El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ROBERTO BOLAÑO

FANATISMO

Llueve en este primer viernes de Cuaresma. Me llueve cuando salgo del metro, en dirección a la biblioteca de Iglesia -donde la sinagoga, siempre vigilada por una pareja de policías nacionales-.

Vengo en busca de Nocturno de Chile.

Bolaño es uno de mis dioses lares; y la poesía de Langlois me está impresionando sobremanera. Quiero verlos discutir a ambos. Quiero ver cómo se desgarran el uno al otro, quiero saberlos de verdad. Quiero salvarlos a los dos.

Pero el libro no aparece. No está donde debería estar. Pido ayuda a un bibliotecario. Resulta que es el bibliotecario adecuado, porque se encarga de mantener ordenadas las estanterías en las que reposan los libros de Bolaño. Pero tampoco él lo encuentra.

Me resigno y empiezo a barajar otras opciones. El bibliotecario regresa, con Nocturno de Chile en la mano: estaba en una de la estanterías de recomendaciones. La casualidad, en la que no creo, me hace sonreír.

Me atiende un bibliotecario distinto cuando formalizo el préstamo. Se mueve con el ralentí de una escena de acción dirigida por Zack Snyder. Habla desde una lejanía farmacológica.

Bajo la escalera, metiendo a Bolaño en la mochila. Me cruzo con una señora gorda, que afronta cada escalón con la pausa de una adicción ansiolítica.

Salgo de nuevo a la lluvia. Un hombre alto y gordo observa en un pasmo, con la boca a medio abrir, el muro de la sinagoga, ahogadas sus lamentaciones en un océano de estupefacientes con receta médica.

Busco una cafetería en la que iniciar la lectura, mientras pienso si mi fanatismo religioso es lo que me rescata de las salvaciones químicas; si estar convencido de que transito por un valle de lágrimas -y que debo transitarlo- es lo que me mantiene alejado de tantos paraísos artificiales.

Y me pregunto también durante cuánto tiempo recibiré la gracia de ser un fanático religioso.

Quítese la peluca…

roberto-bolano

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GRANDES HUMORISTAS

“La idea, por supuesto, era de Duchamp.

De su estancia en Buenos Aires sólo existe o sólo se conserva un ready-made. Aunque su vida entera fue un ready-made, que es una forma de apaciguar el destino y al mismo tiempo enviar señales de alarma. Calvin Tomkins escribe al respecto: Con motivo de la boda de su hermana Suzanne con su íntimo amigo Jean Crotti, que se casaron en París el 14 de abril de 1919, Duchamp mandó por correo un regalo a la pareja. Se trataba de unas instrucciones para colgar un tratado de geometría de la ventana de su apartamento y fijarlo con cordel, para que el viento pudiera “hojear el libro, escoger los problemas, pasar las páginas y arrancarlas”. Como se puede ver, Duchamp no sólo jugó al ajedrez en Buenos Aires. Sigue Tomkins: Puede que la falta de alegría de este Ready-made malheureux, como lo llamó Duchamp, resultara un regalo chocante para unos recién casados, pero Suzanne y Jean siguieron las instrucciones de Duchamp con buen humor. De hecho, llegaron a fotografiar aquel libro abierto suspendido en el aire –imagen que constituye el único testimonio de la obra, que no logró sobrevivir a semejante exposición a los elementos- y más tarde Suzanne pintó un cuadro de él titulado Le ready-made malheureux de Marcel. Como explicaría Duchamp a Cabanne: “Me divertía introducir la idea de la felicidad y la infelicidad en los ready-mades, y luego estaba la lluvia, el viento, las páginas volando, era una idea divertida.” Me retracto, en realidad lo que Duchamp hizo en Buenos Aires fue jugar al ajedrez. Yvonne, que estaba con él, terminó harta de tanto juego-ciencia y se marchó a Francia. Sigue Tomkins: En los últimos años, Duchamp confesó a un entrevistador que había disfrutado desacreditando “la seriedad de un libro cargado de principios” como aquél y hasta insinuó a otro periodista que, al exponerlo a las inclemencias del tiempo, “el tratado había captado por fin cuatro cosas de la vida”.

2666, de Roberto Bolaño, Editorial Anagrama, 2004; p. 245.

malheur

LA OBRA MAYOR

“La mención de Trakl hizo pensar a Amalfitano, mientras dictaba una clase de forma totalmente automática, en una farmacia que quedaba cerca de su casa en Barcelona y a la que solía ir cuando necesitaba una medicina para Rosa. Uno de los empleados era un farmacéutico casi adolescente, extremadamente delgado y de grandes gafas, que por las noches, cuando la farmacia estaba de turno, siempre leía un libro. Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosisBartlebyUn corazón simpleUn cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.”

2666, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2004; pgs. 289-290.

"The Intruder", de Andrew Wyeth (1971)

“The Intruder”, de Andrew Wyeth (1971)

EL DETECTIVE SALVAJE

“En claro no saqué muchas cosas. El nombre del grupo de alguna manera es una broma y de alguna manera es algo completamente en serio. Creo que hace muchos años hubo un grupo vanguardista mexicano llamado los real visceralistas, pero no sé si fueron escritores o pintores o periodistas o revolucionarios. Estuvieron activos, tampoco lo tengo muy claro, en la década de los veinte o de los treinta. Por descontado, nunca había oído hablar de ese grupo, pero esto es achacable a mi ignorancia en asuntos literarios (todos los libros del mundo están esperando a que los lea). Según Arturo Belano, los real visceralistas se perdieron en el desierto de Sonora. Después mencionaron a una tal Cesárea Tinajero o Tinaja, no lo recuerdo, creo que por entonces yo discutía a gritos con un mesero por unas botellas de cerveza, y hablaron de las ‘Poesías’ del Conde de Lautréamont, algo en las ‘Poesías’ relacionado con la tal Tinajero, y después Lima hizo una aseveración misteriosa. Según él, los actuales real visceralistas caminaban hacia atrás. ¿Cómo hacia atrás?, pregunté.

-De espaldas, mirando un punto pero alejándonos de él, en línea recta hacia lo desconocido.

Dije que me parecía perfecto caminar de esa manera, aunque en realidad no entendí nada. Bien pensado, es la peor forma de caminar.”

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2003; pg. 17.

"Tenant Farmer", de Andrew Wyeth (1961)

“Tenant Farmer”, de Andrew Wyeth (1961)

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

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Al Servicio de su Majestad

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