El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: SAINT-EXUPÉRY

CUENTO DE ADA

…de esta manera el principito fue domesticando al zorro.

El granjero dejó de leer, al ver que los ojos de su hija estaban a punto de cerrarse. Dejó el libro sobre la mesilla y se quedó mirando su melena rubia. De repente, los ojos de la niña volvieron a abrirse.

-Me gusta mucho el zorro, papá -musitó.

-A mí también, Ada -dijo el granjero.

Besó a su hija en la frente, apagó la luz de la habitación y cerró la puerta al salir.

A la mañana siguiente, lo primero que hizo Ada al despertarse fue ir corriendo a asomarse a la ventana de su habitación, situada en el segundo piso de la casa. Vio al gallo estirar las alas entre las gallinas y a los pollitos que picoteaban entre las hierbas. Vio al perro Yuri apurar el último sueño de la noche, sólo la cabeza sobresaliendo de su caseta. Vio los lirios y los rosales. Pero no conseguía ver a Rolando.

De repente, un grupo de ocas apareció apresuradamente tras el cobertizo. A la cabeza iba Rolando, la oca favorita de Ada. Era su oca favorita, porque, a pesar de ser el jefe de todas ellas, era la única que no intentaba picarle cuando se acercaba a darles de comer. De hecho, se dejaba acariciar por la niña.

Otra figura apareció tras el cobertizo. Era su tío Lope. A Ada le daba un poco de miedo su tío. Apenas hablaba y parecía siempre serio. Se fijó en que traía algo en la mano derecha, unos extraños hierros que hacían clin-clin mientras se acercaba a la entrada de la casa.

Ada se alejó de la ventana y bajó las escaleras corriendo, muerta de curiosidad.

-¿Cepos? -oyó decir a su padre.

-El zorro entró ayer en dos casas de Simou -dijo su tío.

-¿Queréis matar al zorro? -preguntó Ada, entrando de repente en la cocina.

El granjero miró la cara de susto de su hija. Después se acercó a la mesa, donde su hermano Lope había dejado los cepos. Los cogió y se los tendió.

-Simou no está tan cerca -dijo el granjero.

Lope dejó de parpadear durante unos segundos. Cogió los cepos y se fue sin decir adiós.

Ada se despertó en medio de la noche. Todos los animales parecían haberse vuelto locos. Oyó luces que se encendían en la casa, escaleras bajadas a toda velocidad, puertas batiéndose con estrépito.

Cuando Ada llegó a la puerta de la casa, pudo ver a su padre, en pijama, con la escopeta colgando rendida de su mano derecha. Sus pies manchados de algo rojo, a lo que se habían ido pegando plumas de diversos colores y tamaños. Yuri no paraba de ladrar como un loco, parecía a punto de romper su cadena. Mientras su padre abría con el rostro desencajado la puerta del gallinero, Ada pudo ver el cuerpo sin vida de Rolando, despedazado entre los cadáveres de sus compañeros.

Ada vomitó antes de que su madre la metiera dentro de casa.

Al día siguiente, el granjero llamó a su hermano por teléfono. Lope llegó para el desayuno. Ada observaba en silencio cómo su tío comía con apetito, al tiempo que echaba largas miradas a las afiladas mandíbulas metálicas de los cepos.

-Tío.

-¿Qué?

-¿Los zorros son malos?

-Los zorros son zorros.

-¿Se pueden domesticar?

Lope miró a su sobrina, mientras terminaba de masticar su tostada.

-No.

Ada se quedó en silencio, rascando la mesa con la uña de su índice derecho.

-Los zorros son zorros -repitió Lope, levantándose de la mesa.

Ada le siguió hasta la valla de la granja y le vio internarse en el bosque cercano, con los cepos colgando a su derecha, haciendo clin-clin mientras caminaba. Esa noche, Ada no quiso que su padre le siguiera leyendo aquel cuento.

A la mañana siguiente, Ada fue andando hasta la valla de la granja. Se quedó mirando el bosque, desde allí, la barbilla apoyada en los brazos. Cinco minutos después, atravesó la valla y se dirigió al bosque.

Había llovido y olía a humedad antigua. Ada escuchaba ruidos extraños, de los que nunca había oído hablar. Las sombras parecían tener vida, entre los árboles.

De repente, Ada oyó algo, como un gemido. Se acercó sigilosamente al lugar del que provenía. Allí estaba, retorciéndose en el suelo, con una pata atrapada entre las mandíbulas de acero. El zorro miró aterrado a la niña que se aproximaba y después dejó de prestarle atención, para seguir con lo que estaba haciendo: intentar arrancarse la pata a mordiscos, para liberarse de la trampa.

Ada se detuvo y se sentó en el suelo, a unos metros de distancia. Se abrazó las rodillas y se quedó mirando al zorro desesperado.

-¿Por qué mataste a tantos? -preguntó; el zorro se quedó mirándola, antes de insistir en su intento de huida-. No podías comértelos a todos. Bastaba con matar a uno y llevártelo. ¿Por qué mataste a tantos?

El zorro, furioso, dejó de morderse la pata y trató de saltar hacia Ada. Pero un golpe seco lo detuvo. Lope limpió la sangre de su bastón, se subió a Ada a los hombros y volvió a la casa de su hermano, llevando en la mano derecha al zorro, que colgaba del cepo.

Ada sonreía durante el paseo de vuelta. Podía ver muchas cosas que normalmente no veía, desde los hombros de su tío.

“Casita de dulces”, de Guillermo Lorca (2011)

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS ESPINAS?

“Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue posible revelar otro secreto de la vida del principito. Me preguntó, como fruto de un problema larga y silenciosamente meditado:

–Si un cordero come arbustos, se comerá también las flores, ¿no?

–Un cordero se come todo lo que encuentra.

–¿Aún las flores que tienen espinas?

–Sí; también las que tienen espinas.

–Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?

Confieso que yo no lo sabía. Estaba muy ocupado tratando de arreglar el motor ya que el desperfecto parecía muy grave. Además, el agua se agotaba y todo esto me hacía temer lo peor.

–¿Para qué sirven las espinas?

El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta alguna de sus preguntas. Irritado por la gravedad del arreglo de mi avión, le respondí lo primero que se me ocurrió para salir del paso:

–Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.

–¡Oh!

Y después de un silencio, me dijo resentido:

–¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden y las espinas son su defensa.

No le respondí nada; en ese instante me decía: “Si esto continúa resistiendo, no sé qué más hacer”. El principito interrumpió de nuevo mis reflexiones:

–¿Tú… tú crees que las flores…?

–¡No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles y pueda yo ocuparme de cosas serias.

Se quedó absorto.

–¡De cosas serias!

Me miraba con el martillo en la mano, los dedos negros por la grasa y con medio cuerpo dentro de algo que le parecía muy feo.

–¡Hablas como las personas mayores!

Me avergonzó mucho e implacable, añadió:

–¡Todo lo confundes…! ¡Todo lo mezclas…!

Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.

–Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha aspirado una flor, nunca ha observado una estrella, nunca ha querido a nadie. Nunca ha hecho otra cosa que sumar y restar. Y todo el día repite como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!”… Y esto lo llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!

–¿Un qué?

–Un hongo.

El principito estaba pálido por el disgusto.

–Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos se comen las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores hacen tanto esfuerzo en fabricar sus espinas si éstas no van a servirles para defenderse? ¿Es que no es importante la guerra entre los corderos y las flores? ¿No es esto mucho más serio y mucho más importante que las sumas de un señor gordo y colorado?… Y… si yo conozco una flor única que sólo existe en mi planeta y sé que un corderillo puede destruirla sin ni siquiera darse cuenta, ¿es que esto no es importante?

Enrojeció aún más y prosiguió:

–Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar entre millones y millones de estrellas, es suficiente mirar al cielo para ser feliz pues puede decir satisfecho: “Mi flor está allí, en alguna parte…” ¡Pero si el cordero se la come, será tan doloroso como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¿Y… esto tampoco es importante?

No pudo decir más. Estalló en sollozos.

La noche había caído. Yo había dejado el martillo; ya no importaban la avería, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Le pedí perdón, lo arrullé entre mis brazos diciéndole: “la flor que tú amas no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para tu flor… te…” Yo ya no sabía qué decirle, cómo consolarle y qué hacer para recuperar su confianza; me sentía muy torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry; capítulo VII.

ALLONS VOIR UN COUCHER DE SOLEIL…

Andaba yo ensimismado en la lectura de una revista de la Legión Extranjera, cuando Thibaut, el joven de 21 años de Toulouse, me sacó repentinamente de mi recogimiento:

-Espagne! -voceó a mi izquierda.

-What?… -contesté yo, sobresaltado.

-The sunset -respondió Denman a mi derecha.

El neoyorquino de padres brasileños tenía la mirada fija en el horizonte. Iba a ser nuestra última noche en Malmousque. Ambos conocían ya mi amor por las puestas de sol. Las hermosas puestas de sol de Marsella, de las que gozábamos cada día durante la cena.

Nos quedamos los tres hipnotizados por la belleza del círculo rojo que se ocultaba sosegadamente tras el Frioul.

Ese rojo que ellos portan ahora en la manga y para el que yo no he sido encontrado apto.

Por todos ellos, para los que siguen soñando con un Noël à Castel, o los que, como yo, han tenido que partir civil, fueron dirigidas mis oraciones la mañana de ayer en la basílica de Notre Dame de la Garde.

Que Deus lles teña no seu colo, camarades.

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CONTRA EL POSITIVISMO (II)

Cuando las soluciones técnicas sean perfectas el hombre morirá de tedio.

Reemplacemos tantas definiciones de ‘dignidad del hombre’, que sólo son jaculatorias extáticas, con una simple y sencilla: hacer todo lentamente.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 263.

 

“-Buenos días -dijo el principito.

-Buenos días -dijo el mercader.

Era un mercader de píldoras perfeccionadas que aplacan la sed. Se toma una por semana y no se siente más la necesidad de beber.

-¿Por qué vendes eso? -dijo el principito.

-Es una gran economía de tiempo -dijo el mercader-. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.

-Y, ¿qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?

-Se hace lo que se quiere…

Yo, se dijo el principito, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría muy lentamente hacia una fuente…

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry; capítulo XXIII.

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DER KLEINE PRINZ

“Lectura de la bella carta de Antoine de Saint-Exupéry al general X, encontrada entre los papeles que ha dejado. En ella, estas dos frases:

Sufro de un tiempo que me resulta ajeno. Pero no me arrogo el derecho a quedar exceptuado de ese sufrimiento.”

Escrito por Ernst Jünger en Kirchhorst, el 28 de julio de 1948; en Radiaciones II, Tusquets, 2005; pg. 602.

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester