El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: PROKOFIEV

HASTA EL DESVANECIMIENTO, AL BORDE DEL PRECIPICIO

“En el asiento trasero estaba repantigado un personaje gordinflón, con unas lentes embutidas en su rostro rechoncho. Beria. Elegía el cuerpo femenino que más le apetecía. Acto seguido, sus sicarios detenían a la viandante. Era la época en que ni tan sólo se necesitaba un pretexto. Trasladada a su residencia, la mujer era violada, sometida con alcohol, amenazas, torturas…

[…] Sí, era ruso, y de pronto comprendía de manera confusa qué implicaba eso. Llevar dentro de sí a todos los seres desfigurados por el dolor, los pueblos calcinados, los lagos helados llenos de cadáveres desnudos. Conocer la resignación de un rebaño humano violado por un sátrapa. Y el horror de sentirse partícipe en semejante crimen. Y el deseo rabioso de revivir todas esas historias pasadas para extirpar de ellas el sufrimiento, la injusticia, la muerte. Sí, alcanzar al coche negro en las calles de Moscú y aniquilarlo de un manotazo. Luego, conteniendo la respiración, acompañar a la joven que abre la puerta de su casa, sube la escalera… Dar cobijo a toda esa gente en mi corazón para poder liberarlos un día en un mundo redimido del mal. Pero, entretanto, compartir su dolor. Aborrecerse por cada desfallecimiento. Llevar ese compromiso hasta el delirio, hasta el desvanecimiento. Vivir casi cada día al borde del precipicio. Sí, eso es Rusia.”

El testamento francés, de Andreï Makine; Tusquets, 2002; pgs. 176-177, 178-179.

EL SUSTITUTO

El portero de fin de semana fue muchas veces el sustituto de verano.

Le gustaba especialmente aquella portería, cerca del Parque de Berlín. Echaba muchas horas, pero también cobraba más a final de mes. El titular tenía un reproductor de CD y el portero austrohúngaro aprovechaba para traerse su colección de música, con la que acompañar las lecturas o la limpieza del portal.

Los vecinos solían apreciar el ser recibidos por Bach o Mozart al volver a sus hogares, así como ser despedidos por Prokofiev o Mahler al lanzarse a la calle a pelear con el mundo.

Había un vecino que disfrutaba especialmente con las manías musicales del sustituto. Había sido un alto cargo de una importantísima institución musical del estado. Sentía predilección por Albéniz; le regaló al sustituto un disco del compositor, cuya grabación él mismo se había encargado de producir. Pero aquella responsabilidad había dejado de ejercerla muchos años antes. En aquel momento, básicamente, su principal ocupación era beber. Beber y escuchar música, suponía el sustituto. Siempre que pasaba por el portal, hacía un simpático gesto como de atender a la pieza que sonaba, antes de hacer algún comentario o intentar averiguar cuál era. Y se volvía a ir, siguiendo a veces el ritmo de la música con el movimiento de una mano.

Casi siempre que se dirigía hacia su casa ya de noche, el clin-clin de varias botellas recién compradas y cargadas en una bolsa de plástico se dejaba oír entre las líneas melódicas de la música enlatada.

Al día siguiente, el hombre volvía a pasar, en dirección al contenedor de vidrio, con la misma bolsa de plástico llena de botellas para reciclar. Sonreía, su rostro componía otra vez un gesto de escucha tras las gafas de sol, y se despedía amable con la mano.

La noche del 6 de septiembre de 2006 sonaba en el portal el cuarto concierto para piano y orquesta de Beethoven. Ya quedaba poco para que el sustituto terminase su jornada laboral. El hombre entró en el portal, con su habitual cargamento tintineante; parte del cual había decidido traerlo directamente en sangre, así que se acercó hasta el cubículo del sustituto especialmente dicharachero.

-¡Ah, qué formidable! -dijo, mientras se quedaba de pie en la puerta, escuchando- ¿Quién dirige?

-Abbado -respondió el sustituto.

-Maravilloso… -otra pausa para seguir escuchando- ¿Quién está al piano, la Argerich?

-No, Pollini.

-Ah, qué hijo de puta Pollini, qué manera de tocar… -se extasió el hombre; se acercaba el final del primer movimiento- Beethoven… Qué genial hijo de la gran puta, Beethoven. Mirá lo que hace en el principio del segundo movimiento, con esas pocas notas, pero tan terribles… Cómo te explica la tragedia de la vida y la insignificancia del hombre… Escuchá el pobre piano, aterrorizado, casi obligado al silencio por la orquesta…

El hombre siguió hablando durante los siguientes minutos, explicando cada nota, interpretando cada sonido, hablando de la difícil búsqueda de la felicidad, de los breves instantes de belleza que la vida ofrece; y así como se va apagando el segundo movimiento, el hombre se fue callando, cada nueva palabra cada vez más distante de la anterior, hasta dejar de hablar definitivamente para escuchar las últimas notas sutiles y abandonarse en sus propias melancolías.

El sustituto, con los ojos enrojecidos, contemplaba la escena abrumado por la honesta pasión de aquel santo bebedor.

El hombre regresó de sus trasteros emocionales y sonrió al sustituto. El sustituto le devolvió la sonrisa y le vio partir, cargando nuevamente con el peso de la repleta bolsa de plástico, tambaleándose ligeramente hasta el ascensor del fondo.

Siempre que el portero austrohúngaro vuelve a escuchar ese movimiento, regresa aquel hombre amable; y el clin-clin de sus botellas.

En Compostela

NON MEA VOLUNTAS

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo