El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: PEARL JAM

WICKE

Lo conocí a los doce años. Es decir, hace unos treinta.

Hoy, como ayer, hemos estudiado juntos en la sala de lectura del centro cultural. Él prepara las oposiciones para bibliotecas; yo, para los Cuerpos Generales de Justicia.

Es uno de esos amigos ante los que no puedes inventarte ser algo que no eres, porque te ha visto en tus peores momentos. A pesar de ello, me quiere y me aprecia. A Dios gracias.

En cierta ocasión, me salvó de que me cayese la paliza de mi vida; aunque, seguramente, me la merecía.

Nos hemos visto mutuamente en carne viva, por dolores diversos (típicos de cualquier existencia humana).

Hoy, como ayer, hemos salido a descansar un rato del estudio, en compañía de un par de cafés de máquina (y un cigarro, que se ha fumado él).

-Por cierto, hace tiempo que te lo quería decir; ¿estás escribiendo algo, que ibas colgando en el blog? Una historia, como que ibas poniendo capítulos…

-Sí, así en plan apocalíptico… -le digo, esbozando media sonrisa.

-Es que me leí unos cuantos, del tirón, y me estaba gustando mucho… Me mola así el rollo apocalíptico. Y no sé, quería saber si había algo más.

Mi sonrisa se amplía.

-Sí, 129 páginas. Lo tengo parado ahora, pero me gustaría continuar cuando pase esto… Las Casas se llama.

-Sí, Las Casas. ¿Me lo puedes enviar?

-Sí, claro. Le quito los resúmenes, esquemas y apuntes para futuros capítulos y te lo envío.

Se acaban el cigarro y los cafés. Regresamos al estudio.

Y mi espíritu aún sigue sonriendo agradecido, mientras escribo esta entrada.

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EL SOSIEGO ACANTILADO ES UN BLOG CRISTIANO

¿Echo de menos la Iglesia Católica?

No lo sé.

Tampoco creo que se pueda decir que me he despreocupado completamente. Sigo con bastante atención las noticias más relevantes del mundo católico, sobre todo a través del blog argentino The Wanderer.

Hoy, en cuanto he podido, he leído el texto que el Papa Emérito, mi admirado Benedicto XVI, tenía intención de publicar en un periódico alemán, y que, a estas horas, ya ha sido filtrado a las cuatro esquinas del universo mundo.

Creo que sigue valiendo lo que escribí en agosto de 2016, mientras solidificaba el fracaso de mi matrimonio. Y sí, siempre ha quedado a la vista la cruz de alguna iglesia.

¿Sigue sin haber propósito de enmienda? Desde luego, sigue sin haber propósito de enmienda de aquel matrimonio. Pero también hay dolor por la responsabilidad que tengo en aquel fracaso. Dolor y culpa por la inmadurez demostrada en mi práctica del sacramento. No estaba suficientemente preparado. Y me arrepiento de muchas decisiones tomadas.

Pero, aunque había inmadurez, mi voto fue sincero. Y la única salida católica honesta y verdadera hubiera sido permanecer fiel a dicho voto. Cosa que, conscientemente, decidí no hacer.

Ser católico, como muchos de ustedes saben, es bastante complicado.

¿Se ha ido el cristianismo de mi vida? No. Jamás. De hecho, creo que hubiese sido imposible atravesar estos tres últimos años de existencia sin el referente trascendental cristiano. Sin la Cruz.

Y ser padre creo que ha supuesto una profundización radical en mi conocimiento del cristianismo. Y de mí mismo.

No sé medir si era mejor persona durante mi período católico o lo soy ahora. Tampoco tengo muy claro que tenga demasiado sentido ponerse a echar cuentas al respecto. Supongo que tuve buenos momentos entonces y supongo que los sigo teniendo ahora.

Pero abandonar el catolicismo me ha permitido dejar de ser un fariseo. Lo cual está muy bien. Siento que haya tenido que ser por el lado débil, pero mis propias decisiones (malas decisiones), me pusieron en situación de obligarme a una serie de actos que, sin duda alguna, superaban mi fe y mis fuerzas. Podría haber dejado de ser un fariseo cargando sobre mis espaldas una cruz más pesada; pero no he sido yo agraciado con tal grado de fe. Y mi mera voluntad sólo habría producido desastres más perniciosos aún de los que ya estaba produciendo.

¿Echo de menos comulgar? No lo sé. A veces creo que sí. Me imagino una vieja iglesia, oscura, el sacerdote oficiando solo, ensimismado en el rito, sin prestar atención a otra cosa que no sea la mesa sacrificial del altar. Hay tal silencio que puedo escuchar el roce de las telas que visten al sacerdote cuando hace la señal de la cruz repetidas veces sobre la hostia. Nadie nos ve. Solos en la oscura iglesia, Dios, el sacerdote y yo. Inclino la cabeza, abro la boca y Dios reposa en mi lengua. El Dios que se entrega. El Dios que muere por mí. El Dios al que tengo que imitar. El Dios al que tengo que encarnar. Y morir, así, por Él y para otros.

Intento, desde mis múltiples limitaciones y debilidades, ser, para mi compañera y para mi hija, un buen esposo y un buen padre. Mi fe, cada vez más firme, es que, para ello, no tengo mejor camino que la Cruz.

Morir, cada día un poquito más, cada día un poquito mejor, por y para ellas.

Y que Dios me perdone si me equivoco.

LA NUEVA SOMBRA

La puerta bajo el porche estaba abierta, pero la casa se hallaba a oscuras. Los sonidos habituales del atardecer parecían haber desaparecido, sólo había un suave silencio, un silencio mortal. Entró, algo extrañado. Llamó, pero no hubo respuesta. Se detuvo en el estrecho pasadizo que recorría la casa y le pareció que la oscuridad lo envolvía: ni un destello de la luz del crepúsculo del mundo de fuera brillaba allí. De repente lo olió, o creyó olerlo, aunque le pareció que iba de dentro hacia fuera: sintió el antiguo Mal y lo reconoció como lo que era.

La nueva sombra, de J.R.R. Tolkien; en Historia de la Tierra Media. Los Pueblos de la Tierra Media; Minotauro, 2002; pg. 475.

Así termina uno de los tres esbozos del único relato que Tolkien trató de escribir situando la acción en un tiempo posterior (algo más de un siglo) al del final de El Señor de los Anillos. En sus propias palabras, escritas el 13 de mayo de 1964, se trataba de una historia siniestra y deprimente. Como que tratamos de Hombres, es inevitable que nos centremos en el rasgo más lamentable de su naturaleza: su rápida saciedad con el bien.

A pesar de que nunca escribió más de una docena de páginas, llama la atención que llegase a realizar hasta tres intentos. Este relato le acompañó durante casi veinte años (el último borrador es de 1968). Y según su biógrafo Humphrey Carpenter, meditar sobre el mismo llegaba a quitarle el sueño.

Para mí, son páginas fascinantes. Básicamente, se trata de la conversación entre un viejo soldado, capitán bajo las órdenes de Faramir, y un amigo de su hijo, de ocupación desconocida (aunque el viejo cree que se dedica a comerciar con madera). El relato destaca, no sólo por este fugaz apunte de economía real (son muy raros los personajes comerciantes en los relatos de Tolkien), sino también porque es el único caso que yo conozco en que dos habitantes de la Tierra Media tienen una discusión en la que se incluye un plano teológico (de la teología inventada por Tolkien, evidentemente).

El viejo soldado es un creyente, básicamente por haber conocido y luchado contra el mal de Mordor. El joven comerciante, sospechoso en el relato de formar parte de una conspiración contra el reinado del hijo de Aragorn, habla como un nihilista de Turguénev.

Pero la narración se detiene ante la presencia del Mal. Ante el reconocimiento de la presencia del Mal. El viejo soldado se sorprendía al principio del relato por su perseverancia: Profundas en verdad son las raíces del Mal -dijo Borlas-, y la savia negra fluye con fuerza en su interior. Ese árbol no morirá nunca. Por mucho que lo talen los hombres, volverá a brotar en cuanto se den la vuelta. Ni siquiera en la Fiesta de la Tala habría que colgar el hacha.

El viejo soldado parece uno de esos hombres honestamente buenos, convencidos de la pureza  de sus creencias, incapaces de concebir el mal en su propia alma salvo por culpable dejadez propia. Un hombre humildemente en gracia.

Nunca he dudado de la existencia de tales hombres. De hecho, creo haber conocido a algunos. Pocos, por supuesto. Extraordinarios.

Tengo la sensación de que Tolkien era un poco así. Aunque consciente también de las limitaciones de una excesiva inocencia: ¡Ay! -se queja el viejo del relato- todos cometemos errores. No me considero sabio, joven, excepto quizás en lo poco que se puede aprender con el paso de los años. Gracias a los cuales sé demasiado bien que quienes tienen buena intención pueden hacer más daño que los que dejan las cosas estar.

Reconocer el mal y callar. La frontera del misterio. Como los coches negros de lunas tintadas que recorren las calles de la Santa Teresa de Bolaño, a cuyos ocupantes nunca vemos.

El mal encarnado. El hombre malo. Ese misterio.

Tengo un recuerdo bastante claro del primer momento de mi vida en que fui conscientemente malo y disfruté con ello. Era niño y aún vivía en Ferrol. Creo que era Nochebuena. Íbamos a cenar en casa y después nos acercaríamos a casa de la abuela de mi amigo Richi, para juntarnos con toda su familia (nuestras madres eran muy amigas).

Mi madre había preparado gambas al ajillo, plato que me encantaba. No sé exactamente cómo se desarrolló la escena, pero recuerdo que le hice un feo a mi madre, precisamente por las gambas. Recuerdo ser plenamente consciente de que le estaba haciendo daño a mi madre adrede.

Y cuando vi que mi madre lloraba, me sentí turbado por mi propio poder. Era una turbación placentera. Me sentía poderoso por ser capaz de hacer llorar a mi madre. Y ese sentimiento me hacía sentir bien.

El mal encarnado. El niño malo. Ese misterio.

Desde muy temprano en mi vida he tenido claro que yo necesitaba practicar la bondad. No era algo que me saliese de forma natural, era algo que me suponía un esfuerzo consciente.

Cada vez que he bajado la guardia, durante mi vida, el sufrimiento se ha extendido a mi alrededor.

Creo que el Cristianismo está pensado para el común de los mortales que, como yo, tienen que combatir constantemente contra una multitud de demonios. Jesús pasa buena parte de los Evangelios combatiendo demonios, cosa a la que la Iglesia Católica de los últimos cincuenta años trató de prestar menor atención. No es extraño, se puede pensar, que la Iglesia esté ahora como está.

No hay que ocultar el mal. No hay que callar su descripción. No hay que eliminar a los monstruos de los cuentos infantiles. Hay que enseñar a los niños a luchar contra ellos. Hay que enseñar a los niños que los monstruos te pueden poseer y obligarte a hacer lo que ellos quieren. Que si uno no está en guardia día y noche, se puede convertir en orco.

En el documental Examen de conciencia podemos ver la entrevista realizada a un cura abusador de niños. Creo que es algo que toda persona debería ver. Desde luego, no es agradable. Es siniestro y deprimente. Como toda la situación actual en la Iglesia Católica. Como toda la situación actual en el mundo. Como toda la historia humana.

Toda persona debería ver la película Spotlight. Toda persona debería ver el documental The Keepers.

Todo joven cristiano debería ser consciente del poder del mal, de lo que el mal es capaz de hacer. Es la única manera de descubrirlo, de saber enfrentarlo. Aún sabiendo que, en muchísimas ocasiones, uno perderá. En su vida mortal. Como la hermana Cesnik.

Que el mal lo puede corromper todo, porque en todo corazón puede morar.

Y que el principal deber de un hombre es combatir contra los demonios de su propia alma.

GRACIAS

¿Por qué sigo escribiendo aquí?

Es una buena pregunta para la que no tengo una respuesta clara.

La verdad es que este blog es lo más parecido que he sentido nunca a tener una vocación. Más necesidad que placer. Pero muchas veces, sí, placer. Aunque otras, quizá no pocas, dolor, rabia, confusión.

Alguna vez he pensado en dejarlo. Sí, claro. Ni una ni dos.

No busco interacción. No me gusta discutir. Con otros. Porque me paso el día discutiendo conmigo mismo. Con esa discusión basta.

Pero ocurren cosas bellas. Con este blog. Gente que lo sigue leyendo, a pesar del suicidio del superhéroe católico que lo habitaba al principio. Me gusta que me siga leyendo gente que sabe lo pequeño que soy.

Y el caso es que hoy me siento muy agradecido por esa fidelidad. Paseo por las calles de esta pequeña ciudad de provincias, descansando del estudio y del trabajo, a cientos de kilómetros de mi compañera, de mi hija y de mi madre, y lo hago feliz. Agradecido. Acompañado.

Y nada. Os quería agradecer, a esos pocos que me seguís acompañando, en este pasatiempo que, quizá, algún día, lea mi hija.

Y pensar eso es tan increíble. Nuevos agradecimientos me nacen en el alma. Y sentido de la responsabilidad.

Mira, hija, así fui aprendiendo a vivir. Tú también, haz lo que puedas.

Y a todos vosotros, gracias por estar ahí.

Que Deus vos teña no seu colo.

VANAS ESPERANZAS

Ramiro sintió el viento marino revolviendo en su cabello de color miel. Cerró los ojos y dejó que su imaginación le llevase de regreso a la infancia, a su cama, poco antes de quedarse dormido, mientras su madre le acariciaba la cabeza metiendo los dedos entre su pelo. Por un momento, creyó ser capaz de dormirse de pie, allí, al borde del acantilado.

Pero estos dedos que le acariciaban ahora eran fríos. Frío y otoñal viento marino.

Dirigió su mirada más allá del horizonte, como si fuese capaz de girar con la curvatura del planeta. En la Casa de Mar, ahora estará a punto de comenzar la primavera, pensó.

Bajó la mirada y se sorprendió al verse vestido de azul marino. Le habían dado un traje de guerrero de la Casa de Rilo. Pero aún le resultaba extraño verse en aquel color. En la Casa de Mar, los guerreros vestían de azul celeste.

-Todo es más oscuro -dijo para sí.

Siguió andando al borde del acantilado, mientras se fijaba en un par de barcos de pescadores que faenaban a unos cien metros de las rocas. Se quedó ensimismado observando los trabajos de aquellos hombres con la red que arrastraban entre ambas embarcaciones.

Ramiro despertó de su ensimismamiento al escuchar el sonido de caballos que se acercaban. Vio que se trataba de Joan y su madre, Aliénor. Se quedó parado, esperando su llegada. Al detener los caballos, Ramiro los saludó con una reverencia, que ellos respondieron desde sus monturas, antes de poner pie en tierra.

-¿Nos permite acompañarle en su paseo o prefiere continuar en solitario? -preguntó la matriarca, con exquisita amabilidad-. Hemos salido a airearnos un poco y nos ha sorprendido ver una figura paseando tan cerca del acantilado; al acercarnos, hemos visto que era usted, y hemos querido ofrecerle nuestra compañía. Pero tampoco queremos molestarle, don Ramiro.

-No me molestan en modo alguno -respondió-. Aunque quizá mi espíritu no sea el más adecuado hoy para resultarles una compañía entretenida.

Aliénor sonrió con dulzura.

-Déjenos entonces que seamos nosotros los que le entretengamos -dijo-, aunque tampoco nuestros ánimos gozan de extraordinaria salud. Los tiempos están ciertamente desquiciados.

Ramiro asintió con la cabeza. Los tres caminaron juntos, los recién llegados sujetando las riendas de sus caballos; los cuales les seguían dócilmente, aprovechando cualquier alto para pacer las hierbas escasas del suelo.

-¿Es de su agrado la habitación que le hemos preparado? -preguntó Aliénor.

-Mucho -respondió Ramiro, forzando una sonrisa-. Las vistas son maravillosas.

-Quizá le recuerden su hogar -dijo la mujer.

-El horizonte parece igual siempre, ¿verdad? Lo mire uno desde donde lo mire… Así que, se puede decir que sí, a veces creo estar en la habitación de mi casa, al otro lado de este océano, mirando lo mismo que veo desde aquí… -Ramiro dirigió la mirada hacia el horizonte.

Joan bajó la cabeza, mientras Aliénor escrutaba el rostro del padre de su nieta.

-Juana es una niña preciosa -comentó Joan-. Espero que pueda disfrutar de su paternidad, a pesar de la situación.

Ramiro se giró y miró a Joan a los ojos.

-Disculpe mi brusquedad -continuó Joan-, sólo quería mostrarle mi sincera simpatía, en un momento que le debe de resultar, evidentemente, penoso. Hay pocas cosas más intensas en la vida de un hombre que la experiencia de ser padre y me gustaría que mi sobrina pudiera gozar de la presencia de un padre completamente feliz. Por desgracia, me temo que no es el caso.

Ramiro siguió mirando a Joan durante unos instantes, antes de bajar la mirada y continuar andando.

-Cuando las cosas no se hacen desde un principio como Dios manda -dijo Ramiro, sin dejar de mirar al suelo-, nadie se puede quejar de los resultados.

-La pasión fuerte es un cimiento débil -dijo Aliénor-. Pero, ¿hay acaso debilidad más propia de los hijos de Dios? Frances siempre ha querido vivir a lomos de sus pasiones. Por más vueltas que le he dado, y que seguramente le daré, nunca he llegado a saber cómo hemos podido criar una hija así. Pero es la voluntad de Dios y poco más hay que decir.

Aliénor se acercó a Ramiro y le tomó del brazo.

-Pídale paciencia a Dios -dijo la mujer- y manténgase al lado de ellas, todo lo que Frances le permita. Quizá algún día el corazón de mi hija entenderá…

-La verdad es que trato de no alentar vanas esperanzas -dijo Ramiro, mirando aún al suelo-, para poder centrarme mejor en mis obligaciones. Pero he de reconocer que, a pesar de todo, he sentido la paternidad como un fascinante, e inmerecido, regalo de Dios -y al decir esto se detuvo y miró a Joan a los ojos.

-Sin duda es un regalo -coincidió éste.

-Un hombre no sabe lo poca cosa que puede llegar a ser, hasta que es padre -continuó Ramiro-. La experiencia de ser padre, sobre todo durante estas edades tan tempranas del niño, forja el carácter de uno. El hijo y la madre demandan tanta atención que el ego del padre resulta casi completamente anulado. Es una experiencia formativa de primer orden para cualquier ser humano. Un camino de perfeccionamiento de tal potencia que es difícil encontrar algo parecido. No creo que sea casualidad la importancia que nuestra teología ha otorgado a la familia, a la paternidad, a la maternidad… a la filiación en general. Es la relación que el mismo Dios ha elegido tener con nosotros -Ramiro se quedó callado un momento antes de continuar-. Últimamente, estoy llegando a pensar que sólo el que tiene hijos puede entender realmente al Dios de los Evangelios…

-Creo que mi abuelo John estaría de acuerdo con usted -dijo Joan, sonriendo-. Se ordenó sacerdote cuando enviudó.

Ramiro se quedó pensativo. Aliénor le soltó y pidió ayuda a Joan para montar.

-Me temo que mis obligaciones hacen necesario que vuelva ya a la casa -dijo la matriarca-. ¿Quiere que le enviemos a buscar?

-Se lo agradezco, pero no es necesario -contestó Ramiro, sonriente-. Regresaré tranquilamente a pie.

-Nos veremos entonces en la cena -dijo Joan, también ya montado en su caballo.

Los tres se despidieron y Ramiro se quedó mirando cómo se alejaban los jinetes hacia la mansión de madera oscura. Buscó entonces con la mirada la habitación en la que estarían en ese momento Frances y su hija, aunque no tenía muy claro cuál podría ser.

Sin querer pensar más en ello, volvió a dirigir la vista hacia el mar. Los dos pesqueros seguían con su faena conjunta. Ramiro empezó a andar hacia la casa.

Tratando de no alentar vanas esperanzas.

LA HIJA PRÓDIGA

-Padre, suplico tu perdón -dijo Frances, arrodillada, con el rostro caído hacia el suelo, mientras sostenía en brazos a su hija.

El señor de Rilo se erguía ante ella en medio de la gran sala, con gesto serio, ambos rodeados sólo por sus familiares más cercanos.

Xoán puso las manos sobre los hombros de su hija y la ayudó a ponerse nuevamente en pie.

-Tuyo es, hija mía.

La abrazó y la besó; y al hacerlo, un largo suspiro salió de su pecho, como si se estuviera desinflando un inmenso dolor. Frances se dejaba hacer, la cara apoyada en el amplio pecho de su padre. Xoán se fijó entonces en el pequeño bebé que dormía en los brazos de su hija.

-Esta es Juana, padre, tu nieta -dijo Frances.

Xoán acarició con uno de sus dedazos la naricita de la niña, que se despertó justo en ese momento.

-Señor, yo también suplico su perdón -se escuchó de repente; se trataba de Ramiro de Mar, que se había arrodillado ante Xoán con las dos rodillas y la frente clavadas en el suelo-. Soy el único responsable de la deshonra de su hija, de haber traído una niña al mundo sin cumplir con los mandatos de Dios. Queda mi ser a su merced, haga de mí lo que fuere menester. Aceptaré con gusto hasta el más humillante y doloroso de los castigos.

La declaración de Ramiro dejó pasmado a Xoán. Aliénor fulminó a su hija con la mirada. Joan abrió mucho los ojos y Jeanne contuvo la respiración.

El tatarabuelo John sonrió, como si le estuviesen contando la travesura de un niño.

Frances también sonrió y chasqueó la lengua.

-No le hagas caso, padre -dijo, en tono socarrón-. Yo soy bastante más responsable que él de la existencia de esta preciosidad… Se puede decir que prácticamente lo violé…

Todos miraron estupefactos a Frances; quien, al ver sus caras, no pudo evitar echarse a reír. Joan, incapaz de controlarse, se unió a la risa de su hermana mayor.

Ramiro se mantenía de rodillas, con los brazos caídos, sin saber dónde fijar la mirada, que trataba de esconderse entre las maderas del suelo.

Jeanne, con los ojos muy abiertos, se había llevado ambas manos a la boca; y en esa postura vio cómo su madre se plantaba furiosa entre su marido y Frances, poniendo fin a las risas de ésta.

-¿No piensas hacer nada para proteger la dignidad de tu Casa? -casi le gritó Aliénor a su esposo.

Xoán miró a su mujer como si fuera la primera vez en la vida que le echaba la vista encima.

-¿Y bien? -insistió, furiosa, Aliénor-. ¿Va a ser ésta la heredera de tu Casa?

Xoán fue incapaz de decir nada. Pero Frances sí lo hizo.

-Por supuesto que no. No pienso ser la Señora de la Casa de Rilo. Renuncio a mis derechos en este mismo instante. Sólo he vuelto para vivir tranquila y criar a mi hija.

El silencio permitió escuchar al viento marino colándose por los pisos superiores de la gran casa.

Xoán, entre las nieblas de su estupor, volvió a descubrir la presencia arrodillada de Ramiro, que parecía sufrir un tormento espiritual insoportable. Ofreciéndole una mano, le ayudó y obligó, al mismo tiempo, a ponerse en pie.

-¿Quieres que te dé mi permiso para casarte con este hombre? -preguntó a su hija.

Frances miró a Ramiro con profunda dulzura y le acarició una mejilla.

-No, padre -respondió, con voz serena pero firme-. No me quiero casar con este hombre magnífico. No lo amo. Pero quiero que viva aquí, con nosotros, y que vea crecer a su hija, y que sea el padre que merece ser.

Escuchado esto, el tatarabuelo John hizo un gesto al mayordomo de la gran casa, mientras se acercaba a sus descendientes.

-Creo que, por ahora, hemos quedado ahítos de emociones y noticias -dijo, sonriendo-. Los viajeros seguramente querrán descansar un poco en sus habitaciones, antes de la cena. Aunque quizá prefieran cenar en ellas; eso queda a su albedrío. Mientras tanto, busquemos todos un poco de serenidad, con la ayuda de Dios y todos los santos, para no dar más motivos de inspiración a dramaturgos y juglares.

Dicho esto, varios sirvientes empezaron a llevarse el equipaje de los recién llegados.

Frances cogió cariñosa una mano de Ramiro y le obligó a seguirla, en la misma dirección que los sirvientes.

Jeanne salió casi corriendo detrás de su madre, que se dirigía furibunda hacia una de las puertas laterales.

Joan se quedó donde estaba, de pie, mirando a su padre, que no se había movido. Y que ahora levantaba la vista al cielo, para sólo encontrar el techo de su casa.

TESIS DE CHISCÓN

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Desde mi diminuta fortaleza veo pasar trajes que trafican en bolsa,
mientras paseo en faetón junto a Jane por la campiña inglesa.

Docenas de horas que me pagan por simplemente estar
y que yo empleo en decidir qué diablos ser.

Me profetizo arrodillado viendo avanzar la fila de comunión. No hay propósito de enmienda.

No seré Crouchback, escribiré otro personaje.
En renglones torcidos, como siempre he hecho.

Tú eres la medida, lo sé;
pero rehúso estar a la altura.

Sólo puedo prometer
que intentaré no alejarme demasiado.

Que siempre ha de quedar a la vista
la cruz de alguna iglesia.

SAN JOSÉ

Dijo que Dios le había dado unos hijos y unas nietas muy buenos, que no merecía.

Para alcanzar la sabiduría, basta la humildad de aprender las lecciones que va enseñando una vida corriente.

Que Deus che teña no seu colo.

EL CATOLICISMO ES UN ANTIHUMANISMO

En el fondo no hay sino dos religiones: la de Dios y la del Hombre, y una infinidad de teologías.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1036.

“Descansaba un rato, de pie a la entrada del garaje; harto de la silla y de tanta preposición alemana. Un barullo de niños al final de la calle llamó mi atención; por lo que llegaba a adivinar una jauría de chavales entre los 10 y los 14 años tiraba piedras a una figura indefinida. Seguí observando la situación, sin tener muy claro lo que estaba pasando; hasta que la indefinida figura empezó a correr calle abajo; tras ella venía el grupo de chavales. Al verme, la figura (que correspondía a la de un hombre de unos 25 años, pero de actitud infantil), corrió a protegerse en mi portal, al tiempo que me decía: Perdone, ¿puede llamar a la policía? Es que me están persiguiendo. Le dije que se metiera dentro y me quedé de pie a la entrada del garaje, con las piernas temblorosas, esperando la llegada de la marabunta. Pero la marabunta, con los nuevos acontecimientos, perdió las ganas de zurrarle al hombrecillo y se marchó, a Dios gracias. El hombrecillo era un poco retardado; además, había bebido bastante del whisky que le habían ofrecido los propios chavales. Se quedó hablando conmigo, mientras se le pasaba el susto; y el mareo. En algún momento de nuestra conversación, le dije: los niños, a ciertas edades, suelen ser muy malos; y él me preguntó: ¿por qué hay mal en el mundo? Creo que voy a hacer la Comunión.

Puedo pasar ratos larguísimos mirando a las palomas. Vida sencilla. Comer cualquier cosa que uno va encontrando por el suelo. Intentar echar un polvete con todas las palomitas que lo rodean a uno. Quitarle los dedos de las patas a picotazos a aquellos congéneres que me molestan. Definitivamente, no sé cuál es la diferencia entre mirar a un palomo y mirar a un hombre.”

Escrito en mi diario el sábado 7 y el domingo 8 de mayo de 2005 (traducido del original gallego).

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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A Día de Hoy

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Peripecias de un aprendiz de campesino