El sosiego acantilado

Categoría: RAYMOND CHANDLER

LA INTUICIÓN DE LA EXPERIENCIA

Noticia del Hollywood Citizen-News, 24 de febrero de 1955: ‘Raymond Chandler, conocido autor de novelas policiacas, fue dado de alta hoy de la guardia psiquiátrica del hospital condal de San Diego, donde fue internado tras un aparente intento de suicidio. La policía informó que Chandler había estado bebiendo sin cesar desde la muerte de su esposa en diciembre.’

Carta a Roger Machell
5 de marzo de 1955

Todo está bien en mí, o tan bien como podría desearse. Sinceramente, no podría decirle si realmente me proponía hacerlo o si mi inconsciente puso en escena un dramón barato. El primer disparo salió sin que me propusiera disparar. Nunca había usado la pistola, y el gatillo era tan liviano que apenas lo toqué para poner la mano en posición cuando se disparó, y la bala rebotó en las paredes de azulejos de la ducha y salió por el techo. Igualmente podría haber rebotado en dirección a mi estómago. La carga me pareció muy débil. Esto se confirmó cuando el segundo disparo (el que debía hacer el trabajo) no salió. Los cartuchos tenían cinco años y supongo que en este clima la carga se había descompuesto. En ese punto perdí el conocimiento… No sé si será o no un defecto emocional, pero no tengo absolutamente ningún sentimiento de culpa ni siento la menor vergüenza por encontrarme con gente en La Jolla que sabe qué sucedió. Lo emitieron por radio aquí. Recibí cartas de todas partes, algunas amables y simpáticas, otras severas, algunas tontas más allá de lo creíble. Recibí cartas de policías, activos y retirados, de dos funcionarios de Inteligencia, uno en Tokio y uno en March Field, Riverside, y una carta de un detective privado en actividad en San Francisco. Todas estas cartas decían dos cosas: 1) que deberían haberme escrito mucho tiempo antes porque yo no sabía cuánto habían significado mis libros para ellos, y 2) cómo es posible que un escritor que nunca fue policía haya llegado a conocerlos de modo tan preciso y retratarlos con tanta exactitud. Un hombre que había servido veintitrés años en la policía de Los Ángeles decía que podía nombrar a prácticamente cada policía que yo he descrito en mis libros. Parecía pensar que yo los había conocido realmente. Esta clase de cosas me hizo dudar un poco porque siempre había creído que si un policía o detective de la vida real leía una novela policiaca, no podía sino reírse con desdén. ¿Quién fue (Stevenson posiblemente) el que dijo que la experiencia es en gran medida cuestión de intuición?”

El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos, de Raymond Chandler; Emecé, 2004; pgs. 252-253.

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SÓLO NECESITO DESPEGAR

Dios poda a veces nuestras ramas como un jardinero impaciente.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 280.

“De vuelta en Yucca Avenue, metí el Oldsmobile en el garaje y husmeé en el buzón. Nada, como siempre. Subí el largo tramo de escalones de secuoya y abrí la puerta. Todo estaba igual. El cuarto estaba igual de mal ventilado, soso y desangelado que siempre. Abrí un par de ventanas y me preparé una copa en la cocina. Me senté en el sofá y miré a la pared. Fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, siempre regresaba a esto. Una pared vacía en un cuarto anodino en una casa anodina.

Dejé la copa encima de una mesa sin probarla. El alcohol no era la solución. Nada era la solución, más que un corazón profundo y endurecido que no pida nada a nadie.

Empezó a sonar el teléfono. Lo cogí y dije con voz hueca:

-Marlowe al habla.

-¿Es el señor Philip Marlowe?

-Sí.

-Le están intentando localizar desde París, señor Marlowe. Volveré a llamarlo dentro de un rato.

Colgué el teléfono lentamente y creo que la mano me tembló un poco. Por conducir muy deprisa, o por dormir poco.”

Playback, de Raymond Chandler; Alianza, 2002; pgs. 183-184.

HADAS DE CEMENTO

Para ser un idealista, uno debe tener una visión y un ideal; para ser un realista, sólo un ojo mecánico y laborioso. De todas las formas del arte, el realismo es la más fácil de practicar, porque de todas las formas mentales la mente chata es la más común. La persona menos imaginativa y menos educada del mundo puede describir chatamente una escena chata, como el peor constructor puede producir una casa fea. Para los que dicen que hay artistas, llamados realistas, que producen obra que no es fea ni chata ni dolorosa, cualquiera que haya recorrido una calle común de la ciudad al crepúsculo, en el momento en que se encienden los faroles, puede responder que esos artistas no son realistas, sino lo más valientes de los idealistas, porque exaltan lo sórdido a una visión mágica, y crean belleza pura del cemento y el polvo vil.”

Del artículo Realismo y cuento de hadas, publicado por Raymond Chandler en Academy, el 6 de enero de 1912 (tenía 23 años); en El simple arte de escribir; Emecé, 2004; pgs. 22-23.

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A GAME OF CHESS

And we shall play a game of chess,
Pressing lidless eyes and waiting for a knock upon the door.

The Waste Land, de T.S. Eliot; Cátedra, 2011; pg. 224.

 

Hubo una época de mi vida en que me entusiasmaba repitiendo grandes partidas de la historia del ajedrez, en el bello tablero de mi madre. Me resultaba absolutamente mágico poder ver, ante mis propios ojos, los movimientos realizados por grandes maestros que habían vivido hace décadas; o incluso siglos.

Es difícil explicar a alguien que no comparta la pasión por el ajedrez lo impresionante que puede llegar a resultar estudiar las partidas, por ejemplo, de Bobby Fischer. Contemplar cómo introducía la sorpresa y la belleza en la lógica de los 64 cuadros de la manera en la que él lo hacía, es un placer exquisito.

Hubo una época de mi vida en que escribí decenas de cartas. Muchos de ustedes conservan las pruebas de lo que estoy diciendo. Sigan haciéndolo: quizá les saquen de algún apuro económico cuando mi futura fama de escritor les alcance a modo de exorbitante oferta por su fajo de epístolas. En cualquier caso, más allá del dinero, sean misericordiosos y piensen en los futuros estudiosos de mi obra; que necesitarán indagar en todos mis oscuros secretos para saber qué quería decir exactamente en ese poema o en aquel relato. Piensen en todos esos filólogos: lo felices que serán al acceder a mis manuscritos conservados por ustedes, lo que se pelearán en sus congresos sobre el segundo párrafo de la carta del 4-XI-1998.

Pero una de las mejores no la conservarán. En aquella obra de arte, establecía un paralelismo entre las diversas épocas de la historia del ajedrez y la historia de la filosofía de los últimos doscientos años. El receptor de la carta reconoció que aquella carta era extraordinaria. Tiempo después se la pedí para releerla y, quizá, copiarla. Pero el receptor la había eliminado. El Receptor siempre eliminaba el correo que le llegaba. Prudencia de activista en la clandestinidad. Aunque yo, perplejo, me pregunté qué problema podría suponer tener una carta en la que se hablaba de la historia del ajedrez. Daba igual, ése no era el asunto. Había que borrar huellas. Y aquella carta era una huella. En el fondo, el Receptor me estaba protegiendo. Él era así, vivía en una permanente clandestinidad. Que sólo existía en su cabeza, por otro lado, pues éramos asquerosamente libres. Quizá ésa fuera la razón de aquellos actos paranoicos: un exceso de libertad. Hay gente que no soporta no tener enemigos, sobre todo a ciertas edades repletas de vida y energía. Con el tiempo, uno se da cuenta de que los enemigos, como las setas, surgen de modo natural. Sólo hace falta sentarse de determinada manera; no se preocupen, seguro que hay alguien a quien le molesta su forma de estar sentado.

El caso es que así se fue al carajo uno de los mejores textos que he escrito. Si quieren echarle la culpa a alguien del placer estético que se han perdido, ya saben a quién dirigir sus insultos: al Receptor.

 

Era de noche. Me fui a casa, me puse la ropa vieja de andar por casa, saqué el ajedrez, me preparé una copa y repasé otra partida de Capablanca. Tenía cincuenta y nueve movimientos. Ajedrez bello, frío, sin escrúpulos, casi siniestro de puro callado e implacable.

Cuando terminé, escuché un rato por la ventana abierta y olfateé la noche. Después me llevé mi vaso a la cocina, lo lavé, lo llené de agua helada y me quedé de pie ante el fregadero, dando sorbitos y mirando mi cara en el espejo.

-Tú y Capablanca -dije.

La ventana alta, de Raymond Chandler; Alianza, 2002; pg. 238.

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NOT HIS HANDS AT ALL

A veces basta muy poco para comprender la genialidad de un escritor. Leo el relato Sangre española de mi adorado Raymond Chandler. El 12º capítulo comienza así:

La luz volvió como una niebla roja ante sus ojos. Un dolor intenso y cortante le recorría un lado de la cabeza, toda la cara, sobre todo los dientes. Sintió la lengua caliente e hinchada cuando intentó moverla. Intentó mover las manos. Estaban muy lejos de él, no eran sus manos para nada.

Todo el texto; pero, en especial, esas dos últimas frases. Simplemente formidable.

Hay tantas formas de decir que el protagonista era incapaz de mover las manos… Pero Chandler siempre te sorprende con este tipo de giros, la pizca justa de gracia, ironía… y exactitud descriptiva psicológica. Leámoslas en el inglés original:

He tried to move his hands. They were far away from him, not his hands at all.

Talento puro.

Me parece la descripción perfecta de la sensación que tuve yo hace muchos años, tras recibir la carga de varios policías antidisturbios, en lo que acabaría siendo mi primera (y, por ahora, única) detención. Pasados los golpes y porrazos, mi siguiente recuerdo es abrir los ojos, ya tirado en el suelo. Mis manos estaban ahí, muy lejos; no eran mis manos para nada. Se me había soltado la goma del pelo y había caído justo entre ellas. El tiempo parecía transcurrir muy lentamente y me embargaba una curiosa calma, a pesar de que los gritos y golpes continuaban a mi alrededor, en alguna extraña realidad paralela. Sin prisa, como dando pasitos con los dedos, una de mis manos consiguió agarrar la goma del pelo. Justo en ese momento, un policía me levantó para ponerme de rodillas. Y el tiempo volvió a correr a la velocidad normal.

Por esta experiencia propia puedo apreciar la maravilla descriptiva de Chandler. Y me pregunto qué experiencias le pudieron proporcionar la materia prima para que su portentoso talento literario diera a luz esa minúscula virguería.

Unos meses después de que Tolkien abandonase las trincheras francesas, llegaba al frente un contingente canadiense de los Gordon Highlanders. Entre ellos estaba Raymond Chandler.

Supongo que en aquellas trincheras no fue difícil conocer todo lo necesario sobre el dolor de los cuerpos rotos. Y pocos escritores hay, desde Homero, que sepan describir mejor las heridas y sus efectos. En los huesos y en el alma.

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EL DETECTIVE SALVAJE (III)

“El realista, cuando se dispone a escribir de crímenes, lo hace en un mundo en el que los gángsteres pueden gobernar naciones y casi gobiernan ciudades, donde hoteles, edificios de apartamentos y restaurantes famosos son propiedad de hombres que hicieron fortuna con burdeles, donde una estrella de cine puede ser un gancho de la mafia y ese tipo simpático que vive en tu mismo piso, el jefe de una lotería clandestina; un mundo en el que un juez con una bodega llena de licor de contrabando puede mandar a un hombre a la cárcel por llevar una petaca de licor en el bolsillo, donde el alcalde de tu pueblo puede dar el visto bueno a un asesinato si con ello gana dinero, donde nadie puede caminar seguro por una calle oscura porque la ley y el orden son cosas de las que hablamos pero nos abstenemos de practicar; un mundo en el que puedes presenciar un atraco a plena luz del día y ver quién lo hizo, pero es mejor desaparecer rápidamente entre la multitud sin decírselo a nadie porque los atracadores pueden tener amigos con pistolones, o porque a la policía puede no gustarle tu testimonio, y en cualquier caso el picapleitos de la defensa podrá insultarte y difamarte en un juicio público, ante un jurado de cretinos selectos, y tan solo tendrás a un juez corrupto que interferirá de la manera más superficial.

No es un mundo que huela muy bien, pero es el mundo en el que vives, y algunos escritores con mente dura y una fría actitud de distanciamiento pueden sacar de él tramas muy interesantes y hasta divertidas. Aunque no es gracioso que maten a un hombre, sí lo es que lo maten por tan poca cosa, y que su muerte sea el precio de lo que llamamos civilización. Pero todo esto sigue sin ser suficiente.

En todo lo que se puede llamar arte hay un elemento de redención. Puede ser pura tragedia si se trata de una tragedia clásica, o puede ser compasión e ironía, o hasta la risa ronca de un hombre fuerte. Pero por estas malas calles tiene que andar un hombre que no sea malo, que no esté corrompido ni tenga miedo. El detective en este tipo de historias debe ser un hombre así. Es el héroe; lo es todo. Tiene que ser un hombre de una pieza y un hombre normal, aunque no un hombre corriente. Tiene que ser, por usar una frase bastante gastada, un hombre de honor: por instinto, porque no puede evitarlo, sin pensar en ello, y desde luego sin decirlo. Tiene que ser el mejor hombre de este mundo y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. No me importa mucho su vida privada; no es ni un eunuco ni un sátiro; creo que podría seducir a una duquesa y estoy completamente seguro de que no mancillaría a una virgen; si es un hombre de honor en una cosa, lo será en todas.

Es un hombre relativamente pobre, porque si no, no sería detective. Es un hombre normal, porque si no, no podría mezclarse con la gente normal. Sabe juzgar el carácter, porque si no, no serviría para su oficio. No acepta dinero de nadie si no se lo gana honradamente, y no acepta insolencias de nadie sin la debida y desapasionada represalia. Es un hombre solitario, y está orgulloso de que le trates como a un hombre orgulloso o lamentarás mucho haberle conocido. Habla como hablan los hombres de su época, es decir, con ingenio rudo, con un sentido muy vivo de lo grotesco, con asco ante los farsantes y desprecio hacia los mezquinos.

El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad escondida, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre preparado para la aventura. Tiene una amplitud de conocimientos que te asombra, pero que son suyos porque pertenece al mundo en el que vive. Si hubiera muchos como él, viviríamos en un sitio mucho más seguro, pero sin llegar a ser tan aburrido que no valiera la pena vivir en él.”

“El simple arte de matar”, de Raymond Chandler; Debolsillo, 2014; pgs. 25-27.

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