El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: PLATÓN

UN BOTE DE PASTILLAS AZULES

Creo que aún no tengo veinte años y estoy en el baño, mirando fijamente un bote de pastillas azules que me devuelve la mirada.

Es un bote de diazepam, si mal no recuerdo, prescrito por el psiquiatra de la Seguridad Social a cuya consulta había acudido.

Llevaba unos días sintiendo un extraño nerviosismo, ubicado en la boca del estómago, que no tenía relación alguna con ninguna causa concreta. Estaba nervioso, todo el tiempo, sin saber por qué. Cosa que nunca me había ocurrido.

El doctor de cabecera me mandó al especialista en psiquiatría. En algún momento de la consulta, el psiquiatra me preguntó qué estudiaba. Filosofía, en la Complutense, respondí. Aquello le encantó, pues le daba pie para hablarme de los Diálogos de Platón, que le gustaban mucho; creo que su favorito era El Banquete.

Sin solución de continuidad, el psiquiatra empezó a escribir en un recetario. Me dio el papel, con la dosis prescrita de diazepam. Y ahí acabó todo. Ningún análisis del posible origen de aquel nerviosismo raro. Soma y nada más.

Aquello no me cuadraba. No sé si ya había ido a clase con Fuentes y había empezado a desarrollar mi desconfianza hacia la Psicología y la Psiquiatría. No sé si había leído ya la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado, que me hizo entender lo voluble, arbitraria y, en no pocas ocasiones, irracional que puede llegar a ser la artificial línea de separación entre drogas legales e ilegales.

No sé cuál fue la razón, exactamente. Pero decidí no tomar esas pastillas azules y quedarme con mis nervios raros.

Un compañero de la Facultad me dijo que él también sentía algo parecido y se había acabado acostumbrando a vivir con ello. Pensé que quizá yo también podía hacer lo mismo.

Finalmente, le di el bote de pastillas azules a un amigo, que me lo pidió tras saber que yo no iba a hacer uso de él; amigo al que le encantaba experimentar con todo tipo de drogas.

Y al que tuve que visitar varias veces, durante los años siguientes, en diversos pabellones psiquiátricos. Un amigo cuya amistad fui incapaz de mantener, porque se había transformado en Gollum, y yo ya no daba más de mí.

Experiencia que tampoco ayudó a mejorar mi opinión sobre el entramado farmacéutico-psiquiátrico actual.

Hoy ha vuelto el bote de pastillas azules por mor del vídeo que os comparto más abajo, en el que hemos podido ver otra vez al bueno de Jordan Peterson, aún en proceso de recuperación de su adicción a las benzodiacepinas.

Parece que empieza a ver la luz al final del túnel. De lo cual me alegro sobremanera.

Y también me ha hecho sentirme agradecido. Porque, a estas alturas de la vida, parece que uno siempre está pensando en el tiempo perdido y en los errores cometidos.

Pero recordar el bote de pastillas azules me ha hecho pensar otra vez en aquella decisión. Que apenas puedo llamar así, pues fue más bien una intuición; la cual me hizo sospechar de ese camino tan fácil para superar aquella molestia que no acababa de entender.

Un regalo de Dios, sin duda alguna, aquella intuición.

LAS DISCIPLINAS

¿Es el dualismo platónico una reacción resentida e impía (desde el punto de vista heleno) contra el sometimiento del cuerpo humano a los dioses?

¿Y es el pensamiento aristotélico una reacción a esa reacción, que prima el conocimiento de lo divino por encima de su dominio?

Por otro lado, ¿hay mejor forma de dominar que conocer? Conocer hasta dónde se puede dominar. Como dice la bella oración de Niebuhr:

God, give me grace to accept with serenity
the things that cannot be changed,
Courage to change the things
which should be changed,
and the Wisdom to distinguish
the one from the other.

¿No es ésa acaso mi sensación, en presencia de esos dos pilares de Occidente: Aristóteles, el investigador de lo que es, y Platón, el investigador de lo que debería ser?

Hay que llevarlos a ambos dentro. Y eso es lo que trató de hacer la filosofía cristiana.

