DOMADO Y CASTRADO

El presente determina lo que el historiador busca, pero sólo el gran historiador deja al pasado determinar lo que halla.

Nicolás Gómez Dávila

 

Es el nacionalismo pecado de idolatría, por el cual se ofrece la veneración sólo merecida por Dios a una determinada comunidad nacional.

Esta distorsionada aplicación de actitudes religiosas suele producir delirios de toda clase. Uno de los más comunes es la reconstrucción voluntarista de la historia. En vez de tratar de buscar la verdad de una época a través de sus textos, el historiador nacionalista realiza un trabajo de recomposición de los datos con el objeto de ajustarlos a sus presupuestos ideológicos y sentimentales.

Es muy probable que dicha verdad sea realmente inalcanzable, por la escasez de documentos; debe entonces el investigador abstenerse de emitir veredictos rotundos y mostrar humildemente la debilidad de sus conclusiones. Es por ello que, en muchas ocasiones, la historia no nos permitirá tomar partido; o nos permitirá tomarlo desde una posición lo suficientemente endeble como para no demonizar a aquellos que lleguen a conclusiones distintas.

Por eso me opongo a lo que dice Gustavo Bueno en España frente a Europa (Alba, 1999; pgs. 247-248): Como si la historia que nos ocupa, y que es historia práctica (pragmática) fuese una tarea científica que pudiera acometerse neutralmente, por un español, sin tomar partido. Y aquí los partidos se clasifican, ante todo, según el signo que ellos adquieren con respecto a España, y son dos polarmente opuestos: el signo de quienes se aproximan a la España histórica, ‘identificándose’ con ella, y el signo de quienes buscan distanciarse de la España histórica, aunque sólo sea por motivos ideológicos, creyendo que esta neutralidad, aunque sea benévola, los sitúa, por lo menos, en una posición previa a cualquier toma de partido. Ahora bien, partidismo no significa ‘invención voluntaria de los hechos’, u ocultación deliberada de los mismos: desde cualquier partido hay que enfrentarse con los hechos. Lo que ocurre sencillamente es que los hechos, por sí mismos, si no mudos, son tartamudos, y su organización o interpretación sólo puede llevarse a cabo desde premisas partidistas. Éstas no pueden ir contra los hechos, desde luego, pero permiten interpretarlos de modo que al partido o partidos opuestos puedan llegar a parecerles gratuitos o fantásticos. ¿Es que no cabe, según esto, un debate puramente científico, teórico, puramente ‘racional’? No, porque la Historia política no es una ciencia, y el propio historiador, cuando juzga sobre estas alternativas, y toma partido obligadamente, ya no lo hace en cuanto historiador estricto.”

El profesor Bueno nos quiere convencer de su postura con un truco retórico típico: nos muestra una pareja de opuestos supuestamente contradictorios en la que, al ser negado uno de ellos, debe dar como resultado la verdad del otro. Estamos de acuerdo en que la Historia ni es ni puede ser una ciencia estricta. Pero eso no implica que uno deba situarse en la obligación de tomar partido. Tomará partido si ve razones suficientes para ello. Gustavo Bueno nos pide que nos comportemos en el debate histórico como nos situamos los católicos en el debate teológico. Los católicos asumimos determinadas verdades por autoridad de la Revelación: por Fe. Y desde ellas discutimos y batallamos contra otras posiciones teológicas. Pero es falso que existan tales verdades reveladas en el ámbito de la historia, salvo aquellas que se refieren a la Historia de la Salvación (por ejemplo: la Encarnación de la segunda persona de la Trinidad en determinado momento, en determinado lugar). Con respecto a la historia de España, no hay verdades reveladas, ni verdades científicas. El que dice lo contrario, en el primer caso, es un nacionalista; en el segundo, es un positivista.

Lo cual no quiere decir que no haya grados de falsedad a la hora de hablar sobre la historia. Los hay. Se pueden decir cosas con sentido y se puede delirar hasta el infinito.

Uno de los casos más interesantes que conozco de delirio histórico es la reconstrucción realizada por el nacionalismo gallego de la vida del mariscal Pardo de Cela.

Cuenta el mito galleguista que esta figura representaría la resistencia de la Galicia del siglo XV a la asimilación por la España que estaba siendo construida por los Reyes Católicos. Momento culminante de la doma y castración del Reino de Galicia.

Se amontonan conceptualizaciones fantásticas sobre hechos que realmente nos aportan conocimientos pertinentes sobre la época. Lejos de ser un independentista gallego, Pardo de Cela representa a la perfección una figura histórica que, en tales momentos, se encuentra en grave peligro de desaparición: el noble, ajeno a la corte en proceso de centralización, que trata de mantener la jurisdicción en sus territorios: frente a otros nobles, a las villas y al propio poder real.

Vasallo mediano que ve acrecentados sus dominios a la sombra del vasto poder de los Andrade, Pardo de Cela afronta la primera crisis de su tiempo en la Gran Guerra Irmandiña que se desata en Galicia en 1466. La formación de Hermandades en las ciudades gallegas, a las que se unen pequeños hidalgos y campesinos, trata de poner orden ante lo que éstas consideran como desafueros por parte de los grandes señoríos. La violencia se desata y son destruidas más de 100 fortalezas en todo el Reino. El propio Pardo de Cela se ve obligado a huir durante un tiempo. Recompuestas sus fuerzas y mermado el empuje de las Hermandades, regresa Pardo de Cela a sus dominios con esa famosa exhortación a llenar los carballos con los cuerpos colgados de los vasallos. Siendo el mito Irmandiño uno de los dogmas de fe de todo nacionalista gallego, empieza a resultar chirriante la benevolencia con la que la historiografía galleguista trata al mariscal.

Repuesto en su señorío, Pardo de Cela se aquieta hasta que recibe la visita, varios años después, de un enviado de los futuros Reyes Católicos, que le pide su apoyo en la guerra civil contra los seguidores de la Beltraneja. Dicen las crónicas que el mariscal recibió de malas maneras al enviado isabelino; pero, ante los hechos consumados del conflicto en marcha, Pardo de Cela decide tomar partido por Isabel y Fernando. Y por ello será debidamente recompensado.

Pero, pasada la guerra sucesoria y los beneficios que los vencedores le otorgaron, el mariscal no ceja en la defensa de sus fueros y jurisdicciones, incluso frente a las prerrogativas reales. Así que nuevamente recibirá la visita de emisarios regios; pero esta vez con compañía armada. No será el único noble gallego, como no será el único noble castellano, que trate de resistir al moderno proceso de centralización política que los Reyes Católicos pretenden. Pero el mariscal lo pagará con su vida: detenido en su fortaleza de la Frouxeira en 1483, será degollado públicamente en Mondoñedo, por cruel y poderoso.

El recuerdo del señor permanecerá vivo entre los vasallos que más le amaron; y surge así la poesía, cuyo autor desconocemos, conocida como el Pranto da Frouxeira:

De mîn a triste Frouseyra,
que por treyçon foy vendida,
derribada na ribeyra,
ca jamais se veo vencida.
Por treyçon tamben vindido
Jesus nosso redentor,
e por aqueestes tredores,
Pero Pardo meu señor.

Pero no son gallegos irredentos los que transmiten y cantan este poema, sino los vasallos que le amaron. Pues los vasallos que le odiaron, también gallegos, habían sufrido su ira de caballero. Todo en su vida se explica, fundamentalmente, por su calidad de señor de hombres, no por su condición de gallego. Noble, cuando tal condición se iba retirando de la tierra que rodea el castillo propio, para arremolinarse en la medrante corte real. Noble, cuando el burgués y el villano tomaban conciencia de su propia fuerza y se aprestaban a defender sus intereses con su propia sangre.

Noble en un tiempo de transición. Su historia ofrece mucha verdad a quien la quiera escuchar tal cual es, no a quien la pretenda reconstruir de una forma partidista. Si acaso, el partido se tomará tras escuchar la historia, no antes.

domado

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