El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: PESSOA

LA CANTINE ROYALE

El sol atravesaba a duras penas el humo de las fábricas para acabar muriendo en los reflejos de alquitrán del Loira.

Patricia cubría la mitad inferior de su cara con un pañuelo salpicado con algunas gotas de agua de azahar. Caminaba a buen ritmo. Se fijó por un momento en las aguas negras del río, de las que sobresalía, de vez en cuando, el esqueleto podrido de alguna antigua embarcación.

Docenas de barcazas iban y venían desde las fábricas de la otra orilla.

Patricia giró y se introdujo en las callejuelas, dejando el río atrás. Un grupo de chavales hacía pintadas políticas en la pared de una mezquita. Una mujer gorda les miraba con desgana, desde el portal de enfrente, sentada en una silla plegable, mientras fumaba su pipa.

Unos niños jugaban al fútbol en medio de la calle.

Patricia los rodeó para llegar hasta la Cantine Royale. La madera pintada de rojo destacaba entre el gris cemento de los edificios circundantes.

Una campanilla sonó al abrir la puerta. Patricia se vio entonces sumergida en una humareda densa, casi sabrosa.

Una mujer la miraba con curiosidad desde detrás de la barra.

-Buenas tardes. Busco al profesor Hundt -le preguntó Patricia, que se acababa de quitar el pañuelo.

La mujer hizo un gesto, mirando por un momento hacia arriba. Patricia buscó y encontró unas escaleras estrechas. El piso superior se abría a la derecha, a modo de balcón, sobre la parte inferior del local. Se amontonaban allí unas cuantas mesas con unas pocas sillas alrededor. Una ventana pequeña dejaba entrar algo de luz justo enfrente de las escaleras. Dos mujeres se besaban apasionadamente, sentadas junto a la ventana.

Patricia se fijó en el marco sin puerta a su derecha, que daba paso a otra estancia. Al cruzar el umbral, encontró al fondo otra ventana, un poco más grande que la anterior; y dos hileras de sillones acolchados pegadas a los laterales, con varias mesas más en las que apoyar bebidas, tabacos, libros y trozos de tarta.

Vio al profesor Hundt sentado junto a la ventana, acompañado de media docena de personas. El profesor la reconoció y la saludó para que se acercase.

El profesor fue haciendo las presentaciones, pero los nervios hicieron que Patricia olvidase casi todos los nombres que oía, salvo uno.

-Y este es Peter Ramos-Hollande -dijo el profesor, con una sonrisa-, catedrático de Historia de la Literatura y autor de la celebérrima El Amanecer.

Patricia saludó con un ligero movimiento de cabeza, al que respondió el escritor de la misma manera.

-No pensaba que fueras a venir tú sola -dijo el profesor Hundt, mientras cargaba su pipa.

-Nadie más quiso venir -respondió Patricia, mientras se quitaba el chaquetón-. Ya sabes, esta tarde había manifestación…

-Cierto -dijo el profesor, con una sonrisa-. Lo había olvidado.

Patricia también sonrió e intentó prestar atención a la conversación que estaba teniendo lugar en esos momentos.

-…es lo que hablamos siempre… -decía una hermosa mujer, de rasgados ojos verdes y media melena lacia y castaña-. ¿Cómo es posible tal nivel de desencanto, cuando la Revolución apenas tiene un cuarto de siglo? ¿Cómo es posible, teniendo en cuenta de dónde venimos? Dioses, mi padre aún recuerda el día que mató a su capataz de esclavos…

La mujer expulsó con un bufido el humo de su cigarrillo.

-Y yo vuelvo a insistir -dijo el profesor Hundt-, no creo que debamos confundir nuestro pequeño mundo, de tertulias y discusiones académicas, con el mundo real. Yo no veo desencanto en mis alumnos. Son muy pocos -el profesor miró por un momento a Patricia- los que no están, me atrevería a decir incluso, entusiasmados con la actualidad política, y deseando tomar parte en ella.

El silencio reinó por un momento en la mesa. Ramos-Hollande fijó su mirada en Patricia.

-¿Estás desencantada con la Revolución, Patricia? -preguntó el escritor.

Todos miraron a la joven. Patricia bajó la mirada.

-No lo sé… -respondió-. Pero me sorprende pensar que el autor de El Amanecer lo esté.

Todos sonrieron.

-No he dicho que sea así -respondió Ramos-Hollande-, aunque supongo que no me puedo desprender del tono decadente de nuestras reuniones… Y es probable que tenga cierta culpa del mismo.

Patricia le miró a los ojos y preguntó:

-¿Qué esperaba usted de la Revolución?

-Todo, por supuesto -respondió el escritor, casi riendo-. Y tutéame, te lo suplico… Pues esperaba el triunfo de la libertad, la belleza y la bondad. Una sociedad en la que todos tuviésemos la oportunidad de llegar a ser Aristóteles o Proust. Todo lo que un joven puede soñar en el amanecer de una nueva era -la mirada se le perdió en el mármol de la mesa-. Supongo que estábamos ebrios; ebrios de historia. De repúblicas romanas, de independencias americanas… ¡De Espartaco! Éramos Espartacos victoriosos. ¡Por fin! El mundo había esperado hasta nuestras mismísimas existencias para ver triunfar una revuelta de esclavos… Oh, todo era muy emocionante y bello. Éramos la esperanza hecha carne.

El escritor bajó la mirada hasta el suelo, antes de darle otro sorbo a su café.

-Bueno, éramos jóvenes… -dijo un hombre pequeño, de pelo rizado y rubio.

-Sí, no creo que haya otro resumen mejor -concluyó el escritor.

-Entonces, El Amanecer… -dijo Patricia.

-Oh, El Amanecer… -repitió el escritor-. No puedo sino estarle eternamente agradecido. Me valió fama y un puesto fijo en la nueva universidad de la recién nacida República de Nan. Me encontré con la vida resuelta a una edad muy temprana. Poder dar clases de lo que más me apasiona. Y el tiempo libre más que suficiente para escribir un segundo libro que nunca he escrito.

-Lo cual es visto como una auténtica afrenta por ciertos sectores políticos… -apostilló la mujer de ojos verdes, con media sonrisa.

-Sí, es mi gran crítica al estado de cosas -dijo el escritor, con tono irónico-, ser incapaz de decir algo bueno al respecto.

Todos sonrieron.

-Aunque, desde otro punto de vista -dijo Patricia-, podría ser visto como cobardía. ¿Por qué no escribir sobre el desencanto?

Se hizo el silencio y todos miraron al escritor, que gesticulaba afirmativamente, sin mostrar ningún tipo de enfado por el comentario.

-He pensado mucho en mi vocación literaria, desde aquel éxito inicial… -Ramos-Hollande hablaba mientras miraba cómo sus dedos acariciaban la taza de café-. ¿Cómo no, verdad? ¿Qué escritor no lo hace? Y no creo que mi vocación tenga que ver con dar opiniones sobre el estado de cosas… Si acaso, contar cuál es el estado de cosas. Pero eso es muy difícil, muy difícil. Porque, para decir cuál es el estado de cosas, uno tiene que saber la verdad de ese estado de cosas. Uno tiene que conocer la verdad. Y… ¿hay algo más difícil? ¿Hay algo más difícil que conocer la verdad de algo? ¿La verdad de algo en lo que pululan cientos de miles de seres humanos? ¿Algo que ha llegado hasta nosotros tras miles de años de historia?… Es difícil, es muy difícil…

El escritor se llevó la mano a la boca y se quedó mirando la calle a través de la ventana, más allá de su amigo Hundt.

-Pero esa es la auténtica verdad de tu vocación literaria -afirmó el profesor de Historia.

-Cierto, cierto -asintió el escritor con vehemencia-. Completamente cierto. No hay salida. He ahí el deber de cualquiera que quiera escribir. Ese es mi deber. Mi deber -el escritor se señaló el pecho-. Pero cuánto más consciente era de esto, más incapacitado me sentía para llevarlo a cabo. Imposible, pensaba. Imposible. No puedo, yo no puedo. Está por encima de mí.

-¿Sigues sin poder? -preguntó Patricia.

El escritor suspiró.

-No. Puedo. Ahora puedo -contestó, mirándose los dedos-. ¿Sabes? En El Amanecer no había verdad. Y seguramente fue un éxito por eso mismo. Era algo que aquella generación necesitaba leer en aquellos momentos. Como… un salmo, recitado antes de un sacrificio religioso… O un poema de combate declamado justo antes de la batalla… Como Taillefer declamando la canción de Rolando delante del ejército normando. Eso, eso. Eso era El Amanecer. Pero no era literatura. Faltaba verdad. Demasiadas voces silenciadas. Demasiadas voces sin voz.

-Hay que dejar hablar al otro -dijo la mujer-. Así lo siento yo cuando interpreto. Interprete lo que interprete. Yo soy el vacío donde otro se encarna. Mi papel. El papel que encarno. Aparto mi yo y me pongo otro.

-Pero un escritor ha de ser muchos yoes -dijo el hombre pequeño.

-Pessoa, Pessoa, siempre Pessoa, por supuesto… -dijo el escritor, de forma casi obsesiva.

-Pero todo esto puede sonar demasiado a relativismo -comentó Hundt-. ¿Acaso no creemos en la verdad?

-Por supuesto que creo en la verdad, en una verdad… -respondió el escritor-. Pero, ¿la tengo yo? No estoy seguro. No estoy nada seguro. Porque tengo todas estas voces discutiendo dentro de mí. Voces que se contradicen. Y entonces en este minuto yo pienso esto; y al minuto siguiente esto otro. Contradicción, contradicción. Todo el rato. Todo lo que hemos leído… ¡¿y cuánto hemos leído?! Dioses, Michel… ¿cuánto hemos podido leer?

Hundt hizo gesto de no saber, con una sonrisa.

-Dioses, hemos leído como locos… Y todo eso que hemos leído, son voces, voces que hablan sin parar, dentro de mí. Y discuten constantemente. De todo. Sobre todo. Así que pensé, bueno, pues que hablen. Que discutan. Y les di un cuerpo. Y una vida. Convertí cada voz en un personaje. Cada voz, sobre cada tema que me interesa. Y como me interesa todo, pues… El resultado es que, la novela que estoy escribiendo, es una guerra civil. La guerra civil de la Historia humana. La guerra civil de los dioses. La guerra civil de mi alma…

Ramos-Hollande hizo un gesto mirando a Patricia, como diciendo y esto es lo que hay.

-¿Estás contento con lo que estás escribiendo? -preguntó Patricia-. ¿Estás… satisfecho?

La cara del escritor se retorció en una mueca ambigua, como si la pregunta le estuviese rebotando dolorosamente en el cerebro.

-Creo que sí… Sí, creo que sí -respondió, finalmente-. Es que… ¿sabes? No podría hacer otra cosa. No sabría hacer otra cosa. No hay opción. Callar o escribir esto. No hay otra opción.

El escritor se quedó pensativo un momento, mirando el mármol de la mesa. Unos segundos después, miró a Patricia, esbozando una franca sonrisa, y añadió:

-Sí. No hay otra opción. Y me parece bien que no la haya.

Patricia también sonrió. En ese momento se acercó la mujer que había visto detrás de la barra. Patricia pidió un café solo y un trozo de tarta de chocolate con queso.

-Espero que no te molestase demasiado Armand, el otro día, en clase -le dijo Patricia al profesor Hundt.

El resto de la tertulia se quedó mirando al profesor, esperando una explicación.

-Hace un par de días, un alumno me exigió en clase que hiciese un análisis crítico de las Casas… Me notó demasiado frío, políticamente hablando, en mi exposición sobre su historia -dijo el profesor, con una sonrisa.

-Ese chaval será un gran comisario político -comentó el hombre pequeño.

-Entonces será mejor que no lo invites, Michel -comentó el escritor-. Podríamos acabar todos guillotinados…

Hundt asintió con la cabeza, e intentó forzar una sonrisa; pero no fue capaz.

-¿También te interesan las Casas? -preguntó Patricia al escritor.

