El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: NIRVANA

PATRICIA

-…el proceso de formación de las Casas se había iniciado años antes del Gran Colapso (o Caída, como es conocida entre ellos); algunos radicales católicos habían empezado proyectos de vida rural para abandonar las que ellos consideraban decadentes metrópolis de los mega-estados y poder vivir existencias acordes con sus criterios religiosos; estos lugares, una vez hundida en el caos la sociedad mundial, resultaron ser refugios adecuados para sobrevivir a aquellos terribles años. El modelo, debido a su éxito, fue copiado en muchos más lugares. En las décadas de violencia desatada que continuaron, el modelo fue mutando hacia un régimen de neo-feudalismo, adecuado para las necesidades de supervivencia militar de estas poblaciones cristianas. Por otro lado, el asesinato de Francisco VII, el último Papa católico, y la destrucción del Vaticano y de todas las estructuras tradicionales de la Iglesia Católica forzaron el advenimiento de una unidad distinta, necesariamente menos centralizada, pero que mantuvo una extraordinaria cohesión entre los sacerdotes y teólogos habitantes de las Casas, sentimiento de unidad provocado por el constante enfrentamiento con enemigos exteriores.

El profesor hizo una pausa y dio unos pasos en silencio, mientras su mirada bajaba hasta la tarima de madera sobre la que daba su lección.

-¿El catolicismo no sobrevivió fuera de las Casas? -preguntó una alumna con el pelo rapado y un complicado tatuaje que le ocupaba casi toda la cabeza.

-Por supuesto que lo hizo. Los katejónicos, por ejemplo, son herederos directos de aquellos católicos que fueron capaces de sobrevivir dentro de las metrópolis -respondió el profesor-. Pero, mientras los católicos de las Casas no han tenido especial interés en recuperar la figura de un Papa que simbolice la unidad de todos los creyentes, los katejónicos han desarrollado todo un pensamiento teórico y práctico en orden a la recuperación de dicha figura.

Un alumno que lucía camiseta negra con contundentes consignas políticas levantó la mano y pidió la palabra. El profesor le hizo un gesto para que hablase, mientras observaba la lluvia que caía en el exterior.

-Disculpe, profesor, pero me sorprende que no esté realizando ningún análisis crítico de las supersticiones de los habitantes de las Casas.

El profesor fijó la mirada en el alumno.

-Señor Maurette, ustedes vienen a esta Facultad a aprender Historia; esos análisis que me pide los podrán llevar a cabo ustedes mismos cuando tengan los conocimientos suficientes para ello. Y, en ese momento, no tendrán necesidad de mi persona. Les bastará con sus propios criterios y su capacidad de raciocinio.

El alumno se puso en pie, apoyó la mano izquierda sobre la cadera y se dispuso a contestar, acompañando sus frases con movimientos giratorios de su mano derecha.

-Teniendo en cuenta la actual situación, en la que la Unión se encuentra bajo la grave amenaza de la Casa de Penn Ar Bed, considero que es obligación de un ciudadano responsable, sobre todo si ocupa el puesto de profesor de la universidad pública, explicar a sus alumnos las razones por las que nuestra organización política es más justa que la de los súbditos de las Casas, cuando está explicando la historia de éstas.

El profesor miró al suelo, mientras dejaba escapar una sonrisa cansada.

-Nuestra organización política se mostrará superior, en primer lugar, si es capaz de permitir en su seno que los conocimientos y saberes se desarrollen estrictamente en base a la búsqueda de la verdad del objeto que persiguen: en este caso, la Historia -respondió el profesor-. Lo que usted y yo defendamos políticamente es de nulo interés para la verdad histórica.

-¿Me está diciendo que es posible ser historiador sin ningún tipo de sesgo ideológico? -replicó el alumno, con una mueca burlona.

-No, no es posible -admitió el profesor-. Pero es obligado intentarlo. Siempre -su mirada volvió a perderse en la lluvia de fuera-. Quizá lo mejor del estudio de la Historia sea precisamente eso: llegar a ser consciente de los propios prejuicios.

El alumno volvió a sentarse, haciendo gestos de desacuerdo a sus compañeros más cercanos. Sonó el aviso del final de la clase.

El aula se fue vaciando, mientras el profesor recogía sus libros y apuntes. Los alumnos conversaban sobre lo escuchado o sobre las posibilidades que traía la noche.

-Esa pretensión de imparcialidad es sospechosa… -dijo el señor Maurette a un grupo de compañeros, mientras salían a los pasillos-. Seguro que es un criptocristiano.

-Estás obsesionado, Armand. Ves cristianos por todas partes -le respondió una chica mulata de pelo rizado rubio y melancólicos ojos azules.

-Los veo al otro lado de la frontera y no están nada escondidos, Patricia -replicó Armand-. Y nuestro gobierno lo único que hace es contemporizar…

Todo el grupo miró a la chica.

-Yo creo que el profesor te ha puesto en tu sitio, Armand. No viene a cuento pedirle a un profesor de Historia que dé un discurso político. Eso le corresponde a gente como tú -respondió Patricia.

-O como tu madre -dijo Armand, con una mueca que no llegaba a ser sonrisa.

-O como mi madre -admitió Patricia, que se puso a buscar algo en su mochila.

-Vale -insistió Armand, mientras el grupo se quedaba de pie en medio del pasillo, atento a la discusión-. Entonces supongo que es tontería mía preocuparme por tener a nuestras puertas un régimen político en el que el aborto está prohibido, la homosexualidad está prohibida e incluso está prohibida la libertad de movimientos. ¿Cuántos casos conocemos de mujeres feudales que han sido violadas y que se han visto obligadas a arriesgar sus vidas para cruzar la frontera y poder abortar aquí? ¿Cuántos homosexuales y lesbianas han tenido que hacer lo mismo? Habría que atrapar al fanático Auguste y cortarle la cabeza en la plaza de la Unión… -terminó Armand, indignado.

-Hay que reconocer que todas esas prohibiciones de las Casas le vienen bastante bien a nuestra demografía, que sería un auténtico desastre de no ser por ese aporte de fugitivos -dijo Patricia-. Un desastre provocado, entre otras cosas, por el aborto libre.

-¿Estás a favor de prohibir el aborto? -preguntó con sorpresa otra compañera.

-Sólo digo que es problemático para un estado cimentado en la producción y consumo de masas que no existan masas -respondió Patricia, con gesto aburrido-. Así que nos viene muy bien que la Casa de Penn Ar Bed sea tan exigente con sus súbditos. No tanto por los homosexuales y lesbianas, que no suelen reproducirse demasiado -a algunos compañeros se les escapó una sonrisa que lograron controlar a tiempo-. Pero sí por todos esos cristianos que cruzan la frontera con la intención de criar grandes familias libres; lo cual, como sociedad, nos viene bastante mejor que esta generación a la que pertenecemos que apenas cree en el compromiso, se pierde en un hedonismo ridículo y que sólo parece querer llegar a los sesenta años para poder pedir la eutanasia pública que les libre de tener que soportar una aburridísima vejez en soledad.

Armand dejó escapar un bufido. El resto de compañeros se miraba entre sí.

-A los periodistas les encantaría saber que la hija de la Primera Magistrada tiene esas opiniones políticas… -dijo Armand.

Patricia se colocó la mochila nuevamente a la espalda y se alejó del grupo, sola, perdiéndose en el barullo de los pasillos.

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PROFUNDAMENTE OSCURO, CASI ATERRADOR

‘Don’t kill us,’ he wept. ‘Don’t hurt us with nassty cruel steel! Let us live, yes, live just a little longer. Lost lost! We’re lost. And when Precious goes we’ll die, yes, die into the dust.’ He clawed up the ashes of the path with his long fleshless fingers. ‘Dusst!’ he hissed.

The Lord of the Rings, de J.R.R. Tolkien; HarperCollins, 2007; pg. 944.

Las películas han incorporado una falsa luz al recuerdo de mi primera lectura de El Señor de los Anillos.

Mi recuerdo era profundamente oscuro, casi aterrador. Nunca pude olvidar, desde aquella primera lectura a los 11 años de edad, la escena de las cabezas siendo catapultadas dentro de Minas Tirith.

Y nunca pude olvidar a Gollum. Porque mi mente infantil había establecido una conexión directa entre este personaje y otros que había visto por las calles de Ferrol: Gollum me permitió empezar a entender qué era un yonqui. Y por qué actuaban como lo hacían. Comprendí que eran seres dignos de compasión. Y, al mismo tiempo, extremadamente peligrosos.

Que en un pasado habían sido como yo. Niños repletos de sueños e ilusiones. Y que ahora les resultaba casi imposible recuperar la voluntad que habían entregado al poder de la heroína.

Tolkien, sin tener la más mínima idea del desastre que iba a provocar el consumo masivo de drogas, me regaló una explicación de esas almas perdidas, mucho más acertada y útil que cualquier análisis de sociólogos o psicólogos supuestamente expertos en el tema.

Tolkien creó eso que es objetivo y fin de la literatura: personajes verdaderos, sea cual sea la época y el lugar del lector.

Nunca podré enfadarme lo suficiente con aquellos que menosprecian la obra de Tolkien. Enfadarme o compadecer.

Me he puesto a pensar en esto, porque yo también querría transmitir esa comprensión del mundo a través de mi escritura. Que mis personajes no quedasen anclados a una época, que pudieran vivir en todas.

Y que, aunque el recuerdo que dejen sea oscuro, casi aterrador, sirva para insistir en arrastrarnos hasta el Monte del Destino y arrojar allí nuestros anillos. Siempre conscientes de que nuestras propias fuerzas no bastarán.

De que quizá necesitemos un Gollum cerca con el que pelearnos, para que nos derrote en lo peor, y así triunfar.

ORTODOXIA

“La impresionante fuerza de Chesterton está a punto de obligarme a ir corriendo hasta una iglesia, en busca de un cura que me haga católico lo más rápido posible. No sé si las verdades de Chesterton son las verdades; pero sé que son aquellas que yo puedo reconocer como bellas; aquellas que valdría la pena que fueran las verdades. Yo siento todas las contradicciones del catolicismo como conformadoras de mi ser.”

Escrito en mi diario el sábado 12 de marzo de 2005 (traducido del original gallego).

Los secularistas no han destruido las cosas divinas, pero sí las seculares, si eso les sirve de consuelo. Los titanes no escalaron hasta el cielo, pero devastaron el mundo.

Ortodoxia, de Gilbert Keith Chesterton; Acantilado, 2013; pg. 184.

COME AS YOU ARE

Algunas de mis amistades ya tienen un cuarto de siglo de historia. Hay pocas cosas de las que me sienta más agradecido.

Siempre es agradable conocer gente interesante y algunas de mis mejores amistades no tienen tantos años. Pero la ventaja de las viejas amistades, de aquellos que te han conocido como niño y te han visto crecer, es que no les puedes engañar con las galas de tus mejores últimos momentos: saben lo bajo que puedes llegar a caer. De hecho, probablemente ellos han sufrido tus acciones más despreciables. Pero ahí siguen, marcado en su mirada el recuerdo de tu débil humanidad.

Su simple presencia te obliga a ser humilde. Y eso es muy bueno.

Dentro de poco, Dios mediante, me reencontraré con una de estas amistades. Tras un lapso de tiempo excesivo, pero necesario. Y me apetecía dar a conocer mi alegría por tal acontecimiento. Porque, aunque no comulgamos con las mismas ruedas de molino, he conocido a pocos detectives salvajes como ella. Y ya no quiero dejar de caminar a su lado. Hasta el fin del mundo.

ESCLAVITUD FEMENINA

Never met a wise man
If so it’s a woman

Kurt Cobain

 

Tras ver por segunda vez la formidable película To the wonder, de Terrence Malick, uno no puede evitar reflexionar sobre la enorme mentira esclavista en la que el mundo moderno nos ha introducido a todos; pero, muy especialmente, a las mujeres.

Estoy firmemente convencido de que la mayoría de las mujeres que me rodean se sienten obligadas a ejercer papeles que, en el fondo de sus almas, consideran terriblemente indignos; se fuerzan a mentir para estar a la altura de humillaciones que tienen que abrazar con impostadas carcajadas de felicidad; sacrifican sus cuerpos sagrados, de mil formas diferentes, para satisfacer todos los apetitos enfermos de la época. Lo veo cada día y sé que no dejaré de verlo hasta que Dios tenga a bien llevarme de este mundo.

Y recuerdo las palabras de Houellebecq en una entrevista:

Lo que se dio en llamar ‘la liberación de la mujer’ les convenía más a los hombres, que veían en ella la posibilidad de multiplicar los encuentros sexuales. Después vinieron la disolución de la pareja y de la familia, es decir, de las últimas comunidades que separaban al hombre del mercado. Creo que, en general, es una catástrofe humana; pero vuelven a ser las mujeres las que salen perdiendo. En la situación tradicional, el hombre se movía en un mundo más libre y más abierto que la mujer; o sea, en un mundo más duro, competitivo, egoísta y violento. Los valores femeninos clásicos estaban impregnados de altruismo, amor, compasión, fidelidad y dulzura. Aunque ahora nos reímos de esos valores, hay que decir claramente que son valores civilizados superiores, y que su desaparición total sería una tragedia.

El mundo como supermercado, de Michel Houellebecq; Anagrama, 2000; pgs. 108-109.

 

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester