El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: SAN AGUSTÍN

SEGUNDA SEGUNDA CUARENTA

…si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos…

El prior se reclinó en su silla, haciendo gemir levemente la madera. Su mirada se lanzó a través de la ventana, hacia la luna llena que iluminaba el mar y la costa de Penn Ar Bed.

Sin abandonar el gesto meditabundo, cerró el volumen de la Suma Teológica, dejando la mano apoyada sobre la tapa del libro. Su mirada se desplazó unos centímetros a la derecha, donde reposaba abierta una carta.

El señor Auguste se había dirigido a los dominicos de San Miguel, tras conocerse la convocatoria del Concilio. Les rogaba que tuviesen en cuenta la urgencia de la situación en la que se encontraba la Casa de Penn Ar Bed y buscasen la forma de favorecer la ayuda que necesitaba. Había que convencer a la mayor cantidad posible de cristianos de la necesidad de luchar contra la Unión.

El prior se levantó y se acercó a otra ventana, justo enfrente de aquélla a través de la cual había estado contemplando la noche. No vio entonces la luz de la luna, sino las luces artificiales de la ciudad más cercana, al otro lado de la frontera; una de las repúblicas de la Unión.

El prior volvió a mirar hacia su mesa de estudio, fijando la vista alternativamente en Santo Tomás y la carta de su señor. Después miró el crucifijo que presidía su habitación.

Los ojos se habían detenido en el costado sangrante de Dios, cuando se oyó el primer grito.

Al dirigir la mirada hacia la puerta, el prior escuchó un creciente caos de golpes y gritos que parecían provenir de todos los rincones del monasterio.

El ruido se acercaba cada vez más, al tiempo que el prior se iba alejando de la puerta.

Cuando tropezó con su mesa de estudio, una vela cayó sobre la carta del señor Auguste. Una llama inflamó la epístola, mientras se abría violentamente la puerta de la habitación.

Una forma oscura se esbozó en el umbral. Con un movimiento desganado, la sombra dejó caer algo en el suelo, delante del prior, mientras los gritos y los golpes se iban apagando.

El prior no pudo evitar orinarse encima al ver lo que había en el suelo: las cabezas de los hermanos Joseph, Kalil y Antoine.

La sombra dio unos pasos más y entró en la habitación. Otras sombras la siguieron. La primera sombra se paró ante el prior, que había caído de rodillas. En la mesa ardía ya la Suma Teológica.

La sombra se quitó el pasamontañas. El prior vio la cara de un adolescente.

-La frente abierta y sangrante del bebé -le dijo el joven, acuclillándose para poner su cara a la altura del rostro del prior-. La frente deformada y sangrante del bebé. Los ojos abiertos y sin vida en la cara del bebé.

Advertisements

IRONÍAS TEOCRÁTICAS

“La Cartago vándala mostraba precisamente lo que aún podía hacer un Estado despiadado. Hasta donde sabemos, el Estado vándalo no se basaba en un acuerdo tácito entre los romanos locales y la corte bárbara, a diferencia de los godos de Burdeos y de Toulouse. Los principales terratenientes romanos del África proconsular y de Bizacena fueron desposeídos abruptamente a fin de dejar un glacis en torno al interior de Cartago, ocupado solamente por guerreros vándalos.

Peor aún: los vándalos no ocultaban el hecho de que eran arrianos, y no cristianos católicos. Al cabo de una década, exiliaron a los obispos católicos por considerarlos herejes. Los vándalos incluso recurrieron a las leyes antidonatistas que habían impuesto el exilio a los obispos donatistas después del año 411. Los gobernantes vándalos aplicaron esas mismas leyes al clero católico. Por una extraña ironía del destino, no del todo inmerecida, muchos amigos de [San] Agustín (en particular Posidio de Calama, su biógrafo) terminaron sus vidas en Italia, como exiliados. Los habían expulsado de sus ciudades por las leyes en contra de la herejía que ellos mismos habían solicitado treinta años antes para desterrar a sus rivales donatistas.”

Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.), de Peter Brown; Acantilado, 2016; pg. 793.

VALOR INCALCULABLE

Bajo un cielo de color perla, una figura negra investigaba el horizonte nevado con un catalejo, desde lo alto de los restos oxidados de una torre eléctrica.

Al pie de la torre esperaba su caballo. Y junto a su caballo, otro caballo, sobre el que comía carne curada otro personaje de vestido oscuro.

A lo lejos, se veía la ciudad desierta, cubierta de nieve. Ciudad era un nombre excesivo para aquello; pero tampoco merecía aún ser llamado ruina. En cualquier caso, sin duda alguna, estaba desierta. Desierta y blanca. Y fría.

Le hizo una señal a su compañero, indicándole una dirección. Después descendió y montó en su caballo. Ambos espolearon sus monturas. Los caballos resoplaron, formando nubes alrededor de sus cabezas, y trotaron decididos hacia donde se les ordenaba.

-¿Alguna vez piensas en la segunda venida de Cristo, Jörgens? -preguntó el que comía carne cruda.

Jörgens miraba hacia los edificios silenciosos a los que se aproximaban.

-Sólo cuando me lo recuerdan en misa -contestó-. Se está demasiado bien en el mundo, últimamente.

El otro hizo un gesto de asentimiento y le dio otro mordisco a su trozo de carne.

-¿Te preocupa, Laurence?

-Ni lo más mínimo; estoy en paz con mi Dios -respondió, antes de tragar el último trozo-. Es mera curiosidad intelectual.

Laurence permaneció pensativo un rato.

-Por otro lado, quizá venga precisamente cuando se esté demasiado bien en el mundo, Jörgens -insistió en el tema-. Como un ladrón al que no te esperas.

-Puede ser -concedió Jörgens-. No vino durante la Caída, que era el mejor escenario posible. Si no sonaron entonces las siete trompetas, no sé cuándo diablos lo van a hacer.

Laurence asintió con un ligero bamboleo de cabeza.

-El Padre O’Hara me comentó hace un par de días que el primer Concilio tras la Caída redujo drásticamente las referencias litúrgicas al libro del Apocalipsis.

-Tiene sentido -dijo Jörgens, pensativo-. Tiene todo el sentido.

La nieve volvía a caer. Los dos jinetes se cubrieron con las capuchas de sus abrigos negros de piel. Ambos enfilaron por el centro de una antigua calle de varios carriles. En el silencio reinante se podía oír el sonido de los copos al desvanecerse sobre sus figuras.

Después de un rato, Jörgens se detuvo ante un edificio. Lo examinó con curiosidad. Conservaba buena parte de su estructura. Descabalgó y permaneció mirándolo, así como al resto de la antigua calle que les rodeaba.

-¿Qué? –preguntó Laurence-. No tiene pinta de arsenal. Ni de refugio. Por aquí no hay ni caribes…

Jörgens se acercó a las puertas del edificio. Vio que estaban cerradas con cadenas. Volvió a su caballo y rebuscó dentro de las alforjas. Sacó un cortafríos y volvió a las puertas.

-Nos esperan dentro de dos días en la Casa de Gill, Jörgens –insistió su compañero con tono aburrido-. No podemos hacer demasiado turismo.

A Jörgens le hizo gracia la vetusta palabra.

-En algún lugar tendremos que pasar la noche, ¿no, Laurence? –preguntó a su compañero, mientras partía las cadenas.

-Eso sí es verdad –reconoció-. Y lo cierto es que, como posada, no tiene mala pinta.

Laurence descabalgó y cogió una antorcha que llevaba sujeta a sus alforjas. Siguió a Jörgens dentro del edificio, ambos tirando de sus caballos. Laurence encendió la antorcha. La recepción era bastante grande. Olía a cerrado, pero no a muerto. Siguieron hacia su derecha, por un ancho pasillo.

-¿Qué sería esto? –preguntó Laurence.

-Algún edificio burocrático, supongo.

-¿Aprovechamos para rezar?

-Vale –aceptó Jörgens, que no dejaba de investigar las sombras a su alrededor.

Laurence sacó de sus alforjas un apoyo para la antorcha y la dejó en el suelo. Se quitaron los abrigos de pieles y dieron de comer a los caballos. Arrodillados, pero con el cuerpo recto y las manos orantes colocadas delante del pecho, ambos comenzaron a rezar. El latín se mezclaba mansamente con el sonido de las mandíbulas de los caballos. Tras las oraciones, desplegaron mantas en el suelo; Jörgens comió algo de carne curada y se aprestó a realizar la primera guardia.

Terminado su trozo de carne, dormido ya Laurence, Jörgens se puso a rezar el rosario; pero se despistó al fijarse en las puertas que daban paso a otra estancia, justo enfrente de ellos; sobre las puertas, pudo leer:

AL H

Se notaba que faltaban dos letras, pues aún permanecía el fantasma de su presencia en la pared, a modo de manchas. Delante de la A, había una S. Detrás de la L, hubo otra A.

Sala H… -susurró Jörgens, en vez de enunciar el quinto Misterio Gozoso.

A la mañana siguiente, Laurence despertó a Jörgens para rezar Laudes. Tras desayunar, y mientras Laurence recogía el campamento, Jörgens se acercó a las puertas de la Sala H. Estaban cerradas. Probó otra vez, con un golpe seco y fuerte. Algo crujió al otro lado.

-Debieron de clavar maderas para impedir el paso -comentó Laurence, que había dejado de recoger para observar lo que hacía su compañero-. Hace mucho tiempo, por lo que se ve, porque la madera ya está completamente podrida.

Con un nuevo empellón, más fuerte aún, las puertas cedieron. Laurence acercó la antorcha. Un manto gris se extendía por el suelo. La habitación estaba repleta de estanterías vacías.

-¿Un archivo? -preguntó Laurence.

Jörgens se agachó. Se quitó el guante y tocó el suelo. Las yemas de sus dedos se quedaron grises.

-Ceniza -murmuró.

Laurence movió la antorcha, tratando de abarcar más espacio con su luz.

-Libros de papel… -susurró-. Allí. Y allí… Y aquí… Pero sólo restos. Restos de libros. Quemados.

Laurence miró a Jörgens con los ojos completamente abiertos. Jörgens no podía dejar de mirarse los dedos grises.

Dedicaron todo el día a escudriñar hasta el último rincón del edificio. Pero sólo encontraron otras dos habitaciones con estanterías, aunque en ambos casos completamente vacías.

-No nos podemos demorar más, Jörgens; ya nos va a resultar imposible llegar mañana a la Casa de Gill. Cuando lleguemos allí, daremos aviso para que vengan a investigar el lugar.

Jörgens suspiró y asintió pesaroso con la cabeza.

-Sólo una más… -dijo de repente.

Y salió corriendo hacia las siguientes puertas. Laurence resopló, pero siguió a su compañero con una sonrisa traviesa en la cara. Jörgens trataba de leer lo que había escrito encima de las puertas.

Sala… -dijo Laurence-… no sé cuál es esa letra… ¿La G?

-La C, creo -opinó Jörgens.

Estas puertas parecían estar más sólidamente cerradas. Jörgens tuvo que buscar varias herramientas dentro de sus alforjas para hacer saltar los pernios.

Al penetrar en la oscuridad de la estancia y extenderse por ella la luz vacilante de la antorcha, Laurence creyó que su corazón se había detenido para siempre.

Jörgens fue a buscar su propia antorcha para proporcionar más luz. Cuando volvió a la Sala C, encontró a Laurence arrodillado, cogiendo algo del suelo; algo de lo que el suelo estaba lleno.

-Son las obras completas de… de… de… -Laurence tartamudeaba-… San Agustín. En edición bilingüe…

La segunda antorcha permitió ver docenas de estanterías, las paredes, casi cada rincón del suelo; todo repleto de libros. Libros de papel. Hasta el techo.

-Santo Tomás de Aquino… San Francisco de Sales… San Atanasio… obras completas… por todas partes… -Laurence no paraba de recitar sus hallazgos-. ¡Oh, buen Dios! ¡El Señor de los Anillos!

Jörgens, de pie, sólo era capaz de llorar. Y, de vez en cuando, se le escapaba una risa nerviosa.

-Laurence, yo me quedaré haciendo guardia; tú vuelve enseguida. Hay que dar aviso al Gran Maestre.

Tras decir esto, Jörgens lo vio. Había algo más en el suelo, a unos metros de donde se encontraban. Llamó la atención de Laurence dándole unos golpes suaves en la espalda. Se acercaron ambos. El cuerpo momificado de un hombre, doblado como si hubiese estado escribiendo en el suelo de rodillas. Junto a él, un libro de notas. Jörgens lo cogió y leyó la última página.

-No le dio tiempo a terminar de escribir su oración… -comentó.

-¿Él hizo esto? -preguntó Laurence, volviendo a mirar fascinado el contenido de la Sala C-. Si es así, lo que ha hecho no tiene precio. No tiene precio.

Un ruido les sobresaltó, como el estrépito de una campana al caer. Ambos se giraron al mismo tiempo.

-Un tubo de ventilación -explicó Jörgens.

Se fijó en que aquellos restos caídos parecían contener algo. Se acercó para examinarlo mejor. Se acuclilló y acercó la llama de la antorcha.

-¿Qué pasa? -preguntó Laurence, ante el largo silencio de su compañero.

-Otra momia -contestó Jörgens-. Parece que murió de un balazo.

-¿Qué pequeña, no?

-Sí. Creo que era un niño.

“La lección difícil”, de William-Adolphe Bouguereau (1884)

ALABAD A UN CORCOVADO

“Asemejándome en esto a los hugonotes, que rechazaban nuestra confesión privada y al oído, yo me confieso pública, pura y religiosamente. San Agustín, Orígenes e Hipócrates divulgaban el error de sus opiniones, y yo divulgo además el de mis costumbres. Estoy ávido de hacerme conocer, y, sobre todo, hacerlo con verdad. Mas, si he de ser justo, agregaré que no estoy en rigor ávido de nada, salvo de no ser tomado como otro que el que soy por aquellos que lleguen a conocer mi nombre. Quien todo lo hace por el honor y la gloria, ¿ qué piensa ganar presentándose enmascarado al mundo y engañando al pueblo sobre el conocimiento de su verdadero ser? Alabad a un corcovado su buena figura y veréis como lo toma a ofensa. Si, siendo cobardes, se os alaba por valientes, ¿acaso se os alaba a vosotros? Bueno fuera que se satisficiese de los saludos que le hacen el que, siendo el menor de una compañía, recibiera honor por creérsele señor de todos. Pasando por la calle Arquelao, rey de Macedonia, tiráronle agua encima desde una ventana, y los del séquito le instaban a castigar al culpable. Cierto -repuso el rey-, pero es el caso que ese hombre no me ha lanzado el agua a mí, sino a la persona con quien me confundía. Hablaron a Sócrates de que se le calumniaba y contestó: No me afecta eso, porque no hay en mí nada de lo que dicen. No daría yo muchas gracias a quien me encomiase por buen piloto, por muy modesto o por muy casto, ni me ofendería si me llamasen traidor, ladrón o beodo. Quienes se desconocen pueden pagarse de apreciaciones falsas, pero yo me he estudiado hasta las entrañas y sé bien lo que me pertenece. Prefiero ser bien conocido a bien hablado, y admito que se me tenga por sabio en aquella condición de sabiduría que yo llamo necedad.”

Ensayos, de Michel de Montaigne; Libro III, capítulo V; Orbis, 1984; pg. 55.

‘El abrazo’, de Egon Schiele (1917)

FUERA DE LAS FORTUNAS E INFORTUNIOS DE ESTE MUNDO

“Bástale al cristiano creer que todas las cosas provienen de Dios, recibiéndolas con reconocimiento de su divina e inexcrutable sapiencia, y tomándolas a buena parte, se presenten como se presenten. Pero hallo mal eso que se ve al presente: tratar de afirmar y apoyar nuestra religión por el éxito de nuestras empresas. Nuestra creencia tiene otros fundamentos, sin necesidad de justificarla con los sucesos. En efecto, es peligroso acostumbrar al pueblo a esos argumentos tan de su gusto, porque si los hechos se tornan contrarios y desventajosos, la gente siente quebrada su fe. En nuestras guerras de religión, los que llevaron ventaja en la Rochelabeille hicieron gran aparato de esa victoria, procurando con ella demostrar la bondad de su causa; pero al excusar sus descalabros de Montcontour y Jarnac hubieron de decir que eran castigos y sanciones paternas. Y con esto, si no tienen un pueblo muy a su discreción, con facilidad le harán ver que procuran sacar de un solo saco dos moliendas distintas y soplar con la misma boca lo caliente y lo frío. Más vale atenerse a los reales fundamentos de la verdad. Meses atrás, y bajo el mando de don Juan de Austria, se ha ganado una gran batalla a los turcos, pero otras veces Dios ha querido obrar lo contrario a nuestra costa. No es prudente poner las cosas divinas en nuestro platillo, porque pudieran sernos materia de contratiempo. Habrá quien quiera sacar partido de que Arrio, y León, su Papa, jefes principales de la herejía arriana, murieron, en diversos tiempos, de muertes singulares y análogas, como fue que, retirándose de una discusión, por dolor de vientre y yendo al excusado, allí entregaron el alma de repente. Y aun para exagerar la venganza divina con la elección del lugar, puede añadirse el caso de Heliogábalo, muerto también de modo semejante; pero no andaremos acertados, porque Ireneo se halló en igual peripecia. Dios procura enseñarnos que los buenos tienen más que esperar y los malos más que temer fuera de las fortunas e infortunios de este mundo, y por eso mueve y aplica las cosas según su disposición oculta, quitándonos el medio de tornar locamente la suerte en nuestro provecho. Los que quieren prevalecerse de esas materias según humana razón, jamás dan golpe que no les cueste dos. Bien lo probó San Agustín contra sus adversarios. Tal clase de conflictos mas se deciden con las armas de la memoria que con las de la razón. Hay que contentarse con la luz que al Sol le place darnos con sus rayos, y quien levante los ojos queriendo recogerla en el astro mismo, no debe extrañarse si queda ciego. Quis enim hominum poterit scire consilium Dei? Aut quis poterit cogitare quid velit Deus? [¿Qué hombre puede conocer el acuerdo de Dios? ¿O quién conjeturar lo que Dios quiere? Sab 9, 13]

Ensayos, de Michel de Montaigne; Orbis, 1985; volumen I, pgs. 161-162.

jac-kC4D--620x349@abc

LA APUESTA CRISTIANA

¡Me darás libremente el Anillo! En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche! ¡Hermosa como el Mar y el Sol y la Nieve en la Montaña! ¡Terrible como la Tempestad y el Relámpago! Más fuerte que los cimientos de la tierra. ¡Todos me amarán, y desesperarán!

Galadriel alzó la mano y del anillo que llevaba brotó una luz que la iluminó a ella sola, dejando todo el resto en la oscuridad. Se irguió ante Frodo, y pareció que tenía de pronto una altura inconmensurable y una belleza irresistible, adorable y tremenda. En seguida dejó caer la mano, y la luz se extinguió, y ella rió de nuevo, y he aquí que fue otra vez una delgada mujer elfa, vestida sencillamente de blanco, de voz dulce y triste.

-He pasado la prueba -dijo-. Me iré empequeñeciendo, y marcharé al oeste, y continuaré siendo Galadriel.”

El Señor de los Anillos. La Comunidad del Anillo, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; pg. 491.

“Agustín sabe todo esto de la fragilidad del tiempo, conoce todo lo que el tiempo profano puede dar de sí, recuerda los ciclos de la fortuna y del hado y los desprecia de entrada al situarse en otro ámbito. Su lógica todavía procede del combate contra sus propias pulsiones, narrado en Confesiones. Sin ese desprecio, no encuentra motivos para la gran aceptación cristiana, que se basa sobre todo en tener a Dios como testigo de su conciencia (CD XIV, 28). Lo que brinda el mundo humano sin la iluminación de la gracia, en tanto naturaleza de las cosas, no puede producirle sino hastío. La estructura más básica de su insatisfacción reside en un tiempo vital que no puede vincularse con fuerza a nada de lo ocurrido en el tiempo histórico. La idea apologética básica de Agustín, su defensa frente al argumento de la política, consiste en desvincular la religión cristiana de todo lo que sucede en el tiempo. Lo que el tiempo acoge es obra del hombre porque el propio tiempo es consecuencia de la libido insatisfecha del hombre. El amor a algo que no puede ser satisfecho es la estructura misma de la ciudad de la tierra. La frialdad estoica de Agustín, fruto de su viejo hedonismo experimentador, no puede apagar un afecto que ha quedado vacío, demasiado valioso para el hombre a pesar de no disponer de un objeto mundano que lo cumpla. Si alguien identifica un objeto para ese afecto, entonces entra en la lógica de la ciudad de la tierra. Ese es el fundamento de la civitas terrae, el amor a sí, el narcisismo (Kent, 2001, 217). Y este es el argumento del central pasaje de CD [La Ciudad de Dios] XIV, 28: Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. Si Agustín aborda un argumento político, es porque lo hace depender de esta antropología de la libido. El narcisismo, como estructura de la ciudad terrena, está regido por los hombres dominados por la libido dominandi. Esta libido afecta a las naciones o a los príncipes, pero en su estructura es idéntica. Se trata del ansia que los poderosos tienen por aumentar la propia fuerza, lo único que pueden forjar para estabilizar el aspecto huidizo de todos los bienes profanos. Eso particulariza a los seres humanos y les impide que puedan aceptar el ser todo en todas las cosas de Dios. En efecto, el narcisista querrá él estar en todas las cosas, como sucedía con los celos. El paradigma de este narcisismo es el propio Satán, que quiso estar en lugar de Dios, al que le siguió Caín, el primer príncipe del mundo, que quiso estar en lugar de su hermano para quedarse como único poder (Kent, 2001, 218). El sí mismo no puede ser objeto adecuado de amor. Esa es la tesis más básica de Agustín. Solo por la mediación del amor a Dios, y al prójimo, el sí mismo puede encontrar un camino adecuado para amarse (CD XIX, 14). De ahí la apuesta cristiana, tan paradigmática.”

Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes, de José Luis Villacañas; Trotta, 2016; pgs. 570-571.

'Sinfonía en blanco', de James Abbott McNeill Whistler (1862)

‘Sinfonía en blanco’, de James Abbott McNeill Whistler (1862)

REHUYENDO ÍTACA

“El carácter providencial del relato de Agustín tiene que ver con una economía de salvación especialmente dirigida a él, que concreta las apelaciones de san Pablo de forma intensa. Sin embargo, cualquiera puede estar en su lugar y a todos se nos dirige la exhortación a encontrar también nuestra providencia especial. El sentido de esta concreción implica una nueva forma de entender el programa pedagógico como un diálogo hermenéutico entre el alma y los acontecimientos de su vida, siempre valorados como donaciones y admoniciones, llamadas de Dios, según el modelo de los Salmos. Consciente de que la distancia entre la meta de conocer a Dios y el estado en que se encuentra el ser humano es demasiado grande como para superarlo mediante una revelación extática, repentina, la pedagogía consiste en ofrecer los detalles apropiados para los pequeños pasos, otra diánoia. Aquí, el aprender apunta a una interpretación adecuada del curso de la vida y su sentido convergente. Cuando se observa este curso, se descubre ante todo la resistencia automática que opone la pulsión de pecado a la comprensión del orden de la providencia. Ningún conocimiento es bastante para eliminar esa resistencia pulsional a la interpretación adecuada y esta es la experiencia de Agustín con los académicos, con los maniqueos, incluso con ese desajuste entre conocer y amar. Se ha dicho que las Confesiones son una odisea del alma, pero R. O’Connell (1969) no siempre destaca un hecho: que Agustín, en contra de Ulises, no quiere llegar a Ítaca, que una y otra vez se resiste a llegar a la meta, que gusta pensar que ya ha llegado. Confesiones nos ofrece la historia pormenorizada por la cual esa resistencia, una cadena que detiene y retiene el modo paulino (Conf. VIII, 5, 10), se quiebra y entonces el ser humano descubre que desde mucho tiempo antes estaba preparado para este acontecimiento final de liberación. Solo sabemos qué es Ítaca cuando estamos allí por primera vez. No hay aquí anámnesis. El camino así se nos descubre como el lugar por el que somos llevados hacia la libertad. Lo que los demás deben conocer de forma intensa en la obra de Agustín es que la acción propia del ser humano es proponer esa resistencia pulsional a la salvación, pero que, a pesar de todo, algo más fuerte impulsa. El ser humano pone el pecado con obstinación, mientras Dios pone el esfuerzo, resiste al que resiste y finalmente cura la inquietud entregando la fe. Desde el capítulo primero se nos expone esta doctrina: Mi fe te invoca, Señor, la fe que tú mismo me diste (Conf. I, 1, 1).”

Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes, de José Luis Villacañas; Trotta, 2016; pgs. 529-530.

'Ulises y las sirenas', de Herbert James Draper (1909)

‘Ulises y las sirenas’, de Herbert James Draper (1909)

SEAN CRUELES CON VOSOTROS

“Sean crueles con vosotros quienes ignoran con cuánta fatiga se halla la verdad y cuán difícilmente se evitan los errores. Sean crueles con vosotros quienes ignoran cuán raro y arduo es superar las imaginaciones de la carne con la serenidad de una mente piadosa. Sean crueles con vosotros quienes ignoran cuán difícil es curar el ojo del hombre interior para que pueda ver el sol que le es propio -no este que adoráis, que brilla y resplandece a los ojos de carne de los hombres y de los animales, sino aquel otro del que dijo el profeta: Ha salido para mí el sol de justicia, y del que se dice en el Evangelio: Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo-. Sean crueles con vosotros quienes ignoran tras cuántos suspiros y gemidos acontece el poder comprender, por poco que sea, a Dios. Finalmente, sean crueles con vosotros quienes nunca se vieron engañados en error tal cual es ese en que os ven a vosotros.

Pero yo, que, errante por tanto tiempo, pude ver al fin en qué consiste esa verdad que se percibe sin relatos de fábulas vacías de contenido; yo, que, miserable, apenas merecí superar, con la ayuda del Señor, las vanas imaginaciones de mi alma, coleccionadas en mis variadas opiniones y errores; yo, que tan tarde me sometí a médico tan clementísimo que me llamaba y halagaba para eliminar las tinieblas de mi mente; yo, que tanto tiempo lloré para que la sustancia inmutable e incapaz de mancillarse se dignase manifestarse a mi interior, testimoniándola los libros divinos; yo, en fin, que busqué con curiosidad, escuché con atención y creí con temeridad todas aquellas fantasías en que vosotros os halláis enredados y atados por la larga costumbre, y que me afané por persuadir a cuantos pude y defendí con animosidad y terquedad contra otros; yo en ningún modo puedo ser cruel con vosotros a quienes ahora debo soportar como en otro tiempo a mí mismo, y debo usar con vosotros de la misma paciencia de que usaron conmigo mis cercanos cuando erraba, lleno de rabia y ceguera, en vuestras doctrinas.”

Réplica a la carta de Manes llamada ‘Del Fundamento’, de San Agustín (2-3); en el tomo XXX de sus Obras completas; BAC, 1986; pgs. 387-388.

'Sálvame de mis demonios', de J. Kirk Richards (2012)

‘Sálvame de mis demonios’, de J. Kirk Richards (2012)

LA RELIGIÓN DENTRO DE LOS LÍMITES DE LA MERA RAZÓN

“Es imposible que ningún entendimiento creado comprenda a Dios; pero, como dice San Agustín, llegar con el entendimiento hasta Dios, por poco que se alcance, es ya gran dicha.

Para explicar esto, adviértase que comprender una cosa es conocerla con perfección, y conocerla con perfección es conocerla tanto cuanto es cognoscible; y por esto, si de lo que es cognoscible con ciencia demostrativa sólo tenemos opinión fundada en razones probables, no lo comprendemos; por ejemplo, el que sabe por demostración que los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos, lo comprende; pero el que tiene de esta verdad una opinión probable, fundada en que así lo enseñan los sabios o lo dicen muchos, no la comprende, porque no alcanza aquel modo de conocimiento perfecto con que es cognoscible esta verdad.

Pues bien, ningún entendimiento creado puede alcanzar a conocer la esencia divina en el grado de perfección con que es cognoscible, y la razón es evidente. Un ser es cognoscible en la medida en que está en acto. Luego Dios, cuyo ser, según hemos dicho, es infinito, es infinitamente cognoscible. Pues ningún entendimiento creado puede conocer infinitamente a Dios, porque si conoce, con más o menos perfección, la esencia divina, es porque está dotado de mayor o menor luz de gloria. Pero, como la luz de gloria que recibe el entendimiento creado no puede ser infinita, es imposible que ninguno conozca infinitamente a Dios, y, por tanto, es imposible que lo comprenda.”

Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino; parte I, cuestión 12, artículo 7; BAC, 2010; vol. I, pgs. 304-305.

Profesión solemne de monjes dominicos en Dublín (2011)

Profesión solemne de monjes dominicos en Dublín (2011)

PRODUCT OF A BROKEN HOME

A veces, los mejores textos y reflexiones reaccionarios hay que buscarlos en lugares, en principio, inesperados. Los hallamos allí donde moran los perdidos; aquéllos a quienes los puros -los cátaros de todos los credos-, apenas prestan atención; de quienes se quieren mantener alejados; cuya suciedad no permiten que enturbie su bienestar aburguesado. Pureza resentida semejante a la del feo, que confunde la ausencia de tentaciones que su aspecto provoca con la virtud de la castidad, y piensa, erróneamente, que puede ser maestro de la misma.

Pero son precisamente los máximos pecadores los que mejor conocen aquello de que hablan, porque han tenido trato íntimo con el Enemigo. Y sus recuerdos de combate tienen una potencia natural que jamás podrán ni rozar muchos ambientes de creyentes pánfilos, que hablan desde burbujas de irrealidad que lo único que provocan es la incapacidad de los catecúmenos para enfrentarse con sus propias bajezas y con la suciedad del mundo.

Como cuando escuchas hablar a alguien sobre el infierno de las drogas y sabes al momento que jamás ha sentido el efecto de la coca al penetrar en su corriente sanguínea, que jamás se ha perdido en el paraíso químico de una noche de éxtasis.

Como cuando oyes hablar a alguien sobre el peligro de los radicalismos políticos, pero entiendes que nunca se ha dejado arrastrar por el delirio de una masa que carga contra la policía, que nunca ha perdido su individualidad en el canto apasionado de un himno de autoafirmación étnica ante las tumbas de héroes de antaño.

Supongo que por eso nos llaman tanto la atención las Confesiones de San Agustín, porque en ellas reconocemos al caído que, tras un largo éxodo, ha logrado domesticar todas sus debilidades; precisamente porque en ningún momento se ha olvidado de las mismas y de su presencia constante. Y entiende el poder de la tentación, sin vituperarlo con inútiles chillidos de pureza histérica.

Gracias a Dios, no es necesario pecar terriblemente para formar una adecuada conciencia. Pero es imposible ser un buen católico sin obligarse a estar en contacto con la podredumbre del alma propia y del mundo. Sólo así podremos ofrecer una mano al que quiera abandonar su pasado. Sólo así podremos evitar que el nuestro regrese. Los sanos no tienen necesidad de médico…

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester