El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: MUSE

DOS DÍAS

Ciento cuarenta y cinco. Ciento cuarenta y seis. Ciento cuarenta y siete. Ciento cuarenta y ocho. Ciento cuarenta y nueve.

Ciento cincuenta.

Se puso en pie y miró sus abdominales en el espejo.

Siguió mirándolos unos segundos más.

Se agachó, cogió el palo que estaba en el suelo, y se golpeó con toda la fuerza de que fue capaz en los abdominales.

Siguió golpeándose. Empezó a sudar. Siguió golpeándose.

Agotado, dejó caer el palo al suelo y se dobló como un ángulo recto.

Mínimamente recuperado, volvió a erguirse y se miró en el espejo.

Seguía teniendo cara de adolescente.

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DEBATE ELECTORAL

El joven Peras saludó efusivamente al viejo Thomas cuando le vio llegar al atestado foro. Se lo indicó a su acompañante, un hombre alto, de cuerpo trabajado en gimnasio, de unos cuarenta años, vestido de palio blanco. Su pelo moreno, que ya empezaba a escasear, estaba cortado al antiguo modo romano. Cuatro formidables esclavos negros formaban su guardia personal. Regaló una amplia y sincera sonrisa al iluminador cuando éste llegó hasta ellos.

-Querido Adonis, me alegro de verle -dijo Thomas, abriendo los brazos.

-El placer es mío, Maestro- respondió, mientras abrazaba al viejo-. ¿Ha venido a ver el espectáculo? Me resulta raro encontrarle en estos tumultos.

-Necesitaba salir un poco de casa y despejar la cabeza. Últimamente, tengo demasiadas cosas en las que pensar…

Adonis vio con preocupación que el viejo bajaba la mirada al suelo y amenazaba con ensimismarse en medio del barullo de la plaza.

-Entiendo, Maestro -dijo Adonis-. Los tiempos obligan a muchas y profundas reflexiones. Esperemos que las elecciones de este sábado no nos pongan aún más melancólicos -Adonis sonrió a Thomas, mientras le cogía suavemente del brazo-. Acompáñenos a mis asientos, estaremos más cómodos y tranquilos, y seguiremos mejor el debate.

Thomas, sujeto por Adonis y Peras, se dejó llevar hasta unas gradas cercanas, hechas de mármol blanco y protegidas del sol por unas telas de color beis. La policía ateniense se inclinó ante Adonis y dejó acceder al grupo a las bancadas.

Mientras se sentaban, Peras hizo una señal a Adonis con la cabeza.

-Ahí está Sonshu Agamenón -dijo, con la mirada fija unos cincuenta metros más allá, en la misma grada en la que estaban ellos.

Thomas también miró en aquella dirección. Vio a un hombre gordo, con el pelo rapado al modo neo-arriano, de pie, con las manos abiertas hacia el cielo. Parecía estar rezando. Estaba rodeado de otros hombres con el pelo rapado y mujeres que también compartían un mismo corte de pelo, en su caso dejando media melena suelta. Vestían sencillas túnicas blancas y sus caras parecían desconocer la sonrisa desde hacía años.

Poco a poco, la masa se fue desplazando hacia los laterales del ágora, dejando vacío el centro de la plaza. Hacia allí se dirigió uno de los curiales de la polis, vestido con la toga oficial de los funcionarios.

Cuando llegó al centro, alzó los brazos, pidiendo silencio al público presente.

-Siendo mediodía, la divina polis ateniense convoca a sus ciudadanos para que discutan en público, con la sola fuerza de sus palabras, sobre todo aquello que se deba tener en cuenta para votar adecuadamente en las divinas elecciones del próximo sábado -clamó el curial-. Que todos los dioses bendigan a la divina Atenas.

-¡Atenas! -gritó el público al unísono.

Thomas se fijó en que los neo-arrianos no habían gritado con los demás. Tampoco él lo había hecho.

Pronunciada la presentación del debate, el curial salió de la plaza. Un murmullo de expectación se empezó a levantar, mientras el foro esperaba que alguien se decidiese a tomar la palabra.

Finalmente, vieron avanzar a un hombre alto y delgado, de piel blanquísima y corto pelo rubio, vestido con una sencilla túnica de color celeste.

-Demóstenes Yusuf, el imán de Atenas -comentó Peras.

Se volvió a hacer el silencio, mientras el hombre ocupaba su lugar en el centro de la plaza.

-Ciudadanos atenienses, me dirijo a vosotros, en el nombre de Dios, en esta hora difícil. Todos sabemos lo que lleva ocurriendo en las polis de la Liga durante las últimas décadas, todos sabemos a qué nos arriesgamos en las elecciones del sábado. Lo que tantos siglos costó construir, una civilización de respeto y tolerancia entre todas las minorías que habitamos alrededor de este mar bendito por Dios, nos arriesgamos este sábado a dar un paso más hacia el abismo que ya se ha abierto en tantos otros lugares. El abismo que se abrió hace poco en la gloriosa Estambul, que Dios la guarde por siempre.

Se empezaron a escuchar gritos desde el público, a favor y en contra de lo que estaba diciendo el orador. Thomas se fijó en que algunos de los neo-arrianos que se sentaban cerca de ellos hacían gestos de enfado bastante vehementes.

-Ahora que la Liga estaba creciendo -prosiguió el imán-, aferrada a unos valores comunes, compartidos desde nuestra diversidad de creencias y opiniones, henos aquí a las puertas del triunfo democrático de la tiranía: tiranía humana y tiranía divina.

Thomas, Adonis y Peras giraron sus cabezas para mirar a los neo-arrianos, que se escandalizaban y gritaban en las gradas. También los que se encontraban entre el público de a pie. Sólo el gordo Agamenón parecía mantener la calma.

-¡Conciudadanos atenienses! -continuó Demóstenes, elevando el tono de su voz-. ¿Permitiréis que vuestros vecinos sean molestados y perseguidos por venerar a dioses distintos de los vuestros? ¿O por no venerar a ninguno? Dios nos libre de tal impiedad, porque si no volveremos a merecer otro Castigo. Y quizá éste sea el definitivo.

Terminado el discurso, Demóstenes Yusuf se dirigió de nuevo hacia la grada, tras provocar una apretada y estruendosa división de opiniones entre el público. Algunos neo-arrianos discutían acaloradamente con los ciudadanos que tenían al lado. La policía ateniense empezó a tomar posiciones.

Entonces Sonshu Agamenón bajó de la grada y se dirigió al centro de la plaza. Se hizo un silencio sepulcral. Ya en posición, dirigió la mirada al cielo, y volvió a rezar con las palmas abiertas hacia arriba. Terminada la oración, se dispuso a hablar.

-¡Criaturas de Dios! Acabamos de escuchar las sorprendentes palabras de un clérigo musulmán, quien, al parecer, pretende darnos lecciones de amor y de tolerancia a las creencias de los demás. Si no fuera pecaminosa tanta desfachatez e hipocresía, resultaría hasta graciosa -los ojos rasgados de Sonshu se cerraron aún más al sonreír con sarcasmo-. ¡Oíd bien, criaturas del Dios Único! Los principales causantes de que el mundo a ese otro lado del Egeo quedara prácticamente arrasado; los que, precisamente por su diversidad, estallaron en una guerra civil musulmana que provocó la muerte de decenas de millones; los que arrasaron algunas de las ciudades más bellas del mundo…

El alboroto entre el público aumentaba de forma exponencial, según Sonshu avanzaba en su discurso.

-¡Los musulmanes! ¡La causa, nada menos, de que exista el Cráter! -bramó Agamenón.

Esto fue demasiado para los correligionarios de Demóstenes Yusuf, que empezaron a pegarse con los neo-arrianos junto a los que se encontraban, haciendo actuar con diligencia a la policía, mientras el imán trataba de calmar a los suyos.

-Sí, criaturas de Dios -continuó-, el Verdadero Dios castigó al mundo a través de los herejes más numerosos, haciendo de ellos la herramienta para hacer desaparecer vuestra amada Jerusalén. ¡Para que no volváis a confundir el amor a las criaturas con el amor y la adoración que debéis a vuestro Verdadero Dios! ¡Ni ciudades santas, ni santos profetas! ¡Nada santo, salvo el Dios Uno y Todo!

Los neo-arrianos estallaron en exclamaciones enloquecidas, incendiando aún más los ánimos del resto de atenienses presentes. Thomas pudo ver que los neo-arrianos que tenían cerca se habían puesto de pie y coreaban al unísono su credo:

En Todo hay Verdad

La Verdad es Todo

Nada fuera de Todo

La Verdad es Una

Nada fuera de Uno

Nada fuera de Dios

-¡Criaturas de Dios! -continuó Sonshu-. Nosotros no os vamos a mentir. No vamos a alabar la bendita diversidad, porque nosotros venimos a prometer que haremos todo lo posible para acabar con ella. El Verdadero Dios no quiere diversidad: quiere un único pueblo dominando el mundo entero bajo sus divinos preceptos. Dadnos el poder para que este reino de Dios pueda construirse en la tierra. Dadnos Atenas, para seguir construyendo un imperio de Dios. Un imperio único, en el que ninguna disensión, en el que ninguna diferencia, nos haga correr el riesgo de volver a ser justamente castigados por el Verdadero Dios. ¡No lo olvidéis, vosotros! -Sonshu señaló al público con su índice derecho, mientras iba girando sobre sí mismo-. Antes que atenienses, antes que cualquier otra cosa… ¡sois criaturas del Verdadero Dios!

Tras este último grito, Sonshu abandonó el centro de la plaza. Enseguida fue rodeado por una cohorte de sus seguidores, armados con porras y bastones de madera. La policía apenas podía controlar ya las múltiples peleas que se habían desatado entre el público.

Adonis hizo una señal a sus esclavos y agarró reciamente a Thomas para sacarlo del tumulto. Volaban piedras y otros proyectiles por todas partes. Un cascote impactó en la sien de uno de los negros, haciéndole caer redondo al suelo. El grupo detuvo su huida, mientras dos compañeros del esclavo lo cogían para llevárselo.

De repente, se vieron rodeados por un grupo de neo-arrianos; el cuarto esclavo negro se interpuso y desenvainó su machete para defender a su amo. Mató a un par de ellos, antes de ser derribado por una mera cuestión numérica. Adonis y Peras desenvainaron sus cuchillos y se pusieron delante de Thomas, para protegerlo. Los otros dos esclavos negros dejaron a su compañero sangrando en el suelo, para proteger también a su amo. Pero el número de neo-arrianos parecía crecer constantemente.

-¡Malditos cristianos! -gritó uno de ellos, antes de lanzarse al ataque y ser ensartado por el machete de uno de los esclavos.

El resto siguió a su mártir, como una manada de lobos hambrientos.

Pero entonces aparecieron Abraham, Lope, José e Iván.

-¡Ajá! ¡Puntuales y oportunos como un ángel negro sin pilila! -gritó José, al tiempo que reía histéricamente.

Los cuatro compañeros comenzaron a clavar, cortar, sajar y matar a diestro y siniestro, hasta hacer huir al último neo-arriano.

Adonis, Thomas y Peras miraron a los cuatro recién llegados sin entender. Al darse la vuelta empapados en sangre, pensaron que ahora les tocaba el turno a ellos tres.

José se acercó al viejo iluminador.

-¿No se acuerda de mí? -dijo; en su cara, bañada en rojo, sólo se distinguían el blanco de los ojos y el de los dientes, pues José sonreía como un demente-. Vine a conocerle hace unos veinte años. José de Simou. Soy un gran admirador suyo. Apenas ha cambiado, se cuida usted bien. Y menos mal que no ha cambiado, porque si no, no le habría reconocido. Y ahora estarían todos ustedes muertos.

José se calló y tensó aún más su sonrisa. Iván se acercó, le ofreció un pañuelo, y le hizo un gesto para que se limpiase la cara.

-Oh, vaya… -dijo José-. Menuda pinta debo de tener… espero no haberles asustado.

Abraham se acercó a Thomas.

-Maestro, tenemos que salir de aquí -dijo.

-Sí, sígannos a mi casa, por favor -dijo Adonis-. Pero tenemos que llevar también los cuerpos de esos dos esclavos.

Lope cargó con el negro muerto, mientras los otros dos esclavos llevaban al compañero que había recibido el impacto en la cabeza.

Mientras salían del ágora, Abraham seguía hablando con Thomas.

-Maestro, nos ha enviado la Santa Orden de la Búsqueda para llevar la copia del Evangelio a la Casa de Latakia -explicó Abraham, cuando ya pudieron dejar de correr.

Thomas, que trataba de recuperar el aliento, miró sorprendido a los recién llegados.

-No, hijo -dijo el viejo-, no habéis venido a llevaros un libro. Es a mí a quien tenéis que llevar. Y no a la Casa de Latakia.

-¿Cómo dice? -preguntó Abraham.

Iván pensó que era la primera vez que lo veía desconcertado.

-Tengo una carta en mi casa para ti, Buscador -contestó Thomas.

NO ME TIENES QUE DAR

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Soneto castellano del siglo XVI de autoría discutida)

EL AÑO AL QUE SOBREVIVIMOS

Venga de donde venga, el crítico de la sociedad moderna me seduce hasta el momento en que destapa su solución.
Entonces comprendo que no comprendió el problema.

El más convencido de los reaccionarios es el revolucionario arrepentido, es decir: el que ha conocido la realidad de los problemas y ha descubierto la falsedad de las soluciones.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 767, 1076.

Tenía el recuerdo de aquella noche, de la gente que me acompañaba, del lugar en el que estábamos. Y recordaba especialmente que, durante la discusión, expuse mi pensamiento político del momento con la mayor lógica y pulcritud argumentativa de la que fui capaz. Y era cierto, no se podía tener más razón. Era lo único que tenía, de hecho: razón. Y la mera razón me obligaba a una praxis revolucionaria, terrorista, stalinista. La verdad era así de dura. Las soluciones políticas a la situación del mundo no podían ser otras.

Lo que ya no recordaba era lo que sucedió después de esa conversación, un 7 de junio de 2004; pero mi diario sí lo recuerda:

Tan entretenidos estábamos con la charla que no nos fuimos hasta las 11 y media de la noche. Y fue justo en el trayecto de vuelta a casa donde decidí lo siguiente: el año que viene, no retornaré a Galicia; me quedaré a vivir en Madrid, intentaré comprar un pequeño apartamento con el dinero que me dé mi madre y viviré solo; dejo Derecho y el año que viene intentaré matricularme en Filología alemana, en la Complu; dejo el Centro Gallego, el BNG y la UPG. Muchas decisiones, ¿verdad? Quiera Dios que, esta vez, no sean un error -o varios-.

Tres días más tarde, escribía lo siguiente:

…el eje de nuestras identidades -un montón de cantos del cisne ensordecedores- radica en el concepto de emigración. Dudando sobre nuestra patria de origen, dudamos también sobre la dirección cierta de nuestras existencias. Andamos perdidos a medio camino entre lugares moribundos y sitios que desconocemos. Cuando paramos a la vera del camino, miramos el paisaje, y nos damos cuenta de que vivimos en un inmenso y diverso puzle de cementerios. Hay tantas líneas que convergen en nosotros… ¿Cuáles son los apellidos de nuestro vacío? Pero ya no nos llevamos mal con él. Ya no lo queremos rechazar de nuestro ser. Estamos vacíos; es necesario que lo aceptemos. Pero las líneas no son superfluas: son la clave de sentido de cada uno de nosotros. Y cada uno de nosotros es distinto; pues distintos son los puntos de conjunción. Lo único que debemos rechazar es el resentimiento. Porque no nos deja buscar adecuadamente. Seguir sus indicaciones es la mejor manera de perdernos para siempre. El problema no es que nos lleve a ninguna parte; porque los buenos caminos seguramente tampoco nos llevarán a ningún sitio. El único puerto de recalada será la muerte. Pero de ésa no hay que preocuparse: llegará en el momento justo, cuando ella quiera. Nosotros no tenemos nada que decir al respecto. Sólo esperar. De hecho, ¿es que hay algo que realmente podamos escoger? Eso sólo Dios lo sabe; mientras tanto, seguiremos pensando -metafísicamente, mitológicamente-, que la libertad existe.

Epílogo colachiano:

He visto la filosofía desvanecerse poco a poco entre mi escepticismo y mi fe.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1357.

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