El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA

LA FELLOWSHIP DEL LIBRO

La destartalada furgoneta blanca hacía equilibrios sobre los restos de la carretera que se asomaba al océano Atlántico. Abraham, al volante, no hacía excesivos esfuerzos por evitar los baches.

Iván, sentado a su derecha, llevaba un buen rato con la mirada perdida en el horizonte marino.

José dormitaba en el asiento de atrás; al parecer, sin sentirse demasiado molesto por el traqueteo del vehículo.

Hasta que un bache excesivamente profundo logró despertarle.

-Había creído entender que teníamos que llegar vivos a algún lugar, para recoger algo y llevarlo a otro sitio… -masculló José.

-Así es -confirmó Abraham.

-Cualquiera lo diría, viendo tu manera de conducir…

José se restregó los ojos y miró alrededor, a través de las ventanillas. Su cara se torció en un gesto de extrañeza.

-Juraría que esto me suena…

-Claro -dijo Abraham-. Nos acercamos a la Casa de Simou.

José se quedó clavado en su asiento, mirando la nuca de Abraham como si pudiese golpearla con la vista.

-¿Por qué no me dijiste que teníamos que venir aquí?

-Porque me dijiste que no querías saber nada hasta que el grupo estuviese completo. Y eso es lo que vamos a hacer, completar el grupo.

-¿En la Casa de Simou?

-No te preocupes, no llegaremos a entrar. Ahí está el cuarto superhéroe -dijo Abraham, en un tono tan excesivamente serio que hizo sonreír a Iván.

La furgoneta se detuvo fuera de la carretera, al borde de un profundo acantilado. José miró por la ventanilla. Se quedó inmóvil durante unos segundos.

Un hombre parecía esperarles, parado al lado de la carretera. Un macuto yacía a sus pies. De una estatura colosal, el pelo rapado al cero y una musculatura diseñada para el combate. En su cinturón portaba una pistola y una pequeña hacha. El rostro, anguloso y tenuemente pardusco, permanecía  sereno, alrededor de unos ojos casi grises.

-Cómo puedes ser tan hijodelagranputa, Abraham… -dijo José, mientras salía de la furgoneta.

Iván miró a Abraham sin comprender, pero éste sólo prestaba atención al cinturón de seguridad que se estaba desabrochando.

Al ver a José, una mueca fugaz pareció romper por un momento el rostro contenido del coloso.

José miró al suelo y volvió a mirar a Abraham, que no parecía prestarle demasiada atención al nuevo personaje. Finalmente se acercó a él.

-Lope -dijo, adelantando la mano derecha.

-José -respondió el gigante, apretando su mano.

Tras el saludo, José se quedó con los brazos en jarras, mirando alternativamente al suelo, al mar y a Lope.

Abraham se acercó sin saludar.

-Hace buen día. Creo que podemos comer aquí, descansar un rato y así aprovecho para contaros lo que vamos a hacer.

Abraham se puso manos a la obra y el resto le siguió.

José y Lope permanecieron callados durante la comida. Iván observaba de reojo el silencio tenso de ambos. Terminada su ración, Abraham se dispuso a hablar.

-Tenemos que ir a Atenas, a recoger la copia de un libro, para llevarlo a la Casa de Latakia, en Siria -dijo, lacónico.

Iván abrió los ojos desmesuradamente y parecía a punto de saltar de alegría. José también parecía sorprendido, pero mucho menos entusiasmado que el joven. Lope no parecía sorprendido en absoluto.

-¿Por qué Atenas? -preguntó José.

-Allí vive el maestro iluminador Thomas -respondió Abraham-. Él ha realizado la copia.

-¿Thomas, el teólogo? -volvió a preguntar José, nuevamente sorprendido.

Abraham afirmó con la cabeza.

-¿Por eso está tan representada la Casa de Simou en esta pandilla? -preguntó nuevamente José.

Iván se sorprendió con el comentario y miró a Abraham, esperando impaciente su respuesta. Lope siguió comiendo en silencio.

-¿Lo dices porque es un experto en San Nicolás? -preguntó a su vez Abraham-. No pensaba que eso te importase lo más mínimo.

Abraham y José se miraron.

-No me importa una mierda -dijo José, mientras sacaba una pequeña botella de su mochila-. Pero como Abraham González siempre tiene que estar intentando salvar tu puta alma, pensé que quizá su jesuítico cerebro había pensado conmover mi corazoncito con más añoranzas de otrora.

Abraham se levantó sin contestar y empezó a recoger. Lope dejó de masticar durante unos segundos.

-¿De qué libro es la copia? -volvió a preguntar José.

-El Evangelio de San Juan -respondió Abraham, sin dejar de recoger.

Los ojos de Iván fueron capaces de abrirse un poco más, al tiempo que se santiguaba. Lope se quedó por un momento mirando a José, mientras éste le daba un largo trago a su botella.

-Toda esa zona está a punto de estallar -comentó Lope.

-Por eso os necesito -respondió Abraham-. Iremos en furgoneta hasta los Alpes Dináricos y, a partir de ahí, entraremos a pie en el territorio de la Liga.

La cara de Lope también fue de sorpresa, en esta ocasión.

-Los neo-arrianos ganaron las elecciones en Arkalejandría hace un par de meses y están utilizando la ciudad como banco de pruebas de su política religiosa -explicó Abraham-. No quiero usar sus carreteras. Nos mantendremos en los bosques.

-¿Por qué no ir en barco hasta Atenas? -preguntó José.

-No pasaríamos los controles marítimos. El Egeo está repleto de barcos de guerra. Intentaremos aprovechar las montañas para acercarnos todo lo que podamos. Recogeremos el libro y regresaremos a las montañas. Y saldremos del territorio de la Liga.

-¿Cómo estás pensando llegar a Siria, entonces? -preguntó José, nuevamente, cada vez más perplejo-. ¿Rodeando por el Mar Negro?

Abraham asintió con la cabeza. Lope permaneció en un silencio meditabundo.

-Vamos a pasar más tiempo rodeados de caribes que de seres humanos… -comentó José.

-Probablemente. Por eso te pago lo que te pago. No porque me importe un carajo tu alma pecadora -dijo Abraham, sin cambiar el tono de su voz.

José dejó florecer una sonrisa amarga en su boca.

Iván era incapaz de controlar su excitación, con la mirada perdida en entretenidas imaginaciones. José se fijó en él.

-¿Y a ti qué te pasa? -le preguntó.

-Es que… -el muchacho parecía incapaz de hablar, de la emoción-. Es como cuando se forma la Comunidad del Anillo, durante el Concilio de Elrond. Ahora también nosotros somos una Comunidad, a punto de iniciar una fenomenal aventura… Somos la Comunidad… del Libro. ¡La Fellowship del Evangelio de San Juan! -exclamó.

-Este niño está gilipollas… -dijo José, antes de darle otro trago a su botella.

Iván se quedó mohíno por el comentario. Lope, al levantarse, magreó cariñoso con una de sus manazas el pelo del chaval.

Abraham ya estaba metiendo su mochila en la parte de atrás de la furgoneta.

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AQUÍ TAMBIÉN HAY DIOSES

El alboroto de la lonja se componía de gaviotas, motores, sirenas y varias docenas de subastas que se desarrollaban a voz en grito. Una agradable brisa marinera removía la sopa de olores que producía el mercado a primera hora de la mañana.

Todas las razas e idiomas del mundo parecían congregarse en aquel lugar. Una pequeña figura, vestida con una sencilla camiseta marrón y amplios pantalones del mismo color, paseaba con gesto entretenido entre la barahúnda del puerto. De vez en cuando, se detenía para examinar el género de algún puesto, con una curiosidad que parecía más científica que gastronómica.

-¿Va a querer algo, viejo? -le preguntó en inglés clásico un pescadero gordo, calvo y negro, que se empezaba a impacientar ante el largo escrutinio de sus peces.

-Oh, no… Lo siento, me había obnubilado observando las branquias de ese lepidorhombus… -contestó en griego ortodoxo el anciano.

-Pues, si no va a comprar nada, deje sitio a los que sí quieren hacerlo -respondió a su vez el pescadero, en griego ateniense.

El viejo se acarició la rala barba de su mentón y siguió su camino despidiéndose con un ligero movimiento de cabeza. Se fijó entonces en la fragata de la Liga que entraba en esos momentos en el Pireo: un enorme buque acorazado de color gris perla del que salían, como espinas en la espalda de un dragón, varios palos en los que los marineros se afanaban en arriar y recoger velas. El anciano se quedó parado, contemplando la actividad en el barco de guerra.

-¡Señor Thomas! -gritó un joven desde la terraza de una taberna cercana.

El viejo se giró y saludó con una mano, acercándose a buen paso hasta la mesa que ocupaba el joven. En su rostro anguloso y lampiño se mezclaban sangres de todos los continentes; unos alegres ojos verdes, ligeramente rasgados, invitaron al anciano a sentarse; cosa que hizo con presteza.

Una camarera se acercó a ellos. El joven ya tenía una copa de vino blanco. El anciano pidió otra, además de una ración de calamares fritos.

-¿Qué tal estás, joven Peras? -preguntó, jovial.

-No hay queja, Maestro. ¿Qué tal se encuentra usted?

-Felizmente atareado, como siempre. A Dios gracias. ¿Y Adonis?

Peras hizo un gesto y desvió la mirada.

-Bueno, ya sabe; preocupado por el estado de las cosas, como suele. Preocupado sobre todo por la posibilidad de que el partido de Sonshu Agamenón gane las próximas elecciones.

-Claro.

-Le he traído lo suyo; y una carta que recibió Adonis hace un par de días -Peras acercó un par de sobres por encima de la mesa al anciano-. Parece que es importante.

Thomas cogió los dos sobres. Uno blanco, otro gris. Se quedó observando éste por un momento, hasta que guardó ambos en un pequeño bolso que colgaba de su cinturón.

La camarera llegó con la copa de vino y los calamares. Peras pinchó uno inmediatamente y empezó a comerlo, mientras Thomas se quedaba mirando la cabeza de uno de los animales, buscando la boca entre los tentáculos con ayuda de su tenedor. Peras se quedó mirando al anciano.

-Se le va a enfriar, Maestro -comentó divertido.

Thomas sonrió. Levantó un dedo, indicando a Peras que esperase un momento. Peras ya sabía lo que eso significaba: le iba a leer algo. El anciano extrajo un libro bellamente encuadernado de su bolsita. Lo abrió y empezó a buscar. Volvió a levantar el mismo dedo, sin dejar de mirar el libro, haciendo ver que ya había encontrado lo que buscaba y se disponía a leerlo:

-…por ello es necesario no rechazar puerilmente el estudio de los seres más humildes, pues en todas las obras de la naturaleza existe algo maravilloso. Y lo mismo que se cuenta que Heráclito dijo a los extranjeros que querían hacerle una visita, pero que, cuando al entrar lo vieron calentarse frente al horno, se quedaron parados (los invitaba, en efecto, a entrar con confianza, pues también allí estaban los dioses), igual hay que acercarse sin disgusto a la observación sobre cada animal, en la idea de que en todos existe algo de natural y de hermoso… ¿No es realmente magnífico Aristóteles?

Peras tomó el libro y lo hojeó con profunda admiración. Estaba escrito en griego clásico. Las miniaturas que lo adornaban eran de una extraordinaria belleza.

-¿Es una copia realizada por usted, Maestro?

-Nunca entenderé por qué San Nicolás le tenía tanta inquina… -Thomas no parecía haber escuchado al joven.

-¿A San Nicolás no le gustaba Aristóteles? -inquirió Peras, olvidando su pregunta anterior.

-Pues no. De hecho, Iumbe Crisóstomo llegó a dedicar un libro a la cuestión, poco antes de la Caída; pero es una de sus muchas obras que no se han conservado… Así que no podemos saber cuál era su teoría al respecto -Thomas se quedó por un momento con la mirada perdida en las olas-. En cualquier caso, a pesar de mi profunda admiración por el santo, no puedo evitar sentirme profundamente feliz cuando leo al Filósofo. Espero que no sea pecado… -comentó con una suave sonrisa.

-Quizá, en esta cuestión, estuviese equivocado -dijo Peras, intentando dar pie a que el anciano siguiese hablando del tema-. ¿En qué escolios se puede percibir ese malestar con Aristóteles?

-Explícitamente, recuerdo ahora mismo dos: uno en que considera que el aristotelismo ha sido uno de los traspiés de la Iglesia y otro en el que dice que el vicio de la escolástica medieval está en no haber sido sierva de la teología, sino de Aristóteles -respondió el anciano, antes de comerse un calamar.

-¿Y es así?

-Claro, esa es la cuestión, mi duda… -dijo Thomas, con una sonrisa, mientras se acercaba la copa a los labios-. Hay otros escolios en los que habla de la escolástica; por ejemplo: la Escolástica pecó al pretender convertir al cristiano en un sabelotodo. El cristiano es un escéptico que confía en Cristo… Y en otro lugar: el que menos comprende es el que se obstina en comprender más de lo que se puede comprender. San Nicolás desconfía de los mamotretos escolásticos: tan grande es la distancia entre Dios y la inteligencia humana que sólo una teología infantil no es pueriltomistas y marxistas pueden intercambiar personal...

-¿Marxistas?

-Oh, una herejía que tuvo su importancia unos tres siglos antes de la Caída… -explicó Thomas, antes de continuar con las citas- …los vicios de la teología católica resultan de su propensión a tratar problemas teológicos con mentalidad de canonista... Evidentemente, Santo Tomás tampoco queda libre de sospecha; en un escolio, San Nicolás se pregunta si se le puede considerar un orleanista de la teología -el anciano dejó escapar una risita-. Es otro modo de decir que ya está cediendo demasiado terreno al enemigo. Teniendo en cuenta lo que Santo Tomás opinaba de su propia obra al final de sus días, casi podríamos pensar que él mismo le daría la razón a San Nicolás… -el anciano sonrió-. Por otro lado, las loas a Platón abundan en los Escolios: las tres filosofías más importantes de la historia (Platón-Descartes-Kant) son apologéticas larvadas de la religión… En fin. El caso es que San Nicolás desconfiaba profundamente del cristianismo con tendencia a la enciclopedia. Y de esa tendencia, parece culpar principalmente a Aristóteles.

Peras se quedó pensativo, mientras el anciano volvía a tragar un calamar con evidente placer.

-Es curioso, ¿sabes, Peras? Porque muchos pensadores cristianos han considerado que la filosofía antropológica de Aristóteles se acomodaba mejor al misterio de la Encarnación que la siempre peligrosa tendencia al dualismo de Platón. Aunque también es cierto que grandes pensadores musulmanes han pensado que el tratado sobre la psyché explicaba perfectamente la relación entre su dios abstracto y las criaturas… -Thomas se quedó callado, con la mirada fija en la nada, mientras le daba otro trago a la copa de vino-. El caso es que sería un interesante tema de estudio, ¿verdad?

Peras pareció volver de un lugar muy lejano.

-Ciertamente, Maestro…

-¿Serías tan amable de acompañarme a casa? -preguntó Thomas, sonriente.

-Por supuesto, Maestro. Voy un momento al servicio y nos ponemos en marcha.

Cuando el joven se levantó, Thomas recordó el sobre gris que llevaba en el bolso. Volvió a sacarlo y lo contempló sin abrirlo.

Sus manos ancianas parecían doblarse bajo el peso de aquellos trozos de papel.

‘Palas Atenea’, de Gustav Klimt (1898)

SANTIAGO EL MENOR

La limusina negra avanzaba por el camino, levantando una polvareda blanca, mientras atravesaba un mar verde de campos bien trabajados, salpicado de vez en cuando por el amarillo de una plantación de girasoles o el rojo intenso de un cultivo de amapolas. Los campesinos dejaban por un momento sus labores para ver pasar aquel curioso vehículo. Así como las dos pequeñas tanquetas que le seguían inmediatamente.

Caseríos en buen estado poblaban el paisaje, aquí y allá. La limusina se introdujo por la senda que conducía hacia uno de ellos, especialmente grande. Se elevaba hasta una altura de tres pisos, con dos alas laterales, de dos únicas plantas, que parecían abrazar a los recién llegados. Establos, silos, alpendres, y otras construcciones útiles de menor tamaño se distribuían alrededor del edificio principal. Varias docenas de personas iban, venían y se afanaban en diversas tareas agrícolas. Todas dirigieron sus miradas hacia los vehículos recién llegados, que se detuvieron justo delante de la entrada principal. Se abrió la puerta del conductor de la limusina y descendió un hombre vestido de modo marcial, recordando vagamente a un centurión romano escaso de recursos. Se caló un casco de piloto de combate, con penacho de plumas rojas, y se acercó hasta la puerta trasera del vehículo, abriéndola para que saliera su ocupante. Más hombres uniformados salieron de las dos tanquetas y se fueron situando alrededor de la figura que en ese momento emergía del interior de la limusina. Vestido con una ligera túnica negra, que le cubría los brazos hasta las manos y ocultaba sus pies; la cabeza, de pelo moreno y corto, estaba cubierta por un extraño sombrero compuesto de un variado y multicolor juego de plumas. Al moverse, los campesinos tuvieron la impresión de estar viendo a un arco iris guiando a un oscuro nubarrón de tormenta.

El hombre dirigió su mirada al edificio principal, fijándose en el escudo labrado sobre la entrada: un pegaso blanco rampante, delante de un árbol frondoso. Observó el resto de la finca, deteniéndose sin prisa en los detalles, como si recordara. Al ver que una figura había aparecido en la entrada principal, se dirigió sin más hacia ella.

-Querido Fernando, cuánto gusto volver a verte -dijo el hombre de la túnica, apoyando una mano en el hombro del portero.

-Es un honor volver a tenerle entre nosotros, Cónsul -respondió Fernando, con seca educación-. El Señor le está esperando.

Entraron ambos en la casa, seguidos por el chófer. La iluminación era escasa en el amplio recibidor. El Cónsul y su guardia se descubrieron. Cruzaron rápidamente, bajo la atenta mirada de una docena de estatuas, hasta otra puerta que Fernando abrió, haciendo un gesto que invitaba al Cónsul a pasar. La puerta se volvió a cerrar, quedando el centurión apostado junto a ella.

La iluminación era aún menor en la habitación en la que habían entrado. Fernando se dirigió a una pared y encendió algunos interruptores. El visitante pudo entonces contemplar la estancia, más amplia de lo que cabía esperar; las paredes estaban repletas de cuadros, como si el objetivo hubiese sido no dejar a la vista ni un solo trozo de tabique. Al fondo, un hombre se sentaba tras una sencilla mesa de madera, mientras miraba fijamente una de las pinturas que colgaban en la pared a su derecha.

El Cónsul se acercó a la mesa, donde dejó reposar el sombrero, se sentó en la silla que le acercó Fernando y dirigió la mirada hacia donde la dirigía el hombre.

-¿Qué le pides a San Nicolás de Bogotá, tío?

El hombre giró lentamente su rostro hacia el recién llegado, como si acabase de ser consciente de su presencia. Aparentaba unos cincuenta años, más por el gris de la tupida melena recogida en una floja goma que por el aspecto de su cuerpo, aún rebosante de fuerza y vigor. Cruzaba las manos a la altura de la boca, casi oculta bajo la barba también gris.

-¿Qué otra cosa pedirle a nuestro patrón, sino sabiduría? -contestó, mirando al Cónsul con gesto serio. Éste sonrió, al escuchar la respuesta.

-Por lo que he visto al venir, este año también tendremos una buena cosecha -dijo el Cónsul.

-Así es. La Casa de Simou cumplirá su parte del trato con la Gran Comuna, una vez más.

Los dos hombres se miraron, hasta que el Cónsul bajó la mirada hasta uno de los pliegues de su túnica, que acarició con un par de dedos.

-¿En qué otra cosa podemos ayudar a la Gran Comuna, sobrino? -preguntó, mientras se ponía de pie junto a la silla.

-El Comunal admira profundamente vuestra capacidad productiva, tío Santiago -comenzó-. Hace poco, como seguramente sabrás, la Gran Comuna ha ampliado sus territorios; lo que ha puesto a nuestra disposición una gran cantidad de terreno para cultivar. Así que el Comunal ha pensado en contrataros como gestores de estas nuevas tierras.

Santiago se acercó al cuadro de San Nicolás y volvió a mirarlo.

-Julián, sabes perfectamente que carecemos del número de manos suficientes para llevar a cabo esa tarea.

-Ciertamente. Así se lo hice ver al Comunal. Pero ellos quieren proponerte otra cosa.

Santiago miró a su sobrino, que bajó la mirada al suelo.

-Los nuevos territorios no sólo han proporcionado nuevas tierras que cultivar; también trabajadores para esos campos.

Julián miró de reojo a su tío, que había enarcado una ceja.

-Esclavos, querrás decir.

Julián cambió el semblante.

-Sería un trabajo muy bien pagado, tío. Os vendría bien.

Santiago miró a su sobrino un momento y después bajó la mirada.

-Es importante saber renunciar en la vida, sobrino. Siempre hay que hacerlo. El asunto es a qué. Y creo que por ahora podemos renunciar a ese dinero.

-Simou pierde población, tío. Como el resto de las Casas. El Mundo vuelve a ser como era antes de la Caída y la gente no quiere pasarse la vida destripando terrones, cuando existen lugares como la Gran Comuna. Pronto no seréis capaces de cultivar vuestros propios campos. ¿Qué haréis entonces?

