El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: PROUST

FIN

“Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan simultáneamente con épocas tan distantes, entre las cuales vinieron a situarse tantos días.”

Final de El tiempo recobrado, de Marcel Proust; séptimo y último volumen de En busca del tiempo perdido; Alianza, 1998; pgs. 420-421.

“Arreglo en Gris y Negro, nº 2; retrato de Thomas Carlyle”, de James Abbott McNeill Whistler (entre 1872 y 1873)

LA VIDA DESCUBIERTA

“…la grandeza del arte verdadero, del que monsieur de Norpois hubiera llamado un juego de dilettante, estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor y más impermeabilidad el conocimiento convencional con que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y delucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura; esa vida que, en cierto sentido, habita a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven, porque no intentan esclarecerla. Y por eso su pasado está lleno de innumerables clichés que permanecen inútiles porque la inteligencia no los ha ‘desarrollado’. Nuestra vida es también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como el color para el pintor, una cuestión no de técnica, sino de visión. Es la revelación, que sería imposible por medios directos y conscientes, de la diferencia cualitativa que hay en la manera como se nos presenta el mundo, diferencia que, si no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno. Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un sólo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales giran en el infinito y, muchos siglos después de haberse apagado la lumbre de que procedía llamárase Rembrandt o Vermeer, nos envía aún su rayo especial.”

El tiempo recobrado, de Marcel Proust (7º y último volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1998; pgs. 244-245.

Detalle del autorretrato de Rembrandt a la edad de 63 años (1669)

¿MUERTO PARA SIEMPRE?

“Sufrió otro golpe que le derribó, rodó del canapé al suelo, acudieron todos los visitantes y los guardianes. Estaba muerto. ¿Muerto para siempre? ¿Quién puede decirlo? Desde luego los experimentos espiritistas no aportan la prueba de que el alma subsista, como tampoco la aportan los dogmas religiosos. Lo que puede decirse es que en nuestra vida ocurre todo como si entráramos en ella con la carga de obligaciones contraídas en una vida anterior; en nuestras condiciones de vida en esta tierra no hay ninguna razón para que nos creamos obligados a hacer el bien, a ser delicados, incluso a ser corteses, ni para que el artista ateo se crea obligado a volver a empezar veinte veces un pasaje para suscitar una admiración que importará poco a su cuerpo comido por los gusanos, como el detalle de pared amarilla que con tanta ciencia y tanto refinamiento pintó un artista desconocido para siempre, identificado apenas bajo el nombre de Vermeer. Todas estas obligaciones que no tienen su sanción en la vida presente parecen pertenecer a otro mundo, a un mundo fundado en la bondad, en el escrúpulo, en el sacrificio, a un mundo por completo diferente de éste y del que salimos para nacer en esta tierra, antes quizá de retornar a vivir bajo el imperio de esas leyes desconocidas a las que hemos obedecido porque llevábamos su enseñanza en nosotros, sin saber quién las había dictado -esas leyes a las que nos acerca todo trabajo profundo de la inteligencia y que sólo son invisibles (¡y ni siquiera!) para los tontos-. De suerte que la idea de que Bergotte no había muerto para siempre no es inverosímil.”

La prisionera, de Marcel Proust (5º volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 2001; pgs. 206-207.

“Vista de Delft”, de Johannes Vermeer (alrededor de 1660-1661)

TAN BRILLANTE COMO HETERÓCLITA

“Sintiendo que su muerte es inevitable, toma algunas disposiciones, rogando a Céleste que devuelva a Marie Scheikévitch un encendedor que ésta le regalara en 1917, que entregue a Reynaldo Hahn una acuarela de Marie Nordlinger que se halla a su cabecera, y que envíe, por remordimiento, un ramo de flores al doctor Bize. Sin aguardar su muerte, manda a Céleste a que lleve a Léon Daudet, quien acaba de escribir un hermoso artículo sobre él, otro ramo de flores, atención que emociona hasta las lágrimas al feroz panfletario. Por último, encarga a Céleste que mande aviso al padre Mugnier de su muerte para que éste acuda a rezar ante su cuerpo la oración de difuntos.

[…] Al día siguiente, es el propio Reynaldo Hahn quien telefonea a los amigos de Proust para comunicarles la muerte de éste. El padre Mugnier, que se encuentra enfermo, no ha podido rezar a su cabecera las oraciones que había solicitado. […] Céleste quería poner entre sus manos el rosario que le trajera Lucie Faure de un peregrinaje a Jerusalén, pero Robert Proust se opone: No, Céleste, ha muerto trabajando. Dejémosle las manos extendidas.

El entierro, fijado el 22 de noviembre [de 1922], en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot, se celebra en presencia de una multitud tan brillante como heteróclita. El padre Delouve pronuncia un responso, pero en vez de la música litúrgica propia de este tipo de ceremonias, suena la Pavana para una infanta difunta. Maurice Martin du Gard, presente más como curioso que como amigo, pasea una sarcástica mirada sobre la concurrencia: … duques, príncipes, embajadores, el Jockey, la Union, botines abotonados, monóculos, rayas engominadas… Entre la multitud, encumbrada judería y destacada pederastia parisina entrada en años, maquillada, uñas pintadas, ojos escudriñadores. Dominando en primera fila, desconsolado, el mecenas de los ballets y las fiestas del París de la Victoria, conde Étienne de Beaumont…

Marcel Proust, de Ghislain de Diesbach; Anagrama, 2013; pgs. 608, 610.

SOLAMENTE UN PINTOR

“Sólo quedaban fuera algunas vacas que mugían mirando al mar, mientras que otras que se interesaban más por la humanidad miraban con atención a nuestros coches. Solamente un pintor que había armado un caballete en una estrecha eminencia trabajaba procurando trasladar al lienzo aquella gran calma, aquella luz tenue. Acaso las vacas iban a servirle, inconsciente y gratuitamente, de modelos, pues su aire contemplativo y su presencia solitaria cuando los humanos se habían metido en casa contribuían a su modo a esa poderosa impresión de reposo que se respira en el anochecer.”

Sodoma y Gomorra, de Marcel Proust (cuarto volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1999; pg. 528.

“El acantilado de Aval a la puesta de sol”, de Eugène Boudin (1890)

INSUFICIENTES Y CONTRADICTORIOS

“…que la verdad no necesita ser dicha para que se manifieste, y que acaso sea posible recogerla con más seguridad, sin esperar las palabras y aun sin hacer el menor caso de ellas, en mil signos exteriores, incluso en ciertos fenómenos invisibles, análogos en el mundo de los caracteres a lo que son, en la naturaleza física, los cambios atmosféricos. Acaso hubiera podido sospecharlo, ya que a mí mismo me ocurría entonces con frecuencia decir cosas en que no había ni asomos de verdad, en tanto que la manifestaba en tantas involuntarias confidencias de mi cuerpo y de mis actos (confidencias que eran perfectamente interpretadas por Francisca); hubiera podido sospecharlo acaso, mas para ello habría sido preciso que hubiese sabido que a veces era mentiroso y trapacero. Ahora bien; la mentira y la trapacería eran, en mí como en todo el mundo, impuestas de una manera tan inmediata y contingente, y para su defensiva, por un interés particular, que mi espíritu, fijo en un hermoso ideal, dejaba que mi carácter llevase a cabo en la sombra esas necesidades urgentes y mezquinas, y no se desviaba para percibirlas.

[…] Y así fue ella la primera que me dio la idea de que una persona no está, como yo había creído, clara e inmóvil ante nosotros, con sus cualidades, con sus defectos, sus proyectos, sus intenciones respecto a nosotros (como un jardín que uno está mirando, con todos sus arriates, a través de una verja), sino que es una sombra en que jamás podremos penetrar, para la cual no existe conocimiento directo, tocante a la cual nos forjamos numerosas creencias con ayuda de palabras e incluso de acciones que, tanto unas como otras, sólo nos dan informes insuficientes y, por lo demás, contradictorios -una sombra en la que podemos alternativamente imaginarnos con tanta verosimilitud que brillan el odio como el amor.”

El mundo de Guermantes, de Marcel Proust; tercer volumen de En busca del tiempo perdido; Alianza, 1999; pgs. 81-82, 83.

Obra de Louis Treserras

EL NOBLE

“…a ratos mi pensamiento discernía en Saint-Loup un ser general, el noble, que a modo de espíritu interno regía el movimiento de sus miembros, ordenaba sus acciones y ademanes; y en esos momentos, aunque estaba en su compañía, me sentía solo como delante de un paisaje cuya armonía comprendiera mi ánimo. No era ya más que un objeto que mis ideas querían profundizar bien. Y experimentaba gran alegría, pero no de amistad, sino de inteligencia, cada vez que volvía a encontrar en mi amigo ese ser anterior, secular, el aristócrata que Roberto no quería ser. Y en la agilidad moral y física que revestía de tanta gracia a su amabilidad, en la soltura con que ofrecía su coche a mi abuela y la ayudaba a subir, en la destreza con que saltaba del pescante cuanto temía que tuviese yo frío, para echarme por los hombros su propio abrigo, veía yo algo más que la flexibilidad hereditaria de esos grandes cazadores que desde muchas generaciones atrás eran los antepasados de ese muchacho que no aspiraba a otra cosa que a la intelectualidad, algo más que ese desdén hacia las riquezas, que en él se aliaba al amor a la riqueza proque de esa manera podría obsequiar mejor a sus amigos y le capacitaba para poner todo el lujo de que él disponía a sus pies con aire indiferente; veía yo sobre todo la certidumbre o la ilusión que tuvieron esos grandes señores de ser más que los demás, por lo cual no legaron a Saint-Loup ese deseo de mostrar que se es tanto como los demás, ese miedo a mostrarse demasiado afectuoso, que en él no se daba nunca y que afea tan torpe y desdichadamente las más sinceras amabilidades plebeyas.”

A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust; segundo volumen de En busca del tiempo perdido; Alianza, 1999; pgs. 383-384.

“The Honourable Cecil Richard Molyneux”, de Philip Alexius de László.

ALGO SEMEJANTE A UN ESPEJO

“Y ocurre igualmente que los productores de obras geniales no son aquellos seres que viven en el más delicado ambiente y que tienen la más lúcida de las conversaciones y la más extensa de las culturas, sino aquéllos capaces de cesar bruscamente de vivir para sí mismos y convertir su personalidad en algo semejante a un espejo, de tal suerte que su vida, por mediocre que sea en su aspecto mundano, y hasta cierto punto en el intelectual, vaya a reflejarse allí; porque el genio consiste en la potencia de reflexión y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado.”

A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust (2º volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1999; pgs. 160-161.

“Hold me”, de Malcolm T. Liepke (2019)

DEL PENSAMIENTO DE LOS DEMÁS

“Pero ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás. Y hasta ese acto tan sencillo que llamamos ver a una persona conocida es, en parte, un acto intelectual. Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas las nociones que respecto a él tenemos, y el aspecto total que de una persona nos formamos está integrado en su mayor parte por dichas nociones. Y ellas acaban por inflar tan cabalmente las mejillas, por seguir con tan perfecta adherencia la línea de la nariz, y por matizar tan delicadamente la sonoridad de la voz, como si ésta no fuera más que una transparente envoltura, que cada vez que vemos ese rostro y oímos esa voz, lo que se mira y lo que se oye son aquellas nociones.”

Por el camino de Swann, de Marcel Proust; Alianza, 1996; pg. 47.

Obra de Nick Alm

UN CHISTE DE BILL MAHER

La rica sopa de pescado del 7 Sillas me transportó proustianamente cinco años atrás, a la costa cantábrica donde descubrí lo que era la poliorcética; y donde empecé a perseguir la luz de un faro cuyo destello me hizo naufragar como nunca.

La poliorcética es una forma complicada de discutir, necesaria cuando toda discusión anterior se ha manifestado inútil. El ingenio retórico es sustituido por el ingenio tecnológico. Pero antes de llegar a tales rigores, cabe explorar todas las vías posibles del combate dialéctico.

Una de las formas de argumentación clásicas de Occidente es la reducción al absurdo. En la disputa dialéctica suele tener un efecto demoledor, porque las reducciones al absurdo, cuando están bien construidas, suelen ser muy graciosas. Y que nos hagan reír es una de las cosas que más agradecemos los seres humanos.

Será por ello que me cae bastante bien el señor Bill Maher. Porque el señor Bill Maher es muy gracioso y tiene una fabulosa capacidad para mostrar lo absurdas que son muchas opiniones; no sólo de sus rivales políticos, los republicanos estadounidenses, sino también entre su propio bando demócrata. Hillary Clinton, por ejemplo, nunca se ha atrevido a ir a su programa; a pesar de que sí lo han hecho las máximas estrellas conservadoras de las guerras culturales estadounidenses: Ben Shapiro, Steve Bannon, Alex Marlow… Fueron a discutir. Y discusión es lo que hubo.

Sí, me cae muy bien Bill Maher. Es un tipo coherente y valiente. Y muy gracioso. Tienes que serlo, para hacer reír así a todo un Monty Python.

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