El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: MOZART

EL BEBÉ Y LA ÓPERA

“Y en seguida la frase ésa le brindó voluptuosidades especiales que nunca se le ocurrieron antes de haberla oído, que sólo ella podía inspirarle, y sintió hacia ella un amor nuevo.

Con su lento ritmo le encaminaba, ora por un lado ora por otro, hacia una felicidad noble, ininteligible y concreta. Y de repente, al llegar a cierto punto, cuando él se disponía a seguirla, hubo un momento de pausa y bruscamente cambió de rumbo y, con un movimiento nuevo, más rápido, menudo, melancólico, incesante y suave, le arrastró con ella hacia desconocidas perspectivas. Luego, desapareció. Anheló con toda el alma volverla a ver por tercera vez. Y salió efectivamente, pero ya no le habló con mayor claridad, y la voluptuosidad fue esta vez menos intensa. Pero cuando volvió a casa sintió que la necesitaba, como un hombre que al ver pasar a una mujer entrevista un momento en la calle, siente que se le entra en la vida la imagen de una nueva belleza que da a su sensibilidad un valor aún más grande, sin saber siquiera ni cómo se llama la desconocida ni si la volverá a ver nunca.

Aquel amor por una frase musical pareció por un instante que prendía en la vida de Swann una posibilidad de rejuvenecimiento. Hacía tanto tiempo que renunció a aplicar su vida a un ideal, limitándola al logro de las satisfacciones de cada día, que llegó a creer, sin confesárselo nunca formalmente, que así habría de seguir hasta el fin de su existencia; es más: como no sentía en el ánimo elevados ideales, dejó de creer en su realidad, aunque sin poder negarla del todo. Y tomó la costumbre de refugiarse en pensamientos sin importancia, con lo cual podía dejar a un lado el fondo de las cosas. E igual que no se planteaba la cuestión de que acaso lo mejor sería no ir a sociedad, pero, en cambio, sabía exactamente que no se debe faltar a un convite aceptado y que, si después no se hace la visita de cortesía, hay que dejar tarjetas, lo mismo en la conversación se esforzaba por no expresar nunca con fe una opinión íntima respecto a las cosas, sino en proporcionar muchos detalles materiales que en cierto modo tuvieran un valor intrínseco y que le servían para no dar el pecho. Ponía una extremada precisión en los datos de una receta de cocina, en la exactitud de la fecha del nacimiento o muerte de un pintor o en los títulos de sus obras. Y algunas veces llegaba, a pesar de todo, hasta formular un juicio sobre una obra, o sobre un modo de tomar la vida, pero con tono irónico, como si no estuviera muy convencido de lo que decía. Pues bien; como esos valetudinarios que, de pronto, por haber cambiado de clima, por un régimen nuevo, o a veces por una evolución orgánica espontánea y misteriosa, parecen tan mejorados de su dolencia, que empiezan a entrever la posibilidad inesperada de empezar a sus años una vida enteramente distinta, Swann descubrió en el recuerdo de la frase aquélla, en otras sonatas que pidió que le tocaran para ver si daba con ella, la presencia de una de esas realidades invisibles en las que ya no creía, pero que, como si la música tuviera una especie de influencia electiva sobre su sequedad moral, le atraían de nuevo con deseo y casi con fuerzas de consagrar a ella su vida.”

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust; Alianza, 1996; pgs. 317-319.

EL SUSTITUTO

El portero de fin de semana fue muchas veces el sustituto de verano.

Le gustaba especialmente aquella portería, cerca del Parque de Berlín. Echaba muchas horas, pero también cobraba más a final de mes. El titular tenía un reproductor de CD y el portero austrohúngaro aprovechaba para traerse su colección de música, con la que acompañar las lecturas o la limpieza del portal.

Los vecinos solían apreciar el ser recibidos por Bach o Mozart al volver a sus hogares, así como ser despedidos por Prokofiev o Mahler al lanzarse a la calle a pelear con el mundo.

Había un vecino que disfrutaba especialmente con las manías musicales del sustituto. Había sido un alto cargo de una importantísima institución musical del estado. Sentía predilección por Albéniz; le regaló al sustituto un disco del compositor, cuya grabación él mismo se había encargado de producir. Pero aquella responsabilidad había dejado de ejercerla muchos años antes. En aquel momento, básicamente, su principal ocupación era beber. Beber y escuchar música, suponía el sustituto. Siempre que pasaba por el portal, hacía un simpático gesto como de atender a la pieza que sonaba, antes de hacer algún comentario o intentar averiguar cuál era. Y se volvía a ir, siguiendo a veces el ritmo de la música con el movimiento de una mano.

Casi siempre que se dirigía hacia su casa ya de noche, el clin-clin de varias botellas recién compradas y cargadas en una bolsa de plástico se dejaba oír entre las líneas melódicas de la música enlatada.

Al día siguiente, el hombre volvía a pasar, en dirección al contenedor de vidrio, con la misma bolsa de plástico llena de botellas para reciclar. Sonreía, su rostro componía otra vez un gesto de escucha tras las gafas de sol, y se despedía amable con la mano.

La noche del 6 de septiembre de 2006 sonaba en el portal el cuarto concierto para piano y orquesta de Beethoven. Ya quedaba poco para que el sustituto terminase su jornada laboral. El hombre entró en el portal, con su habitual cargamento tintineante; parte del cual había decidido traerlo directamente en sangre, así que se acercó hasta el cubículo del sustituto especialmente dicharachero.

-¡Ah, qué formidable! -dijo, mientras se quedaba de pie en la puerta, escuchando- ¿Quién dirige?

-Abbado -respondió el sustituto.

-Maravilloso… -otra pausa para seguir escuchando- ¿Quién está al piano, la Argerich?

-No, Pollini.

-Ah, qué hijo de puta Pollini, qué manera de tocar… -se extasió el hombre; se acercaba el final del primer movimiento- Beethoven… Qué genial hijo de la gran puta, Beethoven. Mirá lo que hace en el principio del segundo movimiento, con esas pocas notas, pero tan terribles… Cómo te explica la tragedia de la vida y la insignificancia del hombre… Escuchá el pobre piano, aterrorizado, casi obligado al silencio por la orquesta…

El hombre siguió hablando durante los siguientes minutos, explicando cada nota, interpretando cada sonido, hablando de la difícil búsqueda de la felicidad, de los breves instantes de belleza que la vida ofrece; y así como se va apagando el segundo movimiento, el hombre se fue callando, cada nueva palabra cada vez más distante de la anterior, hasta dejar de hablar definitivamente para escuchar las últimas notas sutiles y abandonarse en sus propias melancolías.

El sustituto, con los ojos enrojecidos, contemplaba la escena abrumado por la honesta pasión de aquel santo bebedor.

El hombre regresó de sus trasteros emocionales y sonrió al sustituto. El sustituto le devolvió la sonrisa y le vio partir, cargando nuevamente con el peso de la repleta bolsa de plástico, tambaleándose ligeramente hasta el ascensor del fondo.

Siempre que el portero austrohúngaro vuelve a escuchar ese movimiento, regresa aquel hombre amable; y el clin-clin de sus botellas.

En Compostela

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