El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: QUEEN

CERVANTES, EL RESENTIDO

Abraham fue el primero en ver el mar Adriático, pero apenas le prestó atención. Enseguida tiró de las riendas para que su caballo encarase la cuesta abajo hacia el litoral. Gruesas pieles negras le protegían del frío viento que corría por las montañas que estaban atravesando. Al norte, unas enormes nubes oscuras empezaban a extenderse por el cielo.

El siguiente en pasar el alto fue Iván, que se sintió extraño al verse a caballo nuevamente sobre unos acantilados.

Tras él cruzaron, manteniendo cierta distancia entre sus monturas, Thomas y José. Lope cerraba la marcha y cuidaba del sexto caballo, que cargaba con buena parte de la comida.

Iván se cubrió la cabeza con la gruesa capucha de su abrigo y se giró para ver cómo se encontraba el anciano teólogo. Thomas no parecía sentir el frío, aunque su rostro reflejaba preocupación; Iván se retrasó un poco para cabalgar a su lado.

-¿Se encuentra bien, Maestro? -le preguntó.

A Thomas le costó salir de su ensimismamiento.

-Me gustaría saber cómo están las cosas en Atenas -admitió, sonriendo con amabilidad a Iván-. No dejo de tener la sensación de haber abandonado a mis amigos…

Iván guardó silencio y dirigió la mirada hacia el mar. Thomas observó al joven.

-¿Echas de menos tu casa, Iván? -preguntó el anciano.

-Sí, claro -respondió-. Pienso mucho en mi madre, sobre todo. Con todas estas noticias… -Iván fijó la mirada en las nubes-. Me inquieta ser un motivo más de preocupación para ella.

-Por lo que se cuenta de tu madre, no creo que sea una mujer frágil -comentó Thomas-. Sin duda es digna representante de la familia a la que pertenecéis.

Iván miró al anciano y sonrió levemente.

-Por lo que veo, usted conoce la historia de mi padre, Maestro -dijo Iván.

-Así es -confirmó Thomas, con rostro serio-. Naciendo en una familia como la tuya, me temo que uno está obligado a estar en boca de todos, aunque no lo quiera.

Iván no dijo nada y trató de prestar atención a lo que hacía su caballo.

-Es admirable, sin embargo, la alegría de tu espíritu, Iván -continuó el anciano-. Es la mejor prueba de lo especial que debe de ser formar parte de la Casa de Rilo.

Iván sonrió fugazmente.

-¿Sabes, Iván? A los cristianos se nos ha acusado en muchas ocasiones de ser una religión de resentidos -explicó Thomas-. Resentidos contra el mundo real por lo que no nos da, aspiramos a recibir nuestra recompensa en un mundo de fantasía al que sólo llegaremos si rechazamos en esta vida todo aquello que, en el fondo, realmente queremos.

-Eso suena a Nietzsche -dijo Iván, sin mirar a Thomas.

-¿Has leído a Nietzsche?

-Mi madre y mi bisabuelo John insistieron en ello. Pero no me gusta demasiado.

Thomas se quedó callado un momento, antes de continuar.

-Desde luego, es una lectura incómoda -admitió el teólogo-. Sobre todo para un cristiano. Pero también fundamental, me atrevería a decir. Un fuego que debemos atravesar. Porque el resentimiento es un peligro real de nuestra creencia. Sobre todo cuando uno se equivoca y cree en promesas que nuestro Dios nunca hizo. A Dios sólo le toca estar a la altura de lo prometido cuando muramos, no antes. Por eso no tiene demasiado sentido enfadarse con Él durante nuestro paso por este valle de lágrimas, por más que nos haga sufrir. Oh, pero nos puede hacer sufrir tanto, ¿verdad? Y, ¿cómo no echarle en cara ese sufrimiento a un todopoderoso dios de amor? Es precisamente eso, nuestra creencia en un dios que es amor, lo que nos hace tan susceptibles a los cristianos de convertirnos en unos resentidos.

-Como José -dijo Iván, en voz baja.

Thomas calló y miró a Iván, al que parecía molestar algo.

-Y si un hombre como José ha acabado así… -añadió Iván; pero no fue capaz de continuar.

-La tragedia del resentido es que vive sólo para despreciar aquello que le resulta imposible alcanzar -dijo Thomas-. Su sobreactuado desprecio de lo que, en el fondo, más fervientemente desea, es un mero engaño a sí mismo; para tratar de soportar su incapacidad de estar a la altura de eso mismo que desea. Pero el resentido sabe perfectamente que aquello que menosprecia es algo superior. Y en su burla de aquello que ama, lo despreciado acaba siendo alabado de una manera que, en ocasiones, le será incluso difícil de igualar a sus más fervientes defensores -Thomas calló un momento, antes de continuar-. El Quijote siempre me ha parecido un ejemplo perfecto de esto. Cervantes siempre me ha parecido un hombre profundamente resentido; pero en su esfuerzo por reírse de las aspiraciones más elevadas del mundo en el que vivía, lo único que acaba consiguiendo es hacer una defensa inigualable de las mismas. Llamar al Quijote El Caballero de la Triste Figura es una forma de mofarse de su personaje y de lo que éste representa; pero, a pesar de los esfuerzos cervantinos, o, irónicamente, precisamente por ellos, para nosotros, los lectores, no hay orden más elevada de caballería, ni título más digno. El resultado final de la obra en la historia de la literatura está tan alejado de las pretensiones iniciales del autor, está tan por encima de sus motivaciones, que no podemos hacer otra cosa que entender que el Quijote ha sacado lo mejor de Cervantes, a pesar de él mismo. La creencia de Cervantes en esos valores era tan grande, que ni su propio resentimiento pudo derribarlos. Y mira que lo intenta con ardor. Cuántas veces te ríes al ver sufrir al Quijote, por sus majaderías y estupideces; pero siempre llega un momento en que ya no lo podemos soportar más. Y nos enfadamos con Cervantes, porque lo consideramos cruel. El Quijote no merece sufrir así. Porque su locura es la locura de todo el que quiere ser mejor y superar la cotidiana mediocridad del mundo que le rodea. Hasta Nietzsche, furioso azote de compasivos y misericordiosos, se enfadó con Cervantes por ese exceso de humillación del Quijote. Y esa victoria del Quijote sobre su autor, acaba siendo la victoria de la mejor parte del alma de Cervantes sobre su propio resentimiento.

Thomas no dijo nada más. Iván permaneció en silencio.

Las nubes ya se habían adueñado completamente del cielo. Empezaba a llover.

Iván se giró un momento hacia atrás: la mirada de José se perdía, vagabunda, entre las piedras del camino.

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UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR HOMOSEXUAL

Como un cíclope de piel bermeja al que le estuviese ardiendo el único ojo, una columna de humo se elevaba desde la ventana superior de la Cantine Royale: Michel Hundt fumaba su pipa contemplando la calle, sin prestar la más mínima atención a lo que en la calle ocurría. Entre otras cosas, porque en la calle no pasaba nada.

Michel Hundt debería estar preparando su próxima clase de historia, y a eso precisamente había venido; pero la peculiar forma de concatenación de pensamientos propia del sopor y el tedio le habían llevado hasta un pasado remoto de su vida, sin ninguna razón aparente.

En determinado momento, devolvió la mirada al interior de la cafetería, vacía en su piso superior; y acabó fijándose, por pura inercia de la disposición de su estructura corporal, en las dos estanterías excavadas en la pared de enfrente. Se trataba de la típica biblioteca para intercambiar libros. Michel reconoció los ejemplares de siempre; apenas ocurría algún intercambio muy de vez en cuando.

Pero hace años, la biblioteca de intercambio era muy usada. Y Michel Hundt, de repente, regresó a aquellos años.

-La estantería superior es de Peter Ramos-Hollande -le decía alguien en su recuerdo-; bueno, evidentemente no es suya, pero sólo él la ordena, y todo el mundo sabe que sólo él la ordena: siempre verás un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo; lo sustituyan por el libro que lo sustituyan, Ramos-Hollande siempre vuelve a colocar un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo. Con respecto a los otros libros, casi siempre son los mismos; a veces, por su propio gusto, él mismo cambia alguno o incluye uno nuevo; y, en muy raras ocasiones, acepta hacer permanente algún intercambio propuesto por otro lector. Así que, en cierto modo, se puede decir que tienes delante de ti el canon de Peter Ramos-Hollande.

Y Michel se ve mirando los títulos a la derecha de El Amanecer (el Metamanecer, como bromearían después al recordar juntos estos mismos momentos): el libro primero de El Capital; los tres tomos de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault; Guerra y paz; la poesía completa de Rimbaud; la poesía completa de Catulo; la poesía completa de Arda Lobo; los siete tomos de En busca del tiempo perdido; los diez tomos de Los amores de un libertino filipino; Los placeres y los días; el Anti-Sade, de Federico Bertranou (esta presencia sorprendió sobremanera a Michel); y, por último, 2666.

Unos días más tarde, Michel decidió coger el ejemplar de Guerra y paz y sustituirlo por Vida y destino de Grossman. Una semana después, volvía a haber un ejemplar recién comprado de Guerra y paz; pero Vida y destino permanecía a su lado, para gran diversión de Michel.

En la siguiente ocasión, Michel decidió intercambiar la poesía completa de Rimbaud por la de Baudelaire, con un papel que marcaba la página en la que se encontraba Enivrez-vous.

Michel esperó muchos días el regreso de Rimbaud. Pero sólo lo hizo, un par de semanas después, para permanecer al lado de Baudelaire. La estantería superior de la biblioteca de intercambio empezaba a quedarse sin sitio.

En el tercer intercambio, Michel se atrevió a sustituir El Amanecer por Los demonios de Dostoyevski.

Al día siguiente comprobó, con cierta decepción -y un poco de susto-, que un nuevo ejemplar de El Amanecer había ocupado el puesto de Los demonios. Sin más.

Michel perdió entonces interés en el jueguito; y, por circunstancias de la vida, estuvo una buena temporada sin ir por la Cantine Royale.

Pero cuando volvió a aparecer por allí, unos meses más tarde, en compañía de un novio con el que salía por aquel entonces, justo antes de sentarse en la misma mesa en la que ahora recordaba todo aquello, se fijó en la estantería superior de la biblioteca de intercambio. Y vio que no estaba El Amanecer. Y vio que sí estaban Los demonios. Y El idiota. Y Crimen y castigo. Y Los hermanos Karamazov. Ya no cabía ningún libro más en la estantería superior de la biblioteca de intercambio de la Cantine Royale.

Michel sonrió. Y siguió sonriendo mientras su novio de por aquel entonces le hablaba de algo a lo que no prestó demasiada atención y que ahora era incapaz de recordar.

Al día siguiente, Michel cambió la poesía completa de Catulo por la Divina Comedia. Con un papel que marcaba la página en la que empezaba el Canto XVI del Infierno.

Catulo no regresó. No regresó nunca más. Un día, mientras pensaba en otro intercambio, Michel tomó el ejemplar de la Divina Comedia y lo hojeó; aunque era una edición distinta, también tenía marcada la página del Canto XVI del Infierno con un papel. Michel se dio cuenta de que aquel papel era, en realidad, una carta. Divertido y nervioso, Michel desdobló el papel y leyó:

Antes de nada, debes saber que has de ser paciente conmigo, pues soy ese tipo de persona que no compra cotidianamente alcohol; pero si le regalan una botella de licor, no deja de beberla hasta que se acaba, no mucho tiempo después; y una vez terminada la botella, no compro más. Sólo espero a que me regalen otra. Pero sin ningún tipo de impaciencia. No me quedo a la espera. Simplemente sigo con mi vida. Y si me regalan otra botella, pues la abro, y no dejo de beberla hasta que se acaba, poco tiempo después. Y así, igual, hasta que me muera.

Aplicado a las relaciones humanas, es la mejor manera de confesarte que soy un desastre. No quiero, no me gusta, pero soy un desastre.

Pero no es que sea un maricón lujurioso, ni mucho menos. Lo que ocurre es que quiero ser amado de una determinada manera; no me preocupa demasiado la furia de los sentidos, aunque, por supuesto, te ofreceré mi cuerpo para tu placer; te informo, además, de que prefiero penetrar a ser penetrado; pero rendiré mi virilidad cuando fuere menester a tu deseo, si mi culo, como el resto de mi persona, es amado por ti; y esto lo demostrarás no tanto en el placer, sino en la vejez, cuando quizá no sea capaz de limpiar mis propios excrementos y quizá tú sí seas capaz. Eso quiero que hagas, si tienes mejor salud que yo. Pues yo te prometo hacerlo si mi salud es mejor que la tuya, para aquel entonces. Que me limpies y cuides cuando yo no sea capaz de hacerlo, esperando sosegadamente la muerte, a tu lado, que me amas, porque me limpias y cuidas, aunque ya mi culo, pobrecillo, sólo sirva para ser limpiado.

Es la ausencia de este tipo de amor la que me hace inconstante, infiel y lujurioso. Un amor tan difícil de hallar para nosotros, los sodomitas, sabedores de la condición trágica, por estéril, de nuestros amores; pues mi naturaleza jamás podrá acompañar a mi espíritu a la hora de preñarte, salvo a modo de metáfora, así que nunca seremos causas segundas de una nueva vida, y eso es triste cuando se ama a otro ser humano, ¿verdad?, mas, ¿qué otra cosa puede esperar un hombre que ama a otro hombre? Y parece que esa esterilidad trágica se nos mete en el alma como un castigo de los cielos y en nuestro resentimiento contra el cosmos escupimos aún más si cabe en todo lo que es eterno y dura y es para siempre.

Pero es ese amor, precisamente, el que yo te exijo, que es eterno y dura y es para siempre. Sólo así gozarás del culo de Peter Ramos-Hollande, maldito maricón desconocido.

Michel estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas al terminar de leer, pero algo le detuvo. No tenía nada claro si estaba ante una broma o ante una proposición de matrimonio.

Cogió el ejemplar de la Divina Comedia. En el hueco no puso ningún otro libro, sino un trozo de papel que sólo tenía escrito: ¿Qué amor es este del que me hablas?

Una semana más tarde, Michel encontró que el hueco había sido rellenado con una Biblia. Desconcertado, se aproximó, tomó el libro, y lo abrió por el lugar en que sobresalía un papel rasgado. Las páginas estaban brutalmente subrayadas y comentadas en los márgenes con una letra diminuta escrita a lápiz. Era el capítulo 13 de la primera epístola de San Pablo a los corintios.

Michel dejó la Biblia de nuevo en el hueco, sobre un papel en el que escribió un lugar, un día, una hora. Hecho esto, se dispuso a hacer guardia en el piso superior de la Cantine Royale, para que nadie, salvo el mismo Peter Ramos-Hollande, se acercase a esa Biblia.

No tuvo que esperar mucho. Un par de horas más tarde, con la cafetería a rebosar de gente, el escritor apareció con gesto impaciente y se abalanzó sobre la estantería superior de la biblioteca de intercambio; la que sólo él controlaba. Cogió ansioso el papel. Miró a su alrededor, momento en el que Michel se escondió tras el libro que estaba leyendo, y volvió a marcharse con la misma velocidad con la que había llegado.

Un mes después, Ramos-Hollande se trasladó a vivir a la casa de Michel.

De eso hacía ya casi quince años.

Michel Hundt sonrió, le dio una chupada a su pipa, y se puso a preparar su clase de historia.

LOS INMORTALES DEL OLIMPO

Aquel ser parecía beber de la herida; pero, cada vez que lo hacía, la recuperación completa de Iván era más cercana.

Tras hacer aquello que hacía, fuera lo que fuese, la pequeña mujercita, que hoy iba vestida con hojas de roble, puso en movimiento sus alitas de libélula y se elevó sobre Iván; no sin antes darle un montón de besitos en la frente, en los labios y en las mejillas, con su eterna sonrisa alumbrando su linda carita.

Iván la vio alejarse con una sonrisa extraña, la misma que tenía José poco antes de pegarle otro trago a su botella de bourbon.

Un poco más abajo del risco en el que se encontraban, Abraham parecía examinar unos papeles, mientras Lope simplemente contemplaba, a lo lejos, el Egeo.

Unos golpes de aire anunciaron la llegada del ángel negro. Así lo había bautizado José. Entre sus prominentes colmillos portaba un jabalí muerto.

-Mira, reparto a domicilio -comentó José-. Una cosa maravillosa del Mundo que deberían copiar en las Casas.

-¿Para qué querrían reparto a domicilio, familias que producen su propia comida? -comentó Abraham, que había guardado sus papeles y se había acercado para preparar el jabalí.

-Coño, pues para poder encargar Delicias de Constantinopla -respondió José-. ¿Conoces algún campesino de alguna Casa que sepa preparar Delicias de Constantinopla?

Iván, como solía, volvió a quedarse con la boca abierta, contemplando a aquel ser que les había salvado la vida. Podía medir, fácilmente, tres metros de altura. Su piel era negra, como las dos enormes alas que salían de sus omóplatos. Se limpiaba en esos momentos la sangre que goteaba de sus enormes incisivos. Estaba completamente desnudo; pero, en la zona donde debían estar los genitales, nada había, salvo una tensa musculatura curva. Los ojos, profundamente negros, lucían un brillante color rojo cuando se hacía de noche.

Tras limpiarse, se acercó a Iván.

-¿Qué tal te encuentras, joven hombre? -preguntó, con extremada cortesía.

-Casi en plena forma -respondió Iván, con una amplia sonrisa-. Muchísimas gracias, no sé cómo agradeceros…

El ángel sonrió.

-No sé qué es lo que hace exactamente ella; quizá tenga que ver con nuestra extraordinaria longevidad. De alguna manera, es capaz de usarla para curar a otros. Quizá fuera la intención de nuestro creador cuando la diseñó… -el ángel se quedó pensativo-. Lo desconozco.

-En cualquier caso, gracias -insistió Iván.

-Sí, muchísimas gracias -repitió José-. Aún no te había ofrecido, porque… ya sabes: infancia cristiana, eso de invitar a beber a un ángel, aunque sea negro… Pues resulta extraño. Pero vamos, que aquí tienes -José le ofreció su botella.

El ángel negro acercó la nariz y olisqueó el contenido.

-¿Enebriadores? -preguntó-. Lo siento, pero no me producen ningún efecto.

-No te puedo creer -dijo José-. Qué cabronazo, tu creador. Con perdón.

El ángel sonrió.

-Lo de dejarte sin pajarito ya me parece suficientemente grave, pero que ni siquiera te puedas agarrar una buena moña para soportar la eternidad… -añadió José.

Abraham y Lope, que estaban cortando el jabalí, le miraron con gesto reprensivo. El ángel, sin embargo, torció la boca en una mueca que reflejaba que le había hecho gracia el comentario.

-Por lo que se ve, los experimentos de mi creador en cuanto a la longevidad iban por buen camino; pero, por alguna razón, no me dotó de órganos reproductores. Quizá exista alguna relación entre ambas cosas: la inmortalidad y la imposibilidad de reproducirse -el ángel fijó la mirada en el mar lejano-. No lo sé. Sólo Dios, si existe, lo sabe. Vosotros pensáis que Dios es Padre, así que igual me equivoco…

-Ellos -corrigió José-. Ellos piensan que Dios es padre. Yo sólo creo en el bourbon. Y en los ángeles negros y las hadas madrinas.

El ángel e Iván rieron. La mujercita alada apareció de repente, le dio unos besitos en la oreja derecha a José, y volvió a desaparecer en el bosque cercano.

-Le pediré que se case conmigo -dijo José-. Una mujer que no habla. Fantástico. En eso, vuestro creador demostró ser un auténtico genio.

El ángel se quedó mirando el lugar por el que se había marchado el hada.

-He pensado muchas veces en matarme -dijo, como si estuviese comentando el tiempo-, pero entonces la miro a ella y pienso que nunca la he visto triste, desde que nos miramos por primera vez cuando salió de su tecnoútero; por lo que he llegado a sospechar que quizá mi muerte fuera lo único que la entristeciera. Así que no puedo hacerlo. Sigo viviendo, por miedo a que ella no siga siendo feliz.

José se quedó callado y le dio otro trago a su botella. Iván se quedó con la mirada perdida en la herida de su pecho.

-¿Por qué vivís aquí, solos? -preguntó el joven.

-Leí que los antiguos griegos creían que aquí vivían sus dioses. Así que pensé que sería un lugar adecuado para seres que no mueren -respondió el ángel.

José no pudo evitar sonreír.

-Perdí el interés por tratar con los hombres, tras unos años -continuó el ángel-. Al principio, nos perseguían como si nosotros hubiésemos sido culpables de todo; tras la Caída, como la llamáis vosotros. He conocido pocos realmente interesantes. Creo que podría contarlos con los dedos de una mano.

-A mí me pasa lo mismo -dijo José-. Pensé que con más años de vida, la cosa se arreglaría. Veo que me equivocaba.

-La mayoría de los hombres me consideraban un ser diabólico, resultado de una tecnología perversa y fáustica -siguió el ángel-. Puede ser, pero aquí estoy. ¿Soy yo, acaso, culpable de ello? ¿Por qué he de cargar yo con la culpa de mi creador?

El ángel cogió una pequeña piedra del suelo y le dio vueltas, sin demasiado interés. La mujercita alada volvió a aparecer, le dio un par de besos en la nariz, y volvió a perderse de vista.

-¿Por qué os hizo así? -preguntó Iván.

El ángel dejó la piedra, abrió muchos los ojos, y se quedó callado, sin saber qué responder.

-Los creadores siempre son un puto enigma, desde mi punto de vista… -dijo José-. No hay dios que los entienda.

-Los cristianos creéis en la Providencia divina -dijo el ángel-. Me pregunto si realmente existirá algo parecido. ¿Cuál sería, entonces, mi lugar en la historia de los hombres? Y… ¿soy yo un hombre, acaso?

-Sin pilila y sin borracheras, me temo que no -respondió José-. Pero tienes muy buena conversación.

Iván miró a los ojos al ángel, antes de volver a preguntar.

-¿Por qué nos salvaste?

Todos miraron al ángel; incluso Abraham y Lope dejaron por un momento la preparación del jabalí.

-No sé, la verdad… -respondió el ángel-. Supongo que me pareció injusto, ellos eran tantos y vosotros tan pocos… Y este hombre parecía tan poca cosa, cuando se propuso defenderte… -dijo, señalando a José.

José sonrió y le dio otro trago a su botella.

-De verdad, tú más que nadie te mereces una buena noche de bourbon y fulanas -dijo José-. Menudo capullo, tu creador.

-Lo cierto es que era un artista genético muy famoso -dijo el ángel, con rostro serio-. Siempre le ofrecían contratos muy importantes para diseñar soldados o trabajadores, pero él prefería la creación libre. Ganó muchos concursos -permaneció un rato en silencio, antes de continuar-. Nos dio una buena educación. Nos hablaba siempre de proteger a los más débiles. No creo que fuera un mal hombre. Equivocado, quizá. Pero, ¿qué hombre no se equivoca, incluso intentando dar lo mejor de sí?…

Las llamas rodearon el cuerpo despellejado del jabalí. Iván y el ángel se acercaron al fuego. José le dio otro trago a su botella, con la mirada fija en el mar.

Volvió en sí con un repentino besito del hada, que vestía ahora un atrevido vestido hecho de pinochas.

EL DRAGÓN DE LA CASA DE GILL

Espera tranquilo a que José empiece a hablar.

-¿Cuánto?

Abraham no hace ningún gesto. El joven sentado a su lado, sin embargo, deja escapar una sonrisa.

-¿Cómo se llama tu nuevo novio? -pregunta José, devolviéndole la sonrisa al compañero de Abraham.

-Iván -responde el joven, incómodo.

José hace un gesto de falsa cordialidad.

-Cada vez te gustan más jóvenes, Abraham…

Iván se pone en pie con violencia, el cuerpo completamente tenso.

-Siéntate -le ordena Abraham, sin perder la compostura.

Iván vuelve a sentarse, sin dejar de mirar a José, que parece divertirse con la escena.

-Sí, siéntate, Iván. Deja hablar a tus mayores -José se acerca la cerveza a la boca-. ¿Aún eres virgen, Iván? O Abraham ya te…

Iván intenta volver a levantarse, pero Abraham lo detiene agarrándolo por el pecho con una mano y tirando de él hacia abajo. Iván se ve obligado a hacer un giro brusco para apoyarse en la mesa y evitar golpearse con ella. José hace un rápido movimiento para rescatar su cerveza antes de que caiga al suelo.

-Siéntate y cállate, o te mando de vuelta para tu casa -le dice Abraham, sin alzar la voz.

Iván vuelve a sentarse, tratando de aparentar que se ha calmado. Fracasa ostensiblemente.

-Teniendo en cuenta la pinta de vuestras nuevas generaciones, supongo que me vas a pagar un pastizal por el trabajo, ¿no? -comenta divertido José.

-Que yo recuerde, tú no eras mucho mejor a su edad -responde Abraham, al tiempo que deja una tarjeta en medio de la mesa.

-¿Qué coño te pasa ahora con las tarjetitas, Abri? -pregunta José, mientras se estira para recoger el trozo de papel-. ¿Has hecho voto de no pronunciar más de cincuenta palabras al día?

José mira la tarjeta y su rostro no puede evitar informar de su sorpresa.

-Qué bien le va a las Casas, ¿no? Para vivir fuera del Mundo, manejáis bastante de su dinero.

-Es un esfuerzo necesario -dice Abraham.

José le aguanta la mirada durante unos segundos.

-Sabes que me lo gastaré en mujeres y alcohol, ¿verdad? Y no en ese orden.

-Tu decisión, José.

Otro trago de cerveza, otro cruce de miradas.

-Un mal menor, ¿no, Abri? En pos de un bien mayor.

-Exacto.

Con un lento parpadeo, José vuelve a centrar su atención en Iván.

-Entonces, aquí tu efebo, ¿también formará parte de la misión?

-Sí -contesta Abraham secamente.

-Y dime, joven Iván, ¿habías estado alguna vez fuera de tu Casa?

Iván mira a Abraham antes de contestar, esperando su permiso para hacerlo. Abraham asiente con un ligero movimiento de cabeza.

-No -responde inquieto.

-Y… ¿qué te está pareciendo, hasta ahora? -pregunta José, con falsa jovialidad.

-Feo -Iván se queda mirando la pista de baile-. Feo y asqueroso.

José sigue la mirada de Iván. Dos hombres se besan mientras bailan en el centro de la pista. Iván baja la mirada al suelo. José mira a Abraham, que le devuelve la mirada en completa calma.

-¿Nadie te ha contado la terrible historia de la caída de la Casa de Gill, Iván? -pregunta dramatizando José.

Iván mira a Abraham, que sigue mirando impertérrito a José.

-Los Dragones destruyeron esa Casa -empezó el joven-. Alguien encontró un pequeño Dragón y lo alimentó, hasta que creció lo suficiente para convocar a otros Dragones y destruirlo todo.

José miró a Abraham, sobreactuando una burlesca sorpresa. Abraham no cambió su semblante.

-Como cuento de hadas, resulta un pelín abstracto, desde mi punto de vista -comentó jocoso José-, pero supongo que es una manera de decirlo. El caso es que el Señor de la Casa sodomizaba a sus numerosos hijos; hasta que uno de ellos, celoso porque ya no era tan sodomizado como uno de sus hermanos más pequeños, mató a éste. Su padre, furioso, al enterarse, intentó matarlo, a su vez; pero murió a manos de su celoso hijo, al defenderse éste del ataque paterno. Desesperado por lo que había hecho, quemó la casa principal, muriendo casi todos los miembros de la familia.

Los ojos de Iván se habían abierto de par en par. Abraham seguía mirando a José, que estaba pidiendo otra cerveza.

Iván miró a Abraham, que le devolvió la mirada sin decir palabra.

-Mi abuelo nunca haría algo así… -balbucéo el joven.

-¿Cuál es tu Casa, Iván? -preguntó José, por primera vez en tono serio.

-Rilo -respondió.

-No es de las peores… -comentó José-. Es uno de los muchos problemas de nuestra bienamada revolución feudal. Ser vasallo no deja de ser una lotería. Lo era hace milenios. Lo sigue siendo ahora. ¿Sabes por qué?

Antes de que contestase Iván, Abraham tomó la palabra.

-Al final, hemos acabado teniendo la misma mierda de conversación de siempre.

José asintió con sorna.

-Forma parte de mi precio -le dijo a Abraham-. Al fin y al cabo, os hago un favor, espabilando a estos ángeles puros e ingenuos que criáis en vuestras villas medievales.

-¿Por qué? -preguntó Iván, que no había olvidado lo que había dicho José antes de la interrupción de Abraham.

-Porque se sigue usando la misma mierda de material -respondió José, sonriente-: Hombres.

José se levantó y se preparó para marcharse.

-Acepto -le dijo a Abraham.

-¿No quieres saber los detalles de lo que vamos a hacer? -preguntó éste.

-Me los cuentas cuando ya nos hayas reunido a todos los superhéroes; no quiero que malgastes saliva y traiciones tu voto de escribir tarjetitas. Buenas noches, caballeros de tristes figuras.

Abraham siguió con la mirada la marcha de José, mientras Iván, de reojo, volvía a fijar su atención en la pista de baile.

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