El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: SAN GILBERTO

THE FLYING INN

-Los días de la Caída quedan ya lejanos y parece que el progreso llega a todas partes… -comentó Lope, mientras miraba con rostro serio por la ventanilla trasera-. ¿Quién pensaría hace unos años que una horda de escombreros iba a tener esa cantidad de vehículos?

Abraham conducía todo lo rápido que podía a través de avejentadas carreteras de montaña.

-Podríamos estar ya mojando el culo en una playita del Egeo, si a San Abraham de Todos los Tontos no le hubiese dado por recitar una oración fúnebre delante de cada uno de los tipos que nos cargamos -comentó José, agarrándose como podía a su asiento en el giro de la curva-. ¿Por los perros también rezaste…? Ya no recuerdo…

-Hubiese enterrado apropiadamente a cada uno de ellos, si no tuviese claro cuáles son las circunstancias de esta misión -respondió Abraham, sin dejar de prestar atención, alternativamente, a la carretera y al retrovisor-. Sé que ya se te olvidó hace tiempo, mientras cazabas caribes para tus clientes esclavistas, pero la vida no es sólo sobrevivir.

-Claro, claro, Abri -dijo, José-. Y para demostrarlo, te has empeñado en conseguir que nos maten a todos. Otro sacrificio para tu dios sediento de sangre idiota.

-Parece que les estamos dejando atrás -dijo Iván, que miraba por la ventanilla trasera, junto a Lope.

Abraham confirmó la noticia, mirando otra vez por el espejo retrovisor.

-Saldremos de la carretera principal y tomaremos un desvío, unos kilómetros más adelante -dijo, sin bajar el ritmo de conducción-. A ver si así nos los quitamos de encima definitivamente.

-Oh, un desvío, chachi -comentó José-. Igual cuando lleguemos a Atenas, al iluminador le ha dado tiempo de terminar de copiar la Biblia entera…

-No callarás nunca… -rezongó Abraham.

-Soy tu cruz, Abri -respondió José, sonriendo-. Quiéreme mucho. Abrázame. Irás al Cielo gracias a mí.

Iván no pudo evitar sonreír; pero al mirar a Lope, y ver la seriedad de su rostro, dejó de hacerlo.

Una hora más tarde, Abraham, como había dicho, tomaba un desvío y sacaba la furgoneta de la carretera principal.

-Pasaremos la noche en esas montañas y mañana continuaremos nuestro camino a pie, siguiendo la línea de costa hacia el sur -dijo Abraham.

-“Esas montañas” son el monte Olimpo -comentó divertido José.

-¿En serio? -preguntó Iván, abalanzándose hacia la parte delantera de la furgoneta para mirar por el parabrisas.

Los cuatro miraron hacia las montañas que se acercaban. Unas nubes parecían haberse quedado enganchadas en los picos más altos. Iván sonreía como un niño.

Tras ascender un par de kilómetros por la carretera que llevaba hacia las cumbres, Abraham salió de la calzada y metió la furgoneta por un camino de tierra, que se introducía en un espeso bosque de robles. Decidió aparcar en un espacio situado entre varios árboles, invisible desde la carretera.

-Hoy cenaremos frío -dijo Abraham-. Encender una hoguera sería demasiado arriesgado.

-Casi tanto como rezar por la salvación de las almas de los que te acaban de intentar matar… -dijo José.

Abraham empezó a descargar sin responder nada. Pero José descubrió que Lope le miraba con rostro serio. El encuentro de sus miradas apenas duró; enseguida ambos se pusieron también a preparar la cena.

Todos llevaban provisiones de fiambres variados y carnes curadas. Iván cortaba trozos de queso que repartía a sus compañeros. José, a cambio, le ofreció beber de su botella.

-¿Es ron? -preguntó Iván.

-Bourbon -respondió José.

Iván cogió la botella, agradeciéndoselo a José con un gesto, y le dio un trago. Pareció gustarle.

-Dale otro, no te cortes -insistió José-. ¿Prefieres el ron?

Iván dio el segundo trago y le devolvió la botella a José.

-No, ya sabes… -respondió Iván, con timidez-. No, no te lo diré. Te reirás de mí.

José miró a Iván y sonrió.

-No te preocupes, hijo. Después de ver cómo te manejaste con esos escombreros, no creo que me vuelva a meter contigo.

-Abraham es uno de los mejores guerreros que he conocido -dijo Iván, sonriendo- y no dejas de meterte con él.

-Se lo ha ganado -contestó José, divertido-, por rompehuevos.

Ambos sonrieron. Iván le dio un mordisco a un trozo de queso y José le dio un trago a su botella.

-Pues ya sabes… -dijo Iván, con timidez-. San Gilberto es el patrón de mi Casa… Y aquí estamos, fugitivos, compartiendo queso y… bourbon.

Iván hizo un gesto con una mano, dando a entender que sabía que era una tontería lo que estaba diciendo.

-Como en La Taberna Errante, ¿no? -completó José, sonriendo.

-¡Sí! -exclamó Iván-. ¿Conoces La Taberna Errante?

-Claro. Leía mucho, de joven -la sonrisa de José desapareció, al decir esto.

Iván se quedó callado, mordisqueando otro trozo de queso. Miraba dubitativo a José, que se había perdido en sus pensamientos.

-Hace un rato, Abraham dijo -se decidió Iván- que habías trabajado para los esclavistas.

José afirmó con la cabeza, aunque su mirada seguía perdida.

-Me marché muy joven de mi Casa -explicó-. No sabía nada del Mundo y necesitaba ganarme la vida. Los guerreros de las Casas son muy apreciados como mercenarios. Y así empecé, capturando hombres, mujeres y niños para los esclavistas, en centroeuropa.

-¿Caribes? -preguntó Iván.

José bufó.

-Eso dicen algunas veces sus leyes… -contestó-. La realidad es que nosotros capturábamos todo tipo de hordas, comieran carne humana o no. Nunca vi a ningún jefe parándose a preguntarle a nadie: “Oye, ¿tú te comes a tu vecino o eres vegetariano?” El negocio es el negocio.

Iván se volvió a quedar callado. Mordisqueaba el queso sin apenas darse cuenta de que lo hacía, buceando en sus propios pensamientos.

José se limpió las manos, se levantó y se metió en la furgoneta. Volvió con una bolsa, de la que salía un sonido metálico cuando se movía. Se sentó otra vez junto a Iván y vació el contenido de la bolsa delante de él. Eran cuatro pistolas. Iván dejó de mordisquear el queso. José empezó a examinar las armas, una por una. Al terminar, volvió a coger una de ellas, y la volvió a examinar, con más detenimiento esta vez.

-Ésta -dijo, finalmente, dándosela a Iván-. Para ti. Como primera pistola no está mal.

Iván cogió la pistola como si recibiera entre los brazos a un niño pequeño. Miraba el arma con los ojos muy abiertos y después miraba a José, incapaz de pronunciar palabra.

-No sé qué decir… -balbuceó Iván-. Muchísimas gracias. Me hubiese gustado buscar una antes, pero con todo el barullo, lo olvidé… Muchísimas gracias. Muchísimas gracias…

José sonreía.

-Te la has ganado, muchacho.

Iván seguía dándole vueltas a su pistola, mientras José le daba algunos consejos. Abraham y Lope observaban la escena en silencio, sin dejar de comer.

-¿Por qué te fuiste de tu Casa? -preguntó Iván, sin dejar de admirar su primera arma de fuego.

José no respondió. Cogió un trozo de hierba y lo toqueteó en silencio. Lope miraba hacia el bosque. Abraham masticaba, con la mirada perdida. Iván empezó a sentirse mal por haber hecho aquella pregunta.

El trozo de hierba se rompió en dos mitades entre los dedos de José, cuando un estallido rompió el silencio del bosque. Iván, empujado por una fuerza invisible, cayó sobre su espalda. Una flor encarnada brotó en su pecho.

-¡Nos encontraron! -gritó José, mientras se inclinaba sobre el cuerpo de Iván.

Abraham disparó en dirección al lugar desde donde había llegado el ataque. Lope se disponía a acercarse al herido, pero un par de sombras se abalanzaron sobre él, obligándole a defenderse con furia.

Más sombras surgieron en la noche, rodeando completamente al grupo. Abraham disparaba a discreción, pero tuvo que dejar de hacerlo y buscar refugio, ante la intensidad del fuego enemigo.