-Menguar, supongo -dijo Santiago, con gesto indolente.

Julián espiró con vehemencia.

-Y si… ¿Y si alguien quisiera hacerse con vuestras tierras?

Los dos hombres se miraron fijamente.

-¿Quién? -preguntó Santiago- ¿La Gran Comuna?

-No somos el único estado pujante en los alrededores. Quizá sí el más pacífico…

Santiago miró a su sobrino sin parpadear, antes de volver a sentarse.

-Viviremos como vivimos, mientras podamos hacerlo, Julián -dijo, fijándose por primera vez en el sombrero que estaba sobre la mesa.

-¿Sabes que algunos Señores están prohibiendo a sus vasallos abandonar sus tierras?

-Sí, he oído que algunas Casas están tomando esa decisión. Un error, desde mi punto de vista.

-Estoy de acuerdo. Aceleran su final.

-Así es. Pero eso no ocurrirá aquí.

-Ya. Si una familia se va, ¿sigue siendo propietaria de la tierra? -preguntó Julián.

-Sabes que no, Julián. La tierra es de quien la trabaja, mientras la trabaja.

-¿No crees que quizá sea conveniente cambiar tu ley?

-Es nuestra ley. Desde hace tres siglos.

-Pero podrías cambiarla.

-Podría intentarlo. Pero mis vasallos me lo echarían en cara, con razón.

-No lo tengo tan claro. Quizá algunos vasallos prefieran tener la propiedad de sus campos a que la tengas tú. Eso les animaría a quedarse.

-Los campos no son míos, Julián. Simplemente, los distribuyo cuando es necesario.

-¿No es esta tu casa?

-Es la casa de mi Casa.

-Y por eso hablamos contigo, ¿no, tío? Porque no tienes el poder sobre todas estas tierras, ¿verdad? ¿Por qué no negociamos directamente con cada uno de los campesinos? -preguntó Julián con ironía.

-No es nuestra ley.

-No es tu ley, tío. Por eso la gente se va.

Ambos quedaron en silencio. Los dedos de Julián tamborileaban en la mesa.

-¿Por eso te fuiste tú? -preguntó Santiago.

-Por eso. Porque quería ver otras cosas. No hubo una única razón -la mirada de su tío volvió sobre el sombrero-. Y resultó que me gustó lo que vi. Y he prosperado, me ha ido bien. Soy dueño de mi vida.

-¿Como los nuevos esclavos que habéis capturado? -preguntó Santiago, elevando ligeramente el tono- ¿Como los trabajadores que se amontonan en vuestras fábricas? ¿Son ellos dueños de sus vidas?

-Pueden aspirar a serlo, algún día. ¿A qué se puede aspirar aquí? -preguntó, nervioso, Julián.

-A vivir en paz, con uno mismo y con Dios.

Julián sonrió y negó con la cabeza.

-No conozco a nadie que esté menos en paz consigo mismo que tú, tío -en el mismo momento en que dijo estas palabras, Julián bajó la mirada, como si se avergonzara de haberlas pronunciado.

Su tío, tras unos instantes de silencio, ocupados en mirar con rostro tenso a su sobrino, volvió a acercarse lentamente hasta el cuadro de San Nicolás, afirmando con la cabeza sin darse cuenta de que lo hacía.

-De eso sólo yo tengo la culpa -dijo Santiago, con la mirada fija en los ojos del santo-. Ni la Casa, ni sus leyes.

Volvió a acercarse a su sobrino, ya recuperado el sosiego.

-La Casa de Simou rechaza la proposición de la Gran Comuna, Cónsul.

Dicho esto, se acercó a una puerta lateral, donde esperaba Fernando para abrírsela.

El Cónsul Julián permaneció sentado unos momentos, con la mirada perdida en los dibujos de la madera cortada, que parecían huir de la arquitectura de colores de su sombrero.

Fotografía de San Nicolás de Bogotá; principal modelo del famoso retrato del santo realizado por Won Su Chang

AGUA Y ACEITE

La historia de la filosofía tiene monotonía de péndulo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1196.

“Así como antes el Pequod abruptamente se inclinaba hacia la cabeza del cachalote, ahora, por el contrapeso de ambas cabezas, recuperó el equilibrio; aunque sumamente tenso, como se pueden imaginar. Del mismo modo que, si cargas a un costado la cabeza de Locke, hacia ella tiendes; pero al cargar al otro la de Kant, vuelves de nuevo al punto de partida; aunque de mala manera. Así, algunas mentes logran mantener siempre el equilibrio. ¡Oh, estúpidos!, lanzad todas esas cabezas de trueno por la borda, y entonces flotaréis ligeros y derechos.”

Moby-Dick or The Whale, de Herman Melville; Wordsworth Classics, 2002; capítulo 73, pgs. 272-273 [traducción propia].

LITERATURA ADMINISTRATIVA III

Lo tonto no está en criticar el medio en que se vive, está en pensar que todo medio no merece vituperación semejante.
La crítica que no llega al corazón podrido del hombre resulta pronto ingenua.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1186.

“En lo que atañe al análisis del audio de este vídeo, apreciamos que al comienzo del mismo entre los segundos 00:00 a 00:07 y en coincidencia con la acción que acabamos de describir de Jesús Escudero se escuchan sonidos de golpes secos, cortos y rápidos solapándose con otro registro de sonido de fondo consistente en gemidos y jadeos con tono de voz femenino. A la vez que suenan estos golpes se oye una voz masculina que no puede ser individualizada, que dice ‘sshhh, tranquilo, tranquilo, tranquilo’ y otra dice ‘un poco más flojito tú, coño’. En el intervalo de comprendido entre los segundos 00:07 a 00:24 se escuchan registros de sonido de respiraciones y gemidos; en concreto registros de sonido de varón, con expresiones ‘ven aquí’ ‘hala, hala‘; ‘a ver illo vamos a organizarnos… me la ha chupado dos veces‘. En el intervalo de tiempo comprendido entre los segundo 00:25 a 00:27 se escucha un registro de sonido de un varón, que dice ‘chupa aquí, mira, ven‘, coincidiendo este registro, con la actuación de José Ángel Prenda que hemos reflejado anteriormente.

En el intervalo comprendido entre los segundos 00:29 a 00:32 se escucha un registro de sonido de un varón, que dice ‘Quita quillo, espérate, no la levantes tanto, chupa ahí

Durante esta secuencia, la denunciante permanece en todo momento con los ojos cerrados, observamos un enrojecimiento en sus pómulos, no se produce ningún dialogo , ni intercambio de palabras con los procesados.

Se muestra ausente y durante la mayor parte del tiempo exterioriza una actitud pasiva; apreciamos que en ningún momento adopta ninguna iniciativa para la realización de actos de contenido sexual. En algunas secuencias, comprobamos que alguno de los procesados le agarran del pelo por la parte superior de la cabeza, así en concreto : en el segundo 00:32, visualizamos como una mano le agarra del pelo en este momento se observa como un pene está parcialmente introducido en la cavidad bucal de la denunciante; a continuación en el segundo 00:33, se aprecia como el pene sale de la boca. Entre los segundos 00:36 a 00:39 , es decir ya a la finalización de vídeo se observa un primer plano de una mano que agarra el pelo a la denunciante.”.

Sentencia 38/2018 dictada en el Procedimiento Sumario Ordinario 426/2016 de la Sección 2ª de la Audiencia Provincial de Navarra; pgs. 70-71.

CATALUÑA REPLICANTE

Todo lo malo que pueda acontecer a manos del hombre, acontece.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1239.

Cataluña siempre ha tenido fama de ser una de las regiones más modernas de España. Y en el documental de la BBC que enlazo más abajo (sólo se puede ver si se tiene cuenta en YouTube o Gmail) se vuelve a demostrar. Perfectos angloparlantes, jóvenes y dinámicos emprendedores catalanes nos muestran que Barcelona es una de las ciudades más avanzadas del mundo. En cuanto a libertad de costumbres, en cuanto a libertad de empresa. Capaces de competir con los japoneses en el creciente negocio de los robots sexuales, de los burdeles con muñecas.

Aunque siempre quedarán escollos legales y morales que salvar. Porque en Japón ya es posible hacer y vender ciertas cosas. Nunca podremos agradecer lo suficiente el trabajo de destrucción civilizatoria que hizo en Japón el capitalismo estadounidense.

No quiero parecer ingenuo a estas alturas de la película, pero, tras ver el documental, sigo preguntándome cómo es posible que allí ya se puedan hacer y vender ciertas cosas.

El único elemento de esperanza que ofrece este documental es el hecho de que incluso sus autores parecen un poco asustados por el futuro que se nos viene encima.

Bien pensado, es una esperanza de mierda. Que Deus nos teña no seu colo.

CONSPIRACIÓN

“-No parece lógico, una sola familia en un lugar de este tamaño. ¿Qué sentido tiene?

-Bueno, supongo que la Brigada se lo está encontrando.

-Pero no fue construido para eso, ¿no?

-No -dije-, no fue construido para eso. Quizá sea ése uno de los placeres de construir, igual que tener un hijo, preguntándose qué llegará a ser.”

Brideshead Revisited, de Evelyn Waugh; Epilogue [traducción propia].

Aducir la belleza de una cosa en su defensa, irrita al alma plebeya.

Sólo conspiran eficazmente contra el mundo actual los que propagan en secreto la admiración de la belleza.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 83, 813.

ORACIÓN

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 263.

‘Sea watchers’, de Edward Hopper (1952)

REGALO

Atravesar el desierto
para reconocer en lo débil y desechable
el sentido de todo.

Agradecer el ejemplo inigualable.

Sabiduría.

“Nativity (Brown)”, de J. Kirk Richards

LA SUPERIORIDAD ESPIRITUAL DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

Durante siglos, el poema central en la vida de todo bautizado fue el relato de la Pasión de su Dios. Un Dios de naturaleza humana que encarnaba la verdad de su mensaje, no con el sacrificio de la vida de otros -al modo mahometano-, sino con el sacrificio de la vida propia.

A través de su dolor, a través de su forma de dar sentido al dolor, Jesús de Nazaret regaló una potencia inigualable a los afanes de sus seguidores.

Presente su recuerdo constante en la existencia cotidiana, todo bautizado alcanzaba a ver la figura de su Dios sufriente tras el velo de los problemas de cada día. En la vejez de los padres, en la lejanía de los esposos, en la enfermedad de los hijos, siempre brillaba humilde la verdad profunda de un Dios que había sufrido como ellos.

Y una frase fue repetida en millones de ocasiones: “si Él soportó lo que soportó en este mundo, ¿no voy a ser yo capaz de soportar esta pequeña tribulación que me entorpece?”

Una y otra vez, millones de hombres y mujeres, durante siglos, fueron capaces de superar los afanes de su existencia apelando al ejemplar sacrificio supremo de su Dios.

Pues no hay nada semejante a la fe del cristiano para soportar y dar sentido al dolor, que siempre nos acaba alcanzando en la vida.

El budista hace todo lo posible para estar por encima del dolor.

El musulmán lo acepta sumiso porque su dios lo quiere.

Sólo el cristiano se abraza a su dolor como la clave de bóveda de su existencia, como el momento cumbre de su vida. Hace de soportar el dolor propio una artesanía majestuosa; cauce para la limpieza de su alma corrompida y mil veces caída; patética y crucial antesala del Paraíso. El cristiano fiel espera deseoso el trance de la prueba para saber de qué está hecho realmente.

Una civilización forjada con esta clase de hombres y mujeres es indestructible.

A no ser que esa civilización deje de creer en ese Dios. Que es precisamente lo que lleva ocurriendo desde hace un tiempo.

Pero ese avance de la incredulidad no es gratis.

¿A quién puede extrañar que la depresión se extienda como una pandemia por Occidente, si cada vez está menos presente el cristianismo en su vida espiritual? En esta época en la que somos educados para vivir en un interminable parque de atracciones, ¿qué sentido puede tener soportar las penurias de la vida?

Mas, ¿qué vida hay que no tenga que soportar, al fin y al cabo, una buena cantidad de penurias?

Surgen psicólogos, motivadores, expertos en coaching y mil supersticiosas parafernalias más para intentar evitar el derrumbe generalizado. Parches inútiles.

Sin el impulso de su creencia cristiana, Occidente es una cáscara vacía, que no tardará en ser ocupada por algún otro contendiente espiritual de auténtica altura civilizatoria.

El Islam, por ejemplo.

Pero que no se entiendan estas palabras como una exhortación política, como un plan de regeneración concebido para poner en marcha no se sabe qué movimiento social. Son sólo las reflexiones de un cristiano débil, que sabe que no hay lucha más importante que la que uno porta dentro de su propia alma.

Que, como decía don Nicolás, no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar. Y que no hay mejor invitación que el ejemplo inigualable.

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