El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: MICHAEL ENDE

HOY, POR FIN, HE LLORADO

Hoy, por fin, he llorado.
Tampoco ha sido mucho, no te creas.

Habrá sido el litro de cerveza
o el tubo de Pringles a la cena.

Quizá ha sido la luz del atardecer en la ventana
o el brillo inexistente del anillo que aún paseo.

Pero, sobre todo, ha sido recordar a Atreyu
viendo morir a Ártax
devorado por la tristeza.

Ha sido recordar
sin duda
verme derrotado por el Mundo,
al descubrir que mejorar
era sinónimo de dinero.

Ha sido entender que este fracaso
más que a cruz
aspira a insulto.

Que ella no
que yo tampoco.

Que otra vez
soy ejemplo
de lo contrario.

Hoy, por fin, he llorado.
Ha sido un rato
más bien corto.
Comprender que la adolescencia había llegado
hasta el mismo pie del sacramento.

I3tuJ

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BEPPO

“A Beppo le gustaban estas horas antes del amanecer, cuando la ciudad todavía dormía. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía que era un trabajo muy necesario.

Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso—inspiración—barrida. Paso—inspiración—barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso—inspiración—barrida. Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.

—Ves, Momo —le decía, por ejemplo—, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.

Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:

—Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.

Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:

—Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.

Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir:

—Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

Después de una nueva y larga interrupción, siguió:

—De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.

Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:

—Eso es importante.”

Momo, de Michael Ende.

barrendero-a

LA VETUSTA MORLA

La burbuja en que crecí nos vendió comodidad
y un nudo entre las manos.

Vetusta Morla, una de las pocas cosas por las que este desdichado país aún no merece el cataclismo de una nueva Atlántida. Las maravillosas letras de Galván y Latorre tienen esa fabulosa y extraordinaria capacidad de investigar el mundo sin caer en simplismos ni panfletadas. El primer impacto simbólico nos lo produce el nombre del grupo: la vieja tortuga del formidable libro de Ende se esconde en su caparazón de sabiduría para olvidar el presente; la vida ha dejado de interesarle y piensa que ese desinterés triste y desesperado es la máxima cota del conocimiento. Es el cínico de sonrisa torcida con el que tantas veces nos hemos cruzado, en el que tantas veces hemos corrido el peligro de convertirnos. Pero es ella, la Morla, la que tiene parte de las respuestas. Por lo tanto, hay que enfrentarse con ella y tratar de obtener su saber sin que nos inocule el veneno del nihilismo. Para muchos de nosotros, la Vetusta Morla es el símbolo de la vieja civilización occidental derrotada, exhausta; repleta de conocimientos, sin duda. Pero aterrada, como Buda, ante los horrores del mundo -que, en muchas ocasiones, ella misma ha provocado-, sólo concibe como bien la eliminación de la realidad. Es el suicida cobarde que no se atreve a ser coherente con su propia desilusión e infecta el mundo con su mirada negra.

Con eso se tiene que enfrentar Atreyu, el detective salvaje que busca una verdad salvadora. Y aunque también soy capaz de ver las divergencias que me separan de algunas letras del grupo, me resulta más relevante la simpatía que me inspira compartir con ellos el papel de Atreyu. Y así, sus bellas canciones son entonadas con pasión por la Taberna Errante en marcha, a la búsqueda de los límites de Fantasía.

 

“-Mira -gorgoteó la Morla-: somos viejas, pequeño, demasiado viejas y hemos vivido bastante. Hemos vivido demasiado. Para quien sabe tanto como nosotras nada es importante ya. Todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno…, el mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer, y lo que nace debe morir. Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es verdad. Nada es importante.

Atreyu no supo qué responder. La mirada gigantesca, oscura y vacía de la Vetusta Morla paralizaba su mente. Al cabo de un rato la oyó hablar de nuevo:

-Eres muy joven, pequeño. Nosotras somos viejas. Si fueras tan viejo como nosotras sabrías que no hay nada más que tristeza. Mira: ¿por qué no hemos de morir tú, yo, la Emperatriz Infantil, todos, todos? Todo es sólo una apariencia, un juego en la Nada. Todo da exactamente lo mismo. Déjanos en paz, pequeño, y vete.

Atreyu recurrió a toda su fuerza de voluntad para contrarrestar el entumecimiento que le producía la mirada de la Vetusta Morla.

-Si tanto sabes -dijo-, también sabrás en qué consiste la enfermedad de la Emperatriz Infantil y si hay para ella remedio.

-Lo sabemos, ¿verdad, vieja? Lo sabemos -resolló la Morla-, pero da lo mismo que ella se salve o no. Por lo tanto, ¿por qué tendríamos que decírtelo?

-Si realmente te da lo mismo -la apremió Atreyu-, también podrías decírmelo.

-Podríamos también, vieja, ¿verdad? -gruñó la Morla-. Pero no tenemos ganas.

-Entonces -exclamó Atreyu- no es verdad que todo te dé lo mismo. ¡Ni siquiera tú crees lo que dices!

Durante mucho tiempo reinó el silencio, y luego Atreyu oyó unos gorgoteos y regüeldos profundos. Debían de ser una especie de risa, si es que la Vetusta Morla podía reír todavía. En cualquier caso, dijo:

-Eres astuto, pequeño. ¡Vaya! Eres listo. Hacía tiempo que no nos divertíamos tanto, ¿verdad, vieja? ¡Vaya! También podríamos decírtelo. No hay ninguna diferencia. ¿Se lo decimos, vieja?”

La historia interminable, de Michael Ende; Alfaguara, 1998; pgs. 60-61.

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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