El sosiego acantilado

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Categoría: PROUST

EL BEBÉ Y LA ÓPERA

“Y en seguida la frase ésa le brindó voluptuosidades especiales que nunca se le ocurrieron antes de haberla oído, que sólo ella podía inspirarle, y sintió hacia ella un amor nuevo.

Con su lento ritmo le encaminaba, ora por un lado ora por otro, hacia una felicidad noble, ininteligible y concreta. Y de repente, al llegar a cierto punto, cuando él se disponía a seguirla, hubo un momento de pausa y bruscamente cambió de rumbo y, con un movimiento nuevo, más rápido, menudo, melancólico, incesante y suave, le arrastró con ella hacia desconocidas perspectivas. Luego, desapareció. Anheló con toda el alma volverla a ver por tercera vez. Y salió efectivamente, pero ya no le habló con mayor claridad, y la voluptuosidad fue esta vez menos intensa. Pero cuando volvió a casa sintió que la necesitaba, como un hombre que al ver pasar a una mujer entrevista un momento en la calle, siente que se le entra en la vida la imagen de una nueva belleza que da a su sensibilidad un valor aún más grande, sin saber siquiera ni cómo se llama la desconocida ni si la volverá a ver nunca.

Aquel amor por una frase musical pareció por un instante que prendía en la vida de Swann una posibilidad de rejuvenecimiento. Hacía tanto tiempo que renunció a aplicar su vida a un ideal, limitándola al logro de las satisfacciones de cada día, que llegó a creer, sin confesárselo nunca formalmente, que así habría de seguir hasta el fin de su existencia; es más: como no sentía en el ánimo elevados ideales, dejó de creer en su realidad, aunque sin poder negarla del todo. Y tomó la costumbre de refugiarse en pensamientos sin importancia, con lo cual podía dejar a un lado el fondo de las cosas. E igual que no se planteaba la cuestión de que acaso lo mejor sería no ir a sociedad, pero, en cambio, sabía exactamente que no se debe faltar a un convite aceptado y que, si después no se hace la visita de cortesía, hay que dejar tarjetas, lo mismo en la conversación se esforzaba por no expresar nunca con fe una opinión íntima respecto a las cosas, sino en proporcionar muchos detalles materiales que en cierto modo tuvieran un valor intrínseco y que le servían para no dar el pecho. Ponía una extremada precisión en los datos de una receta de cocina, en la exactitud de la fecha del nacimiento o muerte de un pintor o en los títulos de sus obras. Y algunas veces llegaba, a pesar de todo, hasta formular un juicio sobre una obra, o sobre un modo de tomar la vida, pero con tono irónico, como si no estuviera muy convencido de lo que decía. Pues bien; como esos valetudinarios que, de pronto, por haber cambiado de clima, por un régimen nuevo, o a veces por una evolución orgánica espontánea y misteriosa, parecen tan mejorados de su dolencia, que empiezan a entrever la posibilidad inesperada de empezar a sus años una vida enteramente distinta, Swann descubrió en el recuerdo de la frase aquélla, en otras sonatas que pidió que le tocaran para ver si daba con ella, la presencia de una de esas realidades invisibles en las que ya no creía, pero que, como si la música tuviera una especie de influencia electiva sobre su sequedad moral, le atraían de nuevo con deseo y casi con fuerzas de consagrar a ella su vida.”

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust; Alianza, 1996; pgs. 317-319.

LA DERROTA

“Intento de reseña das Confesións dun burgués do Sándor Márai (para o Santi, por iso vai en español):

la altura de los hombres se mide teniendo en cuenta la calidad de las tareas asumidas. Los grandes escritores son aquellos que persiguen sin descanso definir lo que ellos mismos son. Los que tratan de decir qué es ese arte llamado escritura. Algunos simplemente escriben; y son correctos en su técnica. Pero para la genialidad, no es suficiente. Algunos lo intentan; todos fracasan. Pero no todos los fracasos son iguales. La descripción que Proust hace de su impotencia para describir esa sensación que le subyuga al observar un grupo de árboles al borde del camino, es una de las cumbres artísticas del hombre. La narración que Márai nos brinda de su génesis como literato, también merece la más alta consideración. Pues demuestra la incapacidad de las individualidades para el arte auténtico, si no son capaces de salir del ridículo ámbito de sus egos para tratar de apresar las transversalidades epocales que los conforman y determinan. En su búsqueda honesta, la persona de Márai se diluye en el cuento de la historia humana. Y su historia es la historia de la decadencia de los sueños de un tiempo ya estéril para el poder. Es la consciencia de una gran idea moribunda. ¿Qué profundo misterio esconde la derrota para el hombre, que siempre que éste intenta definir su experiencia, tan difícil le resulta ser vulgar y mentiroso? No hay respuestas: sólo grandes hombres buscando en una soledad apenas comunicable. Ese apenas es la clave de la genialidad literaria. En ese infinitesimal espacio se mueve Márai. Por eso es éste un libro genial.

Escrito en mi diario el 12 de mayo de 2004.

Fotograma de 'The Passion of the Christ', de Mel Gibson (2004)

Fotograma de ‘The Passion of the Christ’, de Mel Gibson (2004)

CON ASMA Y TODO

“Una tarde, cuando bajó después de terminar su trabajo, se puso a mirar lo que estaba leyendo Ben. Oh, Proust. “Por el camino de Swann”, dijo. ¡Swann! El pobre hijo de puta extraviado, y lo llaman esnob. Yo creo que era exactamente lo contrario. Demonios, lo que le hizo Odette. Habría sufrido menos si lo hubiese crucificado, habría sido menos angustioso. Proust tuvo suerte en algunos sentidos. Nunca tuvo que lidiar con Hollywood para ganarse el pan. Yo preferiría haberme pasado la vida en aquel dormitorio suyo forrado de corcho, con asma y todo. Lo aceptaría con mucho gusto, ahora mismo.

Faulkner. Una biografía, de Joseph Blotner; Letras/Destino, 1994; volumen 1, pg. 653.

Faulkner

LA VENENOSA FICCIÓN DE CORMAC McCARTHY

[De la entrevista realizada por Richard B. Woodward, publicada el 19 de abril de 1992 en The New York Times; traducción propia]

[…] La novela depende para su vida de las novelas ya escritas. Su lista de los que él llama buenos escritores — Melville, Dostoyevski, Faulkner — excluye a cualquiera que no trate cuestiones de vida y muerte. Proust y Henry James no pasan el corte. No los entiendo, dice. Para mí, eso no es literatura. Hay un montón de escritores que me resulta extraño que sean considerados buenos.

[…] No existe la vida sin derramamiento de sangre, dice McCarthy filosóficamente. Creo que la idea de que la especie puede ser mejorada de alguna forma, de que todo el mundo podría vivir en armonía, es una idea realmente peligrosa. Los que creen tal cosa son los primeros en rendir sus almas, su libertad. Tu deseo de que las cosas sean así acabará haciendo de ti un esclavo y vaciando tu vida.

Obra de Andrew Wyeth

Obra de Andrew Wyeth

PODRÍA YO MORIR

El tratado definitivo de estética, como el tratado definitivo de retórica, se halla esparcido en obiter dicta de ese linaje de grandes que va de Homero a Proust.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1207.

“Yo sentía aglomerarse en mí, capaces de ser utilizadas para esto, multitud de verdades relativas a las pasiones, a los caracteres, a las costumbres. Su percepción me causaba alegría, pero me parecía recordar que, más de una, la había descubierto en el dolor, otras en goces muy mediocres. Entonces surgió en mí una nueva luz, menos resplandeciente sin duda que la que me había hecho percibir que la obra de arte era el único medio de recobrar el Tiempo perdido. Y comprendí que todos esos materiales de la obra literaria eran mi vida pasada; comprendí que vinieron a mí, en los placeres frívolos, en la pereza, en la ternura, en el dolor, almacenados por mí, sin que yo adivinase su destino, ni su supervivencia, como no adivina el grano poniendo en reserva los alimentos que nutrirán a la planta. Lo mismo que el grano, podría yo morir cuando la planta se desarrollara, y resultaba que había vivido para ella sin saberlo, sin que me pareciera que mi vida debía entrar nunca en contacto con los libros que yo hubiera querido escribir y para los cuales, cuando en otro tiempo me sentaba a la mesa, no encontraba tema. De suerte que, hasta aquel día, toda mi vida habría podido y no hubiera podido resumirse en este título: Una vocación. No habría podido resumirse así porque la literatura no había desempeñado papel alguno en mi vida. Habría podido resumirse así porque esta vida, los recuerdos de sus tristezas, de sus goces formaban una reserva semejante a ese albumen que se aloja en el óvulo de las plantas y del que éste saca su alimento para transformarse en grano, en ese tiempo en que todavía se ignora que se desarrolla el embrión de una planta, el cual es, sin embargo, lugar de fenómenos químicos y respiratorios secretos pero muy activos. Mi vida estaba así en relación con lo que traería su maduración.”

El tiempo recobrado, de Marcel Proust; Alianza, 1998; pgs. 249-250.

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ESCRIBIR: AMAR

“Amar es rondar sin descanso en torno de la impenetrabilidad de un ser.”
Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 246.

“Desde aquel día, en mis paseos por el lado de Guermantes sentí con mayor pena que nunca carecer de disposiciones para escribir y tener que renunciar para siempre a ser un escritor famoso. La pena que sentía, mientras me quedaba solo soñando a un lado del camino, era tan fuerte, que para no padecerla, mi alma, espontáneamente, por una especie de inhibición ante el dolor, dejaba por completo de pensar en versos y en novelas, en un porvenir poético que mi falta de talento me vedaba esperar. Entonces, y muy aparte de aquellas preocupaciones literarias, sin tener nada que ver con ellas, de pronto un tejado, un reflejo de sol en una piedra, el olor del camino, hacíanme pararme por el placer particular que me causaban, y además porque me parecía que ocultaban por detrás de lo visible una cosa que me invitaban a ir a coger, pero que, a pesar de mis esfuerzos, no lograba descubrir. Como me daba cuenta de que ese algo misterioso se encerraba en ellos, me quedaba parado, inmóvil, mirando, anheloso, intentando atravesar con mi pensamiento la imagen o el dolor. Y si tenía que echar a correr detrás de mi abuelo para seguir el paseo, hacíalo cerrando los ojos, empeñado en acordarme exactamente de la silueta del tejado o del matiz de la piedra, que sin que yo supiera por qué, me parecieron llenas de algo, casi a punto de abrirse y entregarme aquello de que no eran ellas más que vestidura.”

Por el camino de Swann, de Marcel Proust; Alianza, 1996; pgs. 272-273.

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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