José, mientras intentaba taponar la herida de Iván, veía cómo se iban encarnando media docena de sombras a su alrededor, armadas con machetes y hachas.

José se levantó, desenvainó su cuchillo y adoptó postura de defensa, sin fijar la mirada en ningún punto concreto.

-Ave Maria, gratia plena… -comenzó José.

Entre el ruido de los disparos, los golpes de Lope, los gemidos de Iván y los gritos de los escombreros que se abalanzaban sobre José, temblaron el bosque y la noche ante un rugido que parecía provenir del cielo.

Y José creyó escuchar como un batir de alas gigantes.

Y pensó que los ángeles venían a arrebatarle, justo antes de morir, la poca cordura que aún le quedaba.

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NON VENIT UT MINISTRARETUR EI, SED UT MINISTRARET

Aliénor llevó su caballo hasta el lugar donde esperaba su marido. El señor de la Casa de Rilo la recibió con una mirada suave.

Toda la comitiva se puso en marcha, siguiendo a su señor. Fueron descendiendo lentamente por el camino que llevaba desde la gran casa hasta Seaña, el pueblo de pescadores al que se dirigían.

El día había amanecido gris, aunque no hacía frío.

-¿Cómo se encuentra mi señora, en esta mañana? -preguntó Xoán.

-Como el cielo, supongo -contestó su mujer.

Xoán se quedó callado. Se acercaban al pueblo, desde donde se elevaban una mezcla densa de cantos y lamentaciones. Los señores ya podían ver la playa, en la que parecían congregarse casi todos los habitantes.

-La tristeza de mi señora es mi tristeza -dijo Xoán, mirando a su mujer.

Aliénor permaneció en silencio, fija su atención en los grupos que se movían en la playa.

Los señores desmontaron de sus caballos y comenzaron a andar por la arena, seguidos de cerca por el resto de su séquito. Todo el pueblo de Seaña se arremolinaba alrededor de tres ataúdes que habían sido colocados en medio de la playa. Cada uno de ellos era vigilado por cuatro monjes, que rezaban arrodillados situados en los cuatro puntos cardinales. Otro monje portaba un pendón de la Virgen María, de cara al océano. Los ataúdes estaban abiertos y vacíos.

Todo el pueblo hincó la rodilla en tierra al acercarse los señores. Xoán agradeció el gesto y con un movimiento de sus manos pidió que se pusiesen en pie. Uno de sus caballeros se adelantó, portando el estandarte de la Casa de Rilo: una imagen de San Gilberto de Campalmenara tomando entre sus manos el escudo de los señores de Rilo, con el limonero acantilado sobre el océano.

Uno de los habitantes del pueblo le hizo una indicación a su señor, señalándole la presencia de cinco mujeres.

Xoán se acercó a ellas. Al llegar a su altura, clavó en tierra la rodilla derecha y bajó la cabeza.

-¿Qué puede hacer Xoán, señor de la Casa de Rilo, por los siervos a los que prometió servicio? -preguntó, elevando el tono de su voz.

Una de las mujeres ante las que se había arrodillado comenzó a llorar. Las otras intentaron calmarla, sin conseguirlo. Xoán elevó la mirada y la volvió a bajar.

-Nada puede hacer Xoán contra la muerte, pues es un pobre pecador, como todos nosotros -contestaron las mujeres al unísono, salvo la que aún lloraba, abrazada por una de sus compañeras más viejas.

-Razón tenéis -respondió Xoán-. Señor de vivos soy y a los vivos serviré y a los muertos honraré.

Xoán se puso en pie y fue conducido hasta una silla que se encontraba situada ante el féretro que ocupaba la posición central. A su lado había otra silla, en la que se sentó Aliénor.

Un nuevo monje apareció, revestido el hábito con alba y casulla. Comenzó el rito funerario, ayudado por otros dos monjes.

Xoán observó a su pueblo. Triste y negro, en aquella ocasión. La mujer que había roto a llorar parecía inconsolable. Su rostro aún era joven. Recién casada, quizá.

Y ahora el cuerpo de su marido yacía en el fondo del mar, comido por los peces.

El señor de la Casa de Rilo bajó la mirada hasta la arena. El latín del monje sacerdote parecía llenar la playa. Parecía rebotar en las paredes de los acantilados y en las nubes del cielo, proyectándose como eco en el océano.

Xoán volvió a levantar la mirada. El sacerdote bendecía los ataúdes. Un monje se acercó a Xoán con una antorcha encendida. Los señores se levantaron y el pueblo amplió ligeramente el diámetro del círculo que formaba alrededor de los tres féretros.

Uno por uno, Xoán fue encendiendo las maderas amontonadas bajo las cajas abiertas. Al terminar, volvió a sentarse junto a su mujer. Las llamas de las tres hogueras pronto se elevaron varios metros sobre la arena de la playa. El crepitar del fuego se armonizaba con el romper rítmico del oleaje. Los monjes, unidos en oración, cantaban la despedida de los ahogados y pedían su recepción en el cielo.

Cuando la fuerza de las llamas empezó a disminuir, Xoán se levantó de su silla. Los habitantes del pueblo iban abandonando la playa, de regreso al pueblo. Aliénor se acercó a las cinco mujeres y habló con ellas.

Xoán observó cómo su esposa abrazaba a la joven llorosa, a la que parecía hablar dulcemente, mientras le secaba las lágrimas con su pañuelo.

Xoán pidió a uno de los miembros de su acompañamiento que se acercase.

-¿Hijos en edad de ser formados? -preguntó el señor.

-Dos de los tres matrimonios. Un chiquillo de siete años y otro de cinco. Pero el matrimonio más joven aún no tenía hijos.

Xoán se quedó callado.

-Propónselo a los padres -dijo, finalmente-. Hablaré con mi mujer, a ver si podemos poner a la joven viuda a su servicio.

-Así lo haré, señor.

Xoán permaneció de pie, esperando a su esposa. Cuando ésta se acercó, tras haberse despedido de las mujeres, la ayudó a montar en su caballo. Iniciaron el camino de regreso, dejando la playa, donde aún ardían los restos de las tres hogueras.

El gris del cielo parecía cada vez más oscuro.

-Había pensado que quizá podrías tomar a tu servicio a la joven viuda -dijo Xoán.

Aliénor miró a su marido con gesto de sorpresa.

-Xoán, sabes perfectamente que no tengo ninguna necesidad que esa pobre mujer pueda cubrir -respondió-. Tenemos más servidores de los que la economía de nuestra Casa puede soportar.

El rostro de Xoán se tensó.

-Deberías reservar algo de la bondad que prodigas a tus siervos para los que comparten tu propia sangre -añadió Aliénor, en un tono de enfado difícilmente contenido.

-Tu hijo ya está en edad de tener nietos y aún no ha aprendido a comportarse como el señor que quizá algún día sea -dijo Xoán, sin mirar a su esposa.

-Tu forma de ser señor no es la única que existe, esposo.

-Sí, ya sé, también existe la de tu padre… -respondió Xoán.

Aliénor miró furiosa a su marido.

-Al menos él no está llevando a los suyos a la miseria -respondió-. Acabarás rogando por su dinero, como ya hago yo.

Xoán detuvo el caballo y fulminó a su mujer con la mirada.

-¿Qué es lo que ya haces, Aliénor? -preguntó Xoán.

Toda la comitiva se detuvo y reinó el silencio en el camino que subía por los acantilados.

La boca de Aliénor temblaba.

-¿Crees que los tuyos pueden tener una vida digna, sólo con el dinero de tu Casa? -dijo la mujer, tratando de no sollozar.

El caballo de Xoán se encabritó. El señor se aferró a las riendas, sin dejar de mirar a su esposa.

Finalmente, picó espuelas, y se fue al galope, dejando sola a su mujer al frente de la comitiva, justo cuando empezaba a llover.

‘Lavatorio’, de Giotto (principios del siglo XIV)

LA TABERNA SATÁNICA

Chesterton: al verte, cualquiera diría que hay hambre en Inglaterra.

Bernard Shaw: al verte a ti, cualquiera diría que la has provocado tú.

“Clemente [de Alejandría] habría rechazado la idea; las personas que disfrutaban de una buena comida eran, escribió, nada menos que bestias parecidas al hombre, imagen de la bestia golosa. Satán merodeaba entre las golosinas. Después estaba el vino, que en opinión de Clemente era más pernicioso que la comida. Este líquido cálido, escribió, calentaría aún más los cuerpos sobrecalentados de los jóvenes añadiendo fuego sobre fuego, por lo que se inflaman los instintos salvajes, los deseos ardientes y el ardor temperamental […]. De ahí que […] desborde los límites del pudor. Clemente tronaba furioso contra esos desgraciados cuya vida no era sino fiesta, embriaguez, baños, vino puro […], inercia y bebida y, de manera algo intrigante, orinales.

En los escritos de un predicador cristiano tras otro, quedaba claro que casi todo lo relacionado con la comida era sospechoso. Si se salía a cenar, uno podía verse afectado por la perniciosa envidia ante la casa de otro hombre, y volver a la casa propia más descontento que antes de partir. [San] Juan Crisóstomo recomendaba evitarlo y acudir en su lugar a funerales. ¿Es mejor -tronó ante su congregación- ir donde hay llanto, lamentación, y gemidos, y angustia, y tanta tristeza, o donde se encuentran la danza, los címbalos, la risa, el lujo, la comida y la bebida? No es necesario conocer demasiado la obra de Crisóstomo para saber que la respuesta esperada a su pregunta retórica era un entusiasta ¡Sí, claro que sí!. En una casa feliz se podían envidiar el atrio bien dispuesto del vecino o su encantador comedor; en una casa de luto, dijo Crisóstomo, es más probable que se exclame: ¡No somos nada, y nuestra maldad es inexpresable!.”

La edad de la penumbra, de Catherine Nixey; Taurus, 2018; pgs. 189-190. Clemente de Alejandría fue venerado como santo hasta el siglo XVII por la iglesia católica (su fiesta era el 4 de diciembre); San Juan Crisóstomo fue declarado Doctor de la Iglesia en 1568 por el Papa Pío V.

RECOMENDACIÓN LITERARIA A LOS NACIONALISTAS CATALANES

Perante Castelao e máis Rosalía fun erguer por primeira ves a miña mau cós dedos aferrollados; hoxe por primeira ves fun ergue-la miña vos pra canta-lo poema que Pondal deixáralle ós galegos pra maldeci-los coa imposibilidade de ficar quedos ó ollar coma escarallan a súa patria. Viva Galiza Ceibe [sic]

Escrito en mi diario de 1999, en la página correspondiente al 23 de julio; aunque muy probablemente escrito el día 24.

Tenía 21 años, era estudiante de Filosofía en la Universidad Complutense y acudía por primera vez a Santiago de Compostela para participar en los actos del 25 de Xullo, el Día de la Patria Gallega. Pocas semanas antes me había convertido oficialmente en militante del Bloque Nacionalista Galego.

Nada más fácil para mí, por lo tanto, que ejercer la comprensión imaginativa del nacionalista catalán medio. Sólo tengo que recordar.

Y recuerdo entrar en el Panteón de Galegos Ilustres con el corazón encogido. Algunos compañeros de Galiza Nova (las juventudes del BNG) llevaban flores para adornar las tumbas de Rosalía de Castro y Castelao. Y allí parados, creo que acompañados por el sonido de una gaita, levantamos el puño para cantar el himno gallego, que resonó en las secularizadas paredes de piedra de Santo Domingo de Bonaval. El efecto en mi alma fue apoteósico.

Por primera vez sintió que la vida tenía sabor y sentido, un gran sentido…

Mi bucle melancólico duró unos cinco años. Para la posterior racionalización de mis sentimientos identitarios resultó crucial la aportación de Santiago Gerchunoff, que me dio a leer un día, en la librería Muga, un pequeño librito de un autor desconocido hasta entonces para mí: un tal Joseph Roth.

Santiago me lo recomendó advirtiéndome antes que igual el contenido me chirriaba, porque era un libro profundamente enfrentado a la idea de nacionalismo. De cualquier nacionalismo.

El libro era El busto del emperador, que se convirtió, junto al propio Roth, en uno de los pilares de mi actual forma de entender la vida. Así que esta entrada es también una forma de dar las gracias públicamente a Santiago, que sigue siendo la persona que más y mejores libros me ha recomendado en el tiempo que llevo dando tumbos por el mundo.

Santiago me había colocado en el alma una bomba de mecha larga, de una potencia parecida a la que tuvieron Houllebecq o Chesterton.

La lectura de Joseph Roth me abrió las puertas de la civilización austro-húngara, a la que tanto admiro y de la que tanto he aprendido. Y que ayudó a elevar mi bucle melancólico a escala metafísica.

Tiempo después, alguna noche encharcada en demasiadas cervezas, le he comentado con agorera tristeza a algún Errante Tabernero que quizá un día nos tocase ser los Joseph Roth de una España muerta y troceada.

Y cantar, a toro pasado, las bellezas ya invisibles de un pequeño universo diverso que se mantuvo plural y múltiple durante unos cuantos siglos, en los cuales los hechos diferenciales se conformaban con ser meros accidentes de todo hijo de Dios.

En los que toda conversación, no por casualidad, fuera en la lengua que fuese, era interrumpida a las doce del mediodía por el sonido de una campana.

QUERIDA ANA OFELIA, HIJA MÍA

Querida Ana Ofelia, hija mía:

ayer, tu madre y yo nos echamos a dormir la siesta, nariz con nariz, y tú quedaste en medio, rodeada por nuestros cuerpos. Creo que te gustó la sensación, porque no parabas de moverte, y pude notar en mi propio ombligo las volteretas de tu creciente cuerpecillo.

Cuando -Dios mediante- nazcas, no podremos volver a ofrecerte tal sensación de seguridad. Llegas a un mundo complicado -¿y cuándo no lo ha sido…?-, que, me temo, no va a dejar de complicarse en los años por venir. Tus años.

Así que estoy pensando qué hacer para ayudarte. Qué ofrecerte que te pueda resultar útil en la vida.

Algunas personas piensan que se me da bien escribir. Así que, si Dios quisiera, me gustaría que me diera ideas para escribirte cuentos.

¿Por qué cuentos? Antes de nada, quiero que conozcas a alguien. Un señor inglés, que vivió hace un tiempo, y que realmente escribía muy bien. Y pensaba aún mejor. Era muy rubio, muy alto y muy gordo, y le encantaba contar historias a los niños. También le encantaban los títeres, como a mamá. Se llamaba Gilberto y, en cierta ocasión, escribió lo siguiente:

Los cuentos de hadas no le dan a los niños su primera idea de los monstruos. Lo que los cuentos de hadas le dan al niño es su primera idea clara de la posibilidad de vencer a esos monstruos. El niño sabe íntimamente del dragón desde que tiene imaginación. Lo que el cuento de hadas le trae es un San Jorge para matarlo.

No te voy a mentir, hija mía: vienes a un mundo repleto de monstruos. Tantos y tan poderosos, que a veces sentirás deseos de rendirte. Perderás la esperanza. Creerás que el mundo está mal hecho, que nada tiene sentido.

Pero no es verdad. Tu padre no lo cree así. Tu padre cree en algunos buenos cuentos que alguna buena gente le ha leído; algunos buenos cuentos que él mismo ha encontrado. Porque tu padre es un buscador de cuentos. Ese es mi auténtico oficio: soy un detective, a veces un poco salvaje, que trata de encontrar los mejores cuentos del mundo. Porque son esos cuentos los que me hacen sonreír en medio de la nada. Son los que me hacen apretar los dientes, cuando se desatan el dolor y la desesperanza.

Eso es lo que te voy a ofrecer, si Dios quiere. Y si puedo aportar alguno de mi propia cosecha, pues bienvenido sea.

En cualquier caso, espero que te ayuden a matar muchos dragones.

LUCHAREMOS POR PRODIGIOS VISIBLES COMO SI FUERAN INVISIBLES

“Nosotros, que somos cristianos, nunca nos dimos cuenta del gran sentido común filosófico inherente al misterio cristiano hasta que los autores anticristianos nos lo señalaron. La gran marcha de la destrucción mental proseguirá. Todo será negado.

Todo se convertirá en credo. Es una postura razonable negar los adoquines de la calle; será dogma religioso afirmar su existencia. Es una tesis racional que todos pertenecemos a un sueño; será sensatez mística asegurar que estamos todos despiertos. Se encenderán fuegos para testimoniar que dos y dos son cuatro. Se blandirán espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano. Terminaremos defendiendo no sólo las increíbles virtudes y la sensatez de la vida humana, sino algo más increíble aún: este inmenso e imposible universo que nos mira a la cara. Lucharemos por prodigios visibles como si fueran invisibles.

Observaremos la imposible hierba, los imposibles cielos, con un raro coraje. Seremos de los que han visto y, sin embargo, han creído.”

Herejes, de Gilbert Keith Chesterton; La Editorial Virtual, 2008; pg. 295.

'Las naranjas', de William Adolphe Bouguereau (1865)

‘Las naranjas’, de William Adolphe Bouguereau (1865)

EL SANTO TITIRITERO

Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno.

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; 2ª parte, capítulo XXVI; Alfaguara, 2004; pg. 757.

“Uno de los pasatiempos preferidos era el teatro de juguete que había fabricado Chesterton recortando y pintando los personajes y el escenario. Ideaba muchos argumentos para las representaciones; las dos más populares eran San Jorge y el dragón Los sietes paladines de la cristiandad. Él reconocía francamente que se divertía tanto como los niños jugando con el teatro. Eso mismo corrobora la hija de Belloc, Eleanor Jebb, que recuerda a Chesterton: En el cuarto de los niños, sentado peligrosamente en una silla demasiado pequeña para su enorme corpachón, haciendo revivir sus marionetas y narrando con voz de trueno romances y trifulcas, con los que se reía casi más que nosotros.”

G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce; Encuentro, 2009; pg. 152.

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LA EMOCIÓN MÁS OSTENSIBLE

“No percibí que los españoles fueran fundamentalmente distintos de los ingleses, salvo que un estúpido puritanismo había prohibido a los ingleses exteriorizar las espontáneas y saludables emociones que los españoles podían mostrar. La emoción más ostensible, según me pareció a mí, era lo orgullosos que los padres se mostraban de sus pequeños. He visto cómo corría un niño por la alameda de una gran calle y saltaba en brazos de un trabajador harapiento, que le abrazaba con un éxtasis más que maternal.”

Autobiografía, de Gilbert Keith Chesterton; Acantilado, 2003; pgs. 360-361.

'Sagrada Familia del pajarito', de Bartolomé Esteban Murillo (alrededor de 1650)

‘Sagrada Familia del pajarito’, de Bartolomé Esteban Murillo (alrededor de 1650)

ANSIA DE NORMALIDAD

“Por lo que sé, este fue el panorama social en el que me encontré por primera vez, y esta, la gente entre la que nací. Lo siento si el panorama y la gente resultan decepcionantes de puro respetables y hasta razonables, y deficientes en todos esos aspectos que hacen que una biografía sea realmente popular. Lamento no tener un padre siniestro y brutal que ofrecer a la mirada pública como la verdadera causa de mis trágicas inclinaciones; ni una madre pálida y aficionada al veneno, cuyos instintos suicidas me hayan abocado a las trampas del temperamento artístico. Lamento que no hubiera nadie en mi familia más audaz que un tío lejano ligeramente indigente y siento no poder cumplir con mi deber de hombre verdaderamente moderno y culpar a los demás de haberme hecho como soy. No tengo muy claro cómo soy, pero estoy seguro de que soy responsable en gran medida del resultado final.”

Autobiografía, de Gilbert Keith Chesterton; Acantilado, 2003; pg. 31.

'Felicidad de padres', de Jean-Eugène Buland (1903)

‘Felicidad de padres’, de Jean-Eugène Buland (1903)

FUEGO A TODA LA CIVILIZACIÓN MODERNA

“Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener el pelo limpio; porque debe tener el pelo limpio, no debe tener un hogar sucio; porque no debe tener un hogar sucio, debe tener una madre libre y disponible; porque debe tener una madre libre, no debe tener un terrateniente usurero; porque no debe haber un terrateniente usurero, debe haber una redistribución de la propiedad; porque debe haber una redistribución de la propiedad, debe haber una revolución. La pequeña golfilla de pelo rojo dorado, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser destrozados y mutilados para servirla a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor, la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos se desplomarán, pero no habrá de dañarse ni un pelo de su cabeza.”

Lo que está mal en el mundo, de Gilbert Keith Chesterton; Ciudadela, 2006; pg. 199.

'Mimitos', de William-Adolphe Bouguereau (1890)

‘Mimitos’, de William-Adolphe Bouguereau (1890)

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester