aparente.

En determinado momento, devolvió la mirada al interior de la cafetería, vacía en su piso superior; y acabó fijándose, por pura inercia de la disposición de su estructura corporal, en las dos estanterías excavadas en la pared de enfrente. Se trataba de la típica biblioteca para intercambiar libros. Michel reconoció los ejemplares de siempre; apenas ocurría algún intercambio muy de vez en cuando.

Pero hace años, la biblioteca de intercambio era muy usada. Y Michel Hundt, de repente, regresó a aquellos años.

-La estantería superior es de Peter Ramos-Hollande -le decía alguien en su recuerdo-; bueno, evidentemente no es suya, pero sólo él la ordena, y todo el mundo sabe que sólo él la ordena: siempre verás un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo; lo sustituyan por el libro que lo sustituyan, Ramos-Hollande siempre vuelve a colocar un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo. Con respecto a los otros libros, casi siempre son los mismos; a veces, por su propio gusto, él mismo cambia alguno o incluye uno nuevo; y, en muy raras ocasiones, acepta hacer permanente algún intercambio propuesto por otro lector. Así que, en cierto modo, se puede decir que tienes delante de ti el canon de Peter Ramos-Hollande.

Y Michel se ve mirando los títulos a la derecha de El Amanecer (el Metamanecer, como bromearían después al recordar juntos estos mismos momentos): el libro primero de El Capital; los tres tomos de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault; Guerra y paz; la poesía completa de Rimbaud; la poesía completa de Catulo; la poesía completa de Arda Lobo; los siete tomos de En busca del tiempo perdido; los diez tomos de Los amores de un libertino filipino; Los placeres y los días; el Anti-Sade, de Federico Bertranou (esta presencia sorprendió sobremanera a Michel); y, por último, 2666.

Unos días más tarde, Michel decidió coger el ejemplar de Guerra y paz y sustituirlo por Vida y destino de Grossman. Una semana después, volvía a haber un ejemplar recién comprado de Guerra y paz; pero Vida y destino permanecía a su lado, para gran diversión de Michel.

En la siguiente ocasión, Michel decidió intercambiar la poesía completa de Rimbaud por la de Baudelaire, con un papel que marcaba la página en la que se encontraba Enivrez-vous.

Michel esperó muchos días el regreso de Rimbaud. Pero sólo lo hizo, un par de semanas después, para permanecer al lado de Baudelaire. La estantería superior de la biblioteca de intercambio empezaba a quedarse sin sitio.

En el tercer intercambio, Michel se atrevió a sustituir El Amanecer por Los demonios de Dostoyevski.

Al día siguiente comprobó, con cierta decepción -y un poco de susto-, que un nuevo ejemplar de El Amanecer había ocupado el puesto de Los demonios. Sin más.

Michel perdió entonces interés en el jueguito; y, por circunstancias de la vida, estuvo una buena temporada sin ir por la Cantine Royale.

Pero cuando volvió a aparecer por allí, unos meses más tarde, en compañía de un novio con el que salía por aquel entonces, justo antes de sentarse en la misma mesa en la que ahora recordaba todo aquello, se fijó en la estantería superior de la biblioteca de intercambio. Y vio que no estaba El Amanecer. Y vio que sí estaban Los demonios. Y El idiota. Y Crimen y castigo. Y Los hermanos Karamazov. Ya no cabía ningún libro más en la estantería superior de la biblioteca de intercambio de la Cantine Royale.

Michel sonrió. Y siguió sonriendo mientras su novio de por aquel entonces le hablaba de algo a lo que no prestó demasiada atención y que ahora era incapaz de recordar.

Al día siguiente, Michel cambió la poesía completa de Catulo por la Divina Comedia. Con un papel que marcaba la página en la que empezaba el Canto XVI del Infierno.

Catulo no regresó. No regresó nunca más. Un día, mientras pensaba en otro intercambio, Michel tomó el ejemplar de la Divina Comedia y lo hojeó; aunque era una edición distinta, también tenía marcada la página del Canto XVI del Infierno con un papel. Michel se dio cuenta de que aquel papel era, en realidad, una carta. Divertido y nervioso, Michel desdobló el papel y leyó:

Antes de nada, debes saber que has de ser paciente conmigo, pues soy ese tipo de persona que no compra cotidianamente alcohol; pero si le regalan una botella de licor, no deja de beberla hasta que se acaba, no mucho tiempo después; y una vez terminada la botella, no compro más. Sólo espero a que me regalen otra. Pero sin ningún tipo de impaciencia. No me quedo a la espera. Simplemente sigo con mi vida. Y si me regalan otra botella, pues la abro, y no dejo de beberla hasta que se acaba, poco tiempo después. Y así, igual, hasta que me muera.

Aplicado a las relaciones humanas, es la mejor manera de confesarte que soy un desastre. No quiero, no me gusta, pero soy un desastre.

Pero no es que sea un maricón lujurioso, ni mucho menos. Lo que ocurre es que quiero ser amado de una determinada manera; no me preocupa demasiado la furia de los sentidos, aunque, por supuesto, te ofreceré mi cuerpo para tu placer; te informo, además, de que prefiero penetrar a ser penetrado; pero rendiré mi virilidad cuando fuere menester a tu deseo, si mi culo, como el resto de mi persona, es amado por ti; y esto lo demostrarás no tanto en el placer, sino en la vejez, cuando quizá no sea capaz de limpiar mis propios excrementos y quizá tú sí seas capaz. Eso quiero que hagas, si tienes mejor salud que yo. Pues yo te prometo hacerlo si mi salud es mejor que la tuya, para aquel entonces. Que me limpies y cuides cuando yo no sea capaz de hacerlo, esperando sosegadamente la muerte, a tu lado, que me amas, porque me limpias y cuidas, aunque ya mi culo, pobrecillo, sólo sirva para ser limpiado.

Es la ausencia de este tipo de amor la que me hace inconstante, infiel y lujurioso. Un amor tan difícil de hallar para nosotros, los sodomitas, sabedores de la condición trágica, por estéril, de nuestros amores; pues mi naturaleza jamás podrá acompañar a mi espíritu a la hora de preñarte, salvo a modo de metáfora, así que nunca seremos causas segundas de una nueva vida, y eso es triste cuando se ama a otro ser humano, ¿verdad?, mas, ¿qué otra cosa puede esperar un hombre que ama a otro hombre? Y parece que esa esterilidad trágica se nos mete en el alma como un castigo de los cielos y en nuestro resentimiento contra el cosmos escupimos aún más si cabe en todo lo que es eterno y dura y es para siempre.

Pero es ese amor, precisamente, el que yo te exijo, que es eterno y dura y es para siempre. Sólo así gozarás del culo de Peter Ramos-Hollande, maldito maricón desconocido.

Michel estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas al terminar de leer, pero algo le detuvo. No tenía nada claro si estaba ante una broma o ante una proposición de matrimonio.

Cogió el ejemplar de la Divina Comedia. En el hueco no puso ningún otro libro, sino un trozo de papel que sólo tenía escrito: ¿Qué amor es este del que me hablas?

Una semana más tarde, Michel encontró que el hueco había sido rellenado con una Biblia. Desconcertado, se aproximó, tomó el libro, y lo abrió por el lugar en que sobresalía un papel rasgado. Las páginas estaban brutalmente subrayadas y comentadas en los márgenes con una letra diminuta escrita a lápiz. Era el capítulo 13 de la primera epístola de San Pablo a los corintios.

Michel dejó la Biblia de nuevo en el hueco, sobre un papel en el que escribió un lugar, un día, una hora. Hecho esto, se dispuso a hacer guardia en el piso superior de la Cantine Royale, para que nadie, salvo el mismo Peter Ramos-Hollande, se acercase a esa Biblia.

No tuvo que esperar mucho. Un par de horas más tarde, con la cafetería a rebosar de gente, el escritor apareció con gesto impaciente y se abalanzó sobre la estantería superior de la biblioteca de intercambio; la que sólo él controlaba. Cogió ansioso el papel. Miró a su alrededor, momento en el que Michel se escondió tras el libro que estaba leyendo, y volvió a marcharse con la misma velocidad con la que había llegado.

Un mes después, Ramos-Hollande se trasladó a vivir a la casa de Michel.

De eso hacía ya casi quince años.

Michel Hundt sonrió, le dio una chupada a su pipa, y se puso a preparar su clase de historia.

DE BUENAS INTENCIONES ESTÁ EMPEDRADO EL CAMINO AL INFIERNO

Querido Xacin, me encuentro en este momento enmarañado en la ansiedad y la leve pero continua angustia que me genera este final de carrera, estos putos exámenes. Me estoy a punto de ir a trabajar, pero no puedo dejar de contarte que hoy me ha llegado tu última carta y que acabo de terminar de leerla y que para poder escribir he tenido que esperar hasta dejar de llorar.

Puede ser que yo me muera y no logre escribir nada que me conforme y nunca publique nada, pero no voy a morir sin haberte insistido hasta el hartazgo en que te dediques con toda la intensidad que puedas a escribir.

Estas palabras pertenecen a un correo que me envió Santiago Gerchunoff el 8 de septiembre de 2005. Las guardo porque son, seguramente, el mayor halago que mi escritura ha recibido jamás. El criterio de Santiago es, quizá, el que más respeto, basado en docenas de conversaciones y recomendaciones literarias.

Pero también guardo este correo porque es la mejor lección que la vida me ha enseñado sobre la vanidad humana. Desgraciadamente, es una lección que tengo cierta facilidad para olvidar.

La carta a la que se refería Santiago era una copia de otra que le había enviado a un miembro de mi familia paterna.

La historia de mi familia paterna es, seguramente, el libro que alguna vez tendré que escribir.

El caso es que aquella carta, escrita y dirigida con la mejor de las intenciones, con el profundo deseo de reunir los cachos dispersos de los míos, acabó provocando desastres y desmanes difíciles de aceptar.

A pesar de que, objetivamente, no cabían el remordimiento y la culpa, éstos nacieron. Porque la línea causal de lo que acabó sucediendo, aunque fuera evidentemente sin intención, tenía su inexorable principio en mi acto de redacción de aquella carta.

Tan bien escrita.

El ser humano es mucho más ignorante de lo que jamás será capaz de imaginar. Sobre el mundo. Sobre sí mismo.

La necesidad de ser humilde no es sólo un remedio individual contra la impiedad propia, sino también una defensa contra la general difusión del mal. Un katejón, como diría San Pablo.

Incluso la más diminuta de nuestras acciones puede tener consecuencias imprevisibles. Sólo en la doliente consciencia de esta verdad puede ser uno realmente responsable de sus actos.

Probablemente, el resultado será actuar cada vez menos, cada vez más pequeñito.

Al entender que el libre arbitrio es un fragmento de poder divino en manos de ridículos y peligrosos monos pelados.

‘Juicio universal’, de Roberto Ferri

TYREESE

El noveno capítulo de la quinta temporada de The Walking Dead es una de esas obras maestras en las que el ser humano da lo mejor de sí, rozando la médula de toda la verdad que nos es posible alcanzar en este mundo.

La lucha de Tyreese para que el vivir no sea un mero y bestial sobrevivir es resuelta por los guionistas en toda su crudeza, sin plantear finales felices de los que nadie puede estar seguro. Y exponiendo desnudamente la esperanza en su furioso combate contra el regular y cotidiano transcurrir de la vileza insospechada del mundo.

Tyreese se niega a rendirse, no sólo como ser vivo, sino como persona. Se niega a no perdonar. Aunque el mundo, en no pocas ocasiones, es inmisericorde con el que perdona. Perdonar es una debilidad.

El perdón, para mí, siempre ha sido la parte más difícil del Credo. Creer en la resurrección de la carne, que tanto molestaba al San Manuel Bueno de Unamuno, a mí apenas me cuesta trabajo. Perdonar. He ahí el quid de la cuestión. La piedra de toque. Porque perdonar es arriesgarse al sacrificio, propio y de la gente que uno ama. Es una victoria mundana que desdeñamos, ¿por qué? Sólo puede haber razones ultramundanas para esta respuesta.

Aunque se niega a ser un mero animal, Tyreese no quiere dejar de ser un montaraz. Y un montaraz ha de permanecer en guardia, en vigilia constante. Atento a las fronteras, donde moran los dragones. Mirando al abismo cara a cara. Como su padre, no deja de escuchar las noticias, para saber cómo es el mundo en el que le toca luchar. Quiere conocer la verdad del mundo, por dura y oscura que ésta sea. Sólo así podrá estar preparado para proteger a los suyos, con la elevada y peligrosa apuesta con la que pretende hacerlo: ser persona, no un vulgar animal.

La Comarca vivía feliz en tiempos oscuros, desdeñando a los extraños montaraces que eran los principales artífices de que los males del mundo no la alcanzasen. Cuando todo el mal de la Tierra Media se abatió sobre ella, fue incapaz de resistir. Sólo el regreso de aquellos hobbits que se habían enfrentado con el estado real del mundo pudo permitir una derrota del mal infiltrado.

No debe existir esa división entre pueblo feliz e ignorante, por un lado, y montaraces duros y sombríos, por el otro. Todo hombre, toda mujer, ha de ser un montaraz. Para que el mundo siga siendo un lugar mínimamente habitable, no un infierno de jaurías humanas, nadie debe apartar la mirada.

Pero, ¿acaso puede hacer el ser humano tal cosa, si sus ojos no son capaces de ver algo más allá de lo que el mundo es? No lo creo.

A pesar de todo, no lo creo.

Y, sin embargo, a veces no hay nada más difícil de creer que aquello que escribió San Pablo en su segunda carta a los corintios, leído por el sacerdote en el entierro de Tyreese:

Pues el peso momentáneo y ligero de nuestras penalidades produce, sobre toda medida, un peso eterno de gloria para los que no miramos las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las visibles son temporales, las invisibles eternas. Sabemos que si esta tienda en que habitamos en la tierra se destruye, tenemos otra casa, que es obra de Dios; una morada eterna en los cielos, no construida por mano de hombres.

REHUYENDO ÍTACA

“El carácter providencial del relato de Agustín tiene que ver con una economía de salvación especialmente dirigida a él, que concreta las apelaciones de san Pablo de forma intensa. Sin embargo, cualquiera puede estar en su lugar y a todos se nos dirige la exhortación a encontrar también nuestra providencia especial. El sentido de esta concreción implica una nueva forma de entender el programa pedagógico como un diálogo hermenéutico entre el alma y los acontecimientos de su vida, siempre valorados como donaciones y admoniciones, llamadas de Dios, según el modelo de los Salmos. Consciente de que la distancia entre la meta de conocer a Dios y el estado en que se encuentra el ser humano es demasiado grande como para superarlo mediante una revelación extática, repentina, la pedagogía consiste en ofrecer los detalles apropiados para los pequeños pasos, otra diánoia. Aquí, el aprender apunta a una interpretación adecuada del curso de la vida y su sentido convergente. Cuando se observa este curso, se descubre ante todo la resistencia automática que opone la pulsión de pecado a la comprensión del orden de la providencia. Ningún conocimiento es bastante para eliminar esa resistencia pulsional a la interpretación adecuada y esta es la experiencia de Agustín con los académicos, con los maniqueos, incluso con ese desajuste entre conocer y amar. Se ha dicho que las Confesiones son una odisea del alma, pero R. O’Connell (1969) no siempre destaca un hecho: que Agustín, en contra de Ulises, no quiere llegar a Ítaca, que una y otra vez se resiste a llegar a la meta, que gusta pensar que ya ha llegado. Confesiones nos ofrece la historia pormenorizada por la cual esa resistencia, una cadena que detiene y retiene el modo paulino (Conf. VIII, 5, 10), se quiebra y entonces el ser humano descubre que desde mucho tiempo antes estaba preparado para este acontecimiento final de liberación. Solo sabemos qué es Ítaca cuando estamos allí por primera vez. No hay aquí anámnesis. El camino así se nos descubre como el lugar por el que somos llevados hacia la libertad. Lo que los demás deben conocer de forma intensa en la obra de Agustín es que la acción propia del ser humano es proponer esa resistencia pulsional a la salvación, pero que, a pesar de todo, algo más fuerte impulsa. El ser humano pone el pecado con obstinación, mientras Dios pone el esfuerzo, resiste al que resiste y finalmente cura la inquietud entregando la fe. Desde el capítulo primero se nos expone esta doctrina: Mi fe te invoca, Señor, la fe que tú mismo me diste (Conf. I, 1, 1).”

Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes, de José Luis Villacañas; Trotta, 2016; pgs. 529-530.

'Ulises y las sirenas', de Herbert James Draper (1909)

‘Ulises y las sirenas’, de Herbert James Draper (1909)

Quod Vidimus

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De libros, padres e hijos

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