Aunque es cierto que los primeros mil años de historia cristiana son eminentemente platónicos. Aristóteles sólo es conocido por los tratados lógicos traducidos por Boecio o por las interesadas síntesis neoplatónicas. Aristóteles hará su irrupción en la Cristiandad medieval como principal arma de combate de la teología musulmana. Santo Tomás de Aquino tratará de bautizarlo (en feliz expresión de San Gilberto) e introducirlo en el arsenal teológico católico.

Pero siempre existió el miedo a que en realidad fuera un caballo de Troya. Un virus que acabaría infectando la civilización católica en su totalidad. ¿Es eso lo que percibe Gómez Dávila? ¿De ahí su rechazo a Aristóteles, y su ferviente platonismo? Platón lidera los mil años de ascenso de la civilización cristiana y Aristóteles los mil siguientes de disolución. Una disolución que ha dejado joyas formidables para la historia de la humanidad, todo sea dicho.

¿Es el aristotelismo demasiado condescendiente con El Mundo (con sus dioses/demonios)? ¿Es el platonismo una filosofía mejor preparada para combatir y derribar enemigos, para disciplinar la disoluta somaticidad humana?

Pero, insistimos: quizá la sabiduría realmente sea llegar a conocer cuándo hay que condescender y cuándo hay que eliminar. Y lo más normal es que ni siquiera los más sabios tengan claro cuándo hay que hacer qué cosa.

Como ya le explicó Gandalf a Frodo.

APUNTE SOBRE EL RETORNO DE LOS DIOSES

Un dios era un resumen de experiencias milenarias. Una voluntad extraña que se podía apoderar de los actos y pasiones de los mortales. La realidad de estos dioses, y la pequeñez de la voluntad humana frente a ellos, es una constante en la historia de las civilizaciones.

La reacción -a escala mitológica- ante el poder de los dioses, supone la aparición de un nuevo tipo de religiones: el monoteísmo occidental (el no-sacrificio de Isaac), el budismo oriental. En Occidente, los dioses son rebautizados como demonios, contra los que se da un combate eterno. El mortal ha percibido (o ha querido percibir) un orden superior al de los dioses y pone en él sus esperanzas, sus actos y sus devociones. Ese orden superior conlleva una disciplina de las almas (Aristóteles vs. Platón), que es la única forma de liberarse de la acción de los dioses/demonios.

Estos dioses/demonios son la sustantivación mítica de las determinaciones -límites- fundamentales en toda comunidad humana: físicas, químicas, biológicas, etológicas… todas aquellas que han ido conformando el proceso de antropogénesis y, posteriormente, el trato dentro de, y entre, las comunidades humanas.

Las civilizaciones post-politeístas están estructuradas para generar individuos con la capacidad de generar actos voluntarios liberados, en la máxima medida posible, de la acción de los dioses/demonios.

Su estructura trágica fundamental radica entonces en que su mera idea implica la liberación del ser humano de todo aquello que lo determina como ser humano. Por ello, el éxito de tal liberación sólo puede acontecer fuera de este mundo (en otro mundo, en Occidente; en ningún mundo, en Oriente).

[excurso: la tragedia/contradicción fundamental de la salvación cristiana: la dramaticidad de la existencia humana como causa de todos los bienes y de todos los males; pero, si se elimina la dramaticidad, se elimina el mal, y también el bien; el bien ha de ser redefinido: como el éxtasis eterno de la contemplación de la belleza divina -Dante-; ejemplo: no vivir una vida “al modo terrestre” con el hijo aún niño que murió, sino compartir con su alma una eterna contemplación de la bella verdad oculta -y ya comprensible para el salvado- tras esa dolorosa muerte temprana]

Olvidado el momento histórico y la necesidad ontológica del combate contra los dioses/demonios, las sociedades modernas que pretenden liberarse de las disciplinas de las religiones bíblicas para lograr la autonomía de la voluntad individual, lo que en realidad logran es volver a dejar la voluntad individual bajo el poder de los dioses/demonios. Con la peculiaridad de que el individuo nuevamente sometido al albur de los dioses/demonios se cree libre, porque su nueva educación le hace ciego a los dioses/demonios; como un cuerpo que, empujándose a sí mismo en un espacio absoluto sin fricción, pudiese ir rápidamente a cualquier lugar sin ningún tipo de resistencia a su voluntad de movimiento. Pero esta falsa imagen es enseguida opuesta, en la existencia del individuo, por las determinaciones fundamentales de toda comunidad humana (las cuales, evidentemente, no se han evaporado): es decir, el individuo vuelve a toparse con los dioses/demonios sin ni siquiera saber de su presencia.

Sin artesanías conductuales [disciplinas, modales, maneras; disciplina > necesidad de rutinas > y su posterior elevación estético-sagrada a la categoría de “ritos”] a su disposición, cercenados en muchos casos los accesos a los conocimientos de las vías tradicionales de existencia, el individuo actual liberado recae en lo que él considera un caos de insoportable dolor, que le lleva a desesperar de su condición. Ese caos no es otra cosa que El Mundo (el imperio de dioses y demonios), en el cual se encuentra aún más perdido que el primer mono recién bajado del árbol; pues éste aún mantenía una cautela respetuosa -primariamente sagrada- ante lo desconocido, mientras el individuo actual se enfrenta al Mundo creyendo que nada ha de sorprenderle, que nada puede escapar al designio de su voluntad.

No alcanza por lo tanto, ni siquiera, la categoría de “salvaje”: ese primer mono sabía más que él.

DONDE EL LOGOS SE HACE CARNE

No recuerdo exactamente cuál era el título de aquella asignatura optativa. Sí recuerdo que Quintín solía hacer el chiste de que le ponía esos nombres a sus asignaturas para asustar a los alumnos y evitar que se apuntasen a sus clases. Es cierto que las clases de Quintín solían estar repletas de gente; y que Quintín nunca anduvo mal de ego, tampoco es falso. La asignatura que dedicaba a los filósofos del barroco europeo, por ejemplo, se llamaba Ontopraxeología, nada menos.

Me apunté a ambas en mi segundo año de carrera, que creo fue el último de Quintín Racionero como docente en la Universidad Complutense, antes de hacerse cargo definitivamente de la cátedra que había ganado en la UNED.

Me parece que el título era Genealogía de la Metafísica. Y básicamente era una historia de la filosofía griega que, combatiendo la típica interpretación, ya muy criticada, de aquélla como un progresivo paso del mythos al logos, trataba de hacerse cargo de todo el logos presente ya, por ejemplo, en la mitología griega.

Así que muchas de las clases consistían en Quintín contándonos un cuento. El cuento era siempre un mito griego. Y tras la narración, Quintín analizaba el contenido del relato y los conceptos que en él se exponían y articulaban.

Lo buen narrador que era Quintín es algo difícilmente describible con palabras. Un regalo del cielo, sin duda alguna.

El caso es que le pedí que fuera mi director de tesis. En segundo de carrera. Y él me aceptó, aunque mi idea de tema de investigación era bastante peregrina: quería hacer lo que él hacía con los mitos griegos, pero aplicándolo a los relatos de la mitología celta. Esperando probablemente que algún día me aburriría de tal tontería, me puso deberes, y me dijo que debería irme de Erasmus a Alemania y estudiar lógica de clases. Empecé a ir a clases de alemán en una academia para completar las muy limitadas que nos impartían en la carrera.

Pero el devenir de la vida me acabó alejando de Quintín. Y tras su marcha a la UNED, poco trato mantuvimos.

Ese interés primero por examinar mitos, lo recuerdo como algo semejante al niño que desmonta un reloj para intentar descubrir cómo funciona; con el resultado lógico y terrible de no descubrir casi nada sobre el funcionamiento de un reloj, que, mientras tanto, ha quedado roto en el proceso.

Aquel estudiante de filosofía se había presentado a un concurso literario de la Complutense con un relato de unas 50 páginas, El Picotazo, que dio a leer a su profesor Quintín Racionero. Creo que le gustó algo, aunque tampoco quedó fascinado, ni mucho menos. Básicamente, porque era bastante malo y pueril. Pero sí me dijo una cosa que, me parece, intentaba ser un halago: me había enfrentado cara a cara con el problema del nihilismo. Y eso le había gustado.

