AGORA XA FOI

La autora me envió un ejemplar de su estudio recién publicado “Conciencia política e literatura galega en Madrid (1950-2000)” (Xerais, 2014). Formo parte en el mismo de la nómina de informantes y me descubrí citado como miembro activo de la militancia nacionalista gallega en Madrid, en los años que asistieron al cambio de milenio. Los datos proporcionados provienen de un intercambio epistolar de los años 2007-2008, cuando yo ya había abandonado el BNG e iba avanzando en mi proceso de conversión, del que la propia autora estaba siendo testigo, a través de las citas y reflexiones que le hacía llegar vía telemática.

Poco antes, por otro lado, había leído la autobiografía de Joseph Pearce -encarecidamente recomendada por el buen Alfonso-, con el que comparto un pasado de militancia política que ambos observamos con crítica lejanía.

Al agradecerle el envío del libro a la autora, le dije: aunque fueron años de muchos errores -y eso no es bueno-, fueron también años de mucho aprender: y eso es maravilloso.

Me sorprendió, no obstante, verme ocupar un lugar en un sesudo estudio académico, por cosa tan ridícula. Pero supongo que es así como se construyen las historias y las identidades. En el ruido de este mundo caído, las cosas son importantes, si alguien las considera importantes. Y en esta época democrática, la opinión de las muchedumbres cree tener los derechos propios de los hechos cuantitativamente minúsculos de la Historia de la Salvación.

¿Por qué me hice militante nacionalista? En ese momento, fue mi modo de enfrentarme al mundo moderno. Religiosamente tullido, mi necesidad de veneración se desplazó hacia mi infancia, una arcadia gallega con aldeas cuasi-medievales, en la que los obreros de los astilleros atravesaban la carretera de Ferrol a Mugardos, manifestándose en contra de la reconversión industrial.

“Ven”, me dijo mi tía Lolita, “vamos a ver pasar al tío Antonio, en la manifestación”; y allí íbamos, al principio de la corredoira, para ver pasar a mi luchador tío comunista. Y yo, más tarde, le cantaba “¡Felipe, Guerra, Astano no se cierra!”; y mi tío se meaba de la risa.

Yo había sido arrancado de Galicia, porque mi madre había encontrado trabajo en Madrid. De la misma forma que se me había arrancado el gallego, porque, como me dijo mi abuela, “con el gallego no se come”.

La Modernidad arrasaba todo lo pequeño a su paso, homogeneizando vidas y naciones, cortando las raíces, espirituales y económicas, de millones.

Mi juvenil forma de rebelión, adolescente e ignorante, pero sincera, fue hacerme nacionalista gallego. Profundizar en mi rechazo al mundo moderno me haría abandonar, más tarde, el nacionalismo, cualquier rastro de marxismo y, en general, cualquier idolatría propia de la desquiciada política contemporánea.

Pero, mientras fui nacionalista, intenté serlo lo mejor posible. Responsable de organización del BNG de Madrid, asistente a asambleas nacionales, gastándome el dinero ganado en mis fines de semana porteriles para viajar en avión hasta Galicia durante las elecciones, organizar y participar en manifestaciones, encierros, ocupaciones; una detención, un ojo morado durante un par de semanas, conocer a importantes sindicalistas, políticos y miembros relevantes de la cultura gallega, discutir con delegados del gobierno, pegar carteles y agitar banderitas cuando conectaban las televisiones con el mitin en curso; presentaciones de libros y conferencias, llevar bollos hechos por mi madre a los trabajadores de Sintel acampados en la Castellana, grabar un “Viva Galiza Ceibe” en los calabozos de la comisaría de Moratalaz, pasar noches en vela a base de Ducados, discutir sobre estrategia leninista con los conmilitones; cantar el “Grândola vila morena” a grito pelado con jóvenes comunistas portugueses en un tugurio de Santiago, mientras Roi dirige el coro subido en una mesa…

Estaba equivocado, pero todo era divertidísimo. Una constante aventura. Y, lo más importante de todo, profunda experiencia de vida.

Al leer a Joseph Pearce, detecté también en la descripción que hace de sus años de racista británico ese melancólico entusiasmo por la actividad frenética del militante convencido. Creo que ambos nos arrepentimos de lo mismo: haber gastado aquella impresionante fuerza juvenil en objetivos tan erróneos y pecaminosos.

En cualquier caso, como decimos en Galicia, agora xa foi.

Pasan os homes e a terra queda,
e na terra o rastro dos traballos,
das bágoas…, das ledicias
dos que viviron antes ca nós.
Antón Losada Diéguez

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