El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: OTAVA YO

IVÁN, EL CANGREJO DE RÍO

Iván, el cangrejo de río,
yendo por la orilla
atrapa un pez
y se lo lleva al pequeño Ulyan.
El pequeño Ulyan
devora el pescado con pimienta.
El amo se sienta en el corral
y grita ¡Os voy a dar de latigazos!

Trabajan hasta que los dedos quedan en carne viva
con arado de madera y grada;
madre vendió ésta
sin pedir mucho por ella.
Una azada, una pala
y una gallina;
y una gallina
que empolla en su gallinero.

Una gallina
que empolla en su gallinero
que empolla en su gallinero
contando sus huevos:
uno, dos, tres, cuatro.
Me enseñaron a contar
pero no a leer o escribir;
tuve que jugar con muñecas.

Rompí una de mis muñecas
mamá me dio una azotaina.
Papá, papá me dio en la espalda.
La balalaika encima del muro
la balalaika cayó
y le dio al cerdo en el lomo
y después a papá en la espalda
así que ya no volverá a montar el cerdo nunca más.

(Al parecer, se trata de una vieja canción de cuna rusa, recuperada por esta gente tan especial de Otava Yo; y el vídeo… el vídeo a veces me parece sacado de mi infancia de aldea; me resulta de una belleza casi insoportable; ciertamente, la niñez es el paraíso perdido, el cielo al que deseamos regresar; espero que esta hermosísima canción os guste tanto como a mí).

EL ESTADO Y YO: LA CLASE DE ÉTICA

En mi época, el pin parental se llamaba la clase de ética.

Hasta que llegué a Madrid, el año que empezaba 6º de EGB (a los 11 años), no pude ir a clase de Ética; porque en mi colegio público ferrolano, no sé muy bien por qué, la única opción que teníamos era la clase de Religión.

En cuanto tuve posibilidad opté por ir a Ética, para gran alegría de mi madre, ella misma una de esas ateas recalcitrantes producidas por decenas de miles en los innumerables colegios de monjas que atestaban la España franquista.

Unos años antes, mi madre ya me había dado la opción de no hacer la Comunión, a pesar de la oposición de mi abuela. La misa de los domingos siempre me había parecido una estúpida pérdida de tiempo; y la única que se empeñaba en llevarme a la fuerza, aprovechando los fines de semana que, de vez en cuando, pasaba en su casa, era mi tía Marisa.

El caso es que recuerdo muchos domingos madrileños esperando, solo y aburrido, a que mis amigos salieran de misa. Amigos que, por supuesto, iban a clase de Religión en el colegio.

En el mío, sólo íbamos a Ética una chica, testigo de Jehová, y yo. El número se amplió durante los años de instituto, aunque seguíamos estando en franca minoría.

Pero si ahora echo la vista atrás y pienso en todos aquellos amiguitos que iban a clase de Religión y a misa los domingos, me siento como el ángel de Klee observando desde los cielos las ruinas de la destrucción total.

Prácticamente el único que mantiene cierta disposición a lo transcendental y religioso, el único chaval que a estas alturas de su vida se siente libre para investigar en su tradición cristiana sin que le produzca una inmediata urticaria alérgica, soy yo.

Por eso nunca he podido entender, incluso durante mis años de catolicismo militante, la pugna de la Conferencia Episcopal por mantener a toda costa la clase de Religión en la enseñanza pública. Bueno, sí que puedo entenderlo, pero no con sus explicaciones. Puedo entender la gran cantidad de puestos de trabajo de profesor de religión que desaparecerían; el dinero que perderían las instituciones católicas que organizan los cursos que acreditan como profesor de religión.

Teniendo en cuenta nuestra historia, no resulta extraño el mimetismo revanchista que uno percibe entre la progresía española actual. Es éste un país, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político, que cree fervientemente en la eficacia casi absoluta de la educación estabulada a la hora de determinar las conductas de los futuros ciudadanos.

Mucho me temo que el asunto es bastante más complicado.

Pero una de las supersticiones más arraigadas en el hombre moderno es su creencia en la posibilidad de arrancar de las manos de la mera providencia los quicios del destino humano, para controlarlos a su gusto.

Tendrán que volver a cambiar los dioses, antes de que los hombres sueñen de un modo distinto.

CANCIONES PARA UNA BODA

Preocupado por el estado de nuestra demografía, El Sosiego Acantilado se ha propuesto ayudar a promover las bodas, los hijos, la bebida, la comida y el buen danzar. Vamos, la alegría de vivir en general.

Para ello, vamos primero con los rusos Otava Yo (las próximas Navidades os calzo este villancico, como hay Dios), que en el siguiente vídeo os cuentan (poned los subtítulos en inglés) la historia de Tanya, joven tabernera que se casa sin contárselo a su padre (Jesús, si es que hay gente que trabaja para este blog sin saberlo…). Y que para llevar mejor el susto, le recomienda que haga lo que yo haré el día que se case Ana Ofelia, si Dios me regala llegar a ver tal gracia: beber como un cosaco.

No se vayan todavía, que aún hay más. Desde Eslovaquia, país hermano de la Unión Europea, nos llega la terrible historia (tiene subtítulos en español) de una joven muchacha que se quiere casar con su amor, Stefan, cosa que no parece hacerle demasiada gracia a su madre.

Señora, deje que se case su hija con Stefan, que no sabe usted cómo anda la demografía occidental.

Una advertencia: el que sea capaz de escuchar esta canción sin mover rítmicamente alguna parte de su cuerpo, que no vuelva a pasar por aquí. Estáis avisados.

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