A mis compañeros de Facultad de aquel entonces les parecía un poco ridícula mi idea de tesis. No se lo puedo echar en cara. Al fin y al cabo, nos preparábamos para ser filósofos, no cuentistas.

Existiendo los lenguajes científicos y filosóficos, ¿para qué rebuscar en narraciones mitológicas? ¿Cuánto logos podía morar en un cuento? ¿Y de qué calidad? La mitología griega aún tenía un pase, era la antesala de la filosofía; pero, ¿la mitología celta?…

Había que estudiar las críticas kantianas y dejarse de tonterías. Y lo cierto es que me las leí. Y leer a Kant es la mejor forma de comprender ese sarampión que sacudió Europa durante el siglo XIX, llamado Romanticismo. Encerrados en un cielo abstracto, la elite europea corrió de forma enloquecida en dirección contraria. Reacción desquiciada e histérica a una situación desquiciada y delirante.

Pero también estaba leyendo a Platón y haciéndome cargo de la molesta reaparición en sus diálogos de los mitos, cada vez que las explicaciones de Sócrates no parecían llegar a ningún lado.

Había quiebras en la filosofía que sólo parecían atacables desde la narración.

Mientras tanto, yo seguía bebiéndome los clásicos de la literatura occidental, donde el logos se hacía carne. Donde se continuaba el trabajo de los redactores del canon bíblico. Donde seguía medrando el árbol de la sabiduría de Occidente, su tradición de sentido común.

Para finalmente llegar a la conclusión de que la filosofía es la hermana cobarde de la literatura. Un nihilismo no enfrentado; un miedo a fabular encastillado tras muros de palabras. Terror al error. A decir sí a algo. A perderse. A vivir.

Quizá, por encima de todo, miedo a encontrar.

¿Era eso lo que pulsaba en aquel adolescente ridículo que sólo quería estudiar filosofía para entender mejor cuentos muertos?

¿Es eso lo que nunca cambió? ¿Es eso lo que siempre he sido, a través de todos mis avatares: un detective de relatos?

Y… ¿es, acaso, la vida, otra cosa que un relato de detectives?

Salvajes, por supuesto. Pues no pueden decir que les gusta leer, porque leer es respirar.

Leer es rezar.

Y escribir es perseguir verdad. Su existencia es un éxodo sagrado en busca del Santo Grial, un cáliz tallado en piedra basta, alrededor del cual los narradores dan sentido a sacrificios ancestrales.

Los sacrificios que hacen posible el eterno retorno de lo divino entre los seres que han de morir.

Donde se escancia el vino que nos permite morar
con sosiego
en los acantilados a los que pertenecemos.

AQUÍ TAMBIÉN HAY DIOSES

El alboroto de la lonja se componía de gaviotas, motores, sirenas y varias docenas de subastas que se desarrollaban a voz en grito. Una agradable brisa marinera removía la sopa de olores que producía el mercado a primera hora de la mañana.

Todas las razas e idiomas del mundo parecían congregarse en aquel lugar. Una pequeña figura, vestida con una sencilla camiseta marrón y amplios pantalones del mismo color, paseaba con gesto entretenido entre la barahúnda del puerto. De vez en cuando, se detenía para examinar el género de algún puesto, con una curiosidad que parecía más científica que gastronómica.

-¿Va a querer algo, viejo? -le preguntó en inglés clásico un pescadero gordo, calvo y negro, que se empezaba a impacientar ante el largo escrutinio de sus peces.

-Oh, no… Lo siento, me había obnubilado observando las branquias de ese lepidorhombus… -contestó en griego ortodoxo el anciano.

-Pues, si no va a comprar nada, deje sitio a los que sí quieren hacerlo -respondió a su vez el pescadero, en griego ateniense.

El viejo se acarició la rala barba de su mentón y siguió su camino despidiéndose con un ligero movimiento de cabeza. Se fijó entonces en la fragata de la Liga que entraba en esos momentos en el Pireo: un enorme buque acorazado de color gris perla del que salían, como espinas en la espalda de un dragón, varios palos en los que los marineros se afanaban en arriar y recoger velas. El anciano se quedó parado, contemplando la actividad en el barco de guerra.

-¡Señor Thomas! -gritó un joven desde la terraza de una taberna cercana.

El viejo se giró y saludó con una mano, acercándose a buen paso hasta la mesa que ocupaba el joven. En su rostro anguloso y lampiño se mezclaban sangres de todos los continentes; unos alegres ojos verdes, ligeramente rasgados, invitaron al anciano a sentarse; cosa que hizo con presteza.

Una camarera se acercó a ellos. El joven ya tenía una copa de vino blanco. El anciano pidió otra, además de una ración de calamares fritos.

-¿Qué tal estás, joven Peras? -preguntó, jovial.

-No hay queja, Maestro. ¿Qué tal se encuentra usted?

-Felizmente atareado, como siempre. A Dios gracias. ¿Y Adonis?

Peras hizo un gesto y desvió la mirada.

-Bueno, ya sabe; preocupado por el estado de las cosas, como suele. Preocupado sobre todo por la posibilidad de que el partido de Sonshu Agamenón gane las próximas elecciones.

-Claro.

-Le he traído lo suyo; y una carta que recibió Adonis hace un par de días -Peras acercó un par de sobres por encima de la mesa al anciano-. Parece que es importante.

Thomas cogió los dos sobres. Uno blanco, otro gris. Se quedó observando éste por un momento, hasta que guardó ambos en un pequeño bolso que colgaba de su cinturón.

La camarera llegó con la copa de vino y los calamares. Peras pinchó uno inmediatamente y empezó a comerlo, mientras Thomas se quedaba mirando la cabeza de uno de los animales, buscando la boca entre los tentáculos con ayuda de su tenedor. Peras se quedó mirando al anciano.

-Se le va a enfriar, Maestro -comentó divertido.

Thomas sonrió. Levantó un dedo, indicando a Peras que esperase un momento. Peras ya sabía lo que eso significaba: le iba a leer algo. El anciano extrajo un libro bellamente encuadernado de su bolsita. Lo abrió y empezó a buscar. Volvió a levantar el mismo dedo, sin dejar de mirar el libro, haciendo ver que ya había encontrado lo que buscaba y se disponía a leerlo:

-…por ello es necesario no rechazar puerilmente el estudio de los seres más humildes, pues en todas las obras de la naturaleza existe algo maravilloso. Y lo mismo que se cuenta que Heráclito dijo a los extranjeros que querían hacerle una visita, pero que, cuando al entrar lo vieron calentarse frente al horno, se quedaron parados (los invitaba, en efecto, a entrar con confianza, pues también allí estaban los dioses), igual hay que acercarse sin disgusto a la observación sobre cada animal, en la idea de que en todos existe algo de natural y de hermoso… ¿No es realmente magnífico Aristóteles?

Peras tomó el libro y lo hojeó con profunda admiración. Estaba escrito en griego clásico. Las miniaturas que lo adornaban eran de una extraordinaria belleza.

-¿Es una copia realizada por usted, Maestro?

-Nunca entenderé por qué San Nicolás le tenía tanta inquina… -Thomas no parecía haber escuchado al joven.

-¿A San Nicolás no le gustaba Aristóteles? -inquirió Peras, olvidando su pregunta anterior.

-Pues no. De hecho, Iumbe Crisóstomo llegó a dedicar un libro a la cuestión, poco antes de la Caída; pero es una de sus muchas obras que no se han conservado… Así que no podemos saber cuál era su teoría al respecto -Thomas se quedó por un momento con la mirada perdida en las olas-. En cualquier caso, a pesar de mi profunda admiración por el santo, no puedo evitar sentirme profundamente feliz cuando leo al Filósofo. Espero que no sea pecado… -comentó con una suave sonrisa.

-Quizá, en esta cuestión, estuviese equivocado -dijo Peras, intentando dar pie a que el anciano siguiese hablando del tema-. ¿En qué escolios se puede percibir ese malestar con Aristóteles?

-Explícitamente, recuerdo ahora mismo dos: uno en que considera que el aristotelismo ha sido uno de los traspiés de la Iglesia y otro en el que dice que el vicio de la escolástica medieval está en no haber sido sierva de la teología, sino de Aristóteles -respondió el anciano, antes de comerse un calamar.

-¿Y es así?

-Claro, esa es la cuestión, mi duda… -dijo Thomas, con una sonrisa, mientras se acercaba la copa a los labios-. Hay otros escolios en los que habla de la escolástica; por ejemplo: la Escolástica pecó al pretender convertir al cristiano en un sabelotodo. El cristiano es un escéptico que confía en Cristo… Y en otro lugar: el que menos comprende es el que se obstina en comprender más de lo que se puede comprender. San Nicolás desconfía de los mamotretos escolásticos: tan grande es la distancia entre Dios y la inteligencia humana que sólo una teología infantil no es pueriltomistas y marxistas pueden intercambiar personal...

-¿Marxistas?

-Oh, una herejía que tuvo su importancia unos tres siglos antes de la Caída… -explicó Thomas, antes de continuar con las citas- …los vicios de la teología católica resultan de su propensión a tratar problemas teológicos con mentalidad de canonista... Evidentemente, Santo Tomás tampoco queda libre de sospecha; en un escolio, San Nicolás se pregunta si se le puede considerar un orleanista de la teología -el anciano dejó escapar una risita-. Es otro modo de decir que ya está cediendo demasiado terreno al enemigo. Teniendo en cuenta lo que Santo Tomás opinaba de su propia obra al final de sus días, casi podríamos pensar que él mismo le daría la razón a San Nicolás… -el anciano sonrió-. Por otro lado, las loas a Platón abundan en los Escolios: las tres filosofías más importantes de la historia (Platón-Descartes-Kant) son apologéticas larvadas de la religión… En fin. El caso es que San Nicolás desconfiaba profundamente del cristianismo con tendencia a la enciclopedia. Y de esa tendencia, parece culpar principalmente a Aristóteles.

Peras se quedó pensativo, mientras el anciano volvía a tragar un calamar con evidente placer.

-Es curioso, ¿sabes, Peras? Porque muchos pensadores cristianos han considerado que la filosofía antropológica de Aristóteles se acomodaba mejor al misterio de la Encarnación que la siempre peligrosa tendencia al dualismo de Platón. Aunque también es cierto que grandes pensadores musulmanes han pensado que el tratado sobre la psyché explicaba perfectamente la relación entre su dios abstracto y las criaturas… -Thomas se quedó callado, con la mirada fija en la nada, mientras le daba otro trago a la copa de vino-. El caso es que sería un interesante tema de estudio, ¿verdad?

Peras pareció volver de un lugar muy lejano.

-Ciertamente, Maestro…

-¿Serías tan amable de acompañarme a casa? -preguntó Thomas, sonriente.

-Por supuesto, Maestro. Voy un momento al servicio y nos ponemos en marcha.

Cuando el joven se levantó, Thomas recordó el sobre gris que llevaba en el bolso. Volvió a sacarlo y lo contempló sin abrirlo.

Sus manos ancianas parecían doblarse bajo el peso de aquellos trozos de papel.

‘Palas Atenea’, de Gustav Klimt (1898)

SUS MÁS SERIAS ACCIONES

“Reprendió Platón a un muchacho que jugaba a las nueces y díjole el chiquillo: ‘Me reprendes por poco‘. ‘No es poca cosa la costumbre‘, replicó Platón. Yo opino que nuestros mayores vicios se originan en nuestra más tierna infancia y entiendo que nuestro principal gobierno futuro está en mano de nuestras nodrizas. Las madres se divierten viendo a sus hijos torcer el pescuezo a un pollo, o maltratar a un perro o a un gato; y hay padre tan necio que atribuye a su hijo un ánimo belicoso si le ve maltratar injuriosamente a un labriego o lacayo, que no se defiende; o le tiene por agudo si el chiquillo aventaja a un compañero en cualesquier maliciosa deslealtad o engaño. Empero, esas son las verdaderas raíces y semillas de la crueldad, la tiranía y la traición, y luego de que arraigan medran gallardamente y adquieren fuerza con la costumbre. Es peligrosísimo excusar esas malas inclinaciones con la debilidad de los pocos años y la liviandad del asunto, y lo es, porque entonces habla la humana naturaleza, con voz tanto más pura y sincera cuanto que es más nueva. Además, la fealdad del engaño no varía si se engaña en escudos o alfileres, sino que depende del engaño mismo. Yo hallo justa esta conclusión: ¿Por qué no defraudar escudos cuando defraudo alfileres?; y no hallo justa esta otra que suele formularse: Lo que haga con alfileres no lo haría con escudos. Es menester enseñar a los niños a que odien los vicios por su propia contextura, haciéndoles aprender su natural deformidad, de modo que los rehúyan, no sólo como acto, sino en todo, al punto de que el solo pensamiento de los vicios, lleven la máscara que lleven, les sea odioso.

Ha de hacerse notar que los juegos infantiles no son tales juegos, sino que en los niños han de juzgarse como sus más serias acciones. En mi infancia decíaseme que siguiera siempre el camino recto y, contra mi gusto, se me prohibía mezclar engaño ni añagaza a mis juegos, merced a lo cual no hay pasatiempo, por ligero que sea, al que yo no aporte, por propensión natural y no artificiosa, una extrema contradicción a engañar. Ganar y perder me es indiferente, ya sea contra mi mujer y mi hija, ya de verdad.”

Ensayos, de Michel de Montaigne; Orbis, 1985; volumen I, pg. 72.petitnicolas_2

ΣΥΜΠΟΣΙΑ ΣΥΜΠΟΣΙΑ

Y les mandó que les hicieran reclinarse en grupos de comida por grupos de comida sobre la hierba verde, y se sentaron conjunto a conjunto, en unidades de cien y en unidades de cincuenta.

Mc 6, 39-40

“La demencia de los sicarios se adueñó también, como una peste, de las ciudades próximas a Cirene. Se había refugiado allí Jonatán, un individuo muy malvado, tejedor de profesión, que convenció a un gran número de gente pobre para que le siguiera y la condujo al desierto con la promesa de mostrarle señales y apariciones.”

La guerra de los judíos, de Flavio Josefo; Libro VII, 437-439; Gredos, 1999.

“La palabra symposion, que es un hapax legomenon en el Nuevo Testamento, significa literalmente ‘bebiendo juntos’ y originalmente designaba una fiesta de bebida. Más tarde, esa palabra vino a significar la habitación donde se come o el mismo banquete. La literatura greco-romana de tipo ‘simposio’, cuyo ejemplo más significativo es el Simposio Banquete de Platón, combina el contexto del banquete con una discusión filosófica. Marcos utiliza aquí ese término en un sentido traslaticio, para referirse a las congregaciones o grupos de personas que comen.

[…] Los intensos rasgos mosaicos y escatológicos de nuestro pasaje pueden tener una importancia especial para Marcos y su comunidad, por la cercanía con la Guerra Judía del 67-73 d.C. Flavio Josefo describe en este contexto a profetas del tipo de Moisés y de Josué, con rasgos revolucionarios, profetas que dirigen a sus seguidores al desierto, para prometerles allí maravillas, fundando probablemente sus esperanzas en las profecías bíblicas que hablan de un nuevo éxodo que debe realizarse.

De acuerdo con eso, nuestra historia presenta a Jesús como el realizador de esas promesas: Jesús mismo es el revelador esperado, el pastor del pueblo, el que dirigirá a sus seguidores hasta la victoria final. Sin embargo, él cumple esas esperanzas de una forma que no encaja con el modelo previsto: ofreciendo un banquete en lugar de levantando en armas a un ejército.”

El Evangelio según Marcos (Mc 1-8), de Joel Marcus; Sígueme, 2010; pgs. 474, 490.

'La cena de Emaús', de Tintoretto (1542-1543)

‘La cena de Emaús’, de Tintoretto (1542-1543)

ALREDEDOR DEL CONCEPTO DE “CUERPO DRAMÁTICO”

Son las historias –los mitos- las que nos hacen creer en la posibilidad de que existan hombres buenos y bellos. Son las narraciones apasionadas de los que ya llevan unos cuantos años en el teatro del mundo, las que hacen contener el aliento a los niños. Quizá haya mil maneras de hacer contener el aliento a un niño; pero no creo que se le pueda hacer contener el aliento de cualquier manera.

El misterio del ser humano reside en aquellas historias que, no se sabe muy bien por qué, nos hacen contener el aliento.

Desde Platón sabemos que, en el fondo, se trata de saber contar los mejores cuentos. Pero también sobre esto hay opiniones: algunos creen que las mejores historias son aquéllas tan exactas como el teorema de Pitágoras; otros creen que lo son las que nos devuelven a nuestros orígenes animales. ¿Qué es la filosofía? Una duda literaria.

Quizá el error se encuentre en creer que sólo se trata de escribir buenos guiones, de narrar bellas historias a la luz de la hoguera.

Se trata de encarnar la historia inventada. Se trata de interpretar el papel que consideramos más bello.

Algunos tratados que hablan del descubrimiento de América se refieren a tal hecho como la invención de América. Muy adecuada la ambigüedad, porque América no existía antes de la llegada de los españoles: existía un doble continente poblado por varias civilizaciones humanas. América la descubrieron los españoles en el proceso de inventarla. La invención de América es la llegada a América: y llegar a América no consistía en un simple viaje en barco, sino en un viaje espiritual. Para inventar América, los hombres y mujeres del nuevo continente debían escuchar otras historias distintas a las que siempre habían escuchado. La invención de América no se produjo el 12 de octubre de 1492: la invención de América fue un proceso largo, repleto de narraciones, de historias contadas y de historias acalladas. De viejas historias que empezaban a ser contadas de un modo distinto, nuevo.

Los mitos, las viejas historias repetidas una y otra vez, son estrellas que los nuevos hombres y mujeres pueden seguir, para tener una dirección; pero el camino que tracen con sus propias vidas será único. Son los mitos los que nos ofrecen máscaras, papeles que interpretar. Algunos no querrían algo tan tosco como una máscara de teatro, algunos querrían interpretar el papel único, el que sutura el espacio, el que sella el vacío del abismo: el que tal cosa hace, no entiende al hombre. El papel único es lo mismo que el no papel. El papel universal es la nada absoluta. La vida humana florece en el intersticio de materia y forma, de cuerpo y espíritu: en el momento en que el hombre se pone una máscara determinada.

En las bodas del Cuerpo y el Alma,

siendo ella eterna y siendo él mortal,

sólo un hijo que es de ambos, la Vida,

es quien los tiene, forzados, en paz.

La filosofía reflexiona sobre las diversas máscaras, sobre el propio hecho de la máscara, sobre el abismo que separa los dos acantilados. La filosofía se sitúa ante la desconocida raíz común. Eso es lo que puede hacer la filosofía: confirmarnos la quiebra de nuestro ser. Nos puede ayudar, con sus conocimientos acumulados; pero, al final, la decisión es sólo nuestra. Nuestro acierto, nuestro error. Nuestra gloria, nuestro fracaso. En esta decisión, en ésa, en aquélla. Ayer, hoy, mañana. El hombre puede aprender, pero incluso su aprendizaje puede ser erróneo.

El mayor error es, quizá, querer vivir sin la responsabilidad de nuestros actos.

El camino trazado, posteriormente, quizá se convierta también en estrella celeste para los que vengan detrás. Son las historias las que nos hacen creer que han existido hombres de una calidad tal que, su misma existencia, sólo se puede explicar divinizándolos. En definitiva, son los mitos los que nos hacen creer que un Dios ha caminado por la tierra.

9 de mayo de 2007

"Puesto de frontera", de Andrew Wyeth (1968)

“Puesto de frontera”, de Andrew Wyeth (1968)

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