-Me fascina todo lo que tiene que ver con las Casas -respondió-. Me parece una tragedia cósmica que nuestro principal enemigo en la actualidad sea una Casa. De hecho, me encantaría visitarla. Ese cristianismo vetusto y sabio, obsesionado con la belleza en cada segundo de la propia existencia, obsesionado con estar a la altura de su dios desbordante de entrega al dolor del otro… Ese rechazo de tantas cosas que yo también considero superfluas… -al escritor se le escapó una sonrisa, con la mirada perdida-. Dioses, empiezo a sonar como uno de esos románticos alemanes del siglo XIX, que se convirtieron en masa al catolicismo, hartos del nuevo mundo industrial… Pero algo de eso hay, algo de eso hay… En mí, sí.

Patricia se quedó pensando.

-¿Te imaginas viviendo en una Casa? -preguntó a Ramos-Hollande.

El escritor sonrió y resopló al mismo tiempo.

-Me temo que amo demasiado al hombre que amo -dijo, mirando a Michel Hundt-. Y él me ama demasiado a mí. Así que, supongo que he de conformarme con que mi amor por las Casas se mantenga en un ámbito… platónico.

-No se puede tener todo en esta vida… -dijo el profesor Hundt, mirando al escritor.

Patricia sonrió y se quedó callada.

Pronto la conversación tomó otro rumbo, pero ella ya apenas prestó atención.

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LA MÁSCARA EXTRANJERA

Only the dramatic mind wincing under the strain of outer evil thus projects itself instinctively into figures which must utter wholly the derangement that is partly its own.

Pessoa, sobre Shakespeare; en Páginas sobre literatura e estética; Publicaçôes Europa-América; pg. 112.

“El propio Pessoa fecha en septiembre de 1908 [a los 20 años] el momento en que deja de escribir exclusivamente en inglés para hacerlo en portugués. No cabe duda de que el principal motivo de este repentino cambio es político. Tras dos años de permanencia en ese país donde se sentía aún medio extranjero, le invade un intenso sentimiento patriótico.

[…] Lo que es seguro es que entre los ocho y los nueve años domina completamente el inglés, que será, durante diez años, su lengua de trabajo intelectual y de creación literaria.

Mucho se ha dicho acerca del papel del bilingüismo en la génesis de su obra. Jorge de Sena sostiene que durante toda su vida Pessoa pensó en inglés y escribió en portugués; ése sería el secreto de su estilo inimitable, tanto en verso como en prosa. Otros defienden casi lo contrario: el portugués, lengua materna, en sentido estricto, le resultaba más natural que el inglés, lengua adquirida, de la cual tenía una práctica sobre todo libresca y que hablaba y escribía, según su antiguo condiscípulo Ormond, casi demasiado bien, con un estilo académico. Jennings resume su opinión con una frase tajante: Para Pessoa, el inglés era la lengua del intelecto, y el portugués, la lengua del corazón. El propio Pessoa, mucho más tarde, haciendo el elogio de Babel y del bilinguismo, propondrá otro reparto en su profecía del Quinto Imperio, que será el reino de la cultura: Se utilizará el inglés como lengua científica y general, y el portugués como lengua literaria y particular. Para aprender, se leerá en inglés; para sentir, en portugués. Para enseñar se hablará en inglés; para expresarse, en portugués.

Todos estos juicios, incluido el suyo, no agotan el tema, que por el momento apenas ha sido tratado por los especialistas. Tiendo a pensar que el uso del inglés, en una obra donde predomina el portugués, crea una distancia análoga a la que establecen los heterónimos entre el poeta y el propio Pessoa: se pueden leer Antínoo y los Sonetos como poemas de un cuarto gran heterónimo, cuya máscara no es un nombre sino una lengua. Conviene añadir sin embargo que ambas lenguas le son igualmente consustanciales, hasta el punto de que a veces, escribiendo sus borradores en prosa, pasa de una a otra, sin advertirlo.”

Extraño extranjero. Una biografía de Fernando Pessoa; de Robert Bréchon; Alianza, 1999; pgs. 104-105, 50-51.

entroido

EL DESASOSIEGO

eritis sicut dii…

“Consideré que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, entonces, deber ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me pareció siempre una reviviscencia de los cultos antiguos, en los que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.”

Livro do desassossego, de Fernando Pessoa; Europa-América, 2ª edición; pg. 47 [traducción propia].

“Cuando Stubb se hubo marchado, Ahab se quedó un momento inclinado sobre la borda; y entonces, como era su costumbre desde antaño, llamó a uno de los vigías y le hizo bajar a por su taburete de marfil y a por su pipa. La encendió con la lámpara de la bitácora, y plantando el taburete en el costado de barlovento de cubierta, se sentó y fumó.

En la antigüedad nórdica, decía la tradición que los tronos del rey danés, amante del mar, eran fabricados con colmillos de narval. ¿Cómo mirar a Ahab, sentado en su trípode de huesos, sin acordarse de la realeza que simbolizaba? Pues era Ahab kan de cubierta y rey del mar y gran señor de los leviatanes.

Así estuvo un rato, dando caladas rápidas y constantes que expulsaban un denso vapor de su boca, el cual se revolvía enseguida hacia su cara. Cómo puede ser, se dijo al fin, apartando la boquilla, que fumar ya no me sosiegue. ¡Oh, pipa mía! ¡Mal me tiene que ir para que tu encanto me haya abandonado! Aquí he estado, inconscientemente ocupado, sin disfrutar, -sí, y fumando contra el viento todo el rato, sin darme cuenta; contra el viento, y con caladas tan nerviosas como si, al igual que la ballena moribunda, mis chorros finales fuesen los más fuertes y atribulados. ¿Qué problema tengo con esta pipa? Esta cosa pensada para la serenidad; para elevar apacibles vapores blancos entre apacibles canas, no entre mis grisáceas greñas de loco. No fumaré más…

Lanzó la pipa aún encendida al mar. El fuego se apagó entre las olas; enseguida el barco pasó a través de la burbuja que la pipa había hecho al hundirse. Caída el ala del sombrero sobre los ojos, Ahab se paseaba dando bandazos de un lado a otro de cubierta.”

Moby Dick, de Herman Melville; Wordsworth, 2002; pgs. 106-107 [traducción propia].

Ego non baptizo te in nomine patris,

sed in nomine diaboli!

ojo de ballena

HERDEIROS DA DESTRUIÇÂO

“Ebrias de uma coisa incerta, a que chamaram positividade, essas geraçôes criticaram toda a moral, esquadrinharam todas as regras de viver, e, de tal choque de doutrinas, só ficou a certeza de nenhuma, e a dor de nâo haver essa certeza. Uma sociedade assim indisciplinada nos seus fundamentos culturais nâo podia, evidentemente ser senâo vítima, na política, dessa indisciplina; e assim foi que acordámos para um mundo ávido de novidades sociais, e com alegria ia à conquista de uma liberdade que nâo sabia o que era, de um progresso que nunca definira.

Mas o criticismo fruste dos nossos pais, se nos legou a impossibilidade de ser cristâos, nâo nos legou o contentamento com que a tivéssemos; se nos legou a descrença nas fórmulas morais estabelecidas, nâo nos legou a indiferença à moral e às regras de viver humanamente; se deixou incerto o problema político, nâo deixou indiferente o nosso espírito a como esse problema se resolvesse. Nossos pais destruíram contentemente, porque viviam em uma época que tinha ainda reflexos da solidez do passado. Era aquilo mesmo que eles destruíam que dava força à sociedade, para que pudessem destruir sem sentir o edifício rachar-se. Nós herdamos a destruiçâo e os seus resultados.

Na vida de hoje, o mundo só pertence aos estúpidos, aos insensíveis e aos agitados. O direito a viver e a triunfar conquista-se hoje quase pelos mesmos processos por que se conquista o internamento num manicómio: a incapacidade de pensar, a amoralidade, e a hiperexcitaçâo.”

Livro do desassossego, de Fernando Pessoa; Publicaçôes Europa-América, 2ª parte; pg. 90.

"Man in Abandoned Landscape", de Odd Nerdrum

“Man in Abandoned Landscape”, de Odd Nerdrum

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester