El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: PROUST

UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR HOMOSEXUAL

Como un cíclope de piel bermeja al que le estuviese ardiendo el único ojo, una columna de humo se elevaba desde la ventana superior de la Cantine Royale: Michel Hundt fumaba su pipa contemplando la calle, sin prestar la más mínima atención a lo que en la calle ocurría. Entre otras cosas, porque en la calle no pasaba nada.

Michel Hundt debería estar preparando su próxima clase de historia, y a eso precisamente había venido; pero la peculiar forma de concatenación de pensamientos propia del sopor y el tedio le habían llevado hasta un pasado remoto de su vida, sin ninguna razón aparente.

En determinado momento, devolvió la mirada al interior de la cafetería, vacía en su piso superior; y acabó fijándose, por pura inercia de la disposición de su estructura corporal, en las dos estanterías excavadas en la pared de enfrente. Se trataba de la típica biblioteca para intercambiar libros. Michel reconoció los ejemplares de siempre; apenas ocurría algún intercambio muy de vez en cuando.

Pero hace años, la biblioteca de intercambio era muy usada. Y Michel Hundt, de repente, regresó a aquellos años.

-La estantería superior es de Peter Ramos-Hollande -le decía alguien en su recuerdo-; bueno, evidentemente no es suya, pero sólo él la ordena, y todo el mundo sabe que sólo él la ordena: siempre verás un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo; lo sustituyan por el libro que lo sustituyan, Ramos-Hollande siempre vuelve a colocar un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo. Con respecto a los otros libros, casi siempre son los mismos; a veces, por su propio gusto, él mismo cambia alguno o incluye uno nuevo; y, en muy raras ocasiones, acepta hacer permanente algún intercambio propuesto por otro lector. Así que, en cierto modo, se puede decir que tienes delante de ti el canon de Peter Ramos-Hollande.

Y Michel se ve mirando los títulos a la derecha de El Amanecer (el Metamanecer, como bromearían después al recordar juntos estos mismos momentos): el libro primero de El Capital; los tres tomos de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault; Guerra y paz; la poesía completa de Rimbaud; la poesía completa de Catulo; la poesía completa de Arda Lobo; los siete tomos de En busca del tiempo perdido; los diez tomos de Los amores de un libertino filipino; Los placeres y los días; el Anti-Sade, de Federico Bertranou (esta presencia sorprendió sobremanera a Michel); y, por último, 2666.

Unos días más tarde, Michel decidió coger el ejemplar de Guerra y paz y sustituirlo por Vida y destino de Grossman. Una semana después, volvía a haber un ejemplar recién comprado de Guerra y paz; pero Vida y destino permanecía a su lado, para gran diversión de Michel.

En la siguiente ocasión, Michel decidió intercambiar la poesía completa de Rimbaud por la de Baudelaire, con un papel que marcaba la página en la que se encontraba Enivrez-vous.

Michel esperó muchos días el regreso de Rimbaud. Pero sólo lo hizo, un par de semanas después, para permanecer al lado de Baudelaire. La estantería superior de la biblioteca de intercambio empezaba a quedarse sin sitio.

En el tercer intercambio, Michel se atrevió a sustituir El Amanecer por Los demonios de Dostoyevski.

Al día siguiente comprobó, con cierta decepción -y un poco de susto-, que un nuevo ejemplar de El Amanecer había ocupado el puesto de Los demonios. Sin más.

Michel perdió entonces interés en el jueguito; y, por circunstancias de la vida, estuvo una buena temporada sin ir por la Cantine Royale.

Pero cuando volvió a aparecer por allí, unos meses más tarde, en compañía de un novio con el que salía por aquel entonces, justo antes de sentarse en la misma mesa en la que ahora recordaba todo aquello, se fijó en la estantería superior de la biblioteca de intercambio. Y vio que no estaba El Amanecer. Y vio que sí estaban Los demonios. Y El idiota. Y Crimen y castigo. Y Los hermanos Karamazov. Ya no cabía ningún libro más en la estantería superior de la biblioteca de intercambio de la Cantine Royale.

Michel sonrió. Y siguió sonriendo mientras su novio de por aquel entonces le hablaba de algo a lo que no prestó demasiada atención y que ahora era incapaz de recordar.

Al día siguiente, Michel cambió la poesía completa de Catulo por la Divina Comedia. Con un papel que marcaba la página en la que empezaba el Canto XVI del Infierno.

Catulo no regresó. No regresó nunca más. Un día, mientras pensaba en otro intercambio, Michel tomó el ejemplar de la Divina Comedia y lo hojeó; aunque era una edición distinta, también tenía marcada la página del Canto XVI del Infierno con un papel. Michel se dio cuenta de que aquel papel era, en realidad, una carta. Divertido y nervioso, Michel desdobló el papel y leyó:

Antes de nada, debes saber que has de ser paciente conmigo, pues soy ese tipo de persona que no compra cotidianamente alcohol; pero si le regalan una botella de licor, no deja de beberla hasta que se acaba, no mucho tiempo después; y una vez terminada la botella, no compro más. Sólo espero a que me regalen otra. Pero sin ningún tipo de impaciencia. No me quedo a la espera. Simplemente sigo con mi vida. Y si me regalan otra botella, pues la abro, y no dejo de beberla hasta que se acaba, poco tiempo después. Y así, igual, hasta que me muera.

Aplicado a las relaciones humanas, es la mejor manera de confesarte que soy un desastre. No quiero, no me gusta, pero soy un desastre.

Pero no es que sea un maricón lujurioso, ni mucho menos. Lo que ocurre es que quiero ser amado de una determinada manera; no me preocupa demasiado la furia de los sentidos, aunque, por supuesto, te ofreceré mi cuerpo para tu placer; te informo, además, de que prefiero penetrar a ser penetrado; pero rendiré mi virilidad cuando fuere menester a tu deseo, si mi culo, como el resto de mi persona, es amado por ti; y esto lo demostrarás no tanto en el placer, sino en la vejez, cuando quizá no sea capaz de limpiar mis propios excrementos y quizá tú sí seas capaz. Eso quiero que hagas, si tienes mejor salud que yo. Pues yo te prometo hacerlo si mi salud es mejor que la tuya, para aquel entonces. Que me limpies y cuides cuando yo no sea capaz de hacerlo, esperando sosegadamente la muerte, a tu lado, que me amas, porque me limpias y cuidas, aunque ya mi culo, pobrecillo, sólo sirva para ser limpiado.

Es la ausencia de este tipo de amor la que me hace inconstante, infiel y lujurioso. Un amor tan difícil de hallar para nosotros, los sodomitas, sabedores de la condición trágica, por estéril, de nuestros amores; pues mi naturaleza jamás podrá acompañar a mi espíritu a la hora de preñarte, salvo a modo de metáfora, así que nunca seremos causas segundas de una nueva vida, y eso es triste cuando se ama a otro ser humano, ¿verdad?, mas, ¿qué otra cosa puede esperar un hombre que ama a otro hombre? Y parece que esa esterilidad trágica se nos mete en el alma como un castigo de los cielos y en nuestro resentimiento contra el cosmos escupimos aún más si cabe en todo lo que es eterno y dura y es para siempre.

Pero es ese amor, precisamente, el que yo te exijo, que es eterno y dura y es para siempre. Sólo así gozarás del culo de Peter Ramos-Hollande, maldito maricón desconocido.

Michel estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas al terminar de leer, pero algo le detuvo. No tenía nada claro si estaba ante una broma o ante una proposición de matrimonio.

Cogió el ejemplar de la Divina Comedia. En el hueco no puso ningún otro libro, sino un trozo de papel que sólo tenía escrito: ¿Qué amor es este del que me hablas?

Una semana más tarde, Michel encontró que el hueco había sido rellenado con una Biblia. Desconcertado, se aproximó, tomó el libro, y lo abrió por el lugar en que sobresalía un papel rasgado. Las páginas estaban brutalmente subrayadas y comentadas en los márgenes con una letra diminuta escrita a lápiz. Era el capítulo 13 de la primera epístola de San Pablo a los corintios.

Michel dejó la Biblia de nuevo en el hueco, sobre un papel en el que escribió un lugar, un día, una hora. Hecho esto, se dispuso a hacer guardia en el piso superior de la Cantine Royale, para que nadie, salvo el mismo Peter Ramos-Hollande, se acercase a esa Biblia.

No tuvo que esperar mucho. Un par de horas más tarde, con la cafetería a rebosar de gente, el escritor apareció con gesto impaciente y se abalanzó sobre la estantería superior de la biblioteca de intercambio; la que sólo él controlaba. Cogió ansioso el papel. Miró a su alrededor, momento en el que Michel se escondió tras el libro que estaba leyendo, y volvió a marcharse con la misma velocidad con la que había llegado.

Un mes después, Ramos-Hollande se trasladó a vivir a la casa de Michel.

De eso hacía ya casi quince años.

Michel Hundt sonrió, le dio una chupada a su pipa, y se puso a preparar su clase de historia.

LA CANTINE ROYALE

El sol atravesaba a duras penas el humo de las fábricas para acabar muriendo en los reflejos de alquitrán del Loira.

Patricia cubría la mitad inferior de su cara con un pañuelo salpicado con algunas gotas de agua de azahar. Caminaba a buen ritmo. Se fijó por un momento en las aguas negras del río, de las que sobresalía, de vez en cuando, el esqueleto podrido de alguna antigua embarcación.

Docenas de barcazas iban y venían desde las fábricas de la otra orilla.

Patricia giró y se introdujo en las callejuelas de aquella parte de la ciudad, dejando el río atrás. Un grupo de chavales hacía pintadas políticas en la pared de una mezquita. Una mujer gorda les miraba con desgana, desde el portal de enfrente, sentada en una silla plegable, mientras fumaba su pipa.

Unos niños jugaban al fútbol en medio de la calle.

Patricia los rodeó para llegar hasta la Cantine Royale. La madera pintada de rojo destacaba entre el gris cemento de los edificios circundantes.

Una campanilla sonó al abrir la puerta. Patricia se vio entonces sumergida en una humareda densa, casi sabrosa.

Una mujer la miraba con curiosidad desde detrás de la barra.

-Buenas tardes. Busco al profesor Hundt -dijo Patricia, que se acababa de quitar el pañuelo.

La mujer hizo un gesto, mirando por un momento hacia arriba. Patricia buscó y encontró unas escaleras estrechas. El piso superior se abría a la derecha, a modo de balcón, sobre la parte inferior del local. Se amontonaban allí unas cuantas mesas con unas pocas sillas alrededor. Una ventana pequeña dejaba entrar algo de luz justo enfrente de las escaleras. Dos mujeres se besaban apasionadamente, sentadas junto a la ventana.

Patricia se fijó en el marco sin puerta a su derecha, que daba paso a otra estancia. Al cruzar el umbral, encontró al fondo otra ventana, un poco más grande que la anterior; y dos hileras de sillones acolchados pegadas a los laterales, con varias mesas más en las que apoyar bebidas, tabacos, libros y trozos de tarta.

Vio al profesor Hundt sentado junto a la ventana, acompañado de media docena de personas. El profesor la reconoció y la saludó para que se acercase.

El profesor fue haciendo las presentaciones, pero los nervios hicieron que Patricia olvidase casi todos los nombres que oía. Salvo uno.

-Y este es Peter Ramos-Hollande -dijo el profesor, con una sonrisa-, catedrático de Historia de la Literatura y autor de la celebérrima El Amanecer.

Patricia saludó con un ligero movimiento de cabeza, al que respondió el escritor de la misma manera.

-No pensaba que fueras a venir tú sola -dijo el profesor Hundt, mientras cargaba su pipa.

-Nadie más quiso venir -respondió Patricia, mientras se quitaba el chaquetón-. Ya sabes, esta tarde había manifestación…

-Cierto -dijo el profesor, con una sonrisa-. Lo había olvidado.

Patricia también sonrió e intentó prestar atención a la conversación que estaba teniendo lugar en esos momentos.

-…es lo que hablamos siempre… -decía una hermosa mujer, de rasgados ojos verdes y media melena lacia y castaña-. ¿Cómo es posible tal nivel de desencanto, cuando la Revolución apenas tiene un cuarto de siglo? ¿Cómo es posible, teniendo en cuenta de dónde venimos? Dioses, mi padre aún recuerda el día que mató al capataz de su amo…

La mujer expulsó con un bufido el humo del cigarrillo.

-Y yo vuelvo a insistir -dijo el profesor Hundt-, no creo que debamos confundir nuestro pequeño mundo, de tertulias y discusiones académicas, con el mundo real. Yo no veo desencanto en mis alumnos. Son muy pocos -el profesor miró por un momento a Patricia- los que no están, me atrevería a decir incluso, entusiasmados con la actualidad política; y deseando tomar parte en ella.

El silencio reinó por un momento en la mesa. Ramos-Hollande fijó su mirada en Patricia.

-¿Estás desencantada con la Revolución, Patricia? -preguntó el escritor.

Todos miraron a la joven. Patricia bajó la mirada.

-No lo sé… -respondió-. Pero me sorprende pensar que el autor de El Amanecer lo esté.

Todos sonrieron.

-No he dicho que sea así -respondió Ramos-Hollande-, aunque supongo que no me puedo desprender del tono decadente de nuestras reuniones… Y es probable que tenga cierta culpa del mismo.

Patricia le miró a los ojos y preguntó:

-¿Qué esperaba usted de la Revolución?

-Todo, por supuesto -respondió el escritor, casi riendo-. Y tutéame, te lo suplico… Pues esperaba el triunfo de la libertad, la belleza y la bondad. Una sociedad en la que todos tuviésemos la oportunidad de llegar a ser Aristóteles o Proust. Esperaba todo lo que un joven puede soñar en el amanecer de una nueva era -la mirada se le perdió en el mármol de la mesa-. Supongo que estábamos ebrios; ebrios de historia. De repúblicas romanas, de independencias americanas… ¡De Espartaco! Éramos Espartacos victoriosos. ¡Por fin! El mundo había esperado hasta nuestras mismísimas existencias para ver triunfar una revuelta de esclavos… Oh, todo era muy emocionante y bello. Éramos la esperanza hecha carne.

El escritor bajó la mirada hasta el suelo, antes de darle otro sorbo a su café.

-Bueno, éramos jóvenes… -dijo un hombre pequeño, de pelo rizado y rubio.

-Sí, no creo que haya otro resumen mejor -concluyó el escritor.

-Entonces, El Amanecer… -dijo Patricia.

-Oh, El Amanecer-repitió el escritor-. No puedo sino estarle eternamente agradecido. Me valió fama y un puesto fijo en la nueva universidad de la recién nacida República de Nan. Me encontré con la vida resuelta a una edad muy temprana. Poder dar clases de lo que más me apasiona. Y el tiempo libre más que suficiente para escribir un segundo libro que nunca he escrito.

-Lo cual es visto como una auténtica afrenta por ciertos sectores políticos… -apostilló la mujer de ojos verdes, con media sonrisa.

-Sí, es mi gran crítica al estado de cosas -dijo el escritor, con tono irónico-, ser incapaz de decir algo bueno al respecto.

Todos sonrieron.

-Aunque, desde otro punto de vista -dijo Patricia-, podría ser visto como cobardía. ¿Por qué no escribir sobre el desencanto?

Se hizo el silencio y todos miraron al escritor, que gesticulaba afirmativamente, sin mostrar ningún tipo de enfado por el comentario.

-He pensado mucho en mi vocación literaria, desde aquel éxito inicial… -Ramos-Hollande hablaba mientras miraba cómo sus dedos acariciaban la taza de café-. ¿Cómo no, verdad? ¿Qué escritor no lo hace? Y no creo que mi vocación tenga que ver con dar opiniones sobre el estado de cosas… Si acaso, contar cuál es el estado de cosas. Pero eso es muy difícil, muy difícil. Porque, para decir cuál es el estado de cosas, uno tiene que saber la verdad de ese estado de cosas. Uno tiene que conocer la verdad. Y… ¿hay algo más difícil? ¿Hay algo más difícil que conocer la verdad de algo? ¿La verdad de algo en lo que pululan cientos de miles de seres humanos? ¿Algo que ha llegado hasta nosotros tras miles de años de historia?… Es difícil, es muy difícil…

El escritor se llevó la mano a la boca y se quedó mirando la calle a través de la ventana, más allá de su amigo Hundt.

-Pero esa es la auténtica verdad de tu vocación literaria -afirmó el profesor de Historia.

-Cierto, cierto -asintió el escritor con vehemencia-. Completamente cierto. No hay salida. He ahí el deber de cualquiera que quiera escribir. Ese es mi deber. Mi deber -el escritor se señaló el pecho-. Pero cuánto más consciente era de esto, más incapacitado me sentía para llevarlo a cabo. Imposible, pensaba. Imposible. No puedo, yo no puedo. Está por encima de mí.

-¿Sigues sin poder? -preguntó Patricia.

El escritor suspiró.

-No. Puedo. Ahora puedo -contestó, mirándose los dedos-. ¿Sabes? En El Amanecer no había verdad. Y seguramente fue un éxito por eso mismo. Era algo que aquella generación necesitaba leer en aquellos momentos. Como… un salmo, recitado antes de un sacrificio religioso… O un poema de combate declamado justo antes de la batalla… Como Taillefer declamando la canción de Rolando delante del ejército normando. Eso, eso. Eso era El Amanecer. Pero no era literatura. Faltaba verdad. Demasiadas voces silenciadas. Demasiadas voces sin voz.

-Hay que dejar hablar al otro -dijo la mujer-. Así lo siento yo cuando interpreto. Interprete lo que interprete. Yo soy el vacío donde otro se encarna. Mi papel. El papel que encarno. Aparto mi yo y me pongo otro.

-Pero un escritor ha de ser muchos yoes -dijo el hombre pequeño.

-Pessoa, Pessoa, siempre Pessoa, por supuesto… -dijo el escritor, de forma casi obsesiva.

-Pero todo esto puede sonar demasiado a relativismo -comentó Hundt-. ¿Acaso no creemos en la verdad?

-Por supuesto que creo en la verdad, en una verdad… -respondió el escritor-. Pero, ¿la tengo yo? No estoy seguro. No estoy nada seguro. Porque tengo todas estas voces discutiendo dentro de mí. Voces que se contradicen. Y entonces en este minuto yo pienso esto; y al minuto siguiente esto otro. Contradicción, contradicción. Todo el rato. Todo lo que hemos leído… ¡¿y cuánto hemos leído?! Dioses, Michel… ¿cuánto hemos podido leer?

Hundt hizo gesto de no saber, con una sonrisa.

-Dioses, hemos leído como locos… Y todo eso que hemos leído, son voces, voces que hablan sin parar, dentro de mí. Y discuten constantemente. De todo. Sobre todo. Así que pensé, bueno, pues que hablen. Que discutan. Y les di un cuerpo. Y una vida. Convertí cada voz en un personaje. Cada voz, sobre cada tema que me interesa. Y como me interesa todo, pues… El resultado es que, la novela que estoy escribiendo, es una guerra civil. La guerra civil de la Historia humana. La guerra civil de los dioses. La guerra civil de mi alma…

Ramos-Hollande hizo un gesto mirando a Patricia, como diciendo y esto es lo que hay.

-¿Estás contento con lo que estás escribiendo? -preguntó Patricia-. ¿Estás… satisfecho?

La cara del escritor se retorció en una mueca ambigua, como si la pregunta le estuviese rebotando dolorosamente en el cerebro.

-Creo que sí… Sí, creo que sí -respondió, finalmente-. Es que… ¿sabes? No podría hacer otra cosa. No sabría hacer otra cosa. No hay opción. Callar o escribir esto. No hay otra opción.

El escritor se quedó pensativo un momento, mirando el mármol de la mesa. Unos segundos después, miró a Patricia, esbozando una franca sonrisa, y añadió:

-Sí. No hay otra opción. Y me parece bien que no la haya.

Patricia también sonrió. En ese momento se acercó la mujer que había visto detrás de la barra. Patricia pidió un café solo y un trozo de tarta de chocolate con queso.

-Espero que no te molestase demasiado Armand, el otro día, en clase -le dijo Patricia al profesor Hundt.

El resto de la tertulia se quedó mirando al profesor, esperando una explicación.

-Hace un par de días, un alumno me exigió en clase que hiciese un análisis crítico de las Casas… Me notó demasiado frío, políticamente hablando, en mi exposición sobre su historia -dijo el profesor, con una sonrisa.

-Ese chaval será un gran comisario político -comentó el hombre pequeño.

-Entonces será mejor que no lo invites, Michel -comentó a su vez Ramos-Hollande-. Podríamos acabar todos guillotinados…

Hundt asintió con la cabeza, e intentó forzar una sonrisa; pero no fue capaz.

-¿También te interesan las Casas? -preguntó Patricia al escritor.

-Me fascina todo lo que tiene que ver con las Casas -respondió-. Me parece una tragedia cósmica que nuestro principal enemigo en la actualidad sea una Casa. De hecho, me encantaría visitarla. Ese cristianismo vetusto y sabio, obsesionado con la belleza en cada segundo de la propia existencia, obsesionado con estar a la altura de su dios desbordante de entrega al dolor del otro… Ese rechazo de tantas cosas que yo también considero superfluas… -al escritor se le escapó una sonrisa, con la mirada perdida-. Dioses, empiezo a sonar como uno de esos románticos alemanes del siglo XIX, que se convirtieron en masa al catolicismo, hartos del nuevo mundo industrial… Pero algo de eso hay, algo de eso hay… En mí, sí.

Patricia se quedó pensando.

-¿Te imaginas viviendo en una Casa? -preguntó a Ramos-Hollande.

El escritor sonrió y resopló al mismo tiempo.

-Me temo que amo demasiado al hombre que amo -dijo, mirando a Michel Hundt-. Y él me ama demasiado a mí. Así que, supongo que he de conformarme con que mi amor por las Casas se mantenga en un ámbito… platónico.

-No se puede tener todo en esta vida… -dijo el profesor Hundt, mirando al escritor.

Patricia sonrió y se quedó callada.

Pronto la conversación tomó otro rumbo, pero ella apenas prestó atención.

EL BEBÉ Y LA ÓPERA

“Y en seguida la frase ésa le brindó voluptuosidades especiales que nunca se le ocurrieron antes de haberla oído, que sólo ella podía inspirarle, y sintió hacia ella un amor nuevo.

Con su lento ritmo le encaminaba, ora por un lado ora por otro, hacia una felicidad noble, ininteligible y concreta. Y de repente, al llegar a cierto punto, cuando él se disponía a seguirla, hubo un momento de pausa y bruscamente cambió de rumbo y, con un movimiento nuevo, más rápido, menudo, melancólico, incesante y suave, le arrastró con ella hacia desconocidas perspectivas. Luego, desapareció. Anheló con toda el alma volverla a ver por tercera vez. Y salió efectivamente, pero ya no le habló con mayor claridad, y la voluptuosidad fue esta vez menos intensa. Pero cuando volvió a casa sintió que la necesitaba, como un hombre que al ver pasar a una mujer entrevista un momento en la calle, siente que se le entra en la vida la imagen de una nueva belleza que da a su sensibilidad un valor aún más grande, sin saber siquiera ni cómo se llama la desconocida ni si la volverá a ver nunca.

Aquel amor por una frase musical pareció por un instante que prendía en la vida de Swann una posibilidad de rejuvenecimiento. Hacía tanto tiempo que renunció a aplicar su vida a un ideal, limitándola al logro de las satisfacciones de cada día, que llegó a creer, sin confesárselo nunca formalmente, que así habría de seguir hasta el fin de su existencia; es más: como no sentía en el ánimo elevados ideales, dejó de creer en su realidad, aunque sin poder negarla del todo. Y tomó la costumbre de refugiarse en pensamientos sin importancia, con lo cual podía dejar a un lado el fondo de las cosas. E igual que no se planteaba la cuestión de que acaso lo mejor sería no ir a sociedad, pero, en cambio, sabía exactamente que no se debe faltar a un convite aceptado y que, si después no se hace la visita de cortesía, hay que dejar tarjetas, lo mismo en la conversación se esforzaba por no expresar nunca con fe una opinión íntima respecto a las cosas, sino en proporcionar muchos detalles materiales que en cierto modo tuvieran un valor intrínseco y que le servían para no dar el pecho. Ponía una extremada precisión en los datos de una receta de cocina, en la exactitud de la fecha del nacimiento o muerte de un pintor o en los títulos de sus obras. Y algunas veces llegaba, a pesar de todo, hasta formular un juicio sobre una obra, o sobre un modo de tomar la vida, pero con tono irónico, como si no estuviera muy convencido de lo que decía. Pues bien; como esos valetudinarios que, de pronto, por haber cambiado de clima, por un régimen nuevo, o a veces por una evolución orgánica espontánea y misteriosa, parecen tan mejorados de su dolencia, que empiezan a entrever la posibilidad inesperada de empezar a sus años una vida enteramente distinta, Swann descubrió en el recuerdo de la frase aquélla, en otras sonatas que pidió que le tocaran para ver si daba con ella, la presencia de una de esas realidades invisibles en las que ya no creía, pero que, como si la música tuviera una especie de influencia electiva sobre su sequedad moral, le atraían de nuevo con deseo y casi con fuerzas de consagrar a ella su vida.”

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust; Alianza, 1996; pgs. 317-319.

LA DERROTA

“Intento de reseña das Confesións dun burgués do Sándor Márai (para o Santi, por iso vai en español):

la altura de los hombres se mide teniendo en cuenta la calidad de las tareas asumidas. Los grandes escritores son aquellos que persiguen sin descanso definir lo que ellos mismos son. Los que tratan de decir qué es ese arte llamado escritura. Algunos simplemente escriben; y son correctos en su técnica. Pero para la genialidad, no es suficiente. Algunos lo intentan; todos fracasan. Pero no todos los fracasos son iguales. La descripción que Proust hace de su impotencia para describir esa sensación que le subyuga al observar un grupo de árboles al borde del camino, es una de las cumbres artísticas del hombre. La narración que Márai nos brinda de su génesis como literato, también merece la más alta consideración. Pues demuestra la incapacidad de las individualidades para el arte auténtico, si no son capaces de salir del ridículo ámbito de sus egos para tratar de apresar las transversalidades epocales que los conforman y determinan. En su búsqueda honesta, la persona de Márai se diluye en el cuento de la historia humana. Y su historia es la historia de la decadencia de los sueños de un tiempo ya estéril para el poder. Es la consciencia de una gran idea moribunda. ¿Qué profundo misterio esconde la derrota para el hombre, que siempre que éste intenta definir su experiencia, tan difícil le resulta ser vulgar y mentiroso? No hay respuestas: sólo grandes hombres buscando en una soledad apenas comunicable. Ese apenas es la clave de la genialidad literaria. En ese infinitesimal espacio se mueve Márai. Por eso es éste un libro genial.

Escrito en mi diario el 12 de mayo de 2004.

Fotograma de 'The Passion of the Christ', de Mel Gibson (2004)

Fotograma de ‘The Passion of the Christ’, de Mel Gibson (2004)

CON ASMA Y TODO

“Una tarde, cuando bajó después de terminar su trabajo, se puso a mirar lo que estaba leyendo Ben. Oh, Proust. “Por el camino de Swann”, dijo. ¡Swann! El pobre hijo de puta extraviado, y lo llaman esnob. Yo creo que era exactamente lo contrario. Demonios, lo que le hizo Odette. Habría sufrido menos si lo hubiese crucificado, habría sido menos angustioso. Proust tuvo suerte en algunos sentidos. Nunca tuvo que lidiar con Hollywood para ganarse el pan. Yo preferiría haberme pasado la vida en aquel dormitorio suyo forrado de corcho, con asma y todo. Lo aceptaría con mucho gusto, ahora mismo.

Faulkner. Una biografía, de Joseph Blotner; Letras/Destino, 1994; volumen 1, pg. 653.

Faulkner

LA VENENOSA FICCIÓN DE CORMAC McCARTHY

[De la entrevista realizada por Richard B. Woodward, publicada el 19 de abril de 1992 en The New York Times; traducción propia]

[…] La novela depende para su vida de las novelas ya escritas. Su lista de los que él llama buenos escritores — Melville, Dostoyevski, Faulkner — excluye a cualquiera que no trate cuestiones de vida y muerte. Proust y Henry James no pasan el corte. No los entiendo, dice. Para mí, eso no es literatura. Hay un montón de escritores que me resulta extraño que sean considerados buenos.

[…] No existe la vida sin derramamiento de sangre, dice McCarthy filosóficamente. Creo que la idea de que la especie puede ser mejorada de alguna forma, de que todo el mundo podría vivir en armonía, es una idea realmente peligrosa. Los que creen tal cosa son los primeros en rendir sus almas, su libertad. Tu deseo de que las cosas sean así acabará haciendo de ti un esclavo y vaciando tu vida.

Obra de Andrew Wyeth

Obra de Andrew Wyeth

PODRÍA YO MORIR

El tratado definitivo de estética, como el tratado definitivo de retórica, se halla esparcido en obiter dicta de ese linaje de grandes que va de Homero a Proust.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1207.

“Yo sentía aglomerarse en mí, capaces de ser utilizadas para esto, multitud de verdades relativas a las pasiones, a los caracteres, a las costumbres. Su percepción me causaba alegría, pero me parecía recordar que, más de una, la había descubierto en el dolor, otras en goces muy mediocres. Entonces surgió en mí una nueva luz, menos resplandeciente sin duda que la que me había hecho percibir que la obra de arte era el único medio de recobrar el Tiempo perdido. Y comprendí que todos esos materiales de la obra literaria eran mi vida pasada; comprendí que vinieron a mí, en los placeres frívolos, en la pereza, en la ternura, en el dolor, almacenados por mí, sin que yo adivinase su destino, ni su supervivencia, como no adivina el grano poniendo en reserva los alimentos que nutrirán a la planta. Lo mismo que el grano, podría yo morir cuando la planta se desarrollara, y resultaba que había vivido para ella sin saberlo, sin que me pareciera que mi vida debía entrar nunca en contacto con los libros que yo hubiera querido escribir y para los cuales, cuando en otro tiempo me sentaba a la mesa, no encontraba tema. De suerte que, hasta aquel día, toda mi vida habría podido y no hubiera podido resumirse en este título: Una vocación. No habría podido resumirse así porque la literatura no había desempeñado papel alguno en mi vida. Habría podido resumirse así porque esta vida, los recuerdos de sus tristezas, de sus goces formaban una reserva semejante a ese albumen que se aloja en el óvulo de las plantas y del que éste saca su alimento para transformarse en grano, en ese tiempo en que todavía se ignora que se desarrolla el embrión de una planta, el cual es, sin embargo, lugar de fenómenos químicos y respiratorios secretos pero muy activos. Mi vida estaba así en relación con lo que traería su maduración.”

El tiempo recobrado, de Marcel Proust; Alianza, 1998; pgs. 249-250.

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ESCRIBIR: AMAR

“Amar es rondar sin descanso en torno de la impenetrabilidad de un ser.”
Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 246.

“Desde aquel día, en mis paseos por el lado de Guermantes sentí con mayor pena que nunca carecer de disposiciones para escribir y tener que renunciar para siempre a ser un escritor famoso. La pena que sentía, mientras me quedaba solo soñando a un lado del camino, era tan fuerte, que para no padecerla, mi alma, espontáneamente, por una especie de inhibición ante el dolor, dejaba por completo de pensar en versos y en novelas, en un porvenir poético que mi falta de talento me vedaba esperar. Entonces, y muy aparte de aquellas preocupaciones literarias, sin tener nada que ver con ellas, de pronto un tejado, un reflejo de sol en una piedra, el olor del camino, hacíanme pararme por el placer particular que me causaban, y además porque me parecía que ocultaban por detrás de lo visible una cosa que me invitaban a ir a coger, pero que, a pesar de mis esfuerzos, no lograba descubrir. Como me daba cuenta de que ese algo misterioso se encerraba en ellos, me quedaba parado, inmóvil, mirando, anheloso, intentando atravesar con mi pensamiento la imagen o el dolor. Y si tenía que echar a correr detrás de mi abuelo para seguir el paseo, hacíalo cerrando los ojos, empeñado en acordarme exactamente de la silueta del tejado o del matiz de la piedra, que sin que yo supiera por qué, me parecieron llenas de algo, casi a punto de abrirse y entregarme aquello de que no eran ellas más que vestidura.”

Por el camino de Swann, de Marcel Proust; Alianza, 1996; pgs. 272-273.

Obra de Jeremy Lipking

Obra de Jeremy Lipking

Quod Vidimus

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

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