El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ROBERTO BOLAÑO

OASIS DE HORROR

Frances daba el pecho a Juana, sentada en la cama de su habitación. Sus hermanos Joan y Jeanne contemplaban la escena; él de pie en medio de la estancia; ella sentada junto a Frances, con la barbilla apoyada en su hombro. Una luz lechosa se colaba por la ventana.

La mirada de Frances se detenía en cada detalle de aquella habitación, pues cada uno de ellos era fuente copiosa de recuerdos. Era extraño dar el pecho a su hija en aquel lugar; como si dos épocas de su vida, completamente alejadas la una de la otra por una eternidad de experiencias, se hubiesen mezclado de forma imperfecta y deslavazada en ese trozo de mundo. El único nexo de unión entre ambas era precisamente aquel espacio; y su cuerpo, a través de todas sus metamorfosis de niña a madre, habitándolo.

Saciada Juana, se quedó casi instantáneamente dormida. Frances dejó que Jeanne la llevase a su cuna. Joan decidió sentarse en una silla, haciendo crepitar el suelo de madera al moverse.

-¿Y bien? -preguntó Jeanne, aunque sin dejar de mirar a su sobrina-. ¿Qué conclusión sacas de tus viajes, hermana?

Frances dejó que su mirada huyese por la ventana, hasta el mar.

-Un saber amargo, me temo -dijo, con una sonrisa triste-. El mundo, monótono y pequeño, hoy, ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento…

-Eso me suena bolañesco… -comentó Joan, tratando de recordar.

-Te suena bolañesco porque eres alérgico a la poesía y para ti la literatura sólo se compone de novelas de miles de páginas -dijo Jeanne, fingiendo tono de reproche-. Es la cita inicial de 2666; pero es un verso de El viaje de Baudelaire.

-Cierto –concedió su hermano-. ¿Puedo preguntar cómo te has ganado la vida?

-Institutriz para hijas de esclavistas –respondió Frances, con una sonrisa agria, al tiempo que bajaba la mirada-. Se puede decir que nuestro amor a la literatura me salvó del hambre…

Sus hermanos esbozaron una leve sonrisa.

-¿Dónde? –preguntó Jeanne.

-Oh, en multitud de lugares, casi siempre por Levante… -respondió Frances, mientras volvía a dirigir su mirada hacia el mar-. Pero a Ramiro lo conocí en La Meca. Él trabajaba de guardaespaldas del mismo amo que me había contratado a mí.

-¡La Meca! –exclamaron sus dos hermanos al unísono.

Frances sonrió.

-¿Cómo es? –preguntó Joan, con vivo interés.

-Una ruina, como casi todo el resto del mundo –respondió Frances, bajando la mirada al suelo-. Dominado por esclavistas crueles e ignorantes. Y ahora con esa peste neo-arriana extendiéndose por todas partes… Cada vez había más violencia en las calles. Por eso decidimos marcharnos. No creo que la guerra tarde en llegar a Oriente.

-Quizá tampoco tarde en desatarse en Occidente, hermana –comentó Joan, serio.

Frances le miró con gesto de no entender.

-¿Te acuerdas de la revolución anti-esclavista que ocurrió en el norte de Francia, cuando nosotros éramos niños? –dijo Jeanne; Frances asintió con la cabeza-. Durante todos estos años la revolución se ha extendido a muchas otras ciudades; y hace no mucho se federaron, creando la Unión de Repúblicas del Loira. Desde hace cierto tiempo, existe una tensión creciente entre la Unión y la Casa de Penn Ar Bed.

-¡Pobre abuelo! –exclamó Frances-. ¿Y cómo está la situación ahora mismo?

-El abuelo decretó hace poco la prohibición a sus vasallos de abandonar la Casa; como casi todas las demás, está perdiendo población, porque los siervos prefieren vivir en repúblicas, o como ciudadanos libres en estados esclavistas. En el caso de Penn Ar Bed es aún peor, porque el régimen democrático de la Unión resulta muy atractivo. Y su territorio está completamente taponado por las fronteras con la Unión. La Unión o el mar…

Frances miró alternativamente a sus dos hermanos, con gesto interrogador.

-¿Y a vosotros os parece bien lo que ha hecho el abuelo Auguste? –les preguntó.

-Sí –respondió Joan.

-No –respondió Jeanne.

-Ya… –dijo Frances, quedándose pensativa-. Yo no sé qué pensar, la verdad. Desde luego, el abuelo ha de estar desesperado, si ha tomado una decisión así… ¿Qué tal se ha tomado madre todo esto?

Los rostros de sus hermanos fueron respuesta suficiente.

-Hay muchos nervios en la Casa de Rilo, últimamente –dijo Jeanne, cogiendo una mano de Frances entre las suyas-. Tenemos que hacer lo posible por mantenernos unidos. Vienen tiempos duros. Así que me alegro mucho de que hayas vuelto a casa, hermana.

Frances acarició a Jeanne, y miró a Joan, que le sonrió con ternura.

-¿Llegaste a ver el Cráter, Frances? –preguntó Joan, inclinándose hacia delante en la silla.

Frances bajó la cabeza y asintió.

-Me conocéis bien y sabéis que no soy la más pía de las mujeres, pero… -la mirada de Frances volvió a huir hacia el mar-. Es difícil explicar lo que siente uno al contemplar aquello. Es… bueno, pues eso: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento… -dijo, forzando una sonrisa triste-. Es la Nada. La Nada del hombre. La que sólo él puede crear…

Los tres hermanos se quedaron callados. Joan se quedó con la mirada perdida entre las maderas del suelo. Jeanne apretó la mano de su hermana y se la llevó a la boca para besarla.

-Haremos lo posible para protegernos de esa Nada, aquí, la familia, la Casa –dijo a Frances-. Juntos, con la ayuda de Dios.

Frances miró a su hermana con inmenso cariño y finalmente la acercó a sí para abrazarla. Joan se puso de pie, se acercó a ellas, y acarició el pelo de ambas.

A través de la ventana, un sol sin luz se ponía en el horizonte.

“Retrato de una muchacha”, de Arthur Hacker (1896)

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UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR HOMOSEXUAL

Como un cíclope de piel bermeja al que le estuviese ardiendo el único ojo, una columna de humo se elevaba desde la ventana superior de la Cantine Royale: Michel Hundt fumaba su pipa contemplando la calle, sin prestar la más mínima atención a lo que en la calle ocurría. Entre otras cosas, porque en la calle no pasaba nada.

Michel Hundt debería estar preparando su próxima clase de historia, y a eso precisamente había venido; pero la peculiar forma de concatenación de pensamientos propia del sopor y el tedio le habían llevado hasta un pasado remoto de su vida, sin ninguna razón aparente.

En determinado momento, devolvió la mirada al interior de la cafetería, vacía en su piso superior; y acabó fijándose, por pura inercia de la disposición de su estructura corporal, en las dos estanterías excavadas en la pared de enfrente. Se trataba de la típica biblioteca para intercambiar libros. Michel reconoció los ejemplares de siempre; apenas ocurría algún intercambio muy de vez en cuando.

Pero hace años, la biblioteca de intercambio era muy usada. Y Michel Hundt, de repente, regresó a aquellos años.

-La estantería superior es de Peter Ramos-Hollande -le decía alguien en su recuerdo-; bueno, evidentemente no es suya, pero sólo él la ordena, y todo el mundo sabe que sólo él la ordena: siempre verás un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo; lo sustituyan por el libro que lo sustituyan, Ramos-Hollande siempre vuelve a colocar un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo. Con respecto a los otros libros, casi siempre son los mismos; a veces, por su propio gusto, él mismo cambia alguno o incluye uno nuevo; y, en muy raras ocasiones, acepta hacer permanente algún intercambio propuesto por otro lector. Así que, en cierto modo, se puede decir que tienes delante de ti el canon de Peter Ramos-Hollande.

Y Michel se ve mirando los títulos a la derecha de El Amanecer (el Metamanecer, como bromearían después al recordar juntos estos mismos momentos): el libro primero de El Capital; los tres tomos de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault; Guerra y paz; la poesía completa de Rimbaud; la poesía completa de Catulo; la poesía completa de Arda Lobo; los siete tomos de En busca del tiempo perdido; los diez tomos de Los amores de un libertino filipino; Los placeres y los días; el Anti-Sade, de Federico Bertranou (esta presencia sorprendió sobremanera a Michel); y, por último, 2666.

Unos días más tarde, Michel decidió coger el ejemplar de Guerra y paz y sustituirlo por Vida y destino de Grossman. Una semana después, volvía a haber un ejemplar recién comprado de Guerra y paz; pero Vida y destino permanecía a su lado, para gran diversión de Michel.

En la siguiente ocasión, Michel decidió intercambiar la poesía completa de Rimbaud por la de Baudelaire, con un papel que marcaba la página en la que se encontraba Enivrez-vous.

Michel esperó muchos días el regreso de Rimbaud. Pero sólo lo hizo, un par de semanas después, para permanecer al lado de Baudelaire. La estantería superior de la biblioteca de intercambio empezaba a quedarse sin sitio.

En el tercer intercambio, Michel se atrevió a sustituir El Amanecer por Los demonios de Dostoyevski.

Al día siguiente comprobó, con cierta decepción -y un poco de susto-, que un nuevo ejemplar de El Amanecer había ocupado el puesto de Los demonios. Sin más.

Michel perdió entonces interés en el jueguito; y, por circunstancias de la vida, estuvo una buena temporada sin ir por la Cantine Royale.

Pero cuando volvió a aparecer por allí, unos meses más tarde, en compañía de un novio con el que salía por aquel entonces, justo antes de sentarse en la misma mesa en la que ahora recordaba todo aquello, se fijó en la estantería superior de la biblioteca de intercambio. Y vio que no estaba El Amanecer. Y vio que sí estaban Los demonios. Y El idiota. Y Crimen y castigo. Y Los hermanos Karamazov. Ya no cabía ningún libro más en la estantería superior de la biblioteca de intercambio de la Cantine Royale.

Michel sonrió. Y siguió sonriendo mientras su novio de por aquel entonces le hablaba de algo a lo que no prestó demasiada atención y que ahora era incapaz de recordar.

Al día siguiente, Michel cambió la poesía completa de Catulo por la Divina Comedia. Con un papel que marcaba la página en la que empezaba el Canto XVI del Infierno.

Catulo no regresó. No regresó nunca más. Un día, mientras pensaba en otro intercambio, Michel tomó el ejemplar de la Divina Comedia y lo hojeó; aunque era una edición distinta, también tenía marcada la página del Canto XVI del Infierno con un papel. Michel se dio cuenta de que aquel papel era, en realidad, una carta. Divertido y nervioso, Michel desdobló el papel y leyó:

Antes de nada, debes saber que has de ser paciente conmigo, pues soy ese tipo de persona que no compra cotidianamente alcohol; pero si le regalan una botella de licor, no deja de beberla hasta que se acaba, no mucho tiempo después; y una vez terminada la botella, no compro más. Sólo espero a que me regalen otra. Pero sin ningún tipo de impaciencia. No me quedo a la espera. Simplemente sigo con mi vida. Y si me regalan otra botella, pues la abro, y no dejo de beberla hasta que se acaba, poco tiempo después. Y así, igual, hasta que me muera.

Aplicado a las relaciones humanas, es la mejor manera de confesarte que soy un desastre. No quiero, no me gusta, pero soy un desastre.

Pero no es que sea un maricón lujurioso, ni mucho menos. Lo que ocurre es que quiero ser amado de una determinada manera; no me preocupa demasiado la furia de los sentidos, aunque, por supuesto, te ofreceré mi cuerpo para tu placer; te informo, además, de que prefiero penetrar a ser penetrado; pero rendiré mi virilidad cuando fuere menester a tu deseo, si mi culo, como el resto de mi persona, es amado por ti; y esto lo demostrarás no tanto en el placer, sino en la vejez, cuando quizá no sea capaz de limpiar mis propios excrementos y quizá tú sí seas capaz. Eso quiero que hagas, si tienes mejor salud que yo. Pues yo te prometo hacerlo si mi salud es mejor que la tuya, para aquel entonces. Que me limpies y cuides cuando yo no sea capaz de hacerlo, esperando sosegadamente la muerte, a tu lado, que me amas, porque me limpias y cuidas, aunque ya mi culo, pobrecillo, sólo sirva para ser limpiado.

Es la ausencia de este tipo de amor la que me hace inconstante, infiel y lujurioso. Un amor tan difícil de hallar para nosotros, los sodomitas, sabedores de la condición trágica, por estéril, de nuestros amores; pues mi naturaleza jamás podrá acompañar a mi espíritu a la hora de preñarte, salvo a modo de metáfora, así que nunca seremos causas segundas de una nueva vida, y eso es triste cuando se ama a otro ser humano, ¿verdad?, mas, ¿qué otra cosa puede esperar un hombre que ama a otro hombre? Y parece que esa esterilidad trágica se nos mete en el alma como un castigo de los cielos y en nuestro resentimiento contra el cosmos escupimos aún más si cabe en todo lo que es eterno y dura y es para siempre.

Pero es ese amor, precisamente, el que yo te exijo, que es eterno y dura y es para siempre. Sólo así gozarás del culo de Peter Ramos-Hollande, maldito maricón desconocido.

Michel estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas al terminar de leer, pero algo le detuvo. No tenía nada claro si estaba ante una broma o ante una proposición de matrimonio.

Cogió el ejemplar de la Divina Comedia. En el hueco no puso ningún otro libro, sino un trozo de papel que sólo tenía escrito: ¿Qué amor es este del que me hablas?

Una semana más tarde, Michel encontró que el hueco había sido rellenado con una Biblia. Desconcertado, se aproximó, tomó el libro, y lo abrió por el lugar en que sobresalía un papel rasgado. Las páginas estaban brutalmente subrayadas y comentadas en los márgenes con una letra diminuta escrita a lápiz. Era el capítulo 13 de la primera epístola de San Pablo a los corintios.

Michel dejó la Biblia de nuevo en el hueco, sobre un papel en el que escribió un lugar, un día, una hora. Hecho esto, se dispuso a hacer guardia en el piso superior de la Cantine Royale, para que nadie, salvo el mismo Peter Ramos-Hollande, se acercase a esa Biblia.

No tuvo que esperar mucho. Un par de horas más tarde, con la cafetería a rebosar de gente, el escritor apareció con gesto impaciente y se abalanzó sobre la estantería superior de la biblioteca de intercambio; la que sólo él controlaba. Cogió ansioso el papel. Miró a su alrededor, momento en el que Michel se escondió tras el libro que estaba leyendo, y volvió a marcharse con la misma velocidad con la que había llegado.

Un mes después, Ramos-Hollande se trasladó a vivir a la casa de Michel.

De eso hacía ya casi quince años.

Michel Hundt sonrió, le dio una chupada a su pipa, y se puso a preparar su clase de historia.

LA LITERATURA ES UN OFICIO PELIGROSO

…como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida.

“Y Cervantes, que fue soldado, hace ganar a la milicia, hace ganar al soldado ante el honroso oficio de poeta, y si leemos bien esas páginas (algo que ahora, cuando escribo este discurso, yo no hago, aunque desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote) percibiremos en ellas un fuerte aroma de melancolía, porque Cervantes hace ganar a su propia juventud, al fantasma de su juventud perdida, ante la realidad de su ejercicio de la prosa y de la poesía, hasta entonces tan adverso. Y esto me viene a la cabeza porque en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados, luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia, murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados. Y es ése el resorte que mueve a Cervantes a elegir la milicia en descrédito de la poesía. Sus compañeros también estaban muertos. O viejos y abandonados, en la miseria y en la dejadez. Escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían. Y eso hace Cervantes, escoge la juventud. Y hasta en esta debilidad melancólica, en este hueco del alma, Cervantes es el más lúcido, pues él sabe que los escritores no necesitan que nadie les ensalce el oficio. Nos lo ensalzamos nosotros mismos. A menudo nuestra forma de ensalzarlo es maldecir la mala hora en que decidimos ser escritores, pero por regla general más bien aplaudimos y bailamos cuando estamos solos, pues éste es un oficio solitario, y recitamos para nosotros mismos nuestras páginas y ésa es la forma de ensalzarnos y no necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer y mucho menos que tras una encuesta nuestro oficio sea elegido el oficio más honroso de todos los oficios. Cervantes, que no era disléxico pero al que el ejercicio de la milicia dejó manco, sabía perfectamente bien lo que se decía. La literatura es un oficio peligroso.”

Del discurso leído por Roberto Bolaño al recoger el premio Rómulo Gallegos 1999 por Los detectives salvajes; en Entre paréntesis; Anagrama, 2005; pgs. 37-38.

LA INDUSTRIA EDITORIAL

Roberto Bolaño le habló en cierta ocasión a Enrique Vila-Matas sobre algo que le había ocurrido siendo jurado de un premio literario: que los manuscritos de aquellos escritores que sí tenían una buena técnica literaria apenas tenían nada interesante que contar; mientras que algunos manuscritos de escritores no profesionales, incapaces técnicamente de resolver de forma adecuada el tema que tenían entre manos, sin embargo, sí poseían historias interesantes que merecía la pena leer.

Algo parecido llegué a vivir yo durante el tiempo que trabajé como lector literario. Me ocurrió en especial con una novela que hablaba de las vidas de un director y actor españoles de la época de la Transición; una obra que necesitaba una cantidad ingente de horas de corrección, pero que albergaba auténtica literatura en sus páginas, porque era una honesta e intensa búsqueda de la verdad. A pesar de sus carencias técnicas, la recomendé vivamente. Por supuesto, nadie me hizo caso.

Trabajar como lector me proporcionó un atisbo de lo que contiene la industria literaria. Lo que vi no me gustó. En lo que ese mundo transforma a sus habitantes, directamente me repugnó.

La verdad literaria no depende de las circunstancias existenciales del autor. La verdad de un texto literario puede obviar la completa biografía de su escritor. El texto posee vida en sí mismo y su calidad sólo ha de ser medida en relación con su contenido, con la forma de expresarlo y con la potencia de verdad que el conjunto encierre.

Que el escritor sea pobre o rico, alto o bajo, guapo o feo, mujer u hombre, español o marciano, sólo es interesante para las facultades de filología y para los profesionales de la crítica. Carece de interés también, por lo tanto, que el escritor se gane la vida vendiendo los libros que escribe o se gane la vida vendiendo casas o alpargatas.

Dirán algunos que el escritor profesional tendrá más posibilidades de dedicar todo su tiempo a la escritura o de que sus libros lleguen a más lectores. Las giras publicitarias de las editoriales niegan lo primero, internet niega lo segundo. De hecho, en un blog con la cantidad adecuada de lectores, seguidores y visitas, incluso internet puede negar también lo primero.

En la actualidad, no hay nada que impida a un escritor cualquiera ser muy leído y valorado, sin ninguna necesidad de formar parte de la industria literaria. Un simple blog gratuito puede permitir a un basurero de Michigan ser leído y admirado en todo el mundo.

Por otro lado, ¿es deseable ser un escritor profesional y vivir sólo de lo que uno escribe? Me atrevo a decir que no. Me atrevo a decir que es obligación moral del escritor tratar de mantener apartados, en la medida de lo posible, su economía de su escritura.

Porque a la literatura no le interesa el medio de vida del escritor, pero al escritor sí le puede acabar interesando que su literatura sea su medio de vida. Lo cual puede llevar al escritor a pensar más en los gustos del comprador, que en los gustos de la verdad. Y ese es el camino definitivo para el asesinato de lo que la literatura es y exige.

Pues, como decía don Nicolás, no hay que creer en la vocación sino del que, como Sócrates, no cobra.

Dicho esto, por la oportunidad de proporcionarle a mi familia lo que creo es menester, quizá ni el más luminoso resquicio de mi alma dejaría sin precio.

BOLAÑO REACCIONARIO

“…¿hasta qué punto el placer -que en mi juventud era la llave de la revolución, o era la compañía ideal del acto revolucionario-, hasta qué punto el placer no nos lleva, a la larga, irremisiblemente, hacia el crimen?…”

De un audio grabado en 2003 en el Instituto Cervantes de Londres, durante la presentación de Nocturno de Chile.

ARQUILOQUEA

“-Sigue -dijo Belano-, alguna sabremos.

-¿Qué es una catacresis? -dije.

-Ésa me la sabía, pero se me ha olvidado -dijo Lima.

-Es una metáfora que ha entrado en el uso normal y cotidiano del lenguaje y que ya no se percibe como tal. Ejemplos: ojo de aguja, cuello de botella. ¿Y una arquiloquea?

-Ésa sí que me la sé -dijo Belano-. Es la forma métrica que usaba Arquíloco, seguro.

-Gran poeta -dijo Lima.

-Pero en qué consiste -dije yo.

-No lo sé, te puedo recitar de memoria un poema de Arquíloco, pero no sé en qué consiste una arquiloquea -dijo Belano.

Así que les dije que una arquiloquea era una estrofa de dos versos (dístico), y que podía presentar varias estructuras. La primera estaba formada por un hexámetro dactílico seguido de un trímetro dactílico cataléctico in syllabam. La segunda… pero entonces comencé a quedarme dormido y me escuché hablar o escuché mi voz que resonaba en el interior del Impala diciendo cosas como dímetro yámbico o tetrámetro dactílico o dímetro trocaico cataléctico. Y entonces escuché que Belano recitaba:

Corazón, corazón, si te turban pesares
invencibles, ¡arriba!, resístele al contrario
ofreciéndole el pecho de frente, y al ardid
del enemigo oponte con firmeza. Y si sales
vencedor, disimula, corazón, no te ufanes,
ni, de salir vencido, te envilezcas llorando en casa.

Y entonces yo abrí los ojos con gran esfuerzo y Lima preguntó si aquellos versos eran de Arquíloco. Belano dijo simón y Lima dijo qué gran poeta o qué poeta más chingón. Después Belano se dio vuelta y le explicó a Lupe (como si a ella le importara) quién había sido Arquíloco de Paros, poeta y mercenario, que vivió en Grecia alrededor del 650 antes de Cristo, y Lupe no dijo nada, lo que me pareció un comentario muy apropiado. Después me quedé medio dormido, la cabeza apoyada en la ventana, y escuché que Belano y Lima hablaban de un poeta que escapaba del campo de batalla, sin importarle la vergüenza y el deshonor que tal acto acarreaba, al contrario, vanagloriándose de él. Y entonces yo empecé a soñar con un tipo que atravesaba un campo de huesos y el tipo en cuestión no tenía rostro o al menos yo no podía verle el rostro porque lo observaba desde lejos. Yo estaba bajo una colina y apenas había aire en ese valle. El tipo iba desnudo y tenía el pelo largo y al principio pensé que se trataba de Arquíloco pero en realidad podía ser cualquiera. Cuando abrí los ojos aún era noche cerrada y ya habíamos salido del DF.”

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2003; pgs. 560-561.

'Notturno', de Roberto Ferri (2011)

‘Notturno’, de Roberto Ferri (2011)

LA COSA MÁS LAMENTABLE QUE HAY ES UNA MASA DE GENTE

Mientras más importante sea una cosa, el número de sus defensores importa menos.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 224.

“La escena es, en medio del caos de un linchamiento, escueta. La turba llega a la casa de Sherburn. Hay un pequeño jardín. La turba se instala, gritando (no se podían ni oír los propios pensamientos con el ruido que hacía aquella gente) detrás de la cerca. Alguien grita derribad la cerca. Hubo un estruendo de gente que aplastaba y arrancaba y destrozaba la madera, y la cerca cayó y las primeras filas de la muchedumbre empezaron a avanzar como una ola. Sólo entonces aparece Sherburn. Está sobre el tejado del porche y lleva un fusil de dos cañones y está inmóvil y perfectamente tranquilo, mirando a los que destrozan su cerca, que al verlo allí en lo alto se quedan, a su vez, quietos. Durante un rato no pasa nada. La inmovilidad es perfecta. La turbamulta abajo y el coronel Sherburn arriba, mirando. Al cabo Sherburn suelta una risa y dice:

¡La mera idea de que vosotros vais a linchar a alguien es divertida! ¡La idea de que pensáis que tenéis coraje suficiente para linchar a un hombre! Como sois lo bastante valientes, claro, para embrear y emplumar a pobres mujeres desamparadas y sin amigos que pasan por aquí, ¿eso os hace pensar que tenéis agallas para poner las manos en un hombre? Pues yo os digo que un hombre está muy a salvo en manos de diez mil tipos de vuestra especie…, mientras sea la luz del día y no le sorprendáis por la espalda.

¿Os conozco bien a vosotros? Os conozco hasta la médula. Yo nací y me crié aquí en el Sur, y he vivido también en el Norte; así que conozco cómo sois los tipos corrientes en todas partes. El hombre corriente es un cobarde. En el Norte se deja pisotear por cualquiera, sabéis, y se va a casa a rezar pidiendo un espíritu humilde para aguantarlo. En el Sur un hombre solo ha asaltado a plena luz del día una diligencia llena de hombres y les ha robado a todos. Vuestros periódicos os llaman tanto gente valiente a veces, que pensáis que sois más valientes que cualquiera, pero lo cierto es que sois sólo igual de valientes que los otros, y ni una gota más. ¿Por qué creéis que vuestros jurados no ahorcan a los asesinos? Porque temen que los amigos del muerto les peguen un tiro por la espalda, en la oscuridad…, y eso es precisamente lo que harían, naturalmente.

Por eso los absuelven siempre; y luego un hombre se hace acompañar de un centenar de cobardes enmascarados, y linchan al tipo. Vuestro error es que no habéis traído con vosotros a un hombre; ésa es una equivocación, y otra es que no habéis venido en la oscuridad con las máscaras puestas. Mejor dicho, habéis traído a una parte de un hombre, ese Buck Harkness, y si no le hubierais tenido para poneros en marcha, se os habría ido todo en fanfarronerías.

No habéis querido venir. Al hombre corriente no le gustan ni las dificultades ni el peligro. A vosotros no os gustan ni las dificultades ni el peligro. Pero si sólo medio hombre, como Buck Harkness, va y os grita: ¡Linchadlo, linchadlo!, tenéis miedo a echaros atrás, miedo a que se os descubra tal y como sois, cobardes, y por eso levantáis el grito y os agarráis a los faldones de ese medio hombre, y venís acá enloquecidos, jurando las cosas que vais a hacer. La cosa más lamentable que hay es una masa de gente; un ejército no es más que eso: una masa; y no luchan con el valor que es suyo de nacimiento, sino con el valor que les presta su masa y sus oficiales. Pero una masa sin un hombre a la cabeza está por debajo del calificativo de lamentable. Ahora, lo que debéis hacer es meter el rabo entre las piernas e iros a casa y esconderos en un agujero. Si va a haber un linchamiento verdadero, se hará de noche, al estilo del Sur; y los que se presenten al linchamiento llevarán sus máscaras puestas, y traerán a un hombre. Ahora, marchaos…, y llevaos a vuestro hombre. Y al decir esto apoyó el fusil en el brazo izquierdo y lo amartilló.

La muchedumbre fue echándose hacia atrás y al fin se desbandó, y todos se fueron corriendo por todas partes…

Sin duda Mark Twain no tenía en gran estima el valor de las personas. Conocía y podía distinguir a los cobardes allí donde los viera. No mejor opinión tenía de sus colegas escritores, en quienes apreciaba el aroma de la impostura. El coronel Sherburn, que es un hombre paciente, también es un asesino al que no le tiembla el pulso a la hora de matar a un borracho fanfarrón que incluso levanta las manos en el instante crucial de su muerte (Oh, Señor, no dispares), como si todo hubiera sido una broma, una representación teatral que ha ido demasiado lejos. Sherburn adolece de cierta inflexibilidad que hoy consideraríamos políticamente incorrecta. Pero es un hombre y se comporta como tal, mientras los demás se comportan como masa, los que pretenden lincharlo, o como actores, el infortunado Boggs, dispuesto a recitar su papel pero no a cumplir su palabra, el mismo Boggs que sin desmontar del caballo le ha preguntado a Huck: ¿De dónde eres tú, muchacho? ¿Estás listo para morir?

Twain siempre estuvo listo para morir. Sólo así se entiende su humor.”

Del artículo Nuestro guía en el desfiladero; recogido en Entre paréntesis, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2005; pgs. 277-280.

Hail Mary

ARCHIMBOLDI

Ser reaccionario es comprender que el hombre es un problema sin solución humana.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1172.

“-Créeme -dijo Pelletier con una voz muy suave, como la brisa que soplaba en ese instante y que impregnaba todo con un aroma de flores-, sé que Archimboldi está aquí.

-¿En dónde? -dijo Espinoza.

-En alguna parte, en Santa Teresa o en los alrededores.

-¿Y por qué no lo hemos hallado? -dijo Espinoza.

Uno de los tenistas se cayó al suelo y Pelletier sonrió:

-Eso no importa. Porque hemos sido torpes o porque Archimboldi tiene un gran talento para esconderse. Es lo de menos. Lo importante es otra cosa.

-¿Qué? -dijo Espinoza.

-Que está aquí -dijo Pelletier, y señaló la sauna, el hotel, la pista, las rejas metálicas, la hojarasca que se adivinaba más allá, en los terrenos del hotel no iluminados. A Espinoza se le erizaron los pelos del espinazo. La caja de cemento en donde estaba la sauna le pareció un búnker con un muerto en su interior.

-Te creo -dijo, y en verdad creía lo que decía su amigo.

-Archimboldi está aquí -dijo Pelletier-, y nosotros estamos aquí, y esto es lo más cerca que jamás estaremos de él.”

2666, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2004; pgs. 206-207.

'That Gentleman', de Andrew Wyeth (1960)

‘That Gentleman’, de Andrew Wyeth (1960)

FANATISMO

Llueve en este primer viernes de Cuaresma. Me llueve cuando salgo del metro, en dirección a la biblioteca de Iglesia -donde la sinagoga, siempre vigilada por una pareja de policías nacionales-.

Vengo en busca de Nocturno de Chile.

Bolaño es uno de mis dioses lares; y la poesía de Langlois me está impresionando sobremanera. Quiero verlos discutir a ambos. Quiero ver cómo se desgarran el uno al otro, quiero saberlos de verdad. Quiero salvarlos a los dos.

Pero el libro no aparece. No está donde debería estar. Pido ayuda a un bibliotecario. Resulta que es el bibliotecario adecuado, porque se encarga de mantener ordenadas las estanterías en las que reposan los libros de Bolaño. Pero tampoco él lo encuentra.

Me resigno y empiezo a barajar otras opciones. El bibliotecario regresa, con Nocturno de Chile en la mano: estaba en una de la estanterías de recomendaciones. La casualidad, en la que no creo, me hace sonreír.

Me atiende un bibliotecario distinto cuando formalizo el préstamo. Se mueve con el ralentí de una escena de acción dirigida por Zack Snyder. Habla desde una lejanía farmacológica.

Bajo la escalera, metiendo a Bolaño en la mochila. Me cruzo con una señora gorda, que afronta cada escalón con la pausa de una adicción ansiolítica.

Salgo de nuevo a la lluvia. Un hombre alto y gordo observa en un pasmo, con la boca a medio abrir, el muro de la sinagoga, ahogadas sus lamentaciones en un océano de estupefacientes con receta médica.

Busco una cafetería en la que iniciar la lectura, mientras pienso si mi fanatismo religioso es lo que me rescata de las salvaciones químicas; si estar convencido de que transito por un valle de lágrimas -y que debo transitarlo- es lo que me mantiene alejado de tantos paraísos artificiales.

Y me pregunto también durante cuánto tiempo recibiré la gracia de ser un fanático religioso.

Quítese la peluca…

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GRANDES HUMORISTAS

“La idea, por supuesto, era de Duchamp.

De su estancia en Buenos Aires sólo existe o sólo se conserva un ready-made. Aunque su vida entera fue un ready-made, que es una forma de apaciguar el destino y al mismo tiempo enviar señales de alarma. Calvin Tomkins escribe al respecto: Con motivo de la boda de su hermana Suzanne con su íntimo amigo Jean Crotti, que se casaron en París el 14 de abril de 1919, Duchamp mandó por correo un regalo a la pareja. Se trataba de unas instrucciones para colgar un tratado de geometría de la ventana de su apartamento y fijarlo con cordel, para que el viento pudiera “hojear el libro, escoger los problemas, pasar las páginas y arrancarlas”. Como se puede ver, Duchamp no sólo jugó al ajedrez en Buenos Aires. Sigue Tomkins: Puede que la falta de alegría de este Ready-made malheureux, como lo llamó Duchamp, resultara un regalo chocante para unos recién casados, pero Suzanne y Jean siguieron las instrucciones de Duchamp con buen humor. De hecho, llegaron a fotografiar aquel libro abierto suspendido en el aire –imagen que constituye el único testimonio de la obra, que no logró sobrevivir a semejante exposición a los elementos- y más tarde Suzanne pintó un cuadro de él titulado Le ready-made malheureux de Marcel. Como explicaría Duchamp a Cabanne: “Me divertía introducir la idea de la felicidad y la infelicidad en los ready-mades, y luego estaba la lluvia, el viento, las páginas volando, era una idea divertida.” Me retracto, en realidad lo que Duchamp hizo en Buenos Aires fue jugar al ajedrez. Yvonne, que estaba con él, terminó harta de tanto juego-ciencia y se marchó a Francia. Sigue Tomkins: En los últimos años, Duchamp confesó a un entrevistador que había disfrutado desacreditando “la seriedad de un libro cargado de principios” como aquél y hasta insinuó a otro periodista que, al exponerlo a las inclemencias del tiempo, “el tratado había captado por fin cuatro cosas de la vida”.

2666, de Roberto Bolaño, Editorial Anagrama, 2004; p. 245.

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