El sosiego acantilado

Categoría: MELVILLE

SER Y TIEMPO

Un antiguo amor entró en su librería.

Se saludaron con educación. Él sonrió con sincera simpatía. Ella venía a recoger un pedido que había hecho unos días antes, un libro en inglés. Él hizo lo posible para que todo ocurriese con amable normalidad.

Ella volvió a la caja con el libro encargado y se dispuso a pagar. Y esas manos que se habían entrelazado tantas veces, en medio de promesas y lágrimas y gemidos de amor eterno, se intercambiaron ordenadamente tarjeta y datáfono para que ella pagase su libro.

Él volvió a sentir aquel vacío clamoroso, esa nada que ahora revestía a aquella figura femenina. Y volvió a preguntarse cómo era posible aquel milagro inverso: que aquella imagen que le había hecho llorar de deseo, amor, esperanza y pena, ahora estuviese a su lado sin que reaccionase ni una sola fibra de su ser.

Sí, él lo había descubierto muy joven: el tiempo lo cura todo.

Una mujer preguntó por un libro mientras ellos finalizaban el intercambio comercial. Se despidió cordial de su antiguo amor y prestó atención a la nueva cliente. Llevaba ya un rato dando vueltas por la librería. De origen sudamericano, evidente a la vista y al oído.

Trabaja en un hotel cercano y aprovecha una pausa para venir a comprar libros. Escoge dos, encarga otro. Y en un momento dado, se apoya en el mostrador de la caja, y le pregunta al librero:

-¿Qué libro le recomendarías a una persona que ha perdido un hijo, para que pueda superarlo?

Al librero le sorprende tanto la pregunta, que por un momento intenta seriamente pensar una posible respuesta. Finalmente, consigue balbucear:

-No creo que haya ningún libro adecuado para eso…

La mujer dice que ha estado leyendo algunas cosas, pero ninguna le ayuda. El librero piensa que no le extraña.

-¿Pasó hace mucho? -se decide a preguntar.

Pasó hace seis meses. Ella le regaló un patinete un viernes. El lunes, una ridícula caída provocó la muerte del chaval. Ella no puede dejar de pensar en el momento en que se le ocurrió comprar aquel patinete.

-Bueno… ¿me ha dicho que tardará una semana como mucho? -le pregunta al librero-. Entonces me pasaré el próximo sábado a recogerlo. Está muy bien esta librería, así no necesito ir a la Casa del Libro, esto me queda mejor.

Sonríe. Su tono de voz es firme. No se aprecia calma química. Está en carne viva, pero parece haber agotado todas las lágrimas.

La mujer vuelve a su hotel. Y el librero se queda tan solo como el empleado de una Oficina de Cartas no Reclamadas.

Y no puede evitar llorar en la librería vacía.

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LA VENENOSA FICCIÓN DE CORMAC McCARTHY

[De la entrevista realizada por Richard B. Woodward, publicada el 19 de abril de 1992 en The New York Times; traducción propia]

[…] La novela depende para su vida de las novelas ya escritas. Su lista de los que él llama buenos escritores — Melville, Dostoyevski, Faulkner — excluye a cualquiera que no trate cuestiones de vida y muerte. Proust y Henry James no pasan el corte. No los entiendo, dice. Para mí, eso no es literatura. Hay un montón de escritores que me resulta extraño que sean considerados buenos.

[…] No existe la vida sin derramamiento de sangre, dice McCarthy filosóficamente. Creo que la idea de que la especie puede ser mejorada de alguna forma, de que todo el mundo podría vivir en armonía, es una idea realmente peligrosa. Los que creen tal cosa son los primeros en rendir sus almas, su libertad. Tu deseo de que las cosas sean así acabará haciendo de ti un esclavo y vaciando tu vida.

Obra de Andrew Wyeth

Obra de Andrew Wyeth

I WOULD PREFER NOT TO

Al entrar en la casa de ella, lo primero que vio fue una reproducción del Cristo Crucificado de Velázquez. Se quedó pegado a la puerta recién cerrada, mirando la imagen con expresión de sorpresa tensa. Ella se dio la vuelta, mientras se iba despojando de bolso y abrigo, y se lo encontró allí, pasmado, con los ojos clavados en el cuadro.

-Es de mi abuela -explicó.

-¿Tu abuela vive aquí? -preguntó él, despertando del trance.

-La casa es suya, sí -contestó-. Pero pasa casi todo el tiempo en el pueblo. Así que no será ningún problema… -añadió, con sonrisa traviesa.

Se acercó, pero él hizo un apurado regate, disfrazándolo de movimiento para quitarse la cazadora.

-¿Te encuentras bien…? -preguntó ella.

-Sí, claro -dijo, mientras se quedaba de pie en medio del salón, las manos refugiadas en los bolsillos-. Perfectamente.

Ella se sentó en el sofá, dando a entender que otro tanto se esperaba de él. Con cierto retardo nervioso, también él ocupó su lugar en un extremo del mueble, el peso del cuerpo apenas reposando en el filo del cojín.

Se quedaron mirándose un buen rato. Ella sonrió. Él tragó saliva y de un respingo se sentó a su lado. En otro movimiento súbito, puso una mano en uno de sus pechos. Ella le miró con cierta ternura entretenida. Acercó su rostro para besarle y él, torpe, se fue dejando hacer. Ella se desnudó entonces de cintura para arriba. Él se quedó mirando sus pechos desnudos, con una mirada parecida a la que había puesto al descubrir el Cristo de Velázquez. Ella volvió a sonreír.

-Parece como si fueran las primeras que vieras en tu vida.

Él la miró con el rostro desubicado, trasluciendo el esfuerzo por ofrecer una respuesta adecuada.

-Oh, no, no… qué va… -dijo por fin-. He visto muchas… últimamente. En internet. En los últimos meses he visto toda la pornografía que he podido.

Acompañó este comentario con repetitivos asentimientos de cabeza, los cuales se fueron contagiando a su compañera, que ahora también le miraba con el rostro ligeramente atónito.

-Ajá -consiguió pronunciar ella-. ¿Te gusta mucho la pornografía?

Su cabeza se movió para negar, pero fue corregida por un repentino esfuerzo consciente.

-Una barbaridad -dijo-. Y la semana pasada pagué por los servicios de una meretriz.

Una sonrisa efímera crujió en los labios de ella.

-Vamos, que te fuiste de putas.

Él se quedó pensativo unos momentos.

-Sí, pero sólo con una…

Los dos se miraron durante unos segundos. Él se agarraba los brazos y ella se había olvidado de que estaba medio desnuda.

-¿Te gustó? -preguntó, con forzada curiosidad.

Un sonido lastimero escapó de su garganta, mientras buscaba la respuesta adecuada en algún lugar del techo.

-¿No serás gay? -volvió a inquirir ella, elevando un poco el tono, la cara ligeramente crispada.

-Oh, no, no, no, no… para nada, qué va -afirmó rotundamente.

Ella le miró un momento con suspicacia, antes de acercarse nuevamente a él.

-Bueno, pues enséñame entonces qué has aprendido viendo todos esos vídeos guarrindongos… -concluyó ella, tratando de forzar una voz pícara.

Pero él escapó entonces al extremo del sofá.

-Preferiría no hacerlo -dijo en un suspiro.

-¿Preferirías no hacerlo conmigo? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.

Él asintió con la cabeza.

-Entonces, ¿para qué coño has venido?

-Para hacerlo contigo.

Volvieron a mirarse durante unos segundos. Ella cogió aire.

-Bueno… entonces, ahora qué ocurre, ¿se te han pasado las ganas? -preguntó, tratando de sonar paciente.

-No. No -se quedó callado, mirándose las uñas un instante-. Me había obligado a intentar hacerlo hoy contigo, pero… -otra mirada a las uñas-. Pero creo que, quizá, deberíamos conocernos antes… más. Mejor. No sé, pasear. Hablar, comentar los planes que tenemos para la vida. Ya sabes, ver si pensamos igual en las cosas importantes. Sobre cómo educar a nuestros hijos. Y después ya, casarnos. Y entonces, sí, hacerlo. Me apetece mucho, la verdad -terminó, con una sonrisa.

Ella le miró. Sus ojos tardaron un poco más de lo normal en parpadear. Cuando por fin lo hicieron, una carcajada se proyectó en el silencio denso del salón como si hubiese saltado la alarma de la casa: ocupando cada vértice, rebotando en cada sólido, disolviendo toda la materia alrededor de aquel sonido desesperado. Metáfora encarnada de una supernova en la que tiembla el cosmos.

Él vio asustado cómo ella se caía del sofá, retorciéndose en la alfombra, sin poder dejar de emitir aquella risa agónica.

Cuando consiguió calmarse, se quedó sentada en el suelo durante unos minutos, la espalda apoyada en la parte baja del sofá. Él no se atrevía a moverse, ni a decir nada; simplemente esperaba. Finalmente, ella se levantó, se volvió a vestir y, mientras se dirigía al interior de la casa, le dijo que se fuera.

Él recogió sus cosas y fue hacia la puerta. Antes de irse, miró de nuevo el cuadro. Hizo un gesto de fastidio y se marchó.

Velázquez

EL DESASOSIEGO

eritis sicut dii…

“Consideré que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, entonces, deber ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me pareció siempre una reviviscencia de los cultos antiguos, en los que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.”

Livro do desassossego, de Fernando Pessoa; Europa-América, 2ª edición; pg. 47 [traducción propia].

“Cuando Stubb se hubo marchado, Ahab se quedó un momento inclinado sobre la borda; y entonces, como era su costumbre desde antaño, llamó a uno de los vigías y le hizo bajar a por su taburete de marfil y a por su pipa. La encendió con la lámpara de la bitácora, y plantando el taburete en el costado de barlovento de cubierta, se sentó y fumó.

En la antigüedad nórdica, decía la tradición que los tronos del rey danés, amante del mar, eran fabricados con colmillos de narval. ¿Cómo mirar a Ahab, sentado en su trípode de huesos, sin acordarse de la realeza que simbolizaba? Pues era Ahab kan de cubierta y rey del mar y gran señor de los leviatanes.

Así estuvo un rato, dando caladas rápidas y constantes que expulsaban un denso vapor de su boca, el cual se revolvía enseguida hacia su cara. Cómo puede ser, se dijo al fin, apartando la boquilla, que fumar ya no me sosiegue. ¡Oh, pipa mía! ¡Mal me tiene que ir para que tu encanto me haya abandonado! Aquí he estado, inconscientemente ocupado, sin disfrutar, -sí, y fumando contra el viento todo el rato, sin darme cuenta; contra el viento, y con caladas tan nerviosas como si, al igual que la ballena moribunda, mis chorros finales fuesen los más fuertes y atribulados. ¿Qué problema tengo con esta pipa? Esta cosa pensada para la serenidad; para elevar apacibles vapores blancos entre apacibles canas, no entre mis grisáceas greñas de loco. No fumaré más…

Lanzó la pipa aún encendida al mar. El fuego se apagó entre las olas; enseguida el barco pasó a través de la burbuja que la pipa había hecho al hundirse. Caída el ala del sombrero sobre los ojos, Ahab se paseaba dando bandazos de un lado a otro de cubierta.”

Moby Dick, de Herman Melville; Wordsworth, 2002; pgs. 106-107 [traducción propia].

Ego non baptizo te in nomine patris,

sed in nomine diaboli!

ojo de ballena

PATRIOTA DEL CIELO

Pero, ¡oh, compañeros de tripulación!, a estribor de toda pena hay con seguridad un deleite; y más alto se halla tal deleite de lo que es profunda la pena. ¿No es mayor la altura de la cofa del palo mayor que la profundidad de la quilla? Un deleite mucho más alto e interior es propio del que, contra los orgullosos dioses y capitanes de esta tierra, se mantiene siempre firme. Deleite para el que aún se apoya sobre sus fuertes brazos, cuando la nave de este abyecto y traicionero mundo se ha hundido bajo sus pies. Deleite para el que no da cuartel en la verdad, y mata, quema y destruye todo pecado, aunque tenga que arrancarlo de las togas de Senadores y Jueces. Deleite, el más gallardo deleite, para el que no reconoce más ley o señor que el Señor su Dios, y sólo es patriota del cielo. Deleite para el que nunca es sacudido de su segura Quilla del Siglo por las olas nebulosas de los mares de la muchedumbre embravecida. Y eterno deleite y exquisitez para el que, a punto de ser derrotado, puede decir con su último aliento: ¡Oh, Padre!, de quien sobre todo conozco Tu vara; mortal o inmortal, aquí muero. Me he esforzado por ser Tuyo más que por ser de este mundo o de mí mismo. Pero esto no es nada; dejo la eternidad para Ti; pues, ¿qué es el hombre para que pueda vivir la vida de su Dios?

No dijo nada más y, bendiciendo lentamente, cubrió su cara con las manos, quedándose así, arrodillado, hasta que todo el mundo se había ido, dejándolo solo en el lugar.”

Moby Dick or The Whale, de Herman Melville; Penguin Classics, 1992; pg. 54 (traducción propia).

Leviathan

CRUCES DE CAMINOS (II): SOBRE EL ORIGEN DEL SOSIEGO ACANTILADO Y LA VERDAD OBJETIVA TRAS LAS FIGURAS DEL COSMOS

“Ahora imagina un alto acantilado sobre el mar coronado de pasto para las ovejas; un estrecho sendero que sube más arriba, un faro, donde viven el padre de la futura Mrs. Robinson [sic] Primera. Las tardes son apacibles y cálidas. El mar, con un aire de solemne deliberación, con elaborada deliberación, va ceremoniosamente rompiendo en la playa. El aire se anega con el sonido supresor de los largos rugidos del oleaje. No hay tierra más allá de este acantilado, entre Europa y las Indias Occidentales. La joven Agatha (pero deberías darle cualquier otro nombre) va paseando por el acantilado. Se da cuenta de que los continuos embates del mar lo van socavando, así que la muralla caerá, y se producirán algunos corrimientos de tierra. El mar se ha cebado además con aquella zona en la que viven, cerca del faro. Meditando, ella se asoma al borde del acantilado mirando hacia el mar. Descubre un manojo de nubes en el horizonte que presagian una tormenta que romperá la calma. (Es de familia de marinos y siempre ha vivido en la costa, así que aprendió ese tipo de cosas.) Esa imagen alimenta de nuevo sus pensamientos.  De repente ella observa la larga sombra del acantilado sobre la playa, a treinta metros de donde está, y ahora advierte una sombra que se mueve dentro de la sombra. La divisa una de las ovejas que pastan en el lugar, ha llegado hasta el borde del acantilado y dirige una mirada inocente hacia el agua, allí, en un contraste extraño y bello, tenemos la inocencia de la tierra que contempla plácidamente la maldad del mar.”

De una carta escrita por Herman Melville a Nathaniel Hawthorne en 1852; en Melville, de Andrew Delbanco; Seix Barral; 2007; pg. 275.

'Combers', de Andrew Wyeth

‘Combers’, de Andrew Wyeth

GENIALIDAD

“T. E. Lawrence colocó Moby Dick en un ranking junto a Los endemoniados Guerra y paz. Sin duda, uno puede añadir a éstos Billy BuddMardiBenito Cereno y otros. Esos libros angustiados en los que el hombre está abrumado, pero en los que se exalta la vida en cada página, son fuentes inagotables de fuerza y piedad. Encontramos en ellos insurrección y tolerancia, amor eterno e invencible, pasión por la belleza, un lenguaje del orden más elevado: en resumen, genialidad.”

Albert Camus

Cita obtenida en la biografía de Melville de Andrew Delbanco; Seix Barral, 2007; pg. XXII.

'Pescador remendando redes', de Abbott Handerson Thayer (1883)

‘Pescador remendando redes’, de Abbott Handerson Thayer (1883)

ACEPCIONES DE HOMBRE ACANTILADO

“Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.”

Moby Dick, de Herman Melville; Mondadori DeBOLS!LLO, 2008; pg. 37.

Santander

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Blog de Literatura. Grandes encuentros

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El Rancho de San Ysidro

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El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester