El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: SAN JUAN

LA FELLOWSHIP DEL LIBRO

La destartalada furgoneta blanca hacía equilibrios sobre los restos de la carretera que se asomaba al océano Atlántico. Abraham, al volante, no hacía excesivos esfuerzos por evitar los baches.

Iván, sentado a su derecha, llevaba un buen rato con la mirada perdida en el horizonte marino.

José dormitaba en el asiento de atrás; al parecer, sin sentirse demasiado molesto por el traqueteo del vehículo.

Hasta que un bache excesivamente profundo logró despertarle.

-Había creído entender que teníamos que llegar vivos a algún lugar, para recoger algo y llevarlo a otro sitio… -masculló José.

-Así es -confirmó Abraham.

-Cualquiera lo diría, viendo tu manera de conducir…

José se restregó los ojos y miró alrededor, a través de las ventanillas. Su cara se torció en un gesto de extrañeza.

-Juraría que esto me suena…

-Claro -dijo Abraham-. Nos acercamos a la Casa de Simou.

José se quedó clavado en su asiento, mirando la nuca de Abraham como si pudiese golpearla con la vista.

-¿Por qué no me dijiste que teníamos que venir aquí?

-Porque me dijiste que no querías saber nada hasta que el grupo estuviese completo. Y eso es lo que vamos a hacer, completar el grupo.

-¿En la Casa de Simou?

-No te preocupes, no llegaremos a entrar. Ahí está el cuarto superhéroe -dijo Abraham, en un tono tan excesivamente serio que hizo sonreír a Iván.

La furgoneta se detuvo fuera de la carretera, al borde de un profundo acantilado. José miró por la ventanilla. Se quedó inmóvil durante unos segundos.

Un hombre parecía esperarles, parado al lado de la carretera. Un macuto yacía a sus pies. De una estatura colosal, el pelo rapado al cero y una musculatura diseñada para el combate. En su cinturón portaba una pistola y una pequeña hacha. El rostro, anguloso y tenuemente pardusco, permanecía  sereno, alrededor de unos ojos casi grises.

-Cómo puedes ser tan hijodelagranputa, Abraham… -dijo José, mientras salía de la furgoneta.

Iván miró a Abraham sin comprender, pero éste sólo prestaba atención al cinturón de seguridad que se estaba desabrochando.

Al ver a José, una mueca fugaz pareció romper por un momento el rostro contenido del coloso.

José miró al suelo y volvió a mirar a Abraham, que no parecía prestarle demasiada atención al nuevo personaje. Finalmente se acercó a él.

-Lope -dijo, adelantando la mano derecha.

-José -respondió el gigante, apretando su mano.

Tras el saludo, José se quedó con los brazos en jarras, mirando alternativamente al suelo, al mar y a Lope.

Abraham se acercó sin saludar.

-Hace buen día. Creo que podemos comer aquí, descansar un rato y así aprovecho para contaros lo que vamos a hacer.

Abraham se puso manos a la obra y el resto le siguió.

José y Lope permanecieron callados durante la comida. Iván observaba de reojo el silencio tenso de ambos. Terminada su ración, Abraham se dispuso a hablar.

-Tenemos que ir a Atenas, a recoger la copia de un libro, para llevarlo a la Casa de Latakia, en Siria -dijo, lacónico.

Iván abrió los ojos desmesuradamente y parecía a punto de saltar de alegría. José también parecía sorprendido, pero mucho menos entusiasmado que el joven. Lope no parecía sorprendido en absoluto.

-¿Por qué Atenas? -preguntó José.

-Allí vive el maestro iluminador Thomas -respondió Abraham-. Él ha realizado la copia.

-¿Thomas, el teólogo? -volvió a preguntar José, nuevamente sorprendido.

Abraham afirmó con la cabeza.

-¿Por eso está tan representada la Casa de Simou en esta pandilla? -preguntó nuevamente José.

Iván se sorprendió con el comentario y miró a Abraham, esperando impaciente su respuesta. Lope siguió comiendo en silencio.

-¿Lo dices porque es un experto en San Nicolás? -preguntó a su vez Abraham-. No pensaba que eso te importase lo más mínimo.

Abraham y José se miraron.

-No me importa una mierda -dijo José, mientras sacaba una pequeña botella de su mochila-. Pero como Abraham González siempre tiene que estar intentando salvar tu puta alma, pensé que quizá su jesuítico cerebro había pensado conmover mi corazoncito con más añoranzas de otrora.

Abraham se levantó sin contestar y empezó a recoger. Lope dejó de masticar durante unos segundos.

-¿De qué libro es la copia? -volvió a preguntar José.

-El Evangelio de San Juan -respondió Abraham, sin dejar de recoger.

Los ojos de Iván fueron capaces de abrirse un poco más, al tiempo que se santiguaba. Lope se quedó por un momento mirando a José, mientras éste le daba un largo trago a su botella.

-Toda esa zona está a punto de estallar -comentó Lope.

-Por eso os necesito -respondió Abraham-. Iremos en furgoneta hasta los Alpes Dináricos y, a partir de ahí, entraremos a pie en el territorio de la Liga.

La cara de Lope también fue de sorpresa, en esta ocasión.

-Los neo-arrianos ganaron las elecciones en Arkalejandría hace un par de meses y están utilizando la ciudad como banco de pruebas de su política religiosa -explicó Abraham-. No quiero usar sus carreteras. Nos mantendremos en los bosques.

-¿Por qué no ir en barco hasta Atenas? -preguntó José.

-No pasaríamos los controles marítimos. El Egeo está repleto de barcos de guerra. Intentaremos aprovechar las montañas para acercarnos todo lo que podamos. Recogeremos el libro y regresaremos a las montañas. Y saldremos del territorio de la Liga.

-¿Cómo estás pensando llegar a Siria, entonces? -preguntó José, nuevamente, cada vez más perplejo-. ¿Rodeando por el Mar Negro?

Abraham asintió con la cabeza. Lope permaneció en un silencio meditabundo.

-Vamos a pasar más tiempo rodeados de caribes que de seres humanos… -comentó José.

-Probablemente. Por eso te pago lo que te pago. No porque me importe un carajo tu alma pecadora -dijo Abraham, sin cambiar el tono de su voz.

José dejó florecer una sonrisa amarga en su boca.

Iván era incapaz de controlar su excitación, con la mirada perdida en entretenidas imaginaciones. José se fijó en él.

-¿Y a ti qué te pasa? -le preguntó.

-Es que… -el muchacho parecía incapaz de hablar, de la emoción-. Es como cuando se forma la Comunidad del Anillo, durante el Concilio de Elrond. Ahora también nosotros somos una Comunidad, a punto de iniciar una fenomenal aventura… Somos la Comunidad… del Libro. ¡La Fellowship del Evangelio de San Juan! -exclamó.

-Este niño está gilipollas… -dijo José, antes de darle otro trago a su botella.

Iván se quedó mohíno por el comentario. Lope, al levantarse, magreó cariñoso con una de sus manazas el pelo del chaval.

Abraham ya estaba metiendo su mochila en la parte de atrás de la furgoneta.

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LA ESCUELA DE LA FE

“La escuela de la fe no es un camino triunfal, sino un camino sembrado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que renovar cada día. Pedro, que había prometido fidelidad absoluta, conoce la amargura y la humillación de la negación: el arrogante experimenta en sus propias carnes la humildad. También Pedro debe aprender a ser débil y necesitado de perdón. Cuando por fin se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, explota en un liberador llanto de arrepentimiento. Tras este llanto ya está listo para su misión.

Una mañana de primavera le será confiada esta misión por Jesús resucitado. El encuentro se producirá a orillas del lago de Tiberíades. Es el evangelista Juan quien nos refiere el diálogo que tiene lugar en esa ocasión entre Jesús y Pedro. Asistimos a un juego de palabras muy significativo. En griego el verbo filéo expresa el amor de amistad, tierno pero no totalizador, mientras que el verbo agapáo significa el amor sin reservas, total e incondicional. Jesús primero le pregunta a Pedro: agapâs-me (Jn 21, 15). Antes de la experiencia de la traición, el apóstol sin duda habría dicho: Te amo (agapô-se) incondicionalmente. Pero ahora que ha conocido la amarga tristeza de la infidelidad, el drama de su propia debilidad, dice con humildad: Señor, te quiero (filô-se), es decir, te amo con mi pobre amor humano. Cristo insiste: ¿me amas más que estos? Y Pedro repite la respuesta de su humilde amor humano: Kyrie, filô-se, Señor, te quiero como sé querer. A la tercera vez Jesús le dice simplemente a Simón: Fileis-me?, ¿me quieres?. Simón entiende que a Jesús le basta su pobre amor, el único del que es capaz y, sin embargo, está triste porque el Señor haya tenido que decirle esto. Por eso le contesta: Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero (filô-se).”

Catequesis leída por Su Santidad el Papa Benedicto XVI el 24 de mayo de 2006; recogida en Los Apóstoles y los primeros discípulos de Cristo; Espasa, 2009; pgs. 63-64.

'Dead at beach', de Marco Furilo (2015)

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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