El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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SEMÁNTICA DEL ACANTILADO

“La idea del paraíso comprende algo más que el ‘lugar previo de estabilidad’. Es, de hecho, todos los lugares previos de estabilidad, concatenados en una representación simple. Todo lugar previo de estabilidad se convierte, así, en orden como tal, perfectamente equilibrado con potencial: se vuelve existencia sin sufrimiento, en Edén o Paraíso, en el ‘jardín tapiado de las delicias’ (en hebreo, edén significa ‘delicia’, ‘lugar de delicias’… Nuestra propia palabra, paraíso, que deriva del persa pairi (alrededor) y daeza (muro, tapia), significa exactamente un recinto cerrado. Así pues, al parecer, el Edén es el jardín tapiado de la delicia). El paraíso es el lugar en el que la perfecta armonía del orden y el caos elimina el sufrimiento al tiempo que satisface las necesidades y placeres de la vida sin trabajo ni esfuerzo. El caos y el orden están integrados perfectamente en el estado paradisíaco.

Por tanto, el paraíso también participa del estado del ‘cosmos’ antes de su división en los elementos, siempre en guerra, constitutivos de la experiencia. Esa condición o estado urobórico, conceptualizado como una manera de ser que está libre o más allá de la oposición, también es necesariamente ese lugar o estado del ser en el que el sufrimiento -como consecuencia de limitación o de oposición- no existe. Esa forma de representación simbólica parece algo paradójica, pues es el ‘dragón del caos’ el que genera la ansiedad temible cuando se manifiesta inesperademente. Sin embargo, el contexto determina la prominencia -determina el significado- en la mitología también, como en cualquier parte. Las condiciones de la experiencia, es decir, el equilibrio obtenido por las fuerzas del orden, el caos y la consciencia, parecen no con poca frecuencia como intolerables en y por sí mismas (en un estado de ansiedad y dolor caracterizado por una tristeza o una depresión severas, por ejemplo). Desde esa perspectiva, el estado del no-ser (equivalente a la identificación con el caos precosmogónico) es la ausencia de toda posibilidad de sufrimiento. En el estado de ideación que caracteriza el suicidio, por ejemplo, la Gran Madre llama. Un alumno mío, que había pasado por una crisis de identidad bastante severa, me contó la historia siguiente:

Me fui de viaje hasta el mar. Detrás de la playa había unos acantilados. Estaba de pie sobre uno de ellos, mirando las aguas. Mi estado mental era depresivo. Fijé la vista en el horizonte. Vi la figura de una mujer hermosa en las nubes. Gesticulaba para que me acercara. Estuve a punto de caer por el precipicio. De pronto salí de mi ensoñación.

Mi mujer me relató algo parecido. Cuando estaba en su última adolescencia y se sentía algo inestable, se fue a acampar en el margen de un río profundo, cerca de su ciudad. Pasó la noche en un repecho que daba a la pronunciada pendiente. A la mañana siguiente, la niebla se elevó desde el río y fue cubriendo todo el valle. Ella se acercó hasta el borde del repecho.

Veía las nubes más abajo. Parecían una almohada grande y mullida. Me imaginé zambulléndome en ellas, donde estaría abrigada y cómoda. Pero una parte de mí sabía que no.

El estado de no-existencia -el estado anterior a la apertura de la caja de Pandora- puede parecer, en muchas condiciones, un estado digno de ser (re)alcanzado.”

Mapas de sentidos. La arquitectura de la creencia, de Jordan B. Peterson; Ariel, 2020; pgs. 465-466.

PROCESOS DE FORMACIÓN DE LA CASTA

Si no recuerdo mal, la última vez que nos encontramos fue en el metro.

Ya hacía un tiempo que yo había abandonado la vida política. Fue muy amable, a pesar de la triste amargura con la que hablaba.

Huido de la dictadura argentina, encontró refugio en la Galicia de la que habían emigrado sus antepasados. Su experiencia le permitió hacerse un hueco dentro del emergente sindicalismo nacionalista, aunque siempre estuvo más interesado en la literatura que en la política. Cumplió su papel con la eficacia justa para conseguir un puesto en Madrid, ciudad que prefería mil veces a cualquier rincón de la patria que supuestamente defendía; sobre todo por su condición homosexual, mucho más fácil de llevar en la capital del estado opresor.

Tenía fama de estar un poco trastornado, pero nunca consiguió caerme mal. En realidad, era un personaje profundamente trágico. Fue él quien me llevó por primera vez al Café del Real, cosa que nunca le podré agradecer lo suficiente.

Aquel día, en el metro, se permitió una sinceridad extrema. Se alegraba de que me hubiese ido, antes de que la necesidad me atrapase en una vida en la que no creía.

Evidentemente, hablaba de su propia vida.

Su gallego siempre fue patético; básicamente porque, en el fondo, le parecía una lengua propia de paletos. Pero nunca se atrevería a decir tal cosa en voz alta, porque su sueldo, su vida madrileña, su militancia lejana, dependían de interpretar un papel que, en el fondo, despreciaba.

No sé si siempre fue así. Sé que vi a otros atrapados en la misma situación vital. Y a compañeros de edad y de partido que empezaban a construise una cárcel semejante.

Los que menos horas dedicaban al estudio y más a los actos de propaganda del partido eran los que iban obteniendo puestos que les permitían acceder a una casa, a formar una familia, a pagarse unas buenas vacaciones.

Décadas más tarde, cuando ya nada quedaba de los ideales de juventud, la única lealtad que sobrevivía era aquella que les ataba a los privilegios ofrecidos por el partido. Lo único importante era que el movimiento lograse la mayor base social posible, a través de votos, de liberados sindicales, de subvenciones culturales, de editoriales afines, de universidades donde se colocaba a los intelectuales del aparato.

Era imposible renunciar a aquello en que ya no creías, porque tenías a tus hijos estudiando en universidades muy caras. Probablemente en el extranjero. O porque no tendrías otra forma de pagar la hipoteca de tu casa. O la residencia de tus padres.

Y esa ausencia de libertad producía la triste amargura con la que me hablaba aquel antiguo camarada, al encontrarnos por última vez en el metro de Madrid.

Por eso creo que es mejor que tus ideas no te den de comer. Porque entonces tus ideas no pueden cambiar.

Con lo cual, salvo que la gracia divina te otorgue la sabiduría a muy temprana edad, lo único que habrás logrado es impedirte aspirar a ser en todo momento mejor persona de lo que eres.

OTRA VEZ, TAN DISTINTO

Sorprende la cantidad de escoria que me descubro haber portado.

Otra vez, tan distinto.

Demasiada militancia. Pegajosa. Otra vez. También esa vez; que ya pasó, al parecer.

Exigiendo eternidad a las tesis de mi voluntad. Qué error más tonto…

Sólo ya una militancia: caminar. Tomar notas. Refugiarme en las pequeñas verdades que he ido encontrando; y que no sé cuánto me durarán.

Compartirlas, como el que ofrece una silla a su mesa a la hora de comer. Por regalar.

Hasta que vuelva a descubrirme, una vez más, distinto.

Y la curiosidad de saber qué cosas aguantarán hasta el final del viaje.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XXXI)

El mundo ha cambiado.

Lo había hecho antes del Bicho. El Bicho sólo lo ha hecho más evidente.

El mundo ya es sólo uno y el virus ha hecho uso de los miles de aviones, trenes y metros que comunican a velocidad de vértigo cada resquicio del planeta.

El Bicho ya está en todas partes. El nuevo mundo lo hizo posible.

Los redundantes estados aún existentes cierran sus fronteras para tratar de detener algo que ya lleva tiempo dentro de ellos, creciendo en las rutinas de cada día.

Se finge eficacia para hacer negocio.

Porque los buenos servicios de sanidad pública no se construyen de un día para otro.

Nos hacemos los tontos para que el mentiroso nos venda aquello a lo que dejamos de dar importancia, ocupados como estábamos en profundizar en el conocimiento de todas nuestras superfluas identidades de civilización ociosa y aburrida.

¿Quién pensaba en UCIs, sabiendo que siempre queda alguna mujer lesbiana catalana negra musulmana sin empoderar?

¿Para qué gastar dinero en estudios epidemiológicos, si podemos gastarlo en estudiar brechas salariales y techos de cristal?

¿Para qué descubrir nuevas mutaciones víricas, cuando vivimos en la época que está descubriendo docenas de nuevos géneros humanos?

El que la hace, la paga.

Dios dejó claras las reglas de juego hace tiempo. Somos nosotros los que insistimos en olvidarlas poco después de cada catástrofe.

No será distinto en esta ocasión.

En Compostela

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