El sosiego acantilado

Categoría: MUJICA LAÍNEZ

COMO SI LA AUGUSTA BELLEZA

“Estábamos una noche -era invierno- alrededor de la chimenea, en la sala principal. Mi abuela ya se había retirado. Mi padre, Girolamo y Maerbale se calentaban delante de los leños. Yo, alejado, confundido con las sombras en la parte más oscura del aposento, aguardaba la oportunidad de evadirme sin que se percataran. Me había escurrido sigilosamente hacia una puerta y, cuando me aprestaba a salir y a escapar hacia las habitaciones de mi abuela, mi padre alzó el tono y comenzó a contar algo que tenía que ver con Miguel Ángel. Me detuve y agucé el oído. Era el relato del traslado de la estatua de David a través de las calles de Florencia.

Gian Corrado Orsini había asistido, años antes de mi nacimiento, siendo gonfaloniero Piero Soderini, a esa complicada operación. Durante cuatro días, el gigante de mármol recorrió el camino que separaba el taller del maestro de la Plaza de la Señoría. Cuarenta hombres tiraban de él, por las callejas, y la escena se vincula, plásticamente, con otras, muy antiguas, como la del corcel troyano. Hacían rodar la erguida escultura sobre vigas engrasadas y empleando un sistema de poleas y contrapesos que suspendía al coloso, como una admirable máquina bélica, de una armazón de maderos, y la protegía de los choques. Avanzaba despacio, gravemente, entre la multitud florentina que postergaba su cotidiano ajetreo para discutir la calidad del recién llegado. Todos opinaban, porque en Florencia el arte era un tema de debate popular, como los precios del mercado y la política de la comuna. Avanzaba David y su frente aventajaba a menudo el nivel de los techos. De noche encendían fogatas a sus pies y los adversarios del artista, envidiosos, emboscados, le arrojaban piedras. (La envidia y la imbecilidad de cierto tipo de hombres es eterna y se reproduce a lo largo de los siglos con virulencia intacta: en 1504 apedrearon al David de Miguel Ángel; en 1910, la municipalidad de Florencia juzgó apropiado vestirlo con una hoja de viña, lo que armó un gran revuelo. Los esfuerzos de los Braghettoni desafían a los siglos.) Y a la madrugada, la estatua tornaba a avanzar solemnemente. David no era un pequeño pastor; era un gigante. Al vencer a Goliat, había crecido y se había transformado en él, ante el estupor de los filisteos. En eso consistía el premio de su audacia. Un rey es un gigante. Y mientras los cuarenta hombres voceaban a compás, tirando de las cuerdas, como si izaran un inmenso velamen, y las vigas giraban con pesaroso crujido, y, entre pausas de encantado silencio, golpeaban las armas de los alabarderos, ladraban los canes, pregonaban los vendedores, retrocedían locas las cabalgaduras, desgañitábanse las comadres, sonaba aquí y allá un laúd, una lira, un clavecímbalo, una viola da gamba, una aguda, hiriente trompeta, a la que hacía coro el estridor de los gallos, y el pueblo se arremolinaba, como en una feria, alrededor del andante David, y los jóvenes señores, hermosos, lujosos y sinuosos como leopardos, como los leopardos imperiales fúlgidos de joyas, se ponían a las ventanas, con las doradas meretrices, para acariciar al triunfador de mármol blanquísimo que pasaba, entre el rechinar de los maderos, inmutables los anchos ojos que surgían a la altura de las terrazas y de las cornisas -y el silencio volvía a renacer con majestad sinfónica-, era como si la augusta Belleza, más fuerte que las mezquindades que dividen a los hombres en exiguos bandos avarientos y ambiciosos, entrara definitivamente en la ciudad del Arno, quietas las manos y palpitantes los músculos en la caja rítmica del cuerpo, para asentar allí su permanente monarquía.”

Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez; Seix Barral, 1994; pgs. 57-58.

david3n-1-web

Advertisements

LA MÁS ALTA OCASIÓN

“El domingo 7 de octubre, muy de mañana, se descubrieron ambas flotas. Al principio no pudimos decir, tan leves se distinguían las velas contrarias en la bruma, si se trataba de barcas de pescadores. Vi las primeras naos rivales —eran dos— tras el cristal del catalejo de Nicolás Orsini, como si observase una curiosa miniatura enmarcada en un aro de bronce, pero pronto la escena se colmó de manchas blancas, como si a la distancia aleteara un vuelo de albatros. En Lepanto nos aguardaba la escuadra entera del infiel. Entonces Don Juan de Austria nos ofreció un espectáculo estupendo, uno de esos espectáculos que el Renacimiento prodigaba en los momentos necesarios, con su incomparable sentido de la belleza teatral, algo que nos conmovió hasta la médula, que nos inundó, aun a los coriáceos pecadores escépticos, de radiante fervor místico, porque en el joven caudillo reconocimos no sólo al hijo de la pasión del César, al pequeño Marte esbelto, de largas piernas cinceladas por divinos orífices, perfecto como una joya de Benvenuto, sino también al enviado de Cristo, al elegido que arrancó al papa el grito famoso: Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

En una fragata recorrió el ala derecha de la flota. El gran comendador de Castilla recorrió entre tanto la izquierda. Iba Don Juan sin armas, con una cruz de marfil en la mano, pasó delante de Veniero, que se cuadraba fieramente, y le hizo un breve saludo amistoso que traslucía su perdón. Pasó delante de la galera de Spínola, donde navegaba el duque de Parma, nieto de Carlos Quinto y de Pier Luigi Farnese; delante de la de Gil de Andrada, de la del duque de Bracciano. Llevaba, como un monje guerrero, escapularios, rosarios y medallas. Se los arrebataban los generales y los marineros apiñados en las proas. Hasta el sombrero tuvo que dar y los guantes. De regreso, lo contemplé muy de cerca, pues Samuel Luna me había acarreado con la silla hasta la borda. Los veintitrés años de Don Juan se inflamaban, se tornaban densos como si súbitamente fuese mucho mayor que cualquiera de nosotros. Una gravedad dolorosa, responsable, pesaba sobre sus ojos que se ensanchaban como si ya supiese quién iba a morir y quién iba a vivir para llorar a los muertos. Nos miraba un segundo y se dijera que nos escogía, que nos señalaba para la vida y para la muerte, como un juez misterioso. Sus manos pálidas se confundían con el marfil de la imagen.

Pronunciaba palabras de aliento, sonoras, viriles, pero se advertía que temblaba de emoción. Nos dijo: Recordad que vais a combatir por la Fe; ningún cobarde ganará el Cielo. El duque de Naxos me entregó uno de sus rosarios, negro, tosco. Lo enrosqué en mi muñeca sobre la misma mano en la que usaba, desde la niñez, el anillo de Cellini. Siempre lo llevé allí, desde entonces, como un brazalete. A cada movimiento mío, su cruz brillaba en el aire o golpeaba las mesas y los muros. Luego el príncipe revistió su coraza y apareció en la Real, llameante. Izaron el estandarte de la Liga. El paño de seda se estiró sobre las mitologías de la popa, como si se desperezara, y mostró el dibujo del crucifijo, entre los apóstoles Pedro y Pablo. Debajo, el Santo Cristo que declinó milagrosamente el pecho, cuando una bala iba a hundirse en él, abría los brazos de leño polícromo. Don Juan de Austria se puso de rodillas y oró. Todos lo imitaron. Yo también, doliéndome la herida. En ese instante, en Roma, Pío V se levantó y exclamó ante su tesorero: Id a dar gracias a Dios, porque nuestra flota va a combatir contra los turcos y Dios le otorgará la victoria. Desde los conventos, desde las iglesias de la vasta Europa desvelada, rezaban por nosotros.”

Bomarzo, de Manuel Mujica Laínez.

Don Juan de Austria

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester