ALABAD A UN CORCOVADO

“Asemejándome en esto a los hugonotes, que rechazaban nuestra confesión privada y al oído, yo me confieso pública, pura y religiosamente. San Agustín, Orígenes e Hipócrates divulgaban el error de sus opiniones, y yo divulgo además el de mis costumbres. Estoy ávido de hacerme conocer, y, sobre todo, hacerlo con verdad. Mas, si he de ser justo, agregaré que no estoy en rigor ávido de nada, salvo de no ser tomado como otro que el que soy por aquellos que lleguen a conocer mi nombre. Quien todo lo hace por el honor y la gloria, ¿ qué piensa ganar presentándose enmascarado al mundo y engañando al pueblo sobre el conocimiento de su verdadero ser? Alabad a un corcovado su buena figura y veréis como lo toma a ofensa. Si, siendo cobardes, se os alaba por valientes, ¿acaso se os alaba a vosotros? Bueno fuera que se satisficiese de los saludos que le hacen el que, siendo el menor de una compañía, recibiera honor por creérsele señor de todos. Pasando por la calle Arquelao, rey de Macedonia, tiráronle agua encima desde una ventana, y los del séquito le instaban a castigar al culpable. Cierto -repuso el rey-, pero es el caso que ese hombre no me ha lanzado el agua a mí, sino a la persona con quien me confundía. Hablaron a Sócrates de que se le calumniaba y contestó: No me afecta eso, porque no hay en mí nada de lo que dicen. No daría yo muchas gracias a quien me encomiase por buen piloto, por muy modesto o por muy casto, ni me ofendería si me llamasen traidor, ladrón o beodo. Quienes se desconocen pueden pagarse de apreciaciones falsas, pero yo me he estudiado hasta las entrañas y sé bien lo que me pertenece. Prefiero ser bien conocido a bien hablado, y admito que se me tenga por sabio en aquella condición de sabiduría que yo llamo necedad.”

Ensayos, de Michel de Montaigne; Libro III, capítulo V; Orbis, 1984; pg. 55.

‘El abrazo’, de Egon Schiele (1917)