El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA

CALLE EL HOMBRE

“Más silencio. Silencio. Sobre todo, más silencio. El ruido es un invento moderno. Pero ni siquiera estoy de acuerdo: el ruido es la voz del pecado original. La modernidad, simplemente, le ha puesto altavoces.”

Escrito en mi diario el viernes 2 de noviembre de 2018.

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LA INDUSTRIA EDITORIAL

Roberto Bolaño le habló en cierta ocasión a Enrique Vila-Matas sobre algo que le había ocurrido siendo jurado de un premio literario: que los manuscritos de aquellos escritores que sí tenían una buena técnica literaria apenas tenían nada interesante que contar; mientras que algunos manuscritos de escritores no profesionales, incapaces técnicamente de resolver de forma adecuada el tema que tenían entre manos, sin embargo, sí poseían historias interesantes que merecía la pena leer.

Algo parecido llegué a vivir yo durante el tiempo que trabajé como lector literario. Me ocurrió en especial con una novela que hablaba de las vidas de un director y actor españoles de la época de la Transición; una obra que necesitaba una cantidad ingente de horas de corrección, pero que albergaba auténtica literatura en sus páginas, porque era una honesta e intensa búsqueda de la verdad. A pesar de sus carencias técnicas, la recomendé vivamente. Por supuesto, nadie me hizo caso.

Trabajar como lector me proporcionó un atisbo de lo que contiene la industria literaria. Lo que vi no me gustó. En lo que ese mundo transforma a sus habitantes, directamente me repugnó.

La verdad literaria no depende de las circunstancias existenciales del autor. La verdad de un texto literario puede obviar la completa biografía de su escritor. El texto posee vida en sí mismo y su calidad sólo ha de ser medida en relación con su contenido, con la forma de expresarlo y con la potencia de verdad que el conjunto encierre.

Que el escritor sea pobre o rico, alto o bajo, guapo o feo, mujer u hombre, español o marciano, sólo es interesante para las facultades de filología y para los profesionales de la crítica. Carece de interés también, por lo tanto, que el escritor se gane la vida vendiendo los libros que escribe o se gane la vida vendiendo casas o alpargatas.

Dirán algunos que el escritor profesional tendrá más posibilidades de dedicar todo su tiempo a la escritura o de que sus libros lleguen a más lectores. Las giras publicitarias de las editoriales niegan lo primero, internet niega lo segundo. De hecho, en un blog con la cantidad adecuada de lectores, seguidores y visitas, incluso internet puede negar también lo primero.

En la actualidad, no hay nada que impida a un escritor cualquiera ser muy leído y valorado, sin ninguna necesidad de formar parte de la industria literaria. Un simple blog gratuito puede permitir a un basurero de Michigan ser leído y admirado en todo el mundo.

Por otro lado, ¿es deseable ser un escritor profesional y vivir sólo de lo que uno escribe? Me atrevo a decir que no. Me atrevo a decir que es obligación moral del escritor tratar de mantener apartados, en la medida de lo posible, su economía de su escritura.

Porque a la literatura no le interesa el medio de vida del escritor, pero al escritor sí le puede acabar interesando que su literatura sea su medio de vida. Lo cual puede llevar al escritor a pensar más en los gustos del comprador, que en los gustos de la verdad. Y ese es el camino definitivo para el asesinato de lo que la literatura es y exige.

Pues, como decía don Nicolás, no hay que creer en la vocación sino del que, como Sócrates, no cobra.

Dicho esto, por la oportunidad de proporcionarle a mi familia lo que creo es menester, quizá ni el más luminoso resquicio de mi alma dejaría sin precio.

AQUÍ TAMBIÉN HAY DIOSES

El alboroto de la lonja se componía de gaviotas, motores, sirenas y varias docenas de subastas que se desarrollaban a voz en grito. Una agradable brisa marinera removía la sopa de olores que producía el mercado a primera hora de la mañana.

Todas las razas e idiomas del mundo parecían congregarse en aquel lugar. Una pequeña figura, vestida con una sencilla camiseta marrón y amplios pantalones del mismo color, paseaba con gesto entretenido entre la barahúnda del puerto. De vez en cuando, se detenía para examinar el género de algún puesto, con una curiosidad que parecía más científica que gastronómica.

-¿Va a querer algo, viejo? -le preguntó en inglés clásico un pescadero gordo, calvo y negro, que se empezaba a impacientar ante el largo escrutinio de sus peces.

-Oh, no… Lo siento, me había obnubilado observando las branquias de ese lepidorhombus… -contestó en griego ortodoxo el anciano.

-Pues, si no va a comprar nada, deje sitio a los que sí quieren hacerlo -respondió a su vez el pescadero, en griego ateniense.

El viejo se acarició la rala barba de su mentón y siguió su camino despidiéndose con un ligero movimiento de cabeza. Se fijó entonces en la fragata de la Liga que entraba en esos momentos en el Pireo: un enorme buque acorazado de color gris perla del que salían, como espinas en la espalda de un dragón, varios palos en los que los marineros se afanaban en arriar y recoger velas. El anciano se quedó parado, contemplando la actividad en el barco de guerra.

-¡Señor Thomas! -gritó un joven desde la terraza de una taberna cercana.

El viejo se giró y saludó con una mano, acercándose a buen paso hasta la mesa que ocupaba el joven. En su rostro anguloso y lampiño se mezclaban sangres de todos los continentes; unos alegres ojos verdes, ligeramente rasgados, invitaron al anciano a sentarse; cosa que hizo con presteza.

Una camarera se acercó a ellos. El joven ya tenía una copa de vino blanco. El anciano pidió otra, además de una ración de calamares fritos.

-¿Qué tal estás, joven Peras? -preguntó, jovial.

-No hay queja, Maestro. ¿Qué tal se encuentra usted?

-Felizmente atareado, como siempre. A Dios gracias. ¿Y Adonis?

Peras hizo un gesto y desvió la mirada.

-Bueno, ya sabe; preocupado por el estado de las cosas, como suele. Preocupado sobre todo por la posibilidad de que el partido de Sonshu Agamenón gane las próximas elecciones.

-Claro.

-Le he traído lo suyo; y una carta que recibió Adonis hace un par de días -Peras acercó un par de sobres por encima de la mesa al anciano-. Parece que es importante.

Thomas cogió los dos sobres. Uno blanco, otro gris. Se quedó observando éste por un momento, hasta que guardó ambos en un pequeño bolso que colgaba de su cinturón.

La camarera llegó con la copa de vino y los calamares. Peras pinchó uno inmediatamente y empezó a comerlo, mientras Thomas se quedaba mirando la cabeza de uno de los animales, buscando la boca entre los tentáculos con ayuda de su tenedor. Peras se quedó mirando al anciano.

-Se le va a enfriar, Maestro -comentó divertido.

Thomas sonrió. Levantó un dedo, indicando a Peras que esperase un momento. Peras ya sabía lo que eso significaba: le iba a leer algo. El anciano extrajo un libro bellamente encuadernado de su bolsita. Lo abrió y empezó a buscar. Volvió a levantar el mismo dedo, sin dejar de mirar el libro, haciendo ver que ya había encontrado lo que buscaba y se disponía a leerlo:

-…por ello es necesario no rechazar puerilmente el estudio de los seres más humildes, pues en todas las obras de la naturaleza existe algo maravilloso. Y lo mismo que se cuenta que Heráclito dijo a los extranjeros que querían hacerle una visita, pero que, cuando al entrar lo vieron calentarse frente al horno, se quedaron parados (los invitaba, en efecto, a entrar con confianza, pues también allí estaban los dioses), igual hay que acercarse sin disgusto a la observación sobre cada animal, en la idea de que en todos existe algo de natural y de hermoso… ¿No es realmente magnífico Aristóteles?

Peras tomó el libro y lo hojeó con profunda admiración. Estaba escrito en griego clásico. Las miniaturas que lo adornaban eran de una extraordinaria belleza.

-¿Es una copia realizada por usted, Maestro?

-Nunca entenderé por qué San Nicolás le tenía tanta inquina… -Thomas no parecía haber escuchado al joven.

-¿A San Nicolás no le gustaba Aristóteles? -inquirió Peras, olvidando su pregunta anterior.

-Pues no. De hecho, Iumbe Crisóstomo llegó a dedicar un libro a la cuestión, poco antes de la Caída; pero es una de sus muchas obras que no se han conservado… Así que no podemos saber cuál era su teoría al respecto -Thomas se quedó por un momento con la mirada perdida en las olas-. En cualquier caso, a pesar de mi profunda admiración por el santo, no puedo evitar sentirme profundamente feliz cuando leo al Filósofo. Espero que no sea pecado… -comentó con una suave sonrisa.

-Quizá, en esta cuestión, estuviese equivocado -dijo Peras, intentando dar pie a que el anciano siguiese hablando del tema-. ¿En qué escolios se puede percibir ese malestar con Aristóteles?

-Explícitamente, recuerdo ahora mismo dos: uno en que considera que el aristotelismo ha sido uno de los traspiés de la Iglesia y otro en el que dice que el vicio de la escolástica medieval está en no haber sido sierva de la teología, sino de Aristóteles -respondió el anciano, antes de comerse un calamar.

-¿Y es así?

-Claro, esa es la cuestión, mi duda… -dijo Thomas, con una sonrisa, mientras se acercaba la copa a los labios-. Hay otros escolios en los que habla de la escolástica; por ejemplo: la Escolástica pecó al pretender convertir al cristiano en un sabelotodo. El cristiano es un escéptico que confía en Cristo… Y en otro lugar: el que menos comprende es el que se obstina en comprender más de lo que se puede comprender. San Nicolás desconfía de los mamotretos escolásticos: tan grande es la distancia entre Dios y la inteligencia humana que sólo una teología infantil no es pueriltomistas y marxistas pueden intercambiar personal...

-¿Marxistas?

-Oh, una herejía que tuvo su importancia unos tres siglos antes de la Caída… -explicó Thomas, antes de continuar con las citas- …los vicios de la teología católica resultan de su propensión a tratar problemas teológicos con mentalidad de canonista... Evidentemente, Santo Tomás tampoco queda libre de sospecha; en un escolio, San Nicolás se pregunta si se le puede considerar un orleanista de la teología -el anciano dejó escapar una risita-. Es otro modo de decir que ya está cediendo demasiado terreno al enemigo. Teniendo en cuenta lo que Santo Tomás opinaba de su propia obra al final de sus días, casi podríamos pensar que él mismo le daría la razón a San Nicolás… -el anciano sonrió-. Por otro lado, las loas a Platón abundan en los Escolios: las tres filosofías más importantes de la historia (Platón-Descartes-Kant) son apologéticas larvadas de la religión… En fin. El caso es que San Nicolás desconfiaba profundamente del cristianismo con tendencia a la enciclopedia. Y de esa tendencia, parece culpar principalmente a Aristóteles.

Peras se quedó pensativo, mientras el anciano volvía a tragar un calamar con evidente placer.

-Es curioso, ¿sabes, Peras? Porque muchos pensadores cristianos han considerado que la filosofía antropológica de Aristóteles se acomodaba mejor al misterio de la Encarnación que la siempre peligrosa tendencia al dualismo de Platón. Aunque también es cierto que grandes pensadores musulmanes han pensado que el tratado sobre la psyché explicaba perfectamente la relación entre su dios abstracto y las criaturas… -Thomas se quedó callado, con la mirada fija en la nada, mientras le daba otro trago a la copa de vino-. El caso es que sería un interesante tema de estudio, ¿verdad?

Peras pareció volver de un lugar muy lejano.

-Ciertamente, Maestro…

-¿Serías tan amable de acompañarme a casa? -preguntó Thomas, sonriente.

-Por supuesto, Maestro. Voy un momento al servicio y nos ponemos en marcha.

Cuando el joven se levantó, Thomas recordó el sobre gris que llevaba en el bolso. Volvió a sacarlo y lo contempló sin abrirlo.

Sus manos ancianas parecían doblarse bajo el peso de aquellos trozos de papel.

‘Palas Atenea’, de Gustav Klimt (1898)

SANTIAGO EL MENOR

La limusina negra avanzaba por el camino, levantando una polvareda blanca, mientras atravesaba un mar verde de campos bien trabajados, salpicado de vez en cuando por el amarillo de una plantación de girasoles o el rojo intenso de un cultivo de amapolas. Los campesinos dejaban por un momento sus labores para ver pasar aquel curioso vehículo. Así como las dos pequeñas tanquetas que le seguían inmediatamente.

Caseríos en buen estado poblaban el paisaje, aquí y allá. La limusina se introdujo por la senda que conducía hacia uno de ellos, de un tamaño particularmente grande. Se elevaba hasta una altura de tres pisos, con dos alas laterales, de dos únicas plantas, que parecían querer abrazar a los recién llegados. Establos, silos, alpendres, y otras construcciones útiles de menor tamaño se distribuían alrededor del edificio principal. Varias docenas de personas iban, venían y se afanaban en diversas tareas agrícolas. Todas dirigieron sus miradas hacia los vehículos recién llegados, que se detuvieron justo delante de la entrada principal. Se abrió la puerta del conductor de la limusina y descendió un hombre vestido de modo marcial, recordando vagamente a un centurión romano escaso de recursos. Se caló un casco de piloto de combate, con penacho de plumas rojas, y se acercó hasta la puerta trasera del vehículo, abriéndola para que saliera su ocupante. Más hombres uniformados salieron de las dos tanquetas y se fueron situando alrededor de la figura que en ese momento emergía del interior de la limusina. Vestido con una ligera túnica negra, que le cubría los brazos hasta las manos y ocultaba sus pies; la cabeza, de pelo moreno y corto, estaba cubierta por un extraño sombrero compuesto de un variado y multicolor juego de plumas. Al moverse el personaje hacia la casa, los campesinos tuvieron la impresión de estar viendo un arco iris cabalgando sobre un oscuro nubarrón de tormenta.

El hombre dirigió su mirada al edificio principal, fijándose en el escudo labrado sobre la entrada: un pegaso blanco rampante, delante de un árbol frondoso. Observó el resto de la finca, deteniéndose sin prisa en los detalles, como si recordara. Al ver que una figura había aparecido en la entrada principal, se dirigió sin más hacia ella.

-Querido Fernando, cuánto gusto volver a verte -dijo el hombre de la túnica, apoyando una mano en su hombro.

-Es un honor volver a tenerle entre nosotros, Cónsul -respondió Fernando, con seca educación-. El Señor le está esperando.

Entraron ambos en la casa, seguidos por el chófer. La iluminación era escasa en el amplio recibidor. El Cónsul y su guardia se descubrieron. Cruzaron rápidamente, bajo la atenta mirada de una docena de estatuas, hasta otra puerta que Fernando abrió, haciendo un gesto que invitaba al Cónsul a pasar. La puerta se volvió a cerrar, quedando el centurión apostado junto a ella.

La iluminación era aún menor en la habitación en la que habían entrado. Fernando se dirigió a una pared y encendió algunos interruptores. El visitante pudo entonces contemplar la estancia, más amplia de lo que cabía esperar; las paredes estaban repletas de cuadros, como si el objetivo hubiese sido no dejar a la vista ni un solo trozo de tabique. Al fondo, un hombre se sentaba tras una sencilla mesa de madera, mientras miraba fijamente una de las pinturas que colgaban en la pared a su derecha.

El Cónsul se acercó a la mesa, donde dejó reposar el sombrero, se sentó en la silla que le acercó Fernando y dirigió la mirada hacia donde la dirigía el hombre.

-¿Qué le pides a San Nicolás de Bogotá, tío?

El hombre giró lentamente su rostro hacia el recién llegado, como si acabase de ser consciente de su presencia. Aparentaba unos cincuenta años, más por el gris de la tupida melena recogida en una floja goma que por el aspecto de su cuerpo, aún rebosante de fuerza y vigor. Cruzaba las manos a la altura de la boca, casi oculta bajo la barba también gris.

-¿Qué otra cosa pedirle a nuestro patrón, sino sabiduría? -contestó, mirando al Cónsul con gesto serio. Éste sonrió, al escuchar la respuesta.

-Por lo que he visto al venir, este año también tendremos una buena cosecha -dijo el Cónsul.

-Así es. La Casa de Simou cumplirá su parte del trato con la Gran Comuna, una vez más.

Los dos hombres se miraron, hasta que el Cónsul bajó la mirada hasta uno de los pliegues de su túnica, que acarició con un par de dedos.

-¿En qué otra cosa podemos ayudar a la Gran Comuna, sobrino? -preguntó, mientras se ponía de pie junto a la silla.

-El Comunal admira profundamente vuestra capacidad productiva, tío Santiago -comenzó-. Hace poco, como seguramente sabrás, la Gran Comuna ha ampliado sus territorios; lo que ha puesto a nuestra disposición una gran cantidad de terreno para cultivar. Así que el Comunal ha pensado en contrataros como gestores de estas nuevas tierras.

Santiago se acercó al cuadro de San Nicolás y volvió a mirarlo.

-Julián, sabes perfectamente que carecemos del número de manos suficientes para llevar a cabo esa tarea.

-Ciertamente. Así se lo hice ver al Comunal. Pero ellos quieren proponerte otra cosa.

Santiago miró a su sobrino, que bajó la mirada al suelo.

-Los nuevos territorios no sólo han proporcionado nuevas tierras que cultivar; también trabajadores para esos campos.

Julián miró de reojo a su tío, que había enarcado una ceja.

-Esclavos, querrás decir.

Julián cambió el semblante.

-Sería un trabajo muy bien pagado, tío. Os vendría bien.

Santiago miró a su sobrino un momento y después bajó la mirada.

-Es importante saber renunciar en la vida, sobrino. Siempre hay que hacerlo. El asunto es a qué. Y creo que por ahora podemos renunciar a ese dinero.

-Simou pierde población, tío. Como el resto de las Casas. El Mundo vuelve a ser como era antes de la Caída y la gente no quiere pasarse la vida destripando terrones, cuando existen lugares como la Gran Comuna. Pronto no seréis capaces de cultivar vuestros propios campos. ¿Qué haréis entonces?

-Menguar, supongo -dijo Santiago, con gesto indolente.

Julián espiró con vehemencia.

-Y si… ¿Y si alguien quisiera hacerse con vuestras tierras?

Los dos hombres se miraron fijamente.

-¿Quién? -preguntó Santiago- ¿La Gran Comuna?

-No somos el único estado pujante en los alrededores. Quizá sí el más pacífico…

Santiago miró a su sobrino sin parpadear, antes de volver a sentarse.

-Viviremos como vivimos, mientras podamos hacerlo, Julián -dijo, fijándose por primera vez en el sombrero que estaba sobre la mesa.

-¿Sabes que algunos Señores están prohibiendo a sus vasallos abandonar sus tierras?

-Sí, he oído que algunas Casas están tomando esa decisión. Un error, desde mi punto de vista.

-Estoy de acuerdo. Aceleran su final.

-Así es. Pero eso no ocurrirá aquí.

-Ya -Julián se colocó un pliegue de la túnica antes de continuar-. Si una familia se va, ¿sigue siendo propietaria de la tierra?

-Sabes que no, Julián. La tierra es de quien la trabaja, mientras la trabaja.

-¿No crees que quizá sea conveniente cambiar tu ley?

-Es nuestra ley. Desde hace tres siglos.

-Pero podrías cambiarla.

-Podría intentarlo. Pero mis vasallos me lo echarían en cara, con razón.

-No lo tengo tan claro. Quizá algunos vasallos prefieran tener la propiedad de sus campos a que la tengas tú. Eso les animaría a quedarse.

-Los campos no son míos, Julián. Simplemente, los distribuyo cuando es necesario.

-¿No es esta tu casa?

-Es la casa de mi Casa.

-Y por eso hablamos contigo, ¿no, tío? Porque no tienes el poder sobre todas estas tierras, ¿verdad? ¿Por qué no negociamos directamente con cada uno de los campesinos? -preguntó Julián con ironía.

-No es nuestra ley.

-No es tu ley, tío. Por eso la gente se va.

Ambos quedaron en silencio. Los dedos de Julián tamborileaban en la mesa.

-¿Por eso te fuiste tú? -preguntó Santiago.

-Por eso. Porque quería ver otras cosas. No hubo una única razón -la mirada de su tío volvió sobre el sombrero-. Y resultó que me gustó lo que vi. Y he prosperado, me ha ido bien. Soy dueño de mi vida.

-¿Como los nuevos esclavos que habéis capturado? -preguntó Santiago, elevando ligeramente el tono- ¿Como los trabajadores que se amontonan en vuestras fábricas? ¿Son ellos dueños de sus vidas?

-Pueden aspirar a serlo, algún día. ¿A qué se puede aspirar aquí? -preguntó, nervioso, Julián.

-A vivir en paz, con uno mismo y con Dios.

Julián sonrió y negó con la cabeza.

-No conozco a nadie que esté menos en paz consigo mismo que tú, tío -en el mismo momento en que dijo estas palabras, Julián bajó la mirada, como si se avergonzara de haberlas pronunciado.

Su tío, tras unos instantes de silencio, ocupados en mirar con rostro pétreo a su sobrino, volvió a acercarse lentamente hasta el cuadro de San Nicolás, afirmando con la cabeza sin darse cuenta de que lo hacía.

-De eso sólo yo tengo la culpa -dijo Santiago, con la mirada fija en los ojos del santo-. Ni la Casa, ni sus leyes.

Volvió a acercarse a su sobrino, ya recuperado el sosiego.

-La Casa de Simou rechaza la proposición de la Gran Comuna, Cónsul.

Dicho esto, se acercó a una puerta lateral, donde esperaba Fernando para abrírsela.

El Cónsul Julián permaneció sentado unos momentos, con la mirada perdida en los dibujos de la madera cortada, que parecían huir de la arquitectura de colores de su sombrero.

Fotografía de San Nicolás de Bogotá; principal modelo del famoso retrato del santo realizado por Won Su Chang

AGUA Y ACEITE

La historia de la filosofía tiene monotonía de péndulo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1196.

“Así como antes el Pequod abruptamente se inclinaba hacia la cabeza del cachalote, ahora, por el contrapeso de ambas cabezas, recuperó el equilibrio; aunque sumamente tenso, como se pueden imaginar. Del mismo modo que, si cargas a un costado la cabeza de Locke, hacia ella tiendes; pero al cargar al otro la de Kant, vuelves de nuevo al punto de partida; aunque de mala manera. Así, algunas mentes logran mantener siempre el equilibrio. ¡Oh, estúpidos!, lanzad todas esas cabezas de trueno por la borda, y entonces flotaréis ligeros y derechos.”

Moby-Dick or The Whale, de Herman Melville; Wordsworth Classics, 2002; capítulo 73, pgs. 272-273 [traducción propia].

LITERATURA ADMINISTRATIVA III

Lo tonto no está en criticar el medio en que se vive, está en pensar que todo medio no merece vituperación semejante.
La crítica que no llega al corazón podrido del hombre resulta pronto ingenua.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1186.

“En lo que atañe al análisis del audio de este vídeo, apreciamos que al comienzo del mismo entre los segundos 00:00 a 00:07 y en coincidencia con la acción que acabamos de describir de Jesús Escudero se escuchan sonidos de golpes secos, cortos y rápidos solapándose con otro registro de sonido de fondo consistente en gemidos y jadeos con tono de voz femenino. A la vez que suenan estos golpes se oye una voz masculina que no puede ser individualizada, que dice ‘sshhh, tranquilo, tranquilo, tranquilo’ y otra dice ‘un poco más flojito tú, coño’. En el intervalo de comprendido entre los segundos 00:07 a 00:24 se escuchan registros de sonido de respiraciones y gemidos; en concreto registros de sonido de varón, con expresiones ‘ven aquí’ ‘hala, hala‘; ‘a ver illo vamos a organizarnos… me la ha chupado dos veces‘. En el intervalo de tiempo comprendido entre los segundo 00:25 a 00:27 se escucha un registro de sonido de un varón, que dice ‘chupa aquí, mira, ven‘, coincidiendo este registro, con la actuación de José Ángel Prenda que hemos reflejado anteriormente.

En el intervalo comprendido entre los segundos 00:29 a 00:32 se escucha un registro de sonido de un varón, que dice ‘Quita quillo, espérate, no la levantes tanto, chupa ahí

Durante esta secuencia, la denunciante permanece en todo momento con los ojos cerrados, observamos un enrojecimiento en sus pómulos, no se produce ningún dialogo , ni intercambio de palabras con los procesados.

Se muestra ausente y durante la mayor parte del tiempo exterioriza una actitud pasiva; apreciamos que en ningún momento adopta ninguna iniciativa para la realización de actos de contenido sexual. En algunas secuencias, comprobamos que alguno de los procesados le agarran del pelo por la parte superior de la cabeza, así en concreto : en el segundo 00:32, visualizamos como una mano le agarra del pelo en este momento se observa como un pene está parcialmente introducido en la cavidad bucal de la denunciante; a continuación en el segundo 00:33, se aprecia como el pene sale de la boca. Entre los segundos 00:36 a 00:39 , es decir ya a la finalización de vídeo se observa un primer plano de una mano que agarra el pelo a la denunciante.”.

Sentencia 38/2018 dictada en el Procedimiento Sumario Ordinario 426/2016 de la Sección 2ª de la Audiencia Provincial de Navarra; pgs. 70-71.

CATALUÑA REPLICANTE

Todo lo malo que pueda acontecer a manos del hombre, acontece.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1239.

Cataluña siempre ha tenido fama de ser una de las regiones más modernas de España. Y en el documental de la BBC que enlazo más abajo (sólo se puede ver si se tiene cuenta en YouTube o Gmail) se vuelve a demostrar. Perfectos angloparlantes, jóvenes y dinámicos emprendedores catalanes nos muestran que Barcelona es una de las ciudades más avanzadas del mundo. En cuanto a libertad de costumbres, en cuanto a libertad de empresa. Capaces de competir con los japoneses en el creciente negocio de los robots sexuales, de los burdeles con muñecas.

Aunque siempre quedarán escollos legales y morales que salvar. Porque en Japón ya es posible hacer y vender ciertas cosas. Nunca podremos agradecer lo suficiente el trabajo de destrucción civilizatoria que hizo en Japón el capitalismo estadounidense.

No quiero parecer ingenuo a estas alturas de la película, pero, tras ver el documental, sigo preguntándome cómo es posible que allí ya se puedan hacer y vender ciertas cosas.

El único elemento de esperanza que ofrece este documental es el hecho de que incluso sus autores parecen un poco asustados por el futuro que se nos viene encima.

Bien pensado, es una esperanza de mierda. Que Deus nos teña no seu colo.

CONSPIRACIÓN

“-No parece lógico, una sola familia en un lugar de este tamaño. ¿Qué sentido tiene?

-Bueno, supongo que la Brigada se lo está encontrando.

-Pero no fue construido para eso, ¿no?

-No -dije-, no fue construido para eso. Quizá sea ése uno de los placeres de construir, igual que tener un hijo, preguntándose qué llegará a ser.”

Brideshead Revisited, de Evelyn Waugh; Epilogue [traducción propia].

Aducir la belleza de una cosa en su defensa, irrita al alma plebeya.

Sólo conspiran eficazmente contra el mundo actual los que propagan en secreto la admiración de la belleza.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 83, 813.

ORACIÓN

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 263.

‘Sea watchers’, de Edward Hopper (1952)

REGALO

Atravesar el desierto
para reconocer en lo débil y desechable
el sentido de todo.

Agradecer el ejemplo inigualable.

Sabiduría.

“Nativity (Brown)”, de J. Kirk Richards

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester